Viernes Santo

10 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Él fue traspasado por nuestras rebeliones (Is 52, 13 - 53, 12)
  • Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu (Sal 30)
  • Aprendió a obedecer; y se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación (Heb 4, 14-16; 5, 7-9)
  • Pasión de nuestro Señor Jesucristo (Jn 18, 1 - 19, 42)
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Todos hemos pecado. El relato de la pasión del Señor se preocupa de hacer ver que toda la humanidad ha sido cómplice y culpable de la muerte del Señor: los cristianos, los judíos y los paganos.

Los cristianos están representados, principalmente, por los doce apóstoles. Uno de ellos, Judas, fue quien lo traicionó, seguramente porque prefirió sus “ideas” sobre lo que había que hacer para arreglar la situación a la persona y la actitud de Jesús: cuando vio que Jesús no le servía para realizar el proyecto que él tenía, no tuvo ningún inconveniente en entregarlo a quienes querían matarlo. Otro, Pedro, se dejó llevar por el miedo; aunque amaba a Jesús, fue cobarde y negó conocerle para no verse implicado en el desastre que se avecinaba. Y todos, excepto Juan, se dispersarán atemorizados huyendo del fracaso que la cruz significaba.

Los judíos hicieron una opción increíble: prefirieron la vida de un salteador, encerrado por motín y asesinato, a la vida de Jesús. Hábilmente interrogados por Pilato pronunciaron una frase tremenda: “no tenemos más rey que el César”: el pueblo de Dios, el pueblo que no tenía otro rey distinto de Dios y de aquel a quien Dios ungiera, resulta que ahora declara que un pagano, opresor del pueblo de Israel, es su único rey.

Los paganos están representados en este drama por Pilato, que actúa con un aire de superioridad, de escepticismo e inteligencia calculadora, muy consciente de su poder de decisión. Para él su carrera política parece ser lo primero, porque, a pesar de estar convencido de la inocencia de Jesús, lo entregará cuando oiga a los judíos decirle: “si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César”.

Jesús afronta todo este cúmulo de adversidades con una serenidad y con un señorío impresionante, con una “majestad”, que resplandece en medio de los bofetones, de la flagelación, de la coronación de espinas y de la muerte en la cruz, así como en los interrogatorios a los que es sometido. Jesús es la víctima; pero la víctima aparece como si fuera el juez y el dueño de la situación en todo momento. Porque Jesús vive todo este drama como la ocasión para hacer resplandecer el honor del Padre, para poder mostrar que Dios es Amor; y para ello Él va a amar hasta el final, va a amar por encima de todo, va a amar gratuitamente, “porque sí”: amar al Padre, cumpliendo la misión que le ha encomendado y amar a los hombres por cuya salvación muere. Al final dirá “está cumplido” (que es como si dijera: “yo no cuento; lo importante es que he cumplido lo que mi Padre me había encomendado”). Y ante Pilato, Jesús, no tendrá miedo en declararse rey, aunque precisando que su reino no es de este mundo, y se permitirá recordar a Pilato los límites del poder del que tanto presume. No se comporta, pues, como un preso atemorizado ante el poder político, sino como alguien que habla de igual a igual a Pilato, sin temblar ante él. Es más bien Pilato quien, atemorizado, le preguntará a Jesús: “¿De dónde eres tú?”.

María y Juan representan en este drama a la Iglesia en su realidad más verdadera, que es la de Esposa fiel y enamorada de su único Esposo, que es Cristo, el Señor, que agoniza en la cruz. La Iglesia es la respuesta esponsal al amor esponsal de Cristo hacia los hombres. La Iglesia es el conjunto de hombres y de mujeres para los cuales lo más importante, lo más querido, es Cristo y, con tal de estar con Él, no tienen inconveniente en situarse al pie de la cruz -porque allí está Él-, aunque ese lugar no era precisamente en aquel momento el lugar política, cultural, social y hasta religiosamente correcto. Pero era el lugar de Jesús.

“Mi Reino no es de este mundo”, le dijo el Señor a Pilato. No somos cristianos para triunfar en este mundo. No se nos ha prometido la historia y el dominio sobre ella, se nos ha prometido el Reino de Dios, que no es de este mundo, aunque va germinando lentamente en él. Somos cristianos porque, como escribió Dostoievski, “no existe nada más bello, más profundo, más amable, más razonable, más viril y más perfecto, que Cristo”, porque Él ha ganado nuestro corazón. Y no nos interesa vencer en este mundo, sino estar con Él, aunque eso nos sitúe al pie de la cruz, e incluso en la misma cruz. Que Él nos conceda la fidelidad que concedió a María y a Juan.

Jueves Santo

9 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Prescripciones sobre la cena pascual (Éx 12, 1-8. 11-14)
  • El cáliz de la bendición es comunión de la sangre de Cristo (Sal 115)
  • Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor (1 Cor 11, 23-26)
  • Los amó hasta el extremo (Jn 13, 1-15)
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“Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía”. Con estas palabras el evangelista nos indica que Jesús era consciente de que había llegado su “hora”, es decir, el momento culminante de su vida en el que iba a ofrecer la máxima prueba del amor de Dios a los hombres, entregando su vida por ellos, e iba a volver a la casa del Padre. Consciente Jesús de todo ello, realiza un gesto inusual, el lavatorio de los pies, que tiene como objetivo ayudar a sus discípulos a penetrar en el significado de todo lo que va a suceder a continuación: la institución de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial, el mandamiento del amor fraterno, su muerte y su resurrección. Sobre toda esta plenitud de luz se cierne, como una sombra inquietante, el misterio de la libertad humana que elige el mal, que está representado por la figura de Judas. Por eso dice Jesús: “También vosotros estáis limpios, aunque no todos”.

Lavar los pies era un signo de hospitalidad que el anfitrión ofrecía al huésped cuando éste era una persona importante; eran los esclavos quienes normalmente realizaban este servicio. La objeción de Pedro está llena de sentido: puesto que no hay nadie en la tierra superior a Jesús, Jesús no debe mostrarle este signo de respeto. El gesto de Jesús revela la humildad de Dios que, sin necesitar para nada de la criatura, la acoge en su seno, en su casa, y la recibe como si fuera un gran señor: se arrodilla ante ella y le lava los pies. Todo ello es un inmenso misterio de amor por el que Dios se abaja ante los hombres para que los hombres podamos vivir en comunión con Él, que es lo único que nos realiza en plenitud. “Dios se ha hecho hombre para que el hombre pueda llegar a ser Dios”, dice San Atanasio y con él todos los Padres de la Iglesia. 

Lavar los pies expresa de manera muy clara la voluntad de que el otro sea, de que esté en condiciones de recorrer su propio camino, de alcanzar su propio destino. Jesús lava los pies a todos los discípulos, incluso a Judas, que empleará sus pies para recorrer el camino del mal. Así de humilde y de bueno es Dios, que nos da el ser, con la energía y la fuerza para existir, que nos da la libertad y que no deja de darnos todo eso incluso cuando lo empleamos para hacer el mal, para separarnos de Él. El amor es voluntad de que el otro sea. El odio, en cambio, es voluntad de destruir al otro. Dios es Amor y por eso quiere que los hombres seamos, y por eso nos lava los pies.

Semana Santa en Familia Confinada



JUEVES SANTO: 
PERDONARSE Y QUERERSE

- Evangelio del lavatorio de los pies: Juan 13, 1-15 (sobre todo 12-15)

- Colosenses 3, 12-15 y 20-21

- PETICIÓN DE PERDÓN: cada uno pide perdón a quien cree que debe pedirlo por lo que cree que ha hecho mal a lo largo del año; en voz alta y delante de los demás (¡somos una familia!)

