El santo y la prostituta

En la vida de san Efrén el Sirio, doctor de la Iglesia llamado “arpa del Espíritu Santo” y gran cantor de la Virgen María, se cuenta que, siendo todavía eremita, practicaba un día el juego carismático del apotegma, que consistía en dirigirse a un Padre y considerar que la primera palabra que pronunciara estaría inspirada por el Espíritu Santo. Decidió, pues, ir a la ciudad más cercana y escuchar el parecer de la primera persona que encontrara, considerándola como alguien que le habla en nombre de Dios.

Al llegar a la ciudad se encontró, ¡divina sorpresa!, con una prostituta. Él la miró y ella se quedó contemplándole fijamente. El hombre de Dios exclamó: “¿Por qué me miras así?”. Y la mujer le respondió: “Yo he sido sacada de ti, pero tú deberías mirar al suelo, porque tú has sido sacado del polvo de la tierra”. 

Admirable palabra de mujer, palabra de consejo y de sabiduría que reconduce al hombre a su desnudez primera y le recuerda que no es bueno para el hombre estar solo (cf. Gn 2, 7. 18-25).


Autor: EPHRAÏM
Título: Jesús, juïf pratiquant
Editorial: Paris, Fayard/Éditions du Lion de Juda, 1987, (pp. 272-273)







XVII Domingo del Tiempo Ordinario

26 de julio de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Pediste para ti inteligencia (1 Re 3, 5. 7-12)
  • ¡Cuánto amo tu ley, Señor! (Sal 118)
  • Nos predestinó a reproducir la imagen de su Hijo (Rom 8, 28-30)
  • Vende todo lo que tiene y compra el campo (Mt 13, 44-52)
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“¿Entendéis bien todo esto?”. Para el Señor es importante que entendamos bien la naturaleza del Reino de los cielos, su condición aquí en la tierra, así como las exigencias que comporta.

La parábola del tesoro escondido nos enseña, en primer lugar, que la belleza y el valor del Reino de los cielos no son evidentes para todo el mundo, pues se trata de un tesoro escondido y son muchos los que ignoran la existencia de ese tesoro. Descubrirlo, verlo, es ya una inmensa gracia, un don de Dios.

La actitud correcta que este descubrimiento del valor del Reino de los cielos debe provocar en nosotros es la que ilustra esta parábola y la de la perla de gran valor: venderlo todo con tal de adquirir el campo o la perla, es decir, con tal de alcanzar ese tesoro y esa perla de gran valor que es el Reino de los cielos. Esto significa una jerarquía de valores, para la cual el valor principal y primero es participar del Reino de los cielos, entrar en él. Y para ello estoy dispuesto a vender todo lo demás, pues “si tu mano o tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo y arrójalo de ti; más te vale entrar en la Vida manco o cojo que, con las dos manos o los dos pies, ser arrojado al fuego eterno” (Mt 18,8).

Pero además todo esto hay que hacerlo, no refunfuñando y protestando, sino llenos de alegría, porque es un gran negocio, el mayor negocio posible, gracias al cual vamos a poder vivir la vida eterna, vamos a colmar por completo los deseos de nuestro corazón. Así lo hicieron los primeros discípulos: así lo hizo Zaqueo quien, a pesar de que el día que conoció a Jesús se arruinó en términos económicos (Lc 19,8: “Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré cuatro veces más”) estaba feliz y radiante de alegría porque había comprendido que, a cambio de esos bienes materiales iba a “estar con Cristo, que es, con mucho, lo mejor”. Así lo hizo Pablo que nos dice que todo lo considera basura ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús “por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo” (Flp 3,8). No todos fueron capaces de hacerlo: el joven rico (Mt 19,16-22) prefirió sus riquezas a la persona de Cristo (porque el Reino de los cielos viene con la persona de Cristo, no es algo distinto o separable de Él), no fue sensible a la mirada de amor que le dirigió Jesús (Mc 10,21).

Finalmente la tercera parábola, la de la red barredera que se echa al mar y recoge toda clase de peces, vuelve a retomar la enseñanza de la parábola del trigo y la cizaña para recordarnos que el Reino de los cielos, aquí y ahora, en esta vida, en el tiempo de la historia, que durará hasta la segunda venida de Cristo, está formado por una mezcla de peces buenos y peces malos, es decir, de santos y de pecadores, de hombres que tienen un corazón recto y una intención pura y de otros que son calculadores, oportunistas e interesados. Y que sólo cuando venga el Señor se realizará la separación de unos y otros. Es importante tener fe en que esto ocurrirá: el juicio de Dios comportará una separación y nosotros debemos vivir de tal manera que, cuando eso ocurra, seamos colocados en el cesto de los peces buenos y vivamos para siempre con Dios y con todos los que le aman. Que así sea.

Santiago Apóstol

25 de julio de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • El rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago (Hch 4,33; 5,12. 27-33; 12,2)
  • Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben (Sal 66)
  • Llevamos siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús (2 Cor 4, 7-15)
  • Mi cáliz lo beberéis (Mt 20, 20-28)
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Celebramos hoy, queridos hermanos, la fiesta del apóstol Santiago, patrono de España. La riqueza de la liturgia de la palabra de este día nos ofrece abundantes puntos de reflexión, que constituyen llamadas a nuestra conversión como católicos y como católicos españoles.

La primera lectura nos ha recordado la contundente respuesta que Pedro y los demás apóstoles dieron ante las autoridades religiosas judías: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Es una llamada a revisar nuestra jerarquía de valores y a preguntarnos qué es, de verdad, lo primero en nuestra vida, es decir, cuál es el criterio que prevalece sobre todos los demás a la hora de tomar nuestras decisiones. Si nuestro criterio es no distinguirnos de los demás, ser como todos, no llamar la atención, ser socialmente correctos, ajustándonos al comportamiento de la mayoría, entonces Dios no es el primero en nuestra vida, sino que lo primero es una determinada imagen de nosotros mismos que no queremos que desentone de la mayoría social; lo primero serría no querer tener problemas. El cristiano tiene que tener la audacia de poner a Dios, a su voluntad y a su santa ley, como lo más importante en su vida, aunque ello le genere algún problema. 

La segunda lectura nos ha recordado que la existencia cristiana está poblada de peligros, porque “nos aprietan por todos los lados (…) estamos apurados (…) acosados (…) nos derriban”, y nos invita a ver en todas esas dificultades una participación en la muerte de Jesús “para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo”. La vida de Jesús es la vida del Resucitado, la vida misma de Dios. Y Cristo resucitado lleva en su cuerpo glorioso sus cinco llagas gloriosas y benditas abiertas, como un memorial viviente de su pasión y muerte en la cruz, que nos recuerdan que esa vida suya de resucitado ha nacido de la extrema debilidad e impotencia de la cruz, y que es un don de Dios. Hay aquí una paradoja de la vida cristiana que consiste en que la fuerza de Dios se complace en manifestarse en nuestra debilidad, tal como le dijo el Señor a san Pablo. “Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza” (2Co 12, 9). Conscientes de esto, los cristianos no podemos dejar de hablar, de proclamar la verdad de Dios y la verdad del hombre que, en Cristo, se nos ha manifestado: “Creí, por eso hablé”. El anuncio de esta verdad, que es el Evangelio, se nos ha confiado a nosotros, y aunque estemos en unas condiciones adversas no podemos dejar de realizarlo, porque es esencial para la salvación del mundo.

