Martes de la II Semana de Pascua

21 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)







Expropiados y entregados (He 4, 32-37)

Al contemplar el retrato de la primera comunidad cristiana de Jerusalén debemos tener muy claro que no estamos ante una cooperativa o una comuna, sino ante un grupo de hombres y de mujeres que han sido expropiados por el amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, al que ellos, libre y voluntariamente, se han entregado. No llaman a nada propio suyo porque se lo han dado todo a Cristo, y todo lo suyo –“todo mi haber y mi poseer” (San Ignacio de Loyola)- ya es de Otro, ya es de Dios. Y toda su energía está dedicada a testimoniar la resurrección del Señor Jesús “con mucho valor”. En Cristo Jesús el amor de Dios se ha mostrado más fuerte que todas las fuerzas del mal. Y ellos están completamente entregados a este acontecimiento. Y nosotros también.

Como el viento (Jn 3, 7b-15)

Las cosas terrenas son todas bastante previsibles, precisamente porque son terrenas, es decir, porque se ajustan a unos patrones, a unas formas, a unos criterios, que todos conocemos y que son los que caracterizan el acontecer de este mundo. En cambio las cosas celestiales nos desconciertan porque no son previsibles ya que ninguno de nosotros ha estado en el cielo; solo el que “bajó del cielo” –es decir, Cristo- las conoce. Y el sello de todas las cosas celestiales es la libertad, que solo alcanza su plenitud precisamente en el cielo. Y la libertad, cristianamente hablando, nos remite al Espíritu Santo porque libre es “todo el que ha nacido del Espíritu”. “Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2Co 3, 17).

Emergencia sanitaria: Un abrazo y no una asepsia

Decía el fundador del monasterio ecuménico de Taizé, en Francia, que el gesto más profundamente cristiano era el abrazo: esa especie de entrar el uno en el otro –sin que el uno absorba al otro- y constituir una unidad nueva. El abrazo es un signo de la comunión que el Espíritu Santo crea entre nosotros haciéndonos miembros de un mismo cuerpo, el cuerpo de Cristo, sin diluirnos en él. Es como un símbolo del cristianismo, de la vida nueva que Cristo nos ha traído. En estos días en que parece que el otro es antes que nada una posible ocasión de contagio, y los hombres nos evitamos y nos distanciamos, no olvidemos, por favor, que lo de ahora es una anomalía, que estamos hechos para el abrazo.

Lunes de la II Semana de Pascua

20 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Al terminar la oración, los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios (Hch 4, 23-31)
  • Dichosos los que se refugian en ti, Señor (Sal 2)
  • El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios (Jn 3, 1-8)
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Con toda valentía (He 4, 23-31)

Ante las amenazas de los sumos sacerdotes y de los ancianos, Pedro y Juan, junto con la comunidad cristiana de Jerusalén, oran suplicando al Señor que les conceda predicar su palabra con toda valentía, es decir, desde el convencimiento de que esa palabra expresa los proyectos del corazón de Dios, que son para siempre, que duran “de edad en edad” (Sal 32, 11), y que es portadora de la fuerza de Dios para salvar el mundo. Por eso le piden que la avale con “curaciones, signos y prodigios”. Y el Señor responde a su plegaria haciendo temblar el lugar donde estaban reunidos –Dios es “el Gran Rey de toda la tierra” (Sal 46, 3)- y llenándolos a todos del Espíritu Santo. Entonces predican con toda valentía. Veni Sancte Spiritus.


Nacer de nuevo (Jn 3, 1-8)


La novedad que Cristo nos ha traído –el reino de Dios- es tan diferente y distante de todo cuanto vivimos en este mundo, que nuestros órganos de conocimiento no la pueden ver, como afirma san Pablo: “lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, los que Dios preparó para los que le aman” (1Co 2, 9). Por eso para verla hace falta “nacer de nuevo”, es decir, ser introducidos en una nueva dimensión, en una realidad distinta de nuestra vida biológica, porque “lo que nace de la carne es carne”. Ese nuevo nacimiento es “de agua y de Espíritu”, es el bautismo, por el que empezamos a participar de la vida misma de Dios, se despiertan en nosotros los sentidos espirituales –una nueva visión, un nuevo olfato, un nuevo gusto etc.- y accedemos a una nueva libertad en la que somos conducidos por el Espíritu Santo.


Emergencia sanitaria: La visitación de la Virgen María a su prima Isabel


Al rezar el segundo misterio gozoso del santo rosario, caigo en la cuenta de que ahora no podemos hacernos visitas, de que una cosa tan profundamente humana como es visitar a otro o recibir la visita de otro, ahora nos está vedada. Y comprendo que toda visita es una gracia, es un regalo, es un don, y que tenemos que aprender a vivirla como tal. “Visitar a los enfermos” es una de las obras de misericordia corporales, que ahora resulta complicado realizar. Y le pido al Señor que, comprendiendo todo esto, cuando esta situación pase, no trivialicemos nuestras visitas -ni las que hacemos ni las que recibimos- y que el Espíritu Santo esté siempre presente en ellas, como estuvo en la de María e Isabel. De ese modo sabremos intuir el misterio de quien nos visita, como hizo Isabel, y proclamar la grandeza del Señor, como hizo María.

II Domingo de Pascua

19 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común (Hch 2, 42-47)
  • Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia (Sal 117)
  • Mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva (1 Pe 1, 3-9)
  • A los ocho días llegó Jesús (Jn 20, 19-31)
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En el momento histórico que refleja el evangelio de hoy, los discípulos son, queridos hermanos, una ínfima minoría social. Y lo primero que el Señor les enseña es que Él está en medio de ellos, que en su insignificancia, en su aislamiento social provocado por el miedo (puertas cerradas), Él está con ellos y que les hace partícipes de su misma misión (“como el Padre me ha enviado así os envío yo”), de su misma vida, de su propio aliento (por eso sopla sobre ellos) y de su propio poder para perdonar pecados. Con todo esto el Señor les está diciendo a ellos –y nos lo dice ahora a nosotros: sois mi prolongación, mi presencia en medio de los hombres, a lo largo de la historia humana hasta que yo vuelva. 

Por tres veces en este evangelio el Señor repite: “¡Paz a vosotros!”. El don de la paz es el don por excelencia del Resucitado, es el don que refleja y expresa la vida nueva que Él nos ha alcanzado con su muerte y resurrección y que nos da en el bautismo y en la Eucaristía. Pero este don está unido a las llagas: “Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado”. La paz que Cristo resucitado nos da no es el producto de ninguna técnica psicológica, sino que nace de un abismo de dolor que ha sido sumergido en un abismo más grande de amor, en el que todo ha sido perdonado. Quien no ha sido ofendido y ha perdonado de corazón, no puede acceder al don de la paz que Cristo resucitado nos da. La paz de Cristo resucitado es el distintivo propio de un ser que ha renunciado por completo al ego, de un hombre que posee un yo desindividualizado, es decir, que ya no reivindica nada para sí, para su propia particularidad, sino que vive totalmente volcado en la comunión, de tal manera que su vida es sólo “lugar de comunión”, “espacio de reconciliación”. 

