El sufrimiento de los sacerdotes


Lo que hay de Misterioso en el sacerdote es que progresivamente entra en los sentimientos de Cristo (…) Porque el mayor sufrimiento de Cristo fue ciertamente el de vivir en una humanidad tan desviada de Dios, tan indiferente a lo divino, tan opaca a la luz. Él es la palabra que no es escuchada, es el Dios que no es acogido, es el testigo que no es creído. Es el pastor al que las ovejas abandonan: “Los suyos no le han acogido”.

Este sufrimiento de la Encarnación, en una humanidad que rechaza a Dios, es el sufrimiento del sacerdote. Él sufre, con las dimensiones del mundo, por cada miseria, por cada impureza, por cada odio, por cada injusticia, por cada pecado. Sufre con Cristo, más que por cualquier otra cosa, por esta indiferencia hacia lo divino, por este cierre a la gracia, por esta opacidad, por este tedio, por este asco de Dios. Está atrapado en este Misterio de un Dios que ama y que no es amado.

Él mismo, tan a menudo malinterpretado y rechazado, tan a menudo condenado por los fariseos y entregado a los paganos, que al menos entienda que su sufrimiento es el sufrimiento mismo de Cristo. Y, de hecho, la condición propia del Salvador es llevar a Dios donde hay un rechazo de Dios; y finalmente, esta pasión a causa del pecado del mundo, ofrecida hasta el fin, es la obra misma de la Redención. Por eso, semejante sufrimiento no puede secar en él las fuentes de la alegría.

(L. LOCHET, Le prêtre, sacrement de Jésus-Christ, en L’Anneau d’Or, 63-64 (1955), p. 296)

I Domingo de Cuaresma

15 de agosto 

 26 de febrero de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Creación y pecado de los primeros padres (Gen 2, 7-9; 3, 1-7)
  • Misericordia, Señor, hemos pecado (Sal 50)
  • Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rom 5, 12-19)
  • Jesús ayuna cuarenta días y es tentado (Mt 4, 1-11)
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La liturgia de la palabra de este primer domingo de cuaresma nos plantea el problema del hombre en toda su crudeza y radicalidad. Pues el verdadero problema del hombre es elegir entre Dios y Satán, entre “el amor hacia sí mismo hasta el desprecio de Dios” y “el amor hacia Dios hasta el desprecio de sí mismo”, como dijo san Agustín en la Ciudad de Dios: los dos amores que dan lugar a las dos ciudades, la ciudad terrestre y la ciudad celestial.

Los textos de hoy nos presentan a los dos principios dinámicos que dan lugar a las dos ciudades: el primer Adán, que elige “el amor hacia sí mismo hasta el desprecio de Dios” y el segundo y definitivo Adán, que es Cristo, que elige, al contrario, “el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo”. Queda a la libertad de cada hombre el decidirse por uno u otro Adán, por el primero o por el segundo, y en esa elección se juega el hombre su destino eterno.

Frases...

Contemplar cada uno de los pecados que he cometido como un favor de Dios. Un favor es que la imperfección esencial que se encuentra disimulada en el fondo de mí se manifieste parcialmente ante mí un día cualquiera, a una hora cualquiera, en una circunstancia determinada. Yo deseo, suplico que mi imperfección se manifieste ante mí por entero, tanto como sea capaz de aguantar la mirada del pensamiento humano. No para que se cure, sino, aún cuando no haya de curarse, para que yo esté en la verdad.


Simone Weil

A imagen y semejanza de Dios


1. Un ser distinto de todos los demás.

Cuando Dios va a crear al hombre aparece en la Biblia por primera vez un misterioso plural: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, como semejanza nuestra” (Génesis 1,26). La aparición del hombre es la aparición del ser en razón del cual todo lo demás ha sido creado. Por eso Dios, en ese momento, no da una orden (“hágase la luz”, “hágase la tierra”, “que la tierra florezca de plantas”) sino que se da un consejo a sí mismo. Este misterioso plural –“hagamos”– puede ser entendido de varias maneras: como una palabra pronunciada en el consejo intratrinitario, como una expresión dirigida a los ángeles, o como una palabra dirigida al mismo hombre. Este último sentido subraya el carácter de libertad propio del ser que va a ser creado. Es como si Dios apelara ya de antemano a la libertad y la colaboración del hombre, para que éste pueda alcanzar la plenitud de su ser.

2. Criatura: un ser referencial.

Que el hombre es una criatura significa que es una pura referencia a Dios, su Creador. Que el hombre es imagen y semejanza de Dios quiere decir que el hombre ha sido creado mirando a Dios, tomando como modelo el ser mismo de Dios y que, en consecuencia, el hombre sólo encuentra su “mismidad”, su verdadero ser, en Dios. Precisando más hay que afirmar que el modelo divino, en su absoluta pureza, es Cristo, imagen del Dios invisible (Colosenses 1,15): Dios Padre, al crear al hombre, está mirando a Cristo, su Hijo, pues, según vimos, Dios crea como Padre y, por ello mismo, crea hijos en el Hijo, crea al hombre para que su paternidad sea manifestada por la aparición de una multitud de hijos. Esto significa que la verdad del hombre es el Hijo, es Cristo, que, en consecuencia, si el hombre quiere comprenderse a sí mismo y descubrir su verdadera vocación, tiene que mirar a Cristo.

Desnudez y misericordia

Catequesis parroquial nº 173

Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 15 de febrero de 2023

VII Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

19 de febrero de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lev 19, 1-2. 17-18)
  • El Señor es compasivo y misericordioso (Sal 102)
  • Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios (1 Cor 3, 16-23)
  • Amad a vuestros enemigos (Mt 5, 38-48)
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Hoy el Señor nos sigue explicando esa manera de vivir propio de los suyos, de los que le pertenecemos desde el día de nuestro bautismo, y lo hace dándonos dos “mandamientos”, dos pautas de conducta, una negativa y otra positiva, es decir, dándonos una prohibición general y un mandamiento positivo.