Finalmente el evangelio pone ante nuestros ojos el contraste entre la mentalidad de los hombres –aquí representada por la madre de los Zebedeos- que piensa en la relevancia social, incluso en el Reino de Dios, y la mentalidad de Cristo que cede toda disposición de su Reino a la voluntad del Padre del cielo, mostrando así la desapropiación de su propia obra, que él entrega, sin condiciones, al Padre para que Él disponga de ella según su voluntad. El que nos enseña a orar diciendo: “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, practica él mismo esa petición.

Al mismo tiempo, el Señor aprovecha la ambición de la madre de los Zebedeos para señalar la condición ineludible para estar con él en su Reino: beber el mismo cáliz que él va a beber. El cáliz simboliza el destino que uno tiene que asumir y que, en el caso de Cristo, consiste en su entrega sacrificial por la salvación del mundo en la cruz. La pregunta que Cristo hace a Santiago y Juan es, por lo tanto, si están dispuestos a compartir su destino. Ellos responden sin dudar que sí, y aunque tal vez en esa respuesta haya una cierta presunción, es sin embargo la respuesta adecuada. También nosotros debemos de estar interiormente dispuestos a compartir el destino de Cristo, sabiendo que esta disposición sólo podrá hacerse realidad por su gracia que actúa en nosotros, en el seno mismo de nuestra debilidad. Así lo han experimentado los santos mártires que a menudo eran hombres o mujeres cobardes y débiles, pero que fueron sostenidos por la gracia de Dios para dar su vida por Cristo. Los demás apóstoles se indignan contra Santiago y Juan, y ello muestra, como recuerda san Juan Crisóstomo, lo imperfectos que aún eran. Es que todavía no habían recibido el Espíritu Santo. Que Él venga sobre nosotros para que seamos hoy en día testigos de Cristo en España.

Meditación de Adviento


El papel del año litúrgico en la vida cristiana

Durante el curso de un año, la Iglesia nos hace entrar en contacto con cada uno de los misterios de la vida de Cristo para actualizar en nosotros la obra de la salvación. El año litúrgico recorre los distintos momentos de la existencia terrena del Hijo de Dios desde la encarnación hasta la subida a los cielos y la expectación de la última venida (cf. SC 102), según las propias palabras del Señor: “Salí del Padre y vine al mundo, de nuevo dejo el mundo y me voy al Padre” (Jn 16, 28).

Este círculo o ciclo recorrido por Cristo en aquel tiempo (Ga 4,4; Ef 1, 10) para llevar a cabo la redención del hombre es objeto de sagrado recuerdo y celebración por la comunidad cristiana en los distintos tiempos litúrgicos del año del Señor.

No todos los tiempos de la liturgia tienen igual peso e importancia, teniendo la primacía el sagrado triduo de Cristo muerto, sepultado y resucitado; y además que todos los tiempos litúrgicos convergen en la Pascua y de ella reciben la luz y significado.

De este modo los cristianos vamos aprendiendo a colocar como base de nuestra vida cristiana la espiritualidad litúrgica, que es la espiritualidad común a toda la Iglesia, que se alimenta totalmente de la contemplación y participación de los misterios de la vida de Cristo tal como la Iglesia, en su oración oficial, que es la Liturgia, nos los propone. De este modo la espiritualidad litúrgica constituye el humus común a todas las demás espiritualidades, las llamadas espiritualidades “de escuela” o con “apellidos”.

El tiempo litúrgico de Adviento

a) Las dos venidas de Cristo

Dicen las Normas universales sobre el año litúrgico y el calendario (=NUALC): «El tiempo del Adviento tiene una doble índole: es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del hijo de Dios a los hombres, y es, a la vez, el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por estas dos razones, el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre» (NUALC 39).

Adviento, Navidad y Epifanía están unidos en torno al misterio de la manifestación del Señor en nuestra condición humana. Incluso la expectación de la última venida de Cristo se apoya en la esperanza que brota de la certeza de la primera; de ahí que el recuerdo de la preparación que precedió a la llegada del Mesías en el Antiguo Testamento sea imagen de nuestro Adviento cristiano. 

La misa y el Oficio divino de todos estos días están impregnados del espíritu que se desprende de los dos grandes motivos que se celebran. Sin embargo, se advierte una acentuación mayor del aspecto de la espera escatológica en las dos primeras semanas y una más fuerte atención a la próxima Navidad en las dos restantes, especialmente a partir del día 17 de diciembre.

XVI Domingo del Tiempo Ordinario

19 de julio de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Concedes el arrepentimiento a los pecadores (Sab 12, 13. 16-19)
  • Tú, Señor, eres bueno y clemente (Sal 85)
  • El Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables (Rom 8, 26-27)
  • Dejadlos crecer juntos hasta la siega (Mt 13, 24-43)
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La liturgia de la Palabra de este domingo aborda el tema del silencio de Dios durante la historia humana, a pesar de la presencia del mal. A los hombres nos gustaría que, al menor síntoma de mal, Dios interviniera, arrancándolo de cuajo. Pero como Dios no lo hace, a nosotros nos viene la tentación de hacerlo, de “limpiar el campo”, de extirpar el mal. Y la palabra de Dios, en el evangelio de hoy, nos sorprende diciéndonos: “dejadlos crecer juntos hasta la siega”. 

Con su parábola el Señor quiere inculcarnos la paciencia como una actitud fundamental. Quiere decirnos que hemos de soportar, durante nuestra vida aquí en la tierra, esta situación de mezcolanza del bien y del mal, del trigo y de la cizaña. Quiere decirnos que hemos de aprender a vivir juntos los buenos y los malos, los piadosos y los impíos. Que hemos de contar con la presencia del mal. El Señor nos dice: es mejor soportar la presencia del mal que arrancar el bien, queriendo extirpar el mal. Porque nosotros no tenemos un método infalible de discernimiento. A lo largo de la historia humana, hemos de aceptar que el Reino de Dios crezca en el seno de una comunidad en la que se mezclan el bien y el mal. Y hemos de vivir esta situación con una paciente confianza. Al final el Señor vendrá y Él realizará el juicio definitivo, el juicio “final”. Pero sólo Él puede hacerlo, porque sólo Él discierne los corazones.

La segunda cosa que nos dice el Señor con su parábola es que esta situación no va a durar siempre, que durará hasta que Él vuelva y realice “la siega”, es decir que durará hasta la segunda venida de Cristo, hasta la Parusía y el Juicio final. Entonces se verá con toda claridad que no ha dado lo mismo, en absoluto, el vivir de una manera o de otra, el haber sido trigo o cizaña, el haber sido bueno o malo. Quien haya sido “trigo”, “brillará como el sol en el Reino de su Padre”, dice el Señor cuando explica la parábola, es decir, vivirá en comunión con Dios, que es “Luz sin tiniebla alguna” (1Jn 1,5), que es Amor (1Jn 4,8). Quien haya sido “cizaña” será “arrojado al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes”, es decir, será excluido de la comunión con Dios, porque Dios es absolutamente incompatible con el mal, con el pecado.