Sábado de la Octava de Pascua

18 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)







“Lo que hemos visto y oído” (He 4, 13-21)

La curación del tullido de la puerta Hermosa del Templo de Jerusalén, con el posterior discurso de Pedro, provocó la adhesión a la fe de unos cinco mil hombres (He 4, 4). Eso hizo que el Sanedrín se inquietara y recurriera a las amenazas para prohibir severamente a los apóstoles “predicar y enseñar en el nombre de Jesús”. Pedro y Juan respondieron diciendo que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres y que ellos no podían dejar de contar “lo que hemos visto y oído”. Y es que se trata ante todo de eso, de unos hechos, de un acontecimiento llamado Jesús de Nazaret, en quien la fuerza de Dios ha irrumpido e irrumpe en la historia de los hombres generando una humanidad nueva. Ser cristiano es adherir a esos hechos, a ese acontecimiento, a esa Persona, antes que adherir a una doctrina. 

“Primero a María Magdalena” (Mc 16, 9-15)

Siete es el número que en la Biblia significa el infinito, una multitud incontable, una plenitud, un exceso. Y siete habían sido los demonios que Cristo había expulsado de María Magdalena. Así como el médico siente un cariño especial por el enfermo que estaba desahuciado y ha conseguido sanar, así el Señor siente una ternura especial por aquella mujer que estaba prisionera de los demonios –de muchos demonios- y que, por el encuentro con Él, había sido liberada. Y para confirmarle que su liberación no corre peligro, que no ha sido temporal ni pasajera sino definitiva, se le aparece a ella la primera, para que vea que su liberador ha vencido incluso al poder de la muerte. La miseria del hombre provoca la misericordia de Dios, y la superación de esa miseria es la alegría del Resucitado.

Uno de los mayores sacrificios

No es lo mismo un retrato –literario, pictórico, fotográfico, etc.- de un ser amado, que la presencia misma, real, del ser amado. El Señor Jesús nos ha dejado distintas formas de presencia suya en medio de nosotros: sus palabras, su presencia en el prójimo -sobre todo en cuanto pobre y necesitado-, su presencia en los sacramentos como gestos suyos hacia nosotros para nuestra salvación. Pero se ha quedado Él mismo en persona, en medio de nosotros, con su cuerpo y con su alma, con su humanidad y su divinidad, en su presencia eucarística, dando un sorprendente contenido a sus palabras: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Yo estoy. Y ahí está, en el sagrario. En todos nuestros templos se podría poner un cartel que dijera lo que Marta le dijo a María: “El Maestro está ahí y te llama” (Jn 11, 28). No poder acceder con plena libertad a esta forma –la más completa- de su presencia es uno de los mayores sacrificios que nos impone esta situación.

Viernes de la Octava de Pascua

17 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • No hay salvación en ningún otro (Hch 4, 1-12)
  • La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular (Sal 117)
  • Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado (Jn 21, 1-14)
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El cristianismo no es un humanismo (He 4, 1-12)

Buda, Confucio, Lao Tse, los que escribieron los Veda y tantos y tantos otros han sido grandes hombres espirituales en la historia de la humanidad, hombres llenos de sabiduría espiritual, cuyas enseñanzas ayudan a desarrollar la propia humanidad, encaminándola hacia su plenitud humana, plenitud siempre tan lejana, que fácilmente el hombre la llama salvación. Pero cuando Pedro habla de salvación no está pensando en era plenitud, sino en algo distinto, en la resurrección de los muertos, cosas que ninguno de los grandes hombres citados ha concebido jamás. El cristianismo no es un humanismo, un camino de perfección de lo humano, sino la acogida de un don divino que viene de más allá del hombre y de cuanto el hombre pueda imaginar, como un regalo del cielo que se nos da en Cristo y solo en Él: “bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos”.

Simón Pedro estaba desnudo (Jn 21, 1-14)

Simón y sus compañeros habían salido a pescar porque pensaban que con la muerte de Cristo todo había terminado y que, en consecuencia, convenía volver a lo que sabían hacer antes de conocer a Jesús, a lo que siempre habían hecho antes de encontrarse con Él. Estaban actuando como si Cristo no hubiera resucitado. Y cuando el hombre vive como si Cristo no hubiera vencido a la muerte, el hombre queda desnudo de su dignidad más alta, que es la de llevar el sello de Dios, la de poseer la esperanza de la gloria (Col 1, 27), la de saberse hijo de Dios (Rm 8, 16) y coheredero de Cristo (Rm 8, 17) por pura gracia. Entonces lo único que puede hacer es gestionar, del mejor modo que pueda y sepa, su relación con el mundo y con los demás, en el caso de Pedro y de sus amigos, pescando. Pero cuando suena la buena noticia –“es el Señor”- entonces Pedro recupera su túnica, es decir, recupera su dignidad más alta, su esperanza y se echa al agua. Podemos echarnos al agua si sabemos que en la orilla nos espera el Señor.

Ellos nos llevan a nosotros

En estos días en que no podemos reunirnos en el templo para celebrar los sagrados misterios, en que no podemos hacer procesiones, ni organizar peregrinaciones, ni recibir los sacramentos con normalidad. En estos días en que es difícil encontrar un sacerdote para confesarse y acceder al templo es una aventura arriesgada, pienso en los cristianos perseguidos durante largos años, que han tenido y tienen que vivir su fe con unas restricciones como las que ahora padecemos nosotros y en unas condiciones mucho más duras que incluyen la cárcel o los trabajos forzados, cuando no la tortura y las vejaciones de todo tipo. Y me doy cuenta de que somos unos privilegiados, tal vez porque nuestra flojera espiritual es tan grande que no podríamos ser fieles en unas condiciones tan duras como las de ellos. Y pienso que son ellos quienes nos llevan a nosotros, prolongando el misterio de la pasión de Cristo: “Eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba” (Is 53, 4)

Jueves de la Octava de Pascua

16 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos (Hch 3, 11-26)
  • ¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra! (Sal 8)
  • Así está escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día (Lc 24, 35-48)
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“Por la fe en su nombre” (He 3, 11-26)

Pedro y Juan acaban de devolver la salud a un paralítico y su principal preocupación es que no crean los israelitas, testigos de este milagro, que ha sido “con nuestro propio poder o virtud” como lo ha curado. Porque el cristiano no es un iniciado que ha alcanzado unos determinados poderes para manejar las energías del cosmos en un determinado sentido. El cristiano es un pobre hombre que ha tenido la suerte –ha recibido la gracia- de encontrarse con Jesucristo, que es el Hijo de Dios hecho hombre, que es, por tanto, quien posee “el Nombre sobre todo nombre (Flp 2, 9). Ha sido por la invocación del nombre de Jesús, como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob le ha “restituido completamente la salud a la vista de todos vosotros”. “No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria” (Sal 113B, 1).

La corporalidad recuperada (Lc 24, 35-48)

Los paganos cultos de la Antigüedad se burlaban de los cristianos diciendo de ellos que eran unos insensatos que creían que lo que “se come el sepulcro” –“sarcófago” significa, literalmente, “comedor de carne”- vuelve a la vida, que la carne resucita. El Señor, que conocía por adelantado los razonamientos de los intelectuales de la Antigüedad pagana, se adelantó y subrayó a los discípulos la realidad de su carne, de su corporalidad recuperada, la misma corporalidad con la que él subió a la cruz; y por eso “les mostró las manos y los pies”, con las heridas de los clavos, para que disipar cualquier duda. “Palpadme”: nunca la novedad de Dios ha sido expresada de una manera tan carnal, reclamando al sentido del tacto para verificar que lo imposible se ha hecho realidad: Cristo ha resucitado.