La prohibición general dice así: “no hagáis frente al que os agravia”. Con esta prohibición el Señor nos está indicando que no debemos actuar según la lógica de la reciprocidad que sugiere “tratar a cada uno según él nos trata”: si alguien nos trata bien, tratarlo bien, y si alguien nos trata mal, tratarlo mal.

Al acostarse



Concede a mis párpados
un sueño ligero,
para que mi voz
no permanezca muda mucho tiempo.

Tu creación velará
para salmodiar con los ángeles.

Que esté mi sueño siempre
habitado por tu presencia.

Y que la noche no retenga
ninguna de las manchas del pasado día.

Que las locuras de la noche
no pueblen mis sueños.

Separado incluso del cuerpo,
te canta el Espíritu, ¡oh Dios!

Padre, Hijo
y Espíritu Santo.
A Ti el honor, el poder y la gloria
por los siglos de los siglos.

Amén.

(San Gregorio Nacianceno [329-390])


VI Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

12 de febrero de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • A nadie obligó a ser impío (Eclo 15, 15-20)
  • Dichoso el que camina en la ley del Señor (Sal 118)
  • Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria (1 Cor 2, 6-10)
  • Así se dijo a los antiguos; pero yo os digo (Mt 5, 17-37)
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El domingo pasado nos decía el Señor que, por nuestra manera de vivir según su palabra, somos la sal de la tierra y la luz del mundo. Hoy el Señor nos explica algunos contenidos de  esa forma de vivir que él nos inculca y crea en nosotros, por el don de su Espíritu Santo. Y en concreto nos habla de la manera como hemos de vivir los conflictos de la vida humana, del mundo interior de los deseos y de nuestra relación con la Verdad.

En la vida humana suelen haber conflictos y la manera más contundente de resolverlos es la eliminación del otro, la muerte de la persona con la que estamos en conflicto. Por eso la palabra de Dios, ya desde el monte Sinaí, nos dijo: “No matarás”. Sin embargo el Señor añade ahora: no basta con que no mates, tienes que eliminar de tu corazón toda maldad y de tus labios toda palabra hiriente hacia los demás, incluido, por supuesto, tu enemigo. 

La voluntad de reconciliación, de vivir en paz con todos, es una condición ineludible para que nuestra plegaria y nuestro culto sean agradables a Dios, tal como dirá san Pablo: “Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar elevando hacia el cielo unas manos piadosas, sin ira ni discusiones” (1Tm 2,8). Esto es algo tan importante para el Señor, que nos lo inculca con una afirmación que debió impresionar mucho a sus oyentes. Pues en Israel sólo había un lugar para “poner tu ofrenda sobre el altar”, a saber, el Templo de Jerusalén, y en consecuencia volver a reconciliarse con el hermano ofendido podía suponer un viaje de muchos kilómetros. Pero es imprescindible que, “antes de comparecer ante el juez”, es decir, antes del encuentro personal, cara a cara, con Cristo, después de nuestra muerte, cada uno de nosotros haya hecho todo lo posible para reconciliarse con sus hermanos. Dios no puede reconocernos como hijos suyos, si nosotros no hacemos todo lo posible para vivir fraternalmente con sus otros hijos, que son nuestros hermanos.

En segundo lugar, el Señor nos habla del mundo interior de nuestros deseos. Y lo hace hablando de la mujer, que es, en la Biblia, la respuesta divina al problema de la soledad del hombre (“no es bueno que el hombre esté solo”, dijo Dios, después de crear a Adán), y por lo tanto es el ser deseado por excelencia. 

El Señor nos inculca que el mundo de los deseos debe ser “circuncidado”, es decir, sometido a la ley de Dios, porque sabe que el deseo en el hombre tiende fácilmente a querer poseer cuanto encuentra de bello y deseable, incluso “la mujer de tu prójimo”. Y ahí hay que detenerse, hay que frenar los ciegos impulsos del deseo y aceptar la propia condición, respetando la del prójimo. A nadie deja Dios abandonado; el hombre debe “comer con alegría su propio pan” (Qo 9,7), pero respetando siempre el pan de los demás, porque, tal como dijo san Juan Bautista, “no te es lícito tener la mujer de tu hermano” (Mc 6,18). 

Tampoco debe ser el deseo la razón para romper el matrimonio, pues la alianza conyugal entre el varón y la mujer es un signo de la alianza entre Cristo y su Iglesia (Ef 5,32), alianza que no está sometida a los vaivenes del deseo, sino que está firmemente anclada en la cruz de Cristo. 

Finalmente el Señor nos habla de nuestra relación con la verdad para inculcarnos, de nuevo, la moderación: somos demasiado pequeños para pretender apuntalar nuestra verdad, lo que nosotros honradamente vemos como verdadero, con la Verdad que es Dios. Por eso “no juréis en absoluto”, dice el Señor. Hay una desmesura latente en el hecho de querer garantizar la propia veracidad con la veracidad de Dios: el hombre debe de ser más modesto y contentarse con decir “sí o no” porque “lo que pasa de ahí viene del Maligno”.

Que el Señor nos haga fraternales y moderados, para que seamos sla de la tierra y luz del mundo. Amén.