- Salmo 127 (…“tus hijos como renuevos de olivo”…)

- ORACIÓN: cada uno reza en voz alta por un miembro de la familia

- Padre nuestro


VIERNES SANTO:
EL MISTERIO DEL SUFRIMIENTO Y DE LA MUERTE


- Jesús sufrió: Hebreos 5, 7-9

- Jesús sufrió sin enfadarse, confiando en Dios: 1ªPedro 2, 23

- Jesús murió: Juan 19, 16-30

- Salmo 22: “El Señor es mi pastor…”

- ORACIÓN: cada uno reza en voz alta por alguien o algunos que sufren

- Padre nuestro


SÁBADO SANTO:
EL SILENCIO DE LOS QUE HAN MUERTO


- Jesús fue sepultado: Mateo 27, 57-61

- Salmo 129: “Desde lo hondo a ti grito Señor…” (lo más “hondo” que hay es la muerte…)

- SILENCIO (5 minutos) (para pensar por qué difuntos quiero pedir)

- ORACIÓN: cada uno reza en voz alta por el (o los) difunto(s) que quiere

- Padre nuestro


DOMINGO:
JESUCRISTO HA VENCIDO A LA MUERTE


- Evangelio: Mateo 28, 1-10

-Salmo 117 (cada uno lee una estrofa hasta terminarlo)

- ORACIÓN: Damos gracias a Dios por las cosas en las que se ve que Jesús ha vencido a la muerte (las cosas bonitas de la vida)

- Padre nuestro


N.B.- la numeración de los salmos es la propia de la liturgia de las horas

Miércoles Santo

8 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • No escondí el rostro ante ultrajes (Is 50, 4-9a)
  • Señor, que me escuche tu gran bondad el día de tu favor (Sal 68)
  • El Hijo del hombre se va como está escrito; pero, ¡ay de aquel por quien es entregado! (Mt 26, 14-25)
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“Saber decir al abatido una palabra de aliento” (Is 50, 4-9a)

No es nada fácil consolar al que está abatido, saberle decir una palabra de aliento. A menudo las palabras pretenden hacerlo se quedan en el nivel de las banalidades y los tópicos (“¡hay que animarse!”). La palabra de Dios nos dice que para saber alentar, primero hay que saber escuchar y acoger una palabra que no es de este mundo, una palabra que viene directamente de Dios anunciando sorprendentemente que, para poder consolar, tengo que aprender a sufrir confiando en Dios. Ese es el precio. Cristo lo pagó y por eso él nos alienta y nos consuela. “El Señor me abrió el oído; yo no me resistí ni me eché atrás”.

Prestarle mi casa al Señor (Mt 26, 14-25)

San Mateo no nos ha dicho el nombre de aquel amigo del Señor al que Cristo le pidió prestada la casa para celebrar allí la Pascua con sus discípulos. Pero cada uno de nosotros está llamado a hacerle el mismo favor al Señor: prestarle mi casa, es decir, mi persona, mi tiempo, mi salud, mis bienes, “todo mi ser y mi poseer”, como diría san Ignacio de Loyola, para que Él celebre allí la Pascua con sus discípulos, es decir, con la Iglesia. Convertir mi persona, mi vida, en un lugar donde se alojan Cristo y su Iglesia, para celebrar la Pascua, es consentir en que la Cruz y la Resurrección se instalen en mi vida, aceptando que la pasión de Cristo se prolongue en mí (Col 1, 24) para que también su gloria se manifieste en mí (2Co 3, 18).

Emergencia sanitaria: Los hermanos son una gracia

Afirma san Atanasio hablando de la Pascua que es la fiesta que nos comunica la alegría de la salvación “ya que en todas partes nos reúne espiritualmente a todos en una sola asamblea, haciendo que podamos orar y dar gracias todos juntos, como es de ley en esta fiesta”. Así se cumplen las palabras del salmo “ved qué paz y qué alegría convivir los hermanos unidos” (Sal 132, 1). Pero este año no podrá ser, no nos podremos reunir. Que la imposibilidad de hacerlo sea un sacrificio que unimos al de Cristo en la Cruz, para que por Cristo, con Él y en Él, descienda sobre este mundo enfermo la misericordia divina. Y que la ausencia de los hermanos nos haga valorar y agradecer el don de su existencia, de su presencia. Pues uno siempre puede orar; pero orar acompañado de otros hermanos es una gracia muy especial.

La fragilidad moral del hombre

Dos tipos de experiencias

Desde el punto de vista antropológico podemos constatar dos tipos de experiencia, polarmente opuestos entre sí, uno de los cuales acrecienta el ser del hombre, mientras que el otro lo paraliza y lo destruye. Son dos formas opuestas de comportamiento: una que nos construye como personas y otra que nos destruye; una que nos lleva a la felicidad y otra que nos hunde en la desesperación; una inspirada en una actitud de generosidad y otra impulsada por una actitud de egoísmo. A las primeras las denominamos experiencias de éxtasis, mientras que a las segundas las denominamos experiencias de vértig.La oposición entre ambos tipos de experiencia puede ser expresada mediante los siguientes binomios:

a) facilidad-esfuerzo: Las experiencias de vértigo surgen de una actitud de entreguismo a una fuerza o a un poder, que les promete al hombre una rápida gratificación del tipo que sea. En cambio las experiencias de éxtasis exigen de entrada un fuerte esfuerzo para liberarnos de la tendencia gravitacional que sentimos hacia el dominio de las realidades y de los acontecimientos y, en consecuencia, hacia la reducción de los mismos a meros medios para el logro de los propios fines. Esto supone una auténtica “noche” purificadora en la que hay que olvidar los propios intereses egoístas.

Martes Santo

7 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra (Is 49, 1-6)
  • Mi boca contará tu salvación, Señor (Sal 70)
  • Uno de vosotros me va a entregar... No cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces (Jn 13, 21-33. 36-38)
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Flecha bruñida, escondida en su aljaba (Is 49, 1-6)

Al igual que el profeta Isaías, cada uno de nosotros ha sido elegido por Dios desde el vientre materno. Y lo ha sido para manifestar la gloria de Dios –no la propia, sino la de Dios- para que la belleza de Dios resplandezca a través de nuestra vida ante los ojos de los hombres. Aunque tal vez nosotros no hemos percibido como ocurre eso y hemos dicho desalentados, como el profeta: “en vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas”. Pero por caminos ocultos para nosotros, el Señor ha hecho su obra, hemos sido “flecha bruñida en su aljaba” y Él nos ha disparado, en su guerra contra el mal, sin que nosotros ni siquiera nos diéramos cuenta de ello. Para que la vanidad no corroa nuestra escasa virtud.

Era de noche (Jn 13, 21-33. 36-38)

En el momento en que Judas Iscariote sale del cenáculo para traicionar a Jesús, el Señor declara solemnemente: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él”. La gloria –la belleza- de Cristo y de Dios se va a manifestar en la traición y en el oprobio que va a sufrir Jesús. “Era de noche”, dice el evangelista, subrayando la convergencia del momento temporal con el espiritual. Porque siempre que se traiciona a Cristo, aunque se haga de manera educada y silenciosa –como hoy en día se hace en Europa- es oscuridad y noche. Pero en esa noche hubo una dulzura que es luz, la de Cristo llamando “amigo” a Judas, el traidor, cuando lo entregó con un beso (Lc 22, 47-48). Y ahí resplandeció la gloria de Dios, que es perdón y misericordia. “Ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día” (Sal 138, 12).

