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Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz



El 25 de noviembre de 2003,  pudimos acoger en nuestra parroquia las reliquias de Santa Teresita que estaban peregrinando por España. 

 

Ahora tenemos la alegría de que la escultura de Teresita, hecha por Arturo Serra, forme parte de nuestra parroquia que quiere tanto a esta santa. La imagen ha sido bendecida por el párroco D. Fernando Colomer Ferrándiz.

Parroquia San León Magno (Murcia)
1 de octubre de 2016

Los santos inocentes

Tengo siete razones –dice Dios- para amar a los inocentes asesinados por Herodes.

La primera es que les amo. Y eso basta.
Tal es la jerarquía de mi gracia.

La segunda es que me gustan. Y esto basta.
Tal es la jerarquía de mi Gracia.

La tercera es que me agrada. Y esto basta.
Tal es la jerarquía, el orden y la regla de mi Gracia.

Y ahora os voy a decir la cuarta razón:
es porque los niños no tienen en la comisura de los labios
ese rictus de ingratitud y amargura,
esa herida de envejecimiento,
ese rictus de recuerdos que vemos en todos los demás labios.

La quinta es por una especie de equivalencia.
Porque, por una especie de contrapeso,
estos inocentes pagaron por mi Hijo:
mientras yacían sobre el suelo de los caminos,
las ciudades y los pueblos,
menos tenidos en cuenta que los corderos,
los cabritos y los cochinillos,
mi Hijo huía a Egipto.

De modo que se dio una especie de “quid pro quo”,
una especie de malentendido,
porque esos inocentes fueron confundidos con mi Hijo,
y asesinados por Él, en vez de Él,
no solamente a causa de Él, sino por Él,
creyendo que era Él.

La sexta razón es que eran contemporáneos de mi Hijo,
de la misma edad, nacidos al mismo tiempo,
y todos hacemos lo que podemos por nuestros compañeros de curso
y ellos fueron del curso, de la promoción de Jesús.

La séptima razón -¿por qué voy a callármela?-
es que eran parecidos a mi Hijo.
Porque una generación de hombres –dice Dios-
una promoción de hombres es como una hermosa ola grande
que avanza de orilla a orilla sobre un mismo frente
y le ataca de golpe
y se deshace al fin al borde del mar
como una muralla de agua.
De la misma manera una generación o una promoción
de hombres es como una ola de hombres
que avanzan todos juntos sobre el mismo frente
y se estrella también como una muralla de agua
cuando toca las riberas eternas.

Mi hijo era algo tierno y nuevo como ellos,
y desconocido como ellos.
No tenía en la comisura de los labios ese pliegue
de amargura y de ingratitud,
ni ese otro pliegue de arrugas en las cejas,
el pliegue de las lágrimas y de haber visto mucho,
ni tenía en las comisuras de la memoria el pliegue
de no poder olvidar.

Ignoraba a aún las vicisitudes que le esperaban,
todo aquello que más tarde dejaría un eterno rastro:
la corona de espinas y el cetro de la caña
y la terrible agonía del Calvario,
y la aún más terrible agonía de la víspera
en el huerto de los Olivos.

Éstas son la sexta y la séptima razones que tengo
para amar a los inocentes:
que me recuerdan a mi Hijo como era
si no hubiera cambiado luego,
me lo recuerdan cuando era bello,
cuando nada de esa terrible aventura había sucedido todavía.

He aquí por qué amo a los niños inocentes:
porque entre todos son ellos los testigos mejores de mi Hijo,
los niños-Jesús que no se harán grandes ya nunca.

Charles Péguy

San Ignacio de Antioquía

San Ignacio de Antioquía
(35-107)

Nació el año 35 de nuestra era en Antioquía, la ciudad de Siria proconsular donde los discípulos de Cristo fueron llamados por primera vez “cristianos”. Fue contemporáneo de los apóstoles y, según cuenta san Juan Crisóstomo, trató personalmente con san Pedro y san Pablo. Hacia el año 70 fue constituido obispo de Antioquia, el tercer obispo después de san pedro y san Evodio. El año 107 fue delatado como cristiano al gobernador de Siria y, junto con otros dos clérigos suyos, Zoísmo y Rufo, fue condenado a morir en el circo. Al parecer cuando se le comunicó la noticia dio gracias a Dios, tal como hicieron también santa Felicidad y san Ciptriano.

