Todos los santos

15 de agosto 

1 de noviembre de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas (Ap 7, 2-4. 9-14)
  • Esta es la generación que busca tu rostro, Señor (Sal 23)
  • Veremos a Dios tal cual es (1 Jn 3, 1-3)
  • Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo (Mt 5, 1-12a)
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- Cantidad. Lo primero que llama la atención en esta fiesta es la afirmación que hace la Iglesia de que hay muchos, muchísimos santos: “una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar” (Ap). Los que la Iglesia venera, inscribiéndolos en el catálogo de los santos, son una pequeñísima parte de esa muchedumbre. En ella están tantos y tantos hermanos nuestros, que han sido en esta tierra padres y madres de familia, hombres y mujeres solteros, sacerdotes, religiosos, personas más o menos anónimas que, a pesar de sus fallos, han abierto su corazón a Dios. Nosotros esperamos que en esa muchedumbre estén nuestros antepasados, nuestros seres queridos; también nuestros enemigos, aquellos con los que no hemos sabido entendernos aquí en la tierra: que después, en el cielo, estemos por fin todos juntos y reconciliados.

- Identidad y diferencia. Todos los santos reflejan el rostro bendito del Señor, alguno o algunos de los rasgos de ese rostro. El evangelio de hoy nos ha descrito ese rostro mediante las nueve bienaventuranzas que nos narra san Mateo. Cada uno de los santos ha reflejado en su vida alguna de esas bienaventuranzas, ha sido una pequeña encarnación del rostro de Cristo. Y por eso está en el cielo. Los santos son Cristo en medio de nosotros; no valen por sí mismos, sino por Aquel que se hace presente en ellos.

XXX Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto  

29 de octubre de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Si explotáis a viudas y a huérfanos, se encenderá mi ira contra vosotros (Ex 22, 20-26)
  • Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza (Sal 17)
  • Os convertisteis, abandonando los ídolos, para servir a Dios y vivir aguardando la vuelta de su Hijo (1 Tes 1, 5c-10)
  • Amarás al Señor tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo (Mt 22, 34-40)
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La pregunta que le hacen hoy al Señor en el evangelio tiene pleno sentido dentro del judaísmo, donde hay 613 preceptos -entre mandatos y prohibiciones- que constituyen la Torah, La Ley de Dios, que el judío piadoso tiene que cumplir. ¿Cuál es el más importante de todos estos preceptos, aquel en cuya observancia está Dios más interesado, aquel que, en cierto modo, nos da la clave de todos los demás?

La respuesta del Señor empieza con una palabra: amarás. Con ello ya se nos está diciendo que la clave de todos los preceptos es el amor. “Amor” es una palabra que nosotros asociamos inmediatamente al sentimiento, a la afectividad. Sin embargo, conviene recordar que, el amor, en la Biblia, designa, ante todo, una decisión de vincularse a alguien, a quien se le conceden, por esa vinculación, unos derechos sobre uno mismo, y a los actos concretos que alimentan esa decisión: amar es hacer alianza con aquel a quien se ama. Y “hacer alianza” significa unir mi destino al destino de otro y saber que, a partir del momento en que he sellado una alianza, yo puedo contar siempre con esa persona, para caminar hacia mi destino, como ella puede contar conmigo para caminar hacia el suyo.

Ser uno mismo

¿Quién soy yo? Esta es una de las preguntas más difíciles de responder. Porque no se trata de averiguar cómo soy yo, sino de percibir quién soy yo, es decir, mi identidad única e irrepetible, y eso es un misterio que sólo se nos desvelará cuando el Señor, en su infinita misericordia, nos entregue la piedrecita blanca en la que está grabado “un nombre nuevo que nadie conoce sino el que lo recibe” (Ap 2, 17). Ese nombre nuevo es el que define mi verdadera identidad, la que Dios me confió como llamada y tarea, la que he ido realizando a tientas durante mi vida terrena y la que, finalmente, el Señor me ha regalado.

Es muy importante ser fiel a la misión que Dios le ha confiado a cada uno. Lo expresa Newman en uno de sus sermones: “Yo he sido creado para hacer o para ser algo para lo cual ningún otro ha sido creado; yo ocupo en los consejos y en el mundo de Dios un lugar que no ocupa ningún otro; tanto si soy rico como si soy pobre, si soy estimado o desdeñado por los hombres, Dios me conoce y me llama por mi nombre. Dios me ha creado para un determinado servicio; me ha confiado un trabajo a realizar que no ha confiado a ningún otro. Tengo que realizar una misión cuyo sentido no descubriré quizás mientras esté en este mundo, pero que descubriré en el otro. Yo soy de cierta manera necesario a sus planes, tan necesario en mi lugar como un arcángel en el suyo (…) En la gran obra de Dios yo tengo que desempeñar un papel; yo soy un eslabón, un vínculo entre personas. No me ha creado para nada. Yo haré el bien, yo ejecutaré la tarea que me ha encomendado” .

XXIX Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

22 de octubre de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Yo he tomado de la mano a Ciro, para doblegar ante él las naciones (Is 45, 1. 4-6)
  • Aclamad la gloria y el poder del Señor (Sal 95)
  • Recordamos vuestra fe, vuestro amor y vuestra esperanza (1 Tes 1, 1-5b)
  • Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mt 22, 15-21)
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El Evangelio de hoy, queridos hermanos, nos permite comprender la curiosa y difícil, e incómoda, condición de los cristianos, que, por el bautismo, hemos muerto y resucitado con Cristo (Col 2, 12) y hemos sido sentados con Él en el cielo (Ef 2, 6), pero que, sin embargo, seguimos viviendo aquí en la tierra, en este mundo que es provisional y que desparecerá cuando vuelva el Señor y nos regale unos “nuevos cielos y una nueva tierra en los que habite la justicia” (2P 3, 13). Nuestra paradójica situación consiste en que, por el bautismo y la vida nueva que él nos otorga “somos ciudadanos del cielo” (Flp 3, 20), aunque todavía vivimos en la tierra y estamos sometidos a las leyes propias de este mundo terreno. Esta doble ciudadanía, del cielo y de la tierra, puede inducirnos a la tentación de despreciar las leyes de la tierra con la excusa de que nuestra ciudadanía más verdadera y definitiva es la del cielo. Y aquí la palabra del Señor nos advierte de que este desprecio no sería el camino adecuado.

