Los delirios/demonios de la ciencia

(Las reflexiones que siguen están hechas a propósito de la figura del matemático húngaro Neumann János Lajos, también conocido en EE UU como Johnny von Neumann, que fue uno de los principales fautores de la bomba atómica. Sin entrar en la valoración y el juicio sobre esta persona, lo que nos interesa es analizar el ‘páthos’ de la ciencia, los delirios o demonios que acechan al conocimiento científico y, en último término, la condición humana, ya que lo que anida en el alma de los científicos, anida también en el alma de cada hombre)

(Testimonio de Richard Feynman sobre la estancia de Neumann en Los Álamos, donde se trabajaba en la elaboración de la bomba atómica)

Durante todo este tiempo fuimos la envidia de Los Álamos, porque todos querían su opinión. Su tiempo valía oro, y casi no hubo un departamento que no se beneficiara de su intelecto. Cuando llegaba la noticia de que nos iba a visitar, todos preparaban sus pizarras con los problemas más difíciles en que estaban trabajando, y él iba de sala en sala, resolviéndolos uno a uno, casi sin esfuerzo. Me parece que esa facilidad de pensamiento también tenía su lado oscuro. Una falta de ponderación que nunca vi en otros hombres de ese calibre. Recuerdo una vez que salimos a dar un paseo juntos por el desierto y me dio un consejo que todavía me atormenta: “¿Sabes que no tienes por qué ser responsable del mundo en el que estás?”. Me lo dijo sonriendo, lleno de confianza. Y no era el único que se comportaba así. En Los Álamos reinaba un ambiente de optimismo irracional que no se correspondía con lo que estábamos haciendo. Tampoco es que yo haya sido inmune. Hasta el día de hoy, recuerdo mi trabajo allí como los años más excitantes de mi vida, incluso a pesar de la muerte de mi esposa y de todo lo que estaba pasando en Europa. Es difícil admitirlo, pero en ese momento, mientras construíamos el arma más letal de la historia de la humanidad, no podíamos dejar de hacer tonterías. No parábamos de contar chistes. (141-142)

(Testimonio de su segunda esposa Klara Dan)

Las cosas por las cuales se puede sufrir. Yo no logro separar el placer del dolor, al menos no durante los años infames que pasé casada con ese hombre atroz que nunca me amó como yo necesitaba, pero que me sedujo de mil maneras y luego rehusó pasar un día conmigo, porque siempre tenía algo mejor que hacer, algo más importante que yo, una reunión de trabajo, un proyecto ultrasecreto, una gran idea en que pensar, una fórmula que resolver, dedicó su cabeza a tantas cosas que es un milagro que no le estallara en mil pedazos, o, quien sabe, tal vez lo hizo y no nos dimos cuenta, porque uno de los grandes misterios de la vida, o de mi vida al menos, es que un individuo tan inteligente como mi esposo pudiera ser, al mismo tiempo, un completo idiota. Así no era el hombre de quien me enamoré. Mi hombre, el que yo conocí frente a la ruleta, era un ser sin esperanza, a la deriva, perdido y lleno –como yo siempre lo estuve, a reventar- de energía, potencial y deseos que no podía satisfacer, ya que no era capaz de encontrar nada que los contuviera, nada a lo que entregarse por competo.

Johnny tuvo una vida afortunada, sin angustias, sin conocer el fracaso, y, por ende, no entendía las inseguridades que torturan al resto del mundo; nuestras incertidumbres, la incomodidad, la falta de autoestima que atormenta a las personas comunes y corrientes, le eran ajenas, porque siempre fue más inteligente y mejor que los demás. (148-149)