Emergencia Sanitaria: La intolerancia que hay en mí

La situación difícil y compleja que atravesamos es percibida por cada hombre con matices propios que provienen de su sensibilidad personal, de su propia personalidad, de su trayectoria y circunstancia vital. Y como la situación es poliédrica y los hombres somos diversos, surge en cada uno un juicio y una valoración que se traducen en una manera concreta de actuar, que no coincide exactamente con la mía. Y cuando yo lo contemplo, surge en mi interior un juicio condenatorio, una crítica severa, porque a mis ojos el otro aparece como un insensato o un irresponsable. La sabiduría humana, sin embargo, aconseja no estar demasiado seguro de que la propia opinión es la más correcta y acertada. Y la sabiduría divina dice: “No juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor. Él iluminará los secretos de las tinieblas y pondrá de manifiesto las intenciones de los corazones. Entonces recibirá cada cual de Dios la alabanza que le corresponda” (1Co 4, 5).

Lunes Santo

6 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)








El que viene a implantar la justicia (Is 42, 1-7)


La “justicia” de Dios no consiste en dar a cada uno lo que le corresponde: si así fuera estaríamos todos muertos para siempre pues todos hemos pecado (Rm 3, 23) y “el salario del pecado es la muerte” (Rm 6, 23). La justicia de Dios es la salvación, que consiste en el perdón de los pecados y en la creación de un hombre nuevo, conforme a la voluntad de Dios, semejante a su único Hijo Jesucristo. Por eso el que viene a implantar la justicia posee una paciencia infinita y no quiebra la caña cascada ni apaga la mecha vacilante que somos cada uno de nosotros, sino que intenta robustecer nuestras rodillas vacilantes y poner en nosotros el fuego de su amor. Su paciencia es nuestra salvación.


El amor excesivo de Dios (Jn 12, 1-11)


El exceso de Dios consiste en haber venido a nosotros, en haber tomado nuestra carne, haciéndola suya, para obtener con ella, en la cruz, nuestra salvación. Todo lo cual es excesivo, desproporcionado: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él” (Sal 8, 5). Y el exceso del amor de Dios hacia nosotros no encontró en nosotros sino resistencias, sospechas, cuando no rechazo. Hasta que llegó esa mujer, María, y “tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso” y ungió los pies del Señor y se los enjugó con su cabellera. Y por fin el Amor excesivo de Dios encontró una correspondencia adecuada. Porque si hay un lugar donde la belleza merece postrarse y ser derramada, ese lugar son los pies del Señor, que serán taladrados por nuestra salvación.

Emergencia sanitaria: Oración

Padre Santo,
cuida de todos los enfermos del mundo;
sostén a quienes han perdido la esperanza;
consuela a quienes lloran en el dolor o sufrimiento;
protege a quienes no son atendidos;
acompaña a quienes viven en soledad;
alumbra a quienes pasan
una “noche oscura” y desesperan;
ilumina a quienes ven tambalear su fe
y se sienten atacados por las dudas;
da paz a quienes se impacientan;
devuelve la esperanza y la alegría
a quienes se llenaron de angustia;
cura los padecimientos de los más débiles y ancianos;
guía a los moribundos al gozo eterno;
conduce a todos al encuentro con Dios;
bendice abundantemente
a quienes acogen a los que sufren,
los acompañan con amor en la soledad,
les infunden alegría y esperanza,
los consuelan en su angustia y los sirven con caridad.
Amén.

(Inspirada en San Pío de Pietralcina)

Domingo de Ramos

5 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)






Sábado de la V Semana de Cuaresma

4 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)







“Tendré mi morada junto a ellos” (Ez 37, 21-28)

El Señor quiere que Israel –la Iglesia- sea su morada y que las naciones –la humanidad entera- pueda ver que Él está presente en medio de los hombres a través de su pueblo: “yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”. Pero para que eso se haga realidad hay que renunciar a toda idolatría y a todo pecado. La idolatría acontece cuando consideramos que una realidad –persona, idea, objeto, sociedad etc.- distinta de Dios, puede saciar los anhelos de nuestro corazón. Entonces el hombre se mutila espiritualmente a sí mismo, porque anestesia la inquietud de su corazón que le impulsa a ir hacia Dios. Conformarse con menos que Dios es traicionarse a sí mismo. “Porque nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti” (San Agustín).

“Vieron y creyeron” (Jn 11, 45-57)

Al ver la resurrección de Lázaro muchos judíos “creyeron en él”, lo que alarmó a los sumos sacerdotes y a los fariseos que temieron que todos creyeran en él y que eso provocara una revuelta que traería la implacable represión romana. Por lo que decidieron prenderlo. Y entonces Jesús “se retiró” a la región vecina, al desierto, a “una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos”. Jesús no se comporta como un héroe desafiante sino como un padre –casi diría uno como una madre- que busca estar a solas con los suyos antes de la despedida final. Porque él no dispone de sí mismo, ni organiza su tiempo, sino que lo deja todo en manos de su Padre del cielo. Que sepamos “ver y creer” y también dejar nuestro tiempo en manos del Padre del cielo.

Emergencia sanitaria: Suplicar la sanación

El sacrificio de la Cruz, acontecido en un punto único del espacio y del tiempo -en un pequeño lugar llamado Jerusalén y bajo Poncio Pilatos- se hunde en la eternidad divina donde es guardado y está dispuesto para ser derramado sobre el mundo cada vez que sea llamado. En el silencio de estos días y en la soledad completa del templo vacío, el sacerdote llama al cielo para que la fuerza salvadora de la Cruz se derrame sobre nuestra humanidad herida y sane nuestras llagas, las de nuestras almas, “porque hemos pecado y cometido iniquidad apartándonos de ti, y en todo hemos delinquido” (Dn 3, 29), y las de nuestros cuerpos. Para que podamos darle gracias diciendo: “Me has curado, me has hecho revivir, la amargura se me volvió paz cuando detuviste mi alma ante la tumba vacía y volviste la espalda a todos mis pecados” (Is 38, 17).

Viernes de la V Semana de Cuaresma

3 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)







Pedir dando gracias (Jr 20, 10-13)

Jeremías está viviendo una de las peores experiencias que podemos vivir los hombres, la de la traición, el amargo descubrimiento de que aquellos que considerábamos nuestros amigos, están llenos de resentimiento hacia nosotros, y acechan nuestro traspiés para someternos y vengarse de nosotros. Y en esa situación, Jeremías se encomienda al Señor con tanta confianza que, en la misma oración de súplica, alaba y da gracias al Señor por la liberación que está suplicando, ¡tan seguro está de ella!. Así ora el cristiano. “Presentad a Dios vuestras peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de acción de gracias” (Flp 4, 6). Y de ese modo la paz de Dios custodiará nuestros corazones en Cristo Jesús.

Pertenecer a Otro (Jn 10, 31-42)

En el conflicto entre Jesús y las autoridades judías, estas últimas ponen todo el énfasis en la persona de Jesús que, siendo un hombre, “se hace Dios”, mientras que a Jesús no le importa tanto su propia relevancia cuanto el que resplandezca la gloria, es decir, la belleza, de Otro, del Padre del cielo. Por eso dice “aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre”. Porque Jesús hace sus obras “por encargo de mi Padre”. A Jesús no le importa su propia persona sino que, a través de su vida y de sus obras, se trasparente el rostro bendito del Padre del cielo, se perciba su belleza, se vea que “Dios es Amor” (1Jn 4, 8). Jesús no se pertenece a sí mismo sino al Padre y se entregará a la muerte para manifestar el rostro del Padre, que es Amor.

Orar por los cristianos perseguidos

Las restricciones a la libertad de movimientos que sufrimos estos días, el discurrir de la vida entre las paredes de nuestra casa, sin poder salir de ella, puede ayudarnos a orar por los cristianos que son perseguidos a causa de su fe y que son encarcelados en pequeñas celdas en las que se pueden dar muy pocos pasos y son privados del contacto con sus familiares y amigos. En esa fosa creada por la soledad y el aislamiento, acompañada a menudo de vejaciones y malos tratos, de violencia cruel, ellos gritan al Señor: “Desde lo hondo a ti grito, Señor, Señor escucha mi voz, ¡estén tus oídos atentos al clamor mi súplica!” (Sal 129, 1-2). Unamos nuestra voz a la suya pidiendo la liberación para todos.

