VII Domingo del Tiempo Ordinario
27 de febrero de 2022
(Ciclo C - Año par)
- No elogies a nadie antes de oírlo hablar (Eclo 27, 4-7)
- Es bueno darte gracias, Señor (Sal 91)
- Nos da la victoria por medio de Jesucristo (1 Cor 15, 54-58)
- De lo que rebosa el corazón habla la boca (Lc 6, 39-45)
- Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf
“Vosotros sois la luz del mundo”, dijo
el Señor (Mt 5, 14). El cristiano tiene pues el deber ser luz que ilumina a los
hombres y que les muestra el camino correcto para encontrarse con Dios y
alcanzar la salvación. Por eso empieza el Señor este evangelio hablando de la
imposibilidad de que un ciego, es decir, alguien que carece del beneficio de la
luz, guíe a otro ciego. De ahí que lo primero deba ser alcanzar la luz para uno
mismo, tal como dice el Señor: “Tu ojo es la lámpara de tu cuerpo. Cuando tu ojo
está sano, todo tu cuerpo está iluminado; pero cuando está malo, también tu
cuerpo está a oscuras. Mira, pues, que la luz que hay en ti no sea oscuridad.
Si, pues, tu cuerpo está enteramente iluminado, sin parte alguna oscura, estará
tan enteramente luminoso, como cuando la lámpara te ilumina con su fulgor” (Lc
11, 34-36). Entonces, cuando estemos debidamente iluminados, podremos ser guías
para los demás.
Oración de una mujer atea, adúltera y farsante
Necesito a alguien que acepte la verdad de mi vida y al que yo no tenga que proteger. Y si soy una zorra y una farsante, ¿no habrá nadie en el mundo que ame a una zorra y a una farsante?
Me arrodillé en el suelo. Hacer aquello fue una locura: nunca me habían obligado a hacerlo de niña, ya que mis padres no creían en las oraciones, y yo tampoco. No tenía ni idea de lo que podía decir (…) Me arrodillé y apoyé la cabeza en la cama, y deseé poder creer. Amado Dios, dije -¿por qué amado, por qué amado?-, haz que crea. Yo no creo. Haz que crea. Dije: soy una zorra y una farsante y me odio a mí misma. No sirvo para nada bueno. Haz que crea. Cerré los ojos y los apreté muy fuerte y me clavé las uñas en las palmas de las manos hasta que no sentí nada más que dolor. Y dije: creeré. Deja que viva y yo creeré. Dale una oportunidad. Deja que disfrute de su felicidad. Hazlo y yo creeré. Pero eso no será suficiente. Amar no hace daño. Así que dije: lo amo y haré lo que sea con tal de que le permitas vivir. Dije muy despacio: lo dejaré para siempre si permites que viva y le das una oportunidad, y me clavé las uñas con mucha más fuerza hasta que sentí el desgarrón de la piel, y dije: la gente se ama sin verse, ¿no es cierto?, y la gente te ama durante toda la vida sin haber llegado a verte. Y entonces él apareció por la puerta, y estaba vivo, y pensé: ahora empieza la agonía de tener que vivir sin él, y deseé que volviera a estar muerto debajo de la puerta.
(Un año y medio más tarde, en una noche lluviosa y desapacible, consumada ya la ruptura con Maurice, Sarah sale de su casa y camina bajo la lluvia en dirección a una iglesia católica. Más tarde escribe en su diario:)
Esta noche no soportaba estar en casa, así que he salido a la calle y me he puesto a caminar bajo la lluvia. He recordado aquella ocasión en que me clavé las uñas en la palma de la mano, y aunque yo no lo supiera, Tú te introdujiste en mí a través del dolor. Aquella vez dije: “Deja que viva”, aunque yo no creía en Ti, pero mi falta de fe no te importó. La incorporaste a tu amor y la aceptaste como una ofrenda, y esta noche de lluvia me estaba empapando la gabardina y la ropa y me mojaba la piel, y yo tiritaba de frío, y ha sido la primera vez en que me ha parecido que estaba a punto de amarte a Ti. He llegado caminado bajo la lluvia hasta tus ventanas y quería quedarme toda la noche apostada allí solo para demostrarte que después de todo yo también puedo aprender a amar y ahora ya no le tengo miedo al desierto porque Tú estás allí. He vuelto a casa y me he encontrado a Maurice con Henry. Ha sido la segunda vez que Tú me lo has devuelto. La primera vez te odié por ello, pero Tú aceptaste mi odio igual que habías aceptado mi falta de fe y lo convertiste en tu amor, y te los guardaste para enseñármelos más tarde, para que así los dos pudiéramos reírnos juntos, igual que en ocasiones yo me reía de Maurice y le decía: “¿Recuerdas lo tontos que hemos sido…?”.