Su mayor desacuerdo con Albert Einstein fue sobre la bomba. Albert era una paloma, la cabeza no oficial del movimiento de desarme, mientras que Johnny era un halcón. Aún recuerdo el día en que mi esposo regresó de Los Álamos después de la prueba en Trinity. Llegó pálido como un fantasma, con el pelo revuelto, el traje cubierto de polvo y una expresión en el rostro que jamás le había visto. Eran las once de la mañana, pero se metió directo en la cama y durmió hasta la noche. En toda nuestra vida juntos, nunca necesitó más de cuatro horas de sueño para reponerse, y cuando finalmente bajó a la cocina yo apenas podía dominar mi ansiedad. Empezó a hablar a un ritmo que era sorprendente incluso para él. “Lo que estamos creando ahora es un monstruo cuya influencia va a cambiar la historia. ¡Si es que queda algo de historia! Pero es imposible no llevarlo a cabo. No solo por razones militares, también sería una falta de ética no hacer lo que sabemos que es factible, sin importar cuán terribles sean las consecuencias. ¡Y esto es solo el principio!” No podía calmarse, estaba completamente fuera de sí. Lo obligué a tomar una pastilla y un trago para distraerlo de sus predicciones sobre el fin del mundo, que ahora le parecía algo inevitable. A la mañana siguiente estaba bastante recuperado, pero desde ese día se dedicó al avance de la tecnología en todas sus formas, excluyendo cualquier otra consideración, dejando de lado incluso las matemáticas puras que tanto amaba, e ignorándome por completo. No se permitió ningún respiro, no dio un paso atrás, como si de alguna manera hubiese sabido que no quedaba mucho tiempo, ni para él ni para nadie. Su respuesta al dilema nuclear fue un reflejo perfecto de lo peor y lo mejor de él: implacablemente lógica, totalmente contraintuitiva y tan racional que rayaba en lo psicopático. Lo que la gente no entiende de mi esposo es que él realmente veía el mundo como un juego, y consideraba todas las actividades humanas, sin importar cuán letales y serias, en ese espíritu. Una vez me dijo que, al igual que los animales salvajes juegan cuando son crías, adelantándose a circunstancias de vida o muerte que tendrán que enfrentar cuando sean mayores, es posible que las matemáticas fuesen, hasta cierto punto, solo una extraña y maravillosa colección de juegos, una empresa cuyo propósito real, más allá del que se admite abiertamente, es generar, poco a poco, cambios en nuestra psique individual y colectiva, como una forma de prepararnos para un futuro que nadie es capaz de imaginar. El problema con esos juegos, con los múltiples y temibles juegos que surgen de la imaginación sin límites de nuestra especie, es que cuando toman cuerpo en el mundo real –cuyas verdaderas reglas y propósitos solo Dios conoce- nos vemos enfrentados a riesgos y peligros que muchas veces superar nuestro conocimiento y sabiduría, como si hubiese algo en lo humano que siempre apunta más allá de nosotros, porque se alimenta de aquellas fuerza que nos anteceden, exponiéndonos a los caprichos y deseos de un demonio interior cuyo poder y nombre nos acarrean la desgracia. Lo sé bien, pues mi querido esposo fue el autor de una de las ideas más diabólicas en la historia de la humanidad, tan peligrosa y cínica que es un verdadero milagro que hayamos sobrevivido. (156-157)

(La pretensión: encapsular el ser del hombre y sus conflictos en unas reglas claramente definidas)

A él siempre le habían fascinado los juegos de todo tipo, y soñaba con encapsular los múltiples conflictos y enfrentamientos que surgen en las interacciones humanas dentro de un conjunto de reglas definidas. Estábamos intentando atrapar, con ecuaciones matemáticas, la manera en que las personas toman decisiones. Queríamos capturar el mecanismo inescrutable de a motivación humana con una red de ecuaciones que no solo cubriera el caos salvaje de la vida social, sino también los múltiples juegos secretos que cada uno desarrolla en su reino interior. El alcance de nuestro trabajo prácticamente no tenía límites: se podía aplicar a un nivel muy doméstico –al modo en que una persona negocia un aumento de sueldo, por ejemplo- o a decisiones transcendentales que rigen el curso de una guerra entre las grandes potencias del mundo. Lo que realmente quería (von Neumann) era nada menos que matematizar la motivación humana. Quiso aprehender una parte de nuestra alma con ecuaciones, y creo que, en gran medida, logró establecer las reglas según las cuales los seres humanos tomamos decisiones, sean económicas o no. (159; 161-162; 171)

(Eugene Wigner: superar los límites humanos)