Pues dad al César lo que es del César significa que el Señor declara legítimo el orden temporal y nos enseña que el cristiano, en principio, respeta ese orden temporal y se mueve en él con naturalidad, acatando las leyes que le son propias. A la luz de esta enseñanza de Jesús, san Pablo escribirá más tarde a los cristianos de Roma: “Todos deben someterse a las autoridades constituidas… Dad, pues, a cada uno lo que corresponda: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honor, honor” (Rm 13,1.7).

El bautismo



1. El encuentro con Jesucristo.

El bautismo es la manera concreta como Jesucristo te encuentra en tu vida y te dice sígueme (Mc 2, 14). En él está en juego el ser mismo del cristiano. Uno no se hace cristiano por aprender una doctrina y practicarla sino por tener un encuentro con una persona, con Jesucristo, y comprender, a través de ese encuentro, que Él es el significado de la vida, que las cosas son como Él las ve (fe), que los anhelos del corazón son los que Él desvela y cumple a la vez (esperanza) y que la actitud correcta ante la realidad entera es la que Él proclama y vive (caridad).

En ese encuentro uno comprende, además, que ver, sentir y actuar como Él actúa, es algo que no nace de la carne y de la sangre (Jn 1, 13), es decir, que no surge espontáneamente del hombre, de una decisión de su libertad, sino que es algo que sólo puede ocurrir si uno nace de lo alto (Jn 3, 3), si el propio ser es, de nuevo, remodelado, estructurado, según el querer y el actuar de Dios: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios (Jn 3, 5). Por eso nadie puede hacerse cristiano a sí mismo, sino que tiene que ser hecho cristiano por otro, en realidad, por el mismo Dios. La libertad desempeña aquí un papel capital pero secundario: se trata de acoger lo que te es dado, lo que te es ofrecido y propuesto. Pero la iniciativa de la propuesta no es tuya, es de Dios. De ahí que para ser cristiano uno tenga que ser bautizado, es decir, tenga que agachar la cabeza -reconocer que no es la propia libertad la fuente última del significado- y acoger como un don del cielo el agua vivificadora que se derrama sobre él en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 19).

XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

15 de octubre de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Preparará el Señor un festín, y enjugará las lágrimas de todos los rostros (Is 25, 6-10a)
  • Habitaré en la casa del Señor por años sin término (Sal 22)
  • Todo lo puedo en aquel que me conforta (Flp 4, 12-14. 19-20)
  • A todos los que encontréis, llamadlos a la boda (Mt 22, 1-14)
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La parábola del evangelio de hoy nos habla, queridos hermanos, de la historia de la salvación y nos la describe como un banquete de bodas, subrayando el carácter dramático que lo acompaña.

Ya en el Antiguo Testamento el amor de Dios hacia los hombres se nos había revelado como un amor esponsal, tal como lo vemos en el Cantar de los cantares, en el profeta Oseas y también en el profeta Isaías, que llega a pronunciar esta contundente frase: “el que te creó te desposa” (Is 54,5). Estas bodas se han cumplido en la encarnación del Hijo de Dios, en la que “Dios Padre casó a su Hijo cuando le unió a la naturaleza humana en el seno de la Virgen, cuando quiso que el que era Dios en la eternidad, se hiciese hombre en el tiempo”, según afirma san Gregorio Magno.

El carácter dramático que acompaña a estas bodas reside, en primer lugar, en la indiferencia con la que los invitados a la boda responden a la invitación de Dios: “Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios”. El interés por las cosas de este mundo y de esta vida se antepone al deseo de Dios: no se encuentra tiempo para atender la invitación de Dios. Y el drama sube de tono cuando algunos, no sólo no atienden a la invitación divina, sino que esta invitación genera en ellos una agresividad tal que “echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos”. Así ha ocurrió con los profetas y con Jesucristo, y así sigue ocurriendo con los cristianos hoy en día.

Frases...

La contemplación del Misterio no produce inquietud, sino paz. Esta es la diferencia entre la atracción pagana por “lo mistérico” y la reverencia cristiana ante el Misterio.



Dora RIVAS, Raíces en el cielo, Cypress Cultura, Polonia, 2021, p. 22


San Policarpo de Esmirna

Señor, Dios Todopoderoso, Padre de Jesucristo, tu hijo amado y bendito, por el que te hemos conocido, Dios de los ángeles y de las potestades, Dios de toda la creación y de toda la familia de los justos que viven en tu presencia.

Te bendigo por haberme juzgado digno de este día y de esta hora, digno de ser contado entre el número de tus mártires y de participar en el cáliz de tu Cristo, para resucitar a la vida eterna del alma y del cuerpo en la incorruptibilidad del Espíritu Santo.

Pueda yo hoy, con ellos ser recibido en tu presencia, como oblación preciosa y bienvenida: Tú me preparaste para ello, Tú me lo mostraste. Has guardado tu promesa, Dios de la fidelidad y de la verdad. Por esta gracia y por todo, te alabo, te bendito, te glorifico por medio del eterno y celestial sacerdote, Jesucristo, tu amado hijo.

Por Él, que está contigo y con el Espíritu Santo, gloria te sea dada ahora y por los siglos venideros. Amén.