(Quince meses más tarde Sarah ha entrado en contacto con una especie de “predicador del ateísmo”, llamado Richard, que tiene su rostro marcado con una mancha en su mejilla y que intenta convencerla de que no hay Dios. Porque, sorprendentemente, el camino de Sarah se va a cercando a Dios. Y Sarah escribe en su diario:)
Ayer me compré un crucifijo, uno barato y feo porque lo tuve que comprar a toda prisa. Me puse roja cuando lo pedí en la tienda, ya que alguien podría verme comprándolo. En esas tiendas deberían poner cristales esmerilados en la puerta como hacen en las tiendas donde venden preservativos. Cuando me encierro con llave en mi dormitorio puedo sacarlo del fondo de mi joyero. Ojalá me supiera una oración que no fuera yo, yo, yo, mí, mí, mí, me, me, me. Ayúdame. Déjame ser feliz. Me, me, me. Mí, mí, mí.
Déjame pensar en la horrible mancha que tiene Richard en la mejilla. Déjame ver la cara de Henry cuando las lágrimas ruedan por sus mejillas. Deja que me olvide de mí. Amado Dios, he intentado amarte, pero lo he liado todo. Si supiera amarte, también sabría amarlos a todos ellos. Creo en tu leyenda. Creo que naciste de verdad. Creo que quisiste morir por todos nosotros. Creo que eres Dios. Enséñame a amar. Deja que mi dolor se haga eterno, pero no dejes que ellos sufran. Amado Dios, si pudieras descender de la cruz por un momento y dejar que me pusiera yo en tu lugar. Si yo pudiera sufrir como sufres tú, yo también podría sanar a los demás.
Siempre me inclino por el melodrama: creo estar dispuesta a soportar el dolor que sentiste en la cruz, pero luego no me atrevo a soportar veinticuatro horas de mapas y de guías Michelin. Amado Dios, no sirvo para nada. Sigo siendo la misma zorra y la misma farsante. Quítame ya de en medio.
VII Domingo del Tiempo Ordinario
20 de febrero de 2022
(Ciclo C - Año par)
- El Señor te ha entregado hoy en mi poder, pero yo no he querido extender la mano (1 Sam 26, 2. 7-9. 12-13. 22-23)
- l Señor es compasivo y misericordioso (Sal 102)
- Lo mismo que hemos llevado la imagen del hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial (1 Cor 15, 45-49)
- Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso (Lc 6, 27-38)
- Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf
El Señor nos propone hoy unos comportamientos que superan con mucho la lógica de lo humano. Pues ofrecer la otra mejilla para volver a ser injuriado (es decir, mantener abierta una relación que me resulta dura e injuriosa), aceptar ser desnudado por alguien que me roba la capa y a quien yo entrego también la túnica (capa y túnica eran, normalmente, todo el “vestido” de la época), no reclamar lo que es mío a quien me lo quita, son comportamientos que contradicen una tendencia básica del ser humano: la autoprotección. Y por otro lado pretender que actuemos con los demás, sin tener en cuenta el modo como los demás actúan con nosotros, también es algo que supera una ley no escrita pero profundamente humana, la reciprocidad: comportarme con el otro como el otro se comporta conmigo, amar a quien me ama, hacer le bien a quien me hace el bien, prestar a quien me prestó. El Señor, a sus discípulos, es decir, a quienes queremos vivir en comunión con él, nos pide que, frente a quienes son nuestros enemigos, nos odian, nos maldicen y nos injurian, respondamos con amor, haciendo el bien, bendiciendo y orando por ellos. San Pablo resumirá todo esto diciendo: “A nadie devolváis mal por mal, ni injuria por injuria (…) No te dejes vencer por el mal, antes bien vence el mal a fuerza de bien” (Rm 12,17-21).
Frases...
“Di que estas piedras se conviertan en panes (…) No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.
Cuando el primado del amor naufraga ante el primado de lo económico, es el odio quien regula el reparto de bienes; y los panes se convierten en piedras.
