XXII Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 


XXII Domingo del Tiempo Ordinario
(Ciclo A - Año par)
30 de agosto de 2026




  • La palabra del Señor me ha servido de oprobio (Jer 20, 7-9)
  • Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío (Sal 62) 
  • Presentad vuestros cuerpos como sacrificio vivo (Rom 12, 1-2)
  • Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo (Mt 16, 21-27)
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El evangelio de hoy, queridos hermanos, es la continuación inmediata del evangelio del domingo pasado, por lo que llama mucho la atención que Pedro, que fue declarado “dichoso” por el Señor y constituido “piedra” sobre la que edificar su Iglesia, sea ahora mismo llamado Satanás y conminado a alejarse de él. ¿Qué ha ocurrido en tan breve espacio de tiempo?

Ha ocurrido que el Señor ha revelado que tiene que realizar su misión como Mesías a través del sufrimiento, la muerte y su posterior resurrección, y esto –el sufrimiento y la muerte- ha descolocado totalmente a Pedro, que probablemente esperaba de Jesús que pusiera fin a toda necesidad y sufrimiento humano y no precisamente que fuera él mismo sometido al sufrimiento y a la muerte. La reacción de Pedro es como la de aquellos que piensan que un Dios que no me libra del dolor no me sirve para nada. Por eso Pedro intenta disuadir a Jesús de seguir ese camino. 

Frases...

Toda la infelicidad del hombre deriva de su incapacidad para entrar en su cuarto
y permanecer allí en soledad


Blaise Pascal


XXI Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 


XXI Domingo del Tiempo Ordinario
(Ciclo A - Año par)
23 de agosto de 2026




  • Pongo sobre sus hombros la llave del palacio de David (Is 22, 19-23)
  • Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos (Sal 137) 
  • De él, por él y para él existe todo (Rom 11, 33-36)
  • Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos (Mt 16, 13-20)
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En el evangelio de este domingo, queridos hermanos, llama la atención el hecho de que Jesús pregunta a los discípulos lo que piensan acerca de su persona. Jesús no les ha preguntado nunca lo que piensan sobre su doctrina, qué les ha parecido, por ejemplo, el sermón de la montaña con las bienaventuranzas. Les pregunta, en cambio, sobre su persona, sobre su identidad, sobre quién es él. Y esto significa que esta cuestión es especialmente importante, que el centro de toda su obra no es su doctrina sino su persona, que el cristianismo no es, en primer lugar, adherir a una enseñanza o cumplir una moral, sino adherir a una persona, a la persona de Jesucristo.

La respuesta que da Pedro a la pregunta del Señor contiene dos afirmaciones distintas. “Tú eres el Mesías” significa tú eres el último y definitivo Rey y Pastor del pueblo de Israel, tú eres aquel en quién y por quien se cumplen las promesas hechas a los Patriarcas. “El Hijo de Dios vivo” significa tú tienes una relación única con Dios, caracterizada por el conocimiento recíproco y por la igualdad con Él, tal como ya había dicho Jesús al afirmar: “Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo” (Mt 11, 27).

Danos santos

Señor, danos santos,
no solamente personas libres y plenamente generosas.

No solamente personas arriesgadas que hacen brillar la justicia,
sino personas de Dios,
para quienes Tú eres todo.

No solamente personas fraternas, atentas a toda miseria
y serviciales ante cualquier infortunio,
sino personas llenas de amor por Ti, Señor,
que solo viven de Ti.

Personas que yo no podría mirar sin verte
ni sabría escuchar sin oírte.

Personas que arrancarían del mundo el materialismo,
invadiéndolo de tu presencia.

Tenemos necesidad de santos,
de grandes santos.

Solo Tú puedes suscitarlos: elígelos:
Entre pobres y ricos, entre ignorantes y sabios,
En el mundo y en la vida religiosa.

Danos santos, Señor. Amén.

