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Orar por la transfiguración del mundo

“Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no solo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo (…) Y de igual manera el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios” (Rm 8, 19-23. 26-27).

Así pues es la oración la que asume la espera y los gemidos que atraviesan la Creación. A los gemidos de la Creación hacen eco los gemidos que el Espíritu profiere en el corazón de nuestra plegaria. San Pedro precisa que esta transformación que la Creación anhela llegará de un modo inesperado: “El Día del Señor llegará como un ladrón; en aquel día, los cielos, con ruido ensordecedor, se desharán; los elementos, abrasados, se disolverán, y la tierra y cuanto ella encierra se consumirá. Puesto que todas estas cosas han de disolverse así, ¿cómo conviene que seáis en vuestra santa conducta y en la piedad, esperando y acelerando la venida del Día de Dios, en el que los cielos, en llamas, se disolverán y los elementos, abrasados, se fundirán? Pero esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia” (2 P 10-13). San Marcos afirma que “si el Señor no abreviase aquellos días, no se salvaría nadie, pero en atención a los elegidos que él escogió, ha abreviado los días” (Mc 13, 20). La oración acelera y aligera la transfiguración en Dios de toda la Creación.

El zapatero de Alejandría


Cuenta la tradición que un día, en la oración, san Antonio, el padre de los monjes, le preguntó al Señor si iba caminado bien en la búsqueda de la santidad. El Señor le respondió que sí, que iba caminando bien, pero que en Alejandría había un zapatero que estaba más adelantado que él en ese camino.

Asombrado, y tal vez herido en su orgullo, el padre del monacato se dirigió de inmediato hacia la misma ciudad de la que había huido años antes para adquirir el secreto de la perfección. Cuando encontró al zapatero lo interrogó: “¿Qué haces de extraordinario para ser tan perfecto?”. “¿Yo? Hago zapatos y los reparo”, respondió mientras seguía trabajando. “¿Y cómo vives?”. “Divido mi vida en tres partes: trabajo, oración y sueño”. San Antonio pensó que ese no podía ser el secreto porque él rezaba día y noche. El secreto del zapatero debía de estar en otra parte. ¿Tal vez en su pobreza? Antonio le preguntó qué hacía con el dinero. “Divido mi salario en tres partes: una para la Iglesia, otra para los pobres y otra para mí y mi familia”. “Debe ser alguna otra cosa, pensó Antonio, porque yo he dado todos mis bienes. “¿Y qué más?”, le preguntó. “Nada en especial, de verdad, no sé… Bueno, desde mi taller veo desfilar los pies de los hombres que caminan por la calle y oro por cada uno de ellos diciendo: ¡que todos se salven, Señor, solo yo merezco condenarme!”.

San Antonio comprendió que este era el secreto del zapatero: no buscar la santidad personal ni la propia salvación como algo que me concierne solo a mí, sino buscar la salvación de todos, interceder por todos y no considerarse superior espiritualmente a nadie.

Habitados

Habitando en la fe nos descubrimos habitados a nosotros mismos. En el camino de la vida, sembrado de horas difíciles y otras felices, ni el sufrimiento, ni la alegría están solos. Incluso si frecuentemente es necesario pasar por muchas etapas, para ser consciente de ello y poder decir, como Job: “Dios estaba aquí y yo no lo sabía”.

La vida es difícil. Son raros aquellos cuyo itinerario se desarrolla sin obstáculos, dificultades o sufrimientos, incluso entre los más afortunados. Tampoco es fácil para los que son exigentes consigo mismos y usan de la verdad. Por el contrario, la vida les suele hacer pasar por combates tanto más duros cuanto que son más profundos y sutiles.

El que se ha mantenido a la escucha, el que se ha dejado instruir llega a la luz. Entonces se da cuenta de que la luz estaba dentro de él para guiarle internamente. Descubre que su caminar le conducía hacia sí mismo. Lo que en alguna ocasión había pensado no alcanzar jamás estaba con él desde el principio.