(Oración que pronunció san Policarpo, obispo de Esmirna, de 86 años de edad, 
cuando estaba atado al poste para ser quemado, en el año 156)

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

8 de octubre de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • La viña del Señor del universo es la casa de Israel (Is 5, 1-7)
  • La viña del Señor es la casa de Israel (Sal 79)
  • Ponedlo por obra, y el Dios de la paz estará con vosotros (Flp 4, 6-9)
  • Arrendará la viña a otros labradores (Mt 21, 33-43)
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La imagen de la viña sirve, tanto en el evangelio como en la primera lectura de hoy, para describirnos sintéticamente el drama de la historia de la salvación. Este drama consiste precisamente en que Dios, para realizar su plan de salvación universal, ha elegido una porción de la humanidad a la que ha cuidado y educado con todo cariño, para que le sirviera de instrumento de su obra de salvación; y esta porción de la humanidad, que es la casa de Israel, que es la Iglesia, que es el alma de cada bautizado, en vez de existir para el Señor, en vez de florecer y fructificar para Él, ha querido existir, florecer y fructificar para sí misma, en vez de para Dios.

Para recordarle que la razón de su existencia era ser el pueblo de Dios, es decir, su pertenencia total al Señor, el Señor ha ido enviando a los profetas. Cada uno de ellos, a su manera y según las circunstancias de su tiempo, ha dicho en el fondo lo mismo: no existís para vosotros mismos sino para Dios, la razón de ser de vuestra existencia no es que exista un pueblo más, sino que ese pueblo sea de Dios, y que por lo tanto exista, funcione, actúe, florezca y dé frutos para Dios, como signo de la presencia de Dios en medio de los hombres y de su voluntad salvadora. Y este mensaje ha sentado siempre mal, porque los miembros de ese pueblo han querido existir para ellos en vez de para Dios. Por eso han maltratado a los profetas.

Frases...



Jesús es la estrella polar de tu libertad, sin Él pierdes la orientación, pues sin el conocimiento de la verdad la libertad se desorienta y confunde, y el corazón siente gran soledad.


(Benedicto XVI)

El Paraíso original

Léon Bloy piensa que sólo en el paraíso original el hombre puede conocerse en verdad: “Sólo se puede ser uno mismo remontándonos al estado anterior a la Caída. Porque ver a Dios es, por fin, verse a sí mismo. Cuando nosotros veremos a Dios tal cual es, nos veremos también a nosotros mismos, tal cual somos, por fin, sin velo. La experiencia de la identidad verdadera conduce a la desnudez primera, anterior a la Caída, al esplendor original de los hijos de Dios: ¡la Humanidad desnuda compareciendo ante la Divinidad desnuda! El Creador desnudo espera a su creatura desnuda. El paraíso terrestre era un lugar en el que toda la especie humana estaba socializada, unificada, en la persona del Primer hombre, era santa, por gracia y por naturaleza, inundada por la luz beatífica, resplandeciente de gloria y de belleza. Era como un diluvio de alegría en un diluvio de esplendor”.



Autor: François ANGELIER

Título: Bloy ou la fureur du Juste

Editorial: Éditions Points, 2015, (pp. 137-138)




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XXVI Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

1 de octubre de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Cuando el malvado se convierte de la maldad, salva su propia vida (Ez 18, 25-28)
  • Recuerda, Señor, tu ternura (Sal 24)
  • Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús (Flp 2, 1-11)
  • Se arrepintió y fue. Los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios (Mt 21, 28-32)
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Dos grandes verdades nos enseña el Señor, queridos hermanos, con esta pequeña parábola. En primer lugar que la fe es una obediencia, que creer es obedecer, es fiarse tanto de Dios, que concedo más peso a lo que Él me dice que a lo que mis propios ojos están viendo y mis manos palpando; y entonces consiento en que mi obrar sea determinado por Su palabra, hago lo que Él me indica, independientemente de lo que yo vea o sienta.

Los publicanos y las prostitutas hicieron lo que Dios les decía por boca de Juan el Bautista, es decir, cambiaron de vida. Si ellos “preceden” en el camino del Reino de Dios a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, no es porque Dios arbitrariamente los prefiera a ellos, pasando por encima de su modo de vida, sino porque, obedientes a la palabra de Dios, ellos cambiaron de vida. Para caminar hacia el Reino de Dios hay que “hacer” algo, hay que obedecer a Dios y realizar lo que Él nos pide que realicemos. Lo cual supone siempre un cambio de vida, un abandonar una determinada manera de vivir. Mateo, que es el único evangelista que escribe esta parábola, sabía bien lo que decía; porque él había sido un publicano, y para seguir a Jesús tuvo que dejar ese modo de vida, tuvo que abandonar el mostrador de la recaudación de impuestos y empezar a vivir de otra manera.

Frases...

“La gracia profunda de la Comunidad viene de la adoración eucarística de Dios realmente presente en medio de nosotros: Emmanuel. De esta adoración nace la compasión hacia todos los hombres que mueren de hambre, material y espiritualmente. De esta compasión nace el deseo de evangelizar en el mundo entero y particularmente a los más pobres”


(De los estatutos de la Comunidad del Emmanuel)


El cielo










Se me va poblando el cielo
de rostros y corazones,
se va volviendo mi hogar,
llenándoseme de nombres.

No es ya un extraño país
lejano en el horizonte,
es cita donde me aguardan
pupilas que me conocen,
labios que me dieron besos,
pieles que llevan mis roces.

Se me va poblando el cielo
de rostros y corazones,
de gestos ya conocidos,
de amor, de abrazos que acogen,
en los que revivir puedo
amadas palpitaciones,
y tantos y tantos sueños
que aguardan consumaciones.

Se me va poblando el cielo
de rostros y corazones:
me gusta saber que Dios
prepara para los hombres
Paraísos que permiten
recuperar los adioses.

