(Las reflexiones que siguen están hechas a propósito de la figura del matemático húngaro Neumann János Lajos, también conocido en EE UU como Johnny von Neumann, que fue uno de los principales fautores de la bomba atómica. Sin entrar en la valoración y el juicio sobre esta persona, lo que nos interesa es analizar el ‘páthos’ de la ciencia, los delirios o demonios que acechan al conocimiento científico y, en último término, la condición humana, ya que lo que anida en el alma de los científicos, anida también en el alma de cada hombre)
(Testimonio de su segunda esposa Klara Dan)
Las cosas por las cuales se puede sufrir. Yo no logro separar el placer del dolor, al menos no durante los años infames que pasé casada con ese hombre atroz que nunca me amó como yo necesitaba, pero que me sedujo de mil maneras y luego rehusó pasar un día conmigo, porque siempre tenía algo mejor que hacer, algo más importante que yo, una reunión de trabajo, un proyecto ultrasecreto, una gran idea en que pensar, una fórmula que resolver, dedicó su cabeza a tantas cosas que es un milagro que no le estallara en mil pedazos, o, quien sabe, tal vez lo hizo y no nos dimos cuenta, porque uno de los grandes misterios de la vida, o de mi vida al menos, es que un individuo tan inteligente como mi esposo pudiera ser, al mismo tiempo, un completo idiota. Así no era el hombre de quien me enamoré. Mi hombre, el que yo conocí frente a la ruleta, era un ser sin esperanza, a la deriva, perdido y lleno –como yo siempre lo estuve, a reventar- de energía, potencial y deseos que no podía satisfacer, ya que no era capaz de encontrar nada que los contuviera, nada a lo que entregarse por competo.
Johnny tuvo una vida afortunada, sin angustias, sin conocer el fracaso, y, por ende, no entendía las inseguridades que torturan al resto del mundo; nuestras incertidumbres, la incomodidad, la falta de autoestima que atormenta a las personas comunes y corrientes, le eran ajenas, porque siempre fue más inteligente y mejor que los demás.