El puesto de la afectividad y los sentimientos en la vida humana es muy central. Son ellos los que conforman la situación anímica interior e íntima, los que impulsan o retraen a la acción, y los que en definitiva juntan o separan a los hombres. Además, como observa von Hildebrand, la afectividad es inseparable de la felicidad, a la que el hombre aspira siempre: “La felicidad tiene su lugar en la esfera afectiva, sea cual sea su fuente y su naturaleza específica, puesto que el único modo de experimentar la felicidad es sentirla. Esto es verdad incluso en el caso de que Aristóteles tuviese razón al sostener que la felicidad consiste en la actualización de lo que considera la actividad más excelente del hombre: el conocimiento. El conocimiento sólo podría ser la fuente de la felicidad, pero la felicidad misma, por su propia naturaleza, tiene que darse en una experiencia afectiva”.
Muy frecuentemente, nuestro primer contacto con el mundo y con cada uno de sus componentes, nuestra percepción inicial de todo ello, es de tipo sentimental o emotivo; bastante a menudo, nuestra afectividad selecciona, canaliza y modula de entrada cuanto llega hasta nosotros, haciendo que lo conozcamos de un modo u otro… o que no le prestemos la menor atención. La incidencia de la afectividad en la distorsión de los procesos de conocimiento es algo que todos conocemos por propia experiencia: para el miedoso, cualquier expresión ajena puede contener una amenaza, clara o disimulada; para el suspicaz, un vituperio; para el desconfiado, un engaño.
Una proporción notable de los trastornos psíquicos deriva de la falta de conocimiento y de habilidad para habérselas con los propios afectos: para relacionarse con ellos y manejarlos, atemperarlos o provocarlos, tenerlos más o menos o nada en cuenta, según requieran las circunstancias. Pues, como explica Castilla del Pino, “por tenues que sean los sentimientos que experimentamos, estamos siempre bajo sus efectos. No hay relación con un objeto empírico o mental que no dispare un sentimiento por elemental que sea, por ejemplo, de agrado o desagrado, lo que al decir de muchos constituye el esbozo, el rudimento de un valor acerca del objeto al que apenas dedicamos atención alguna. En pocas palabras: no hay no sentimiento. Siempre, claro está, que esté activado el sistema del sujeto en lo que concierne al nivel de vigilancia, el simple estar despierto, que hace que el organismo disponga también de los instrumentos y funciones cognitivas. No hace falta, sin embargo, un nivel de conciencia ‘hipervigil’. Por eso experimentamos sentimientos durante aquellas etapas del sueño (sueño REM) en las que se sueña y en las que el nivel de vigilancia o de conciencia, aunque descendido, es suficiente aún para permitir relaciones del sujeto con sólo sus objetos internos”.
Los sentimientos son importantes, y muy humanos, porque intensifican las tendencias. El peligro que tenemos respecto de ellos es más bien un exceso en esta valoración positiva, el cual conduce a otorgarles la dirección de la conducta, tomarlos como criterio para la acción y buscarlos como fines en sí mismos: esto se llama sentimentalismo, y es hoy corrientísimo, sobre todo en lo referente al amor. Pero adoptar como criterio de conducta el sentimiento genera una vida dependiente de los estados de ánimo, que son cíclicos y terriblemente cambiantes: las euforias y los desánimos se van entonces sucediendo, sobre todo en los caracteres más sentimentales, ya que la conducta no responde a un criterio racional, sino a cómo nos sintamos.










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