VII Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

27 de febrero de 2022

(Ciclo C - Año par)





  • No elogies a nadie antes de oírlo hablar (Eclo 27, 4-7)
  • Es bueno darte gracias, Señor (Sal 91)
  • Nos da la victoria por medio de Jesucristo (1 Cor 15, 54-58)
  • De lo que rebosa el corazón habla la boca (Lc 6, 39-45)
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“Vosotros sois la luz del mundo”, dijo el Señor (Mt 5, 14). El cristiano tiene pues el deber ser luz que ilumina a los hombres y que les muestra el camino correcto para encontrarse con Dios y alcanzar la salvación. Por eso empieza el Señor este evangelio hablando de la imposibilidad de que un ciego, es decir, alguien que carece del beneficio de la luz, guíe a otro ciego. De ahí que lo primero deba ser alcanzar la luz para uno mismo, tal como dice el Señor: “Tu ojo es la lámpara de tu cuerpo. Cuando tu ojo está sano, todo tu cuerpo está iluminado; pero cuando está malo, también tu cuerpo está a oscuras. Mira, pues, que la luz que hay en ti no sea oscuridad. Si, pues, tu cuerpo está enteramente iluminado, sin parte alguna oscura, estará tan enteramente luminoso, como cuando la lámpara te ilumina con su fulgor” (Lc 11, 34-36). Entonces, cuando estemos debidamente iluminados, podremos ser guías para los demás.

Oración de una mujer atea, adúltera y farsante

(Sarah es una mujer casada con Henry que está viviendo una relación con otro hombre, un escritor llamado Maurice. Ella ama a Maurice, pero ama también, de algún modo, a su marido y no quiere romper su matrimonio. En uno de sus encuentros, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando está con Maurice en la cama, sobreviene un bombardeo. Cuando parecía que había terminado el bombardeo, Maurice baja al sótano para ver si había alguien en él. Y mientras está allí sobreviene una gran explosión. Sarah baja rápidamente por las escaleras a buscar a Maurice y le parece que está muerto. Y en ese momento, Sarah, que no es creyente, ora desesperadamente a Dios. Al reflexionar más tarde sobre lo acontecido escribe en su diario:)

Necesito a alguien que acepte la verdad de mi vida y al que yo no tenga que proteger. Y si soy una zorra y una farsante, ¿no habrá nadie en el mundo que ame a una zorra y a una farsante?

Me arrodillé en el suelo. Hacer aquello fue una locura: nunca me habían obligado a hacerlo de niña, ya que mis padres no creían en las oraciones, y yo tampoco. No tenía ni idea de lo que podía decir (…) Me arrodillé y apoyé la cabeza en la cama, y deseé poder creer. Amado Dios, dije -¿por qué amado, por qué amado?-, haz que crea. Yo no creo. Haz que crea. Dije: soy una zorra y una farsante y me odio a mí misma. No sirvo para nada bueno. Haz que crea. Cerré los ojos y los apreté muy fuerte y me clavé las uñas en las palmas de las manos hasta que no sentí nada más que dolor. Y dije: creeré. Deja que viva y yo creeré. Dale una oportunidad. Deja que disfrute de su felicidad. Hazlo y yo creeré. Pero eso no será suficiente. Amar no hace daño. Así que dije: lo amo y haré lo que sea con tal de que le permitas vivir. Dije muy despacio: lo dejaré para siempre si permites que viva y le das una oportunidad, y me clavé las uñas con mucha más fuerza hasta que sentí el desgarrón de la piel, y dije: la gente se ama sin verse, ¿no es cierto?, y la gente te ama durante toda la vida sin haber llegado a verte. Y entonces él apareció por la puerta, y estaba vivo, y pensé: ahora empieza la agonía de tener que vivir sin él, y deseé que volviera a estar muerto debajo de la puerta.

(Un año y medio más tarde, en una noche lluviosa y desapacible, consumada ya la ruptura con Maurice, Sarah sale de su casa y camina bajo la lluvia en dirección a una iglesia católica. Más tarde escribe en su diario:)

Esta noche no soportaba estar en casa, así que he salido a la calle y me he puesto a caminar bajo la lluvia. He recordado aquella ocasión en que me clavé las uñas en la palma de la mano, y aunque yo no lo supiera, Tú te introdujiste en mí a través del dolor. Aquella vez dije: “Deja que viva”, aunque yo no creía en Ti, pero mi falta de fe no te importó. La incorporaste a tu amor y la aceptaste como una ofrenda, y esta noche de lluvia me estaba empapando la gabardina y la ropa y me mojaba la piel, y yo tiritaba de frío, y ha sido la primera vez en que me ha parecido que estaba a punto de amarte a Ti. He llegado caminado bajo la lluvia hasta tus ventanas y quería quedarme toda la noche apostada allí solo para demostrarte que después de todo yo también puedo aprender a amar y ahora ya no le tengo miedo al desierto porque Tú estás allí. He vuelto a casa y me he encontrado a Maurice con Henry. Ha sido la segunda vez que Tú me lo has devuelto. La primera vez te odié por ello, pero Tú aceptaste mi odio igual que habías aceptado mi falta de fe y lo convertiste en tu amor, y te los guardaste para enseñármelos más tarde, para que así los dos pudiéramos reírnos juntos, igual que en ocasiones yo me reía de Maurice y le decía: “¿Recuerdas lo tontos que hemos sido…?”.

(Quince meses más tarde Sarah ha entrado en contacto con una especie de “predicador del ateísmo”, llamado Richard, que tiene su rostro marcado con una mancha en su mejilla y que intenta convencerla de que no hay Dios. Porque, sorprendentemente, el camino de Sarah se va a cercando a Dios. Y Sarah escribe en su diario:)

Ayer me compré un crucifijo, uno barato y feo porque lo tuve que comprar a toda prisa. Me puse roja cuando lo pedí en la tienda, ya que alguien podría verme comprándolo. En esas tiendas deberían poner cristales esmerilados en la puerta como hacen en las tiendas donde venden preservativos. Cuando me encierro con llave en mi dormitorio puedo sacarlo del fondo de mi joyero. Ojalá me supiera una oración que no fuera yo, yo, yo, mí, mí, mí, me, me, me. Ayúdame. Déjame ser feliz. Me, me, me. Mí, mí, mí.

Déjame pensar en la horrible mancha que tiene Richard en la mejilla. Déjame ver la cara de Henry cuando las lágrimas ruedan por sus mejillas. Deja que me olvide de mí. Amado Dios, he intentado amarte, pero lo he liado todo. Si supiera amarte, también sabría amarlos a todos ellos. Creo en tu leyenda. Creo que naciste de verdad. Creo que quisiste morir por todos nosotros. Creo que eres Dios. Enséñame a amar. Deja que mi dolor se haga eterno, pero no dejes que ellos sufran. Amado Dios, si pudieras descender de la cruz por un momento y dejar que me pusiera yo en tu lugar. Si yo pudiera sufrir como sufres tú, yo también podría sanar a los demás.

Siempre me inclino por el melodrama: creo estar dispuesta a soportar el dolor que sentiste en la cruz, pero luego no me atrevo a soportar veinticuatro horas de mapas y de guías Michelin. Amado Dios, no sirvo para nada. Sigo siendo la misma zorra y la misma farsante. Quítame ya de en medio.



