Nunca sabremos cómo sería nuestra vida si las cosas no hubiesen sido como son. Es imposible. Cuánto de nosotros se perdió en los caminos que no anduvimos. Ya nunca podré intuir el firmamento del viaje que no fue; nunca sabré cómo hubiese sido vivir sin miedo sin aquel frío que caló hasta los huesos, huyendo tan solo hacia adelante. Hasta que el mundo se vistió de ceniza. Las cosas sucedieron así, no puedo escapar de esta herencia, no volveré a sentir su abrazo. Pero puedo tratar de entender.
Mi padre murió un domingo por la mañana, nada más llegar a casa, infarto de miocardio, volvía de su paseo de cada domingo. Subió los tres pisos, abrió la puerta y se derrumbó. Me desperté por el ruido, y escuchaba a los lejos desde ese estadio tan extraño que es la vigilia, no te has despertado del todo y el mundo aparece desdibujado, borroso, ajeno. Eran mi madre y mi hermana como nunca las había escuchado, quizá es que cuando la vida se para lo sabes. Llamaban por teléfono, mi hermana tratando de reanimarlo, la ambulancia tardó tres vidas (cómo cambia la textura del tiempo, cómo se estira y se contrae cuando te asomas al precipicio) en llegar, allí mismo nos dijeron que no con la cabeza. No. Recuerdo que se había hecho una pequeña herida en la frente, un pequeño rastro de sangre roja; recuerdo la silla en la que me senté pero no cómo iba vestido m padre; recuerdo el espejo de la entrada, el reloj sobre el aparador, el sabor amargo de mi saliva; y también la cerámica del suelo, la culpa asomando su sombra finísima sobre mi vida. Yo tenía dieciocho años. Jamás me ha abandonado.














.jpg)