VI Domingo del Tiempo Ordinario
13 de febrero de 2022
(Ciclo C - Año par)
- Maldito quien confía en el hombre; bendito quien confía en el Señor (Jer 17, 5-8)
- Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor (Sal 1)
- Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido (1 Cor 15, 12. 16-20)
- Bienaventurados los pobres. Ay de vosotros, los ricos (Lc 6, 17. 20-26)
- Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf
Es imposible amar a alguien y no
avisarle de los peligros que corre. En el evangelio de hoy el Señor nos ama
advirtiéndonos del peligro de una vida centrada en las “riquezas”, es decir, en
la obtención de todo aquello que puede saciar las necesidades más inmediatas
que tenemos. Para desenvolvernos en la vida, para vivir, para crecer,
ciertamente todos tenemos necesidad de bienes materiales, de alimentos, de ocio
y esparcimiento y de que la gente nos reconozca como personas dignas, como
gente de bien. Pero si la obtención de todo esto acapara todas las energías de
nuestra vida, es decir, si nuestro corazón está puesto en todo esto “y punto”
-es decir, y nada más-, entonces, dice el Señor, nosotros mismos, con esta
actitud, nos cerramos la puerta del reino de Dios. Si centramos nuestra vida en
todo esto, se cumplirá en nosotros la palabra de Jesús que dice: “¿De qué le
sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?” (Mc 8,36).
El lugar de los comienzos
V Domingo del Tiempo Ordinario
6 de febrero de 2022
(Ciclo C - Año par)
- Aquí estoy, mándame (Is 6, 1-2a. 3-8)
- Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor (Sal 137)
- Predicamos así, y así lo creísteis vosotros (1 Cor 15, 1-11)
- Dejándolo todo, lo siguieron (Lc 5, 1-11)
- Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf
La liturgia de la palabra de este
domingo nos presenta a dos grandes creyentes, Isaías y Pedro, en el trance de
descubrirse pecadores. El hombre sólo se descubre pecador cuando se encuentra
con Dios, como les ocurre a Isaías y a Pedro. Quienes no se han encontrado con
Dios no pueden reconocerse pecadores, sino, a lo sumo, egoístas, débiles,
frágiles, inconstantes, necios, torpes, pero no pecadores. Porque el pecado es
una violencia arbitraria y gratuita contra Dios, es una rebelión en toda regla
contra Aquel que nos da el ser.
Cinco recetas de sabiduría para nuestro tiempo
La aspiración a la felicidad es la aspiración a una realización completa, total, exhaustiva del ser del hombre. La felicidad incluye no solo la satisfacción de la inteligencia, mediante la posesión de la Verdad, y de la voluntad, mediante la posesión del Bien, sino también la satisfacción de la afectividad por entrar en una situación donde no hay ningún dolor, ningún disgusto, ninguna pena, sino que todo es armonioso y gratificante, y todos los deseos de nuestro corazón se ven colmados. Hay un himno litúrgico que expresa muy bien esto último:
Cuando la muerte sea vencida
y estemos libres en el reino,
cuando la nueva tierra nazca
en la gloria del nuevo cielo,
cuando tengamos la alegría
con un seguro entendimiento
y el aire sea como una luz
para las almas y los cuerpos,
entonces, sólo entonces, estaremos contentos.
Cuando veamos cara a cara
lo que hemos visto en un espejo
y sepamos que la bondad
y la belleza están de acuerdo,
cuando, al mirar lo que quisimos,
lo veamos claro y perfecto
y sepamos que ha de durar,
sin pasión, sin aburrimiento,
entonces, sólo entonces, estaremos contentos.
Cuando vivamos en la plena
satisfacción de los deseos,
cuando el Rey nos ame y nos mire,
para que nosotros le amemos,
y podamos hablar con él
sin palabras, cuando gocemos
de la compañía feliz
de los que aquí tuvimos lejos,
entonces, sólo entonces, estaremos contentos.
Cuando un suspiro de alegría
nos llene, sin cesar, el pecho,
entonces –siempre, siempre-, entonces
seremos bien lo que seremos.
Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo, que es su Verbo,
gloria al Espíritu divino,
gloria en la tierra y en el cielo. Amén.
Escuela de la fe #07: Libres y esclavos
Libres y esclavos
D. Fernando Colomer Ferrándiz
28 de enero de 2022
Enlace para escuchar en ivoox: https://go.ivoox.com/rf/126369574
IV Domingo del Tiempo Ordinario
30 de enero de 2022
(Ciclo C - Año par)
- Te constituí profeta de las naciones (Jer 1, 4-5. 17-19)
- Mi boca contará tu salvación, Señor (Sal 70)
- Quedan la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor (1 Cor 12, 31-13, 13)
- Jesús, como Elías y Eliseo, no solo es enviado a los judíos (Lc 4, 21-30)
- Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf
El evangelio que acabamos de escuchar
pone de relieve una de las constantes que acompañará la vida terrena de Jesús y
el anuncio del Evangelio hasta que Él vuelva. Se trata de la lucha entre la
idea que los hombres tenemos de Dios y la verdad de Dios. Se trata de la
aceptación de la libertad de Dios.