“Solo Dios basta”

Ahora que no podemos salir a pasear o a hacer deporte, que no podemos cenar con nuestros amigos, ni abrazar a los que amamos; ahora que no podemos coger el coche e irnos a dar una vuelta, ni podemos pensar en organizar un buen fin de semana o unas mini- vacaciones o un viaje. Ahora que nuestra vida, tan acostumbrada a poderse conceder pequeñas satisfacciones más allá de lo imprescindible, empieza a parecerse a la tarea de subsistir en una ciudadela –nuestra casa- rodeada por un enemigo invisible, ahora tenemos una ocasión maravillosa para hacer ver que, aunque se nos prive de casi todo lo que nos gusta y da color y sabor a nuestra vida, podemos permanecer tranquilos, con paz y alegría, con esperanza y buen humor, porque no nos han arrebatado lo más importante: Dios. Si permanecemos así ilustraremos la verdad que santa Teresa subrayó con tanta fuerza al escribir que “solo Dios basta”.

Miércoles de la Octava de Pascua

15 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)







La gran riqueza y la gran pobreza (He 3, 1-10)

La gran riqueza del cristiano es Cristo, su persona, su presencia, su acción, su Espíritu. Y quizá esto se percibe mucho mejor cuando el cristiano –la Iglesia- puede decir con toda verdad lo que dijo Pedro: “no tengo plata ni oro”. La pobreza del cristiano y de la Iglesia, su carencia de grandes recursos y medios, hacen que solo le quede el “cara a cara” con el otro hombre, para poder decirle en primera persona, en directo, mirándole a los ojos: “te doy lo que tengo, que es Jesucristo; si le das tu corazón a Él, podrás levantarte y caminar de manera nueva”. El cristianismo empezó así: sin templos, sin arte cristiano, sin colegios, sin universidades, sin bibliotecas, sin hospitales, sin comedores sociales. Pero con Cristo en el corazón y en los labios. Y un brillo especial en la mirada.

“Nosotros esperábamos” (Lc 24, 13-35)

Hay muchas maneras de hablar de lo que sucede. Hay una manera lúcida, realista, descarnada, que puede narrar los hechos con fidelidad pero dejando el corazón sin esperanza. “Nosotros esperábamos” le dicen los caminantes a Jesús; se entiende: “pero ahora ya no tenemos esperanza”. Sin embargo, lo que parece lucidez es, en realidad, superficialidad, mero atenerse a los hechos pero sin penetrar en su significado. Porque hay un plan de Dios, un diseño salvífico que llena de significado salvador unos acontecimientos trágicos. Es lo que Cristo resucitado les explica y, a medida que escuchan, su corazón empieza a arder: vuelve la esperanza. No están abandonados, Dios no ha olvidado sus promesas sino que las ha realizado de una manera desconcertante para ellos. El hablar de Cristo suscita la esperanza. Enséñanos, Señor, a hablar así. Porque hay esperanza para todos.

Veni Sancte Spiritus 

Es propio de la cabeza representar a todo el cuerpo, de tal manera que donde está la cabeza está también presente todo el cuerpo. Cuando el párroco celebra la Eucaristía él solo en el templo, en su persona se hace presente toda la parroquia, con todo el dolor de verse privada de la Eucaristía y con todo el deseo ardiente de ella. También, quizás, toda la indiferencia de quienes no la echan de menos, e incluso con toda la agresividad de quienes odian a la Iglesia. Y todo ello queda recogido en el pan y el vino que el sacerdote ofrece bendiciendo a Dios con el deseo, hecho plegaria, de que el Espíritu Santo que descenderá sobre ellos y los convertirá en el cuerpo y la sangre de Cristo, transfigure también nuestras vidas, afianzando en nosotros el hambre de Cristo, “pan bajado del cielo” (Jn 6, 58), cambiando la indiferencia en deseo y el odio en amor. Veni Sancte Spiritus. 

Contra la arrogancia


“Preserva a tu siervo de la arrogancia, para que no me domine: así quedaré libre e inocente del gran pecado” (Sal 18, 14)

Martes de la Octava de Pascua

14 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús (Hch 2, 36-41)
  • La misericordia del Señor llena la tierra (Sal 32)
  • He visto al Señor y ha dicho esto (Jn 20, 11-18)
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“Al oír esto se les traspasó el corazón” (He 2, 36-41)

Lo que hizo que se les traspasara el corazón fue comprender de momento la increíble ceguera en la que habían estado y actuado gritando “¡crucifícale!”, pidiendo a Pilatos la muerte de Jesús. La percepción de la disonancia tan profunda entre su actuar humano y la voluntad de Dios, hace que su corazón se quiebre y que, con toda humildad, pregunten a Pedro y a los demás apóstoles lo que tienen que hacer. Y entonces empieza para ellos una vida nueva, un nuevo inicio. Porque todo empieza con el corazón traspasado. Si el corazón no está traspasado por la conciencia de la tremenda inadecuación que hay entre mis pensamientos y los de Dios, entonces no hay conversión y no puede haber bautismo con el perdón de los pecados y el don de una vida nueva. Pero cuando el corazón se quiebra ante Dios, entonces todo es posible. “Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias, Señor” (Sal 50, 19).

“Mujer, ¿por qué lloras?” (Jn 20, 11-18)

Tanto los ángeles como el mismo Señor preguntan a María Magdalena por el motivo de su llanto, que no es otro que la ausencia del cuerpo del amado de su corazón; porque todo lo que tenga que ver con Él, es precioso para María. Ella no puede resignarse a que desaparezca algo suyo –y menos todavía su cuerpo- como si fuera algo que no tiene importancia: “dime donde lo has puesto y yo lo recogeré”. Y entonces Él pronunció su nombre –“¡María!”- y ella comprendió enseguida que era Él, porque nadie jamás había pronunciado su nombre con tanta pureza, con ese desprendimiento total de quien no quiere nada de ella, salvo que ella sea. Que eso es el Amor.

Emergencia sanitaria: Veni Creator Spiritus

Se está abordando esta crisis sanitaria con una mirada puramente horizontal, con la preocupación por la salud y por la vida entendida de manera puramente biológica. Pero el hombre es más que un ser vivo, y la salud del hombre no es la de un primate más; requiere cosas que no están en el mercado: la Verdad, la Bondad, la Belleza, la relación con el Misterio, la Transcendencia. De lo contrario no hay hombre, sino un producto un poco más sofisticado de la evolución, el mono desnudo. Cuando Dios creó al hombre le dio algo de su “aliento” (Gn 2, 7). Ese aliento es el Espíritu Santo y sin Él no hay ser, no hay curación, no hay hombre. Veni Creator Spiritus.

Lunes de la Octava de Pascua

13 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros, somos testigos (Hch 2, 14. 22-33)
  • Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti (Sal 15)
  • Comunicad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán (Mt 28, 8-15)
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Historia humana y acción divina (He 2, 14. 22-33)

San Pedro no endulza la realidad de lo sucedido sino que la proclama con toda su crudeza: “lo matasteis clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos”. Sin la verdad no se puede construir nada sólido. Solo que a la obra humana añade la acción divina: “Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte”. Y este es el gran bien que Cristo nos ha traído: unir la historia humana, llena de violencia y de injusticia, a la acción divina, toda ella llena de perdón y misericordia y portadora de una vida nueva por la efusión del Espíritu Santo. A la cruda verdad de la iniquidad de los hombres se añade la misericordia restauradora de Dios. Y de la unión de ambas surge una realidad nueva, por la acción del Espíritu Santo. “Esto es lo que estáis viendo y oyendo”.