La fe es la capacidad de reconocernos habitados, la acogida de una presencia llamada Espíritu. Sabemos entonces que las reservas del coraje en el que nos apoyamos, nos vienen de él. Comprendemos asimismo que la vida prometida por Jesús no brille como un espejismo lejano e ilusorio. Él la coloca dentro de nosotros: Palabra, alimento, aliento y fuerza interior. Caminamos en la presencia de Dios y su presencia habita en nosotros.


Régine du CHARLAT, Vueltos hacia Dios. La vida del cristiano, Edicep, Valencia, 1990, (pp. 19-21-22)


Mi desorden

Par la mayoría de nosotros el camino hacia el orden pasa a través del desorden; intentar eludirlo es arriesgarse a esquivar la vida. Ser consciente, aunque sea subliminalmente, del desorden que padezco, pero fingir que no existe, es alimentar una ilusión. Sobre esta base no es posible ninguna relación verdadera ni ninguna vida espiritual. ¿Cómo puedo curarme si me empeño en dar la impresión de que no estoy enfermo?

“No he venido –dice el Señor- a llamar a conversión a justos, sino a pecadores” (Lc 5, 32). Lo podríamos parafrasear así: “No he venido a llamar a los que ya caminan rectamente (pues saben adonde van); mi misión es para los que han seguido un camino equivocado. Los convoco y les propongo una metanoia, una nueva visión de la realidad”. Cristo, “el más hermoso de los hombres” (Sal 44, 2), revela la belleza del orden. Pero no le sorprende nuestro desorden, por mísero que sea.

Cuando leemos la vida de los santos, vemos una y otra vez la magnanimidad de Dios al permitir que hombres y mujeres vivan largos periodos de desorden antes de despertar a la gracia como si los siete días de la creación, con sus distinciones graduales, se realizaran de nuevo en las vidas individuales; como si todos tuviéramos que llevar a cabo un éxodo personal para volver a casa desde Egipto, un viaje no tan largo, en realidad, pero prolongado por la repetición de rebeliones, demoras y malentendidos. También estos representan su papel en la Providencia de Dios. Deben enseñarnos algo: “Acuérdate de todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer durante estos cuarenta años en el desierto para humillarte, para probarte y para conocer lo que había en tu corazón: si ibas a guardar sus mandamientos o no” (Dt 8, 2). Esto sigue siendo lo esencial a la hora de afrontar mi desorden. ¿Estoy dispuesto a reconocer y nombrar lo que hay en mi corazón? Desde este punto de partida ¿dejaré que la llamada de Dios me ordene y me reforme?





Autor: Erik VARDEN
Título: Castidad. La reconciliación de los sentidos
Editorial: Encuentro, Madrid, 2023, (p. 76)






La esperanza de Dios

Que la esperanza que el cristiano pone en el Señor sea un misterio tan grande, se debe a que es un reflejo y una imitación de un misterio insondable todavía mayor: el de la esperanza que Dios pone primero en el hombre, revelando precisamente en ello la verdad plena de Su amor. En otras palabras, la esperanza no tiene que ver solo con el deseo del hombre, sino también con el deseo y la espera de Dios. Para Péguy, las tres famosas parábolas del capítulo 15 del evangelio de Lucas, al cantar la alegría de Dios por el retorno del pecador, proclaman también (es el reverso de la misma moneda) el misterio del ansia y de la esperanza con las que Dios aguarda dicho retorno. En ellas, en efecto, Dios exclama: “¡Alegraos conmigo!” (Lc 15, 5-6. 9-10), “comamos y celebremos un banquete” (Lc15, 20-23).