Autor: Graham GREENE
Título: El final del affaire
Editorial: Libros del Asteroide, Barcelona, 2019, (pp. 149-150, 175-176, 186-188)







VII Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

20 de febrero de 2022

(Ciclo C - Año par)





  • El Señor te ha entregado hoy en mi poder, pero yo no he querido extender la mano (1 Sam 26, 2. 7-9. 12-13. 22-23)
  • l Señor es compasivo y misericordioso (Sal 102)
  • Lo mismo que hemos llevado la imagen del hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial (1 Cor 15, 45-49)
  • Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso (Lc 6, 27-38)
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El Señor nos propone hoy unos comportamientos que superan con mucho la lógica de lo humano. Pues ofrecer la otra mejilla para volver a ser injuriado (es decir, mantener abierta una relación que me resulta dura e injuriosa), aceptar ser desnudado por alguien que me roba la capa y a quien yo entrego también la túnica (capa y túnica eran, normalmente, todo el “vestido” de la época), no reclamar lo que es mío a quien me lo quita, son comportamientos que contradicen una tendencia básica del ser humano: la autoprotección. Y por otro lado pretender que actuemos con los demás, sin tener en cuenta el modo como los demás actúan con nosotros, también es algo que supera una ley no escrita pero profundamente humana, la reciprocidad: comportarme con el otro como el otro se comporta conmigo, amar a quien me ama, hacer le bien a quien me hace el bien, prestar a quien me prestó. El Señor, a sus discípulos, es decir, a quienes queremos vivir en comunión con él, nos pide que, frente a quienes son nuestros enemigos, nos odian, nos maldicen y nos injurian, respondamos con amor, haciendo el bien, bendiciendo y orando por ellos. San Pablo resumirá todo esto diciendo: “A nadie devolváis mal por mal, ni injuria por injuria (…) No te dejes vencer por el mal, antes bien vence el mal a fuerza de bien” (Rm 12,17-21).

Frases...

“Di que estas piedras se conviertan en panes (…) No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.
Cuando el primado del amor naufraga ante el primado de lo económico, es el odio quien regula el reparto de bienes; y los panes se convierten en piedras.


Charles Journet

VI Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

13 de febrero de 2022

(Ciclo C - Año par)





  • Maldito quien confía en el hombre; bendito quien confía en el Señor (Jer 17, 5-8)
  • Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor (Sal 1)
  • Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido (1 Cor 15, 12. 16-20)
  • Bienaventurados los pobres. Ay de vosotros, los ricos (Lc 6, 17. 20-26)
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Es imposible amar a alguien y no avisarle de los peligros que corre. En el evangelio de hoy el Señor nos ama advirtiéndonos del peligro de una vida centrada en las “riquezas”, es decir, en la obtención de todo aquello que puede saciar las necesidades más inmediatas que tenemos. Para desenvolvernos en la vida, para vivir, para crecer, ciertamente todos tenemos necesidad de bienes materiales, de alimentos, de ocio y esparcimiento y de que la gente nos reconozca como personas dignas, como gente de bien. Pero si la obtención de todo esto acapara todas las energías de nuestra vida, es decir, si nuestro corazón está puesto en todo esto “y punto” -es decir, y nada más-, entonces, dice el Señor, nosotros mismos, con esta actitud, nos cerramos la puerta del reino de Dios. Si centramos nuestra vida en todo esto, se cumplirá en nosotros la palabra de Jesús que dice: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?” (Mc 8,36).

El lugar de los comienzos

La mujer es el “lugar de los comienzos”. A menudo es ella la primera que… ve, conoce, anuncia (cf. Mt 27, 19). La mujer es el lugar de los comienzos porque, siendo esposa llega a ser madre, concibiendo en ella una nueva vida. Y ella es la primera que advierte esta vida todavía invisible. Y lo que es verdad en el plano biológico lo es también en el plano psicológico y en el espiritual. La mujer posee, sin ninguna duda, una aptitud particular para conoce a las personas y a las cosas “desde dentro”, para adivinar. La historia de la salvación muestra que siempre o casi siempre es una mujer la primera en recibir una luz o un anuncio decisivo. Así ocurre con la Encarnación del Verbo y con su Resurrección. También se puede citar la advertencia de la mujer de Pilatos (Mt 27, 19). Y la hagiografía muestra mil ejemplos de mujeres que han llevado silenciosamente, a menudo dolorosamente, durante toda su vida lo que tan sólo más tarde iba a nacer y hacerse “oficial” en la Iglesia (se sabe, por ejemplo, que Marta Robin rezó y ofreció mucho para que María fuera proclamada “Madre de la Iglesia”).

Llamada a llevar la maduración después de haber concebido, la mujer está llamada, ella con prioridad, a significar a la Iglesia en cuanto mujer encinta (cf. Ap 12, 1), puesto que significa también ella con prioridad la Iglesia en cuanto Esposa. El encuentro de María e Isabel en la Visitación es muy elocuente en este sentido. Destinada después a dar a luz, la mujer está llamada a vivir el misterio de la mediación maternal, que es de otra naturaleza que la mediación ministerial pero tan indispensable como ella y de la que el varón, cualquiera que sea su lugar en la Iglesia, tiene necesidad. Ya que el hombre nace de la mujer (1Co 11, 12). Finalmente la aptitud espontánea para la compasión –la sim-patía- no denota una mayor virtud, sino una mayor capacidad de percibir lo que germina y de percibirlo desde dentro, desde el interior.

Ligada a esta gracia de poder llevar una vida en su misma interioridad, existe una aptitud femenina específica para captar al ser vivo en su concreción y, por extensión, a lo concreto en cuanto tal. Por eso la mujer es menos propensa que el hombre a la abstracción y a la técnica, a la plasmación de estructuras, a la construcción exterior del mundo y de la Iglesia y está más particularmente dotada para permanecer en lo real concreto y para encontrar el antídoto a la ideología de la que nuestro mundo se encuentra –incluso en la Iglesia- sumergido y a veces como anulado del todo (cf. 1Tm 6, 20).

Siendo la mujer el lugar donde se elabora la vida humana e incluso la vida divina en cuanto encarnada, es el “lugar santo” por excelencia y, por ello mismo, el lugar de una lucha encarnizada, como si fuera “la” plaza fuerte que hay que combatir. Por eso el Enemigo intentó seducir a Eva primero para demolerlo todo a partir de ella. Y por eso Dios lo ha querido reconstruir todo a partir de María.



Autor: Marie-Thérèse HUGUET
Título: Myriam et Israël. Le mystère de l’Épouse
Editorial: Éditions du Lion de Juda, Paris, 1987, (pp. 143-147)






V Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

6 de febrero de 2022

(Ciclo C - Año par)





  • Aquí estoy, mándame (Is 6, 1-2a. 3-8)
  • Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor (Sal 137)
  • Predicamos así, y así lo creísteis vosotros (1 Cor 15, 1-11)
  • Dejándolo todo, lo siguieron (Lc 5, 1-11)
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La liturgia de la palabra de este domingo nos presenta a dos grandes creyentes, Isaías y Pedro, en el trance de descubrirse pecadores. El hombre sólo se descubre pecador cuando se encuentra con Dios, como les ocurre a Isaías y a Pedro. Quienes no se han encontrado con Dios no pueden reconocerse pecadores, sino, a lo sumo, egoístas, débiles, frágiles, inconstantes, necios, torpes, pero no pecadores. Porque el pecado es una violencia arbitraria y gratuita contra Dios, es una rebelión en toda regla contra Aquel que nos da el ser.