El relato del poder y la alegría de la verdad (Mt 28, 8-15)

El poder, en este caso religioso y militar, no quiere reconocer lo que ha sucedido, el acontecimiento, la verdad y se dedica a construir un relato que desacredite a la realidad, que niegue la resurrección de Jesucristo. El relato es coherente y sirve para negar la novedad de la resurrección y para desacreditar a los discípulos, dejándolos como tramposos y mentirosos. Pero la verdad es que Cristo ha resucitado y que se le puede ver y tocar, que uno se puede postrar a sus pies y abrazarlos, y que eso llena el corazón de alegría y libera del temor. “Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”. En Galilea empezó todo y Cristo resucitado los convoca en Galilea para un nuevo y definitivo inicio. El que nace de la certeza de su resurrección.

Emergencia Sanitaria: El infectado es un hermano

Me contaba María, misionera en un país de África, que, cuando estalló la epidemia del SIDA, la reacción de la mayoría de la gente era apartarse de los enfermos, por miedo al contagio, abandonándolos a su suerte. Ella se acercaba a ellos y lo primero que hacía era darles un beso. Después hablaba, rezaba y ayudaba como podía. Pero lo primero era reconocer que ese enfermo es un hermano que debe ser amado. En África ese gesto era como una insensatez inmensa y una gran locura; pero a través de él se hacía presente un amor que no es de este mundo, que no viene del Ministerio de Sanidad, sino del cielo: el Amor de Cristo resucitado, el Amor que ha vencido a la muerte. (N. B.- Mi amiga María sigue evangelizando en África).

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

12 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos (Hch 10, 34a. 37-43)
  • Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo (Sal 117)
  • Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo (Col 3, 1-4)
  • Él había de resucitar de entre los muertos (Jn 20, 1-9)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

“Ya sé que buscáis a Jesús el crucificado”. En esta palabra -“el crucificado”- se expresa todo el drama de la pasión y muerte del Señor. Jesús fue entregado en manos de los hombres y la obra de los hombres con él fue infamia, deshonor, violencia y destrucción. Fue también cinismo: “A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?” (Mt 27,42-43). La muerte de Jesús parece dar razón a sus adversarios. Y las mujeres muestran un valor muy grande porque se dirigen al sepulcro de un hombre que ha muerto en la ignominia y el desprecio. En realidad lo que muestran, por encima de todo, es su gran amor por Jesús.

En el terremoto y la venida del ángel ellas experimentan la intervención poderosa de Dios que les comunica la gran noticia: que Cristo ha resucitado, es decir que Dios está a favor de Jesús, que Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios, que su puesto está junto a Dios, que Dios lo ha acogido en su vida eterna e inmortal y que, al hacerlo, Dios ha dicho su última palabra y esa palabra definitiva proclama que Jesús tenía razón en todas sus pretensiones y que ellas, y todos los que han creído en Él, no se han equivocado. Asimismo ellas reciben el encargo de comunicar a los discípulos este acontecimiento y de decirles que vayan a Galilea para encontrar allí al Señor. 

Las mujeres, al recibir este encargo, se convierten en “apóstoles de los apóstoles”, en encargadas de anunciar a los apóstoles lo que ellos tendrán que anunciar al mundo entero. Este privilegio tan insigne les es dado a ellas porque ellas, desde el principio, desde Galilea, habían seguido espontáneamente a Jesús, sin que Él las llamara: le habían visto y habían comprendido intuitivamente quién era Él y que el sentido de su vida tenía que ser servirle a Él y a los suyos. Muchas de ellas habían experimentado su poder salvador pues “habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades”, como María Magdalena de la que el Señor había expulsado siete demonios, y ahora le seguían y servían a Jesús y a sus discípulos con sus propios bienes (Lc 8,1-3; Mt 27,55-56). 

Sábado Santo

De una antigua homilía sobre el santo y grandioso sábado


¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde hace siglos. El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento a la región de los muertos.

En primer lugar, va a buscar a nuestro primer padre, como a la oveja perdida. Quiere visitar a los que yacen sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte; Dios y su Hijo van a liberar de los dolores de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está cautiva con él.

El Señor hace su entrada donde están ellos, llevando en sus manos el arma victoriosa de la cruz. Al verlo, Adán, nuestro primer padre, golpeándose el pecho de estupor, exclama, dirigiéndose a todos: “Mi Señor está con todos vosotros”. Y responde Cristo a Adán: “Y con tu espíritu”. Y, tomándolo de la mano, lo levanta, diciéndole: “Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo.

Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por todos estos que habían de nacer de ti; digo, ahora, y ordeno a todos los que estaban en cadenas: ‘Salid’, y a los que estaban en tinieblas: ‘Sed iluminados’, y a los que estaban adormilados: ‘Levantaos’.

Yo te lo mando: Despierta, tú que duermes; porque yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos. Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto. Levántate, obra de mis manos; levántate, mi efigie, tú que has sido creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí; porque tú en mí y yo en ti somos una sola cosa.

Por ti, yo, tu Dios, me he hecho hijo tuyo; por ti, siendo Señor, asumí tu misma apariencia de esclavo; por ti, yo, que estoy por encima de los cielos, vine a la tierra, y aún bajo tierra; por ti, hombre, vine a ser como hombre sin fuerzas, abandonado entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto paradisíaco, fui entregado a los judíos en un huerto y sepultado en un huerto.

Mira los salivazos de mi rostro, que recibí, por ti, para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que soporté para reformar a imagen mía tu aspecto deteriorado. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la cruz, por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido.

Me dormí en la cruz, y la lanza penetró en mi costado, por ti, de cuyo costado salió Eva, mientras dormías allá en el paraíso. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te sacará del sueño de la muerte. Mi lanza ha reprimido la espada de fuego que se alzaba contra ti.

Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial. Te prohibí comer del simbólico árbol de la vida; mas he aquí que yo, que soy la vida, estoy unido a ti. Puse a los ángeles a tu servicio, para que te guardaran; ahora hago que te adoren en calidad de Dios. 

Tienes preparado un trono de querubines, están dispuestos los mensajeros, construido el tálamo, preparado el banquete, adornados los eternos tabernáculos y mansiones, a tu disposición el tesoro de todos los bienes, y preparado desde toda la eternidad el reino de los cielos”.

R. ¡Se fue nuestro Pastor, la fuente de agua viva! A su paso el sol se oscureció. Hoy fue por él capturado el que tenía cautivo al primer hombre. * Hoy nuestro Salvador rompió las puertas y cerrojos de la muerte.

V. Demolió las prisiones del abismo y destrozó el poder del enemigo.

R. Hoy nuestro Salvador rompió las puertas y cerrojos de la muerte.

Viernes Santo

10 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Él fue traspasado por nuestras rebeliones (Is 52, 13 - 53, 12)
  • Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu (Sal 30)
  • Aprendió a obedecer; y se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación (Heb 4, 14-16; 5, 7-9)
  • Pasión de nuestro Señor Jesucristo (Jn 18, 1 - 19, 42)
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Todos hemos pecado. El relato de la pasión del Señor se preocupa de hacer ver que toda la humanidad ha sido cómplice y culpable de la muerte del Señor: los cristianos, los judíos y los paganos.

Los cristianos están representados, principalmente, por los doce apóstoles. Uno de ellos, Judas, fue quien lo traicionó, seguramente porque prefirió sus “ideas” sobre lo que había que hacer para arreglar la situación a la persona y la actitud de Jesús: cuando vio que Jesús no le servía para realizar el proyecto que él tenía, no tuvo ningún inconveniente en entregarlo a quienes querían matarlo. Otro, Pedro, se dejó llevar por el miedo; aunque amaba a Jesús, fue cobarde y negó conocerle para no verse implicado en el desastre que se avecinaba. Y todos, excepto Juan, se dispersarán atemorizados huyendo del fracaso que la cruz significaba.

