IV Domingo de Pascua

15 de agosto

 

30 de abril de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Dios lo ha constituido Señor y Mesías (Hch 2, 14a. 36-41)
  • El Señor es mi pastor, nada me falta (Sal 22)
  • Os habéis convertido al pastor de vuestras almas (1 Pe 2, 20b-25)
  • Yo soy la puerta de las ovejas (Jn 10, 1-10)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

Yo soy la puerta de las ovejas”, dice el Señor. La imagen de las ovejas designa, ya desde el Antiguo Testamento, al pueblo de Dios. Según el profeta Ezequiel (c. 34), Dios mismo es el verdadero pastor de las ovejas, su dueño y señor, que las cuida dando la vida por ellas y que reprende a los malos pastores que se aprovechan de ellas. Al afirmar ahora que Él es la “puerta” de las ovejas, el Señor afirma que todo el que se acerque a sus ovejas debe hacerlo a través de Él y que si no lo hace a través de Él, es que es un ladrón y un salteador, alguien que no tiene buenas intenciones al acercarse a las ovejas. Cristo es, pues, el criterio, la norma, que permite discernir quién se acerca a nosotros con buenas o con malas intenciones: según que se acerque a nosotros en el nombre y con las actitudes de Cristo o no.

“Yo soy la puerta” es una afirmación muy cercana a “Yo soy el Camino”: quien pasa por la puerta, que es Cristo, está en el camino que conduce -que él mismo es- a la Verdad y a la Vida. “Yo soy la puerta” significa también que Cristo es la libertad, porque la puerta es aquello que permite “entrar y salir” y el que “entra y sale” es libre, mientras que el esclavo, el prisionero, no puede “entrar y salir”. El que vive en Cristo es libre porque “el Señor es Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2Co 3,17). Y “vosotros, hermanos, habéis sido llamados a la libertad” (Ga 5,13).

Frases...

Cuando ya no puedo nada y mis esfuerzos son inútiles, llega la hora de Dios. Entonces lo dejo hacer a Él, y espero.


Dora Rivas

Qué ocurre cuando oramos

La oración es un acontecimiento

Los caminos de la oración son múltiples y a menudo cada uno tiene el suyo particular. Lo que importa es que, cualquiera que sea ese camino, un día desemboque en ese acontecimiento que ocurre cuando la oración brota de sus profundidades. Porque lo esencial, en este asunto de la oración, no es lo que yo haga, sino lo que a mí me suceda, más exactamente, que me suceda ese acontecimiento que llamamos oración.

El acontecimiento de la oración se parece en primer lugar a algo que nos sorprende de improviso, de modo que se produce en nosotros como algo inesperado. Pero lo que nos sorprende no es extraño a nosotros, no es algo que viene del exterior, sino más bien del interior. Para ser más precisos, no nos sorprende algo sino más bien alguien. Alguien que estaba desde hacía mucho tiempo con nosotros y que, repentinamente, se revela, se muestra y, por decirlo de algún modo, pone su mano sobre nosotros. Y eso que me sucede de improviso es nuestra parte de eternidad que se anuncia.

El acontecimiento de la oración puede ser descrito también como una toma de conciencia. Orar es tomar conciencia de algo que ha permanecido durante mucho tiempo escondido en mí. En la vida del cristiano ocurre que, a menudo, durante un periodo muy largo, la oración permanece latente, inconsciente. El acontecimiento de la oración ocurre cuando esta oración latente aparece, se hace manifiesta a la conciencia.

Testimonio de Mons. Arbach

Testimonio de Monseñor Arbach, Arzobispo de la diócesis de Homs (Siria) en la Parroquia San León Magno, el 23 de abril de 2023.




III Domingo de Pascua

15 de agosto 

23 de abril de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio (Hch 2, 14. 22-33)
  • Señor, me enseñarás el sendero de la vida (Sal 15)
  • Fuisteis liberados con una sangre preciosa, como la de un cordero sin mancha, Cristo (1 Pe 1, 17-21)
  • Lo reconocieron al partir el pan (Lc 24, 13-35)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

- “Aquel mismo día, el primero de la semana…”, es decir, el domingo, aquellos dos discípulos caminaban desalentados hacia la aldea de Emaús, cuando Cristo resucitado salió a su encuentro y se les hizo su compañero de camino. La misa dominical consiste precisamente en dedicar un tiempo a caminar con Cristo resucitado para que Él nos explique las Escrituras, es decir, el plan de Dios y nosotros podamos comprender lo que nos está pasando a la luz del designio divino de salvación. La Eucaristía dominical es la cita de amor que Cristo nos da a los suyos, para caminar un tiempo con nosotros, para explicarnos el plan de Dios y para que le reconozcamos en la fracción del pan. De ahí la importancia tan grande que tiene para nosotros la fidelidad a la Eucaristía dominical: el cristianismo es una relación personal con Cristo y como toda relación no puede vivirse sin frecuentarse. De ahí la recomendación de la Carta a los Hebreos: “Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras, sin abandonar nuestras asambleas, como algunos acostumbran hacerlo” (Hb 10 24-25). De ahí que la asistencia a misa los domingos sea una obligación grave para un cristiano, pues no participar en ella constituye una desatención hacia Dios, hacia Cristo resucitado que sale a nuestro encuentro; sería como un sustraerle la oportunidad de que Él nos explique el sentido de lo que está ocurriendo.

Frases...

El mal y el Bien



El mal imaginario es romántico, variado; el mal real, triste, monótono, desértico, tedioso.

El bien imaginario es aburrido; el bien real es siempre nuevo, maravilloso, embriagante.

La virginidad por el reino



1. El fundamento y el sentido de la virginidad.

El Destino de todo hombre -es decir, su plenitud, su felicidad- es Cristo. No una abstracción, no una idea a realizar en el futuro, sino una presencia, un hombre real, alguien que puede ser visto, oído, tocado y que está presente en medio de nosotros. El acontecimiento más grande de la historia ha sido precisamente éste: el Destino -es decir, la respuesta plenaria a las ansias del corazón humano- se ha hecho carne. “La Palabra se hizo carne” (Jn 1, 14) y de este modo “lo que existía desde el principio” ha podido ser visto, oído, tocado (cfr. 1Jn 1, 1).