Jueves de la V Semana de Cuaresma

2 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Serás padre de muchedumbre de pueblos (Gén 17, 3-9)
  • El Señor se acuerda de su alianza eternamente (Sal 104)
  • Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día (Jn 8, 51-59)
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La alianza que es don (Gn 17, 3-9)


La palabra “alianza” evoca siempre en nosotros la idea de un pacto, de un contrato, de un compromiso recíproco entre quienes hacen alianza. Por eso llama la atención que Dios se comprometa a darle a Abrán una fecundidad inesperada y tan grande que ya no se llamará Abrán sino Abrahán porque “será padre de muchedumbre de pueblos”, a darle a él y a su descendencia la posesión perpetua de la tierra de Canaán y a ser siempre “su Dios”, es decir, a responderle siempre como tal, a no ocultarle su rostro, a no romper nunca la relación con él y su descendencia. Y surge la pregunta: ¿y qué tiene que poner por su parte Abraham? La desconcertante respuesta es: nada, tan solo “guardar la alianza”, es decir, tener fe en ella, creer siempre en la fidelidad de Dios incluso por encima de nuestras infidelidades a Él: “si somos infieles, él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo” (2Tm 2, 13).

“¿Por quién te tienes?” (Jn 8, 51-59)

Jesús afirma que quien guarde su palabra no verá la muerte para siempre. Y esta afirmación parece a los judíos, con toda razón, absolutamente desproporcionada. Porque las palabras del hombre no tienen fuerza ni poder para romper el carácter definitivo de la muerte y convertirla solo en un episodio pasajero. Pero el hombre que pronuncia esas palabras no es un hombre cualquiera, es Dios que se ha hecho hombre, y por lo tanto su pretensión es verdadera: “antes que Abrahán existiera, yo soy”. Los judíos comprenden perfectamente lo que esas palabras significan y por eso quieren apedrear a Jesús, al considerar que está blasfemando. El conflicto está servido. “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6, 68-69).

Emergencia sanitaria: El ángelus con el templo cerrado y vacío

En este tiempo de cruz y de gracia, a las doce de la mañana, con el templo vacío y cerrado, suenan las campanas recordando el momento único de la historia de la humanidad, en el que Aquel que es el origen, el fundamento y el término de todo, Aquel cuya mirada rige el curso de los astros y el devenir del universo entero, pidió humildemente permiso a una joven mujer en Nazaret, para hacerse hombre en su seno, para tomar de ella nuestra carne y rescatarnos con ella, por su muerte y resurrección, de nuestra condición mortal. Y en el silencio del templo, al adorar este misterio, en la carne de María se presenta ante Él nuestra carne herida por la enfermedad y por el dolor que ella genera. Para que su misericordia nos fortalezca y nos consuele. ¡Ven Espíritu Santo! ¡Ven por María!

La mujer de Lot

“Su mujer miró hacia atrás y se convirtió en poste de sal” (Gn 19, 26)

Y el Justo caminaba detrás del ángel de Dios
Inmenso y luminoso sobre la montaña negra
Pero la angustia hablaba fuerte a su mujer:
No, no es demasiado tarde, todavía puedes verla.

Tu Sodoma natal, sus torres rojas,
La plaza en la que tú cantabas, el patio en el que tú tejías,
Y las ventanas vacías de la alta casa
En la que tú has dado hijos a tu marido muy amado.

Ella se vuelve – y de repente golpeados por un dolor mortal
Sus ojos ya se ciegan,
Y su cuerpo se pone rígido, sal trasparente,
Y sus piernas rápidas se enraízan en la tierra.

¿Quién llorará a esta mujer?
¿Qué importancia tiene ella?
Pero mi corazón, él, no la olvidará jamás
A la que, por una mirada, entregó su vida.




(Anna Akhmatova)


La lectura de este poema, lleno de compasión, constituye una lección para todos los tiempos. Según él, lo que nos retiene y nos impide darnos sin condición a Dios no es sólo nuestro apego a los vicios, sino que también pueden ser cosas buenas que nos son queridas. Acordarse de la mujer de Lot, significa también prepararse para una separación y un abandono de realidades buenas, que puede resultar muy dolorosa (Erik VARDEN, Quand craque la solitude. La Mémoire et la Vie, Les Éditions du Cerf, Paris, 2018, p. 81).

“Replicó Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios»” (Lc 9, 62)

Miércoles de la V Semana de Cuaresma

1 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Envió un ángel a salvar a sus siervos (Dan 3, 14-20. 91-92. 95)
  • ¡A ti gloria y alabanza por los siglos! (Salmo: Dan 3, 52-56)
  • Si el Hijo os hace libres, sois realmente libres (Jn 8, 31-42)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

La audacia de decir “no” (Dan 3, 14-20. 91-92. 95)

El relato de los tres jóvenes –Sidrac, Misac y Abdénago- arrojados al horno ardiente por no querer adorar la estatua de oro erigida por el rey Nabucodonosor, es siempre actual. Pues la idolatría es una tentación permanente con la que el diablo intenta doblegar a los hombres para que su corazón adhiera al mundo y sus valores en vez de adherir a Dios y su reino. “Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos (…) si me adoras” (Lc 4, 6-7). Tentación siempre muy bien orquestada, con “la trompa, la flauta, la cítara, el laúd, el arpa, la vihuela y todos los demás instrumentos”, es decir, con todo al aparato cultural puesto al servicio del poder mundano. Frente a ello los tres jóvenes tienen un doble mérito: el de la valentía para decir claramente “no” y el de respetar la libertad de Dios para librarlos o no del horno encendido. 

“La verdad os hará libres” (Jn 8, 31-42)

La gran tentación del hombre de hoy es querer disponer de la Verdad según la libertad, determinar que sea verdadero, lo que yo elijo y quiero que lo sea, en vez de someter la libertad a la Verdad. Cristo nos indica que el único camino que nos conduce a la libertad es el de la obediencia a la Verdad. Pues lo que más se opone a la libertad es el pecado, por el que “aprisionamos la verdad en la injusticia” (Rm 1, 18) y somos esclavizados: “todo el que comete pecado es esclavo”, dice el Señor. Pues el corazón de la libertad es la adhesión al Bien por la cual crecemos y somos capaces de amar. “Habéis purificado vuestras almas, obedeciendo a la verdad, para amaros unos a otros sinceramente como hermanos” (1P 1, 22). La obediencia a la Verdad hace posible el Amor.

Emergencia Sanitaria: El atronador silencio

En el silencio del templo, reforzado por el silencio exterior de las calles, ante el Santísimo Sacramento expuesto, un reducido puñado de fieles se arrodilla o se sienta de cara al Señor y permanecen largo tiempo ante Él, también en silencio. Pero el espacio físico y espiritual que hay entre cada uno de ellos y Cristo está lleno de nombres, de recuerdos, de proyectos, de anhelos, de logros y de fracasos, de cosas que, por la gracia de Dios, han salido bien y de otras que, a pesar de esa gracia, han salido mal. La historia de cada uno. Y todo queda presentado, ofrecido y suplicado al Señor, para que Él afiance, consolide, destruya, repare, enderece según su sabiduría y su libertad, Él que es Amor. Y el atronador silencio de la tarde en el templo se me antoja como la lenta elaboración de un hermoso acorde para la melodía final y eterna de la Jerusalén celestial.