Aprender a recibir

(El protagonista del relato es un joven profesor de instituto, casado y padre de familia, que, a causa de una enfermedad inesperada, ha quedado completamente ciego)

Recuerdo el día en que subí al tejado donde tenía el telescopio que me había regalado mi padre. Era un día sin viento y la azotea del edificio estaba inmersa en el silencio, apenas me llegaban los ruidos de la calle. La ciudad, bajo mis pies, parecía arrastrarse más de lo habitual para llegar a la noche. Sentía el peso del aire, yo era un pavimento sobre el que la vida, el cielo y el dolor, consumaban su bacanal. Hacía dos años que no veía nada. Echaba de menos las estrellas que antes estudiaba todas las semanas, no conseguía soportar el hecho de no ver crecer a mi hijo. El contacto con mi padre se había hecho imposible; a la casi insuperable distancia de su demencia senil se unía mi ceguera. Ahora éramos dos islas sin ningún puente que las uniera. Todo lo que habíamos sido parecía haber desaparecido. La soledad envenenaba cada pensamiento y cada sentimiento, no conseguía estar con mi mujer, no quería darle a probar esa soledad, creía que tenía que afrontarla yo solo, porque me avergonzaba demasiado de mi debilidad. Había perdido el gusto por la investigación, mi proverbial e insoportable curiosidad; había dejado de enseñar porque me parecía imposible continuar. La oscuridad me lo había quitado todo y, poco a poco, la vida dentro de mí se había ido apagando. Y yo, en aquella azotea, quería consumar aquella soledad. Habría bastado un salto, ni siquiera eso, solo un paso. Subí al borde, de pie. Desde un punto de vista mecánico es facilísimo acabar con la vida, pero el espíritu se ríe de la mecánica. Caminé por el borde como un funambulista, con los brazos extendidos para mantener el equilibrio. Por debajo, un vacío de diez pisos me golpeaba en la cara, pero me esforzaba en imaginarme que solo había un jardín al que bajar para continuar viviendo. Sería un vuelo breve, ciego, sin el miedo del golpe porque no habría visto cómo se iba acercando el suelo. Una oscuridad definitiva habría sustituido a la provisional. Levanté el rostro al cielo, le grité a Dios que me había abandonado y que no tenía ya nada por lo que vivir. Le pedí perdón, pero tenía demasiado miedo a seguir viviendo así, perdiendo todo lo que amaba, poco a poco, como caen los granos en un reloj de arena. Era un peso para todos y, sobre todo, para mí mismo. Bastaba un paso para decir adiós y abandonarme definitivamente al abrazo de la nada. Empecé a hacer una lista con los diez suicidas más importantes de la historia: Sócrates, Judas, Monroe, Catón, Cleopatra, Séneca, Cobain… No tenía ni la dignidad ni la inspiración de ninguno de ellos. Mi insignificancia había recibido un certificado auténtico con la ceguera. Nuestra vida está a merced del dolor y el contrapeso del amor nunca es suficiente. Nunca. Al llegar a esta conclusión, con calma, levanté el pie y me lancé al vacío. Y caí. La caída duró un instante. Me rompí el tobillo. Pero estaba vivo. Había sobrevivido a un vuelo de diez pisos, así que mi vida aún servía para algo. ¿Tenía Dios un plan diferente para mí? Mi mujer me encontró en ese estado.

- ¿Qué haces aquí en la azotea y en el suelo?

No contesté.

- ¿Qué te has hecho en el pie? ¿Qué has hecho?

Había caído hacia el lado equivocado. Perdido en mis pensamientos me había girado hacia el lado del tejado. Había vivido un milagro: la ceguera me había salvado de la desesperación.

Mi mujer me abrazó y me besó en los ojos, después, acercando sus labios a mis oídos, me dijo:

- Estoy embarazada.

Y yo lloré. No sé si por el dolor del tobillo o porque mi frontera se alargaba de improviso más allá del perímetro de la oscuridad y la soledad.

- Te necesito. Vuelve a mí tal y como eres –me dijo. Y me sentí amado precisamente por aquello de lo que más me avergonzaba.

En aquel instante volví a nacer, porque dejé morir la vieja vida en la que yo dominaba sobre todo. Había comenzado una nueva vida, en la que tenía que aprender a recibir.




Autor: Alessandro D’AVENIA
Título: ¡Presente!
Editorial: Encuentro, Madrid, 2022, (pp. 235-237)













Frases...

El hombre se muestra indigno del milagro cuando intenta reducirlo a una vulgar causa material.


Andrei Makine

V Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

5 de febrero de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Surgirá tu luz como la aurora (Is 58, 7-10)
  • El justo brilla en las tinieblas como una luz (Sal 111)
  • Os anuncié el misterio de Cristo crucificado (1 Cor 2, 1-5)
  • Vosotros sois la luz del mundo (Mt 5, 13-16)
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El evangelio de hoy nos habla de la relación de los cristianos con el ambiente, con la sociedad, con el mundo. En esa relación siempre existe la tentación de querer mimetizarse con el entorno, de ser como todos. El Señor hoy nos dice que nosotros tenemos que ser diferentes a los demás, que entre los cristianos y el mundo existe una diferencia que debe de ser mantenida, porque es una diferencia querida por Dios, que marca la misión que Él nos ha confiado. Esa misión consiste en ser luz y sal en relación al mundo, en relación a toda la humanidad. El Señor no nos ha elegido para que seamos como todos sino para que siendo de otra manera, constituyamos para todos una “ciudad elevada sobre un monte”, una “luz puesta sobre un candelero”, una “sal” que posee un sabor distinto al de los alimentos y que, por ello mismo, los sazona y les da un gusto especial.

Ser diferentes es una carga. A lo largo de la historia del pueblo de Israel, que es como un anticipo de nuestra propia historia, en varias ocasiones los judíos se cansaron de ser diferentes. Por eso le pidieron al profeta Samuel que les diera un rey: “Asígnanos un rey (…) como todas las naciones” (1S 7,5). Más adelante, en el siglo IV a. C., “surgieron de Israel unos hijos rebeldes que sedujeron a muchos diciendo: «Vamos, concertemos alianza con los pueblos que nos rodean, porque desde que nos separamos de ellos, nos han sobrevenido muchos males.» (…) En consecuencia, levantaron en Jerusalén un gimnasio al uso de los paganos, rehicieron sus prepucios, renegaron de la alianza santa para atarse al yugo de los paganos, y se vendieron para obrar el mal” (1Mac 1,11-15).