“¿No es éste el hijo de José?”,
se preguntan sus paisanos de Nazaret después de haberse “admirado de las
palabras de gracia que salían de sus labios”. Detrás de esta pregunta retórica
se esconde un drama: que ellos tienen una idea preconcebida de Dios, de su
manera de ser y de actuar, y que a causa de esa idea suya no pueden creer que Jesús sea verdaderamente el enviado de Dios,
aquel en quien se cumple el anuncio del profeta Isaías. Jesús no encuentra fe en sus paisanos; lo que
encuentra es una especie de curiosidad socarrona:
Oración de la mañana
en el silencio de este día que nace,
vengo a suplicarte la paz,
la sabiduría y la fuerza.
Quiero mirar hoy el mundo
con unos ojos llenos de amor.
Quiero ser paciente, comprensivo y dulce.
Ver a tus hijos, más allá de las apariencias,
como Tú mismo los ves:
viendo sólo el bien en cada uno de ellos.
Cierra mis oídos a toda calumnia,
guarda mi lengua de toda maldad;
que mi espíritu albergue únicamente
pensamientos de bendición.
Que yo sea tan bondadoso y tan alegre
que todos los que se acerquen a mí
sientan tu presencia.
Revísteme de tu belleza, Señor,
y que a lo largo de este día
yo te haga presente a Ti.
Amén.
III Domingo del Tiempo Ordinario
23 de enero de 2022
(Ciclo C - Año par)
- Leyeron el libro de la Ley, explicando su sentido (Neh 8, 2-4a. 5-6. 8-10)
- Tus palabras, Señor, son espíritu y vida (Sal 18)
- Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro (1 Cor 12, 12-30)
- Hoy se ha cumplido esta Escritura (Lc 1, 1-4; 4, 14-21)
- Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf
“Toda la sinagoga tenía los ojos fijos
en él”. Comentando este pasaje del Evangelio, Orígenes (185-253) escribe:
“También ahora, si vosotros queréis, en nuestra sinagoga, en nuestra asamblea
podéis fijar los ojos en el Salvador. Cuando diriges la mirada más profunda de
tu corazón hacia la contemplación de la Sabiduría, de la Verdad y del Hijo
único de Dios, tienes los ojos fijos en Jesús. Bienaventurada la asamblea que
tiene los ojos fijos en Él. Quisiera que en esta asamblea todos, catecúmenos y
fieles, mujeres, varones y niños, tengan los ojos, no los del cuerpo sino los
del alma, ocupados en mirar a Jesús. Pues cuando le miráis, su luz y su
destello iluminan vuestros rostros con mayor resplandor”. Yo también deseo eso
mismo para vosotros y se lo pido al Señor.
La enfermedad
II Domingo del Tiempo Ordinario
16 de enero de 2022
(Ciclo C - Año par)
- Se regocija el marido con su esposa ( Is 62, 1-5)
- Contad las maravillas del Señor a todas las naciones (Sal 95)
- El mismo y único Espíritu reparte a cada uno en particular como él quiere (1 Cor 12, 4-11)
- Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea (Jn 2, 1-11)
- Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf
El Evangelio de hoy nos narra,
queridos hermanos, cómo Jesús convirtió unos seiscientos litros de agua en vino
de la mejor calidad. Una fiesta de bodas duraba en Israel toda una semana. Iba
acompañada de música y de juerga, de bailes y de cantos. Eran proverbiales el
júbilo y el gozo, el buen humor y la alegría. Como en toda fiesta no podía
faltar el vino “que alegra el corazón del hombre” (Sal 104; Jue 9,13): el vino
es sinónimo de alegría. Si llegara a faltar el vino toda esa alegría se
convertiría en un bochorno y en una vergüenza para los recién casados, que
verían así amargamente estropeado un momento tan bello de su vida. Jesús va a
salvar esa fiesta.
Frases...
“Hemos decidido seguir su consejo y seguir llamándolo Hotel Silencio. Y hemos colocado un cartel en tres idiomas. Me señala la pared que tiene detrás. El silencio salvará el mundo, reza el cartel”.
Bautismo del Señor
9 de enero de 2022
(Ciclo C - Año par)
- Mirad a mi siervo, en quien me complazco (Is 42, 1-4. 6-7)
- El Señor bendice a su pueblo con la paz (Sal 28)
- Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo (Hch 10, 34-38)
- Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se abrieron los cielos (Lc 3, 15-16. 21-22)
- Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf
Celebramos hoy el bautismo del Señor
que constituyó una manifestación pública del ser de Cristo, de su identidad,
ante el pueblo de Israel. Fue como una especie de respuesta pública a la
pregunta “¿quién es este hombre, llamado Jesús de Nazaret?”, una especie de
“segundo nacimiento” (S. Máximo de Turín) realizado no ya en el silencio de la
noche sino a la luz pública del día, en medio del pueblo de Israel, reunido en
torno a Juan.