Martes de la V Semana de Cuaresma

31 de marzo de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirar a la serpiente de bronce (Núm 21, 4-9)
  • Señor, escucha mi oración, que mi grito llegue hasta ti (Sal 101)
  • Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que "Yo soy" (Jn 8, 21-30)
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Mirar a Cristo en la cruz (Nm 21, 4-9)

Las condiciones materiales en las que transcurre nuestra vida terrena suelen ser ocasión de rebeldía y de crítica hacia Dios y hacia quien nos habla en nombre de Dios, como le ocurrió a Israel en su caminar por el desierto. Pero Israel tuvo la humildad –la lucidez espiritual- de reconocer que esa crítica contra Dios y contra Moisés era pecado y de pedirle a Moisés que intercediera por él. Y el remedio divino que el Señor dio a su pueblo fue desconcertante: que dirigieran su mirada hacia un mástil con una serpiente de bronce que le mandó hacer a Moisés. “Y todo el que miraba la serpiente de bronce quedaba con vida”. Ese mástil es una profecía de Cristo en la cruz. Dirijamos nuestra mirada hacia Él, para que él nos cure de los males del cuerpo y del alma. “Estas cosas sucedieron en figura para nosotros” (1Co 10, 6).

La opción fundamental (Jn 8, 21-30)

La opción decisiva para el hombre, la que le hace trascender este mundo o quedarse tan sólo en ser un elemento más de él, es creer o no creer que un hombre, Jesús de Nazaret, es Dios: “Si no creéis que “Yo soy”, moriréis en vuestros pecados”. “Yo soy” es el nombre de Dios, tal como se lo reveló el Señor a Moisés (cf. Ex 3, 14-15). Y el criterio de verificación de esta gran verdad, la más impactante y desconcertante de toda la historia humana, es paradójico, porque consiste en la muerte de Cristo en la cruz: “Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre sabréis que “Yo soy””. La omnipotencia divina se muestra en la debilidad de la muerte en cruz. “Al ver el centurión que estaba frente a él, que había expirado de esa manera, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15, 39).

Emergencia sanitaria: La primacía de lo espiritual

A. Solzhenitsyn diagnosticó el mal de nuestro tiempo en estos términos: “Desde que la deslumbrante burbuja del progreso material ilimitado ha llevado a toda la humanidad a un deprimente callejón sin salida espiritual, sólo se me ocurre un camino saludable para todos, para naciones, sociedades, organizaciones humanas y, por encima de todos, para las iglesias. Debemos confesar nuestros pecados y errores -los nuestros, no los de los otros-, arrepentirnos y utilizar la autolimitación en nuestro desarrollo futuro”. 

Contra la creciente oleada de libertinaje Solzhenitsyn oponía su perpetua llamada a la autolimitación y el lastimero llamamiento del poeta para que cesara el insoportable flujo de información, en gran parte excesiva y trivial, que estaba empequeñeciendo el alma del hombre. “¿Cómo podemos proteger el derecho de nuestros oídos al silencio y el derecho de nuestros ojos a la visión interior?”.

Lunes de la V Semana de Cuaresma

30 de marzo de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Ahora tengo que morir, siendo inocente (Dan 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62)
  • Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo (Sal 22)
  • El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra (Jn 8, 1-11)
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“Dios eterno, que ves lo escondido” (Dn 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62)

Susana se encuentra en un callejón sin salida, pues está siendo acusada falsamente y no tiene ninguna posibilidad de defensa. En esa situación desesperada, se remite a Dios, que conoce la verdad no sólo manifiesta, sino también escondida, de cada hombre. Y como siempre que un hombre no tiene más recurso que Dios –tal como le sucedió también a la reina Ester (Est 4, 17l)- el Señor asume su causa y le hace justicia, actuando y abriendo caminos allí donde parecía que no había ninguno. Son caminos que conducen siempre a la salvación y la rehabilitación del honor del inocente, como mínimo en la otra vida y, a veces también, en esta misma vida terrena. Porque Dios es el Señor de lo imposible.

“Tú, ¿qué dices?” (Jn 8, 1-11)

El hombre, cuando peca, merece siempre morir. Porque el pecado es la negación de lo que nos constituye y da el ser: la relación con Dios. Y al ignorar esa relación y actuar como si no existiera, el hombre pecador se está en realidad suicidando. Por eso san Pablo escribe, con toda razón, que “el salario del pecado es la muerte” (Rm 6, 23). Pero el único que está legitimado para ejecutar esa justa sentencia, es Aquel que está libre de pecado, que es Cristo. Y Cristo no quiere ejecutarla, porque prefiere dar una oportunidad al hombre pecador para que se desvincule de su pecado e inicie una vida nueva. Porque Dios no se complace en la muerte del pecador, sino en que se convierta de su conducta y viva (cf. Ez 33, 11). “Anda, y en adelante no peques más”.

Emergencia sanitaria: Incertidumbre y confianza

Quizás las declaraciones más inteligentes que se están haciendo en esta situación en la que nos encontramos son aquellas que dicen con toda honestidad: “no sabemos”. Porque es una situación inesperada, que nos ha sorprendido, y de la que no tenemos referentes semejantes que nos puedan orientar. En esa incertidumbre que, por lo demás, es un componente habitual de la vida humana, el cristiano profesa una confianza, que no nace de ningún optimismo sino de la fe en Dios: “el Señor es mi pastor (…) aunque pase por valles de tinieblas ningún mal temeré, porque tú vas conmigo” (Sal 22, 1. 4). Es mucho lo que se nos escapa de las manos, pero nada escapa de las manos de Dios: “en tu mano está mi destino” (Sal 30, 16). Es posible sentirse abandonado y solo pero “si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me recogerá” (Sal 26, 10). Que el Señor nos conceda dar el testimonio de esta confianza.

V Domingo de Cuaresma

29 de marzo de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis (Ez 37, 12-14)
  • Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa (Sal 129)
  • El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros (Rom 8, 8-11)
  • Yo soy la resurrección y la vida (Jn 11, 1-45)
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El domingo pasado la liturgia de la Iglesia nos recordaba que Cristo es la Luz del mundo, presentándonos la curación de un ciego de nacimiento. Hoy nos dice que él es la Vida que ha vencido a la muerte, narrándonos la resurrección de Lázaro.

Los Padres de la Iglesia subrayan que el Señor, durante su vida terrena, realizó tres resurrecciones de muertos: la de la hija de Jairo, el presidente de la sinagoga, la del hijo de la viuda de Naím y la de su amigo Lázaro, el hermano de Marta y de María. San Agustín nos recuerda que la peor muerte que existe no es la muerte física del cuerpo, sino la muerte espiritual del alma, la que acontece por obra del pecado mortal, que mata en nosotros la vida divina, que arrebata de nuestra alma la presencia de las Tres divinas Personas. San Agustín ve en, en estas tres muertes y resurrecciones, tres símbolos de las diferentes maneras cómo puede morir el alma, y del poder de Cristo para resucitarnos de cada una de ellas.

La hija de Jairo acababa apenas de morir cuando el Señor la resucitó llamándola con aquellas palabras: talitha qumi (muchacha, a ti te lo digo: levántate). En esa muerte San Agustín ve un símbolo del pecado de pensamiento, que no ha traspasado la barrera de la interioridad humana, que ha consistido en un acto del corazón por el que el hombre ha consentido en algo malo, sin que eso malo salga al exterior. Ese pecado mata la vida divina del alma, pero Cristo nos puede sacar de él.

Sábado de la IV Semana de Cuaresma

28 de marzo de 2020
(Ciclo A - Año par)







La venganza del Señor (Jr 11, 18-20)

El profeta Jeremías confía su causa al Señor frente a las maquinaciones de sus enemigos y concluye su plegaria diciendo “que yo pueda ver cómo te vengas de ellos”. La venganza, que en el lenguaje bíblico designa ante todo un cierto restablecimiento de la justicia, una victoria sobre el mal, es algo que compete ejecutar a Dios: “Mía es la venganza, dice el Señor” (Dt 32, 35). Dios realizó su venganza, es decir, el establecimiento de la justicia divina, con la muerte de Cristo en la cruz: “A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2Co 5, 21). El Señor Jesús aceptó que el Padre del cielo cargara sobre sus espaldas los crímenes de toda la historia humana, asumiéndolos como propios, y que pagara por ellos muriendo en la cruz. De este modo la venganza divina se resuelve en una oferta de misericordia y reconciliación para el hombre pecador. Así se venga Dios y así se venga el cristiano: “No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien” (Rm 12, 21).

