(El texto recoge una conversación bastante dura, largamente esperada, entre un anciano padre y su hijo Jack que ha sido “la oveja negra” de su familia. Habitando en un pequeño pueblo llamado Gilead, en el que el padre era pastor metodista de una de sus parroquias, Jack, en efecto, tuvo una hija, de una relación extramatrimonial con una chica de familia muy pobre y no luchó por conseguir su tutela, permitiendo que la niña muriera y desapareciendo después de su casa sin dar noticias de su paradero. También cometió algunos hurtos que le convirtieron en el “delincuente” de la familia y que le llevaron más tarde a la cárcel. El padre se sintió deshonrado por la conducta de este hijo, que le costó el ser desposeído de su parroquia. Ahora, al cabo de muchos años, cuando ya su madre ha muerto, ha regresado por un tiempo y está en la casa paterna, donde solo habita su padre y su hermana Glory, la hija soltera que cuida del padre)
Entonces oyeron un chirrido de muelles de cama y el suave arrastrar de unos pies en zapatillas y el tac tac del bastón. Al cabo de un momento, su padre apareció en la puerta con la camisa de dormir, pálido y con el pelo revuelto, pero con un porte sereno y solemne. Miró primero a Glory, luego a la ventana y, finalmente, como si hubiera encontrado el valor para hacerlo, se volvió a Jack.
-Oh. -Se le escapó un sonido apesadumbrado, pero enseguida, se reanimó-: He pensado que me gustaría un poco de conversación. Os he oído hablando aquí fuera y he venido a participar. Sí.
Jack lo ayudó a ocupar un asiento y volvió al suyo. El viejo le tomó la mano.
-Creo que estaba de mal genio –dijo.
-Me lo merecía –dijo Jack.
-No, no –replicó su padre-. No es así como quería que fueran las cosas. Me lo había prometido mil veces, que si volvías a casa no oirías nunca de mi boca una palabra de reproche. No importaba lo que sucediera.
-No importa. Merezco el reproche.
-Debes dejar a Dios la decisión de qué mereces. Piensas demasiado en ello, en qué mereces. Creo que una parte del problema está ahí.
-Me parece que en eso llevas razón –sonrió Jack.
-Nadie se merece nada, bueno o malo. Todo es gracia. Si aceptas eso, quizás puedas tranquilizarte un poco.
-No sé por qué, no he tenido nunca la sensación de que esa gracia me estuviera reservada a mí, en particular.
-¡Ah! ¡Tonterías! ¡Esto es sencillamente ridículo –dijo el padre. Cerró los ojos y retiró la mano. Luego murmuró-: He vuelto a perder los estribos.
-No se preocupe por eso, papi –Jack se rió.
-No me llames así –replicó el viejo al cabo de un momento.
-Lo siento.
-No me gusta un ápice. ¡Papi! Suena ridículo. Infantil.
-No volveré a decirlo. –Jack ser desperezó y sonrió a Glory con las cejas enarcadas como si dijera, “Agradecería que me ayudaras”.








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