El viaje desde Antioquia hasta Roma lo hizo cargado de cadenas y vigilado por un pelotón de diez soldados que le hicieron sufrir mucho con sus malos y groseros tratos y que “se hacían peores cuanto más les favorecía”. También tuvo sus consuelos, ya que en Esmirna, donde se detuvieron bastante tiempo, fue acogido por san Policarpo, obispo d ela ciudad, quien salió a su encuentro con todos los cristianos, quienes besaban sus cadenas. Además las iglesias de Éfeso, Magnesia y Tralles enviaron a Esmirna delegados suyos para venerarlo. Ignacio aprovechó su estancia en Esmirna para escribir tres de sus cartas (precisamente a estas tres iglesias).

También desde allí escribió a los cristianos de Roma pidiéndoles que no buscaran recomendaciones o influencias para librarlo de la muerte: “Yo os lo suplico: no busquéis para conmigo una benevolencia importuna. Permitidme ser pasto de las fieras, pro las que me es dado alcanzar a Dios. Trigo soy de Dios, y por los dientes de las fieras he de ser molido a fin de ser presentado como limpio pan de Cristo” (…) “Mi amor está crucificado y no queda ya en mí fuego que busque alimentarme de materia, sí, en cambio, un agua viva que murmura dentro de mí y desde lo íntimo está diciendo: ‘ven al Padre’” (…) “No siento placer por la comida corruptible ni me atraen los deleites de eta vida. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, del linaje de David, y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible”. 

Santa Margarita María Alacoque

Santa Margarita María Alacoque
(1647-1690)

Margarita nació en Vérosvres, a una treintena de kilómetros de Paray-le-Monial, el 22 de julio de 1647, día de la fiesta de Santa Magdalena. A la edad de cinco años, durante una estancia en casa de su madrina, que tenía una hija religiosa en Paray-le-Monial, hizo la primera ofrenda de su vida a Dios: “Oh Dios mío, yo os consagro mi pureza y hago coto de castidad perpetua”. Esta primera ofrenda marca el inicio de su formidable historia de amor hacia el Señor.

A los ocho años de edad murió su padre y su educación fue confiada a las clarisas de Charolles, donde hizo su primera comunión al año siguiente. Comenzó entonces una extraordinaria vida eucarística: Margarita pasaba largos ratos de oración delante del sagrario. Dos años más tarde se apoderó de ella una misteriosa enfermedad que la obligó a abandonar el convento de las clarisas. De esta enfermedad fue curada milagrosamente después de consagrarse a la Santísima Virgen María. En agradecimiento a Ella, cuando recibió la confirmación, añadió a su propio nombre el de María. A partir de entonces se la conocerá como Margarita María.

La juventud de Margarita María estuvo muy marcada por las pruebas. Tras la muerte de su padre, se sucedieron tres mujeres en el gobierno de su casa, que llegaron incluso a despojar a la madre de toda autoridad. La madre estaba a menudo enferma y tan solo Margarita María se ocupaba de ella. Cuando se sentía agobiada se arrojaba a los pies de Jesús en el sacramento de la eucaristía. El Señor la instruyó en la oración y sembró en ella el deseo de la vida religiosa. Pero el deber filial hacia su madre le impedía entrar en un convento. Mientras tanto, además de cuidar de su madre, ayudaba a los pobres y reunía a los niños en su casa para enseñarles el catecismo. 