(Un cartujo)

XXV Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

 24 de septiembre de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Mis planes no son vuestros planes (Is 55, 6-9)
  • Cerca está el Señor de los que lo invocan (Sal 144)
  • Para mí la vida es Cristo (Flp 1, 20c-24. 27a)
  • ¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? (Mt 20, 1-16)
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- Muchas y muy importantes son, hermanos, las verdades que el Señor nos recuerda con esta parábola. En primer lugar nos recuerda que Dios no es un empresario del que cabe esperar que proceda con justicia y equidad. Cuando un empresario es justo y equitativo, da a cada uno de sus obreros según sus merecimientos, según el rendimiento de su trabajo. Si Dios fuera un empresario la queja de los trabajadores de la primera hora estaría completamente justificada. Pero Dios es un padre que tan sólo quiere que sus hijos se esfuercen por estar con Él, por vivir en su casa, por ayudarle en su tarea, por trabajar en su viña. Entonces el Padre da a cada uno lo que un padre da a todos sus hijos: su abrazo de amor, su Espíritu Santo. ¿Qué otra cosa puede dar un padre?

- Nos recuerda también, en segundo lugar, que Dios es libre. Si los hombres somos libres -y lo somos-, si queremos, con toda razón, que los demás respeten nuestra libertad, también nosotros tenemos que respetar la libertad de Dios. ¿O es que Dios no es libre? Todos consideramos que tenemos pleno derecho a disponer de lo que es nuestro según nuestro libre arbitrio, según nuestro leal saber y entender. Pues también Dios puede disponer de lo suyo según su libertad, que nunca es caprichosa ni injusta. “Lo suyo” son sus dones: Dios puede dar a este hermano unos dones que no me ha dado a mí. Y no debo protestar por ello. “Lo suyo” son también las misiones, las tareas, que Él encarga a los hombres, es decir, los diferentes “trabajos” que hay que hacer en su viña: a unos predicar, a otros gobernar, a otros sufrir en silencio ofreciendo su dolor por la salvación del mundo, a otros testimoniar el amor de Dios en la recíproca entrega y mutua fidelidad conyugal, a otros el renunciar al mundo, retirándose de él, para orar por la salvación de todos, etc., etc. Y yo no debo envidiar el don y la misión que mi hermano ha recibido, sino vivir la mía con amor, como enseña san Francisco de Sales.

La oración



1. El fundamento de la oración: dios es un ser personal.

Dios es un ser personal, no un anónimo “algo” sino un concreto “Alguien” a quien podemos dirigirnos llamándole “tú”: yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío (Salmo 17,6). Por eso la fe en Dios se expresa ante todo en la oración. El mismo Señor en su vida terrestre oró mucho: los sábados como era su costumbre iba a la sinagoga (Lucas 4,16) y en los momentos cruciales de su vida pública se retiraba a veces a la soledad para orar a Dios, su Padre (Lucas 3,21; 5,16; 6,12; 9,28; 10,21; 11,1). Su oración era tanto acción de gracias y alabanza -¡yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a los pequeños (Mateo 11,25)-, como también clamor y súplica para conformarse a la voluntad del Padre: ¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí este cáliz, pero no sea lo que yo quiero sino lo que quieras tú (Marcos 14,36). Por eso nadie puede ser cristiano, es decir, participar en la vida de Cristo, sin orar.

2. Qué es la oración.

La oración es la expresión de los deseos del hombre delante de Dios (Santo Tomás de Aquino). En la oración el hombre se considera a sí mismo con su propia situación delante de Dios, en Él y desde Él. Orar es, pues, ponerse uno mismo, con sus circunstancias, delante de Dios: a la luz de Dios, de su presencia, de su rostro, uno aprende a ver su propia situación de otra manera (con la mirada de Dios), a valorarla con otros criterios (los criterios de Dios cuyos caminos no son nuestros caminos), a reaccionar ante ella con otra “sensibilidad”, con la “sensibilidad” de Dios. Por eso la oración no cambia a Dios, que no necesita cambiar para nada (ya que Él es justo, sabio y bueno), sino al hombre: al poner el hombre ante Dios su situación, aprende a verla y vivirla de otra manera, con otro estilo, el estilo y la manera de Dios. La finalidad de la oración es “trasvasar” al hombre el modo divino de vivir la vida.

Al anochecer



Ahora que el día ha pasado y que se acerca la noche
os ofrecemos, Señor, la ofrenda vespertina de la luz
implorando vuestra clemencia.

Haced brillar vuestra claridad
sobre las tinieblas que nuestros pecados
han acumulado en nosotros.

Introducid el amor y la luz
en nuestro corazón,
donde el enemigo quiere poner oscuridad.

Mientras los ojos de nuestro cuerpo duermen durante la noche,
concedednos, Dios Todopoderoso,
que los ojos de nuestro espíritu estén fijos en Vos.

Que al terminar la noche,
nos levantemos para la oración,
en la claridad de la nueva luz,
y os demos gloria durante el nuevo día.

Amén

XXIV Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

17 de septiembre de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados (Eclo 27, 30 - 28, 7)
  • El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia (Sal 102)
  • Ya vivamos, ya muramos, somos del Señor (Rom 14, 7-9)
  • No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete (Mt 18, 21-35)
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“Diez mil talentos”, queridos hermanos, era una suma increíble de dinero; para ganarlo, un obrero de los tiempos de Jesús habría necesitado varios centenares de siglos trabajando. Se trata, por lo tanto de una deuda propiamente hablando impagable y si el rey se empeñara en cobrarla, es decir, en hacer prevalecer la justicia, el siervo se vería abocado a una miseria total, se quedaría sin bienes, sin familia, sin libertad. En cambio “cien denarios” era una suma de dinero que un obrero ganaba en tres meses de trabajo.