Cinco recetas de sabiduría para nuestro tiempo


1.- No pongas como objetivo de tu vida la felicidad, sino el sentido

La aspiración a la felicidad es la aspiración a una realización completa, total, exhaustiva del ser del hombre. La felicidad incluye no solo la satisfacción de la inteligencia, mediante la posesión de la Verdad, y de la voluntad, mediante la posesión del Bien, sino también la satisfacción de la afectividad por entrar en una situación donde no hay ningún dolor, ningún disgusto, ninguna pena, sino que todo es armonioso y gratificante, y todos los deseos de nuestro corazón se ven colmados. Hay un himno litúrgico que expresa muy bien esto último:

Cuando la muerte sea vencida
y estemos libres en el reino,
cuando la nueva tierra nazca
en la gloria del nuevo cielo,
cuando tengamos la alegría
con un seguro entendimiento
y el aire sea como una luz
para las almas y los cuerpos,
entonces, sólo entonces, estaremos contentos.

Cuando veamos cara a cara
lo que hemos visto en un espejo
y sepamos que la bondad
y la belleza están de acuerdo,
cuando, al mirar lo que quisimos,
lo veamos claro y perfecto
y sepamos que ha de durar,
sin pasión, sin aburrimiento,
entonces, sólo entonces, estaremos contentos.

Cuando vivamos en la plena
satisfacción de los deseos,
cuando el Rey nos ame y nos mire,
para que nosotros le amemos,
y podamos hablar con él
sin palabras, cuando gocemos
de la compañía feliz
de los que aquí tuvimos lejos,
entonces, sólo entonces, estaremos contentos.

Cuando un suspiro de alegría
nos llene, sin cesar, el pecho,
entonces –siempre, siempre-, entonces
seremos bien lo que seremos.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo, que es su Verbo,
gloria al Espíritu divino,
gloria en la tierra y en el cielo. Amén.

Este himno litúrgico  expresa muy bien el anhelo profundo de plenitud, de felicidad, que habita en nuestro corazón y nos permite comprender que lo que anhelamos supera por completo nuestras posibilidades. Porque nosotros podemos poner nuestro entendimiento al servicio de la Verdad y nuestra libertad al servicio del Bien, pero lo que no podemos es conseguir, con nuestras fuerzas, esa armonía universal a la que aspiramos. Deseamos algo muy grande, muy bello, algo total, algo sin resquicio alguno por donde se pueda colar el dolor, la insatisfacción, la infelicidad. Aspiramos nada más y nada menos que a eso. Y esa plenitud a la que aspiramos es tan grande que no la podemos lograr con nuestro esfuerzo, tan solo la podemos esperar como una gracia, como un don, como un regalo que la Bondad suprema –que es Dios- nos quiera hacer. Ésta es la paradoja del hombre: percibir una plenitud y tender hacia ella sabiendo que no la puede alcanzar con sus propias fuerzas.

De esta paradoja podemos inferir una primera receta de sabiduría: no hagas de la búsqueda de la felicidad el fin de tu vida, porque la felicidad es algo que escapa a tus posibilidades; no busques la felicidad.

La conveniencia de no convertir la felicidad en el objetivo a conseguir en esta vida se percibe al considerar que aquellos hombres que dedican su vida a conseguirla se suelen equivocar bastante estrepitosamente y suelen conformarse con mucho menos de lo que, en realidad, anhela nuestro corazón. De ahí que algún autor hay escrito con sorna: “Para ser feliz hacen falta tres cosas: ser imbécil, ser egoísta y tener buena salud” (Cabodevilla). También existe la expresión popular: “es más feliz que un tonto con un lapicero”.

Entonces, si no es aconsejable hacer de la obtención de la felicidad el objetivo de la vida, ¿qué objetivo debo perseguir? La respuesta nos llega de la mano de un psiquiatra judío, Viktor Frankl, que estuvo deportado en un campo de exterminio nazi. Él nos dice: no busques la felicidad, busca, en cambio, el sentido. Escuchemos sus palabras: “Allá en el campo, todos nos habíamos confesado unos a otros que no podía haber en la tierra felicidad que compensara por todo lo que habíamos sufrido. No esperábamos encontrar la felicidad, no era esto lo que nos infundía valor y confería significado a nuestro sufrimiento (…) El interés principal del hombre no es encontrar el placer, o evitar el dolor, sino encontrarle un sentido a la vida (…) una razón por la cual el hombre está dispuesto incluso a sufrir a condición de que ese sufrimiento tenga un sentido”.

No tenemos obligación de ser felices y por lo tanto no debemos considerarnos unos fracasados por no serlo. Tampoco tenemos derecho a ser felices y por lo tanto no podemos reclamar a alguien por no serlo. Lo que tenemos es un anhelo inmenso de ser felices y lo único que podemos hacer es obrar de una manera que merezcamos serlo. Y eso se hace obrando con sentido, es decir, actuando de tal manera que nuestros actos vayan en la buena dirección, en la dirección en la que se armonizan todos los valores, en la que converge el bien mío y el de todos los demás hombres, aunque ese obrar comporte, a veces, asumir un sufrimiento.

2.- Aceptar la inevitable y radical soledad de ser un yo

Llegamos solos al mundo y nos vamos de aquí en idéntica soledad. También nuestro viaje por la vida es una experiencia, en esencia, individual, aunque lo social ocupe un lugar muy importante. Pero somos un yo, además de cualquier otra cosa. No hay nada malo en la vida social y en el apoyo fraterno y familiar; pero lo más profundo de nuestro ser sigue siendo individual e inviolable, un misterio al que solo tiene acceso Dios y que sin duda nos conecta a solas con Él. No podemos vivir de espaldas al mayor enigma: nuestro mundo interior.

Porque cada hombre es un “yo”, es decir, un punto de vista único e irrepetible sobre toda la realidad, una especie de “centro del mundo” desde el que veo y entiendo todo lo demás. De tal manera que todo lo demás se orienta hacia ese centro, sin que esto equivalga en modo alguno a una postura egocéntrica, sino que se trata simplemente de un fenómeno fundamental de la autoexperiencia humana: el fenómeno por el cual el hombre se siente el centro de todo el entramado de su mundo.

El yo de cada uno no puede ser sustituido ni representado por nada ni por nadie, sino que únicamente está fijado en sí mismo. En eso reside su grandeza –porque es único- y, al mismo tiempo, su pequeñez, por cuanto no es sino un punto en la totalidad inconmensurable del ser y del acontecer, del mundo y de la historia. De ahí surge la suprema soledad que todos experimentamos a veces en toda su hondura. Por muy metido que viva el hombre en el mundo y en los acontecimientos mundanos, el hombre está en definitiva afincado sólo en sí mismo, arrojado a su yo personal. En su decisión y su responsabilidad el hombre se encuentra sólo. Nadie, ni la persona más íntima y querida puede sustituirnos, representarnos o relevarnos; soy yo quien tiene que cargar a solas con mi existencia.

Un filósofo tipifica este hecho como “soledad radical” subrayando que la vida del hombre “es intransferible y que cada cual tiene que vivirse la suya, que nadie puede sustituirle en la faena de vivir, que el dolor de muelas que siente tiene que dolerle a él y no puede traspasar a otro ni un pedazo de ese dolor, que ningún otro puede elegir o decidir por delegación suya lo que va a hacer, lo que va a ser; que nadie puede reemplazarse ni subrogarse a él en sentir y querer; en fin, que no puede encargar al prójimo de pensar en lugar suyo los pensamientos que necesita pensar para orientarse en el mundo –en el mundo de las cosas y en el mundo de los hombres- y así acertar en su conducta; por tanto, que necesita convencerse o no, tener evidencias o descubrir absurdos por su propia cuenta, sin posible sustituto, vicario ni lugarteniente (…) Y como eso acontece con mis decisiones, voluntades, sentires, tendremos que la vida humana sensu stricto por ser intransferible resulta que es esencialmente soledad, radical soledad” .