La vocación a la virginidad arranca de aquí, de esta realidad que es Cristo, y tiene como objetivo el “poner a prueba”, el “verificar” la verdad del Evangelio, la verdad de Cristo. Sólo Cristo, revelando el rostro del Padre, desvela al hombre su propio rostro, enseña al hombre cuál es su verdadera humanidad y la hace posible. La virginidad es la verificación de esta verdad: que la realidad y la presencia de Cristo es capaz de realizar la humanidad del hombre, incluso renunciando a lo que hay de más natural en el ser humano: la unión de un hombre y de una mujer para no formar más que “una sola carne”.

II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia

15 de agosto 

16 de abril de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común (Hch 2, 42-47)
  • Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia (Sal 117)
  • Mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva (1 Pe 1, 3-9)
  • A los ocho días llegó Jesús (Jn 20, 19-31)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

En el momento histórico que refleja el evangelio de hoy, los discípulos son, queridos hermanos, una ínfima minoría social. Y lo primero que el Señor les enseña es que Él está en medio de ellos, que en su insignificancia, en su aislamiento social provocado por el miedo (puertas cerradas), Él está con ellos y que les hace partícipes de su misma misión (“como el Padre me ha enviado así os envío yo”), de su misma vida, de su propio aliento (por eso sopla sobre ellos) y de su propio poder para perdonar pecados. Con todo esto el Señor les está diciendo a ellos –y nos lo dice ahora a nosotros: sois mi prolongación, mi presencia en medio de los hombres, a lo largo de la historia humana hasta que yo vuelva.

Por tres veces en este evangelio el Señor repite: “¡Paz a vosotros!”. El don de la paz es el don por excelencia del Resucitado, es el don que refleja y expresa la vida nueva que Él nos ha alcanzado con su muerte y resurrección y que nos da en el bautismo y en la Eucaristía. Pero este don está unido a las llagas: “Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado”. La paz que Cristo resucitado nos da no es el producto de ninguna técnica psicológica, sino que nace de un abismo de dolor que ha sido sumergido en un abismo más grande de amor, en el que todo ha sido perdonado. Quien no ha sido ofendido y ha perdonado de corazón, no puede acceder al don de la paz que Cristo resucitado nos da. La paz de Cristo resucitado es el distintivo propio de un ser que ha renunciado por completo al ego, de un hombre que posee un yo desindividualizado, es decir, que ya no reivindica nada para sí, para su propia particularidad, sino que vive totalmente volcado en la comunión, de tal manera que su vida es sólo “lugar de comunión”, “espacio de reconciliación”.

Bajo tu amparo


Bajo tu amparo
Nos acogemos,
Santa Madre de Dios;
No desoigas la oración
de tus hijos necesitados,
y líbranos de todo peligro,
oh siempre virgen,
gloriosa y bendita.

(Es la más antigua oración escrita a la Virgen; la encontramos en un manuscrito griego del siglo III en Alejandría)

La ciencia moderna contra el mundo natural

(Václav Havel (1936-2011) fue el último presidente de Checoslovaquia y el primer presidente de la República Checa. Escritor y dramaturgo, fue encarcelado varias veces por su defensa de los derechos humanos. Las reflexiones que siguen fueron elaboradas por el autor con motivo de su nombramiento como doctor “honoris causa” por la Universidad de Toulouse Le Mirail en 1984)

¿Qué hay de común entre el mundo del hombre medieval y el de un niño? En mi opinión, algo esencial: uno y otro están más fuertemente enraizados que la mayor parte de los hombres modernos en lo que los filósofos llaman “mundo natural”, o “mundo de la vida”. No están todavía desprendidos del mundo, de una experiencia personal y real, de un mundo que tiene una mañana y una tarde, un “abajo” (la tierra) y un “arriba” (el cielo), donde el sol sale todos los días por el Oriente, atraviesa el cielo y se pone por el Occidente, y donde los conceptos de casa y de extranjero, de bien y de mal, de bello y de feo, de proximidad y lejanía, de deber y de derecho, significan algo muy preciso y vivo.

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

15 de agosto 

9 de abril de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos (Hch 10, 34a. 37-43)
  • Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo (Sal 117)
  • Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo (Col 3, 1-4)
  • Él había de resucitar de entre los muertos (Jn 20, 1-9)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

“Ya sé que buscáis a Jesús el crucificado”. En esta palabra -“el crucificado”- se expresa todo el drama de la pasión y muerte del Señor. Jesús fue entregado en manos de los hombres y la obra de los hombres con él fue infamia, deshonor, violencia y destrucción. Fue también cinismo: “A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?” (Mt 27,42-43). La muerte de Jesús parece dar razón a sus adversarios. Y las mujeres muestran un valor muy grande porque se dirigen al sepulcro de un hombre que ha muerto en la ignominia y el desprecio. En realidad lo que muestran, por encima de todo, es su gran amor por Jesús.

En el terremoto y la venida del ángel ellas experimentan la intervención poderosa de Dios que les comunica la gran noticia: que Cristo ha resucitado, es decir que Dios está a favor de Jesús, que Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios, que su puesto está junto a Dios, que Dios lo ha acogido en su vida eterna e inmortal y que, al hacerlo, Dios ha dicho su última palabra y esa palabra definitiva proclama que Jesús tenía razón en todas sus pretensiones y que ellas, y todos los que han creído en Él, no se han equivocado. Asimismo ellas reciben el encargo de comunicar a los discípulos este acontecimiento y de decirles que vayan a Galilea para encontrar allí al Señor.

Frases...

A pesar de que haya algo de bien en el peor hombre y algo de mal en el mejor, no hay nada de bien en el mal ni nada de mal en el bien.


Peter J. KREEFT

Viernes Santo

15 de agosto 

7 de abril de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Él fue traspasado por nuestras rebeliones (Is 52, 13 - 53, 12)
  • Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu (Sal 30)
  • Aprendió a obedecer; y se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación (Heb 4, 14-16; 5, 7-9)
  • Pasión de nuestro Señor Jesucristo (Jn 18, 1 - 19, 42)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

Todos hemos pecado. El relato de la pasión del Señor se preocupa de hacer ver que toda la humanidad ha sido cómplice y culpable de la muerte del Señor: los cristianos, los judíos y los paganos.

