Creer, no cambia nada.
Creer, lo cambia todo.
No cambia nada, porque nada cambiará mi destino biológico, ni la trayectoria de los astros o los climas, bonancibles para unos y terribles para otros. He nacido así, en un mundo así. Creer en Dios no va a cambiar bruscamente el curso de las cosas o resolver los problemas del matrimonio, de los hijos, del trabajo o de la política mundial. Creer en Dios no me impedirá morir.
Y, sin embargo lo cambia todo, porque todo cambia cuando en la vida se cuenta con alguien. Creer es contar con Dios. Mi vida es siempre la misma, pero en ella hay alguien más.
Eso es la fe: saber que, a pesar de las incertidumbres, las obscuridades y los titubeos, incluso si me siento muy alejado de Dios, a pesar de todo, no puedo evitar que Dios cuente para mí. Cuento con Él y, en el fondo, creo que también Él cuenta conmigo, como dice la Biblia: “dado que eres precioso a mis ojos, eres estimado y yo te amo” (Is 43, 4).
Esto lo cambia todo. Estamos orientados y vueltos hacia Dios. No estamos perdidos, sin brújula y sin norte. Y es enorme la diferencia entre una vida sin brújula y una vida orientada, entre una vida encerrada sobre sí misma y una vida vuelta hacia los demás, aunque a veces, por fuera no se note. Creer es estar orientado y vuelto hacia Dios.
(Régine du CHARLAT, Vueltos hacia Dios. La vida del cristiano, Edicep, Valencia, 1990, pp. 9-11)



