La Palabra de Dios nos recuerda esta radical soledad de cada hombre cuando, en el salmo 86, hablando de la Jerusalén celestial, afirma que de ella se dirá que “uno por uno todos han nacido en ella” (Sal 86, 5). “Uno por uno”: a la salvación de Dios, que consiste en ser ciudadano de la Jerusalén celestial, se accede “uno por uno” y no de una manera gregaria o grupal. Por eso la Iglesia enseña que el juicio de Dios, siendo universal, concierne a cada hombre en su singularidad irrepetible, tal como dijo el Señor: “Entonces, estarán dos en el campo; uno es tomado, el otro dejado; dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada” (Mt 24, 40-41).

3.- Aprender a esperar y recuperar la lentitud

Nuestra cultura, ingenuamente mitificadora de la eficacia y el utilitarismo, ha abolido hace tiempo el valor de esperar: la espera se ha convertido en un peso muerto que nos incomoda y que es preciso tirar por la borda. Hoy en día vivimos en una especie de “acelerador de partículas”, es decir, en un clima de velocidad y de expectativa permanente. Tenemos una dificultad que nos parece insuperable para salir de esa velocidad y de esa expectación permanente y sumergirnos en la lentitud y gratuidad de los procesos humanos auténticos, que todos ellos son lentos y requieren tiempo.

Quizá necesitaríamos decirnos a nosotros mismos y a los demás que esperar no es necesariamente una pérdida de tiempo. Que puede ser justo lo contrario: reconocer el propio tiempo, el tiempo necesario para ser; tomar tiempo para uno mismo, como lugar de maduración, como oportunidad recuperada. Quien no acepte, por ejemplo, la imposibilidad de satisfacer inmediatamente un deseo, difícilmente llegará a saber lo que es un deseo (o, por lo menos, un gran deseo). Quien no tenga paciencia para esperar que germine la simiente, jamás experimentará la alegría de verla florecer. En cuestiones de tiempo, la vida es completamente artesanal.

Y en este sentido tal vez sea muy conveniente recuperar ese arte tan humano que es la lentitud. La prisa nos condena al olvido. Pasamos por las cosas sin habitarlas, hablamos con los demás sin escucharlos, acumulamos información que no llegaremos a profundizar. Realmente la velocidad a la que vivimos nos impide vivir. Una posible alternativa sería rescatar nuestra relación con el tiempo, volver a aprender aquí y ahora la presencia. Porque Dios no tiene prisa: “Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos, ante todos los pueblos” (Is 61, 11).

Una de las cosas que nos arriesgamos a perder, con tanta prisa, es el distanciamiento, el margen de tiempo y de libertad necesario para la reflexión. Se pretende que todo fluya sin pausas. Se habla mucho de una gestión eficaz de la información. Lo urgente, en cambio, sería reconocer que necesitamos tiempo y soledad para consultar los asuntos con la almohada. La mayoría de las veces, la almohada es mejor consejera que la pantalla.

4.- Agradecer a Dios lo que no nos da

“Me gusta agradecerle a Dios todo cuanto me da, es siempre tanto que no tengo palabras para describirlo. Pero siento que debo agradecerle también lo que no me da, las cosas buenas que no he tenido, e incluso las que tanto he pedido y deseado y no he llegado a disfrutar. El hecho de que no me haya concedido algunas de ellas me ha obligado a descubrir en mí fuerzas insospechadas y, en cierto modo, me ha permitido ser yo”, escribe una mujer a un amigo suyo.

Mientras no le agradezcamos a Dios, a la vida y a los demás lo que no nos han dado, parece que nuestra oración queda incompleta. Podemos fácilmente seguir adelante alimentando el resentimiento por lo que no nos ha sido dado, comparándonos con otras personas y considerándonos injustamente tratados, lamentando la dureza de lo que en cada etapa no corresponde a lo que habíamos imaginado.

Pero probablemente ni sospechamos los desmanes que habríamos cometidos si hubiéramos recibido lo que no nos ha sido dado y tanto hemos deseado, tal como nos insinúa la Epístola de Santiago al decir: “Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones” (St 4, 3). De modo que el habernos privado de la satisfacción de determinados deseos, ha sido en realidad un gran bien para nosotros. Pues no siempre lo que deseamos es nuestro bien, tal como afirma san Pablo en la Carta a los Romanos: “Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene” (Rm 8, 26).

5.- Perdonar a quien me ha ofendido o herido

Perdonar es desligar a la persona de las consecuencias de sus acciones, separarla de su falta, darle la posibilidad de nacer de nuevo, de recomenzar. En el fondo es decirle: "tú no te reduces a tus actos, tú vales más que tus actos". El perdón, por tanto, no significa olvidar lo hecho, ni tampoco deshacer lo ya hecho, sino desvincular a la persona del acto malo que ha hecho, diciéndoles que su acto malo no determina su identidad, que su identidad no coincide con ese acto, que él puede darse una nueva identidad obrando de otra manera, obrando el bien. El perdón propiamente absuelve, es decir, des-vincula, al culpable de su mala acción. El perdón conserva así la memoria de la falta, pero no vincula todo el destino de un hombre a la falta cometida.

El acto de perdonar es una declaración unilateral de esperanza. Es una declaración unilateral, porque depende únicamente de mí. Para perdonar no hace falta que el otro me pida perdón, ni siquiera que esté arrepentido; lo único que hace falta es que yo le perdone, que yo desvincule su ser del acto malo que cometió contra mí.

El perdón no es un acuerdo. Si espero que el que me ha oprimido venga a mi encuentro y me arranque la tristeza, puedo esperar sentado. El perdón es un gesto unilateral que enmudece la voz de la venganza y cree que detrás del que me ha herido hay un ser humano vulnerable, capaz de cambiar. Perdonar es creer en la posibilidad de transformación, empezando por la propia.

¿Qué consideraciones me pueden llevar a perdonar? Dejando claro que el perdón es, ante todo, una decisión de mi libertad, ciertamente puede ayudarme a tomarla una consideración humana y otra cristiana. La consideración humana es que en aquellos que nos hieren (o nos han herido) hay también bloqueos, llagas y enmarañados ovillos. Su falta de amor no ha sido necesariamente deliberada, quién sabe si no tienen detrás una historia más conmovedora que la nuestra. No se trata de eximir, sino de reconocer que en aquel que no me ha hecho justicia o no me ha devuelto la cordialidad que invertí en él, existe alguien puesto a prueba por situaciones extremas. Y que la herida ahora abierta no estaba destinada a mí: era un magma de violencia a la deriva, listo para explotar. Dostoyevski lo afirma con rotundidad al subrayar que cuando uno es feliz no obra el mal, que el mal lo solemos obrar los hombres cuando somos desgraciados o nos sentimos tales.

La consideración cristiana es que todo me ha sido perdonado en Cristo y que a mí me ofrece Dios su perdón gratuitamente, antes de que yo se lo pida. Y que si yo soy tratado con esta generosidad es muy pertinente que yo emplee la misma generosidad con los demás: “Vete y haz tú lo mismo” (Lc 10, 37).