Lo urgente

Estamos inaugurando una nueva forma de organizar la experiencia humana, menos estática que la escritura, mucho más instantánea, global, accesible y atractiva. No es casualidad que su metáfora sea la red. Pero quedan amenazadas algunas dimensiones importantes, como podemos comprobar en nuestro día a día. Ya lo profetizó McLuhan: “En la era del funcionamiento en circuito, las consecuencia de cualquier acción ocurren al mismo tiempo que esta”. Una de las cosas que nos arriesgamos a perder es el distanciamiento, el margen de tiempo y de libertad tan necesarios para la reflexión. Se espera que todo fluya sin pausas. Se habla mucho de una gestión eficaz de la información. Lo urgente, en cambio, sería reconocer que necesitamos tiempo y soledad para consultar los asuntos con la almohada. La mayoría de las veces, la almohada es mejor consejera que la pantalla.



Autor: José TOLENTINO MENDONÇA

Título: Pequeña teología de la lentitud

Editorial: Fragmenta Editorial, Barcelona, 2017, (pp. 53-54)






IV Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

29 de enero de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre (Sof 2, 3; 3, 12-13)
  • Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Sal 145)
  • Dios ha escogido lo débil del mundo (1 Cor 1, 26-31)
  • Bienaventurados los pobres en el espíritu (Mt 5, 1-12a)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

El domingo pasado el evangelio nos mostraba al Señor anunciando la cercanía del reino de los cielos; hoy nos lo presenta describiéndonos el perfil de los hombres que van a poblar ese reino de los cielos. Se trata de los hombres que han sido alcanzados por Dios, que se han dejado “tocar” por Él, que se fían de Él y que llegarán a ser ciudadanos de su reino. Y de esos hombres se nos dice, ante todo, que serán felices, dichosos, porque la dicha es el estado que corresponde al hombre cuando el hombre vive en comunión con Dios.

En las bienaventuranzas se nos dice, ante todo, que Dios nos ha creado para la felicidad, para la dicha: en el paraíso terrenal, que fue la primera realización del reino de Dios en la tierra, Adán y Eva eran dichosos; el pecado original acabó con esa dicha e introdujo una situación de desdicha, en la que la felicidad se hizo rara y quedó reducida a determinados momentos puntuales, y habitualmente poco frecuentes, de la vida. Pero ahora Jesús trae la buena noticia de que Dios está dispuesto a actuar para volver a dar al hombre la felicidad para la que Él lo creó. Por eso el reino de los cielos que Jesús anuncia es un reino de felicidad, de dicha, de buena ventura: las bienaventuranzas así lo proclaman.

Una vida antes que una moral

 

1. Lo que no es el cristianismo.

Imaginemos un hombre que cumple perfectamente bien todos los mandamientos de Dios y de su Iglesia, un hombre que es justo y bueno, que busca la paz y trabaja por ella, que lucha contra la injusticia y quiere un mundo de hermanos, pero que hace todo esto sin creer que Jesucristo es Dios y sin estar bautizado... Pues bien, ese hombre no sería cristiano. No se es, en efecto, cristiano por cumplir todos los mandamientos, sino por creer que Jesucristo es Dios y por vincularse orgánicamente a Él mediante el bautismo; de este modo recibimos su Espíritu, y participamos así de su Vida. El cristiano es una vida mucho más y mucho antes que una moral. ¡Oh insensatos gálatas! ¿Quién os fascinó a vosotros, a cuyos ojos fue presentado Jesucristo crucificado? Quiero saber de vosotros una sola cosa: ¿recibisteis el Espíritu por las obras de la ley o por la fe en la predicación? ¿Tan insensatos sois? Comenzando por espíritu, ¿termináis ahora en carne? ¿Habéis pasado en vano por tales experiencias? ¡Pues bien en vano sería! El que os otorga, pues, el Espíritu y obra milagros entre vosotros, ¿lo hace porque observáis la ley o porque tenéis fe en la predicación? (Gálatas 3,1-5). Lo que, en efecto, nos hace cristianos es la fe en la predicación, en el anuncio de que tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Juan 3,16) y la adhesión vital a este acontecimiento que opera en nosotros el bautismo.

Escuela de la fe #11: San Isaac el sirio: las tantaciones y los pecados




San Isaac el sirio: las tentaciones y los pecados


D. Fernando Colomer Ferrándiz
20 de enero de 2023


Enlace para escuchar en ivoox: https://go.ivoox.com/rf/126370251


Oración por la salvación de un cristiano que se ha suicidado

¡Oh Corazón de Jesús, dame su alma! Haz, ¡oh Señor!, que la tácita plegaria que incesantemente hacia Ti se dirige, que las lágrimas en silencio vertidas, intercedan, Corazón de Jesús, por el hermano que murió, aunque no según la naturaleza. Su alma inmortal murió a la vida de la gracia. ¡Piedad, dulce Jesús, piedad!, que esta alma no se pierda para siempre. ¡Con qué sutiles argucias llegó a él el tentador, con el fatal y adulador engaño! Pero mi hermano no habría muerto, Señor, si Tú hubieses estado allí (Cf. Jn 11, 21). Mas, ¡ay!, el orgullo de su espíritu te hizo alejarte de él, porque olvidó, es más, despreció tu consejo: Sed mansos y humildes de corazón (Mt 11, 29). Por el amor que tu Madre sintió por él, escucha esta mi angustiosa oración. Arráncale de la venganza del tentador. Sálvale, Señor, porque te amó. Por las humillaciones de tu Pasión, por tu muerte en la Cruz, pídeme, Señor, lo que quieras, pero dame aquella alma. Por la tierna compasión de tu Corazón a la vista del dolor humano, haz que el corazón que gime ante Ti obtenga gracia, y aquella alma sea ganada por tu Misericordia. Vuelve a él tu mirada, como a Pedro cuando te negó (cf. Lc 22, 61). Con esa mirada le podrás vencer, porque…Señor, en otro tiempo te amó. Lo confesaremos nosotros en su lugar: él actuó como un traidor. Pero quizá algún dulce recuerdo perdura aún en él. ¡Despiértalo en su corazón, Señor! Corazón de Jesús, Pastor y Redentor, Tú que salvas y redimes, ¡piedad para nuestro hermano errante! Llámalo, para que salga de su sepulcro (cf. Jn 11, 43). ¡Miserere! (Sal 50, 1). Tú que no desdeñas la súplica del pecador, ¡escúchame, Señor!, y reclama junto a tu Corazón al hermano que se alejó de Ti.