Epifanía del Señor
6 de enero de 2022
(Ciclo C - Año par)
- La gloria del Señor amanece sobre ti (Is 60, 1-6)
- Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra (Sal 71)
- Ahora ha sido revelado que los gentiles son coherederos de la promesa (Ef 3, 2-3a. 5-6)
- Venimos a adorar al Rey (Mt 2, 1-12)
- Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf
Cuando
el Señor eligió a Abraham lo hizo para que, a través de su descendencia, fueran
bendecidos “todos los linajes de la tierra” (Gn 12,3), “todos los pueblos de la
tierra” (Gn 18,18). De Abraham sacaría Dios más tarde un pueblo, Israel, que
tendría como misión en el mundo ser el portador de la salvación de Dios para todos los hombres. Pues “Dios quiere
que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad”
(1 Tm 2,3-4). Por eso ya desde antiguo el profeta Isaías exhortó a Israel a
“ensanchar” su corazón, para acoger en su seno a la multitud de los gentiles:
“Tus hijos llegan de lejos…Te inundará una multitud de camellos, los
dromedarios de Madián y de Efá” (Is 60,1-6). Este misterio, escondido durante
siglos eternos en Dios, es el que ahora, con la venida de Cristo, ha sido
revelado: que “también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo
y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio” (Ef 3,6). Pues
Jesucristo es la descendencia de Abraham en la que son bendecidas todas las
naciones de la tierra. Por eso los
magos preguntan “dónde está el rey de los judíos”. Es la misma inscripción que
se pondrá sobre la cruz: Jesús Nazareno, Rey de los judíos. La salvación de
Dios viene, en efecto, de los judíos. Pero es una salvación ofrecida a todos
los hombres. Los magos que llegan de Oriente reconocen en Jesús al “rey de los
judíos” por el que se les ofrece la salvación también a ellos, que no son
judíos.
Aprender a esperar
II Domingo después de Navidad
2 de enero de 2022
(Ciclo C - Año par)
- La sabiduría de Dios habitó en el pueblo escogido (Eclo 24, 1-2. 8-12)
- El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Sal 147)
- Él nos ha destinado por medio de Jesucristo a ser sus hijos (Ef 1, 3-6. 15-18)
- El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 1-18)
- Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf
Al contemplar el misterio del niño que nos ha nacido en
Navidad, surge inevitablemente la pregunta: ¿quién es este niño, cuál es su
verdadera identidad? De él se nos dicen cosas extraordinarias, que es el
Mesías, el Señor, el Salvador, que es “maravilla de consejero”, “príncipe de la
paz”. ¿Por qué es todas estas cosas? ¿Quién es él?
Santa María, madre de Dios
1 de enero de 2022
(Ciclo C - Año par)
- Invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré (Núm 6, 22-27)
- Que Dios tenga piedad y nos bendiga (Sal 66)
- Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer (Gál 4, 4-7)
- Encontraron a María y a José y al niño. Y a los ocho días, le pusieron por nombre Jesús (Lc 2, 16-21)
- Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf
En este primer día del año civil, la
Iglesia nos invita a contemplar a María, la Madre del Señor, para que en ella
encontremos el camino que conduce a la paz. Ese camino está indicado en el
evangelio al afirmar que María conservaba todas estas cosas, meditándolas
en su corazón.
El Reino de Dios
1. Jesús anuncia el Reino.
“El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Marcos 1,15). Estas palabras referidas por Marcos nos entregan el centro del mensaje de Jesús. Mateo habla del “Reino de los cielos” (Mateo 4,17) pero significa lo mismo puesto que la expresión “cielo” es un circunloquio normal en el judaísmo para ocultar el nombre de Dios. Así pues el reino de Dios es “el asunto” de Jesús.
Curiosamente Jesús no se toma la molestia de explicar en qué consiste ese reino. No lo hace porque supone en todos sus oyentes una idea y una espera de ese mismo reino. En efecto, todo el Antiguo Testamento había hecho comprender al pueblo de Israel la condición trágica del hombre: su deseo profundo de llenar su vida de paz, de justicia, de libertad y de vida, y su incapacidad total para conseguirlo. Como si hubiera unos poderes maléficos que le impiden al hombre realizar aquello mismo que él anhela. La Biblia llama “demonios”, “principados y potestades”, a estos misteriosos poderes que impiden al hombre alcanzar su plenitud, porque corrompen la libertad del hombre y le hacen “elegir lo que no quiere” como dice Pablo.