Por lo tanto esa idea de que “vivas como vivas, al final todos al cielo”, es una idea falsa, contraria a la enseñanza de Cristo, que nos dice que no da lo mismo vivir de una manera que de otra. Sólo que eso se verá en el último día. Mientras tanto parece que da lo mismo, porque si sale el sol, como si cae la lluvia, se benefician lo mismo el trigo que la cizaña.

Lo que no dice el evangelio de hoy, pero se insinúa en la primera lectura, es que Dios no interviene porque tiene la esperanza de que aquellos que son cizaña se conviertan en trigo. La paciencia de Dios, su “silencio” ante el mal, es oportunidad de conversión para el hombre, como dice san Pedro: “No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que lleguen todos a la conversión (2Pe 3,9). Si Dios interviniera después de cada acción del hombre, premiándola cuando fuera buena o castigándola cuando fuera mala, creer sería un negocio inteligente y se eliminaría prácticamente la posibilidad de la fe, de dar confianza a Dios, de esperar en Él.

Finalmente la primera lectura de hoy nos enseña que “el justo debe ser humano”. Nuestro primer problema es que nos cuesta mucho ser “justos”, es decir, ser personas gratas a Dios, que viven de un modo acorde a Su voluntad. Pero el segundo problema es que, muy fácilmente, cuando somos “justos”, tendemos a endurecernos en relación a los demás, tendemos a pensar que si los demás no lo son, es porque son unos gandules o unos cobardes o unos viles. Y sin embargo Dios espera de nosotros que seamos comprensivos con quienes obran el mal, que tengamos paciencia con ellos y que no dejemos de tener esperanza para cada uno de ellos, como la tiene Él. Pues nuestra verdadera victoria sobre el mal no consiste en que ardan en el infierno, por toda la eternidad, quienes lo han cometido, sino en que se arrepientan y salven su vida, que es, por cierto, lo que Dios quiere (cf. 1Tm 2,4). 

Oración para el momento de morir

¡Oh Jesús!,
al adorar vuestro último suspiro,
yo os ruego que recibáis el mío.
Ignorando actualmente si tendré el libre uso de mi inteligencia
cuando abandone este mundo,
yo os ofrezco, desde ahora, mi agonía y todos los dolores de mi muerte.
Desde hoy, acepto con sumo gusto y libremente,
el género de muerte que queráis darme,
con todos sus dolores, sus penas y sus angustias.
Vos sois mi Padre y mi Salvador.
Yo pongo mi alma en vuestras manos
deseando que mi último momento esté unido al de vuestra muerte,
y que el último latido de mi corazón
sea una acto de puro amor hacia Vos.
Amén.

(San Pío X)



XV Domingo del Tiempo Ordinario

12 de julio de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • La lluvia hace germinar la tierra (Is 55, 10-11)
  • La semilla cayó en tierra buena, y dio fruto (Sal 64)
  • La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios (Rom 8, 18-23)
  • Salió el sembrador a sembrar (Mt 13, 1-23)
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Casi con toda probabilidad podemos afirmar que esta parábola fue pronunciada por el Señor a causa de un cierto desánimo que había en sus discípulos. Éstos, en efecto, veían que eran muchas las personas que escuchaban la predicación del Señor, pero que, sin embargo, no todos se convertían en discípulos suyos. Es una cuestión siempre actual, que no vale sólo de la predicación de Jesús sino también de la predicación de la Iglesia (que es sustancialmente la misma predicación de Jesús) a lo largo de la historia. La parábola sale al paso de esta cuestión y afirma una cosa muy sencilla: que el fruto de la predicación no depende sólo de la semilla que se siembra sino también del terreno que la acoge.

A este respecto la parábola se recrea en la contemplación de los diferentes tipos de “terreno” que la Palabra de Dios puede encontrar. Todos comprendemos que el “terreno” es el corazón del hombre. La parábola viene a decirnos: no todos los corazones son iguales y por eso la misma predicación no da el mismo fruto en todos.

Hay terrenos completamente opacos a la predicación (“al borde del camino”), terrenos donde la tierra está endurecida y por eso la semilla no puede ni siquiera entrar. Todos sabemos que, para poder sembrar, antes hay que arar la tierra y dejarla mullida, para que la semilla pueda ser recibida en ella. ¿Cómo “arar” esa tierra, como “abrirla” para que pueda recibir la semilla del Reino? Parece que la única solución posible sea el sufrimiento, que rompe la costra de falsas seguridades que los hombres nos construimos. Ciertamente el Señor no ama vernos sufrir y nunca el sufrimiento es para Él un objetivo por sí mismo; pero tal vez los hombres no le dejamos otra posibilidad para que pueda abrir nuestro corazón endurecido a su gracia. Como dice un salmo: “me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandatos”.

Otros corazones están abiertos, pero no están dispuestos a sufrir lo más mínimo a causa de la palabra de Dios, a causa del Reino de los cielos. Son los terrenos pedregosos. Es el caso de quienes quieren ser cristianos pero siendo social, cultural y políticamente correctos, no son capaces de soportar la tensión entre Dios y el mundo, entre la sociedad y la Iglesia, y como ven que la fidelidad a Dios les trae problemas, se echan hacia atrás. 

Están también los que sinceramente quieren ser cristianos, pero haciendo del cristianismo “una cosa más” de su vida, en vez de hacer de él el eje y el centro de su vida. Quieren que sus hijos vayan a la catequesis pero sin dejar de ir a judo, kárate, informática, ballet, inglés etc. etc. y, al final, para lo que no hay tiempo es para la catequesis, para la fe, para Dios, porque son incapaces de subordinar todo lo demás a la fe. Pero Dios no viene a nosotros para ser “una cosa más” en nuestra vida sino para ser el primero en ella. Es el terreno lleno de zarzas: uno se “enreda” en ellas.

Finalmente están también los corazones abiertos a la Palabra de Dios y dispuestos a que ella sea lo primero en su vida. Éstos son los que dan fruto y son gratos a Dios. “Así dice el Señor: los cielos son mi trono y la tierra el estrado de mis pies (...) Y ¿en quién voy a fijarme? En el humilde y contrito que
tiembla a mi palabra” (Is 66,1-2).
¿Qué conclusiones debemos sacar de esta parábola? Por lo menos tres. La primera consiste en  recordar que, si eres sembrador de la Palabra del Reino -y todos lo somos, por el hecho de ser cristianos- lo más importante es que la semilla que sembremos sea, de verdad, la semilla del Reino de Dios. No existimos para sembrar la semilla de los derechos humanos, o de la difusión cultural o artística, o para gestionar el tiempo libre; existimos -los cristianos- para sembrar la semilla del Reino de Dios. Por lo tanto, cada vez que hablamos de Dios, o de su Iglesia, o de su Reino, preocupémonos de hablar de eso, de presentar el cristianismo como lo que es: no un ambulatorio de la seguridad social o un puesto de la Cruz Roja, sino el anuncio de la novedad que, por Cristo, se le ofrece al hombre, el anuncio del don del Espíritu Santo.

La segunda conclusión es la que expresa la parábola diciendo: “el que tenga oídos que oiga”; lo que es como decir: que cada cual se aplique el cuento. Y lo que el cuento dice es: ¿qué clase de tierra soy yo, qué clase de terreno es mi corazón? Porque si no soy “tierra buena” no podré nunca verificar
la verdad del cristianismo.