“Nadie ha hablado como él” (Jn 7, 40-53)

Los sumos sacerdotes habían enviado a la policía del Templo de Jerusalén a detener a Jesús, que estaba predicando dentro del Templo. Y cuando llegaron y lo encontraron rodeado de gente que le escuchaba, decidieron esperar a que terminara de hablar para detenerle. Y al escucharle descubrieron que nadie entendía tan bien su corazón como ese hombre, que nadie conocía tan bien los anhelos de su corazón, sus esperanzas y sus deseos más profundos. Y comprendieron que detener a aquel hombre era como suicidarse, como renegar de su propio ser, como renunciar al deseo de felicidad que nos hace personas. Y sin ponerse de acuerdo, sin discutir entre ellos, sin urdir ninguna conspiración contra sus jefes, regresaron sin haberlo detenido. Porque uno no puede detener a la felicidad y a la belleza, y ellos la habían encontrado en Él.

Emergencia sanitaria: La sonrisa

Decía M. Teresa de Calcuta que “la sonrisa es el inicio de la paz”. No estamos hechos para el aislamiento, para la incomunicación, y menos todavía para la guerra, para el cruce de acusaciones de unos contra otros, para la desconfianza recíproca y el reproche mutuo. Estamos hechos para la paz, para la convivencia armoniosa, para el reconocimiento y el amor mutuo, dentro de nuestras múltiples diferencias y sensibilidades. La sonrisa proclama que uno comprende esa diversidad y consiente en ella, que no se crispa, que no condena, y que quiere compartir el mundo y la vida con el otro. Hagamos el esfuerzo de sonreír. Aunque sea con mascarilla. Como una promesa de paz.

Viernes de la IV Semana de Cuaresma

27 de marzo de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Lo condenaremos a muerte ignominiosa (Sab 2, 1a. 12-22)
  • El Señor está cerca de los atribulados (Sal 33)
  • Intentaban agarrarlo, pero todavía no había llegado su hora (Jn 7, 1-2. 25-30)
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El justo y los impíos (Sb 2, 1ª. 12-22)

El justo, es decir, el creyente, el hombre que intenta vivir según Dios, según indica su santa Ley, posee por ello mismo un “sello” (cf. 2Co 1, 22) que lo hace distinto a los demás. Y los impíos, es decir, aquellos que prescinden de la ley de Dios y que viven como si Dios no existiera, no pueden soportar la diferencia que el sello de la gracia le da al creyente. Esa diferencia les da grima y quieren demostrar, haciéndole la vida difícil y dura, que el creyente es un hombre como todos los demás y que su fe y su justicia son sólo una apariencia. Creen que Dios –que según ellos no existe- debería ser una garantía de éxito mundano, ignorando que Cristo no nos ha prometido el triunfo en esta vida, en la historia, sino un lugar en su reino.

El enviado del Verdadero (Jn 7, 1-2. 10. 25-30)

Jesús se reivindica a sí mismo como enviado. Él no pretende estar haciendo una obra suya, estar realizando una iniciativa propia, sino la obra y la iniciativa de otro, al que él llama el Verdadero. “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37) dirá el Señor a Pilatos el viernes santo. Dios es la Verdad y Cristo, que dijo de sí mismo “yo soy la Verdad” (Jn 14, 6), ha venido a este mundo para manifestarla en toda su hondura y en todo su esplendor: “para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo” (2Co 4, 6).

Emergencia sanitaria: Virus biológico y virus espiritual

Con el virus biológico que nos aflige se puede infiltrar otro virus de naturaleza espiritual: el de la desconfianza hacia el prójimo y el juicio duro y contundente contra él. Pues parece que el otro sea, ante todo, un peligro, en vez de ser ante todo una gracia, un don, una posibilidad de comunión. En estos días en que apenas encontramos otras personas y, cuando esto ocurre, nuestra principal preocupación es guardar la distancia de seguridad en relación a ellas, que la cautela sanitaria no conlleve negatividad hacia el otro. Porque no hemos sido creados para la separación sino para el encuentro, y la distancia de ahora es una propedéutica necesaria para el abrazo posterior.

Jueves de la IV Semana de Cuaresma

26 de marzo de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo (Éx 32, 7-14)
  • Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo (Sal 105)
  • Hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza (Jn 5, 31-47)
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La humildad de Moisés y la fidelidad de Dios (Ex 32, 7-14)

“De ti haré un gran pueblo” le dice Dios a Moisés al contemplar la infidelidad de Israel. Hace falta mucha humildad para rechazar la propuesta divina y asumir ante Dios la defensa de un pueblo infiel e idólatra. Y esa humildad la tiene Moisés, que considera que él no es mejor que sus padres –que Abrahán, Isaac y Jacob- y que apela a la memoria de ellos, a quienes prometió el Señor una gran descendencia y la posesión de la tierra de Canaán. Y Dios es sensible a esa promesa, porque es fiel a la historia de amistad con los hombres que inició con Abraham (cf. Is 41, 8). “Entonces se arrepintió el Señor de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo”.

La mundanidad y la fe (Jn 5, 31-47)

En su disputa con algunos judíos, el Señor Jesús les da cuatro razones para que puedan creer en él: el testimonio de Juan Bautista, las obras que él mismo realiza, el testimonio del Padre del cielo y el testimonio de las Escrituras. Pero el Señor sabe que no es cuestión de falta de testimonios y razones para creer, sino que la raíz de la incredulidad se encuentra en la búsqueda de la gloria que dan los hombres, en vez de buscar la gloria que da Dios. “¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios?”. Buscar la gloria que dan los hombres, es vivir en la mundanidad. Y la mundanidad, con la inevitable frivolidad que conlleva, hace imposible la fe en Dios.

Emergencia sanitaria: Aprender algo

“El acontecimiento será nuestro maestro interior” (E. Mounier). El acontecimiento es aquello que sucede sin que nosotros lo hayamos previsto, sin que podamos afirmar que “tenía que ser”, porque no responde a ninguna necesidad percibida por la razón. Los acontecimientos aparecen a nuestros ojos como una facticidad ciega que se nos impone, y suscitan en nosotros muchas preguntas -¿por qué?, ¿cómo ha sido posible?, ¿qué sentido tiene esto? etc.- que la mayoría de las veces no sabemos responder. Sin embargo los acontecimientos son siempre portadores de un mensaje que hay que saber descifrar, tal como dijo el Señor: “¿Conque sabéis discernir el aspecto del cielo y no podéis discernir las señales de los tiempos?” (Mt 16, 3). Danos, Señor, tu Espíritu, para que, a través de este acontecimiento que nos está tocando vivir, aprendamos algo.

Todo será juzgado por el fuego


La muerte

La existencia del hombre en la tierra termina con la muerte, que nunca dejaremos de experimentar como algo absolutamente perturbador y desconcertante. Pues la muerte quiebra la vida del hombre sin que éste haya podido completarla o redondearla, en un sentido terrenal, y esa quiebra confiere una impresión de inutilidad a toda su existencia. De modo que siempre, en un cierto sentido, tenemos la impresión de que el difunto ha sido llamado “demasiado pronto”.

Si reflexionamos atentamente descubriremos que de nada hubiera servido prolongar la vida del difunto unos cuantos años más, sino que más bien cuando se llega al final de la vida, sea cuando sea, queda meridianamente claro que en la vida nada podía ser “resuelto”, que nada podía reavivarse ni nada podía vivirse o experimentarse hasta el final, hasta el auténtico centro del acontecimiento, del encuentro, de la experiencia, sino que todo se vivía con una cierta superficialidad, con una especie de diletantismo, con una esperanza siempre ajetreada que aplaza las cosas para más tarde, de una forma piadosa o quizá también sumamente impía. 