Los santos ángeles custodios


EL UNIVERSO ANGÉLICO: UN UNIVERSO JERARQUIZADO

Lo propio específico del universo espiritual consiste en que es una creación puramente cualitativa, mientras que en nuestro universo material la creación es fundamentalmente cuantitativa y secundariamente cualitativa. En la visión que tiene la Escritura y la Tradición, el orden cualitativo de nuestro universo -siempre difícil de separar de la cantidad- está vinculado a un registro superior de la creación, el mundo de los ángeles, en el cual lo cualitativo domina plenamente. Además, este mundo de los ángeles no es un mundo, sino unos mundos. Por eso la noción de ángel implica la de jerarquía: cada criatura espiritual aparece como un universo de cualidades que resume en un único ejemplar unas perfecciones que, en nuestro mundo material, están repartidas entre una multitud de criaturas individuales. Nuestro mundo, en efecto, es el mundo de lo cuantitativo, mientras que el mundo angélico, al contrario, es un mundo en el que la cualidad formal subsiste como tal. Pues el ángel es único en su género; resume en sí mismo y él solo una participación en la perfección divina.

Es necesario hablar de los Querubines cuyo nombre evoca la idea de ala y por lo tanto de movimiento y de omnipresencia: por los Querubines Dios cubre toda la extensión del espacio. Los Querubines -sobre los que “Dios se sienta” (Ex 25,18)- no aparecen como una sede inerte sino como unas ruedas aladas porque Dios no se sienta de una manera estática sino que su transcendencia es como un torbellino de movimiento (Ez 1,10; 10, 1ss). El cielo no es una inmutabilidad estática e impersonal (como fácilmente se imagina el hombre) sino que es “el lugar de las iniciativas de amor” (J. Maritain), un lugar de movimiento, de danza, de canto, no un dormitorio. 

Los Querubines están cerca de la gloria de Dios y la guardan; con sus alas se cubren el rostro y velan la presencia de la gloria divina, pues no se puede ver a Dios sin morir. Parece que los Querubines son los “ángeles de la Faz”, los que están con Dios en una relación de gran inmediatez y que conocen por lo tanto su gloria con mayor pureza. Velan su rostro con las alas porque son esencialmente seres de adoración.

Los Serafines son los “ardientes” (cf. Is 6,1-7), los que llevan el fuego del amor y de la purificación hacia los hombres. Aunque son ellos quienes cantan el triple Sanctus están, sin embargo, menos inmediatamente vueltos hacia la gloria de Dios que los Querubines y su misión estaría más directamente relacionado con la comunicación con el hombre: los labios de Isaías son purificados por un serafín. 

Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz

  
Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz
(1873-1897)

Santa Teresita fue la quinta de cinco hermanas, de una familia acomodada. Su infancia feliz se vio truncada por una terrible herida: la muerte de su madre, cuando ella tenía cuatro años y medio. Desde entonces pesará sobre ella una continua sombra de tristeza y se convertirá en una niña tímida, introvertida, excesivamente sensible y de fácil llanto, lo que le impide hacer amigas en el colegio y la hace muy infeliz. a los nueve años recibió su segunda gran herida: Paulina, la hermana que ella había elegido como su “segunda mamá”, entra en el Carmelo. Esta separación le costará mucho pero le servirá para conocer lo que es el Carmelo: un lugar solitario a donde se retira quien quiere buscar a Dios con todo el corazón. Entonces ella comprendió, sin ningún género de duda, que ése era su lugar.

A los diez años, la tarde de Pascua de 1883, le ataca una extraña enfermedad durante la cual padece inexplicables crisis de terror y parece convertirse en una idiota, lamentándose sin cesar. Un día mientras se quejaba llamando continuamente a su “mamá”, ve que la estatuilla de la Virgen que tiene en su habitación, se anima y le sonríe. Sanó improvisadamente, como si se despertase de una larga pesadilla. Siguió una época marcada por los escrúpulos y la hipersensibilidad, hasta que sucedió su “pequeño milagro” en la noche de Navidad de 1886, que consistió precisamente en recibir la capacidad de vencerse a sí misma, de actuar por encima de sus estados de ánimo. “Desde aquella noche bendita nunca más fui vencida en ningún combate, sino que marché, por el contrario, de victoria en victoria”, iniciando lo que ella llama “el período más bello de mi vida”.