Y la tercera conclusión es la que se expresa en las palabras: “unos ciento, otros sesenta, otros treinta”: Dios no te pide que seas el que más fruto da, sino que des fruto. Hay que evitar la tentación del “o todo o nada”, la tentación de decir “o soy un excelente cristiano o no soy cristiano”. Porque ese planteamiento viene del orgullo. Lo importante es que te dejes fecundar por la semilla del Reino, que la dejes obrar en ti y que no desprecies su fruto, aunque sea poco, porque Dios no lo desprecia.

Libertad y determinismo

Este cuerpo que soy yo y que dice yo, es el resultado de una progresiva conjunción de herencia, circunstancia, azar, destino y libertad. Ni me hago desde cero, ni estoy tan determinado que carezca de libertad. Pero es una libertad limitada, corpórea, finita, relacionada con otros, no divina sino humana, condicionada y en situación. Condicionado desde fuera y desde dentro, trato de trascender el condicionamiento, sin lograrlo por completo.

Consideremos vivencias como, por ejemplo, “quiero y no puedo”, “quiero y no quiero”, “puedo y no quiero”, “puedo y quiero, pero no me dejan hacerlo”. Estas paradojas de la libertad reflejan la riqueza y la contradicción humanas. Parezco libre y parezco no serlo; tengo que ser libre, pero es difícil; necesito ser libre, aunque a veces no quisiera serlo. Contra la objeción del determinismo, valdría la distinción de Zubiri: “La libertad no está en la indeterminación, sino en la manera en que yo me determino. Es determinación, aunque determinación libre”. Siempre es posible encontrar un antecedente determinante de una acción. Pero si lo he puesto yo libremente, podré decir que la determina de un modo no determinístico. Sin suprimir los determinismos, los utilizamos aprovechando sus posibilidades. Asumimos los determinismos de la espaciotemporalidad y reorientamos los dinamismos que nos condicionan. Nos subimos a un caballo desbocado y lo sujetamos por las crines hasta domarlo, aunque no siempre lo conseguimos. El perro hambriento ante el pedazo de carne es un circuito cerrado. El ser humano en la misma situación es un circuito abierto: puede distanciarse y preguntarse si lo come o no lo come, si lo come ahora o lo deja para después etc.

Lo que expresan estos ejemplos tan simples es la característica del ser humano como “esencia abierta” (Zubiri). No estamos totalmente programados, sino inacabados; tenemos que hacernos decidiendo cómo queremos ser (Ortega). Para el ser humano “hoy es siempre todavía” (Machado).

No es fácil analizar cómo se movilizan las energías del agente en la dirección de una acción determinada. No es fácil dilucidar si, en un momento dado, uno mismo ha movilizado sus energías de una manera escogida por él mismo para decidir el paso a la acción. Pues nuestras acciones son descargas de energía que no siempre tienen que ver con lo cognoscitivo. ¿Cómo se desencadenan mis energías y cómo se orientan en una determinada dirección? ¿Es posible que, al menos a veces, sea yo mismo quien desencadene esas energías según una orientación escogida por mí? Libertad es lo que capacita al ser humano para este modo de conducta. Obrar libremente es un modo de conducirse el sujeto cuando asume su situación con señorío y hace algo propio con lo que la vida va haciendo de él.

En vez de hablar de que el hombre es libre, es preferible comenzar diciendo que este ser, capaz de esclavizarse y esclavizar a los demás, experimenta también una exigencia de liberarse. Al plantear la cuestión de la libertad desde los condicionamientos, hay que ser consciente de que se plantea desde muestra corporeidad vivida y desde nuestra limitación social y cultural. Como indica el origen social del término, ser libre significa no estar encarcelado. Desde ahí podemos pasar a distinguir entre ser “libres de” y ser “libres para”. En el primer sentido, ser libres sería no estar totalmente sujetos al determinismo causal de influjos de fuera y pulsiones de dentro. En el segundo sentido, ser libre sería disponer de un margen para autodeterminarse, eligiendo o asumiendo.

Desde esta perspectiva, la tarea de hacerse libre pesa más que la pregunta abstracta sobre si hay libertad. Obrar libremente sería conducirse no determinística, aunque determinadamente, con dominio o señorío para asumir la propia situación; no para modificarla incondicionadamente a capricho. Libertad no es una capacidad para hacer cualquier cosa al margen de las leyes físicas o psíquicas, sino hacer algo con lo que la vida ha hecho de mí. Ni me hago yo solo, ni me hacen. Me hago y hago algo de mí, con lo que las circunstancias han hecho de mí. Paul Ricoeur afirma, con toda razón, que la libertad se hace acogiendo lo que no hace. Querer no es crear: mi libertad es humana y no divina; no es pura racionalidad, sino limitación corporal; no está encarnada en un cuerpo dócil, sino resistente; no es la libertad de un sujeto aislado, sino en una circunstancia y con un carácter. Así de vulnerable es nuestra libertad.

La libertad me sitúa en una perplejidad: tengo que hacer mi vida, lo cual depende en gran parte de mí, que digo “yo” y pretendo ser libre; y, por otra parte, me la dan ya bastante hecha, porque ese yo que ha de hacer su vida, es un yo en sus circunstancias. No consistirá mi libertad, por tanto, en prescindir de las circunstancias, sino en hacer algo con lo que ellas han hecho de mí. A veces tenemos la impresión de que predomina nuestra pasividad frente a lo que nos estimula desde fuera. Son muchos los datos que nos inclinan a percibir nuestra vida como si estuviera dirigida desde fuera, como si nos dejáramos arrastrar, pasiva e involuntariamente, por la corriente de lo que nos estimula. También son muchos los datos que refuerzan nuestra impresión de pasividad e involuntariedad con relación a los impulsos que nos empujan desde dentro: nos sentimos arrastrados por la corriente de lo pulsional y lo imaginativo-emotivo, apoderándose de la experiencia de nuestro vivir. Ante estas impresiones nos preguntamos: si me arrastran desde fuera y me empujan desde dentro, ¿es que yo no soy yo? O, si soy yo y puedo decir yo con todo derecho, ¿es que se trata de un yo meramente pasivo, como si fuera una marioneta, o de un yo como espectador de lo que ocurre dentro de él, o de lo que tira de él desde fuera? San Agustín habría respondido que no: “lo que hacía contra mi voluntad, veía que era más padecer que obrar”, afirma en las Confesiones (VII, 3).




Extraído de: Juan MASIÁ CLAVEL, Animal vulnerable. Curso de antropología filosófica, Trotta, Madrid, 2015, pp.115; 140; 145-147.







XIV Domingo del Tiempo Ordinario

5 de julio de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Mira a tu rey que viene a ti pobre (Zac 9, 9-10)
  • Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey (Sal 144)
  • Si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis (Rom 8, 9. 11-13)
  • Soy manso y humilde de corazón (Mt 11, 25-30)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf
En el evangelio de hoy el Señor da gracias al Padre, que es el Señor del cielo y de la tierra, por haber escondido su plan de salvación a los ojos de los sabios y entendidos y haberlo revelado, en cambio, a la gente sencilla. Los “sabios y entendidos” son los que razonan según la lógica humana que nos dice que para “destruir a los carros de Efraím y a los caballos de Jerusalén” lo que hace falta son unos carros más potentes y unos caballos más veloces. Y sin embargo Dios anuncia, por medio del profeta Zacarías, que Dios alcanzará esa victoria mediante un rey modesto que “cabalga en un asno, en un pollino de borrica”. 

