La ideología de género coloca a las sociedades en unas situaciones caóticas, al poner en peligro la realidad de la paternidad y de la filiación. A los ojos de algunos gobernantes occidentales, las palabras “padre” y “madre” se han convertido en inconvenientes. Prefieren hablar de “padre 1” y “padre 2”, o de “engendrador 1” y “engendrador 2”. Las primeras víctimas de estos comportamientos son evidentemente los hijos.
A la base de esta ideología está la célebre frase de Simone de Beauvoir: “La mujer no nace, se hace”. Detrás de esta frase lo que hay es una negación de la condición de criatura, es el rechazo a reconocer que el ser humano ha recibido de Dios una naturaleza que le es dada en el acto de la Creación, una naturaleza por la cual se es hombre siendo varón o mujer, independientemente de la voluntad y de la libertad de cada uno. Según esta ideología el hombre sería sólo espíritu y libertad y, con su libertad, decidiría ser varón o ser mujer. Pero si la dualidad hombre-mujer no existe como dato de la Creación, entonces la familia tampoco existe como realidad establecida por Dios al crear al hombre.
La consecuencia de esta visión del hombre es que los niños no podrán conocer nunca sus orígenes y llevarán siempre el peso de un nacimiento anónimo. Este sistema corre el riesgo de ofuscar la noción misma de filiación y de transformar a los niños en unos perpetuos desarraigados. ¿Cómo negar a un niño la posibilidad de conocer y de amar a sus padres biológicos? Hay que reflexionar sobre ello antes de que las consecuencias sean irreversibles, de lo contrario la humanidad se encontrará dividida entre los que conocen a sus padres y los que serán privados de esta alegría y convertidos en huérfanos perpetuos.
Al reducir la paternidad y la maternidad a unos roles que hay que desempeñar, la ideología de género destruye la noción misma de familia. Nuestra época ha desarrollado un misterioso odio hacia la familia, presentada a menudo en el cine y en la literatura como un lugar de opresión de la personalidad. Pero, más allá de los casos patológicos, cuando todo va mal, los hombres recurren a su familia como un lugar de refugio, de amparo, porque es el lugar donde uno ha sido amado gratuitamente y acogido por lo que es y no por las cualidades que tiene: un lugar de gratuidad. De hecho, yo creo que la familia es una realidad insoportable para el demonio, por ser, por excelencia, el lugar del amor y del don gratuito de sí mismo a los demás, y que esta belleza la que excita la ira del demonio, su odio y su violencia.
Más profundamente todavía, la unión del padre, de la madre y del hijo es un vestigio de la unidad fecunda de la Trinidad. A través de las familias, el diablo quiere profanar la unidad trinitaria, privando a los niños inocentes de una existencia feliz y amada. Al destruir las familias, el que es “homicida desde el principio” (Jn 8, 44), continúa la matanza de los santos Inocentes. Porque Dios se ha hecho, por la encarnación, un niño inocente, y la inocencia de los niños le resulta insoportable porque es un reflejo de la inocencia de Dios. Tenemos el deber urgente de defender y sostener a las familias. Lo que no constituye sólo un deber moral, sino que forma parte del combate espiritual. Hemos de ayudar a los esposos a amarse fielmente a lo largo de su vida, porque su fidelidad es imagen de la fidelidad misma de Dios.
Autor: Cardinal Robert SARAH avec Nicolas DIAT
Título: Le soir approche et déjà le jour baisse
Editorial: Fayard, 2019, (pp. 202ss)