Escuela de la fe #07: Libres y esclavos


Libres y esclavos


D. Fernando Colomer Ferrándiz
28 de enero de 2022


Enlace para escuchar en ivoox: https://go.ivoox.com/rf/126369574

IV Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

30 de enero de 2022

(Ciclo C - Año par)





  • Te constituí profeta de las naciones (Jer 1, 4-5. 17-19)
  • Mi boca contará tu salvación, Señor (Sal 70)
  • Quedan la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor (1 Cor 12, 31-13, 13)
  • Jesús, como Elías y Eliseo, no solo es enviado a los judíos (Lc 4, 21-30)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

El evangelio que acabamos de escuchar pone de relieve una de las constantes que acompañará la vida terrena de Jesús y el anuncio del Evangelio hasta que Él vuelva. Se trata de la lucha entre la idea que los hombres tenemos de Dios y la verdad de Dios. Se trata de la aceptación de la libertad de Dios.

¿No es éste el hijo de José?”, se preguntan sus paisanos de Nazaret después de haberse “admirado de las palabras de gracia que salían de sus labios”. Detrás de esta pregunta retórica se esconde un drama: que ellos tienen una idea preconcebida de Dios, de su manera de ser y de actuar, y que a causa de esa idea suya no pueden creer que Jesús sea verdaderamente el enviado de Dios, aquel en quien se cumple el anuncio del profeta Isaías. Jesús no encuentra fe en sus paisanos; lo que encuentra es una especie de curiosidad socarrona:

Oración de la mañana










Señor,
en el silencio de este día que nace,
vengo a suplicarte la paz,
la sabiduría y la fuerza.

Quiero mirar hoy el mundo
con unos ojos llenos de amor.
Quiero ser paciente, comprensivo y dulce.

Ver a tus hijos, más allá de las apariencias,
como Tú mismo los ves:
viendo sólo el bien en cada uno de ellos.

Cierra mis oídos a toda calumnia,
guarda mi lengua de toda maldad;
que mi espíritu albergue únicamente
pensamientos de bendición.

Que yo sea tan bondadoso y tan alegre
que todos los que se acerquen a mí
sientan tu presencia.

Revísteme de tu belleza, Señor,
y que a lo largo de este día
yo te haga presente a Ti.

Amén.

III Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

23 de enero de 2022

(Ciclo C - Año par)





  • Leyeron el libro de la Ley, explicando su sentido (Neh 8, 2-4a. 5-6. 8-10)
  • Tus palabras, Señor, son espíritu y vida (Sal 18)
  • Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro (1 Cor 12, 12-30)
  • Hoy se ha cumplido esta Escritura (Lc 1, 1-4; 4, 14-21)
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“Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él”. Comentando este pasaje del Evangelio, Orígenes (185-253) escribe: “También ahora, si vosotros queréis, en nuestra sinagoga, en nuestra asamblea podéis fijar los ojos en el Salvador. Cuando diriges la mirada más profunda de tu corazón hacia la contemplación de la Sabiduría, de la Verdad y del Hijo único de Dios, tienes los ojos fijos en Jesús. Bienaventurada la asamblea que tiene los ojos fijos en Él. Quisiera que en esta asamblea todos, catecúmenos y fieles, mujeres, varones y niños, tengan los ojos, no los del cuerpo sino los del alma, ocupados en mirar a Jesús. Pues cuando le miráis, su luz y su destello iluminan vuestros rostros con mayor resplandor”. Yo también deseo eso mismo para vosotros y se lo pido al Señor.

La enfermedad

Descubrir que tienes una enfermedad te catapulta hacia una dimensión de libertad. No puedes programar nada, excepto el tratamiento. De repente, dispones de más espacio en el disco duro de tu cerebro. No digo que enfermar sea una suerte (…) Pero lo bueno de una enfermedad es que entiendes las prioridades. Las percibes sin dudar y sales de la rueda del hámster. Por plena que sea una vida, tarde o temprano se convierte en una especie de burbuja en la que siempre hacemos las mismas cosas. Cuando nos ponemos enfermos, la burbuja estalla. Descubres experiencias nuevas, conoces a otras personas: médicos, enfermeras, otros enfermos. Otros mundos.

(…)

¿Qué he hecho mal? ¿Dónde me he equivocado?

Todo el que enferme de gravedad se formula esa pregunta, de forma más o menos consciente, con mayor o menor urgencia.

Según lo racional que sea, pensará que su enfermedad es una consecuencia de las ondas electromagnéticas, de la contaminación, del estrés, del trabajo, de las personas a las que ha amado, de las decisiones que ha tomado, de lo que ha comido… Experimentará una mezcla de sentimiento de culpa, por el error que ha introducido en su cuerpo la discordancia y la enfermedad, y de esperanza: identificando ese error, conseguirá taponar la grieta, recuperar la integridad, encontrar de nuevo el rumbo correcto.

“No comeré más alimentos que me envenenan, no dormiré con el móvil en la mesita de noche, eliminaré los metales, las relaciones nocivas, los malos hábitos, saldré en busca de todos los errores de mi vida y de todos los problemas no resueltos y lo arreglaré todo”. El enfermo se ilusiona creyendo que puede depurar su enfermedad y recuperar la salud. Es una ilusión comprensible. Pero ya no hay remedio para la enfermedad. Los milagros son cosas del destino y la única posibilidad es confiar en la ciencia. La quimioterapia da asco, pero es lo único que tal vez pueda ayudar.

Pese a todas las evidencias –niños que mueren, accidentes absurdos, hambre, guerras, epidemias-, no conseguimos aceptar la insensatez de la enfermedad. Tal vez no podamos porque si siempre fuéramos conscientes de todas las cosas terribles e injustas que ocurren en el mundo a cada instante, nos volveríamos locos. Y tal vez no debamos, porque la voluntad de curarse es, desde luego, más útil que el deseo de abandonar. Cuando sigo la dieta que me ha prescrito la oncológa antroposófica, que consiste en eliminar grasas animales, levaduras, alcohol y azúcares, enseguida me siento mejor, más fuerte y lúcida. Tal vez me encontraría aún mejor si fuera capaz de comer poco, pero de todo. Lo que ayuda es limitar los azúcares, las grasas y la comida en general, no eliminar ciertos alimentos. Aun así, siempre vamos en busca de una solución radical. Esto sí y lo otro no, blanco o negro, correcto o incorrecto: si tenemos unas reglas que seguir todo parece más fácil.

Necesitamos encontrar causas, significados, soluciones.

Si no me hubiera matado a trabajar, si me hubiera protegido más, si hubiera comido un poco de todo, si hubiera actuado con moderación, de forma racional, si no hubiera planteado preguntas difíciles, si no me hubiera metido en todas las batallas y no hubiera aceptado todos los desafíos, si no me hubiera casado con un hombre que me hace sufrir, si me hubiera conformado con disfrutar del viento entre las ramas y no me hubiera obligado a superar mis límites, tal vez mi cuerpo hubiera sido capaz de mantener a raya la enfermedad. Pero no lo hice. Mis errores son lo que queda. Las alegrías, los impulsos, las emociones y las pasiones, los riesgos que he asumido…, todo eso es mi vida. Los errores han hecho de mí lo que soy.

¿Nos hemos equivocado? Puede ser, pero si pensamos que no existe más verdad que la nuestra, y que está indisolublemente ligada a quienes somos en ese momento, entonces el concepto de error también deja de tener sentido. Me he equivocado, pero soy. Y amo y vivo, de momento.

(…)

Encuentro una frase de Dostoievski entre mis notas: “Pese a todas las pérdidas y privaciones que he sufrido, amo ardientemente la vida, amo la vida en sí misma y, de verdad, es como si aún me estuviera preparando a cada momento para dar comienzo a mi vida. Y aún soy completamente incapaz de distinguir si ya me estoy acercando al fin de mi vida o si apenas estoy en el momento de iniciarla. Y ese es el rasgo fundamental de mi carácter y, tal vez, también de la realidad”.