Los sencillos de corazón son los que, antes que nada, piensan en Dios y dicen: si Dios lo quiere podrá ocurrir. Son como niños que están seguros del poder y de la fuerza de su padre y que lo creen todo posible si su papá está allí e interviene. Con estas palabras el Señor nos invita a buscar la sencillez de corazón, que consiste en prestar mucha más atención, en todos los asuntos, a la existencia de Dios, a Su voluntad y a Su poder, que al entramado de causas segundas que intervienen en ellos. Quien así procede está convencido de que “para Dios nada hay imposible” (Lc 1,37), tal como le dijo el ángel Gabriel a la Virgen María. La Virgen era sencilla de corazón, y por eso respondió: “aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).

Lo nuclear cristiano


Si tuviéramos que buscar una palabra que pudiera indicar el núcleo del cristianismo, aquello sin lo cual no hay cristianismo, podríamos recurrir sin temor a equivocarnos a la palabra amistad: “Ya no os llamo siervos, sino amigos, porque todo lo que el Padre me ha dicho os lo he dado a conocer” (Jn 15, 14).

La palabra siervos indica la concepción habitual que los hombres tenemos de la relación con Dios, una relación comparable a la que tiene un siervo con su amo: si el siervo cumple correctamente lo que su amo ha mandado, puede esperar, con toda razón, que recibirá la recompensa prometida.

A pesar de la corrección de este planteamiento, Jesús lo descarta y elige la palabra amigos para describir lo que Él nos ha venido a ofrecer. Con esta palabra Jesús, de entrada, nos dice dos cosas: (1) Dios te ama, eres amado por Dios, Yo te amo y (2) entre Dios y tú hay un ámbito de confidencialidad, de apertura del corazón, de comunicación de lo secreto e íntimo de cada uno, el ámbito propio de la amistad.

Vivir el cristianismo es vivir esta amistad, es existir en este encuentro continuo con Cristo y a través de él con el Padre y el Espíritu Santo, en el que se me hace patente que Dios me ama –me ama ya ahora, con todos los defectos, los límites, los miedos, los complejos y los pecados que me acompañan-, y en esa relación de amor Él me abre su corazón, me cuenta sus secretos, sus deseos más íntimos –“que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tm 2, 4)-, me comunica su visión de la realidad, del ser, del universo, de las cosas, de la vida –“en el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn 1, 1)- y, sobre todo, del hombre, que para Él nunca es “un ser más” porque es el ser que lleva Su “imagen y semejanza” (Gn 1, 26), y me ilumina sobre lo que me hace crecer y lo que bloquea mi crecimiento personal, porque Él quiere que yo crezca hasta la altura de Dios y que así pueda existir con Él y en Él, por toda la eternidad.

XIII Domingo del Tiempo Ordinario

28 de junio de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Es un hombre santo de Dios; se retirará aquí (2 Re 4, 8-11. 14-16a)
  • Cantaré eternamente las misericordias del Señor (Sal 88)
  • Sepultados con él por el bautismo, andemos en una vida nueva (Rom 6, 3-4. 8-11)
  • El que no carga con la cruz no es digno de mí. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí (Mt 10, 37-42)
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En el evangelio de hoy, queridos hermanos, el Señor nos habla de la relación de los discípulos con Él y de la relación entre los discípulos y los demás hombres.
Al describirnos cómo debe ser la relación de los discípulos con Él, el Señor nos dice que deben preferirle a él antes que a la familia –tanto a los padres como a los hijos-, que no deben rehuir el sufrimiento –la cruz- para seguirle y que entre “asegurar” la propia vida o perderla por Él, el discípulo debe de estar siempre dispuesto a esto último, que es lo que hará que, verdaderamente, “encuentre” su vida. Jesús pretende de sus discípulos un amor sin límites, sin medida ni condiciones, por encima del amor a los padres, a los hijos, al propio bienestar y a la propia vida, de manera que si surge un conflicto entre lo que debemos a Jesús y lo que nos exigen otras personas, prefiramos siempre a Jesús.

Para muchos de sus oyentes estas pretensiones de Jesús resultan excesivas porque apuntan en una dirección muy clara: la de afirmar que la relación con Dios se juega en la relación con Él, con Jesús de Nazaret, en vez de jugarse en la observancia de los mandamientos, de la Torah que el Señor dio a Moisés. Y ese es precisamente el núcleo del anuncio de Jesús, de su kerigma, de su predicación: decir a los hombres que es en la relación con él, con el hombre Jesús de Nazaret, donde el hombre se juega su relación con Dios, donde el hombre decide su destino eterno. Así lo mostró el Señor en múltiples ocasiones, en las que subordinó el tercer mandamiento –la observancia del sábado- o el cuarto mandamiento –honrar padre y madre- a la relación con su persona. “Sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos” (Mt 18, 21) fue la respuesta que dio al discípulo que le pedía permiso para ir a enterrar a su padre. “El Hijo del hombre es señor del sábado” (Mt 12, 8), argumentó Jesús cuando acusaron a sus discípulos de arrancar espigas en un día de sábado respuesta muy atrevida porque el sábado es el día del Señor y sólo Dios es su dueño. De ahí que llegara el conflicto inevitable entre las autoridades judías y Jesús: “No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia, porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios” (Jn 10 33).

Incertidumbre humana y providencia divina: la historia de Jacob

Catequesis parroquial nº 158

Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 25 de junio de 2020

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Próxima catequesis parroquial

"Incertidumbre humana y providencia divina:
la historia de Jacob"

(El sueño de Jacob, 1966 de Marc Chagall)

JUEVES, 25 de junio de 2020
Parroquia San León Magno

18:30 h Catequesis
19:30 h Adoración
20:00 h Eucaristía

XII Domingo del Tiempo Ordinario

21 de junio de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Libera la vida del pobre de las manos de gente perversa (Jer 20, 10-13)
  • Señor, que me escuche tu gran bondad (Sal 68)
  • No hay proporción entre el delito y el don (Rom 5, 12-15)
  • No tengáis miedo a los que matan el cuerpo (Mt 10, 26-33)
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Por tres veces en el evangelio de hoy el Señor nos exhorta a vencer el miedo: “No tengáis miedo”. Sentir miedo es algo natural para el hombre: tenemos miedo de perder nuestra salud, nuestra estima, nuestra posición, nuestra tranquilidad, nuestro bienestar, nuestra vida y nuestra familia. Todo lo que amamos se encuentra bajo la amenaza y ninguno de nosotros puede garantizarlo con  sus solas fuerzas. Todo lo que amamos y lo que nos pertenece nos expone a heridas y pérdidas, y es posible objeto de amenazas y de chantajes. Y por todo ello tenemos miedo.
Cuando el Señor nos dice “no tengáis miedo”, no nos prohibe sentir miedo, sino que nos está mandando que nuestro comportamiento, nuestra manera de actuar, no esté determinada por el miedo. De manera muy especial el Señor nos pide que no dejemos de hacer dos cosas fundamentales en razón del miedo: anunciar su palabra y ser fieles a su persona, poniéndonos de su parte ante los hombres.
El anuncio de la palabra de Dios nos puede llevar a situaciones en las que tengamos miedo. Ahora mismo, en España, muchos padres católicos sienten miedo a enfrentarse al Estado para defender la formación de la conciencia de sus hijos. Los cristianos creemos que el ámbito de la conciencia debe ser modelado por la fe, por la palabra de Dios; y el Estado quiere ser él quien modele la conciencia de sus ciudadanos y amenaza con hacer pagar caro a quien tenga la audacia de desafiarle en ese punto. El Estado quiere poseer las almas de vuestros hijos. Y muchos no se atreven a plantarle cara porque sienten miedo.
“No tengáis miedo”. El motivo por el que Jesús nos exhorta a no dejar que el miedo determine nuestro comportamiento es la realidad de Dios, la fe en Él, el convencimiento de que es Él quien tiene la última palabra, de que será Él quien, en el último día, pondrá a cada uno en su sitio, hará pública y notoria, ante los ojos de toda la humanidad, la verdad y la valía de cada persona. Al decir “no tengáis miedo”, el Señor nos está invitando a vivir ante Dios y para Dios, en vez de vivir ante los hombres y para los hombres. Si vivo de cara a Dios, entonces eré capaz de “pregonar desde la azotea” lo que el Señor me ha dicho “al oído”, y de proclamar “en pleno día” lo que Él me ha dicho “de noche”. Y éste es el comportamiento que Dios espera de nosotros.