Pues bien, “reino de Dios” significa la extraordinaria e inaudita noticia de que esta situación se ha terminado, de que estos poderes han sido superados, han sido derrotados y que, en consecuencia, va a ser posible llenar la propia vida de luz y de paz, de justicia, de salvación. “Reino de Dios” significa, por lo tanto, el advenimiento del “señorío de Dios” y, por lo tanto, el final del señorío del diablo. “Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios” (Lucas 11,20). Jesús anuncia, pues, que la esperanza escatológica, el anhelo profundo del pueblo de Israel, expresión a su vez del anhelo profundo de toda la humanidad, se va a ver realizada ahora: “el tiempo se ha cumplido y el reino de Dios ha llegado” (Marcos 1,14. Mateo 4,17; 10,7. Lucas 10,9.11) Por eso se atreve a afirmar: “¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que veis y no lo vieron; quisieron oír lo que oís y no lo oyeron” (Lucas 10,23ss). Como dijo en Nazaret: “Esta Escritura que acabáis de oír, se ha cumplido hoy” (Lucas 4,21).
2. Jesús es el Reino.
Lo propio de Jesús de Nazaret es que son inseparables su persona y su “asunto”, es decir, el Reino de Dios. Tan inseparables que, en el fondo, su asunto es su persona: Él es el Reino de Dios. Por eso puede declarar dichoso al que Le ve y al que Le oye, porque verLe y oírLe es ver y oír la llegada del Reino. Ese Reino había sido anunciado con una serie de signos (cfr. Isaías 35,5-6; 26,19; 29,18s) que ahora se cumplen: “Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!” (Mateo 11,4-6). La última frase –dichoso aquel que no halle escándalo en mí– indica la novedad de la situación: Él es el Reino, y todo radica en abrirse o cerrarse a Él.
Las palabras de Jesús expresan constantemente esta realidad. A primera vista Jesús habla como un rabbi, un profeta o un maestro de sabiduría como los que conocía Israel. Pero mirando las cosas más de cerca se descubren diferencias importantes. De hecho la gente las notaba y exclamaba: “¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad!” (Marcos 1,27). Porque Jesús no enseña como un rabbi que se limita a explicar la Ley de Moisés. Es cierto que utiliza la misma fórmula que empleaban los rabinos para exponer su propia opinión, distinguiéndola de las demás opiniones –“Pero yo os digo”– (Mateo 5,22). Pero las discusiones de los rabinos se mantenían dentro del marco de la Ley judía. Sin embargo Jesús sobrepasa la Ley. No se contrapone a ella –“No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mateo 5,17)– sino que actúa como teniendo más autoridad que Moisés. Detrás de la autoridad de Moisés sólo estaba la de Dios. Cuando Jesús dice “habéis oído que se dijo a los antepasados” para añadir a continuación “pero yo os digo” (Mateo 5,21-22), en realidad Jesús ya no está hablando como un rabino más, sino constituyéndose Él en criterio de la Ley (la expresión “se dijo a los antepasados” es, en realidad, un velado circunloquio del nombre de Dios).
Tampoco habla Jesús como un profeta. Los profetas transmiten la palabra de Dios. Dicen, por ejemplo, “así habla el Señor” o bien “oráculo de Yahveh”. Sin embargo Jesús habla con plena autoridad, sin distinguir para nada su propia palabra de la palabra de Dios: “Y quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas” (Marcos 1,22). Jesús se considera él mismo como la boca y la voz de Dios. Así lo entendieron sus contemporáneos y por eso lo rechazaron: “¿Por qué éste habla así? Está blasfemando” (Marcos 2,7).
3. El punto de encuentro entre Dios y el hombre es Jesús y no la Ley.
De ahí la sorpresa y la indignación de la mayor parte de los judíos al constatar que Jesús tiene la pretensión de ser Él –su persona– el lugar decisivo del encuentro con Dios, en vez del cumplimiento de la Ley de Moisés. Esta pretensión se manifiesta en multitud de disputas en las que Jesús subordina determinadas prácticas de la Ley al hecho de su persona y su presencia. Cuando le preguntan por qué sus discípulos no ayunan, como hacen los fariseos y los discípulos de Juan el Bautista, la respuesta de Jesús es contundente: “¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar” (Marcos 2,19). Con estas palabras Jesús evoca el Cantar de los cantares donde el encuentro con Dios es descrito como un encuentro nupcial y se presenta él mismo como “el novio”. Proclama así el inaudito acontecimiento anunciado por Isaías al afirmar que “el que te creó te desposa” y retomado por el Apocalipsis al cantar la boda del Cordero: “Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero y su esposa se ha engalanado” (Apocalipsis 19,7). Cuando sus discípulos arrancan espigas –trabajo prohibido en día de sábado– al atravesar por un sembrado un sábado y los fariseos se lo reprochan, Jesús los defiende manifestando lo inaudito de su pretensión: “Porque el Hijo del hombre es señor del sábado” (Mateo 12,8). El sábado era el día consagrado por entero a Yahveh, el día en que el Señor reposó y en el que el pueblo, reposando también, participa del tiempo de Dios, es decir, de su eternidad, entrando de este modo en comunión con Él. Afirmar, por lo tanto, que el hijo del hombre es señor del sábado es tanto como afirmar que él es Dios, ya que el “señor del sábado” por excelencia es el mismo Dios.