Autor: Daria BIGNARDI
Título: Historia de mi ansia
Editorial: Duomo ediciones, Barcelona, 2019, (pp. 21, 40, 147-149)








II Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

16 de enero de 2022

(Ciclo C - Año par)





  • Se regocija el marido con su esposa ( Is 62, 1-5)
  • Contad las maravillas del Señor a todas las naciones (Sal 95)
  • El mismo y único Espíritu reparte a cada uno en particular como él quiere (1 Cor 12, 4-11)
  • Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea (Jn 2, 1-11)
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El Evangelio de hoy nos narra, queridos hermanos, cómo Jesús convirtió unos seiscientos litros de agua en vino de la mejor calidad. Una fiesta de bodas duraba en Israel toda una semana. Iba acompañada de música y de juerga, de bailes y de cantos. Eran proverbiales el júbilo y el gozo, el buen humor y la alegría. Como en toda fiesta no podía faltar el vino “que alegra el corazón del hombre” (Sal 104; Jue 9,13): el vino es sinónimo de alegría. Si llegara a faltar el vino toda esa alegría se convertiría en un bochorno y en una vergüenza para los recién casados, que verían así amargamente estropeado un momento tan bello de su vida. Jesús va a salvar esa fiesta.

Frases...

“Hemos decidido seguir su consejo y seguir llamándolo Hotel Silencio. Y hemos colocado un cartel en tres idiomas. Me señala la pared que tiene detrás. El silencio salvará el mundo, reza el cartel”.


Auður Ava Ólafsdóttir (Reikiavik, 1958)

Bautismo del Señor

15 de agosto 

9 de enero de 2022

(Ciclo C - Año par)





  • Mirad a mi siervo, en quien me complazco (Is 42, 1-4. 6-7)
  • El Señor bendice a su pueblo con la paz (Sal 28)
  • Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo (Hch 10, 34-38)
  • Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se abrieron los cielos (Lc 3, 15-16. 21-22)
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Celebramos hoy el bautismo del Señor que constituyó una manifestación pública del ser de Cristo, de su identidad, ante el pueblo de Israel. Fue como una especie de respuesta pública a la pregunta “¿quién es este hombre, llamado Jesús de Nazaret?”, una especie de “segundo nacimiento” (S. Máximo de Turín) realizado no ya en el silencio de la noche sino a la luz pública del día, en medio del pueblo de Israel, reunido en torno a Juan.

Epifanía del Señor

15 de agosto 

6 de enero de 2022

(Ciclo C - Año par)





  • La gloria del Señor amanece sobre ti (Is 60, 1-6)
  • Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra (Sal 71)
  • Ahora ha sido revelado que los gentiles son coherederos de la promesa (Ef 3, 2-3a. 5-6)
  • Venimos a adorar al Rey (Mt 2, 1-12)
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Cuando el Señor eligió a Abraham lo hizo para que, a través de su descendencia, fueran bendecidos “todos los linajes de la tierra” (Gn 12,3), “todos los pueblos de la tierra” (Gn 18,18). De Abraham sacaría Dios más tarde un pueblo, Israel, que tendría como misión en el mundo ser el portador de la salvación de Dios para todos los hombres. Pues “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tm 2,3-4). Por eso ya desde antiguo el profeta Isaías exhortó a Israel a “ensanchar” su corazón, para acoger en su seno a la multitud de los gentiles: “Tus hijos llegan de lejos…Te inundará una multitud de camellos, los dromedarios de Madián y de Efá” (Is 60,1-6). Este misterio, escondido durante siglos eternos en Dios, es el que ahora, con la venida de Cristo, ha sido revelado: que “también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio” (Ef 3,6). Pues Jesucristo es la descendencia de Abraham en la que son bendecidas todas las naciones de la tierra.         Por eso los magos preguntan “dónde está el rey de los judíos”. Es la misma inscripción que se pondrá sobre la cruz: Jesús Nazareno, Rey de los judíos. La salvación de Dios viene, en efecto, de los judíos. Pero es una salvación ofrecida a todos los hombres. Los magos que llegan de Oriente reconocen en Jesús al “rey de los judíos” por el que se les ofrece la salvación también a ellos, que no son judíos.

 

Aprender a esperar

Hoy en día vivimos en un acelerador de partículas, en un clima de expectativa permanente. Tenemos una dificultad que nos parece insuperable: la de sumergirnos en la lentitud y gratuidad de los procesos humanos auténticos, por excepcionales y cotidianos que sean.

Nuestra cultura, ingenuamente mitificadora de la eficacia y el utilitarismo, ha abolido hace tiempo el valor de esperar: la espera se ha convertido en un peso muerto que nos incomoda y que es preciso tirar por la borda.

Quizá necesitaríamos decirnos a nosotros mismos y a los demás que esperar no es necesariamente una pérdida de tiempo. Que puede ser justo lo contrario: reconocer el propio tiempo, el tiempo necesario para ser; tomar tiempo para uno mismo, como lugar de maduración, como oportunidad recuperada. Quien no acepte, por ejemplo, la imposibilidad de satisfacer inmediatamente un deseo, difícilmente llegará a saber lo que es un deseo (o, por lo menos, un gran deseo). Quien no tenga paciencia para esperar que germine la simiente, jamás experimentará la alegría de verla florecer.

En cuestiones de tiempo, la vida es completamente artesanal.




Autor: José TOLENTINO MENDONÇA
Título: Pequeña teología de la lentitud
Editorial: Fragmenta Editorial, Barcelona, 2017, (p.p. 23-25)







II Domingo después de Navidad

15 de agosto 

2 de enero de 2022

(Ciclo C - Año par)





  • La sabiduría de Dios habitó en el pueblo escogido (Eclo 24, 1-2. 8-12)
  • El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Sal 147)
  • Él nos ha destinado por medio de Jesucristo a ser sus hijos (Ef 1, 3-6. 15-18)
  • El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 1-18)
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Al contemplar el misterio del niño que nos ha nacido en Navidad, surge inevitablemente la pregunta: ¿quién es este niño, cuál es su verdadera identidad? De él se nos dicen cosas extraordinarias, que es el Mesías, el Señor, el Salvador, que es “maravilla de consejero”, “príncipe de la paz”. ¿Por qué es todas estas cosas? ¿Quién es él?

Santa María, madre de Dios

15 de agosto 

1 de enero de 2022

(Ciclo C - Año par)





  • Invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré (Núm 6, 22-27)
  • Que Dios tenga piedad y nos bendiga (Sal 66)
  • Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer (Gál 4, 4-7)
  • Encontraron a María y a José y al niño. Y a los ocho días, le pusieron por nombre Jesús (Lc 2, 16-21)
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En este primer día del año civil, la Iglesia nos invita a contemplar a María, la Madre del Señor, para que en ella encontremos el camino que conduce a la paz. Ese camino está indicado en el evangelio al afirmar que  María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

El Reino de Dios


1. Jesús anuncia el Reino.

“El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Marcos 1,15). Estas palabras referidas por Marcos nos entregan el centro del mensaje de Jesús. Mateo habla del “Reino de los cielos” (Mateo 4,17) pero significa lo mismo puesto que la expresión “cielo” es un circunloquio normal en el judaísmo para ocultar el nombre de Dios. Así pues el reino de Dios es “el asunto” de Jesús.