Meditación sobre el tiempo ordinario


El Tiempo Ordinario

El tiempo ordinario comienza el lunes que sigue al domingo posterior al 6 de enero y se extiende hasta el martes antes de Cuaresma inclusive; de nuevo comienza el lunes después del domingo de Pentecostés y termina antes de las primeras vísperas del domingo primero de Adviento. El tiempo ordinario abarca más o menos dos tercios de los días del año civil, unas 33 o 34 semanas.

El leccionario ferial del tiempo ordinario está dividido en dos años (I y II), con distintas lecturas aunque con idéntico evangelio para los dos ciclos. Para evitar que en un año se lea únicamente el AT o el NT se alternan, en ambos años lecturas de los dos testamentos, con la idea de que en el círculo de los dos años se lean los textos más importantes de la historia de la salvación.

Quedarse tan sólo con los “tiempos fuertes” significaría olvidar que el año litúrgico consiste en la celebración, con sagrado recuerdo en el curso de un año, del entero misterio de Cristo y de la obra de la salvación.

En realidad el “contenido propio” del tiempo ordinario es la vida histórica de Cristo, que se va recordando y celebrando como cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento (éste es el sentido de la primera lectura, que corresponde siempre con el evangelio) y que se proyecta después en una vida nueva, la del Resucitado, que acontece en la Iglesia (y ese es el sentido de la segunda lectura, que muestra algún aspecto de la experiencia eclesial apostólica).

La pascua cotidiana de la Eucaristía

En el centro de la experiencia cotidiana está la celebración de la Eucaristía que es siempre celebración, memorial, presencia y comunión del misterio de Cristo Crucificado y Resucitado. Decía ya san Juan Crisóstomo: "Pascua no consiste en el ayuno, sino en la oblación y en el sacrificio que se realiza en cada celebración (…) Cada vez que con conciencia pura te acercas a la Eucaristía, celebras la Pascua, porque Pascua es anunciar la muerte del Señor" (PG 48,867). Y san Agustín habla ya de la "celebración cotidiana de la Pascua" en la Eucaristía.

Domingo. Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

14 de junio de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres (Dt 8, 2-3. 14b-16a)
  • Glorifica al Señor, Jerusalén (Sal 147)
  • El pan es uno; nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo (1Cor 10, 16-17)
  • Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida (Jn 6, 51-58)
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En la primera lectura de hoy se nos ha recordado cómo el pueblo de Israel, en su travesía por el desierto, sintió hambre y cómo el Señor le dio a comer el maná, que fue un don de Dios, la respuesta divina al hambre del pueblo de Israel para que no desfalleciera.

La vida del hombre en la tierra, nuestra vida, se parece siempre a una travesía del desierto. Porque en nuestro corazón hay un ansia de verdad, de bien y de belleza que nunca se ve totalmente satisfecha por los bienes que encontramos y realizamos aquí en la tierra. Y en este sentido el mundo, la vida, a pesar de todas las realidades bellas que nos ofrece, nunca es nuestra morada definitiva, nuestra tierra prometida, porque siempre aspiramos a más, porque nuestro corazón sigue estando inquieto.

Oración al enterrar a un monje


“Señor, es un gran atrevimiento para un mortal que es polvo y ceniza, recomendarte a Ti, nuestro Dios y Señor, otro mortal, también polvo y ceniza. Pero, seguros de tu amor, te imploramos con fe: mientras que la tierra recibe lo que viene de la tierra, acoge en la verdadera patria, junto a tu amigo Abraham, a quien acabas de arrancar de este mundo. Líbralo del fuego de la gehena, que no sufra ningún mal, sino que, inundado por tu alegría, encuentre en Ti su reposo. Que no reciba el castigo de sus faltas, sino que guste la dulzura de tu perdón. Que, cuando termine este mundo y resplandezca para todos la luz de tu Reino, resucite como criatura nueva, y se una a la muchedumbre de los santos que ocuparán su lugar a tu derecha, para recibir la corona de gloria. Te lo suplicamos por Jesucristo nuestro Señor”. 

(Oración pronunciada por el abad del monasterio de Sept-Fons en Francia, con ocasión del entierro de un monje)



Domingo, Santísima Trinidad

7 de junio de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso (Éx 34, 4b-6. 8-9)
  • ¡A ti gloria y alabanza por los siglos! (Salmo: Dan 3, 52-56)
  • La gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo (2 Cor 13, 11-13)
  • Dios envió a su Hijo para que el mundo se salve por él (Jn 3, 16-18)
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“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo, esté siempre con vosotros”. Estas palabras enuncian el misterio de la Santísima Trinidad: el Padre que envió al Hijo, que nos salvó con su gracia, gracia que está en nosotros por el don del Espíritu Santo. San Juan Crisóstomo comenta: “Lo referente a la Trinidad es indivisible, y allí donde está la comunión del Espíritu, se halla también la del Hijo; y allí donde está la gracia del Hijo, también se halla la del Padre y la del Espíritu Santo”. 

La gracia es el perdón que en Cristo se nos ha dado. El amor de Dios se ha manifestado en la entrega que el Padre ha hecho de su Hijo único, muy amado, para nuestra salvación según lo que afirma Pablo en la Carta a los Romanos: “En verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; más la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (5,7-8). La comunión del Espíritu Santo es la unión a las tres divina Personas y la unión entre nosotros que crea en nosotros el Espíritu Santo.