Los cristianos están representados, principalmente, por los doce apóstoles. Uno de ellos, Judas, fue quien lo traicionó, seguramente porque prefirió sus “ideas” sobre lo que había que hacer para arreglar la situación a la persona y la actitud de Jesús: cuando vio que Jesús no le servía para realizar el proyecto que él tenía, no tuvo ningún inconveniente en entregarlo a quienes querían matarlo. Otro, Pedro, se dejó llevar por el miedo; aunque amaba a Jesús, fue cobarde y negó conocerle para no verse implicado en el desastre que se avecinaba. Y todos, excepto Juan, se dispersarán atemorizados huyendo del fracaso que la cruz significaba.

Jueves Santo

15 de agosto 

6 de abril de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Prescripciones sobre la cena pascual (Ex 12, 1-8. 11-14)
  • El cáliz de la bendición es comunión de la sangre de Cristo (Sal 115)
  • Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor (1 Cor 11, 23-26)
  • Los amó hasta el extremo (Jn 13, 1-15)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

La Iglesia celebra hoy los tres dones que el Señor nos entregó en la última cena: el don de la Eucaristía, el don del sacerdocio y el don del mandamiento nuevo que el Señor ejemplificó en el lavatorio de los pies y que formuló, un poco más adelante, diciendo: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros” (Jn 13,34).

Estos tres dones están íntimamente unidos: el amor con el que Cristo nos manda amar no es el amor tal como lo entiende el mundo, como simpatía o filantropía o ayuda humanitaria, sino el amor teologal, es decir, el mismo amor con el que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se aman desde toda la eternidad, el mismo amor del que dice san Juan “Dios es Amor” (1Jn 4,8). Este amor se llama caridad y no nace “de la carne ni de la sangre ni de la voluntad del hombre sino de Dios” (Jn 1,13), baja del cielo y se nos da, como un don que nos alimenta, en la Eucaristía. Y el sacerdocio ministerial existe para que se pueda celebrar la Eucaristía y para que ese amor que viene del cielo llegue a nosotros.

Los santos inocentes

Tengo siete razones –dice Dios- para amar a los inocentes asesinados por Herodes.

La primera es que les amo. Y eso basta.
Tal es la jerarquía de mi gracia.

La segunda es que me gustan. Y esto basta.
Tal es la jerarquía de mi Gracia.

La tercera es que me agrada. Y esto basta.
Tal es la jerarquía, el orden y la regla de mi Gracia.

Y ahora os voy a decir la cuarta razón:
es porque los niños no tienen en la comisura de los labios
ese rictus de ingratitud y amargura,
esa herida de envejecimiento,
ese rictus de recuerdos que vemos en todos los demás labios.

La quinta es por una especie de equivalencia.
Porque, por una especie de contrapeso,
estos inocentes pagaron por mi Hijo:
mientras yacían sobre el suelo de los caminos,
las ciudades y los pueblos,
menos tenidos en cuenta que los corderos,
los cabritos y los cochinillos,
mi Hijo huía a Egipto.

Domingo de Ramos

15 de agosto 

2 de abril de 2023

(Ciclo A - Año impar)






Procesión:
Misa:
  • No escondí el rostro ante ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado (Is 50, 4-7)
  • Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Sal 21)
  • Se humilló a sí mismo; por eso Dios lo exaltó sobre todo (Flp 2, 6-11)
  • Pasión de nuestro Señor Jesucristo (Mt 26, 14 - 27, 66)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

Cuando el santo rey David pecó, haciendo el censo de Israel, el Señor, mediante el profeta Gad, le dio a elegir entre tres castigos para que hiciera penitencia. Y David dijo esta frase: “Mejor es caer en manos de Dios que en manos de los hombres”. En la pasión Nuestro Señor Jesucristo cayó “en manos de los hombres” y recibió como lote la traición (Judas), la huida de los suyos (amigos, apóstoles), la negación de Pedro, la acusación de blasfemo que le hizo el Sanedrín, la flagelación, la coronación de espinas, las burlas de los soldados, los escupitajos, las bofetadas y la provocación cínica de algunos miembros del Sanedrín cuando estaba en la cruz (“Si eres Hijo de Dios…”, “Si eres el Rey de Israel…”). Incluso después de muerto lo trataron como un impostor y pusieron vigilancia en su sepulcro.

El matrimonio



1. La vida cristiana como vocación.

El bautismo define nuestro ser cristiano como una pertenencia a Jesucristo: somos “cosa suya”, miembros de su cuerpo, sarmientos de la única vid, ramas del único olivo. Esta pertenencia comporta el que no podamos concebir nuestra vida como proyecto, es decir, como despliegue de nuestra libertad desde sí misma y para sí misma, sino como vocación, es decir, como aceptación y adhesión de sí mismo al “lugar” que Jesucristo ha elegido para mí en el seno de su cuerpo, que es la Iglesia. En este sentido hay una afirmación capital en el Nuevo Testamento: “la realidad es el cuerpo de Cristo” (Col 2, 17). Nuestra relación con la realidad es, pues, nuestra relación con el cuerpo de Cristo, con la Iglesia. En esta realidad nueva y única, definitiva, en la que somos injertados por el bautismo, ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Gal 3, 28). Toda vocación cristiana será, por lo tanto, una manera de vivir este misterio de unidad que, en Cristo -en su cuerpo, que es la Iglesia- se desarrolla como semilla y realidad incipiente del Reino futuro. En este sentido son dos las posibilidades fundamentales -las vocaciones- del vivir cristiano: el matrimonio y la virginidad.

Frases...

La diferencia, siempre que no impida la humanidad de las relaciones, es fuente de interés y de fecundidad.


