Comentario de un usuario del canal de YouTube:
Sea contigo la alegría. Padre, he recibido la inspiración de sugerirle tocar el tema de la comunión entre la Iglesia Ortodoxa y Católica Romana, me parece su aporte podría venir a iluminar mucho esta cuestión teológica. Yo como Católico Romano me manifiesto algo confuso por los singulares tesoros y perlas de tan gran valor escondidas o más bien iluminadoras tanto de oriente como de occidente. Sé que usted suele tomar referencias y por eso quizá haga falta marcar un nuevo parámetro de comprensión y de comunión. Al conocer poco a poco y más a fondo el amor por oriente crece en mí quizá tanto o más como por occidente. No sé, creo que Dios nos está hablando ya con cierta vehemencia sobre este tema. Lo pongo sobre la mesa, ya Dios dirá. Gracias desde C.R.
Resupuesta:
Querido hermano y amigo en Cristo:
La ausencia de una total comunión entre la Iglesia católica y la Ortodoxa constituye un gran dolor para los cristianos conscientes del deseo que Cristo expresó la noche de su pasión: “Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21). Tanto más profundo cuanto que la Iglesia católica reconoce en la Ortodoxia una fidelidad a la verdad de la fe, una sucesión apostólica indiscutible, y la validez plena de los sacramentos. Para la Iglesia católica los obispos ortodoxos son verdaderos obispos, como los presbíteros ortodoxos son verdaderos presbíteros y sus celebraciones eucarísticas son verdaderas, así como los demás sacramentos. Las restricciones en la intercomunión son más de orden disciplinar que de carácter dogmático.
Esto es lo que explica que tantos católicos, como usted, se sientan atraídos por los tesoros de fe y de espiritualidad que la Ortodoxia posee, porque esos tesoros son “nuestros”, es decir, de todos los cristianos, católicos y ortodoxos. La Ortodoxia ha tenido una especial sensibilidad espiritual, un carácter más “contemplativo” que la Iglesia católica que ha estado más polarizada en la acción misionera. La evangelización del mundo ha sido realizada principalmente por la Iglesia católica (y más adelante por los cristianos reformados), mientras que la Ortodoxia ha custodiado la verdad de la fe y de la liturgia con un amor y un fervor verdaderamente ejemplares.
Los católicos actuales -eso no era cierto hace cincuenta años, menos aún hace uno o varios siglos- admiran la belleza ortodoxa y llenan sus templos con iconos, creyendo que la diferencia entre las dos iglesias es mínima, que no falta casi nada para el abrazo final; mientras que los ortodoxos, a excepción de una pequeña minoría, son más rígidos que nunca en su rechazo del “latinismo” y la “papolatría”, y no ven ni un principio de acercamiento posible. Occidente no entiende que la Iglesia oriental es ortodoxa, es decir, que no está marcada por el primado de la acción, de la “industria”, sino por “la afirmación central de la escatología”, por la teofanía de la Gloria ya realizada, por el primado de la contemplación. Se trata también de cuestiones fundamentales de teología. Occidente no conoce la ortodoxia, y viceversa, hay que reconocerlo. Así que estamos en presencia de dos sordos que no saben que lo son.
ALGO DE HISTORIA
En un principio está la oposición entre las dos capitales del Imperio romano, entre dos universos culturales, desde el momento en que dejan de ser bilingües. Las divergencias y los malentendidos dogmáticos se agravaron por este solo hecho. Las divergencias dogmáticas latentes desde san Agustín no impidieron el largo mantenimiento de la unidad espiritual, puesto que las formulaciones demasiado precisas no habían llegado aún para matar el espíritu. La separación dogmática, en cuanto al Filioque, tardó también cuatro o cinco siglos en fijarse: en 1096, después del Concilio de Bari, cuando san Anselmo proclama que el Filioque es la doctrina oficial de la Iglesia romana. Sin embargo, las relaciones espirituales duraron hasta fines del siglo XIV, y abundan los ejemplos de contactos entre cristianos de ambos mundos.
Cuando uno estudia manuscritos medievales como el Misal de la iglesia de san Gervasio de París, no deja de notar la semejanza del rito occidental y del oriental, todavía en los siglos XIII y XIV; pero poco a poco, las prácticas litúrgicas y ascéticas, la teología y toda la espiritualidad se alejan y toman caminos diferentes.