Al mirar atrás, al pensar en lo que hicimos, la gente asume que todos éramos monstruos o locos. ¿Cómo pudimos traer esos demonios al mundo? ¿Cómo nos atrevimos a jugar con fuerzas tan terribles que podían borrarnos de la faz de la Tierra, o enviarnos de vuelta a un tiempo previo a la razón, cuando el único fuego que conocíamos brotaba de los rayos que dioses iracundos nos lanzaban desde el cielo mientras nosotros temblábamos en las cavernas? Un pequeño y sucio secreteo que casi todos compartimos, pero que prácticamente nadie se atreve a confesar en voz alta, es que lo que nos atrajo de forma irremediable, lo que nos convenció de fabricar esas armas, no fue el deseo de poder, el ansia de fama, dinero o gloria, sino el goce indescriptible de llevar a cabo esa ciencia, una emoción que bordeaba el éxtasis. Fue irresistible. Los niveles de presión y temperatura creados por la reacción en cadena, la colosal liberación de energía, esa física tan extraña y esotérica… no se parecían a nada que hubiésemos presenciado antes. La hidrodinámica de las ondas de choque, o la magnífica luz que casi nos dejó ciegos, eran cosas que ningún ser humano había visto. Estábamos descubriendo algo que ni siquiera Dios había creado. Porque esas condiciones particulares jamás existieron en otro lugar del universo. La fisión es común en el corazón de las estrellas, o dentro de gigantescos motores celestiales, pero nosotros logramos que ocurriera en el interior de una esfera de metal de solo un metro y medio de diámetro, en la cual anida un núcleo aún más diminuto de seis kilogramos de plutonio. Todavía me parece un milagro que lo pudiéramos conseguir. Importa poco lo que digan los demás, yo estuve ahí, y tengo muy claro que lo que nos impulsó no fue la carrera frenética contra los nazis (y luego contra los rusos, y luego contra los chinos, y así, sucesivamente, hasta el fin del mundo); fue la euforia de pensar lo impensable y de conquistar lo imposible, superando todos los límites humanos al quemar el regalo de Prometeo hasta su máxima incandescencia. (168-189)

(Testimonio de Richard Feynman: la bomba de hidrógeno)

Me obsesioné con ella. Porque no era solo una bomba más grande. Era un verdadero horror. Algo que no tenía justificación alguna. Un instrumento del mal, un arma que se alejaba tanto de lo razonable que era como si hubiésemos descendido voluntariamente a las zonas más oscuras del infierno. Incluso los científicos que estuvieron involucrados en la primera bomba se opusieron a ella. “Por su propia naturaleza, la bomba de hidrógeno no puede ser limitada a un uso militar, sino que se convierte en un arma que, en todo sentido práctico, es casi de uso genocida.” Eso dijo Fermi. Y Oppenheimer, bueno, él se dio cabezazos contra un montón de personas e hizo todo lo que pudo para que no la construyeran. Gastó hasta la última gota de su enorme influencia como director del Instituto de Estudios Avanzados para oponerse a ella, se peleó con medio mundo e hizo enemigos peligrosos en las más altas esferas del poder, así que no me sorprendió nada cuando le revocaron su autorización de seguridad y lo pusieron en la lista negra. “Con la creación de la bomba atómica, los físicos conocieron el pecado, y ese es un conocimiento que no pueden olvidar”·. Eso dijo Oppenheimer. Un hombre convencido de que tenía las manos manchadas de sangre. Muy especial ese tipo, más grandilocuente y brillante que cualquiera que haya conocido. Aunque todos sus esfuerzos fueron en vano. Es difícil de explicar, pero esas criaturas horripilantes, esas creaciones que exceden lo humano, parecen tener voluntad propia, como si respondieran a una potestad mayor que la nuestra, una extraña muestra de fatalidad tan misteriosa y ajena a nuestro control que trato de no pensar mucho en eso, porque acabo temblando. Si los físicos ya habíamos conocido el pecado, con la bomba de hidrógeno supimos lo que era la perdición. (188-189)

(El testimonio de su hija Marina von Neumann: mi padre ante su propia muerte)

Solo tenía cincuenta y tres años cuando le diagnosticaron el cáncer, aún estaba en la plenitud de su vida, y mantuvo sus extraordinarias facultades casi hasta el final. Pero sencillamente no pudo aceptar lo que le estaba pasando. Su temor a morir creció hasta opacar todos sus pensamientos. La idea de que el mundo continuara existiendo tras su muerte le parecía insoportable, por lo que careció por completo de esa cierta gracia que algunos moribundos adquieren cuando finalmente aceptan su destino. Al contrario, se comportó igual que un niño, como si la muerte fuese algo que solo les sucedía a los demás, completamente ajena a él. No tenía armas ni habilidades para afrontar su tragedia, porque jamás había pensado en su propia mortalidad. Su conciencia se resistía ante un límite más allá del cual no podía pensar, y reaccionó con extrema violencia. Creo que mi padre sufrió la pérdida de su mente más de lo que yo vi sufrir a ningún otro ser humano, en cualquier otra circunstancia. Días antes de que cayera en el silencio, cuando ya sabíamos que su enfermedad era fatal y que progresaría rápidamente, le pregunté, sin rodeos, cómo es que había sido capaz de contemplar y proponer, con absoluta ecuanimidad, la matanza de millones de personas producto de un ataque nuclear preventivo contra la Unión Soviética, y sin embargo no podía enfrentar su propia muerte con un mínimo de calma y dignidad. “Eso es completamente distinto”, me dijo. (264)




Autor: Benjamín LABATUT
Título: Maniac
Editorial: Anagrama, Barcelona, 2023