Jean-Luc Marion

V Domingo de Cuaresma

15 de agosto 

26 de marzo de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis (Ez 37, 12-14)
  • Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa (Sal 129)
  • El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros (Rom 8, 8-11)
  • Yo soy la resurrección y la vida (Jn 11, 1-45)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

“Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”. El evangelio de hoy nos sitúa ante el hecho ineludible que más turba la vida del hombre sobre la tierra, la muerte, y nos entrega la Buena Noticia de que Jesús convierte la muerte en una realidad provisional, transitoria: se pasa por ella, pero ella no tiene la última palabra. La disgregación del ser del hombre que ella provoca –la separación del alma y del cuerpo- es sólo provisional, momentánea.

Para nosotros, la muerte constituye un límite infranqueable, un umbral que, una vez atravesado, ya no tiene retorno. Pero no así para Cristo. Para Él la muerte es algo de lo que puede sacarnos con tan sólo una palabra, diciendo nuestro nombre y dando la orden: “¡Lázaro, ven afuera!”. Por eso compara la muerte con el sueño: “Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo”. Los primeros cristianos comprendieron esto perfectamente y abandonaron la terminología pagana, que llamaba “necrópolis” a los lugares de enterramiento, y la sustituyeron por la palabra “cementerio”, que literalmente significa “dormitorio”: la muerte es un sueño, del que nos despertará la voz poderosa del Señor.

Los siete dolores de María


I Dolor: María recibe con fe la profecía de Simeón: que una espada de dolor atravesará su alma porque Jesús será signo de contradicción.

Madre, tú sabes qué es que te digan que lo más bello te lo arrebatarán y que nada te pertenece. Mira a nuestros hermanos recién bautizados y cuida de ellos, para que se mantengan en la verdad del Amor que trae la libertad. Oremos por los cristianos de China. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

II Dolor: María huye a Egipto con Jesús y José, porque Herodes quiere matar a Jesús.

Madre, tú sabes lo que es tener que escapar, lo que es sentirse despojada y al mismo tiempo segura de que tu marido te cuida y tu Hijo te protege. Mira con amor a nuestros hermanos que se ven obligados a salir de sus casas, a huir de su tierra, intercede por ellos ante tu Hijo Jesucristo y pide a San José que les acompañe. Oremos por los cristianos de Irak. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

III Dolor: María busca a Jesús perdido en Jerusalén. Jesús vino a cumplir la voluntad del Padre.

Madre, tú que sabes escuchar con el corazón, mira a los misioneros que están con los enfermos, los que no abandonan a sus hermanos, los que saben dar preferencia a las cosas del Padre, y enséñanos a leer las bienaventuranzas con la brisa del Espíritu. Oremos por los cristianos de Kenia. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Icono de La Anunciación del Señor de Homs, Siria


Martes, 21 de marzo de 2023
Parroquia San León Magno


El icono de la Anunciación del Señor de Homs, fue rescatado de los escombros de un monasterio ortodoxo en Homs, Siria. 

Es signo y testigo de la persecución que, aún hoy en día, sufren muchos hermanos por su fidelidad a Cristo.

Se utilizó de diana, conserva tres impactos de bala, dos con orificio de entrada y salida y un tercero, sobre la cabeza de la Virgen, que conserva el proyectil.

Este icono, ante el cual con tanto fervor habrán rezado multitud de cristianos, fue profanado cuando los terroristas del DAESH entraron en Siria con la intención de acabar con el cristianismo en esas tierras. Cuando algunos cristianos consiguieron volver a su ciudad, rescataron este sagrado icono de los escombros de una de sus iglesias, y lo cedieron para que sirviera de nexo de unión entre ellos -nuestros hermanos perseguidos- y nosotros. Ellos esperan nuestra ayuda, nuestro apoyo y nuestra oración.

San José

15 de agosto 

20 de marzo de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • El Señor Dios le dará el trono de David, su padre (2 Sam 7, 4-5a. 12-14a. 16)
  • Su linaje será perpetuo (Sal 88)
  • Apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza (Rom 4, 13. 16-18. 22)
  • José hizo lo que le había mandado el ángel del Señor (Mt 1, 16. 18-21. 24a)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

No sería correcto interpretar que la Virgen y san José se “despistaron” en relación a su hijo Jesús a la hora de regresar desde Jerusalén a Nazaret. Y esto por dos razones. En primer lugar porque el niño Jesús acababa de cumplir 12 años, como el evangelio se preocupa de subrayar. Doce años era y es la edad en la que un niño judío empieza a ser considerado “adulto”: se le declara “hijo de la Ley”, que a partir de ahora tiene la obligación de estudiar, y adquiere también el deber de defender a su pueblo Israel. A partir de los doce años se produce una inflexión en el trato que los padres dispensan a su hijo: un control agobiante ya no sería pertinente, una cierta libertad y capacidad de iniciativa propia resultan ya necesarias. En segundo lugar, en las caravanas de la época los varones y las mujeres caminaban en grupos distintos y diferenciados, mientras que los niños podían elegir libremente entre caminar en uno u otro grupo. Con toda probabilidad María pensaría que Jesús iba con José y José que iba con María. Al reunirse al anochecer para acampar es cuando se percataron de su error.

Durante tres días estuvieron buscándolo. María y José nos dan ejemplo de lo que hay que hacer cuando se pierde a Cristo: buscarlo sin parar hasta encontrarlo. Una vez que se ha conocido a Jesús, vivir sin Él es verdaderamente miserable e insoportable: hay que ponerse a buscarlo hasta encontrarlo. Cuando perdemos a Cristo por el pecado mortal, hay que ponerse inmediatamente a buscarlo por el arrepentimiento y la confesión sacramental, en vez de quedarse chapoteando en los propios pecados.

No soy digno

Señor, Dios mío,
yo sé que no soy digno de que entréis en la morada de mi alma,
puesto que está completamente desierta y arruinada,
y no hay en ella un lugar donde reposar la cabeza.
Pero como sé que os habéis rebajado por nosotros
desde lo alto del cielo,
os pido que os rebajéis ahora a mi desolación.

Vos habéis aceptado ser acostado en un pesebre
destinado a las bestias:
aceptad ahora penetrar en mi alma animal
y en mi cuerpo manchado.