Teresa consiguió, tras pedírselo al propio papa, el permiso para entrar con quince años al Carmelo. Entra en él “para salvar las almas y, sobre todo, para rezar por los sacerdotes”. En el carmelo de Lisieux reina un ambiente moralista, de un  ascetismo exagerado, con tintes de jansenismo, con una visión de Dios como Juez al que hay que aplacar. Además el tono intelectual es bastante pobre, por lo que ella y sus hermanas, de cultura superior, fácilmente podían ser consideradas como un grupito de “intelectuales” que había que marginar. Todo ello constituirá el crisol en el que el Señor purificará a Teresa.

San Agustín

San Agustín
(354-430)

San Agustín nació el 13 de noviembre de 354 en Tagaste. Su padre se llamaba Patricio y su madre Mónica. No fue bautizado, porque en su tiempo el bautismo se recibía en la edad adulta: simplemente, al nacer, trazaron sobre su frente la señal de la cruz y recibió la sal de los catecúmenos. Al llegar al uso de razón, aprendió a leer, escribir y contar en una escuela de Tagaste. A los dieciséis años se trasladó a Cartago para aprender el arte de la retórica. a los dieciocho años se enamoró perdidamente de una joven y se fue a vivir con ella, sin casarse, práctica socialmente admitida en aquel entonces, como hoy en día. De esa unión nació, sin desearlo, un hijo, a quien llamaron Adeodatus, que morirá a los dieciocho años de edad, causando un gran dolor a Agustín, que fue siempre muy sensible.

En Cartago descubrió la filosofía, que despertará en él la pasión por la verdad. Pero adherirá muy pronto al maniqueísmo, religión de tipo dualista. Más tarde volverá a Tagaste como profesor de retórica, con su compañera y su hijo. Su madre, santa Mónica, le dio con la puerta en las narices por haberse hecho maniqueo, aunque no dejó de orar por él. Como profesor de retórica vuelve más tarde a Cartago y finalmente va a Roma, donde se acerca al escepticismo filosófico. Al quedar vacante una cátedra pública de retórica en Milán, decide ir a por ella y parte hacia Milán. Tiene entonces treinta años.

Milán era entonces, junto con Tréveris, la capital del imperio romano de Occidente. Su obispo era san Ambrosio, personalidad excepcional y muy culta, que aparece a los ojos de Agustín como una especie de gran figura paterna. Agustín escuchaba todas las semanas sus sermones por amor al buen decir de Ambrosio, no porque le interesase el contenido de lo dicho (¡era un retórico!). Pero poco a poco ese contenido va calando en él y decide separarse definitivamente de los maniqueos, aunque sigue siendo un escéptico. Entonces su madre, Mónica, se reunió con él en Milán. Y aunque Agustín sintió la presencia de su madre como una especie de “persecución”, lo cierto es que a través de ella y de la figura de Ambrosio, recibió el sostén afectivo que necesitaba en la crisis vital en la que se encontraba: pues desesperaba de encontrar la verdad a la que, sin embargo, aspiraba con gran vehemencia. Entonces descubrió la filosofía neoplatónica, que le entusiasmó, lo arrancó del escepticismo y lo acercó al cristianismo.

La espiritualidad de San Francisco de Sales


San Francisco de Sales habla de sí mismo

En una carta de 1620 a Madre Chantal, Francisco habla de su propio corazón en los siguientes términos: "Creo que no hay en todo el mundo un alma que ame más cordialmente, más tiernamente y, por decirlo con toda sencillez, más amorosamente que yo; puesto que a Dios le ha complacido darme un corazón así. Y sin embargo yo amo las almas independientes, vigorosas y que no son femeninas; porque una ternura tan grande enreda el corazón, lo inquieta y lo distrae de la oración amorosa hacia Dios, y le impide la entera conformidad [con la voluntad de Dios] y la perfecta muerte del amor propio”.

Algunos conceptos fundamentales en San Francisco de Sales

a) La idea de Dios. Francisco habla de “Dios” con una visión admirable y exaltadora de la unidad de las personas divinas en la Trinidad: el Verbo es “la infinita imagen y figura de su Padre infinito”. Entre ellos no hay más que un solo amor infinito, “el amor divino del Padre hacia su Hijo es practicado en un solo suspiro, emitido recíprocamente por el Padre y el Hijo que, de este modo, permanecen unidos y ligados el uno al otro (…) Este amor que se produce a manera de suspiros o de inspiraciones, se llama Espíritu Santo”.