Los judíos hicieron una opción increíble: prefirieron la vida de un salteador, encerrado por motín y asesinato, a la vida de Jesús. Hábilmente interrogados por Pilato pronunciaron una frase tremenda: “no tenemos más rey que el César”: el pueblo de Dios, el pueblo que no tenía otro rey distinto de Dios y de aquel a quien Dios ungiera, resulta que ahora declara que un pagano, opresor del pueblo de Israel, es su único rey.

Los paganos están representados en este drama por Pilato, que actúa con un aire de superioridad, de escepticismo e inteligencia calculadora, muy consciente de su poder de decisión. Para él su carrera política parece ser lo primero, porque, a pesar de estar convencido de la inocencia de Jesús, lo entregará cuando oiga a los judíos decirle: “si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César”.

Jesús afronta todo este cúmulo de adversidades con una serenidad y con un señorío impresionante, con una “majestad”, que resplandece en medio de los bofetones, de la flagelación, de la coronación de espinas y de la muerte en la cruz, así como en los interrogatorios a los que es sometido. Jesús es la víctima; pero la víctima aparece como si fuera el juez y el dueño de la situación en todo momento. Porque Jesús vive todo este drama como la ocasión para hacer resplandecer el honor del Padre, para poder mostrar que Dios es Amor; y para ello Él va a amar hasta el final, va a amar por encima de todo, va a amar gratuitamente, “porque sí”: amar al Padre, cumpliendo la misión que le ha encomendado y amar a los hombres por cuya salvación muere. Al final dirá “está cumplido” (que es como si dijera: “yo no cuento; lo importante es que he cumplido lo que mi Padre me había encomendado”). Y ante Pilato, Jesús, no tendrá miedo en declararse rey, aunque precisando que su reino no es de este mundo, y se permitirá recordar a Pilato los límites del poder del que tanto presume. No se comporta, pues, como un preso atemorizado ante el poder político, sino como alguien que habla de igual a igual a Pilato, sin temblar ante él. Es más bien Pilato quien, atemorizado, le preguntará a Jesús: “¿De dónde eres tú?”.

María y Juan representan en este drama a la Iglesia en su realidad más verdadera, que es la de Esposa fiel y enamorada de su único Esposo, que es Cristo, el Señor, que agoniza en la cruz. La Iglesia es la respuesta esponsal al amor esponsal de Cristo hacia los hombres. La Iglesia es el conjunto de hombres y de mujeres para los cuales lo más importante, lo más querido, es Cristo y, con tal de estar con Él, no tienen inconveniente en situarse al pie de la cruz -porque allí está Él-, aunque ese lugar no era precisamente en aquel momento el lugar política, cultural, social y hasta religiosamente correcto. Pero era el lugar de Jesús.

“Mi Reino no es de este mundo”, le dijo el Señor a Pilato. No somos cristianos para triunfar en este mundo. No se nos ha prometido la historia y el dominio sobre ella, se nos ha prometido el Reino de Dios, que no es de este mundo, aunque va germinando lentamente en él. Somos cristianos porque, como escribió Dostoievski, “no existe nada más bello, más profundo, más amable, más razonable, más viril y más perfecto, que Cristo”, porque Él ha ganado nuestro corazón. Y no nos interesa vencer en este mundo, sino estar con Él, aunque eso nos sitúe al pie de la cruz, e incluso en la misma cruz. Que Él nos conceda la fidelidad que concedió a María y a Juan.

Jueves Santo

9 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Prescripciones sobre la cena pascual (Éx 12, 1-8. 11-14)
  • El cáliz de la bendición es comunión de la sangre de Cristo (Sal 115)
  • Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor (1 Cor 11, 23-26)
  • Los amó hasta el extremo (Jn 13, 1-15)
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“Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía”. Con estas palabras el evangelista nos indica que Jesús era consciente de que había llegado su “hora”, es decir, el momento culminante de su vida en el que iba a ofrecer la máxima prueba del amor de Dios a los hombres, entregando su vida por ellos, e iba a volver a la casa del Padre. Consciente Jesús de todo ello, realiza un gesto inusual, el lavatorio de los pies, que tiene como objetivo ayudar a sus discípulos a penetrar en el significado de todo lo que va a suceder a continuación: la institución de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial, el mandamiento del amor fraterno, su muerte y su resurrección. Sobre toda esta plenitud de luz se cierne, como una sombra inquietante, el misterio de la libertad humana que elige el mal, que está representado por la figura de Judas. Por eso dice Jesús: “También vosotros estáis limpios, aunque no todos”.

Lavar los pies era un signo de hospitalidad que el anfitrión ofrecía al huésped cuando éste era una persona importante; eran los esclavos quienes normalmente realizaban este servicio. La objeción de Pedro está llena de sentido: puesto que no hay nadie en la tierra superior a Jesús, Jesús no debe mostrarle este signo de respeto. El gesto de Jesús revela la humildad de Dios que, sin necesitar para nada de la criatura, la acoge en su seno, en su casa, y la recibe como si fuera un gran señor: se arrodilla ante ella y le lava los pies. Todo ello es un inmenso misterio de amor por el que Dios se abaja ante los hombres para que los hombres podamos vivir en comunión con Él, que es lo único que nos realiza en plenitud. “Dios se ha hecho hombre para que el hombre pueda llegar a ser Dios”, dice San Atanasio y con él todos los Padres de la Iglesia. 

Lavar los pies expresa de manera muy clara la voluntad de que el otro sea, de que esté en condiciones de recorrer su propio camino, de alcanzar su propio destino. Jesús lava los pies a todos los discípulos, incluso a Judas, que empleará sus pies para recorrer el camino del mal. Así de humilde y de bueno es Dios, que nos da el ser, con la energía y la fuerza para existir, que nos da la libertad y que no deja de darnos todo eso incluso cuando lo empleamos para hacer el mal, para separarnos de Él. El amor es voluntad de que el otro sea. El odio, en cambio, es voluntad de destruir al otro. Dios es Amor y por eso quiere que los hombres seamos, y por eso nos lava los pies.

Semana Santa en Familia Confinada



JUEVES SANTO: 
PERDONARSE Y QUERERSE

- Evangelio del lavatorio de los pies: Juan 13, 1-15 (sobre todo 12-15)

- Colosenses 3, 12-15 y 20-21

- PETICIÓN DE PERDÓN: cada uno pide perdón a quien cree que debe pedirlo por lo que cree que ha hecho mal a lo largo del año; en voz alta y delante de los demás (¡somos una familia!)