Cardenal Merry del Val [1]

III Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

22 de enero de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • En Galilea de los gentiles el pueblo vio una luz grande (Is 8, 23b - 9, 3)
  • El Señor es mi luz y mi salvación (Sal 26)
  • Decid todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros (1 Cor 1, 10-13. 17)
  • Se estableció en Cafarnaún, para que se cumpliera lo dicho por Isaías (Mt 4, 12-23)
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Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea (…) Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías”. Con estas palabras san Mateo nos hace ver que Jesús otorga en su vida un peso a las circunstancias externas, que las observa, las valora y toma decisiones en base a ellas. A pesar de ser Dios, Jesús descubre la voluntad del Padre a través de las circunstancias externas de su vida -como nos ocurre a nosotros- y actúa en función de ellas. Jesús no se comporta como un héroe desafiante sino como un hombre humilde que examina la realidad en la que se encuentra envuelto para tomar sus decisiones, en este caso concreto la decisión de huir buscando un sitio más seguro. Y a través de esto se cumple la Escritura, el plan de Dios se va realizando. Él dirá a sus discípulos: “Cuando os persigan en una ciudad huid a otra, y si también en ésta os persiguen, marchaos a otra” (Mt 10,23). También nosotros debemos aprender a leer la voluntad de Dios a través de las circunstancias de nuestra vida (y no esperar que un ángel nos la diga).

Las buenas palabras

Las buenas palabras son, en este mundo, como una música del cielo. Poseen un poder que parece superar a la naturaleza. Es como si la voz de un ángel se hubiera extraviado sobre nuestra tierra y sus acentos inmortales hirieran suavemente los corazones, depositando en ellos algo de la naturaleza de los ángeles.

Las buenas palabras pueden enderezar los asuntos más embrollados, porque, en realidad, un corazón inaccesible al perdón es un monstruo bastante raro. Casi todo el mundo se cansa de las disputas, incluso de las más justas. Incluso aquellas en las que todos los errores están del mismo lado, que son las más difíciles de arreglar, con el tiempo ceden ante las palabras conciliadoras.

Toda disputa tiene probablemente su origen en un malentendido y sólo subsiste por el silencio que perpetua ese error. Cuando un malentendido ha vivido más de un mes, se le puede considerar en general como incurable mediante explicaciones que no hacen sino multiplicar los malentendidos. Entonces las buenas palabras, cuyos frutos no veremos más que a base de perseverancia, son nuestra única esperanza, pero son una esperanza cierta. Porque ellas no explicarán nada, sino que harán algo mejor: harán inútil toda explicación y de ese modo evitarán que se reabran las antiguas llagas. En estas circunstancias, las buenas palabras poseen una fuerza medicinal. Y también productiva, porque, entre otras cosas, dan felicidad.

Frederick William Faber


II Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

15 de enero de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación (Is 49, 3. 5-6)
  • Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad (Sal 39)
  • A vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo (1 Cor 1, 1-3)
  • Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29-34)
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Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio; entonces yo digo: ‘Aquí estoy (…) para hacer tu voluntad’. Dios mío lo quiero y llevo tu ley en las entrañas”. Estas palabras del salmo 39, que hemos proclamado en el salmo responsorial, expresan la esencia de la novedad que llega con la persona de Cristo. En el régimen de los sacrificios rituales que instaura el Levítico, cuando se quiere ofrecer un sacrificio de expiación por los propios pecados, el oferente “impondrá su mano sobre la cabeza de la víctima y le será aceptada como expiación” (Lv 1,4): el sacrificio del animal ofrecido al Señor es como una muerte vicaria del hombre que lo ofrece; el oferente reconoce así que “la paga del pecado es la muerte” (Rm 6,23) y que es él mismo quien debería morir, pero lo hace el animal en lugar suyo, y Dios acepta ese sacrificio como expiación por el pecado.

Frases...

“La Iglesia es intolerante en cuanto a sus principios porque cree, y en su praxis es tolerante, porque ama. Los enemigos de la Iglesia son tolerantes en cuanto a los principios, porque no creen, e intolerantes en su praxis, porque no aman”.



Reginald GARRIGOU-LAGRANGE O.P.
(1877-1964)

Bautismo del Señor

15 de agosto 

8 de enero de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Mirad a mi siervo, en quien me complazco (Is 42, 1-4. 6-7)
  • El Señor bendice a su pueblo con la paz (Sal 28)
  • Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo (Hch 10, 34-38)
  • Se bautizó Jesús y vio que el Espíritu de Dios se posaba sobre él (Mt 3, 13-17)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

El episodio de la vida del Señor que el evangelio de hoy nos relata, ha tenido siempre un cierto carácter turbador para la conciencia cristiana. Porque la reacción de Juan el Bautista está llena de buen sentido y de razón: si Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, si Él es el que va detrás de Juan y al que Juan no es digno de desatar la correa de su sandalia, si Él es el que bautizará en Espíritu Santo y fuego, y si el bautismo de Juan es, como el propio Juan declara, un bautismo de penitencia por el que quien se hace bautizar reconoce sus pecados y la necesidad de conversión que tiene, entonces, efectivamente, tiene toda la razón Juan cuando afirma: “Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”.

Tenemos una esperanza

“Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los que no tienen esperanza” (1Ts 4, 13).