Curiosamente Jesús no se toma la molestia de explicar en qué consiste ese reino. No lo hace porque supone en todos sus oyentes una idea y una espera de ese mismo reino. En efecto, todo el Antiguo Testamento había hecho comprender al pueblo de Israel la condición trágica del hombre: su deseo profundo de llenar su vida de paz, de justicia, de libertad y de vida, y su incapacidad total para conseguirlo. Como si hubiera unos poderes maléficos que le impiden al hombre realizar aquello mismo que él anhela. La Biblia llama “demonios”, “principados y potestades”, a estos misteriosos poderes que impiden al hombre alcanzar su plenitud, porque corrompen la libertad del hombre y le hacen “elegir lo que no quiere” como dice Pablo.

Pues bien, “reino de Dios” significa la extraordinaria e inaudita noticia de que esta situación se ha terminado, de que estos poderes han sido superados, han sido derrotados y que, en consecuencia, va a ser posible llenar la propia vida de luz y de paz, de justicia, de salvación. “Reino de Dios” significa, por lo tanto, el advenimiento del “señorío de Dios” y, por lo tanto, el final del señorío del diablo. “Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios” (Lucas 11,20). Jesús anuncia, pues, que la esperanza escatológica, el anhelo profundo del pueblo de Israel, expresión a su vez del anhelo profundo de toda la humanidad, se va a ver realizada ahora: “el tiempo se ha cumplido y el reino de Dios ha llegado” (Marcos 1,14. Mateo 4,17; 10,7. Lucas 10,9.11) Por eso se atreve a afirmar: “¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que veis y no lo vieron; quisieron oír lo que oís y no lo oyeron” (Lucas 10,23ss). Como dijo en Nazaret: “Esta Escritura que acabáis de oír, se ha cumplido hoy” (Lucas 4,21).

2. Jesús es el Reino.

Lo propio de Jesús de Nazaret es que son inseparables su persona y su “asunto”, es decir, el Reino de Dios. Tan inseparables que, en el fondo, su asunto es su persona: Él es el Reino de Dios. Por eso puede declarar dichoso al que Le ve y al que Le oye, porque verLe y oírLe es ver y oír la llegada del Reino. Ese Reino había sido anunciado con una serie de signos (cfr. Isaías 35,5-6; 26,19; 29,18s) que ahora se cumplen: “Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!” (Mateo 11,4-6). La última frase –dichoso aquel que no halle escándalo en mí– indica la novedad de la situación: Él es el Reino, y todo radica en abrirse o cerrarse a Él.

Las palabras de Jesús expresan constantemente esta realidad. A primera vista Jesús habla como un rabbi, un profeta o un maestro de sabiduría como los que conocía Israel. Pero mirando las cosas más de cerca se descubren diferencias importantes. De hecho la gente las notaba y exclamaba: “¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad!” (Marcos 1,27). Porque Jesús no enseña como un rabbi que se limita a explicar la Ley de Moisés. Es cierto que utiliza la misma fórmula que empleaban los rabinos para exponer su propia opinión, distinguiéndola de las demás opiniones –“Pero yo os digo”– (Mateo 5,22). Pero las discusiones de los rabinos se mantenían dentro del marco de la Ley judía. Sin embargo Jesús sobrepasa la Ley. No se contrapone a ella –“No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mateo 5,17)– sino que actúa como teniendo más autoridad que Moisés. Detrás de la autoridad de Moisés sólo estaba la de Dios. Cuando Jesús dice “habéis oído que se dijo a los antepasados” para añadir a continuación “pero yo os digo” (Mateo 5,21-22), en realidad Jesús ya no está hablando como un rabino más, sino constituyéndose Él en criterio de la Ley (la expresión “se dijo a los antepasados” es, en realidad, un velado circunloquio del nombre de Dios).

Tampoco habla Jesús como un profeta. Los profetas transmiten la palabra de Dios. Dicen, por ejemplo, “así habla el Señor” o bien “oráculo de Yahveh”. Sin embargo Jesús habla con plena autoridad, sin distinguir para nada su propia palabra de la palabra de Dios: “Y quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas” (Marcos 1,22). Jesús se considera él mismo como la boca y la voz de Dios. Así lo entendieron sus contemporáneos y por eso lo rechazaron: “¿Por qué éste habla así? Está blasfemando” (Marcos 2,7).

3. El punto de encuentro entre Dios y el hombre es Jesús y no la Ley.

De ahí la sorpresa y la indignación de la mayor parte de los judíos al constatar que Jesús tiene la pretensión de ser Él –su persona– el lugar decisivo del encuentro con Dios, en vez del cumplimiento de la Ley de Moisés. Esta pretensión se manifiesta en multitud de disputas en las que Jesús subordina determinadas prácticas de la Ley al hecho de su persona y su presencia. Cuando le preguntan por qué sus discípulos no ayunan, como hacen los fariseos y los discípulos de Juan el Bautista, la respuesta de Jesús es contundente: “¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar” (Marcos 2,19). Con estas palabras Jesús evoca el Cantar de los cantares donde el encuentro con Dios es descrito como un encuentro nupcial y se presenta él mismo como “el novio”. Proclama así el inaudito acontecimiento anunciado por Isaías al afirmar que “el que te creó te desposa” y retomado por el Apocalipsis al cantar la boda del Cordero: “Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero y su esposa se ha engalanado” (Apocalipsis 19,7). Cuando sus discípulos arrancan espigas –trabajo prohibido en día de sábado– al atravesar por un sembrado un sábado y los fariseos se lo reprochan, Jesús los defiende manifestando lo inaudito de su pretensión: “Porque el Hijo del hombre es señor del sábado” (Mateo 12,8). El sábado era el día consagrado por entero a Yahveh, el día en que el Señor reposó y en el que el pueblo, reposando también, participa del tiempo de Dios, es decir, de su eternidad, entrando de este modo en comunión con Él. Afirmar, por lo tanto, que el hijo del hombre es señor del sábado es tanto como afirmar que él es Dios, ya que el “señor del sábado” por excelencia es el mismo Dios.

4. Jesús ofrece “señales” que autentifican su pretensión.

La pretensión de Jesús es nada más y nada menos que la de hacerse igual a Dios, la de constituirse Él, su persona, en el punto de encuentro entre el hombre y Dios. Esta pretensión la expresa Jesús en frases como “aquí hay algo mayor que el Templo” (Mateo 12,7), es decir, que el lugar de encuentro entre Dios y su pueblo, o “aquí hay algo más que Jonás” o “aquí hay algo más que Salomón” (Mateo 12,41-42) y en gestos como el perdonar los pecados. Para autentificar su pretensión Jesús ofreció numerosos “signos”: “Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados –dice al paralítico–: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. Él se levantó y se fue a su casa” (Mateo 9,6-7).