El Padre, dice Francisco, tiene hacia nosotros un amor “paternalmente maternal” o “maternalmente paternal”. Él lo llama “el Padre del amor cordial”. La vida espiritual será, pues, un encuentro con Dios “de corazón a corazón”: todo irá desde el corazón de Dios al corazón del hombre y todo deberá regresar desde el corazón del hombre al corazón de Dios, del que dice Francisco que “es Dios de corazón humano”. La espiritualidad salesiana es una espiritualidad del corazón a corazón, un intercambio incesante entre el corazón de Dios y el corazón del hombre. Es un estilo de vida en el que “el corazón habla al corazón” (cor ad cor loquitur).

San Maximiliano Kolbe


San Maximiliano Kolbe
(1894-1941)


San Maximiliano Kolbe nació en 1894 en un pueblecito de Polonia y murió cuando tenía cuarenta y siete años de edad en Auschwitz. A los trece años de edad entró en el seminario de los franciscanos. Desde 1912 a 1919 estudió en Roma, licenciándose en filosofía y en teología. Se interesó también por la física y las matemáticas pues era un espíritu inquieto, ávido de conocimientos, con una inmensa energía y un gran talento organizativo, todo ello acompañado pro un carácter tenaz y obstinado.

Tuvo una concepción caballeresca de la vida, al estilo medieval, centrada en la Virgen María. Puso todas sus cualidades al servicio de la Inmaculada, su objetivo era “introducir a la Inmaculada en los corazones de los hombres para que los inflame en el amor al Santísimo Corazón de Jesús y, de este modo, buscar la conversión de todos”. Tuvo también una aguda percepción del combate espiritual como combate por la verdad, y una fe inmensa en María como la que “aplasta la cabeza de la serpiente”.

En 1927 comenzó a edificar, a 40 kilómetros de Varsovia, una ciudad que llamó “Niepokalanow”: “Ciudad de la Inmaculada”. Dicha ciudad fue conteniendo una gran basílica de la Inmaculada, un inmenso complejo editorial, el postulantazo, el noviciado, los talleres de herreros, mecánicos, carpinteros, zapateros, sastres, albañiles, una gran central eléctrica y una pequeña estación ferroviaria, con vía de empalme con la red estatal. Al cabo de diez años vivían en Niepokalanow 762 religiosos y 204 jóvenes aspirantes al sacerdocio o a la vida religiosa. Editaba ocho revistas; una de ellas, El caballero de la Inmaculada, casi rozaba el millón de ejemplares. Quería llenar la tierra de prensa cristiana para “ahogar con los remolinos de la verdad todas las manifestaciones de error que han encontrado en la prensa su más poderosos aliado”.

Cuando los nazis invadieron Polonia, el P. Kolbe fue arrestado e internado en Auschwitz. Él, que padecía de tisis y sólo tenía un pulmón, empezó tirando carros de grava y guijarros; después tuvo que cortar y cargar troncos de árbol: como era sacerdote le tocaba un peso dos o tres veces superior al de sus compañeros, que veían cómo sangraba y se tambaleaba. Él les decía: “No os expongáis a recibir golpes por mi causa. La Inmaculada me ayudará y ya me las arreglaré”. Más tarde lo destinaron a trasladar cadáveres, a menudo horrorosamente mutilados, y a apilarlos para su incineración. Él decía mientras los trasladaba: “Santa María, ruega por nosotros” y luego: “Et Verbum caro factum est” (“y la Palabra se hizo carne”). A los otros prisioneros siempre les dijo: “El odio no es una fuerza creativa, tan solo el amor es fuerza creativa”.

Para castigar la fuga de un preso, el jefe del campo condenó a muerte, por inanición, a diez presos, encerrándolos en el bunker del hambre. Uno de los condenados, al ser designado, nombró en voz alta a su mujer y sus hijos. Y entonces el P. Kolbe salió, “a paso ligero”, de la fila de los prisioneros y se dirigió al jefe del campo Fritsch. El breve diálogo entre ambos expresa el drama espiritual del siglo XX:

- “¿Qué quiere ese sucio polaco?”