4. Jesús ofrece “señales” que autentifican su pretensión.
La pretensión de Jesús es nada más y nada menos que la de hacerse igual a Dios, la de constituirse Él, su persona, en el punto de encuentro entre el hombre y Dios. Esta pretensión la expresa Jesús en frases como “aquí hay algo mayor que el Templo” (Mateo 12,7), es decir, que el lugar de encuentro entre Dios y su pueblo, o “aquí hay algo más que Jonás” o “aquí hay algo más que Salomón” (Mateo 12,41-42) y en gestos como el perdonar los pecados. Para autentificar su pretensión Jesús ofreció numerosos “signos”: “Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados –dice al paralítico–: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. Él se levantó y se fue a su casa” (Mateo 9,6-7).
Los milagros de Jesús son los signos que él ofrece para que el hombre, provocado por el asombro de lo extraordinario, pueda abrir su corazón a la acción de Dios presente en Él. Jesús nunca hizo milagros por una pura demostración de su poder. Cuando se los pidieron en este plan –“Maestro, queremos ver una señal hecha por ti” (Mateo 12,38)– se negó rotundamente a hacerlos y anunció como la única señal valedera y definitiva su muerte y resurrección (cfr. Mateo 12,39-40). Jesús no fue un curandero como tantos que había en su tiempo. Las curaciones de Jesús no son curaciones del cuerpo sino recreaciones del ser entero del hombre, posibles sólo gracias a la fe, por la que el hombre se abre a la acción de Dios presente y operante en Él. De ahí la frase que tantas veces se repite en los evangelios: “tu fe te ha salvado”. No porque la fe por sí misma tenga el poder de salvar, sino porque la fe abre el corazón del hombre al poder de Dios, que es el único que salva. Los curados por Jesús no recuperan meramente la salud física, sino que acceden a una nueva existencia. De la suegra de Pedro curada instantáneamente por Jesús de una fiebre se nos dice que “se puso a servirles” (Marcos 1,31), es decir, que accedió a una nueva existencia configurada por el servicio de Jesús y de sus discípulos; y de tantos y tantos curados se nos dice que marchaban contentos alabando a Dios. Los milagros de Jesús son, pues, signos, que suponen la fe, como apertura personal a Él, y que confirman esa misma fe. Por eso Juan afirma, a propósito del milagro de Caná de Galilea: “Así, en Caná de Galilea, dio comienzo Jesús a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos” (Juan 2,11).
5. El seguimiento de Jesús.
Así pues la decisión a favor o en contra del Reino de Dios y de Dios mismo se convierte en la decisión a favor o en contra de Jesús: “Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles” (Marcos 8,38). La decisión a favor o en contra de Jesús es, pues, la decisión a favor o en contra de Dios mismo. De ahí que Jesús invite al seguimiento.
Los rabinos solían tener un grupo de discípulos a su alrededor. Aparentemente Jesús hace también lo mismo. Pero si se mira más de cerca vemos inmediatamente que hay profundas diferencias. A un rabino se le puede pedir el ser admitido entre sus discípulos; sin embargo Jesús es Él mismo quien elige, de manera soberanamente libre, “a los que quiso” (Marcos 3,13). Su llamada –“Sígueme” (Marcos 1,17)– no es una propuesta o una invitación sino más bien una orden. Una orden que, por lo demás, es una palabra creadora que transforma profundamente la vida del discípulo: “Jesús les dijo: Venid conmigo y os haré llegar a ser pescadores de hombres” (Marcos 1,17). En contra de lo que ocurre con los rabinos y sus discípulos, aquí no se trata de una relación provisional maestro-discípulo, hasta que el discípulo mismo llega a ser maestro. Aquí esto está explícitamente excluido: “Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar «Rabbí», porque uno solo es vuestro Maestro; y todos vosotros sois hermanos” (Mateo 23,8). De ahí que la vinculación de los discípulos con Jesús es mucho más profunda que la de los discípulos de los rabinos con sus respectivos maestros. Jesús, en efecto, llama a sus discípulos “para que estén con él” (Marcos 3,14). Así ellos participan de su peregrinaje, de su carencia de patria, de su “no tener donde reclinar la cabeza”. En realidad ser discípulo de Jesús no consiste en recibir unas enseñanzas sino en entrar en una comunión de vida total con Él, en una comunión de destino, pase lo que pase. Por eso el seguimiento exige “dejarlo todo”. (Marcos 10,28).