Dios, al renunciar a poner vallas que impidan extraviarse a las ovejas, es decir, al asumir el riesgo de hacer depender la salvación del hombre no solo de Su previniente y omnipotente gracia, sino también de la libertad del hombre, permite el crearse de una situación en la que Él mismo asume el papel de quien teme y tiembla, porque se encuentra en una cierta medida real, a la merced del amado. Porque Dios quiere que el hombre vuelva a Él libremente, lo cual, visto desde la perspectiva opuesta, significa que Él libremente se pone en la condición de esperar del hombre y confiar en el hombre, como lo expresa bellamente Péguy en este texto:

La ideología de género

La ideología de género coloca a las sociedades en unas situaciones caóticas, al poner en peligro la realidad de la paternidad y de la filiación. A los ojos de algunos gobernantes occidentales, las palabras “padre” y “madre” se han convertido en inconvenientes. Prefieren hablar de “padre 1” y “padre 2”, o de “engendrador 1” y “engendrador 2”. Las primeras víctimas de estos comportamientos son evidentemente los hijos.

A la base de esta ideología está la célebre frase de Simone de Beauvoir: “La mujer no nace, se hace”. Detrás de esta frase lo que hay es una negación de la condición de criatura, es el rechazo a reconocer que el ser humano ha recibido de Dios una naturaleza que le es dada en el acto de la Creación, una naturaleza por la cual se es hombre siendo varón o mujer, independientemente de la voluntad y de la libertad de cada uno. Según esta ideología el hombre sería sólo espíritu y libertad y, con su libertad, decidiría ser varón o ser mujer. Pero si la dualidad hombre-mujer no existe como dato de la Creación, entonces la familia tampoco existe como realidad establecida por Dios al crear al hombre.

Lo mejor y lo peor

“Nunca se me habría ocurrido rezar para que pasaran las mejores cosas que de hecho me han pasado. Ni en un millón de años. Las peores llegan como el mal tiempo. Una hace lo que puede” .

Estas palabras de Lila, la que no es del todo creyente, creo que manifiestan un gran sentido común humano y cristiano, porque reconocen que los bienes recibidos han sido gracias, es decir, bienes inesperados, que jamás uno habría podido imaginar, de los que cabría decir lo que san Pablo afirma del cielo: “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1Co 2, 9). Dios, con su gracia, ha sobrepasado nuestras mejores expectativas.

Y por otro lado, la vida nos ha dado disgustos y problemas con los que no contábamos, que siempre han aparecido “en el peor momento” y que hemos afrontado como hemos podido. Y Dios es testigo de ello y siempre ha estado junto a nosotros dándonos su gracia. Ni más, ni menos.




Autor: Marilynne ROBINSON
Título: Lila
Editorial: Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2015, (pp. 270-271)




Ser padre

De todas las cosas que un padre da a su hijo, su palabra es sin duda una de las más esenciales: casi igual que el don de la vida. Un padre mudo o áfono no es capaz de asumir su papel en relación a su hijo. Pues no basta que el padre engendre y dé la vida. Es necesario que se haga cargo de ella, que la oriente y que le dé un sentido; hace falta que la llame por su nombre. De no hacerlo la vida de su propio hijo quedará siempre informe, como una masa de posibilidades infinitas, pero incapaz de realizar alguna de ellas porque ningún padre la habrá señalado, dándole un nombre y una identidad. Por su palabra, el padre engendra a su hijo una segunda vez, y lo lanza confiado a la aventura de su propia existencia.

André Louf

La verdadera vocación del hombre

A menudo tenemos el sentimiento de ser prisioneros de una especie de adhesión a la tierra que nos impide mirar las realidades celestes. Es como si estuviéramos cogidos en unas arenas movedizas. ¿Cómo despegarse del mundo? ¿Cómo arrancarse del ruido? Cómo arrancarnos de esa noche obscura que nos oprime y que obstruye nuestro caminar hacia el cielo, que nos embrutece y nos hace olvidar lo esencial.