- Salmo 127 (…“tus hijos como renuevos de olivo”…)

- ORACIÓN: cada uno reza en voz alta por un miembro de la familia

- Padre nuestro


VIERNES SANTO:
EL MISTERIO DEL SUFRIMIENTO Y DE LA MUERTE


- Jesús sufrió: Hebreos 5, 7-9

- Jesús sufrió sin enfadarse, confiando en Dios: 1ªPedro 2, 23

- Jesús murió: Juan 19, 16-30

- Salmo 22: “El Señor es mi pastor…”

- ORACIÓN: cada uno reza en voz alta por alguien o algunos que sufren

- Padre nuestro


SÁBADO SANTO:
EL SILENCIO DE LOS QUE HAN MUERTO


- Jesús fue sepultado: Mateo 27, 57-61

- Salmo 129: “Desde lo hondo a ti grito Señor…” (lo más “hondo” que hay es la muerte…)

- SILENCIO (5 minutos) (para pensar por qué difuntos quiero pedir)

- ORACIÓN: cada uno reza en voz alta por el (o los) difunto(s) que quiere

- Padre nuestro


DOMINGO:
JESUCRISTO HA VENCIDO A LA MUERTE


- Evangelio: Mateo 28, 1-10

-Salmo 117 (cada uno lee una estrofa hasta terminarlo)

- ORACIÓN: Damos gracias a Dios por las cosas en las que se ve que Jesús ha vencido a la muerte (las cosas bonitas de la vida)

- Padre nuestro


N.B.- la numeración de los salmos es la propia de la liturgia de las horas

Miércoles Santo

8 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • No escondí el rostro ante ultrajes (Is 50, 4-9a)
  • Señor, que me escuche tu gran bondad el día de tu favor (Sal 68)
  • El Hijo del hombre se va como está escrito; pero, ¡ay de aquel por quien es entregado! (Mt 26, 14-25)
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“Saber decir al abatido una palabra de aliento” (Is 50, 4-9a)

No es nada fácil consolar al que está abatido, saberle decir una palabra de aliento. A menudo las palabras pretenden hacerlo se quedan en el nivel de las banalidades y los tópicos (“¡hay que animarse!”). La palabra de Dios nos dice que para saber alentar, primero hay que saber escuchar y acoger una palabra que no es de este mundo, una palabra que viene directamente de Dios anunciando sorprendentemente que, para poder consolar, tengo que aprender a sufrir confiando en Dios. Ese es el precio. Cristo lo pagó y por eso él nos alienta y nos consuela. “El Señor me abrió el oído; yo no me resistí ni me eché atrás”.

Prestarle mi casa al Señor (Mt 26, 14-25)

San Mateo no nos ha dicho el nombre de aquel amigo del Señor al que Cristo le pidió prestada la casa para celebrar allí la Pascua con sus discípulos. Pero cada uno de nosotros está llamado a hacerle el mismo favor al Señor: prestarle mi casa, es decir, mi persona, mi tiempo, mi salud, mis bienes, “todo mi ser y mi poseer”, como diría san Ignacio de Loyola, para que Él celebre allí la Pascua con sus discípulos, es decir, con la Iglesia. Convertir mi persona, mi vida, en un lugar donde se alojan Cristo y su Iglesia, para celebrar la Pascua, es consentir en que la Cruz y la Resurrección se instalen en mi vida, aceptando que la pasión de Cristo se prolongue en mí (Col 1, 24) para que también su gloria se manifieste en mí (2Co 3, 18).

Emergencia sanitaria: Los hermanos son una gracia

Afirma san Atanasio hablando de la Pascua que es la fiesta que nos comunica la alegría de la salvación “ya que en todas partes nos reúne espiritualmente a todos en una sola asamblea, haciendo que podamos orar y dar gracias todos juntos, como es de ley en esta fiesta”. Así se cumplen las palabras del salmo “ved qué paz y qué alegría convivir los hermanos unidos” (Sal 132, 1). Pero este año no podrá ser, no nos podremos reunir. Que la imposibilidad de hacerlo sea un sacrificio que unimos al de Cristo en la Cruz, para que por Cristo, con Él y en Él, descienda sobre este mundo enfermo la misericordia divina. Y que la ausencia de los hermanos nos haga valorar y agradecer el don de su existencia, de su presencia. Pues uno siempre puede orar; pero orar acompañado de otros hermanos es una gracia muy especial.

La fragilidad moral del hombre

Dos tipos de experiencias

Desde el punto de vista antropológico podemos constatar dos tipos de experiencia, polarmente opuestos entre sí, uno de los cuales acrecienta el ser del hombre, mientras que el otro lo paraliza y lo destruye. Son dos formas opuestas de comportamiento: una que nos construye como personas y otra que nos destruye; una que nos lleva a la felicidad y otra que nos hunde en la desesperación; una inspirada en una actitud de generosidad y otra impulsada por una actitud de egoísmo. A las primeras las denominamos experiencias de éxtasis, mientras que a las segundas las denominamos experiencias de vértig.La oposición entre ambos tipos de experiencia puede ser expresada mediante los siguientes binomios:

a) facilidad-esfuerzo: Las experiencias de vértigo surgen de una actitud de entreguismo a una fuerza o a un poder, que les promete al hombre una rápida gratificación del tipo que sea. En cambio las experiencias de éxtasis exigen de entrada un fuerte esfuerzo para liberarnos de la tendencia gravitacional que sentimos hacia el dominio de las realidades y de los acontecimientos y, en consecuencia, hacia la reducción de los mismos a meros medios para el logro de los propios fines. Esto supone una auténtica “noche” purificadora en la que hay que olvidar los propios intereses egoístas.

Martes Santo

7 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra (Is 49, 1-6)
  • Mi boca contará tu salvación, Señor (Sal 70)
  • Uno de vosotros me va a entregar... No cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces (Jn 13, 21-33. 36-38)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

Flecha bruñida, escondida en su aljaba (Is 49, 1-6)

Al igual que el profeta Isaías, cada uno de nosotros ha sido elegido por Dios desde el vientre materno. Y lo ha sido para manifestar la gloria de Dios –no la propia, sino la de Dios- para que la belleza de Dios resplandezca a través de nuestra vida ante los ojos de los hombres. Aunque tal vez nosotros no hemos percibido como ocurre eso y hemos dicho desalentados, como el profeta: “en vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas”. Pero por caminos ocultos para nosotros, el Señor ha hecho su obra, hemos sido “flecha bruñida en su aljaba” y Él nos ha disparado, en su guerra contra el mal, sin que nosotros ni siquiera nos diéramos cuenta de ello. Para que la vanidad no corroa nuestra escasa virtud.

Era de noche (Jn 13, 21-33. 36-38)

En el momento en que Judas Iscariote sale del cenáculo para traicionar a Jesús, el Señor declara solemnemente: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él”. La gloria –la belleza- de Cristo y de Dios se va a manifestar en la traición y en el oprobio que va a sufrir Jesús. “Era de noche”, dice el evangelista, subrayando la convergencia del momento temporal con el espiritual. Porque siempre que se traiciona a Cristo, aunque se haga de manera educada y silenciosa –como hoy en día se hace en Europa- es oscuridad y noche. Pero en esa noche hubo una dulzura que es luz, la de Cristo llamando “amigo” a Judas, el traidor, cuando lo entregó con un beso (Lc 22, 47-48). Y ahí resplandeció la gloria de Dios, que es perdón y misericordia. “Ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día” (Sal 138, 12).

Emergencia Sanitaria: La intolerancia que hay en mí

La situación difícil y compleja que atravesamos es percibida por cada hombre con matices propios que provienen de su sensibilidad personal, de su propia personalidad, de su trayectoria y circunstancia vital. Y como la situación es poliédrica y los hombres somos diversos, surge en cada uno un juicio y una valoración que se traducen en una manera concreta de actuar, que no coincide exactamente con la mía. Y cuando yo lo contemplo, surge en mi interior un juicio condenatorio, una crítica severa, porque a mis ojos el otro aparece como un insensato o un irresponsable. La sabiduría humana, sin embargo, aconseja no estar demasiado seguro de que la propia opinión es la más correcta y acertada. Y la sabiduría divina dice: “No juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor. Él iluminará los secretos de las tinieblas y pondrá de manifiesto las intenciones de los corazones. Entonces recibirá cada cual de Dios la alabanza que le corresponda” (1Co 4, 5).