Yo sé que tengo un Redentor que está vivo en el cielo y que yo resucitaré del seno de la tierra. Yo sé que veré en mi propia carne y con mis propios ojos a Dios mi Salvador. Yo sé que la muerte no es para mí más que un cambio de estado, un tránsito para mi alma y un sueño para mi cuerpo; que me va a despojar para revestirme, que me va a quitar una vida frágil y perecedera para darme una vida que no terminará nunca. Yo sé todo esto; y esta esperanza que Dios ha puesto en mí como un precioso depósito es la que me consuela en mis miserias, la que me fortalece en mis desánimos, la que me da fuerza para cumplir mis deberes, la que me hace invencible en las tentaciones, la que me impide sucumbir a la violencia de las persecuciones. Sin esta esperanza toda mi fuerza me abandonaría en mil ocasiones y yo cedería a las rebeldías de la naturaleza; pero esta esperanza es mi soporte, y por eso la conservo en mi corazón.

Louis Bourdaloue

(Fallecido en 1704, este jesuita fue un orador brillante que predicó en la Corte de Francia, en cinco ocasiones, durante el Adviento y la Cuaresma, entre los años 1672 y 1697)

Epifanía del Señor

15 de agosto 

6 de enero de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • La gloria del Señor amanece sobre ti (Is 60, 1-6)
  • Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra (Sal 71)
  • Ahora ha sido revelado que los gentiles son coherederos de la promesa (Ef 3, 2-3a. 5-6)
  • Venimos a adorar al Rey (Mt 2, 1-12)
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El evangelio de hoy, queridos hermanos, nos presenta tres tipos de hombres que adoptan actitudes diferentes ante Jesús: los magos, que le buscan con tesón y quieren rendirle homenaje, los escribas, que conocen el lugar de su nacimiento, pero no se interesan por él y Herodes que se siente amenazado por él en su poder y quiere por ello eliminarlo. Estos tres tipos de hombres los encontraremos también durante la vida pública de Jesús y a lo largo de la historia de la Iglesia, en el tiempo del anuncio del Evangelio a todos los hombres: siempre habrá quien se interese por Jesús para darle su corazón, quien se interese por Él como una curiosidad intelectual, como un elemento de la cultura humana, y quien vea en Él a su peor enemigo. Estos últimos normalmente no dicen nada contra Él sino contra su cuerpo, que es la Iglesia, el lugar de la prolongación de su presencia en la historia. Pero aquí hay que recordar las palabras del Señor a Saulo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (Hch 9,4).

El décimo mandamiento



El apóstol san Juan resume “todo lo que hay en el mundo” en la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas (1Jn 2,16). El noveno mandamiento se refiere a la concupiscencia de la carne, mientras que el décimo concierne a la concupiscencia de los ojos: No codiciarás... nada que sea de tu prójimo (Ex 20,17); No desearás... su casa, su campo, su siervo o su sierva, su buey o su asno: nada que sea de tu prójimo (Dt 5,21). Todo cuanto dijimos a propósito del noveno mandamiento, en cuanto esfuerzo por ordenar el mundo pulsional según la ley de Dios, vale de nuevo aquí. Pues el fondo de la cuestión sigue siendo el mismo, a saber que donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón (Mt 6,21).

El apetito sensible nos impulsa a desear las cosas agradables que no poseemos. Así, desear comer cuando se tiene hambre o calentarse cuando se tiene frío. Aunque estos deseos son buenos en sí mismos, no es extrajo que, en la actual condición del hombre, (fruto del primer pecado o pecado original), con frecuencia no guarden la medida de la razón, y nos empujen a codiciar injustamente lo que no es nuestro sino que pertenece, o es debido, a otra persona.

Santa María, Madre de Dios

15 de agosto 


1 de enero de 2023

(Ciclo A - Año impar)




  • Invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré (Num 6, 22-27)
  • Que Dios tenga piedad y nos bendiga (Sal 66)
  • Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer (Gal 4, 4-7)
  • Encontraron a María y a José y al niño. Y a los ocho días, le pusieron por nombre Jesús (Lc 2, 16-21)
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En este primer día del año civil, la Iglesia nos invita a contemplar a María, la Madre del Señor, para que en ella encontremos el camino que conduce a la paz. Ese camino está indicado en el evangelio al afirmar que María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

El corazón es el verdadero centro de la persona humana, es el lugar donde “se anudan” todas las dimensiones del hombre: su libertad, su inteligencia, su afectividad, su corporalidad. Lo que toca el corazón toca a la persona, me toca a mí, en lo más íntimo, en lo más personal de mi ser.

La actitud que María adopta es la de dejar entrar en su corazón todo lo que la realidad le pone ante sus ojos, sin censurar nada, sin prohibirse contemplar y acoger cualquier aspecto de la realidad, por desconcertante o hiriente que sea. Nosotros solemos prohibir la entrada en nuestro corazón a las realidades que nos pueden resultar hirientes, porque no queremos sufrir. Y para ello nos cerramos, nos bloqueamos, miramos para otro lado.

Epitafio cristiano del año 344



En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Dios de los espíritus y de toda carne,
que has vencido a la muerte,
humillado al Hades,
dado la vida al mundo;
concede el reposo al alma de mi padre Sinethé
en el seno de Abraham, de Isaac y de Jacob,
en el país de la luz,
en el país del refrigerio,
donde no existen ya el sufrimiento,
el duelo ni las lágrimas.
Perdónale toda falta cometida con el pensamiento,
palabra u obra,
porque eres bueno y amas a los hombres.
Sí, sólo Tú eres Dios y estás libre de todo pecado,
y tu justicia es justicia por toda la eternidad.
Señor, tu palabra es verdad.
Da el reposo al alma de mi padre Sinethé,
pues Tú eres el reposo, la vida y la resurrección.
A Ti glorificamos, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Amén.