Los sacerdotes jóvenes en la ciudad


Vivieron varias semanas de felicidad (no era, no podía ser la felicidad exacerbada, febril, de los jóvenes, para ellos ya no se trataba de explotarse la cabeza ni de despedazarse gravemente durante un fin de semana; era ya -pero todavía estaban en edad de divertirse- la preparación para esa felicidad epicúrea, apacible, refinada sin esnobismo, que la sociedad occidental propone a los representantes de sus clases medias-altas). Se habituaron al tono teatral que adoptan los camareros de los establecimientos de varias estrellas para anunciar la composición de los aperitivos y otros “abrebocas”; también a la forma elástica y declamatoria con que exclamaban a cada cambio de plato, “¡Buena continuación, señoras y caballeros!” y que a Jed le recordaba aquel “¡Buena celebración!” que les había lanzado un cura joven, rechoncho y probablemente socialista, cuando ellos entraban, Geneviève y él, obedeciendo a un impulso irrazonado, en la Iglesia de Notre-Dame-des-Champs en el momento en que se celebraba la misa dominical de la mañana, justo después de haber hecho el amor en el estudio del boulevard Montparnasse donde ella vivía entonces. Posteriormente había pensado varias veces en aquel sacerdote que físicamente se parecía un poco a François Hollande, pero al contrario que el dirigente político, se había hecho eunuco por Dios. Muchos años más tarde, después de haber comenzado la “serie de oficios sencillos”, Jed había proyectado en varias ocasiones hacer un retrato de uno de aquellos hombres castos y abnegados que, cada vez menos numerosos, atravesaban las metrópolis para aportarles el consuelo de su fe. Pero había fracasado, ni siquiera había conseguido capturar el tema. Herederos de una milenaria tradición espiritual que ya nadie comprendía realmente, en otro tiempo situados en primera fila de la sociedad, los curas se veían actualmente reducidos , al término de estudios espantosamente largos y difíciles que abarcaban el dominio del latín, del derecho canónico, de la teología racional y de otras materias casi incomprensibles, a subsistir en miserables condiciones materiales, a pasar de un grupo de lectura del Evangelio a un taller de alfabetización, a decir misa cada mañana para unos feligreses escasos y avejentados, todo goce sensual les estaba vetado, y hasta los placeres elementales de la vida familiar, obligados sin embargo por la función que desempeñan a manifestar día tras día un optimismo forzoso. Los historiadores del arte observarían que casi todos los cuadros de Jed Martin representan a hombres o mujeres ejerciendo su profesión con un espíritu de buena voluntad, pero lo que se expresaba en ellos era una buena voluntad razonable, en donde la sumisión a los imperativos profesionales te garantiza a cambio, en proporciones variables, una mezcla de satisfacciones económicas y de gratificaciones del amor propio. Humildes y sin dinero, despreciados por todos, sometidos a todos los ajetreos de la vida urbana sin tener acceso a ninguno de sus placeres, los jóvenes sacerdotes urbanos constituían un tema desconcertante e inaccesible para quienes no compartían su fe.




Autor: Michel HOUELLEBECQ
Título: El mapa y el territorio
Editorial: Anagrama, Barcelona, 2011, (pp. 87-88)






Domingo de Pentecostés

31 de mayo de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar (Hch 2, 1-11)
  • Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra (Sal 103)
  • Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo (1 Cor 12, 3b-7. 12-13)
  • Secuencia: Ven, Espíritu divino.
  • Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo; recibid el Espíritu Santo (Jn 20, 19-23)
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Queridos hermanos: El hombre bajo la ley del pecado no sabe vivir la diferencia, no sabe aceptar e integrar la diferencia como una riqueza de lo humano y como un motivo de alegría. Bajo la ley del pecado los hombres tendemos a ver en la diferencia un problema y queremos construir la unidad, la convivencia, la vida, en base a la homogeneidad: si todos somos iguales, si pensamos y sentimos y valoramos y expresamos la realidad de la misma manera, entonces no hay problema.

La torre de Babel es la expresión bíblica de esta manera humana de entender la unidad y la convivencia. Dice la Sagrada Escritura que la torre de Babel estaba hecha con ladrillos (que son todos iguales) y que todos los hombres hablaban una misma lengua (es decir, pensaban todos de la misma manera). Babel es el prototipo del pensamiento único.

A Dios no le gustó Babel, porque Dios ama la diferencia. Dios ha creado al hombre uno pero diferente: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó” (Gn 1,27). El proyecto de Dios sobre el hombre es que nosotros vivamos en la comunión con Él y entre nosotros, pero sin que esa comunión suprima la diferencia. Por eso el proyecto de Dios no es Babel sino la Jerusalén celestial, que está construida con “piedras vivas” (1Pe 2,5), donde no hay dos piedras iguales, a diferencia de los ladrillos que son todos iguales. Cada hombre está llamado, por la fe y el bautismo, a ser una “piedra viva” de la Jerusalén celestial, es decir, a mantener su unicidad, su diferencia, integrándola en el conjunto armonioso de la ciudad celeste.

Vigilia de Pentecostés

30 de mayo de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Huesos secos, infundiré espíritu sobre vosotros y viviréis (Ez 37, 1-14)
  • Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia (Sal 106)
  • El Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables (Rom 8, 22-27)
  • Manarán ríos de agua viva (Jn 7, 37-39)
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Jesús se presenta como la respuesta al corazón humano. El hombre necesita pan que sacie su hambre de verdad, de bien y de belleza; Jesús se presenta como el “pan de vida”. El hombre tiene sed de verdad, de bien y de belleza; Jesús se presenta como la fuente de agua viva que sacia esa sed, la sed del corazón del hombre.

La samaritana sentía esa sed y trataba de saciarla en el amor humano; pero siempre surgía la decepción: ya había tenido cinco maridos y el hombre con el que estaba tampoco era su marido. Jesús, precisamente a esa mujer, le habló de que él podía darle a beber un agua viva que saciaría la sed de su corazón para siempre; un agua que se convertiría en ella en “fuente de agua que brota para la vida eterna” (Jn 4,10-14).

Lo que el Señor había dicho a la samaritana lo dice ahora a todos los judíos, en el Templo de Jerusalén, durante el día más importante de la fiesta de los Tabernáculos, cuando hay una gran afluencia de gente. Y lo dice gritando, señal de que es algo muy importante para él. Y lo que dice es que él es la fuente donde podemos saciar la sed de nuestro corazón.

Moderación

No hay que exagerar en nada, sino propiciar que nuestro amigo el cuerpo nos siga siendo fiel y contribuya al desarrollo de las virtudes.

Es un insensato aquel que debilita voluntariamente su propio cuerpo, aunque sea con el propósito de llegar a la perfección.

No emprendas nada que esté por encima de tus fuerzas. De lo contrario, caerás y el enemigo se burlará de ti.

La vía media es la mejor. Hay que darle al espíritu lo que es espiritual, y al cuerpo lo necesario.

No hay que desentenderse de lo que la vida social exige legítimamente de cada uno de nosotros: “Dad al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 21).

Hay que ser paciente consigo mismo y soportar los propios defectos como se soportan los del prójimo, pero sin dejarse llevar por la pereza y esforzándose continuamente por obrar mejor.

Si hemos comido demasiado o hecho algo reprensible, no nos indignemos ni añadamos un mal a otro, sino que, guardando la paz interior, hemos de procurar animosamente enderezarnos.



San Serafín de Sarov


VII Domingo de Pascua. Ascensión del Señor.