Ambas partes desconocen o conocen mal las mutuas posiciones dogmáticas y se equivocan gravemente a veces, lo que conduce a serios malentendidos que el orgullo no deja remediar. Un conocimiento real y recíproco de los dos idiomas y de las dos teologías habría permitido tal o cual cosa, pero no se puede entrar en ese tipo de razonamiento. La falta de traducciones es un agravante suplementario, los padres latinos son desconocidos en Oriente, con la sola excepción de Gregorio Magno. La primera traducción del De Trinitate, de Agustín, es del siglo XIII. En cuanto a los latinos, apenas si conocen un poco más de la patrística griega y, a lo largo de la Edad Media, su ignorancia de la liturgia y de los ritos orientales es total. Tomás de Aquino, en pleno siglo XIII, se deja engañar por un falsificador de textos griegos que cualquier conocedor del idioma hubiera desenmascarado de inmediato.
Es la diferencia en el gobierno de la Iglesia lo que se convierte en el factor principal de extrañamiento. Occidente se forja un amplio y rígido sistema de gobierno temporal único de la Iglesia –el Papa es además un monarca temporal, dueño de un Estado territorial, como ningún patriarca oriental-, mientras que Oriente, parcelado entre varios imperios, no todos cristianos, tiene que adoptar un sistema de diversidad canónica en el marco de la unidad dogmática: la ortodoxia.
LA CUESTIÓN DEL PRIMADO
El desarrollo gradual de la autoridad de Roma es lo que más afecta a los ortodoxos. En síntesis, su punto de vista (hay muchos) es el siguiente: en los primeros siglos, el obispo de Roma goza de una gran autoridad moral en el seno de una Iglesia descentralizada, que luego se agrupa alrededor de cinco patriarcados (la Pentarquía), Roma, en Occidente, Constantinopla, el más reciente, Alejandría, Antioquía y Jerusalén, por rango de honor: Concilio de Calcedonia, en 451. Honor no significa autoridad jurídica; los patriarcas son las columnas del colegio episcopal universal. Su comunión y la comunión con ellos expresa la colegialidad del episcopado y la comunión de las iglesias locales entre ellas. Para los ortodoxos, el error eclesiológico de Roma consistió en la transformación de esa autoridad en un derecho de arbitraje, en un poder supremo que acabará por dar al Papa el derecho de nombrar los obispos de todas las iglesias.
San Pablo VI en su discurso al Secretariado por la Unidad, el 28 de abril de 1967, afirmó: “El Papa, lo sabemos muy bien, constituye sin duda el obstáculo más grave en el camino del ecumenismo”. En 1985 W.A. Visser’t, antiguo secretario general de Consejo Ecuménico de las iglesias, repite: “El verdadero problema es el papado, tal como existe hoy”.
UNA MEMORIA LLENA DE HERIDAS QUE CONFIGURA UNA PSICOLOGÍA
Más que los problemas eclesiológicos (el primado del Papa) y dogmáticos (la cuestión del Filioque), lo que más dificulta la unión, a nivel popular, es la psicología de desconfianza e incluso de odio que, a lo largo de los siglos, se ha ido configurando en los orientales, tanto latinos como ortodoxos. Cientos de miles de niños, generación tras generación, escucharon en el mundo greco-ruso los aterradores relatos de las escenas vividas por algún antepasado suyo durante algún episodio del antagonismo secular entre los “latinos” y “nosotros”. De la misma manera, cientos de miles de niños, generación tras generación, escucharon en el mundo católico eslavo (polaco, lituano, ucraniano, croata, etcétera) los aterradores relatos de las escenas vividas por algún familiar durante los siglos, XVI, XVII, XVIII, XIX o XX. Ambas comunidades, ambos cristianismos, tienen su martirologio.
Cada día, cada noche, los cruzados saquean Constantinopla la abandonan a los turcos; cada día, cada noche, los ortodoxos martirizan a san Josafat Kuntsevich, los rusos se reparten Polonia, se anexionan Lituania, observan sin intervenir cómo los alemanes destruyen Varsovia; los croatas católicos masacran a sus compatriotas ortodoxos durante la segunda guerra mundial; los ortodoxos agradecen a Stalin la supresión, en 1946, de la Iglesia greco-católica (llamada “uniata” de manera despectiva por su unión con Roma en 1596).
El despiadado enemigo “latino” u ortodoxo” es un personaje mítico que permite cultivar el odio. Éste es un método primario y eficiente para transmitir de generación en generación las animosidades históricas. La memoria cultural consolida la cohesión tanto del grupo nacional como del grupo religioso, a veces en la forma de grupo etno-religioso, un “nosotros” frente a “los otros”.