- “Soy un sacerdote católico. Soy viejo y quiero ocupar su lugar porque él tiene mujer e hijos”.

La frase del comandante expresa la ideología nazi: si no eres ario (otros dirán otra cosa, pero en el fondo es lo mismo) no eres hombre. La frase de San Maximiliano Kolbe expresa la verdad cristiana: nuestra identidad y nuestra dignidad no dependen de ninguna determinación natural, ni histórica, ni social, ni cultural, sino del hecho de que hemos sido creados por Dios. Y el gesto del P. Kolbe fue un gesto profundamente sacerdotal: el gesto del pastor que no mandona a sus ovejas y que elige morir con ellas para ayudarles a hacer de la propia muerte una ofrenda a Dios. 

Santa Juana Francisca de Chantal

Santa Juana Francisca de Chantal
(1572-1641)

Santa Juana vivió sesenta y nueve años, desde 1572 hasta 1641, de los cuales vivió 38 en el mundo y 31 en la vida religiosa. La cronología de su vida es como sigue:

- 20 años de infancia y adolescencia entre Dijon y Poitou (1572-1592) 
- 9 años de matrimonio en Bourbilly (1592-1601) 
- 9 años de viudez entre Bourbilly y Monthelon (1601-1610) 
- 31 años de vida religiosa en Annecy (1610-1641). 

Vivió, pues, más en el mundo que en la vida religiosa y se la considera la patrona de todas las vocaciones puesto que fue soltera, novia, esposa, madre y religiosa. 

Visión de conjunto 

Es indudable que en la niña de Dijon, en la adolescente de Poitou, en la “señora perfecta” de Bourbilly, en la viuda humillada de Monthelon, Dios preparaba a la que destinaba a ser la “piedra fundamental” de la Visitación y que, recíprocamente, la fundadora se benefició de las experiencias y las virtudes de la “mujer de mundo”. 

La Madre de Chantal amó con amor maternal a sus hijos según la carne y a sus Hijas según el Espíritu, siendo siempre muy humana, muy cercana a nosotros, con un encanto que nos fascina. ¿Cómo es posible que se diera esta alianza? No es fácil analizarlo, porque sobrepasa la psicología a la que estamos acostumbrados. San Francisco de Sales, que veía en él mismo un misterio semejante, dijo de sí mismo una frase que vale también para santa Juana: “Dios ha querido hacer así mi corazón”. 

El resultado fue que Juana Francisca amó tiernamente a su padre, a su esposo, a sus hijos, a sus amigos, a su “Padre único”, a las Hijas de la Visitación”, a los pobres, a los apestados y hasta a sus enemigos, y al mismo tiempo amó sólo a Dios. 

La clave para entender a santa Juana es lo que le escribió san Francisco de Sales cuando aún estaba ella en el mundo: “Os veo, me parece, mi querida hija, con vuestro vigoroso corazón que ama y quiere con fuerza. Y me gusta, pues los corazones medio muertos ¿para qué sirven? Pero es preciso que hagamos un ejercicio particular de querer y amar la voluntad de Dios más vigorosamente, más aún, más tiernamente, más amorosamente que a ninguna otra cosa en el mundo; y no sólo en las cosas que se pueden soportar, sino también ante las insoportables”. Ésta es la clave: el amor a Dios por encima de todo. 

San Juan María Vianney


San Juan María Vianney 
(Cura de Ars)

Apunte biográfico

Cuando San Juan María Vianney era un niño de siete años, en París reinaba el Terror, y fueron exiliados, bajo pena de muerte, todos los sacerdotes que no se habían plegado a las imposiciones de los revolucionarios, aparte de los miles que fueron asesinados. Cuando las tropas de la Convención cruzaron el pueblecito de Dardillo, en el que él vivía, la iglesia había sido cerrada, el párroco había jurado todo lo que le pidieron los revolucionarios y, finalmente, había dejado de ejercer el ministerio sacerdotal. De cuando en cuando, los Vianney, arriesgando sus vidas, acogían a algún cura clandestino, y fue en una habitación con las contraventanas entornadas y protegidas por un carro de heno convenientemente estacionado (mientras que algunos campesinos hacían guardia en las puertas), donde el pequeños Juan María pudo recibir la primera comunión cuando tenía trece años.