Oración de la Iglesia de Oriente

XX Domingo del Tiempo Ordiario

15 de agosto



XX Domingo del Tiempo Ordinario
(Ciclo A - Año par)
16 de agosto de 2026




  • A los extranjeros los traeré a mi monte santo (Is 56, 1. 6-7)
  • Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben (Sal 66
  • Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel (Rom 11, 13-15. 29-32)
  • Mujer, qué grande es tu fe (Mt 15, 21-28)
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El Evangelio de hoy, queridos hermanos, transcurre en la región de Tiro y Sidón, por lo tanto fuera de los límites de Israel. Es un detalle importante porque la protagonista de este episodio es una mujer cananea, es decir, no-judía, no perteneciente al pueblo de Israel. Y el tema de fondo que, sin ser nombrado, está presente en todo este episodio es el de la salvación de los que no pertenecen al pueblo de Israel, el de la salvación de los gentiles, de los paganos: ¿Tienen o no tienen acceso a la salvación? Y si lo tienen, ¿en qué condiciones?

De entrada llama la atención que el Señor responda con su silencio a los angustiosos gritos de una madre que pide compasión para su hija. Hay como una aparente indiferencia de Jesús que contrasta con el interés de los discípulos que le dicen al Señor que la atienda. Aunque, todo hay que decirlo, este interés está motivado por el hecho de que los gritos de la mujer les molestan: “Atiéndela, que viene detrás gritando”. Parece que los discípulos son muy misericordiosos, pero en realidad lo que quieren es acabar con aquella molestia: quieren sacársela de encima.

Frases...

 Rendir cuentas pertenece a nuestra dignidad.


Erik Varden

Asunción de la Virgen María

15 de agosto 


Asunción de la Virgen María
(Ciclo A - Año par)
15 de agosto de 2026




  • Una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies (Ap 11, 19a; 12, 1-6a. 10ab)
  • De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir (Sal 44
  • Primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo (1 Cor 15, 20-27a)
  • El Poderoso ha hecho obras grandes en mí: enaltece a los humildes (Lc 1, 39-56)
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Celebramos hoy, queridos hermanos, la solemnidad de la Asunción de la bienaventurada Virgen María, en cuerpo y alma, al cielo. Lo que la liturgia propone hoy a nuestra contemplación es el destino final en el que se encuentra la Madre del Señor desde que terminó el curso de su vida terrena, diciéndonos que ella ha alcanzado ya plenamente el estado glorioso que tendrán, a partir del último día, todos los justos resucitados o los que, por vivir todavía cuando vuelva el Señor, serán transformados sin pasar por la muerte, tal como anuncia san Pablo: “He aquí que os anuncio un misterio: no todos moriremos, pero todos seremos transformados” (1Co 15, 51).

Los santos que están en el cielo se encuentran en un estado todavía provisional, en cuanto que una parte de su ser, el cuerpo, ha quedado aquí en la tierra, dejando de ser un cuerpo viviente, bien porque haya conocido la corrupción del sepulcro, o bien porque, aunque esté incorrupto, no es un cuerpo viviente, ya que lo que da vida al cuerpo es el alma, y el alma ya no está allí. Su espíritu y su alma están con el Señor y son colmados por la felicidad de contemplar su gloria; pero su cuerpo espera paciente el día de la segunda venida de Cristo, de su venida gloriosa, el día de la Parusía, para resucitar por la fuerza y el poder del Espíritu Santo, y ser transformado en un cuerpo espiritual, un cuerpo glorioso, tal como afirma san Pablo: “Así también en la resurrección de los muertos: se siembra corrupción, resucita incorrupción (…) se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual” (1Co 15, 42.44), y volver a unirse con su espíritu y su alma en la felicidad total del cielo.

La última vez

Nunca sabremos cómo sería nuestra vida si las cosas no hubiesen sido como son. Es imposible. Cuánto de nosotros se perdió en los caminos que no anduvimos. Ya nunca podré intuir el firmamento del viaje que no fue; nunca sabré cómo hubiese sido vivir sin miedo sin aquel frío que caló hasta los huesos, huyendo tan solo hacia adelante. Hasta que el mundo se vistió de ceniza. Las cosas sucedieron así, no puedo escapar de esta herencia, no volveré a sentir su abrazo. Pero puedo tratar de entender.

