El zapatero de Alejandría


Cuenta la tradición que un día, en la oración, san Antonio, el padre de los monjes, le preguntó al Señor si iba caminado bien en la búsqueda de la santidad. El Señor le respondió que sí, que iba caminando bien, pero que en Alejandría había un zapatero que estaba más adelantado que él en ese camino.

Asombrado, y tal vez herido en su orgullo, el padre del monacato se dirigió de inmediato hacia la misma ciudad de la que había huido años antes para adquirir el secreto de la perfección. Cuando encontró al zapatero lo interrogó: “¿Qué haces de extraordinario para ser tan perfecto?”. “¿Yo? Hago zapatos y los reparo”, respondió mientras seguía trabajando. “¿Y cómo vives?”. “Divido mi vida en tres partes: trabajo, oración y sueño”. San Antonio pensó que ese no podía ser el secreto porque él rezaba día y noche. El secreto del zapatero debía de estar en otra parte. ¿Tal vez en su pobreza? Antonio le preguntó qué hacía con el dinero. “Divido mi salario en tres partes: una para la Iglesia, otra para los pobres y otra para mí y mi familia”. “Debe ser alguna otra cosa, pensó Antonio, porque yo he dado todos mis bienes. “¿Y qué más?”, le preguntó. “Nada en especial, de verdad, no sé… Bueno, desde mi taller veo desfilar los pies de los hombres que caminan por la calle y oro por cada uno de ellos diciendo: ¡que todos se salven, Señor, solo yo merezco condenarme!”.

San Antonio comprendió que este era el secreto del zapatero: no buscar la santidad personal ni la propia salvación como algo que me concierne solo a mí, sino buscar la salvación de todos, interceder por todos y no considerarse superior espiritualmente a nadie.