IV Domingo de Cuaresma

15 de agosto 

19 de marzo de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • David es ungido rey de Israel (1 Sam 16, 1b. 6-7. 10-13a)
  • El Señor es mi pastor, nada me falta (Sal 22)
  • Levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará (Ef 5, 8-14)
  • Él fue, se lavó, y volvió con vista (Jn 9, 1-41)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf


La historia del ciego de nacimiento es como una parábola del bautismo y de la vida cristiana que se inicia con él. Uno de los nombres del bautismo es, precisamente, iluminación, porque mediante él reconocemos que Cristo es la “luz del mundo” y nos dejamos iluminar por Él: “Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz” (2ª lectura).

La liturgia de la palabra de este domingo subraya la gratuidad del bautismo, la gratuidad del don de Dios. De la misma manera que el joven David no había hecho ningún mérito para que fuera elegido por Dios como rey de Israel, el ciego de nacimiento ni siquiera le pide a Jesús que lo cure, su papel es meramente receptivo: está ahí, en la oscuridad de su ceguera. Pero consiente que los dedos del Señor se posen sobre sus ojos con el barro que había hecho con su propia saliva: “Escupió para que advirtieras que el interior de Cristo es luz. Y ve realmente, quien es purificado por lo que procede del interior de Cristo”, escribe San Ambrosio.

Así pues lo primero para ser cristiano es dejarse alcanzar por Cristo (y esto es lo que hacéis los padres cristianos cuando traéis a vuestros hijos recién nacidos a la Iglesia para que sean bautizados: se los presentáis y ofrecéis a Cristo, para que Él los ilumine). Y esto es, queridos hermanos, lo que hacemos cada vez que recibimos alguno de los sacramentos: nos dejamos alcanzar por Cristo, para que Él nos toque y realice en nosotros su acción salvadora.

Agradecer lo que no nos dan

Me gusta agradecerle a Dios todo cuanto me da, es siempre tanto que no tengo palabras para describirlo. Pero siento que debo agradecerle también lo que no me da, las cosas buenas que no he tenido, e incluso las que tanto he pedido y deseado y no he llegado a disfrutar. El hecho de que no me haya concedido algunas de ellas me ha obligado a descubrir en mí fuerzas insospechadas y, en cierto modo, me ha permitido ser yo.

Mientras no le agradezcamos a Dios, a la vida y a los demás lo que no nos han dado, parece que nuestra oración queda incompleta. Podemos fácilmente seguir adelante alimentando el resentimiento por lo que no nos ha sido dado, comparándonos con otras personas y considerándonos injustamente tratados, lamentando la dureza de lo que en cada etapa no corresponde a lo que habíamos imaginado.




Autor: José TOLENTINO MENDONÇA
Título: Pequeña teología de la lentitud
Editorial: Fragmenta Editorial, Barcelona, 2017, (pp. 16-17)







III Domingo de Cuaresma

15 de agosto 

12 de marzo de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Danos agua que beber (Ex 17, 2)
  • Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón» (Sal 94)
  • El amor ha sido derramado en nosotros por el Espíritu que se nos ha dado (Rom 5, 1-2. 5-8)
  • Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna (Jn 4, 5-42)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

El encuentro del Señor con la samaritana se produce junto a un pozo, que la tradición atribuye a Jacob. El pozo es el lugar donde se sacia la sed, y el hombre es un ser de deseos, un ser que tiene sed. El Señor inicia su diálogo con la samaritana arrancando de la sed física que él tiene en ese momento, para conducir a esa mujer a la sed de su corazón y hacerle caer en la cuenta de que esa sed del corazón es sed de Dios.

Aquella mujer era una mujer de deseos, como lo testimoniaban sus cinco maridos. Deseaba amar y ser amada. Era una mujer fuerte, capaz de descartar maridos y de encontrar otros; y al mismo tiempo era una mujer débil, porque a pesar de tanto marido, no conseguía nunca apaciguar su corazón inquieto, saciar la sed de su corazón. Al encontrar a Jesús no va a encontrar su “séptimo marido”; va a encontrar al Esposo -con mayúscula- a Aquel que nos colma interiormente con el don del Espíritu Santo y nos hace capaces de empezar a dar, a donar, a manar, como un manantial de agua viva que salta hasta la vida eterna.

Frases...

El honor es lo que nadie puede darte, ni nadie puede quitarte. Es un regalo que el hombre se hace a sí mismo.


(De la película Rob Roy)


II Domingo de Cuaresma

15 de agosto 

5 de marzo de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Vocación de Abrahán, padre del pueblo de Dios (Gen 12, 1-4a)
  • Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti (Sal 32)
  • Dios nos llama y nos ilumina (2 Tim 1, 8b-10)
  • Su rostro resplandecía como el sol (Mt 17, 1-9)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

“Dios nos ha llamado “a una vida santa” (2ª lectura.: 2Tm). Pero la llamada de Dios comporta siempre una renuncia, un sacrificio. Por eso se nos recuerda hoy la figura de Abraham, nuestro padre en la fe. Él tuvo que “salir de su tierra y de la casa de su padre”: es la renuncia que el Señor le pidió. Después tuvo que mostrarse dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac. También los apóstoles tuvieron que dejar las redes y a su familia para seguirle. Cuando llama Dios, siempre hay que hacer una ruptura, un desprendimiento de algo amado. Siempre hay que hacer un sacrificio, siempre está presente la Cruz. También en el evangelio de hoy que se inicia con una indicación cronológica: “seis días después”. ¿Después de qué? Si consultamos el evangelio de san Mateo vemos que se trata del primer anuncio de la pasión que hizo el Señor a los discípulos y contra el que se sublevó Pedro, quien probablemente pensaba que un Mesías que iba a sufrir y a morir no les servía de nada, que lo que hacía falta era un Mesías victorioso y triunfante. El incidente provocó el que Jesús llamara a Pedro “Satanás”: “Quítate de mi vista, Satanás (...) tus pensamientos no son los de Dios sino los de los hombres” (Mt16, 21-23).

El sufrimiento de los sacerdotes


Lo que hay de Misterioso en el sacerdote es que progresivamente entra en los sentimientos de Cristo (…) Porque el mayor sufrimiento de Cristo fue ciertamente el de vivir en una humanidad tan desviada de Dios, tan indiferente a lo divino, tan opaca a la luz. Él es la palabra que no es escuchada, es el Dios que no es acogido, es el testigo que no es creído. Es el pastor al que las ovejas abandonan: “Los suyos no le han acogido”.

