Habitados

Habitando en la fe nos descubrimos habitados a nosotros mismos. En el camino de la vida, sembrado de horas difíciles y otras felices, ni el sufrimiento, ni la alegría están solos. Incluso si frecuentemente es necesario pasar por muchas etapas, para ser consciente de ello y poder decir, como Job: “Dios estaba aquí y yo no lo sabía”.

La vida es difícil. Son raros aquellos cuyo itinerario se desarrolla sin obstáculos, dificultades o sufrimientos, incluso entre los más afortunados. Tampoco es fácil para los que son exigentes consigo mismos y usan de la verdad. Por el contrario, la vida les suele hacer pasar por combates tanto más duros cuanto que son más profundos y sutiles.

El que se ha mantenido a la escucha, el que se ha dejado instruir llega a la luz. Entonces se da cuenta de que la luz estaba dentro de él para guiarle internamente. Descubre que su caminar le conducía hacia sí mismo. Lo que en alguna ocasión había pensado no alcanzar jamás estaba con él desde el principio.

La fe es la capacidad de reconocernos habitados, la acogida de una presencia llamada Espíritu. Sabemos entonces que las reservas del coraje en el que nos apoyamos, nos vienen de él. Comprendemos asimismo que la vida prometida por Jesús no brille como un espejismo lejano e ilusorio. Él la coloca dentro de nosotros: Palabra, alimento, aliento y fuerza interior. Caminamos en la presencia de Dios y su presencia habita en nosotros.


Régine du CHARLAT, Vueltos hacia Dios. La vida del cristiano, Edicep, Valencia, 1990, (pp. 19-21-22)