Dios nos ha creado para estar y vivir con Él. Dios, que ha querido todo cuanto existe, no ha creado la naturaleza para sí misma. Dios no nos ha creado para una perfección solamente natural. Dios, al crearnos, tenía una finalidad infinitamente superior a la perfección natural: el orden sobrenatural, el don de puro amor que llamamos gracia y que nos hace participar de la propia naturaleza de Dios, la comunicación de su propia vida que hace de nosotros sus hijos, capaces de conocerle y amarle en toda su intimidad, como él se conoce y se ama a sí mismo. Hemos sido creados para conocer y amar a Dios en toda su realidad de Dios. El hombre es absolutamente incapaz por sí mismo de esta vida sobrenatural, de la que le separa un abismo infinito, y que es un don gratuito de Dios. Cuando Cristo explica a los hombres hacia dónde deben tender, no les dice: “Sed plenamente y perfectamente hombres, desarrollaos hasta la perfección de vuestra naturaleza humana”, sino: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”, es decir, nos propone la perfección misma de Dios.

Luchar contra los ídolos

Tenemos una tendencia natural a fabricarnos ídolos es decir, falsas imágenes de Dios. La mayoría de las veces lo hacemos inconscientemente, y de varias formas.

La primera es fácil de descubrir: cuando algo nos acapara por completo y se convierte en nuestro único objetivo. Ciertamente, no adoramos ya el dinero como lo adoraron los Hebreos, momentáneamente extraviados, en el episodio del becerro de oro (Ex 3, 23). Pero sigue habiendo hoy comportamientos muy similares. Consagramos todas nuestras energías al dinero, al amor humano, al éxito, al cuerpo, de tal manera que no nos queda ningún espacio libre. Estamos vueltos exclusivamente hacia todo eso, en vez de hacerlo hacia otra cosa aunque no nos atrevamos a llamarle Dios. En cualquier caso, el sitio de “Dios” está ocupado, la estatua levantada y el corazón repleto.

Existe una segunda manera de fabricar ídolos, más sutil y mucho más peligrosa que la anterior ya que hunde sus raíces en nuestras mejores intenciones. Cuando creemos en Jesucristo e intentamos seguirle, ponemos en el empeño lo mejor de nosotros mismos. Es así como nos vamos atando a la imagen que de él nos hacemos, a las formas de servicio, de oración y de acción que nos hemos forjado por su causa y por amor a él. Todo es así de natural y no podemos hacer otra cosa. Pero la amenaza de la idolatría sigue latente y surge cuando nos aferramos a nuestras maneras de ver las cosas. Identificamos a Dios con nuestro caminar hacia él. Y cuando surgen enfrentamientos entre los cristianos, sufrimos mucho. Se nos rompe nuestro ídolo y caen por tierra nuestras seguridades. Es así como nos vemos obligados a reconocer que Dios es más grande y más libre de lo que nos habíamos imaginado. Sólo así nos vemos libres de la idolatría. Si los cristianos aceptamos el hecho de ser diferentes, de tener maneras distintas de percibir al mismo Dios estamos extirpando de raíz la tendencia a la idolatría.

El infierno

El infierno ya existe aquí. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno y hacer que dure, y dejarle espacio.

Italo Calvino


La fuente de la oración

La liturgia del corazón

“El hombre interior”: esta expresión no se encuentra tal cual en la Biblia, pero está implicada en una imagen muy sugestiva empleada por san Pedro en su primera carta: ho kruptos tès kardias anthrôpos (1P 3, 4), un texto único en toda la Biblia, que literalmente significa: “el hombre oculto del corazón”.