La bondad de Dios
Catequesis parroquial nº 166
Autor: D. Fernando Colomer FerrándizFecha: 22 de diciembre de 2021
Sagrada Familia
26 de diciembre de 2021
(Ciclo C - Año par)
- Quien teme al Señor honrará a sus padres (Eclo 3, 2-6. 12-14)
- Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos (Sal 127)
- La vida de familia en el Señor (Col 3, 12-21)
- Los padres de Jesús lo encontraron en medio de los maestros (Lc 2, 41-52)
- Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf
Lo que más me llama la atención de la
sagrada Familia es la conciencia tan clara que tienen todos sus miembros de
pertenecer a Dios, de ser “de Dios”, de que su dueño y señor es Dios y sólo
Dios y de que, si están los tres juntos, es porque Dios, que es su verdadero y
único dueño, les ha dicho que lo estén.
JESÚS es plenamente consciente de que
Él pertenece al Padre del cielo y por eso se queda en el templo de Jerusalén,
que es la casa de su Padre, Dios. Y por eso respondió al requerimiento de su
madre diciendo: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la
casa de mi Padre?”
Natividad del Señor
25 de diciembre de 2021
(Ciclo C - Año par)
- Verán los confines de la tierra la salvación de nuestro Dios (Is 52, 7-10)
- Los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios (Sal 97)
- Dios nos ha hablado por el Hijo (Heb 1, 1-6)
- El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Lc 1, 1-18)
- Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf
“Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres”, hemos proclamado en la segunda lectura de hoy. Un acontecimiento increíble ha sucedido: “Cuando un sosegado silencio lo envolvía todo y la noche se encontraba en la mitad de su carrera”, la Palabra de Dios “saltó del cielo, desde el trono real” y vino a la tierra, morando en medio de nosotros (Sb 18,14). “Dios ha realizado un milagro nunca visto entre los habitantes de la tierra: el que mide el cielo con la palma de su mano, yace en un pesebre de poco más de un palmo; el que en la cavidad de su mano contiene todo el mar, experimenta qué es nacer en una gruta. El cielo está lleno de su gloria y el pesebre está colmado de su esplendor. Moisés anhelaba contemplar la gloria de Dios, pero no fue posible el verla como deseaba. Entonces ningún hombre pensaba poder ver a Dios y quedar con vida. Hoy todos los que le han visto han pasado de la muerte segunda a la vida”, canta San Efrén (+373).
San Atanasio de Alejandría
tu gloria supera odas las cosas creadas.
¿Qué hay que se pueda semejar a tu nobleza,
madre del Verbo de Dios?
¿A quién te compararé, oh Virgen,
entre toda la creación?
Excelsos son los ángeles de Dios y los arcángeles,
pero ¡cuánto los superas tú, oh María!
Los ángeles y los arcángeles sirven con temor
a Aquel que habita en tu seno,
y no se atreven a hablarle;
tú, sin embargo, hablas con él libremente.
Decimos que los querubines son excelsos,
pero tú eres mucho más excelsa que ellos:
los querubines sostienen el trono de Dios;
tú, sin embargo, sostienes a Dios mismo
entre tus brazos.
Los serafines están delante de Dios,
pero tú estás más presente que ellos;
los serafines cubren su cara con las alas,
No pudiendo contemplar la gloria perfecta;
tú, en cambio,
no sólo contemplas su cara,
sino que la acaricias
y llenas de leche su boca santa.
La belleza de la vida sacerdotal
La belleza de la vida sacerdotal (Parte 1)
La belleza de la vida sacerdotal (Parte 2)
IV Domingo de Adviento
19 de diciembre de 2021
(Ciclo C - Año par)
- De ti voy a sacar al gobernador de Israel (Miq 5, 1-4a)
- Oh, Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve (Sal 79)
- He aquí que vengo para hacer tu voluntad (Heb 10, 5-10)
- ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? (Lc 1, 39-45)
- Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf
El evangelio de hoy es de una singular
belleza: nos presenta a dos mujeres puras, llenas de belleza espiritual, que se
encuentran en el Espíritu Santo y,
por ello mismo, son capaces de percibirse en su verdad más profunda, aceptando
y agradeciendo, llenas de alegría, la obra de Dios en cada una de ellas. Cuando
uno contempla el encuentro de la Virgen María y de su prima santa Isabel, uno
desea que todos los encuentros humanos que va a tener en esta vida sean así:
encuentros en el Espíritu Santo,
llenos de verdad y de alegría, llenos de agradecimiento al Señor.