Este sufrimiento de la Encarnación, en una humanidad que rechaza a Dios, es el sufrimiento del sacerdote. Él sufre, con las dimensiones del mundo, por cada miseria, por cada impureza, por cada odio, por cada injusticia, por cada pecado. Sufre con Cristo, más que por cualquier otra cosa, por esta indiferencia hacia lo divino, por este cierre a la gracia, por esta opacidad, por este tedio, por este asco de Dios. Está atrapado en este Misterio de un Dios que ama y que no es amado.

Él mismo, tan a menudo malinterpretado y rechazado, tan a menudo condenado por los fariseos y entregado a los paganos, que al menos entienda que su sufrimiento es el sufrimiento mismo de Cristo. Y, de hecho, la condición propia del Salvador es llevar a Dios donde hay un rechazo de Dios; y finalmente, esta pasión a causa del pecado del mundo, ofrecida hasta el fin, es la obra misma de la Redención. Por eso, semejante sufrimiento no puede secar en él las fuentes de la alegría.

(L. LOCHET, Le prêtre, sacrement de Jésus-Christ, en L’Anneau d’Or, 63-64 (1955), p. 296)

I Domingo de Cuaresma

15 de agosto 

 26 de febrero de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Creación y pecado de los primeros padres (Gen 2, 7-9; 3, 1-7)
  • Misericordia, Señor, hemos pecado (Sal 50)
  • Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rom 5, 12-19)
  • Jesús ayuna cuarenta días y es tentado (Mt 4, 1-11)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

La liturgia de la palabra de este primer domingo de cuaresma nos plantea el problema del hombre en toda su crudeza y radicalidad. Pues el verdadero problema del hombre es elegir entre Dios y Satán, entre “el amor hacia sí mismo hasta el desprecio de Dios” y “el amor hacia Dios hasta el desprecio de sí mismo”, como dijo san Agustín en la Ciudad de Dios: los dos amores que dan lugar a las dos ciudades, la ciudad terrestre y la ciudad celestial.

Los textos de hoy nos presentan a los dos principios dinámicos que dan lugar a las dos ciudades: el primer Adán, que elige “el amor hacia sí mismo hasta el desprecio de Dios” y el segundo y definitivo Adán, que es Cristo, que elige, al contrario, “el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo”. Queda a la libertad de cada hombre el decidirse por uno u otro Adán, por el primero o por el segundo, y en esa elección se juega el hombre su destino eterno.

Frases...

Contemplar cada uno de los pecados que he cometido como un favor de Dios. Un favor es que la imperfección esencial que se encuentra disimulada en el fondo de mí se manifieste parcialmente ante mí un día cualquiera, a una hora cualquiera, en una circunstancia determinada. Yo deseo, suplico que mi imperfección se manifieste ante mí por entero, tanto como sea capaz de aguantar la mirada del pensamiento humano. No para que se cure, sino, aún cuando no haya de curarse, para que yo esté en la verdad.


Simone Weil

A imagen y semejanza de Dios


1. Un ser distinto de todos los demás.

Cuando Dios va a crear al hombre aparece en la Biblia por primera vez un misterioso plural: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, como semejanza nuestra” (Génesis 1,26). La aparición del hombre es la aparición del ser en razón del cual todo lo demás ha sido creado. Por eso Dios, en ese momento, no da una orden (“hágase la luz”, “hágase la tierra”, “que la tierra florezca de plantas”) sino que se da un consejo a sí mismo. Este misterioso plural –“hagamos”– puede ser entendido de varias maneras: como una palabra pronunciada en el consejo intratrinitario, como una expresión dirigida a los ángeles, o como una palabra dirigida al mismo hombre. Este último sentido subraya el carácter de libertad propio del ser que va a ser creado. Es como si Dios apelara ya de antemano a la libertad y la colaboración del hombre, para que éste pueda alcanzar la plenitud de su ser.

2. Criatura: un ser referencial.

Que el hombre es una criatura significa que es una pura referencia a Dios, su Creador. Que el hombre es imagen y semejanza de Dios quiere decir que el hombre ha sido creado mirando a Dios, tomando como modelo el ser mismo de Dios y que, en consecuencia, el hombre sólo encuentra su “mismidad”, su verdadero ser, en Dios. Precisando más hay que afirmar que el modelo divino, en su absoluta pureza, es Cristo, imagen del Dios invisible (Colosenses 1,15): Dios Padre, al crear al hombre, está mirando a Cristo, su Hijo, pues, según vimos, Dios crea como Padre y, por ello mismo, crea hijos en el Hijo, crea al hombre para que su paternidad sea manifestada por la aparición de una multitud de hijos. Esto significa que la verdad del hombre es el Hijo, es Cristo, que, en consecuencia, si el hombre quiere comprenderse a sí mismo y descubrir su verdadera vocación, tiene que mirar a Cristo.

Desnudez y misericordia

Catequesis parroquial nº 173

Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 15 de febrero de 2023

VII Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

19 de febrero de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lev 19, 1-2. 17-18)
  • El Señor es compasivo y misericordioso (Sal 102)
  • Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios (1 Cor 3, 16-23)
  • Amad a vuestros enemigos (Mt 5, 38-48)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

         
Hoy el Señor nos sigue explicando esa manera de vivir propio de los suyos, de los que le pertenecemos desde el día de nuestro bautismo, y lo hace dándonos dos “mandamientos”, dos pautas de conducta, una negativa y otra positiva, es decir, dándonos una prohibición general y un mandamiento positivo.

La prohibición general dice así: “no hagáis frente al que os agravia”. Con esta prohibición el Señor nos está indicando que no debemos actuar según la lógica de la reciprocidad que sugiere “tratar a cada uno según él nos trata”: si alguien nos trata bien, tratarlo bien, y si alguien nos trata mal, tratarlo mal.

Al acostarse



Concede a mis párpados
un sueño ligero,
para que mi voz
no permanezca muda mucho tiempo.