El hombre interior se identifica con el corazón del hombre cuya ambigüedad recuerda toda la Biblia. Ya en el Génesis, Dios constata que “todos los pensamientos del corazón del hombre” se orientan únicamente hacia el mal (Gn 6, 5). La Biblia conoce un corazón “endurecido”, como el del faraón, que Dios mismo se encarga de endurecer (Ex 7, 3ss), pero también un corazón “ablandado”, capaz de humillarse ante Él (2R 22, 19), y sobre todo un corazón “contrito y humillado” por el arrepentimiento (Sal 33, 16; 50, 17) que Dios se ingenia en curar (Sal 147, 3). Dios reprocha a menudo al incircuncisión de los corazones (Lv 26, 41; Dt 10, 16; 30, 6; Jr 9, 26). Pero será también sobre las tablas del corazón donde Dios escribirá su Ley nueva (Pr 3, 3; 7, 3). Por medio de su profeta, Dios ha prometido cambiar el corazón de piedra en un corazón de carne (Ex 11, 19; 36, 26). Un corazón así, “un corazón que sepa escuchar”, es lo que Salomón suplica al inicio de su reinado (1R 3, 9), en continuidad con su padre David, que le había dado este consejo: “Guarda tu corazón más que cualquier otra cosa, pues de él proceden todas las fuentes de la vida” (Pr 4, 23).

Verdad y Amor

La doctrina es la verdad y el pilar fundamental de la vida de la Iglesia para los cristianos. De esta forma nuestro Señor Jesucristo es denominado en el Evangelio “maestro”, esto es “profesor” (magister; didaskalos). Maestro significa enseñar, en este caso una doctrina. Nuestro Señor dijo: “Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado” (Jn 7, 16). Y sobre el Espíritu Santo manifestó: “Este os lo enseñará todo y os traerá a la memoria lo que yo os he dicho” (Jn 14, 26). “No hablará por cuenta propia” (Jn 16, 13). El fundamento de toda nuestra vida es la verdad, el Logos, la Palabra que se hizo carne. La Palabra (Logos) es la otra denominación de la segunda persona de la Santísima Trinidad. La segunda persona de la Santísima Trinidad propiamente se llama “Hijo”, Hijo del Padre, Hijo del Dios viviente. La Sagrada Escritura no dijo, por ejemplo, que el “acto”, la “acción” se hiciera carne, sino que la “PALABRA” (la Verdad) se hizo carne. Al célebre poeta alemán Goethe, un reconocido masón, no le gustaba en absoluto la expresión “en el principio era la PALABRA”, del prólogo del Evangelio de san Juan; prefería decir “en el principio era la acción”.

La hierba del tejado


Retrocedan avergonzados los que odian a Sión; 
sean como la hierba del tejado, que se seca y nadie la seca 
(Sal 128, 5-6).

Sión es la Iglesia, afirma san Agustín, y los que fingidamente entran en la Iglesia, odian a la Iglesia, como también la odian los que no quieren cumplir la palabra de Dios. Algunos la odian desde fuera y otros la odian desde dentro, y a veces no es fácil distinguir a unos y otros, pues, como sigue diciendo san Agustín, “en la inefable presencia de Dios muchos que parecen estar fuera, están dentro; mientras que otros que parecen estar dentro, están fuera; pero el Señor conoce a los suyos”. En cualquier caso, estén dentro o fuera, que retrocedan avergonzados los que odian a Sión.

¿Por qué avergonzados? Porque Sión, es decir, la Iglesia, es el lugar donde Dios nos alcanza, nos encuentra y nos moldea según su voluntad, haciendo de cada uno de nosotros el ser de luz, de amor, de comunión, de paz, que el Padre del cielo vio cuando nos creó. La Iglesia es el seno materno en el que Dios va engendrando a cada hombre en su singularidad más personal, en su belleza única. Por eso “se dirá de Sión: uno por uno todos han nacido en ella” (Sal 86, 5). Retrocedan, pues, avergonzados los que odian a Sión, porque al hacerlo están odiando, aunque ellos no lo sepan, la singularidad y la belleza única de cada hombre.