El animal muere “consumado”, mientras que el hombre no; ningún punto de vista intra-cósmico puede coser el desgarrón que aquí se produce. El hombre en cuanto naturaleza –es decir: individuo de una especie que permanece- muere regresando al cosmos; sin embargo, en cuanto persona, muere echándose en manos de Dios, más allá de la naturaleza.

Anunciación del Señor

25 de marzo de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Mirad: la virgen está encinta (Is 7, 10-14; 8, 10b)
  • Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad (Sal 39)
  • Así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí: para hacer, ¡oh, Dios!, tu voluntad (Heb 10, 4-10)
  • Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo (Lc 1, 26-38)
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El evangelio de hoy nos sitúa en ese momento único de la historia de la humanidad en el que Dios va a realizar el gesto impensable y desconcertante de hacerse uno de nosotros, de entrar en el mundo de sus criaturas como un hombre más, “nacido de una mujer” (Ga 4, 4), para participar así de nuestra carne y sangre “y aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaba de por vida sometidos a esclavitud” (Hb 2, 14-15). Y nos presenta el papel único e insustituible de la libertad humana en esta obra de salvación. Ese papel lo asume la virgen María.

Alégrate” le dice el ángel. Con este saludo le está diciendo que el acontecimiento que le va a anunciar y para el que se requiere su libre cooperación, es un acontecimiento de alegría, que todo lo que va a venir después, por turbador y desconcertante que pueda ser, debe ser siempre resuelto en la alegría. Sin embargo María no responde al momento con un gozo pleno. Queda conmovida, reflexiona, pregunta y pide una explicación ulterior. Sólo más tarde, en el encuentro con Isabel, manifestará la explosión de su gozo en su cántico de alabanza (Lc 1,46-55).

Llena de gracia”. El ángel no la llama por el nombre que le han dado sus padres (“Miriam”: “mar de mirra”), sino por este otro, que es como el nombre que le ha dado Dios. “Has encontrado gracia ante Dios”, le repite el ángel. Es como si Dios le cambiara el nombre, tal como hace a menudo con sus grandes colaboradores, con Abraham, con Simón a quien llamará Pedro. El nombre designa la realidad más profunda de una persona. La realidad más profunda de María es que Dios le ha dado de manera definitiva e irrevocable su gracia, su favor, su benevolencia, su complacencia; que es amada por Dios: “llena de gracia”.

El Señor está contigo”, se refiere a la ayuda de Dios, a una ayuda especial, personal, referida por completo a la misión que Dios le confía. Es la misma ayuda que recibieron los grandes llamados de la historia del pueblo de Israel: Jacob, Moisés, Josué, Gedeón y David. Todos ellos recibieron la ayuda especial de Dios para cumplir su misión. Dios no se limita a llamar, abandonando después a los llamados a su propia suerte, sino que los acompaña y los capacita para llevar a cabo su misión. María reacciona ante estas palabras desde un plano emocional (“se turbó”) y desde un plano racional (“se preguntaba”). Todo su ser, sentimiento y razón, se siente concernido y se va a implicar en su respuesta.

Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús”. María es llamada a ofrecer su capacidad natural de engendrar, que posee como mujer, para que el Hijo de Dios tenga una existencia humana y un desarrollo plenamente humano. Es llamada a la maternidad, que no es un acto puntual sino una vocación para siempre, una tarea que no termina nunca, como sabéis y decís muy bien todas las madres. Esta misión va a abarcar todo el ser, todo el tiempo y toda la vida de María.

¿Cómo será esto pues no conozco varón?”. Es decir: “Yo no sé cómo siendo virgen, basándome sólo sobre mí misma, voy a poder realizar esta misión”. María declara su propia insuficiencia para realizar la misión que Dios le confía. También Jeremías exclamó al recibir su vocación: “¡Ah, Señor mío, yo no sé hablar, porque todavía soy demasiado joven!” (Jr 1,6). Y el Señor le dijo: “No digas que eres demasiado joven: adondequiera que yo te envíe, irás y hablarás. No les tengas miedo: Yo estoy contigo para protegerte” (Jr 1,7-8). Ante la llamada de Dios uno se siente siempre inadecuado, insuficiente, incapaz de cumplir esa misión por sí mismo, con sus solas fuerzas.

El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra”. Lo que María no puede cumplir con sus solas fuerzas, tanto en el plano biológico como en el plano personal, existencial, Dios lo hará posible por la acción de su poder creador que es el Espíritu Santo. “A la sombra del Espíritu Santo” lo que no es posible desde uno mismo se hace posible y real por la acción de Dios. El Espíritu Santo hará posible que María engendre virginalmente y que toda su vida esté dedicada a Jesús de manera incondicional y total; al pie de la Cruz será el Espíritu Santo quien sostendrá a María para que no desfallezca.

Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Al designarse como “la esclava” del Señor, María está diciendo que ella no tiene ningún proyecto propio ante Dios, que ella está por completo al servicio del Señor, que ella es pura disponibilidad hacia Dios. Sólo los grandes llamados de la historia de la salvación (Moisés, Josué, David) son los que aparecen designados como “siervos” o “esclavos” del Señor. En toda la Sagrada Escritura, ninguna mujer, excepto María, es llamada “la esclava del Señor”.

La situación espiritual de la Virgen María es también nuestra propia situación. A cada uno de nosotros el Señor nos llama a poner nuestra vida al servicio de su designio de salvación, requiriendo para ello la entrega de todo nuestro ser y asegurándonos su asistencia, la presencia y la acción del Espíritu Santo sobre cada uno de nosotros, queriendo que toda nuestra vida se resuelva en la alegría. Que cada uno de nosotros, como María, le diga: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.

Martes de la IV Semana de Cuaresma

24 de marzo de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Vi agua que manaba del templo, y habrá vida allí donde llegue el torrente (Ez 47, 1-9. 12)
  • El Señor del universo está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob (Sal 45)
  • Al momento aquel hombre quedó sano (Jn 5, 1-16)
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El manantial inagotable (Ez 47, 1-9.12) 

La visión que tuvo el profeta Ezequiel es una profecía simbólica de Cristo en la cruz, de cuyo costado, atravesado por la lanza del soldado, brotó sangre y agua (Jn 19, 34) –el bautismo y la eucaristía- los sacramentos a través de los cuales Dios inunda el mundo con su misericordia. Y todo lo que sea alcanzado por este torrente de la misericordia, será saneado, curado, restablecido, vivificado. Incluso “el mar de la Sal”, es decir, incluso las situaciones en las que ya no hay posibilidad humana de vida, por el espesor de los pecados que el hombre ha cometido y que le que han conducido a un callejón sin salida. Incluso todo eso será redimido, porque la potencia de la misericordia de Cristo es superior a la fuerza del mal. Si un hombre sumerge su desesperación en el torrente de la misericordia divina, todo será rescatado. Hay esperanza para todos. 

El pecado y la enfermedad (Jn 5, 1-16) 

El mismo Señor que, en el evangelio del domingo pasado, dijo a sus discípulos que el hombre ciego de nacimiento no había pecado, como tampoco lo habían hecho sus padres (Jn 9, 3), desvinculando de ese modo la ceguera de ese hombre del pecado, hoy le dice al hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo, y al que acaba de curar, que no peque más “no sea que te ocurra algo peor”. Hay, pues, una misteriosa conexión entre el pecado y la enfermedad y el sufrimiento humano, aunque no es una conexión unívoca y, en consecuencia, nunca podamos afirmar con seguridad que el origen de una enfermedad sea siempre un pecado personal de quien la sufre. Dos grandes bienes le hizo el Señor a este hombre: curarlo de su enfermedad y revelarle que la fuente de todo mal es el pecado. 