Los milagros de Jesús son los signos que él ofrece para que el hombre, provocado por el asombro de lo extraordinario, pueda abrir su corazón a la acción de Dios presente en Él. Jesús nunca hizo milagros por una pura demostración de su poder. Cuando se los pidieron en este plan –“Maestro, queremos ver una señal hecha por ti” (Mateo 12,38)– se negó rotundamente a hacerlos y anunció como la única señal valedera y definitiva su muerte y resurrección (cfr. Mateo 12,39-40). Jesús no fue un curandero como tantos que había en su tiempo. Las curaciones de Jesús no son curaciones del cuerpo sino recreaciones del ser entero del hombre, posibles sólo gracias a la fe, por la que el hombre se abre a la acción de Dios presente y operante en Él. De ahí la frase que tantas veces se repite en los evangelios: “tu fe te ha salvado”. No porque la fe por sí misma tenga el poder de salvar, sino porque la fe abre el corazón del hombre al poder de Dios, que es el único que salva. Los curados por Jesús no recuperan meramente la salud física, sino que acceden a una nueva existencia. De la suegra de Pedro curada instantáneamente por Jesús de una fiebre se nos dice que “se puso a servirles” (Marcos 1,31), es decir, que accedió a una nueva existencia configurada por el servicio de Jesús y de sus discípulos; y de tantos y tantos curados se nos dice que marchaban contentos alabando a Dios. Los milagros de Jesús son, pues, signos, que suponen la fe, como apertura personal a Él, y que confirman esa misma fe. Por eso Juan afirma, a propósito del milagro de Caná de Galilea: “Así, en Caná de Galilea, dio comienzo Jesús a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos” (Juan 2,11).

5. El seguimiento de Jesús.

Así pues la decisión a favor o en contra del Reino de Dios y de Dios mismo se convierte en la decisión a favor o en contra de Jesús: “Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles” (Marcos 8,38). La decisión a favor o en contra de Jesús es, pues, la decisión a favor o en contra de Dios mismo. De ahí que Jesús invite al seguimiento.

Los rabinos solían tener un grupo de discípulos a su alrededor. Aparentemente Jesús hace también lo mismo. Pero si se mira más de cerca vemos inmediatamente que hay profundas diferencias. A un rabino se le puede pedir el ser admitido entre sus discípulos; sin embargo Jesús es Él mismo quien elige, de manera soberanamente libre, “a los que quiso” (Marcos 3,13). Su llamada –“Sígueme” (Marcos 1,17)– no es una propuesta o una invitación sino más bien una orden. Una orden que, por lo demás, es una palabra creadora que transforma profundamente la vida del discípulo: “Jesús les dijo: Venid conmigo y os haré llegar a ser pescadores de hombres” (Marcos 1,17). En contra de lo que ocurre con los rabinos y sus discípulos, aquí no se trata de una relación provisional maestro-discípulo, hasta que el discípulo mismo llega a ser maestro. Aquí esto está explícitamente excluido: “Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar «Rabbí», porque uno solo es vuestro Maestro; y todos vosotros sois hermanos” (Mateo 23,8). De ahí que la vinculación de los discípulos con Jesús es mucho más profunda que la de los discípulos de los rabinos con sus respectivos maestros. Jesús, en efecto, llama a sus discípulos “para que estén con él” (Marcos 3,14). Así ellos participan de su peregrinaje, de su carencia de patria, de su “no tener donde reclinar la cabeza”. En realidad ser discípulo de Jesús no consiste en recibir unas enseñanzas sino en entrar en una comunión de vida total con Él, en una comunión de destino, pase lo que pase. Por eso el seguimiento exige “dejarlo todo”. (Marcos 10,28).

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La bondad de Dios

Catequesis parroquial nº 166

Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 22 de diciembre de 2021


Sagrada Familia

15 de agosto 

26 de diciembre de 2021

(Ciclo C - Año par)





  • Quien teme al Señor honrará a sus padres (Eclo 3, 2-6. 12-14)
  • Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos (Sal 127)
  • La vida de familia en el Señor (Col 3, 12-21)
  • Los padres de Jesús lo encontraron en medio de los maestros (Lc 2, 41-52)
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Lo que más me llama la atención de la sagrada Familia es la conciencia tan clara que tienen todos sus miembros de pertenecer a Dios, de ser “de Dios”, de que su dueño y señor es Dios y sólo Dios y de que, si están los tres juntos, es porque Dios, que es su verdadero y único dueño, les ha dicho que lo estén.

JESÚS es plenamente consciente de que Él pertenece al Padre del cielo y por eso se queda en el templo de Jerusalén, que es la casa de su Padre, Dios. Y por eso respondió al requerimiento de su madre diciendo: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?”

Natividad del Señor

15 de agosto 

25 de diciembre de 2021

(Ciclo C - Año par)





  • Verán los confines de la tierra la salvación de nuestro Dios (Is 52, 7-10)
  • Los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios (Sal 97)
  • Dios nos ha hablado por el Hijo (Heb 1, 1-6)
  • El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Lc 1, 1-18)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

“Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres”, hemos proclamado en la segunda lectura de hoy. Un acontecimiento increíble ha sucedido: “Cuando un sosegado silencio lo envolvía todo y la noche se encontraba en la mitad de su carrera”, la Palabra de Dios “saltó del cielo, desde el trono real” y vino a la tierra, morando en medio de nosotros (Sb 18,14). “Dios ha realizado un milagro nunca visto entre los habitantes de la tierra: el que mide el cielo con la palma de su mano, yace en un pesebre de poco más de un palmo; el que en la cavidad de su mano contiene todo el mar, experimenta qué es nacer en una gruta. El cielo está lleno de su gloria y el pesebre está colmado de su esplendor. Moisés anhelaba contemplar la gloria de Dios, pero no fue posible el verla como deseaba. Entonces ningún hombre pensaba poder ver a Dios y quedar con vida. Hoy todos los que le han visto han pasado de la muerte segunda a la vida”, canta San Efrén (+373).

San Atanasio de Alejandría

Oh Virgen,
tu gloria supera odas las cosas creadas.
¿Qué hay que se pueda semejar a tu nobleza,
madre del Verbo de Dios?
¿A quién te compararé, oh Virgen,
entre toda la creación?
Excelsos son los ángeles de Dios y los arcángeles,
pero ¡cuánto los superas tú, oh María!
Los ángeles y los arcángeles sirven con temor
a Aquel que habita en tu seno,
y no se atreven a hablarle;
tú, sin embargo, hablas con él libremente.
Decimos que los querubines son excelsos,
pero tú eres mucho más excelsa que ellos:
los querubines sostienen el trono de Dios;
tú, sin embargo, sostienes a Dios mismo
entre tus brazos.
Los serafines están delante de Dios,
pero tú estás más presente que ellos;
los serafines cubren su cara con las alas,
No pudiendo contemplar la gloria perfecta;
tú, en cambio,
no sólo contemplas su cara,
sino que la acaricias
y llenas de leche su boca santa.














San Atanasio de Alejandría (+ 373)

La belleza de la vida sacerdotal

La belleza de la vida sacerdotal (Parte 1)



La belleza de la vida sacerdotal (Parte 2)


Charlas dadas por D. Fernando Colomer a sacerdotes de la Diócesis de Cartagena.
Murcia, 3 de diciembre de 2021

IV Domingo de Adviento

15 de agosto 

19 de diciembre de 2021

(Ciclo C - Año par)





  • De ti voy a sacar al gobernador de Israel (Miq 5, 1-4a)
  • Oh, Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve (Sal 79)
  • He aquí que vengo para hacer tu voluntad (Heb 10, 5-10)
  • ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? (Lc 1, 39-45)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

El evangelio de hoy es de una singular belleza: nos presenta a dos mujeres puras, llenas de belleza espiritual, que se encuentran en el Espíritu Santo y, por ello mismo, son capaces de percibirse en su verdad más profunda, aceptando y agradeciendo, llenas de alegría, la obra de Dios en cada una de ellas. Cuando uno contempla el encuentro de la Virgen María y de su prima santa Isabel, uno desea que todos los encuentros humanos que va a tener en esta vida sean así: encuentros en el Espíritu Santo, llenos de verdad y de alegría, llenos de agradecimiento al Señor.