Tu creación velará
para salmodiar con los ángeles.

Que esté mi sueño siempre
habitado por tu presencia.

Y que la noche no retenga
ninguna de las manchas del pasado día.

Que las locuras de la noche
no pueblen mis sueños.

Separado incluso del cuerpo,
te canta el Espíritu, ¡oh Dios!

Padre, Hijo
y Espíritu Santo.
A Ti el honor, el poder y la gloria
por los siglos de los siglos.

Amén.

(San Gregorio Nacianceno [329-390])


VI Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

12 de febrero de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • A nadie obligó a ser impío (Eclo 15, 15-20)
  • Dichoso el que camina en la ley del Señor (Sal 118)
  • Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria (1 Cor 2, 6-10)
  • Así se dijo a los antiguos; pero yo os digo (Mt 5, 17-37)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

El domingo pasado nos decía el Señor que, por nuestra manera de vivir según su palabra, somos la sal de la tierra y la luz del mundo. Hoy el Señor nos explica algunos contenidos de  esa forma de vivir que él nos inculca y crea en nosotros, por el don de su Espíritu Santo. Y en concreto nos habla de la manera como hemos de vivir los conflictos de la vida humana, del mundo interior de los deseos y de nuestra relación con la Verdad.

En la vida humana suelen haber conflictos y la manera más contundente de resolverlos es la eliminación del otro, la muerte de la persona con la que estamos en conflicto. Por eso la palabra de Dios, ya desde el monte Sinaí, nos dijo: “No matarás”. Sin embargo el Señor añade ahora: no basta con que no mates, tienes que eliminar de tu corazón toda maldad y de tus labios toda palabra hiriente hacia los demás, incluido, por supuesto, tu enemigo. 

La voluntad de reconciliación, de vivir en paz con todos, es una condición ineludible para que nuestra plegaria y nuestro culto sean agradables a Dios, tal como dirá san Pablo: “Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar elevando hacia el cielo unas manos piadosas, sin ira ni discusiones” (1Tm 2,8). Esto es algo tan importante para el Señor, que nos lo inculca con una afirmación que debió impresionar mucho a sus oyentes. Pues en Israel sólo había un lugar para “poner tu ofrenda sobre el altar”, a saber, el Templo de Jerusalén, y en consecuencia volver a reconciliarse con el hermano ofendido podía suponer un viaje de muchos kilómetros. Pero es imprescindible que, “antes de comparecer ante el juez”, es decir, antes del encuentro personal, cara a cara, con Cristo, después de nuestra muerte, cada uno de nosotros haya hecho todo lo posible para reconciliarse con sus hermanos. Dios no puede reconocernos como hijos suyos, si nosotros no hacemos todo lo posible para vivir fraternalmente con sus otros hijos, que son nuestros hermanos.

En segundo lugar, el Señor nos habla del mundo interior de nuestros deseos. Y lo hace hablando de la mujer, que es, en la Biblia, la respuesta divina al problema de la soledad del hombre (“no es bueno que el hombre esté solo”, dijo Dios, después de crear a Adán), y por lo tanto es el ser deseado por excelencia. 

El Señor nos inculca que el mundo de los deseos debe ser “circuncidado”, es decir, sometido a la ley de Dios, porque sabe que el deseo en el hombre tiende fácilmente a querer poseer cuanto encuentra de bello y deseable, incluso “la mujer de tu prójimo”. Y ahí hay que detenerse, hay que frenar los ciegos impulsos del deseo y aceptar la propia condición, respetando la del prójimo. A nadie deja Dios abandonado; el hombre debe “comer con alegría su propio pan” (Qo 9,7), pero respetando siempre el pan de los demás, porque, tal como dijo san Juan Bautista, “no te es lícito tener la mujer de tu hermano” (Mc 6,18). 

Tampoco debe ser el deseo la razón para romper el matrimonio, pues la alianza conyugal entre el varón y la mujer es un signo de la alianza entre Cristo y su Iglesia (Ef 5,32), alianza que no está sometida a los vaivenes del deseo, sino que está firmemente anclada en la cruz de Cristo. 

Finalmente el Señor nos habla de nuestra relación con la verdad para inculcarnos, de nuevo, la moderación: somos demasiado pequeños para pretender apuntalar nuestra verdad, lo que nosotros honradamente vemos como verdadero, con la Verdad que es Dios. Por eso “no juréis en absoluto”, dice el Señor. Hay una desmesura latente en el hecho de querer garantizar la propia veracidad con la veracidad de Dios: el hombre debe de ser más modesto y contentarse con decir “sí o no” porque “lo que pasa de ahí viene del Maligno”.

Que el Señor nos haga fraternales y moderados, para que seamos sla de la tierra y luz del mundo. Amén.


Aprender a recibir

(El protagonista del relato es un joven profesor de instituto, casado y padre de familia, que, a causa de una enfermedad inesperada, ha quedado completamente ciego)