Emergencia sanitaria: Los hermanos son un espejo 

En esta situación en que las familias están obligadas a convivir las veinticuatro horas del día, me viene a la mente lo que me dijo un monje benedictino: “los hermanos de comunidad son un espejo que Dios nos pone para que nos veamos a nosotros mismos”. Yo nunca me vería –me conocería- a mí mismo si no tuviera a mi lado ese hermano que me pone nervioso, que me parece impertinente o desconsiderado. Si no fuera por él, yo nunca descubriría el potencial de violencia y de voluntad de dominio que hay en mí. Dicen algunos que, como consecuencia de esta situación, se romperán muchos matrimonios. Pero la solución nunca es la ruptura sino el cambio del corazón: si aprendo a ser más humilde, paciente y generoso no romperé ningún vínculo, romperé mi corazón: “un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias, Señor” (Sal 50, 19).

Lunes de la IV Semana de Cuaresma

23 de marzo de 2020
(Ciclo A - Año par)







“Voy a crear” (Is 65, 17-21)

Este mundo en el que vivimos está tan marcado por las consecuencias del pecado que el llanto, la aflicción, la frustración, la muerte, forman parte de él de manera inexorable. Es tan profundo el mal, que no puede ser superado con un remedio parcial. Hace falta un nuevo inicio, un cambio total, la sustitución de este mundo por un mundo nuevo. Y ésta es la buena noticia que nos da el Señor: “voy a crear un nuevo cielo y una nueva tierra” en las que ya no habrá llanto ni gemido porque el mundo nuevo estará sellado por la alegría y el júbilo. Y en ellos la vida no tendrá fin: “habitaré en la casa del Señor por días sin término” (Sal 22, 6).

Creer la palabra de Jesús (Jn 4, 43-54)

“Todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis” (Mc 11, 24). Esta palabra del Señor se cumplió al pie de la letra en el funcionario real que suplicó a Jesús por la vida de su hijo. Porque cuando uno busca a un médico, espera que éste visite al paciente, que lo reconozca y que le ponga un tratamiento. Pero nadie cree que el mejor médico pueda curar a distancia, con sólo su palabra, diciendo: “Anda, tu hijo vive”. Eso supera la capacidad de todo médico y remite al poder de Dios, que habla y, al hablar, crea los seres, tan sólo con su palabra, como se ve en el relato de la creación (Gn 1, 1-27). Al creer en la palabra de Jesús y no insistir más en su petición, este hombre traspasó el umbral de la vida corporal y entró en el ámbito de la vida eterna. “Y creyó él con toda su familia”.

Emergencia sanitaria: La libertad y la autorrestricción

Crecidos en la falsa cultura que dice que el hombre sólo tiene derechos y que el Estado existe para satisfacerlos sin dilación, las circunstancias actuales nos han recordado el papel indispensable de la libertad de cada uno de nosotros, para superar airosamente esta situación. Y me han venido a la mente las palabras de A. Solzhenitsyn: “Tras el ideal occidental de la libertad sin límites, tras el concepto marxista de la liberad como aceptación del yugo de la necesidad, he aquí la verdadera definición cristiana de libertad. ¡La libertad es autorrestricción! ¡Restricción del yo por el bien de los otros!”. Que el Señor nos la conceda.

IV Domingo de Cuaresma

22 de marzo de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • David es ungido rey de Israel (1 Sam 16, 1b. 6-7. 10-13a)
  • El Señor es mi pastor, nada me falta (Sal 22)
  • Levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará (Ef 5, 8-14)
  • Él fue, se lavó, y volvió con vista (Jn 9, 1-41)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

La historia del ciego de nacimiento es como una parábola del bautismo y de la vida cristiana que se inicia con él. Uno de los nombres del bautismo es, precisamente, iluminación, porque mediante él reconocemos que Cristo es la “luz del mundo” y nos dejamos iluminar por Él: “Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz” (2ª lectura).

La liturgia de la palabra de este domingo subraya la gratuidad del bautismo, la gratuidad del don de Dios. De la misma manera que el joven David no había hecho ningún mérito para que fuera elegido por Dios como rey de Israel, el ciego de nacimiento ni siquiera le pide a Jesús que lo cure, su papel es meramente receptivo: está ahí, en la oscuridad de su ceguera. Pero consiente que los dedos del Señor se posen sobre sus ojos con el barro que había hecho con su propia saliva: “Escupió para que advirtieras que el interior de Cristo es luz. Y ve realmente, quien es purificado por lo que procede del interior de Cristo”, escribe San Ambrosio. 

Así pues lo primero para ser cristiano es dejarse alcanzar por Cristo (y esto es lo que hacéis los padres cristianos cuando traéis a vuestros hijos recién nacidos a la Iglesia para que sean bautizados: se los presentáis y ofrecéis a Cristo, para que Él los ilumine). Y esto es, queridos hermanos, lo que hacemos cada vez que recibimos alguno de los sacramentos: nos dejamos alcanzar por Cristo, para que Él nos toque y realice en nosotros su acción salvadora.

Sábado de la III Semana de Cuaresma

21 de marzo de 2020
(Ciclo A - Año par)








Volver al Señor (Os 6, 1-6)

Dios no es un padre que malcría a sus hijos dándoles todos los caprichos que ellos desean, sino que los corrige para que crezcan, para que puedan llegar un día a estar cara a cara con Él, en la gloria del cielo (cf. Hb 12, 5-7). Por eso, al sentir la corrección del Señor, que como toda corrección resulta dolorosa, no hay que huir de Él, sino, al contrario, volver a Él, “porque él ha desgarrado y nos curará; él nos ha golpeado, y él nos vendará”. Y la mejor manera de volver a Él no consiste en hacer grandes sacrificios y mortificaciones sino tener misericordia con los demás. Pues quien es misericordioso “conoce” a Dios, es decir, tiene experiencia de Él. “Quiero misericordia y no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos”.

Mirar a los hombres o mirar a Dios (Lc 18, 9-14)

Todo depende de la dirección de la mirada. Si mi mirada se centra en los hombres, siempre encontraré motivos para considerar que soy mejor que muchos de ellos, pues mi corazón vanidoso ya se encargará de dirigir mi mirada hacia aquellos hombres al lado de los cuales yo pareceré un hombre justo y santo. Pero no hay que mirar a los hombres sino a Dios. Y entonces, ante la santidad del tres veces santo, descubriré mi miseria, mi mezquindad, mi egoísmo, la doblez de mi intención, mi impureza. Y para que podamos mirar a Dios, el Hijo de Dios se ha hecho hombre. Mirar a Cristo, mirar al crucificado-resucitado, es la opción correcta. Para poder verme a mí mismo.

Emergencia sanitaria: Desolación y consuelo

En este tiempo de desolación por no poder celebrar la Eucaristía de manera pública, entro en mi parroquia, más vacía y silenciosa que nunca, y la encuentro iluminada, con las imágenes de san José y de santa Teresita, con el mosaico de san León Magno y de la Virgen María, con la cruz griega que la preside y, ¡oh maravilla!, en el altar, elevado sobre un pequeño tabor, dentro de la custodia, Cristo Jesús, el Viviente, el Resucitado, reinando y hablando al corazón desde ese humilde pedestal. Y comprendo que Él es la columna de fuego que guiaba al pueblo de Israel por la noche en el desierto (Ex 13, 21), y la roca de la que brotó agua para saciar su sed (Ex 17, 1-7), -“y la roca era Cristo”, escribe san Pablo (1Co 10, 4). Y parece que el Señor nos dice: “No temáis, yo estoy en medio de vosotros, yo camino con vosotros y mi amor, que ha vencido a la muerte, es más poderoso que todos los virus y que todas las fuerzas del mal”.