Por tanto la enseñanza que esta parábola nos da es que mi deuda con Dios es enorme e impagable, mientras que la deuda que los demás tienen conmigo es una insignificancia comparada con ella. La razón fundamental de esta diferencia estriba en el sujeto que ha sido ofendido. Dios es la Pureza, la Verdad, la Bondad, sin mezcla alguna de impureza, de mentira o de maldad; mientras que en la pureza que hay en mí siempre hay algo de egoísmo, en el bien que hay en mí siempre hay algo de mal, y en la verdad que hay en mí siempre hay algo de mentira. Mi inocencia, por lo tanto, es siempre relativa, mientras que la inocencia de Dios es absoluta. El único Inocente, con mayúscula, es Dios, tal como dijo Jesús: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino sólo Dios” (Mc 10, 18). Por eso la menor ofensa o desatención hacia Dios posee unas dimensiones que no son comparables, en absoluto, con las que puedan tener las ofensas que me hacen a mí. Quien comprende esto, está en el buen camino en la relación con Dios, entre otras cosas porque sabe que él no es Dios. Por eso los Padres del desierto aconsejan no defenderse del mal del que a uno le acusan, incluso aunque no sea verdad que uno lo ha cometido. Y esto, queridos hermanos, nos cuesta mucho de entender.

Frases...

Jamás hay que intentar comprender por qué alguien nos desea.



David FOENKINOS

¿Quién soy yo?

Identidad personal y conocimiento de sí mismo


San Agustín entiende que, una vez que hemos reconocido cuán oscuros somos para nosotros mismos, de alguna forma advertimos que únicamente en la relación con la infinitud de Dios podemos acceder a alguna comprensión respecto de la clase de seres que somos –moviéndonos a través del tiempo y “llegando a ser” nosotros mismos en el encuentro con otro inextinguible.

San Agustín quiere que veamos nuestras vidas como algo mucho menos inteligible de lo que habitualmente pensamos que son. Se siente fascinado por la forma en que la voluntad o el deseo se adelantan al razonamiento, y por la imposibilidad de hacer acopio de todos los recursos de la mente con objeto de tomar decisiones inequívocas; por el papel desempeñado por la casualidad aparente a la hora de mover la voluntad en dirección a tomar determinaciones importantes; por los celos irracionales de los niños pequeños (etc. etc.).

Ninguna explicación particular de mí mismo que yo pueda elaborar será finalmente e infaliblemente cierta; dicho con otras palabras, desconozco aquello que pudiera ser relevante para comprender la verdad última de mi identidad tal y como Dios la ve.

San Agustín propone la enérgica concepción de que la comprensión amorosa entre los creyentes entraña el reconocimiento común de la incapacidad y la oscuridad respecto de nosotros mismos, y la referencia común a Dios como fundamento y base de la inteligibilidad mutua.

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

10 de septiembre de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre (Ez 33, 7-9)
  • Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón» (Sal 94)
  • La plenitud de la ley es el amor (Rom 13, 8-10)
  • Si te hace caso, has salvado a tu hermano (Mt 18, 15-20)
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“Te he puesto de atalaya en la casa de Israel”. Estas palabras del profeta Ezequiel describen el oficio del cura. “El atalaya, explica san Gregorio Magno, está siempre en un lugar alto para ver desde lejos todo lo que se acerca”. Lo que se acerca es el Señor Jesús que “vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos” y que “iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá de Dios lo que merece” (1Co 4,5). El deber de quien ha sido constituido “atalaya” es avisar a los demás de lo que se acerca, de lo que viene.

Es un deber antipático. A uno le gustaría no tener que dar disgustos, decir a los demás lo que los demás desean oír. Y sin embargo quien ha recibido el encargo de ser “atalaya” tiene que decir a los demás lo que la luz de Dios le hace ver. Y eso, a menudo, contradice los deseos de los hombres. El sacerdote tiene que decir lo que Dios le encarga decir, independientemente de que eso coincida o no con los deseos de los hombres.

Lo que Dios manda decir es siempre nuestro bien, es el Bien. Pero el Bien no coincide siempre con nuestros deseos. Pues los hombres unas veces deseamos el Bien y otras veces deseamos, incluso ardientemente, cosas que no son nuestro bien.

Frases...

“Trabajar por el Reino de Dios, es algo que está bien. Orar por el Reino, es todavía mejor. Sufrir con Cristo crucificado por el Reino de Dios, eso es todo”


Cardenal Tomasek

La paz interior

Nada contribuye tanto a la paz interior como el silencio, la meditación tan incesante como sea posible y la poca conversación con los demás.

Para salvaguardar la paz interior hay que evitar juzgar a los demás.

San Serafín de Sarov

XXII Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

3 de septiembre de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • La palabra del Señor me ha servido de oprobio (Jer 20, 7-9)
  • Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío (Sal 62)
  • Presentad vuestros cuerpos como sacrificio vivo (Rom 12, 1-2)
  • Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo (Mt 16, 21-27)
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El evangelio de hoy, queridos hermanos, es la continuación inmediata del evangelio del domingo pasado, por lo que llama mucho la atención que Pedro, que fue declarado “dichoso” por el Señor y constituido “piedra” sobre la que edificar su Iglesia, sea ahora mismo llamado Satanás y conminado a alejarse de él. ¿Qué ha ocurrido en tan breve espacio de tiempo?

Ha ocurrido que el Señor ha revelado que tiene que realizar su misión como Mesías a través del sufrimiento, la muerte y su posterior resurrección, y esto –el sufrimiento y la muerte- ha descolocado totalmente a Pedro, que probablemente esperaba de Jesús que pusiera fin a toda necesidad y sufrimiento humano y no precisamente que fuera él mismo sometido al sufrimiento y a la muerte. La reacción de Pedro es como la de aquellos que piensan que un Dios que no me libra del dolor no me sirve para nada. Por eso Pedro intenta disuadir a Jesús de seguir ese camino.

Frases...