Mi padre murió un domingo por la mañana, nada más llegar a casa, infarto de miocardio, volvía de su paseo de cada domingo. Subió los tres pisos, abrió la puerta y se derrumbó. Me desperté por el ruido, y escuchaba a los lejos desde ese estadio tan extraño que es la vigilia, no te has despertado del todo y el mundo aparece desdibujado, borroso, ajeno. Eran mi madre y mi hermana como nunca las había escuchado, quizá es que cuando la vida se para lo sabes. Llamaban por teléfono, mi hermana tratando de reanimarlo, la ambulancia tardó tres vidas (cómo cambia la textura del tiempo, cómo se estira y se contrae cuando te asomas al precipicio) en llegar, allí mismo nos dijeron que no con la cabeza. No. Recuerdo que se había hecho una pequeña herida en la frente, un pequeño rastro de sangre roja; recuerdo la silla en la que me senté pero no cómo iba vestido m padre; recuerdo el espejo de la entrada, el reloj sobre el aparador, el sabor amargo de mi saliva; y también la cerámica del suelo, la culpa asomando su sombra finísima sobre mi vida. Yo tenía dieciocho años. Jamás me ha abandonado.

XIX Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto



XIX Domingo del Tiempo Ordinario
(Ciclo A - Año par)
9 de agosto de 2026




  • Permanece de pie en el monte ante el Señor (1 Re 19, 9a. 11-13a)
  • Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación (Sal 84
  • Desearía ser un proscrito por el bien de mis hermanos (Rom 9, 1-5)
  • Mándame ir a ti sobre el agua (Mt 14, 22-33)
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En el encuentro con Dios que tuvo el profeta Elías en el monte Horeb, se nos revela, queridos hermanos, que nuestro Dios no se hizo presente en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en el susurro de una suave brisa. Nuestra mentalidad humana asocia más fácilmente al Creador con las experiencias de fuerza y de poder –como son las tres primeras- que con la delicadeza de una suave brisa, descrita como un susurro. Esta suave brisa es un símbolo del Espíritu Santo que se hace presente en nuestro corazón de una manera muy silenciosa y suave, y cuya voz solo puede ser escuchada si en nosotros hay un profundo silencio. De ahí la importancia de la soledad y del silencio para encontrarse con Dios.

Esa soledad y ese silencio es lo que buscaba el Señor el domingo pasado en el evangelio y no lo pudo tener a causa del gentío que lo esperaba. Ahora, después de haber saciado su hambre con la multiplicación de los panes y de los peces y de haberlos despedido, consigue por fin esa anhelada soledad y ese deseado silencio para poder orar. Y se queda él solo en el monte orando, hasta que se hace de noche. Ahí el Señor abriría su corazón al Padre del cielo y pondría ante Él el dolor por el asesinato de Juan el Bautista, para que el íntimo coloquio entre Él y el Padre del cielo, en la unidad del Espíritu Santo, le permitiera acoger esa realidad dolorosa con paz.

El zapatero de Alejandría


Cuenta la tradición que un día, en la oración, san Antonio, el padre de los monjes, le preguntó al Señor si iba caminado bien en la búsqueda de la santidad. El Señor le respondió que sí, que iba caminando bien, pero que en Alejandría había un zapatero que estaba más adelantado que él en ese camino.

Asombrado, y tal vez herido en su orgullo, el padre del monacato se dirigió de inmediato hacia la misma ciudad de la que había huido años antes para adquirir el secreto de la perfección. Cuando encontró al zapatero lo interrogó: “¿Qué haces de extraordinario para ser tan perfecto?”. “¿Yo? Hago zapatos y los reparo”, respondió mientras seguía trabajando. “¿Y cómo vives?”. “Divido mi vida en tres partes: trabajo, oración y sueño”. San Antonio pensó que ese no podía ser el secreto porque él rezaba día y noche. El secreto del zapatero debía de estar en otra parte. ¿Tal vez en su pobreza? Antonio le preguntó qué hacía con el dinero. “Divido mi salario en tres partes: una para la Iglesia, otra para los pobres y otra para mí y mi familia”. “Debe ser alguna otra cosa, pensó Antonio, porque yo he dado todos mis bienes. “¿Y qué más?”, le preguntó. “Nada en especial, de verdad, no sé… Bueno, desde mi taller veo desfilar los pies de los hombres que caminan por la calle y oro por cada uno de ellos diciendo: ¡que todos se salven, Señor, solo yo merezco condenarme!”.

San Antonio comprendió que este era el secreto del zapatero: no buscar la santidad personal ni la propia salvación como algo que me concierne solo a mí, sino buscar la salvación de todos, interceder por todos y no considerarse superior espiritualmente a nadie.

XVIII Domingo del Tiempo Ordinario

 



XVIII Domingo del Tiempo Ordinario
(Ciclo A - Año par)
2 de agosto de 2026