(Epitafio del año 344, encontrado en El Cairo. El hijo del difunto mandó grabar sobre la piedra que cubre la tumba esta oración)

Natividad del Señor

15 de agosto 

 

 25 de diciembre de 2022

(Ciclo A - Año impar)




  • Verán los confines de la tierra la salvación de nuestro Dios (Is 52, 7-10)
  • Los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios (Sal 97)
  • Dios nos ha hablado por el Hijo (Heb 1, 1-6)
  • El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 1-18)
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“Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres”, hemos proclamado en la segunda lectura de hoy. Un acontecimiento increíble ha sucedido: “Cuando un sosegado silencio lo envolvía todo y la noche se encontraba en la mitad de su carrera”, la Palabra de Dios “saltó del cielo, desde el trono real” y vino a la tierra, morando en medio de nosotros (Sb 18,14). “Dios ha realizado un milagro nunca visto entre los habitantes de la tierra: el que mide el cielo con la palma de su mano, yace en un pesebre de poco más de un palmo; el que en la cavidad de su mano contiene todo el mar, experimenta qué es nacer en una gruta. El cielo está lleno de su gloria y el pesebre está colmado de su esplendor”, canta San Efrén (+373).

Natividad del Señor. Misa de medianoche.

15 de agosto 

 

25 de diciembre de 2022

(Ciclo A - Año impar)




  • Un hijo se nos ha dado (Is 9, 1-6)
  • Hoy nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor (Sal 95)
  • Se ha manifestado la gracia de Dios para todos los hombres (Tit 2, 11-14)
  • Hoy os ha nacido un Salvador (Lc 2, 1-14)
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Queridos hermanos: ¿Cuál es el misterio que estamos celebrando? NO celebramos ciertamente el solsticio de invierno, ni los paisajes nevados, ni un vago y genérico “espíritu de la Navidad”, ni unos sentimientos filantrópicos de simpatía y bondad para todos, SINO el nacimiento en la carne del Hijo único de Dios. Es este acontecimiento histórico, realmente acontecido, lo que celebramos hoy. Es este hecho, que es el único, por cierto, que puede fundamentar unos sentimientos de bondad y de misericordia para con todos los hombres, y sobre todo de  esperanza de salvación para todos.

Este hecho consiste en que “un niño nos ha nacido, un hijo de nos ha dado”, como afirma el profeta Isaías en la primera lectura de hoy. Cuando nace un niño, sus padres descubren inmediatamente, con sorpresa, que ese hijo que ha venido al mundo a través de ellos, a través de su abrazo de amor, es otro, es distinto, es un sujeto humano diferente, en el que ya se vislumbran formas y criterios propios, independientes de los de sus padres. Aunque su existencia misma depende todavía por completo del cuidado de sus padres para subsistir, sin embargo ya muestra claramente su alteridad, su ser-otro.

Homilía por su ahijada

(El texto reproduce el final del sermón que el sacerdote pronuncia en el entierro de Antonia, una joven corsa cuya pasión fue la fotografía, con la que se ganó la vida primero como reportero de guerra y después, tras la amarga experiencia de la guerra, como reportera de un periódico local y realizando por su cuenta reportajes de boda. Antonia ha llevado una vida moral bastante desordenada, tras el fracaso de su primera relación sentimental. El sacerdote es su tío, hermano de la madre de la difunta, y su padrino de bautismo, y Antonia ha sido para él la “niña de sus ojos”, su niña mimada; él fue quien le regaló su primera máquina de fotografiar y él la ha ayudado siempre en todo, quizás incluso excesivamente. El sacerdote no quería celebrar el funeral sino estar con su hermana y el resto de la familia y que fuera otro sacerdote quien lo celebrara. Pero su hermana le ha obligado a ello. El resultado es una homilía farragosa, abstracta, larga, interminable, en la que llega a un punto en el que se queda como bloqueado, sin saber qué decir. Tras un tenso silencio termina su homilía diciendo lo que de verdad importa)

Hace ya un buen rato que está callado, con la cabeza gacha hacia los Evangelios, suscitando entre los asistentes la esperanza, pronto defraudada, de que ha terminado. Su hermana crispa las manos en el respaldo del reclinatorio. Sigue sin decir nada a propósito de su ahijada. Antes siquiera de haberlo decidido, retoma la palabra.

IV Domingo de Adviento

15 de agosto 


18 de diciembre de 2022

(Ciclo A - Año impar)




  • Mirad: la virgen está encinta (Is 7, 10-14)
  • Va a entrar el Señor; él es el Rey de la gloria (Sal 23)
  • Jesucristo, de la estirpe de David, Hijo de Dios (Rom 1, 1-7)
  • Jesús nacerá de María, desposada con José, hijo de David (Mt 1, 18-24)
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El evangelio de hoy nos prepara a la celebración de la Navidad poniendo ante nuestros ojos la figura luminosa de san José, y entregándonos, también, dos afirmaciones capitales sobre el niño que va a nacer.

De José se nos dicen fundamentalmente dos cosas. La primera es que José, era bueno (justo). Ser “justo”, ante Dios, no consiste en ser un hombre que reivindica sus derechos, que es “justiciero”; ser justo ante Dios es ser bondadoso. La bondad de José se manifiesta en el hecho de que, al percatarse de que María, su esposa, estaba esperando un hijo, “decidió repudiarla en secreto”, lo que significa que tomó la decisión de desaparecer él de su ciudad de Nazaret y permitir a María recorrer su propio camino, cargando él con la vergüenza de quedar como un esposo que no ha sido capaz de asumir su propia responsabilidad, y salvando así el honor -e incluso la vida, puesto que María hubiera podido ser acusada de adulterio y condenada a muerte- de su esposa María. José constata que su esposa ha entrado en un camino en el que él no tiene nada que ver, puesto que él no es el padre del niño que lleva en sus entrañas, y decide dejarla recorrer su propio camino. José es un hombre bueno porque quiere que María sea, aunque no sea para él. Y esa es la esencia del amor. La esencia del amor es el amor virginal, que es el amor que afirma al otro con un desprendimiento total, sin querer poseer al otro, sin pretender que el otro sea para uno mismo. El verdadero amor está lleno de desprendimiento: la pureza del amor consiste en el desprendimiento. Lo que “prepara el camino al Señor” y hace posible su venida entre los hombres es la bondad, es el amor virginal.

