Felicidad y política

El derecho a la “búsqueda de la felicidad” figura en la Declaración de Independencia de Estados Unidos, de 1776. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 estipula que sus principios tienen como finalidad “la felicidad de todos”. Al mismo tiempo la tradición liberal ha considerado siempre que la esfera de la felicidad no afecta a la política, sino a los individuos. Recordemos la famosa fórmula de Benjamin Constant: “Que el Estado se limite a ser justo; ya nos encargaremos nosotros de ser felices”.

La felicidad no es solo un asunto extrapolítico, sino también independiente de la técnica, del progreso, de la fuga hacia adelante del consumo. Consumimos cada vez más, pero no por eso somos más felices. El mundo técnico permite que tengamos una vida más larga y materialmente más cómoda. Es mucho. Pero esto no es la felicidad, que huye con obstinación de las garras de los individuos. Mientras el dominio técnicocientífico crece indefinidamente, la felicidad sigue siendo lo más indomeñable, o más imprevisible del mundo humano: ilumina nuestra existencia cuando le viene en gana, por lo general sin que seamos totalmente responsables. La felicidad viene cuando no se la espera y se nos va cuando creemos tenerla segura. Ni la política ni la Historia son mecanismos que avancen gloriosamente hacia la felicidad. Vistos desde el exterior, perecemos “niños mimados”; desde dentro, la vida parece cada vez más difícil, más caótica, más estresante.

El ideal casi religioso de comprometerse en cuerpo y alma con grandes causas se ha esfumado, ya no es apto para dar sentido a la vida. La plenitud personal es lo que se impone como ideal último, es el gran referente y motor psicológico de la era hiperconsumidora. El Homo politicus ha cedido el paso al Homo felix. No se trata ya de “cambiar la sociedad”, sino de vivir mejor en el presente, uno mismo y los suyos, de ganar dinero, de consumir, irse de vacaciones, viajar, distraerse, hacer deporte, arreglar la casa. La cosa pública ya no motiva las pasiones más que superficialmente.

Una característica de nuestras sociedades es que la vida en ellas es cada vez más abierta, es decir, más móvil, no está socialmente predeterminada, se basa en un amplio abanico de opciones, posibilidades y modelos. Sin duda son legión las ansiedades, las depresiones, las lesiones de la autoestima, pero también gozamos de mayor número de estímulos y ocasiones para cambiar las circunstancias. Nuestra época tiene esta característica, que ofrece multitud de puntos de apoyo para cambiar y combatir rápidamente las desdichas que nos afligen. En la época hiperindividualista, la vida permite más recuperaciones, alternancias y cambios frecuentes: es una sociedad que se dedica a fomentar la “resiliencia”, la posibilidad de salir de una cosa introduciéndose en otra. Al abrir el futuro y sus opciones, la sociedad hipermoderna aumenta las posibilidades de poner al individuo en movimiento, de rehacer su vida, de comenzar con otro pie. Si bien son numerosas las insatisfacciones y las decepciones, también lo son las ocasiones de librarse de ellas. La sociedad actual es una sociedad de desorganización psicológica que es inseparable de un proceso de relanzamiento subjetivo permanente por medio de una multitud de “propuestas” que renuevan la esperanza de felicidad. Cuanto más decepcionante es la sociedad, más medios implementa para reoxigenar la vida.

La sociedad de la decepción es una sociedad en que a los individuos les cuesta reconocer su decepción y su insatisfacción. Confesarlas es cada vez más difícil en una cultura en que infelicidad significa fracaso personal y en la que se prefiere dar envidia a recibir compasión.




Autor: Gilles LIPOVETSKY
Título: La sociedad de la decepción
Editorial: Anagrama, Barcelona, 2008, (pp. 81-84; 106; 120-121)