“El secreto exige una solución, el misterio una genuflexión”




Autor: Alessandro D’AVENIA
Título: ¡Presente!
Editorial: Encuentro, Madrid, 2022, (p. 392)

Dios uno y trino



1. El carácter personal de Dios.

Cuando el hombre dice “Dios” no emplea una palabra como las demás palabras que designan los distintos objetos de su experiencia. Pues con esta misteriosa palabra denomina un ser todavía más misterioso y enigmático, un ser que, propiamente hablando, no es un ser, sino el fundamento último de todo ser, de toda realidad, que no necesita a su vez de ningún otro fundamento, puesto que es él mismo quien todo lo sustenta y rige. “Dios” designa, pues, la realidad que todo lo abarca, que todo lo sostiene y todo lo determina, la realidad englobante de todos los seres y de todos los acontecimientos de la historia humana, pues en él vivimos, nos movemos y existimos, según proclamó San Pablo en el Areópago de Atenas (Hechos 17,28). “Dios” significa también el bien supremo en el que participan todos los bienes finitos y que es su base, así como el último fin que dirige y ordena todas las cosas. Por todo ello “Dios” no es nunca, para el hombre, una realidad más, ni tan siquiera una realidad superior a las demás realidades, sino más bien la respuesta a la pregunta latente en todas las preguntas, es decir, la respuesta a la pregunta sobre el fundamento y el sentido últimos del hombre y del mundo.

Cuando el hombre ha intentado pensar el ser de este fundamento, tan distinto y superior al ser de todas las criaturas, lo ha concebido siempre como esencia inmutable, como necesidad intrínseca de ser. Y así Dios ha sido pensado como el ser Infinito que, por ello mismo, nunca puede ser finito, o como el Absoluto que, por ello mismo, nunca puede ser relativo, o como el Uno que, por ello mismo, nunca puede ser múltiple, o como la coincidencia de los opuestos -caos o matriz originaria de todos los seres- que, por ello mismo, no puede identificarse con el mundo de las formas diferenciadas. La filosofía, la gnosis y la mayor parte de las religiones coinciden en pensar a Dios como Necesidad, de tal manera que todas ellas suscribirían, en principio, la afirmación de que Dios no puede dejar de ser Dios, es decir, de que Dios está condenado a seguir la férrea Necesidad que le prescribe su naturaleza de Dios.

XXI Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

27 de agosto de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Pongo sobre sus hombros la llave del palacio de David (Is 22, 19-23)
  • Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos (Sal 137)
  • De él, por él y para él existe todo (Rom 11, 33-36)
  • Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos (Mt 16, 13-20)
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En el evangelio de este domingo, queridos hermanos, llama la atención el hecho de que Jesús pregunta a los discípulos lo que piensan acerca de su persona. Jesús no les ha preguntado nunca lo que piensan sobre su doctrina, qué les ha parecido, por ejemplo, el sermón de la montaña con las bienaventuranzas. Les pregunta, en cambio, sobre su persona, sobre su identidad, sobre quién es él. Y esto significa que esta cuestión es especialmente importante, que el centro de toda su obra no es su doctrina sino su persona, que el cristianismo no es, en primer lugar, adherir a una enseñanza o cumplir una moral, sino adherir a una persona, a la persona de Jesucristo.

La respuesta que da Pedro a la pregunta del Señor contiene dos afirmaciones distintas. “Tú eres el Mesías” significa tú eres el último y definitivo Rey y Pastor del pueblo de Israel, tú eres aquel en quién y por quien se cumplen las promesas hechas a los Patriarcas. “El Hijo de Dios vivo” significa tú tienes una relación única con Dios, caracterizada por el conocimiento recíproco y por la igualdad con Él, tal como ya había dicho Jesús al afirmar: “Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo” (Mt 11, 27).

Acto de confianza

Dios mío, estoy tan persuadido de que velas por todos los que en Ti esperan y de que nada le puede faltar a quien de Ti aguarda todas las cosas, que he resuelto vivir en adelante sin cuidado alguno, descargando sobre Ti todas mis inquietudes. Ya dormiré en paz y descansaré, porque Tú, sólo Tú, has asegurado mi esperanza.

Los hombres pueden despojarme de los bienes y de la reputación, las enfermedades pueden quitarme las fuerzas y los medios de servirte; yo mismo puedo perder tu gracia por el pecado. Pero no perderé mi esperanza; la conservaré hasta el último instante de mi vida y serán inútiles todos los esfuerzos de los demonios del infierno por arrebatármela. Dormiré y descansaré en paz.

Que otros esperen su felicidad de su riqueza o de sus talentos; que se apoyen sobre la inocencia de su vida, o sobre el rigor de su penitencia, o sobre el número de sus buenas obras, o sobre el fervor de sus oraciones. En cuanto a mí, Señor, toda mi confianza es mi confianza misma. Porque Tú, Señor, sólo Tú, has asegurado mi esperanza.

Los libros

Los libros no han perdido del todo ese primitivo valor que tuvieron en Roma, la sutil capacidad de trazar un mapa de los afectos y las amistades. Cuando unas páginas nos conmuevan, un ser querido será el primero a quien hablaremos de ellas. Al regalar una novela o un poemario a alguien que nos importa, sabemos que su opinión sobre el texto se reflejará sobre nosotros. Si un amigo, una amada o un amante coloca un libro en nuestras manos, rastreamos sus gustos y sus ideas en el texto, nos sentimos intrigados o aludidos por las líneas subrayadas, iniciamos una conversación personal con las palabras escritas, nos abrimos con mayor intensidad a su misterio. Buscamos en su océano de letras un mensaje embotellado para nosotros.

Cuando apenas se conocían, mi padre le regaló a mi madre un ejemplar de Trilce, los poemas de juventud de César Vallejo. Tal vez nada de lo que sucedió después hubiera sido posible sin la emoción que esos versos despertaron. Ciertas lecturas son una forma de derribar barreras, ciertas lecturas nos recomiendan al desconocido que las ama. No tengo parentesco con el prodigioso César Vallejo, pero le he injertado en mi árbol genealógico. Igual que mis remotos bisabuelos, el poeta fue necesario para que yo existiera.



