Que la esperanza que el cristiano pone en el Señor sea un misterio tan grande, se debe a que es un reflejo y una imitación de un misterio insondable todavía mayor: el de la esperanza que Dios pone primero en el hombre, revelando precisamente en ello la verdad plena de Su amor. En otras palabras, la esperanza no tiene que ver solo con el deseo del hombre, sino también con el deseo y la espera de Dios. Para Péguy, las tres famosas parábolas del capítulo 15 del evangelio de Lucas, al cantar la alegría de Dios por el retorno del pecador, proclaman también (es el reverso de la misma moneda) el misterio del ansia y de la esperanza con las que Dios aguarda dicho retorno. En ellas, en efecto, Dios exclama: “¡Alegraos conmigo!” (Lc 15, 5-6. 9-10), “comamos y celebremos un banquete” (Lc15, 20-23).
Dios, al renunciar a poner vallas que impidan extraviarse a las ovejas, es decir, al asumir el riesgo de hacer depender la salvación del hombre no solo de Su previniente y omnipotente gracia, sino también de la libertad del hombre, permite el crearse de una situación en la que Él mismo asume el papel de quien teme y tiembla, porque se encuentra en una cierta medida real, a la merced del amado. Porque Dios quiere que el hombre vuelva a Él libremente, lo cual, visto desde la perspectiva opuesta, significa que Él libremente se pone en la condición de esperar del hombre y confiar en el hombre, como lo expresa bellamente Péguy en este texto:



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