Un día vi lo que no se ve nunca. Vi como alguien moría de amor. Fue en un café, un otoño, en París. La joven que hablaba conmigo acababa de ser abandonada por un hombre de corazón de oro. Habían compartido su pan diez años completos. La abandonó como uno deja de leer un libro, ganado en un segundo por un sueño analfabeto. Había bastado un gesto que nada anunciaba para que aquella joven se hubiera descubierto tan vana como un libro tirado en el parqué de una habitación. Desde entonces, iba como un fantasma por las calles superpobladas de rostros inútiles. El cuchillo de la separación se había hundido en su corazón y su mano se movía con cada respiración. No maldecía ni se lamentaba. Intentaba comprender lo que ni siquiera podían comprender los ángeles, enloquecidos a su alrededor como abejas que han perdido el camino de la colmena. No sabía hablar de otra cosa más que de su amigo, ninguna palabra era suficiente para expresar su grandeza y su inteligencia. En la palabra de ella, él era como la nieve en pleno verano, cuando parece que una magia blanca como esa no volverá jamás. El mundo en que vivimos está encantado por el amor y sin ese encantamiento no permaneceríamos en él ni un segundo. Desde nuestro nacimiento, somos arrojados a un reducto en el que no podríamos más que perecer, si no tuviéramos el tragaluz del corazón mirando al cielo. Lo único real en esta vida es el corazón. Entonces ¿por qué nos empeñamos en soñar con otras cosas? Los vagos sentimentalismos con los que las personas se quitan el frío unas a otras son como las ramitas que sirven para encender un fuego: arden y mueren inmediatamente. La llama que daba a los rostros de aquella mujer y de su amigo el rojo y el oro de una pintura de Georges de La Tour se nutría de un alimento mucho más bello. Dios se paseaba maravillado por las palabras de los dos como un campesino por sus tierras. Si Dios no está en nuestras historias de amor, entonces nuestras historias de anublan, se desmoronan y se hunden. No es esencial que se nombre a Dios. Ni siquiera es indispensable que conozcan su nombre los que se aman: basta con que se encuentren en el cielo en esta tierra. Aquella mujer había conocido esa gracia, y esa gracia se le retiraba. En el café donde yo la escuchaba aquel día, ella hablaba del cielo y de su amigo, de su fuga, como si nada, y su palabra era como dos manos apretadas contra una herida por donde la luz brotaba a chorros. La sala donde estábamos sentados era tan atroz como la ciudad que la rodeaba, enervante y ruidosa –como si hubieran puesto una música estridente en la habitación de un agonizante-. Si dejamos de respirar en el cielo, nos ahogamos en la nada: así de simple y de claro.
Autor: Christian BOBIN
Texto: Resucitar
Editorial: Encuentro, Madrid, 2017, (pp. 94-96)