Autor: Irene VALLEJO
Título: El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo,
Editorial: Siruela, Madrid, 2021, (p. 301)







XX Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

20 de agosto de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • A los extranjeros los traeré a mi monte santo (Is 56, 1. 6-7)
  • Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben (Sal 66)
  • Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel (Rom 11, 13-15. 29-32)
  • Mujer, qué grande es tu fe (Mt 15, 21-28)
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El Evangelio de hoy, queridos hermanos, transcurre en la región de Tiro y Sidón, por lo tanto fuera de los límites de Israel. Es un detalle importante porque la protagonista de este episodio es una mujer cananea, es decir, no-judía, no perteneciente al pueblo de Israel. Y el tema de fondo que, sin ser nombrado, está presente en todo este episodio es el de la salvación de los que no pertenecen al pueblo de Israel, el de la salvación de los gentiles, de los paganos: ¿Tienen o no tienen acceso a la salvación? Y si lo tienen, ¿en qué condiciones?

De entrada llama la atención que el Señor responda con su silencio a los angustiosos gritos de una madre que pide compasión para su hija. Hay como una aparente indiferencia de Jesús que contrasta con el interés de los discípulos que le dicen al Señor que la atienda. Aunque, todo hay que decirlo, este interés está motivado por el hecho de que los gritos de la mujer les molestan: “Atiéndela, que viene detrás gritando”. Parece que los discípulos son muy misericordiosos, pero en realidad lo que quieren es acabar con aquella molestia: quieren sacársela de encima.

Frases...

La vejez es una edad en la que hay que aprender a no hacer nada.



Alain QUILICI, Du bon usage de la vieillesse, Éditions du Carmel, Toulouse, 2017, (p. 9)

La esperanza en la misericordia










“La humanidad no encontrará la paz
hasta que no se vuelva con confianza
hacia mi misericordia (…)
Escribe que cuanto más grande es la miseria,
tanto más tiene derecho a mi misericordia,
e incita a todas las almas
a la confianza
en el inconcebible abismo de mi misericordia,
porque deseo que todos se salven.
La fuente de la misericordia
ha sido ampliamente abierta por la lanza sobre la cruz
para todas las almas,
sin excluir a nadie (…)
Mi Corazón es la misma misericordia.
De este océano de misericordia,
las gracias se derraman sobre el mundo entero.
Ninguna alma que se haya acercado a mí
ha quedado sin consolación.
Toda miseria perece en mi misericordia,
y toda gracia brota de esta fuente salvadora y santificante”

(Palabras de Jesús a santa Faustina)

* * *


"Decid bien, Madre mía,
que si yo hubiera cometido
todos los crímenes posibles,
tendría siempre la misma confianza;
porque siento que toda esta multitud de ofensas
son como una gota de agua
arrojada en un brasero ardiente”


(Palabras de santa Teresita del Niño Jesús, poco antes de morir, a su hermana Paulina, que era la Madre superiora)



Asunción de la bienaventurada Virgen María

15 de agosto 

15 de agosto de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies (Ap 11, 19a; 12, 1-6a. 10ab)
  • De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir (Sal 44)
  • Primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo (1 Cor 15, 20-27a)
  • El Poderoso ha hecho obras grandes en mí: enaltece a los humildes (Lc 1, 39-56)
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Celebramos hoy, queridos hermanos, la solemnidad de la Asunción de la bienaventurada Virgen María, en cuerpo y alma, al cielo. Lo que la liturgia propone hoy a nuestra contemplación es el destino final en el que se encuentra la Madre del Señor desde que terminó el curso de su vida terrena, diciéndonos que ella ha alcanzado ya plenamente el estado glorioso que tendrán, a partir del último día, todos los justos resucitados o los que, por vivir todavía cuando vuelva el Señor, serán transformados sin pasar por la muerte, tal como anuncia san Pablo: “He aquí que os anuncio un misterio: no todos moriremos, pero todos seremos transformados” (1Co 15, 51).

Los santos que están en el cielo se encuentran en un estado todavía provisional, en cuanto que una parte de su ser, el cuerpo, ha quedado aquí en la tierra, dejando de ser un cuerpo viviente, bien porque haya conocido la corrupción del sepulcro, o bien porque, aunque esté incorrupto, no es un cuerpo viviente, ya que lo que da vida al cuerpo es el alma, y el alma ya no está allí. Su espíritu y su alma están con el Señor y son colmados por la felicidad de contemplar su gloria; pero su cuerpo espera paciente el día de la segunda venida de Cristo, de su venida gloriosa, el día de la Parusía, para resucitar por la fuerza y el poder del Espíritu Santo, y ser transformado en un cuerpo espiritual, un cuerpo glorioso, tal como afirma san Pablo: “Así también en la resurrección de los muertos: se siembra corrupción, resucita incorrupción (…) se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual” (1Co 15, 42.44), y volver a unirse con su espíritu y su alma en la felicidad total del cielo.

XIX Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

6 de agosto de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Permanece de pie en el monte ante el Señor (1 Re 19, 9a. 11-13a)
  • Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación (Sal 84)
  • Desearía ser un proscrito por el bien de mis hermanos (Rom 9, 1-5)
  • Mándame ir a ti sobre el agua (Mt 14, 22-33)
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En el encuentro con Dios que tuvo el profeta Elías en el monte Horeb, se nos revela, queridos hermanos, que nuestro Dios no se hizo presente en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en el susurro de una suave brisa. Nuestra mentalidad humana asocia más fácilmente al Creador con las experiencias de fuerza y de poder –como son las tres primeras- que con la delicadeza de una suave brisa, descrita como un susurro. Esta suave brisa es un símbolo del Espíritu Santo que se hace presente en nuestro corazón de una manera muy silenciosa y suave, y cuya voz solo puede ser escuchada si en nosotros hay un profundo silencio. De ahí la importancia de la soledad y del silencio para encontrarse con Dios.