La confesión religiosa, en ciertas circunstancias, funciona como un marcador étnico. Y el conflicto religioso disimula la realidad del conflicto social, político y étnico. Donde rutenos y polacos se enfrentan, chocando rudamente, surge el conflicto religioso. Cuando los rutenos buscan la unión con Roma, es para conseguir su Iglesia contra los polacos –que tienen la suya- y para no caer bajo la férula de los moscovitas.
Para el gran Dostoievski la Iglesia católica, apostólica y romana ha transformado el milagro en magia, el misterio en mistificación y la autoridad en tiranía; ha pecado contra el Espíritu. Es el Anticristo. Sin embargo, el joven Vladimir Soloviev (1853-1900), amigo de Dostoievski y de su esposa, trata los mismos temas desde una perspectiva radicalmente distinta.
Cuando en el año 2001, el papa Juan Pablo II, de 81 años de edad, fue por fin autorizado a ir a Atenas como peregrino y jefe de estado, aceptando una serie de condiciones impuestas por los ortodoxos, los “duros” de la Iglesia griega protestaron celebrando vigilas de oración y en Atenas unos pocos cientos de monjes se manifestaron con banderas bizantinas y pancartas de “Fuera de la Grecia ortodoxa el papa Anticristo”, “¡Ortodoxia o muerte!”. Nikos Dimou, escritor y periodista ortodoxo, tomó una posición muy diferente y declaró que “los ortodoxos olvidan el mandamiento de amor de Cristo (…) Se trata sencillamente de un sacerdote anciano que quiere hacer una peregrinación sobre los pasos de san Pablo. Esa gente va en contra de la tradición griega para la cual la hospitalidad es sagrada. Tanto más cuando se trata del dirigente de la mayor Iglesia cristiana (…) Los obispos mencionan entre sus razones la cuarta Cruzada, pero entonces deberíamos declarar a todo el mundo persona nongrata, a los serbios, a los venecianos, los alemanes, los italianos, los francos. ¿Cómo pueden seguir hablando de acontecimientos de mil años de antigüedad?”
QUÉ HACER
El cardenal Lustiger afirmó: “La separación de la Iglesia de Oriente y de la Iglesia de Occidente pertenece a esas heridas, a esos pecados que deberíamos reconocer bien, que nos juzgan y para los cuales debemos esperar de Dios que haga algo en conformidad con su promesa”. Estas palabras expresan la conciencia de la dificultad del problema de la unidad entre la Iglesia católica y la Ortodoxia. Pero como “para Dios nada hay imposible” (Lc 1, 37), lo más importante es volverse hacia Él y suplicarle incansablemente el don de la plena comunión entre nosotros. Así lo hacemos en la celebración de la Eucaristía, cuando el sacerdote, después de la consagración, ora diciendo: “Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y la Sangre de Cristo” (Plegaria Eucarística II). También conviene hacerlo en nuestra oración personal, así como el seguir disfrutando de los tesoros de fe y de piedad que son patrimonio común de ambos.
Sentir esta inquietud, tener este dolor y esta oración, es sin duda una gracia especial que el Señor da a algunos de los suyos y que Él desea que se extienda a todos. En mis recuerdos personales está el encuentro entre el Papa san Pablo VI y el Patriarca Atenágoras, de feliz memoria. El Señor me concedió la gracia de estar presente en Roma cuando el Patriarca Atenágoras vino a visitar al Papa Pablo VI. Lo que más me impresionó fue el abrazo y los múltiples besos que se dieron ambos. Era una manera de decirnos: empecemos por el amor, empecemos por la caridad. Creo que es algo válido para nuestros días y para todas las épocas porque “la caridad no acaba nunca” (1Co 13, 8): empecemos por querernos y sigamos orando.
Me gusta la reflexión de V. Soloviev cuando afirma que entre el catolicismo y la ortodoxia ocurrió un distanciamiento, una ruptura externa, pero sin desaparición de una Iglesia católica única, “místicamente” indivisa. Porque la Iglesia es esencialmente una, y por lo tanto no podía ser “dividida”. También me gusta la imagen de S. Bulgakov, que ve la separación entre la Iglesia católica y la Ortodoxia como una fisura en el tronco único de la Iglesia que, sin embargo, sigue dando frutos de santidad por los dos lados. Y hago mías las palabras que dicen que san Juan Pablo II pronunció en privado: “Lo que deseo con los ortodoxos es la comunión, no la jurisdicción”.
Le ruego que pida por mí al Señor. Gracias.
Fernando Colomer Ferrándiz