En este contexto su vocación al sacerdocio se despertó tan pronto como comprendió que convertirse en sacerdote comportaba estar dispuesto a morir por su ministerio. Fue a la escuela por primera vez a los diecisiete años, más que nada por la tenacidad de un sacerdote que creía en él y en su vocación al sacerdocio. Pero se reveló como intelectualmente muy torpe. Las dificultades aumentaron en el seminario, donde había que estudiar en latín; pero la tenacidad de este sacerdote que creía en él, consiguió allanar todos los obstáculos. Finalmente fue ordenado en 1815, a los veintinueve años de edad y enviado, un poco más adelante, al pueblecito de Ars.

Ars era un pueblo de 270 habitantes, con cuarenta casas y cuatro tabernas, dos de ellas adosadas a la iglesia. La actividad pastoral del cura de Ars consistió, además de fundar un orfanato para niñas y un instituto para la enseñanza e los muchachos, en combatir tres males: el trabajo dominical con la costumbre de blasfemar, las tabernas (lugares donde el dinero de la familia se dilapidaba y donde, bajo los efectos del alcohol, se alimentaban odios y disputas) y el baile, por el que la impureza y la lujuria se apoderaban de los hombres. Lo hizo mediante la predicación y, sobre todo, mediante el confesionario. El Señor le concedió un conocimiento espiritual de las almas, que iba unido a un odio mortal hacia el pecado y a una misericordia tierna para los pecadores. A partir de 1834 se difundió su fama de santidad y empezaron a peregrinar a Ars desde toda Francia personas que aguardaban durante una semana para poder confesarse con él. Él estaba unas diecisiete horas al día en el confesionario. Cuando se encontraba con pecadores poco conscientes de sus pecados prorrumpía en sollozos: era como si, en él, pudiéramos vislumbrar el dolor de Dios por el pecado de los hombres. El Señor le concedió el don de tocar el corazón de sus penitentes, que salían de la breve confesión convertidos. Aunque había recibido una educación rigorista, a partir de 1844 se apoderó de él una "inefable dulzura" que tanto atraía a los penitentes. 

El alma del cura de Ars estuvo marcada por la conciencia de la desproporción abismal entre la ineptitud humana y la grandeza del ministerio sacerdotal: "Un buen pastor, según el corazón de Dios, -decía él- es el tesoro más grande que Dios puede conceder a una parroquia, es uno de los dones más valiosos de la misericordia divina". Y se sentía abrumado por ser sacerdote. Él decía que no llegaba a entender la tentación del orgullo, pero que en cambio sentía mucho la de la desesperación, por ese abismal sentimientos de ineptitud que solo se puede aplacar en un abandono total al Señor. Él confesó haberle pedido al Señor el conocimiento de sí mismo tal como era, en su verdad, y que el Señor se lo concedió, pero que quedó tan anonadado que "si Dios no me hubiese sostenido hubiera caído al instante en la desesperación". Pero él se abandonó como un niño en las manos de Dios. Por eso venció otra batalla dificilísima: la de la vanidad. Él se daba cuenta perfectamente de que todas aquellas personas iban allí por él. Pero él caminó por en medio de la oleada de alabanzas como un niño que no se mira a si mismo.

Dos clases de santos



Están los santos con el psiquismo desgraciado y difícil, el grupo de los angustiados, de los agresivos y de los carnales, todos los que llevan el peso de los determinismos; los desgraciados cuyo corazón será siempre un “nido de víboras”, los desafortunados porque han nacido con una “boca sucia” o que no han podido identificarse nunca con su padre. Son los que nunca conseguirán domesticar al lobo de Gubbio; los que caen y caerán todavía; los que llorarán hasta el final, no porque han cerrado una puerta con demasiado ímpetu, sino porque cometen todavía esa falta sórdida, inconfesable. Son la muchedumbre inmensa de aquellos cuya conversión, cuya santidad, no se mostrará hasta el último día para resplandecer finalmente en la eternidad perpetúa. Son los santos sin nombre.