24 de mayo de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • A la vista de ellos, fue elevado al cielo (Hch 1, 1-11)
  • Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas (Sal 46)
  • Lo sentó a su derecha en el cielo (Ef 1, 17-23)
  • Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra (Mt 28, 16-20)
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El evangelio que acabamos de escuchar nos refiere las últimas palabras del Señor antes de subir al cielo, a sentarse a la derecha del Padre. En estas palabras el Señor hace dos afirmaciones categóricas sobre sí mismo y nos confía una misión. La primera afirmación sobre sí mismo que hace el Señor es “se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra”. San Pablo, en la segunda lectura de hoy, explica que Cristo resucitado está sentado “a la derecha del Padre” en el cielo. “Sentarse a la derecha del Rey” significa disponer de todo el poder del Rey. Por eso Pablo precisa que Cristo está “por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación”, es decir, por encima de todo el mundo angélico, mediante el cual Dios gobierna el universo, “y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro”: una manera de decir que no hay, ni habrá, ninguna realidad (ningún “nombre”) que pueda compararse a Cristo. Por eso añade: “y todo lo puso bajo sus pies”. Los discípulos por lo tanto no se equivocaron al postrarse ante Jesús, porque en Él, en ese hombre, Jesús de Nazaret, “habita corporalmente la plenitud de la divinidad” (Col 2,9). Como tiene pleno poder en el cielo y en la tierra, Él ahora los envía a toda la tierra y les da un encargo, una misión, que desglosa en tres mandatos. Escuchémoslos con atención, porque son encargos para nosotros.

1) “Haced discípulos de todos los pueblos”, es decir, llevad a los hombres a Cristo, traédmelos a mí, facilitad el que los hombres se encuentren conmigo, el que me escuchen, me sigan, compartan su destino con el mío, como habéis hecho vosotros durante estos tres años. La experiencia más valiosa es precisamente ésta: el haber convivido conmigo, el estar en mi intimidad, en mi compañía. “Llamó a los que él quiso (…) para que estuvieran con él y para enviarlos a evangelizar” (Mc 3,13-14). Esto se puede hacer gracias a la Iglesia y a los sacramentos, que son el lugar de encuentro con Cristo. “Haced discípulos” significa, pues, introducir en una experiencia, en la experiencia del encuentro y de la convivencia con el Señor; es mucho más que enseñar una doctrina.

Que todos los hombres se salven


“Que todos los hombres se salven” no es sólo la voluntad de Dios (1Tm 2,4) sino también la esperanza de la Iglesia. Pues el Dios que “encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia” (Rm 11,32), quiere que “todos los hombres se salven” (1Tm 2,4). La iglesia, sensible al amor infinito con que Dios ama a los hombres, no deja de ofrecer y de anunciar en su liturgia la sangre de Cristo derramada “por todos los hombres”. Todo el trabajo y la oración de la Iglesia tienen como finalidad conseguir la salvación de todos los hombres. Por eso la Iglesia, al mismo tiempo que enseña que el infierno es una posibilidad real para todo hombre, nunca ha afirmado la condenación efectiva de ninguno. Y aunque tampoco puede afirmar con certeza que todos los hombres accederán a la salvación que les está ofrecida en Cristo, habitada como está por la caridad que “todo lo espera” (1Co 13,7), no puede dejar de esperarlo. ¿Tiene fundamento esta esperanza?


La esperanza es siempre esperanza para todos


Conviene, ante todo, recordar que la esperanza es siempre esperanza para todos. Gabriel Marcel ha puesto de relieve que en la esperanza no puede haber un particularismo; que la esperanza quedaría vacía de significación si no fuera la afirmación de un “todos nosotros”, de un “todos juntos”, aunque este universalismo sólo se puede fundar sobre la invocación al Único (Dios). Pues el Yo personal no es un Yo cerrado en sí mismo, que se comprende a sí mismo y se basta a sí mismo, sino que el Yo es Yo a partir de un Tú y para un Tú y un Nosotros, ya que de lo contrario el Yo se convierte en un infierno para sí mismo. Y que no hay amor sin esperanza y la esperanza es siempre para nosotros. Tal vez, dice Marcel, la expresión más adecuada y elaborada del verbo esperar sea Yo espero en Ti para Nosotros, que es lo que, de manera confusa y global, diría siempre el verbo “esperar”. Esperar sólo para sí sería de un egoísmo y de un orgullo insoportable.

“Demasiado a menudo concebimos la esperanza de una manera demasiado individualista, como esperanza tan sólo de nuestra salvación personal. Ahora bien, la esperanza tiene como objeto esencialmente las grandes acciones de Dios que conciernen a la creación entera. Ella se refiere al destino de toda la humanidad. Es la salvación del mundo lo que nosotros esperamos. En realidad la esperanza tiene como objeto la salvación de todos los hombres, y es únicamente en la medida en que yo estoy englobado en ellos como me concierne a mí” (Jean Daniélou).


VI Domingo de Pascua

17 de mayo de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo (Hch 8, 5-8. 14-17)
  • Aclamad al Señor, tierra entera (Sal 65)
  • Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu (1 Pe 3, 15-18)
  • Le pediré al Padre que os dé otro Paráclito (Jn 14, 15-21)
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- “Si me amáis guardaréis mis mandamientos”

El evangelio de hoy plantea, queridos hermanos, ya desde el inicio, lo que es la esencia de la experiencia cristiana: una relación de amor entre Jesucristo y cada uno de nosotros, entre el Señor y los discípulos. Se es cristiano porque se ha entrado en una historia de amor recíproco entre Cristo, el Señor, y cada uno de nosotros. Y esto, hermanos, es siempre un misterio, porque el amor es un acto libre, es una libre decisión del corazón por la cual cada uno decide amar a una persona; en este caso Cristo ha decidido amarnos a cada uno de nosotros y nosotros, por su gracia, hemos decidido también amarle a Él.

Amar a Jesús significa “guardar sus mandamientos”. “Guardar sus mandamientos” es mucho más que cumplir unas órdenes suyas, que realizar unos encargos que hemos recibido de Él. “Guardar sus mandamientos” significa acoger y conservar en el corazón y en el alma, con toda veneración y cariño todas sus palabras, sus sentimientos, su manera de ver las cosas y de reaccionar ante ellas, considerándolas como un tesoro, como la fuente de la verdadera sabiduría. Porque Cristo es la Sabiduría de Dios, Aquel que expresa y realiza a la perfección el criterio y la visión de Dios sobre la realidad, sobre todas las cosas. Y por eso no queremos tener otro criterio distinto de Él.

"Abismo que llama al abismo" (Sal 41,8)


Me apercibo, Señor, que la tierra de mi espíritu está aún inconsistente y vacía, y que las tinieblas recubren la superficie del abismo. Es inconsistente porque navega en una mísera inquietud causada por la vanidad de sus bagatelas y de sus imaginaciones; está vacía de frutos de buenas obras, o como dice otra versión de la Escritura, es invisible e informe. Está en efecto en la confusión como en una especie de caos horroroso y oscuro, ignorando su fin, su origen y el modo de su naturaleza… Es seguramente informe, ya que no conserva la belleza de las virtudes y la forma de la imagen divina de quien había recibido la semejanza. Así está exiliada en el abismo de su ceguera, y su rostro está oscurecido por las tinieblas de sus ilusiones. 

Así es mi alma, Dios mío, así es mi alma: una tierra desierta y vacía, invisible e informe, y las tinieblas están sobre la superficie del abismo. Sin embargo, “el abismo hace sentir su voz” (Ha 3, 10), y el abismo inferior y oscuro llama al abismo superior: tú, que sobrepasas toda inteligencia. El abismo de mi espíritu te invoca, Señor, para que tú formes también a partir de mí un nuevo cielo y una nueva tierra.

Guigo II (+1193)