Lunes Santo

6 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)








El que viene a implantar la justicia (Is 42, 1-7)


La “justicia” de Dios no consiste en dar a cada uno lo que le corresponde: si así fuera estaríamos todos muertos para siempre pues todos hemos pecado (Rm 3, 23) y “el salario del pecado es la muerte” (Rm 6, 23). La justicia de Dios es la salvación, que consiste en el perdón de los pecados y en la creación de un hombre nuevo, conforme a la voluntad de Dios, semejante a su único Hijo Jesucristo. Por eso el que viene a implantar la justicia posee una paciencia infinita y no quiebra la caña cascada ni apaga la mecha vacilante que somos cada uno de nosotros, sino que intenta robustecer nuestras rodillas vacilantes y poner en nosotros el fuego de su amor. Su paciencia es nuestra salvación.


El amor excesivo de Dios (Jn 12, 1-11)


El exceso de Dios consiste en haber venido a nosotros, en haber tomado nuestra carne, haciéndola suya, para obtener con ella, en la cruz, nuestra salvación. Todo lo cual es excesivo, desproporcionado: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él” (Sal 8, 5). Y el exceso del amor de Dios hacia nosotros no encontró en nosotros sino resistencias, sospechas, cuando no rechazo. Hasta que llegó esa mujer, María, y “tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso” y ungió los pies del Señor y se los enjugó con su cabellera. Y por fin el Amor excesivo de Dios encontró una correspondencia adecuada. Porque si hay un lugar donde la belleza merece postrarse y ser derramada, ese lugar son los pies del Señor, que serán taladrados por nuestra salvación.

Emergencia sanitaria: Oración

Padre Santo,
cuida de todos los enfermos del mundo;
sostén a quienes han perdido la esperanza;
consuela a quienes lloran en el dolor o sufrimiento;
protege a quienes no son atendidos;
acompaña a quienes viven en soledad;
alumbra a quienes pasan
una “noche oscura” y desesperan;
ilumina a quienes ven tambalear su fe
y se sienten atacados por las dudas;
da paz a quienes se impacientan;
devuelve la esperanza y la alegría
a quienes se llenaron de angustia;
cura los padecimientos de los más débiles y ancianos;
guía a los moribundos al gozo eterno;
conduce a todos al encuentro con Dios;
bendice abundantemente
a quienes acogen a los que sufren,
los acompañan con amor en la soledad,
les infunden alegría y esperanza,
los consuelan en su angustia y los sirven con caridad.
Amén.

(Inspirada en San Pío de Pietralcina)

Domingo de Ramos

5 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)






Sábado de la V Semana de Cuaresma

4 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)







“Tendré mi morada junto a ellos” (Ez 37, 21-28)

El Señor quiere que Israel –la Iglesia- sea su morada y que las naciones –la humanidad entera- pueda ver que Él está presente en medio de los hombres a través de su pueblo: “yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”. Pero para que eso se haga realidad hay que renunciar a toda idolatría y a todo pecado. La idolatría acontece cuando consideramos que una realidad –persona, idea, objeto, sociedad etc.- distinta de Dios, puede saciar los anhelos de nuestro corazón. Entonces el hombre se mutila espiritualmente a sí mismo, porque anestesia la inquietud de su corazón que le impulsa a ir hacia Dios. Conformarse con menos que Dios es traicionarse a sí mismo. “Porque nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti” (San Agustín).

“Vieron y creyeron” (Jn 11, 45-57)

Al ver la resurrección de Lázaro muchos judíos “creyeron en él”, lo que alarmó a los sumos sacerdotes y a los fariseos que temieron que todos creyeran en él y que eso provocara una revuelta que traería la implacable represión romana. Por lo que decidieron prenderlo. Y entonces Jesús “se retiró” a la región vecina, al desierto, a “una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos”. Jesús no se comporta como un héroe desafiante sino como un padre –casi diría uno como una madre- que busca estar a solas con los suyos antes de la despedida final. Porque él no dispone de sí mismo, ni organiza su tiempo, sino que lo deja todo en manos de su Padre del cielo. Que sepamos “ver y creer” y también dejar nuestro tiempo en manos del Padre del cielo.

Emergencia sanitaria: Suplicar la sanación

El sacrificio de la Cruz, acontecido en un punto único del espacio y del tiempo -en un pequeño lugar llamado Jerusalén y bajo Poncio Pilatos- se hunde en la eternidad divina donde es guardado y está dispuesto para ser derramado sobre el mundo cada vez que sea llamado. En el silencio de estos días y en la soledad completa del templo vacío, el sacerdote llama al cielo para que la fuerza salvadora de la Cruz se derrame sobre nuestra humanidad herida y sane nuestras llagas, las de nuestras almas, “porque hemos pecado y cometido iniquidad apartándonos de ti, y en todo hemos delinquido” (Dn 3, 29), y las de nuestros cuerpos. Para que podamos darle gracias diciendo: “Me has curado, me has hecho revivir, la amargura se me volvió paz cuando detuviste mi alma ante la tumba vacía y volviste la espalda a todos mis pecados” (Is 38, 17).

Viernes de la V Semana de Cuaresma

3 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)







Pedir dando gracias (Jr 20, 10-13)

Jeremías está viviendo una de las peores experiencias que podemos vivir los hombres, la de la traición, el amargo descubrimiento de que aquellos que considerábamos nuestros amigos, están llenos de resentimiento hacia nosotros, y acechan nuestro traspiés para someternos y vengarse de nosotros. Y en esa situación, Jeremías se encomienda al Señor con tanta confianza que, en la misma oración de súplica, alaba y da gracias al Señor por la liberación que está suplicando, ¡tan seguro está de ella!. Así ora el cristiano. “Presentad a Dios vuestras peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de acción de gracias” (Flp 4, 6). Y de ese modo la paz de Dios custodiará nuestros corazones en Cristo Jesús.

Pertenecer a Otro (Jn 10, 31-42)

En el conflicto entre Jesús y las autoridades judías, estas últimas ponen todo el énfasis en la persona de Jesús que, siendo un hombre, “se hace Dios”, mientras que a Jesús no le importa tanto su propia relevancia cuanto el que resplandezca la gloria, es decir, la belleza, de Otro, del Padre del cielo. Por eso dice “aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre”. Porque Jesús hace sus obras “por encargo de mi Padre”. A Jesús no le importa su propia persona sino que, a través de su vida y de sus obras, se trasparente el rostro bendito del Padre del cielo, se perciba su belleza, se vea que “Dios es Amor” (1Jn 4, 8). Jesús no se pertenece a sí mismo sino al Padre y se entregará a la muerte para manifestar el rostro del Padre, que es Amor.

Orar por los cristianos perseguidos

Las restricciones a la libertad de movimientos que sufrimos estos días, el discurrir de la vida entre las paredes de nuestra casa, sin poder salir de ella, puede ayudarnos a orar por los cristianos que son perseguidos a causa de su fe y que son encarcelados en pequeñas celdas en las que se pueden dar muy pocos pasos y son privados del contacto con sus familiares y amigos. En esa fosa creada por la soledad y el aislamiento, acompañada a menudo de vejaciones y malos tratos, de violencia cruel, ellos gritan al Señor: “Desde lo hondo a ti grito, Señor, Señor escucha mi voz, ¡estén tus oídos atentos al clamor mi súplica!” (Sal 129, 1-2). Unamos nuestra voz a la suya pidiendo la liberación para todos.