Lujuria

Es una característica extraordinaria de la Biblia hebrea que relate con tanta naturalidad el rotundo fracaso moral de uno de sus héroes. Al proponer la perfectibilidad de la naturaleza humana, la Escritura subraya que es solo obra de Dios. Abandonados a nuestra suerte, somos capaces de caer muy bajo. El adulterio de David no fue una entrega momentánea al desorden de la pasión; fue calculado y violento. El rey no dudó en asesinar a Urías y, junto a él, a otros soldados fieles. Estratégicamente hablando, la maniobra para eliminar al marido de Betsabé fue suicida. Todo el batallón sufrió pérdidas (2 Sam 11, 16-21). Cuando se informó a David, éste mandó decir a Joab, el comandante: “No te inquietes por este asunto” (2 Sam 11, 25). Es perturbador encontrar en el Libro Sagrado una frase que parece salida de los labios de Marlon Brando en El Padrino. Tal es el poder del eros cegado. Puede arrastrarnos a ser cómplices de la muerte.

La acción de David tuvo consecuencias para su casa y su familia. Lo que había hecho “desagradó al Señor” (2 Sam 11, 25), que envió al profeta Natán para reprenderlo y decirle que, como resultado de su acción, “la espada no se apartará de tu casa” (2 Sam 12, 10). Habiendo sembrado viento, cosecharía tempestades (cf. Os 8, 7). Una maldición cayó desde entonces sobre la casa de David. Poco después del asesinado de Urías, Ammón, hijo de David, cometió incesto con su media hermana Tamar. Obsesionado por ella, la había mandado llamar, la violó y luego la despreció, descubriendo que, tan pronto como su fantasía se había satisfecho, no sentía por ella nada más que rechazo, “de hecho su aversión era incluso mayor que la lujuria que había sentido por ella” (2 Sam 15, 15).

Desposeerse

Hay que combatir la guerra más dura: contra uno mismo.
Hay que conseguir desarmarse.
Yo he combatido en esta guerra durante años, y ha sido terrible.
Pero ya estoy desarmado.
Ya no tengo miedo de nada, porque el amor expulsa el temor.
Me he desarmado de la voluntad de tener razón,
y de justificarme descalificando a los otros.
Ya no estoy en tensa vigilancia,
celosamente pendiente de mis riquezas.
Acojo y comparto.
No me apego especialmente a mis ideas y a mis proyectos.
Si me presentan otros mejores, o no ya mejores,
sino simplemente buenos, los acepto sin lamentarme.
He renunciado a hacer comparaciones.
Lo que es bueno, verdadero, real, es siempre para mí lo mejor.
Y ya no tengo miedo.
Cuando no se tiene nada, no se tiene miedo.
Si uno se desarma, si uno se desposee,
si uno se abre al Dios-Hombre que hace nuevas todas las cosas,
entonces, Él, borra el pasado malo y nos entrega un tiempo nuevo
en el que todo es posible.

Patriarca Atenágoras


No seas un vengador

No seas un vengador, sino alguien que busca liberar.
No seas un acusador, sino alguien que busca reconciliar.
No seas uno que entrega a los otros, sino un mártir que se entrega a sí mismo.
No seas uno que corrige, sino alguien que persuade.
No seas uno que reprueba, sino alguien que defiende.
Intercede por los pecadores, para que alcancen misericordia, y reza por los justos, para que sean preservados del mal.
Vence al malvado con tu amabilidad, y a los que tienen un celo insano déjalos admirados por tu bondad.
A quien gusta ser justiciero, avergüénzalo con tu actitud compasiva.
Con el afligido aflígete en lo más íntimo de tu conciencia.
Ama a todos los hombres, y aléjate de todos los hombres.


Isaac de Nínive
(S. VII)

Castidad total y alegría

La castidad que el Señor nos pide a todos los cristianos consiste en un amor de adoración por el cual ponemos a Dios en el centro de nuestra vida y ocupa Él el primer lugar en ella. Pero a algunos, a los llamados a una entrega especial a Él, en la vida religiosa o en cualquier otra forma de consagración total a Dios, el Señor no les pide solo ser el primero en su vida sino serlo todo: se trata de un amor nupcial por el que se les pide que todas sus capacidades de adhesión y de afecto estén centradas en Dios.