Y al lado de ellos están los santos con el psiquismo feliz, los santos castos, fuertes y dulces; los santos modelos, canonizados o canonizables; aquellos cuyo corazón liberado es ancho como las arenas que bordean el mar; aquellos cuyo psiquismo canta ya como una arpa armoniosa la gloria de Dios; los santos admirables que suscitan la acción de gracias y en los que nosotros tocamos la humanidad transformada por la gracia; los santos reconocidos, celebrados, los grandes santos que dejan una huella deslumbrante en la historia.

Unos y otros son hermanos. Santa Teresa y san Ignacio con su hermoso equilibrio están más cerca del sacerdote borracho que describe Graham Green en El poder y la gloria que del hombre que derrocha salud psíquica o conformismo moral, que no ha vacilado ni un solo día sobre sus raíces, ni murmurado contra Dios. Tanto los santos con un psiquismo obsesionado por los monstruos como los santos con el psiquismo habitado por los ángeles tienen las mismas experiencias fundamentales. Hablan de Dios y de sí mismos en los mismos términos. Están en la misma orilla y habitan un mismo mundo: el mundo en el que la única tristeza es la de descubrirse siempre tan indignos de Dios, y donde la única alegría es saberse tan amados por Él e intentar devolverle amor por Amor. Aquí abajo son diferentes, pero ante Dios son semejantes.

Y nosotros lo veremos el día del Señor Jesús.

(P. Bernaert)

La devoción a los santos

Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 10 de marzo de 2006
Lugar: Parroquia Santa Florentina en La Palma (Cartagena)
Para escuchar la charla, pulse aquí: http:www.ivoox.com/3389937


El combate espiritual según San Francisco de Sales

Catequesis parroquial nº 75
Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 12 de mayo de 2004
Para escuchar la charla, pulse aquí: http://www.ivoox.com/3286302

San Francisco de Sales

Catequesis parroquial nº 74
Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 10 de marzo de 2004
Para escuchar la charla, pulse aquí: http://www.ivoox.com/3286297




Novena Santa Teresita (9/9)

Día 9: "En esta noche"
Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 24 de noviembre de 2003
Novena con motivo de la visita de las reliquias de Santa Teresita de Lisieux a la Parroquia San León Magno de Murcia el 25 de noviembre de 2003.
Para escuchar la charla, pulsar aquí: http://www.ivoox.com/3768772

Novena Santa Teresita (8/9)

Día 8: "Me parece que nunca he buscado más que la verdad"
Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 23 de noviembre de 2003
Novena con motivo de la visita de las reliquias de Santa Teresita de Lisieux a la Parroquia San León Magno de Murcia el 25 de noviembre de 2003.
Para escuchar la charla, pulsar aquí: http://www.ivoox.com/3768770

Novena Santa Teresita (7/9)

Día 7: "Oh, María"
Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 22 de noviembre de 2003
Novena con motivo de la visita de las reliquias de Santa Teresita de Lisieux a la Parroquia San León Magno de Murcia el 25 de noviembre de 2003.
Para escuchar la charla, pulsar aquí: http://www.ivoox.com/3768766

Noventa Santa Teresita (6/9)

Día 6: "Ahora no tengo"
Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 21 de noviembre de 2003
Novena con motivo de la visita de las reliquias de Santa Teresita de Lisieux a la Parroquia San León Magno de Murcia el 25 de noviembre de 2003.
Para escuchar la charla, pulsar aquí: http://www.ivoox.com/3768763

Novena Santa Teresita (5/9)

Día 5: "No muero, entro en la vida"
Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 20 de noviembre de 2003
Novena con motivo de la visita de las reliquias de Santa Teresita de Lisieux a la Parroquia San León Magno de Murcia el 25 de noviembre de 2003.
Para escuchar la charla, pulsar aquí: http://www.ivoox.com/3768756