Jueves de la V Semana de Cuaresma

2 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Serás padre de muchedumbre de pueblos (Gén 17, 3-9)
  • El Señor se acuerda de su alianza eternamente (Sal 104)
  • Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día (Jn 8, 51-59)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

La alianza que es don (Gn 17, 3-9)


La palabra “alianza” evoca siempre en nosotros la idea de un pacto, de un contrato, de un compromiso recíproco entre quienes hacen alianza. Por eso llama la atención que Dios se comprometa a darle a Abrán una fecundidad inesperada y tan grande que ya no se llamará Abrán sino Abrahán porque “será padre de muchedumbre de pueblos”, a darle a él y a su descendencia la posesión perpetua de la tierra de Canaán y a ser siempre “su Dios”, es decir, a responderle siempre como tal, a no ocultarle su rostro, a no romper nunca la relación con él y su descendencia. Y surge la pregunta: ¿y qué tiene que poner por su parte Abraham? La desconcertante respuesta es: nada, tan solo “guardar la alianza”, es decir, tener fe en ella, creer siempre en la fidelidad de Dios incluso por encima de nuestras infidelidades a Él: “si somos infieles, él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo” (2Tm 2, 13).

“¿Por quién te tienes?” (Jn 8, 51-59)

Jesús afirma que quien guarde su palabra no verá la muerte para siempre. Y esta afirmación parece a los judíos, con toda razón, absolutamente desproporcionada. Porque las palabras del hombre no tienen fuerza ni poder para romper el carácter definitivo de la muerte y convertirla solo en un episodio pasajero. Pero el hombre que pronuncia esas palabras no es un hombre cualquiera, es Dios que se ha hecho hombre, y por lo tanto su pretensión es verdadera: “antes que Abrahán existiera, yo soy”. Los judíos comprenden perfectamente lo que esas palabras significan y por eso quieren apedrear a Jesús, al considerar que está blasfemando. El conflicto está servido. “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6, 68-69).

Emergencia sanitaria: El ángelus con el templo cerrado y vacío

En este tiempo de cruz y de gracia, a las doce de la mañana, con el templo vacío y cerrado, suenan las campanas recordando el momento único de la historia de la humanidad, en el que Aquel que es el origen, el fundamento y el término de todo, Aquel cuya mirada rige el curso de los astros y el devenir del universo entero, pidió humildemente permiso a una joven mujer en Nazaret, para hacerse hombre en su seno, para tomar de ella nuestra carne y rescatarnos con ella, por su muerte y resurrección, de nuestra condición mortal. Y en el silencio del templo, al adorar este misterio, en la carne de María se presenta ante Él nuestra carne herida por la enfermedad y por el dolor que ella genera. Para que su misericordia nos fortalezca y nos consuele. ¡Ven Espíritu Santo! ¡Ven por María!

La mujer de Lot

“Su mujer miró hacia atrás y se convirtió en poste de sal” (Gn 19, 26)

Y el Justo caminaba detrás del ángel de Dios
Inmenso y luminoso sobre la montaña negra
Pero la angustia hablaba fuerte a su mujer:
No, no es demasiado tarde, todavía puedes verla.

Tu Sodoma natal, sus torres rojas,
La plaza en la que tú cantabas, el patio en el que tú tejías,
Y las ventanas vacías de la alta casa
En la que tú has dado hijos a tu marido muy amado.

Ella se vuelve – y de repente golpeados por un dolor mortal
Sus ojos ya se ciegan,
Y su cuerpo se pone rígido, sal trasparente,
Y sus piernas rápidas se enraízan en la tierra.

¿Quién llorará a esta mujer?
¿Qué importancia tiene ella?
Pero mi corazón, él, no la olvidará jamás
A la que, por una mirada, entregó su vida.




(Anna Akhmatova)


La lectura de este poema, lleno de compasión, constituye una lección para todos los tiempos. Según él, lo que nos retiene y nos impide darnos sin condición a Dios no es sólo nuestro apego a los vicios, sino que también pueden ser cosas buenas que nos son queridas. Acordarse de la mujer de Lot, significa también prepararse para una separación y un abandono de realidades buenas, que puede resultar muy dolorosa (Erik VARDEN, Quand craque la solitude. La Mémoire et la Vie, Les Éditions du Cerf, Paris, 2018, p. 81).

“Replicó Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios»” (Lc 9, 62)

Miércoles de la V Semana de Cuaresma

1 de abril de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Envió un ángel a salvar a sus siervos (Dan 3, 14-20. 91-92. 95)
  • ¡A ti gloria y alabanza por los siglos! (Salmo: Dan 3, 52-56)
  • Si el Hijo os hace libres, sois realmente libres (Jn 8, 31-42)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

La audacia de decir “no” (Dan 3, 14-20. 91-92. 95)

El relato de los tres jóvenes –Sidrac, Misac y Abdénago- arrojados al horno ardiente por no querer adorar la estatua de oro erigida por el rey Nabucodonosor, es siempre actual. Pues la idolatría es una tentación permanente con la que el diablo intenta doblegar a los hombres para que su corazón adhiera al mundo y sus valores en vez de adherir a Dios y su reino. “Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos (…) si me adoras” (Lc 4, 6-7). Tentación siempre muy bien orquestada, con “la trompa, la flauta, la cítara, el laúd, el arpa, la vihuela y todos los demás instrumentos”, es decir, con todo al aparato cultural puesto al servicio del poder mundano. Frente a ello los tres jóvenes tienen un doble mérito: el de la valentía para decir claramente “no” y el de respetar la libertad de Dios para librarlos o no del horno encendido. 

“La verdad os hará libres” (Jn 8, 31-42)

La gran tentación del hombre de hoy es querer disponer de la Verdad según la libertad, determinar que sea verdadero, lo que yo elijo y quiero que lo sea, en vez de someter la libertad a la Verdad. Cristo nos indica que el único camino que nos conduce a la libertad es el de la obediencia a la Verdad. Pues lo que más se opone a la libertad es el pecado, por el que “aprisionamos la verdad en la injusticia” (Rm 1, 18) y somos esclavizados: “todo el que comete pecado es esclavo”, dice el Señor. Pues el corazón de la libertad es la adhesión al Bien por la cual crecemos y somos capaces de amar. “Habéis purificado vuestras almas, obedeciendo a la verdad, para amaros unos a otros sinceramente como hermanos” (1P 1, 22). La obediencia a la Verdad hace posible el Amor.

Emergencia Sanitaria: El atronador silencio

En el silencio del templo, reforzado por el silencio exterior de las calles, ante el Santísimo Sacramento expuesto, un reducido puñado de fieles se arrodilla o se sienta de cara al Señor y permanecen largo tiempo ante Él, también en silencio. Pero el espacio físico y espiritual que hay entre cada uno de ellos y Cristo está lleno de nombres, de recuerdos, de proyectos, de anhelos, de logros y de fracasos, de cosas que, por la gracia de Dios, han salido bien y de otras que, a pesar de esa gracia, han salido mal. La historia de cada uno. Y todo queda presentado, ofrecido y suplicado al Señor, para que Él afiance, consolide, destruya, repare, enderece según su sabiduría y su libertad, Él que es Amor. Y el atronador silencio de la tarde en el templo se me antoja como la lenta elaboración de un hermoso acorde para la melodía final y eterna de la Jerusalén celestial.