Esta castidad total por Dios no debe ser entendida ante todo como una carencia, como una privación de cónyuge, de hijos, de placer, como un puro sacrificio. El aspecto de sacrificio existe, pero es secundario. Lo primario es la unión amorosa a Dios: un amor pleno que quiere abarcar todas las dimensiones del ser, con una intimidad y una fidelidad destinadas a expandirse hasta la eternidad. La persona así consagrada a Dios en la castidad, conoce la alegría de la que habla san Juan Bautista (Jn 3, 29), una alegría perfecta que se apodera de todo el ser del hombre y lo hace exultar en Dios, y cuyo origen es el Espíritu Santo.

El cura todas tus enfermedades (Sal 102, 3)



Que tenemos enfermedades espirituales es obvio, dice san Agustín, porque “todavía el alma es agitada por ciertas perturbaciones después de la remisión de los pecados, todavía se halla en medio de los peligros de las tentaciones, todavía se deleita con ciertas sugestiones, con otras no se deleita; con las que se deleita, alguna vez consiente y es atrapada por ellas. Estás enfermo, pero Él cura todas tus enfermedades. No temas, se curarán todas tus dolencias, por grandes que sean. Porque mayor es el médico. Al Médico omnipotente no le sale al paso ninguna enfermedad incurable. Tú déjate únicamente curar; no apartes su mano; Él sabe lo que hace. No sólo te deleites cuando acaricia, sino tolérale también cuando saja”. San Agustín insiste: “Tú ponte únicamente bajo las manos del médico, pues Él aborrece al que rechaza sus manos (…) Te curará. Pero es necesario que quieras. Él cura a cualquier enfermo, pero no al que se opone a ello”. La curación definitiva y total llegará cuando esto corruptible se vista de incorrupción (1Co 15, 53).

Castidad

La condición cristiana es el arte de esforzarse por responder a una vocación a la perfección mientras sondeamos la profundidad de nuestra imperfección sin desesperar y sin renunciar al ideal. Pero, ¿qué pasa si no tengo fuerzas para caminar? Pues bien, debo aprender a dejarme llevar. El éxodo de Israel, ese viaje ejemplarmente tortuoso durante el cual el pueblo cometió todas las transgresiones, desembocó en la profesión: “Debajo de ti están sus brazos eternos” (Dt 33, 27). Israel vio que la Providencia lo había guiado en las buenas y en las malas. Su comprensión correspondía al oráculo de Dios cuando estaba en el umbral de la Tierra Prometida: “El Señor tu Dios te llevaba como lleva un hombre a su hijo, a lo largo de todo el camino que han recorrido hasta llegar a este lugar” (Dt 1, 31) pasando por todos los lugares sin agua.

La ascesis primaria del cristiano es la confianza. Al confiar renunciamos a pretensiones ilusorias de omnisciencia. Nos entregamos a las manos de Dios y elegimos ser reformados según su propósito. Solo Él puede realizar su semejanza en nosotros, uniendo en un todo casto los factores dispares que configuran nuestra historia y personalidad.

Un error que los cristianos han cometido a menudo es suponer que la castidad es de algún modo normal; pero no es así, es excepcional. La virtud no nos resulta fácil: cuando intentamos practicarla, descubrimos que las heridas del pecado son profundas. Nos condicionan a fracasar en nuestro propósito. Así como nos esforzamos por aprender la caridad, la paciencia, la valentía, y las demás, también debemos esforzarnos por llegar a ser castos, dejando que la gracia haga su trabajo lento, transformador. Salvo excepciones fulgurantes, el crecimiento en la gracia, como cualquier otro crecimiento, es orgánico. Ocurre lentamente, en secreto, no sabemos cómo (cf. Mc 4, 27). Pero, con el tiempo, rinde fruto.