Frases...

Cuanto más nos acercamos a Dios, más solos estamos. Es el infinito de la soledad.


Léon Bloy


(Citado por Itxu DÍAZ, Todo iba bien. Breve ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, Ediciones Encuentro, Madrid, 2020, p. 176)

III Domingo de Adviento

15 de agosto 


11 de diciembre de 2022

(Ciclo A - Año impar)




  • Dios viene en persona y os salvará (Is 35, 1-6a. 10)
  • Ven, Señor, a salvarnos (Sal 145)
  • Fortaleced vuestros corazones, porque la venida del Señor está cerca (Sant 5, 7-10)
  • ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? (Mt 11, 2-11)
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Juan, el Bautista, estaba encerrado en la cárcel por haberse atrevido a decirle a Herodes que no le era lícito tener la mujer de su hermano (Mt 14,4). Él había anunciado la llegada de Jesús como la llegada de Dios, del “Día del Señor”, y la había descrito diciendo fundamentalmente dos cosas: que bautizaría “con Espíritu Santo y fuego”, es decir, que ofrecería a los hombres la posibilidad de un nuevo nacimiento, de una nueva manera de ser, y que realizaría el juicio definitivo de Dios, separando para siempre el grano de la paja, guardando el grano en el granero y quemando la paja en una hoguera que no se apaga. Y ahora, las noticias que le llegaban sobre Jesús se lo presentaban realizando unos “signos” (milagros) que correspondían a lo que se esperaba de la llegada del Señor, pero sin realizar la deseada separación entre buenos y malos con el correspondiente premio o castigo; al contrario, Jesús comía con los pecadores: comer juntos significa entablar una relación de comunión, de amistad. Y Juan Bautista entra en crisis: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”

María

Pero hay un día, una hora, un momento
en que no bastan los patronos y los grandes santos.
Y entonces hay que hacer lo que hay que hacer.
Hay que coger el coraje con las dos manos
y dirigirse directamente a la que está por encima de todo.

Ser valiente de una vez.
Y dirigirse animosamente a la que es infinitamente bella
porque es infinitamente buena.
A la que intercede,
a la única que puede hablar con la autoridad de una madre.

Inmaculada Concepción de la Virgen María

15 de agosto 


8 de diciembre de 2022

(Ciclo A - Año impar)




  • Pongo hostilidad entre tu descendencia y la descendencia de la mujer (Gén 3, 9-15. 20)
  • Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas (Sal 97)
  • Dios nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo (Ef 1, 3-6. 11-12)
  • Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo (Lc 1, 26-38)
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La liturgia de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María nos retrotrae al inicio de la creación, al paraíso en el que Dios situó al hombre recién creado a imagen y semejanza de Él, creado “en la santidad y en la justicia”. Es el hombre según el querer de Dios, el hombre conforme a su voluntad. El hombre así creado vivía en la inocencia, lo que significa que veía todas las cosas en Dios, que percibía la realidad en la mirada de Dios. Por eso dice la Escritura que “estaban desnudos y no sentían vergüenza”. En efecto, en la desnudez corporal veían el ser personal del otro, “se veían”, porque así es la mirada de Dios: “todo es puro para los puros”.

El noveno mandamiento

 


El noveno mandamiento ordena: No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo (Ex 20,17). La tradición catequética católica centra el noveno mandamiento en la prohibición de la “concupiscencia” -es decir de la codicia- de la carne, así como el décimo en la de la prohibición de la codicia del bien ajeno. El noveno mandamiento está recogido en la palabra del Señor: el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón (Mt 5,28).

1. El combate espiritual.

El hombre, como consecuencia del pecado original, está marcado por un conflicto antropológico que atraviesa su ser y afecta a todas sus relaciones, y que se manifiesta en la rebeldía de los diversos estratos y fuerzas impulsivas del ser del hombre, contra la orientación fundamental de la persona hacia Dios. San Pablo (Rm 7,14-25) lo tematiza hablando de la ley del pecado que habita en mí y el lenguaje teológico hablando de concupiscencia. La palabra “concupiscencia” designa, en -sentido etimológico, toda forma vehemente de deseo humano, y en sentido teológico, el desorden de las facultades morales del hombre que es consecuencia del primer pecado. La concupiscencia no es, en sí misma, un pecado, sino una situación antropológica y espiritual que inclina al hombre a cometer pecados (CAT 2515).

II Domingo de Adviento

15 de agosto

4 de diciembre de 2022

(Ciclo A - Año impar)





  • Juzgará a los pobres con justicia (Is 11, 1-10)
  • Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente (Sal 71)
  • Cristo salva a todos los hombres (Rom 15, 4-9)
  • Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos (Mt 3, 1-12)
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“El Señor viene, el Señor está cerca” tal podría ser, en síntesis, el mensaje que la Palabra de Dios nos entrega hoy. El Evangelio nos lo dice a través de algunos detalles. Sólo del profeta Elías (2Re 1,8) y de Juan Bautista dice la Escritura que llevaban una correa de cuero a la cintura. Por su manera de vestir, Juan ha de ser reconocido como el Elías que vendría de nuevo, pero no para preparar la venida de otro profeta, sino la del mismo Dios, según lo anunciado por el profeta Malaquías: “He aquí que yo os envío al profeta Elías antes de que llegue el Día del Señor, grande y terrible” (Mal 3,23). El propio Señor dirá de Juan el Bautista: “Y, si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir” (Mt 11,14). Además, Juan bautiza en el Jordán, el río que el profeta Elías cruzó, junto con Eliseo, antes de ser ascendido en un carro de fuego al cielo, es decir, al encuentro directo e inmediato con el Señor (2Re 2,1-18).