(Las reflexiones que siguen están hechas a propósito de la figura del matemático húngaro Neumann János Lajos, también conocido en EE UU como Johnny von Neumann, que fue uno de los principales fautores de la bomba atómica. Sin entrar en la valoración y el juicio sobre esta persona, lo que nos interesa es analizar el ‘páthos’ de la ciencia, los delirios o demonios que acechan al conocimiento científico y, en último término, la condición humana, ya que lo que anida en el alma de los científicos, anida también en el alma de cada hombre)
(Testimonio de su segunda esposa Klara Dan)
Las cosas por las cuales se puede sufrir. Yo no logro separar el placer del dolor, al menos no durante los años infames que pasé casada con ese hombre atroz que nunca me amó como yo necesitaba, pero que me sedujo de mil maneras y luego rehusó pasar un día conmigo, porque siempre tenía algo mejor que hacer, algo más importante que yo, una reunión de trabajo, un proyecto ultrasecreto, una gran idea en que pensar, una fórmula que resolver, dedicó su cabeza a tantas cosas que es un milagro que no le estallara en mil pedazos, o, quien sabe, tal vez lo hizo y no nos dimos cuenta, porque uno de los grandes misterios de la vida, o de mi vida al menos, es que un individuo tan inteligente como mi esposo pudiera ser, al mismo tiempo, un completo idiota. Así no era el hombre de quien me enamoré. Mi hombre, el que yo conocí frente a la ruleta, era un ser sin esperanza, a la deriva, perdido y lleno –como yo siempre lo estuve, a reventar- de energía, potencial y deseos que no podía satisfacer, ya que no era capaz de encontrar nada que los contuviera, nada a lo que entregarse por competo.
Johnny tuvo una vida afortunada, sin angustias, sin conocer el fracaso, y, por ende, no entendía las inseguridades que torturan al resto del mundo; nuestras incertidumbres, la incomodidad, la falta de autoestima que atormenta a las personas comunes y corrientes, le eran ajenas, porque siempre fue más inteligente y mejor que los demás.
Su mayor desacuerdo con Albert Einstein fue sobre la bomba. Albert era una paloma, la cabeza no oficial del movimiento de desarme, mientras que Johnny era un halcón. Aún recuerdo el día en que mi esposo regresó de Los Álamos después de la prueba en Trinity. Llegó pálido como un fantasma, con el pelo revuelto, el traje cubierto de polvo y una expresión en el rostro que jamás le había visto. Eran las once de la mañana, pero se metió directo en la cama y durmió hasta la noche. En toda nuestra vida juntos, nunca necesitó más de cuatro horas de sueño para reponerse, y cuando finalmente bajó a la cocina yo apenas podía dominar mi ansiedad. Empezó a hablar a un ritmo que era sorprendente incluso para él. “Lo que estamos creando ahora es un monstruo cuya influencia va a cambiar la historia. ¡Si es que queda algo de historia! Pero es imposible no llevarlo a cabo. No solo por razones militares, también sería una falta de ética no hacer lo que sabemos que es factible, sin importar cuán terribles sean las consecuencias. ¡Y esto es solo el principio!” No podía calmarse, estaba completamente fuera de sí. Lo obligué a tomar una pastilla y un trago para distraerlo de sus predicciones sobre el fin del mundo, que ahora le parecía algo inevitable. A la mañana siguiente estaba bastante recuperado, pero desde ese día se dedicó al avance de la tecnología en todas sus formas, excluyendo cualquier otra consideración, dejando de lado incluso las matemáticas puras que tanto amaba, e ignorándome por completo. No se permitió ningún respiro, no dio un paso atrás, como si de alguna manera hubiese sabido que no quedaba mucho tiempo, ni para él ni para nadie. Su respuesta al dilema nuclear fue un reflejo perfecto de lo peor y lo mejor de él: implacablemente lógica, totalmente contraintuitiva y tan racional que rayaba en lo psicopático. Lo que la gente no entiende de mi esposo es que él realmente veía el mundo como un juego, y consideraba todas las actividades humanas, sin importar cuán letales y serias, en ese espíritu. Una vez me dijo que, al igual que los animales salvajes juegan cuando son crías, adelantándose a circunstancias de vida o muerte que tendrán que enfrentar cuando sean mayores, es posible que las matemáticas fuesen, hasta cierto punto, solo una extraña y maravillosa colección de juegos, una empresa cuyo propósito real, más allá del que se admite abiertamente, es generar, poco a poco, cambios en nuestra psique individual y colectiva, como una forma de prepararnos para un futuro que nadie es capaz de imaginar. El problema con esos juegos, con los múltiples y temibles juegos que surgen de la imaginación sin límites de nuestra especie, es que cuando toman cuerpo en el mundo real –cuyas verdaderas reglas y propósitos solo Dios conoce- nos vemos enfrentados a riesgos y peligros que muchas veces superar nuestro conocimiento y sabiduría, como si hubiese algo en lo humano que siempre apunta más allá de nosotros, porque se alimenta de aquellas fuerza que nos anteceden, exponiéndonos a los caprichos y deseos de un demonio interior cuyo poder y nombre nos acarrean la desgracia. Lo sé bien, pues mi querido esposo fue el autor de una de las ideas más diabólicas en la historia de la humanidad, tan peligrosa y cínica que es un verdadero milagro que hayamos sobrevivido.
Autor: Benjamín LABATUT
Título: Maniac
Editorial: Anagrama, Barcelona, 2023, (pp. 148-149; 156-157)