La esperanza cristiana hace algo mucho más prodigioso de lo que parece a primera vista: enciende en el alma el deseo y la espera de aquella vida divina que nunca ha visto ni sabe imaginar. ¿Cómo sucede esto?
“Misterio de los misterios”, contesta Péguy, “milagro de los milagros”, porque lo que aquí acontece es realmente una suerte de síntesis química de elementos aparentemente discordantes: la eternidad y el tiempo. En realidad, ¿no es esto lo que sucede cada vez que en un corazón humano se enciende el deseo de Dios? ¿Acaso no es cierto que cada vez que la llama de la esperanza prende en un corazón humano el Eterno recibe una nueva morada en el tiempo?
Sale a la luz así un nuevo paralelismo: al igual que la gracia divina es esa fuerza que abre las puertas de la eternidad al moribundo, del mismo modo, inversamente, la esperanza es esa fuerza (a fin de cuentas, virtus significa fuerza) que abre a lo eterno las puertas del tiempo. Y en cuanto proporciona consuelo al corazón en la tribulación, luz en la oscuridad, paz en la prueba, la esperanza consigue que el cristiano experimente un cierto destello de esa mezcolanza de eternidad y temporalidad, de cielo y tierra, que aconteció en el gran evento e la Encarnación.
La esperanza es tan encantadora porque consigue otorgar al alma la alada libertad de movimiento de la gracia pero sin angelizarla o desencarnarla. La esperanza, viene a decirnos Péguy, le confiere al alma carnal la gracia que tiene la Gracia, le otorga algo de su increíble desenvoltura, un atrevimiento como el de una niña que danzara airosa entre las espirales de un dragón que intenta devorarla (cf. Ap 12, 1-18). No es casualidad que para Péguy el misterio de la esperanza esté tan profundamente vinculado al misterio de la Virgen María. La Virgen es la encarnación de la esperanza porque en ella resplandece plenamente la paradoja maravillosa de “esa niña terca” ; ella lleva sobre sí y en su corazón los pesos de todos sin que en su rostro aparezca la menor arruga; ella, que carga con los dolores y las angustias de todos los hombres, es al mismo tiempo la única siempre joven, la niña perpetua.
“Para esperar, hija mía, hay que ser muy feliz, hace falta haber recibido una gran gracia”, afirma Péguy. Como la fe y la caridad, argumenta el poeta, así también la esperanza no puede ser solo el fruto de la sola gracia, sino de la sinergia fecunda entre la gracia y la libertad del hombre. Si se miran las cosas desde este ángulo, entonces es justo decir que el motivo por el que solo una gran gracia permite esperar es exactamente el hecho de que para un alma pecadora la esperanza es hasta tal punto difícil que una gracia ‘normal’, una gracia que no sea ‘grande’, no basta para sostenerla.
Si la esperanza es asombrosa porque es una virtud difícil, tendremos que añadir enseguida que resulta tanto más asombrosa cuanto más difícil sea. Precisamente aquí reside la paradoja de la esperanza: cuanto más profundos son los abismos en los que se sumerge, tanto a mayor altura se erige ella. Cuanto más densas son las tinieblas que atraviesa, tanto más intensa y gloriosa resplandece su luz. Como en el principio hizo resplandecer la luz en las tinieblas de la nada primordial, y como otra vez en la noche pascual hizo resplandecer la luz de la resurrección en la oscuridad todavía más densa de la muerte, así la esperanza vuelve a encender el ardor de la vida en medio de las cenizas de cualquier final y cualquier desastre.
Como la fe y la caridad, argumenta el poeta, así también la esperanza no puede ser solo el fruto de la sola gracia, sino de la sinergia fecunda entre la gracia y la libertad del hombre. Para un alma pecadora la esperanza es hasta tal punto difícil que una gracia ‘normal’, una gracia que no sea ‘grande’, no basta para sostenerla. La esperanza requiere más trabajo y tribulación de la libertad humana que el de las dos hermanas; es una niña cuyo alumbramiento es arduo.
Autor: Paolo PROSPERI
Título: Misterio de los misterios. La esperanza según Péguy
Editorial: Ediciones Encuentro, Madrid, 2014, (pp. 40; 42-43; 58-59)