Esa soledad y ese silencio es lo que buscaba el Señor el domingo pasado en el evangelio y no lo pudo tener a causa del gentío que lo esperaba. Ahora, después de haber saciado su hambre con la multiplicación de los panes y de los peces y de haberlos despedido, consigue por fin esa anhelada soledad y ese deseado silencio para poder orar. Y se queda él solo en el monte orando, hasta que se hace de noche. Ahí el Señor abriría su corazón al Padre del cielo y pondría ante Él el dolor por el asesinato de Juan el Bautista, para que el íntimo coloquio entre Él y el Padre del cielo, en la unidad del Espíritu Santo, le permitiera acoger esa realidad dolorosa con paz.

La creación


1. Padre, todopoderoso, creador.

El orden de las palabras del credo es significativo: si Dios es todopoderoso y creador lo es como un padre. Padre se refiere a Hijo y, en el caso de Dios, se trata de su Hijo Único, de su Hijo amado, el que se hizo hombre por nosotros. El Padre es creador con el Hijo y en vistas al Hijo: la creación está hecha para ser entregada como una herencia a un hijo. Por eso del Hijo se dice que le instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos (Hebreos 1,2). Por eso a Jesucristo se le llama Señor porque todo ha sido creado por Él y para Él, Él es anterior a todo y todo se mantiene en Él (Colosenses 1,17).

La creación está marcada por la paternidad de Dios: el destino de la creación es ser entregada al Hijo. Pero como el Padre del cielo nos ha hecho (por gracia) hijos en el único Hijo (por naturaleza), el destino de la creación es que todos los hombres lleguemos a ser hijos e hijas de Dios. Dios crea, pues, para exteriorizar su amor de Padre, para que se haga visible su paternidad: Él nos eligió, en la persona de Cristo, antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos e irreprensibles ante Él, por el amor (Efesios 1,4).

Transfiguración del Señor

15 de agosto 

6 de agosto de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Su vestido era blanco como nieve (Dan 7, 9-10. 13-14)
  • El Señor reina, Altísimo sobre toda la tierra (Sal 96)
  • Esta voz del cielo es la que oímos (2 Pe 1, 16-19)
  • Su rostro resplandecía como el sol (Mt 17, 1-9)
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La transfiguración del Señor que celebramos hoy es como un símbolo de lo que es la vida cristina: un camino cuesta arriba –la subida a una montaña alta- y una transformación luminosa de nuestro propio ser. Pues el cristianismo, como explica san Pablo, afirma que somos “ciudadanos del cielo” de donde esperamos un salvador, nuestro Señor Jesucristo, que “transformará nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo”. Se trata, por lo tanto, de una transformación ontológica de nuestro ser, al hacernos, como explica san Pedro, “partícipes de la naturaleza divina”. El evangelio de hoy es como una visión anticipada del término hacia el cual caminamos.

Se transfiguró delante de ellos. La transfiguración no fue un cambio de la naturaleza de Jesús, sino una revelación de su verdadera naturaleza, de su identidad más profunda. La figura familiar y el aspecto habitual de Jesús se transforman ante sus ojos y ellos caen en la cuenta de que su aspecto habitual terreno-humano no expresa toda su realidad, toman conciencia de que él no está encerrado en los límites de la realidad terrena. Lo mismo indica el “blanco deslumbrador” de sus vestidos, que simboliza el mundo divino, la esfera de la luz esplendorosa de la majestad divina (cf. Mc 16,5; Ap 3,5), porque “Dios es luz sin tiniebla alguna” (1Jn 1, 5).

Frases...

No estamos en paz con los demás porque no estamos en paz con nosotros mismos y no estamos en paz con nosotros mismos porque no estamos en paz con Dios.


Thomas Merton

San Anselmo

Oh Virgen bendita por encima de todo,
cuida a quien se confía a ti;
haz que el grito de mis necesidades
vaya siempre contigo
y que tus miradas de bondad
me acompañen siempre.
Amén.

San Anselmo (+1109)



XVII Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

 30 de julio de 2023

(Ciclo A - Año impar)





  • Pediste para ti inteligencia (1 Re 3, 5. 7-12)
  • ¡Cuánto amo tu ley, Señor! (Sal 118)
  • Nos predestinó a reproducir la imagen de su Hijo (Rom 8, 28-30)
  • Vende todo lo que tiene y compra el campo (Mt 13, 44-52)
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“¿Entendéis bien todo esto?”. Para el Señor es importante que entendamos bien la naturaleza del Reino de los cielos, su condición aquí en la tierra, así como las exigencias que comporta.

La parábola del tesoro escondido nos enseña, en primer lugar, que la belleza y el valor del Reino de los cielos no son evidentes para todo el mundo, pues se trata de un tesoro escondido y son muchos los que ignoran la existencia de ese tesoro. Descubrirlo, verlo, es ya una inmensa gracia, un don de Dios.

La actitud correcta que este descubrimiento del valor del Reino de los cielos debe provocar en nosotros es la que ilustra esta parábola y la de la perla de gran valor: venderlo todo con tal de adquirir el campo o la perla, es decir, con tal de alcanzar ese tesoro y esa perla de gran valor que es el Reino de los cielos. Esto significa una jerarquía de valores, para la cual el valor principal y primero es participar del Reino de los cielos, entrar en él. Y para ello estoy dispuesto a vender todo lo demás, pues “si tu mano o tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo y arrójalo de ti; más te vale entrar en la Vida manco o cojo que, con las dos manos o los dos pies, ser arrojado al fuego eterno” (Mt 18,8).