Recuerdo el día en que subí al tejado donde tenía el telescopio que me había regalado mi padre. Era un día sin viento y la azotea del edificio estaba inmersa en el silencio, apenas me llegaban los ruidos de la calle. La ciudad, bajo mis pies, parecía arrastrarse más de lo habitual para llegar a la noche. Sentía el peso del aire, yo era un pavimento sobre el que la vida, el cielo y el dolor, consumaban su bacanal. Hacía dos años que no veía nada. Echaba de menos las estrellas que antes estudiaba todas las semanas, no conseguía soportar el hecho de no ver crecer a mi hijo. El contacto con mi padre se había hecho imposible; a la casi insuperable distancia de su demencia senil se unía mi ceguera. Ahora éramos dos islas sin ningún puente que las uniera. Todo lo que habíamos sido parecía haber desaparecido. La soledad envenenaba cada pensamiento y cada sentimiento, no conseguía estar con mi mujer, no quería darle a probar esa soledad, creía que tenía que afrontarla yo solo, porque me avergonzaba demasiado de mi debilidad. Había perdido el gusto por la investigación, mi proverbial e insoportable curiosidad; había dejado de enseñar porque me parecía imposible continuar. La oscuridad me lo había quitado todo y, poco a poco, la vida dentro de mí se había ido apagando. Y yo, en aquella azotea, quería consumar aquella soledad. Habría bastado un salto, ni siquiera eso, solo un paso. Subí al borde, de pie. Desde un punto de vista mecánico es facilísimo acabar con la vida, pero el espíritu se ríe de la mecánica. Caminé por el borde como un funambulista, con los brazos extendidos para mantener el equilibrio. Por debajo, un vacío de diez pisos me golpeaba en la cara, pero me esforzaba en imaginarme que solo había un jardín al que bajar para continuar viviendo. Sería un vuelo breve, ciego, sin el miedo del golpe porque no habría visto cómo se iba acercando el suelo. Una oscuridad definitiva habría sustituido a la provisional. Levanté el rostro al cielo, le grité a Dios que me había abandonado y que no tenía ya nada por lo que vivir. Le pedí perdón, pero tenía demasiado miedo a seguir viviendo así, perdiendo todo lo que amaba, poco a poco, como caen los granos en un reloj de arena. Era un peso para todos y, sobre todo, para mí mismo. Bastaba un paso para decir adiós y abandonarme definitivamente al abrazo de la nada. Empecé a hacer una lista con los diez suicidas más importantes de la historia: Sócrates, Judas, Monroe, Catón, Cleopatra, Séneca, Cobain… No tenía ni la dignidad ni la inspiración de ninguno de ellos. Mi insignificancia había recibido un certificado auténtico con la ceguera. Nuestra vida está a merced del dolor y el contrapeso del amor nunca es suficiente. Nunca. Al llegar a esta conclusión, con calma, levanté el pie y me lancé al vacío. Y caí. La caída duró un instante. Me rompí el tobillo. Pero estaba vivo. Había sobrevivido a un vuelo de diez pisos, así que mi vida aún servía para algo. ¿Tenía Dios un plan diferente para mí? Mi mujer me encontró en ese estado.

- ¿Qué haces aquí en la azotea y en el suelo?

No contesté.

- ¿Qué te has hecho en el pie? ¿Qué has hecho?

Había caído hacia el lado equivocado. Perdido en mis pensamientos me había girado hacia el lado del tejado. Había vivido un milagro: la ceguera me había salvado de la desesperación.

Mi mujer me abrazó y me besó en los ojos, después, acercando sus labios a mis oídos, me dijo:

- Estoy embarazada.

Y yo lloré. No sé si por el dolor del tobillo o porque mi frontera se alargaba de improviso más allá del perímetro de la oscuridad y la soledad.

- Te necesito. Vuelve a mí tal y como eres –me dijo. Y me sentí amado precisamente por aquello de lo que más me avergonzaba.

En aquel instante volví a nacer, porque dejé morir la vieja vida en la que yo dominaba sobre todo. Había comenzado una nueva vida, en la que tenía que aprender a recibir.




Autor: Alessandro D’AVENIA
Título: ¡Presente!
Editorial: Encuentro, Madrid, 2022, (pp. 235-237)













Frases...

El hombre se muestra indigno del milagro cuando intenta reducirlo a una vulgar causa material.


Andrei Makine

V Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

5 de febrero de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Surgirá tu luz como la aurora (Is 58, 7-10)
  • El justo brilla en las tinieblas como una luz (Sal 111)
  • Os anuncié el misterio de Cristo crucificado (1 Cor 2, 1-5)
  • Vosotros sois la luz del mundo (Mt 5, 13-16)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

El evangelio de hoy nos habla de la relación de los cristianos con el ambiente, con la sociedad, con el mundo. En esa relación siempre existe la tentación de querer mimetizarse con el entorno, de ser como todos. El Señor hoy nos dice que nosotros tenemos que ser diferentes a los demás, que entre los cristianos y el mundo existe una diferencia que debe de ser mantenida, porque es una diferencia querida por Dios, que marca la misión que Él nos ha confiado. Esa misión consiste en ser luz y sal en relación al mundo, en relación a toda la humanidad. El Señor no nos ha elegido para que seamos como todos sino para que siendo de otra manera, constituyamos para todos una “ciudad elevada sobre un monte”, una “luz puesta sobre un candelero”, una “sal” que posee un sabor distinto al de los alimentos y que, por ello mismo, los sazona y les da un gusto especial.

Ser diferentes es una carga. A lo largo de la historia del pueblo de Israel, que es como un anticipo de nuestra propia historia, en varias ocasiones los judíos se cansaron de ser diferentes. Por eso le pidieron al profeta Samuel que les diera un rey: “Asígnanos un rey (…) como todas las naciones” (1S 7,5). Más adelante, en el siglo IV a. C., “surgieron de Israel unos hijos rebeldes que sedujeron a muchos diciendo: «Vamos, concertemos alianza con los pueblos que nos rodean, porque desde que nos separamos de ellos, nos han sobrevenido muchos males.» (…) En consecuencia, levantaron en Jerusalén un gimnasio al uso de los paganos, rehicieron sus prepucios, renegaron de la alianza santa para atarse al yugo de los paganos, y se vendieron para obrar el mal” (1Mac 1,11-15).

Lo urgente

Estamos inaugurando una nueva forma de organizar la experiencia humana, menos estática que la escritura, mucho más instantánea, global, accesible y atractiva. No es casualidad que su metáfora sea la red. Pero quedan amenazadas algunas dimensiones importantes, como podemos comprobar en nuestro día a día. Ya lo profetizó McLuhan: “En la era del funcionamiento en circuito, las consecuencia de cualquier acción ocurren al mismo tiempo que esta”. Una de las cosas que nos arriesgamos a perder es el distanciamiento, el margen de tiempo y de libertad tan necesarios para la reflexión. Se espera que todo fluya sin pausas. Se habla mucho de una gestión eficaz de la información. Lo urgente, en cambio, sería reconocer que necesitamos tiempo y soledad para consultar los asuntos con la almohada. La mayoría de las veces, la almohada es mejor consejera que la pantalla.



Autor: José TOLENTINO MENDONÇA

Título: Pequeña teología de la lentitud

Editorial: Fragmenta Editorial, Barcelona, 2017, (pp. 53-54)