El hombre está dividido hasta en sus profundidades, pues está atravesado por dos tendencias contrarias, constitutivas de su ser. Una que viene de Dios y que consiste en una afirmación del ser, en un tender hacia la plenitud del ser (y en esta tendencia se inserta la esperanza). La otra tendencia que viene de abajo, de la nada, y que tiende a engullir al hombre en el abismo de la nada del que lo ha sacado el acto creador de Dios; esta tendencia al no ser se manifiesta en el hombre por medio de una sutil y traidora nostalgia. “Dios, escribe Santo Tomás, no puede ser el origen de esta tendencia al no ser; es la propia criatura la causa de esta tendencia porque ella procede del no ser”.
La manifestación más evidente de esta tendencia al no ser es la desesperanza, que puede llegar hasta la desesperación. Se suele manifestar en forma de negación no de la omnipotencia divina en sí misma, sino de la posibilidad de ser perdonado en una determinada situación, en un determinado caso particular en el que se encuentra el sujeto. Hay una cierta tristeza insidiosa, que los antiguos llamaron acedía, que deprime el alma y que predispone de lejos a la desesperación. Hace falta, como observa Santo Tomás, un gran esfuerzo para que quien vive sumergido en la tristeza, sea sacudido y elevado hasta la consideración de las cosas “grandes y bellas. Por eso es muy importante “servir al Señor con alegría”. También la lujuria es causa remota de la desesperación; pues el hombre que vive entregado a ella pierde la libertad para desear las cosas espirituales, que se le convierten en extrañas, en fastidiosas, y acaban por desaparecer de su horizonte como ocurre tristemente hoy en día con algunos ancianos, cuya esperanza vital está definida por la lujuria).
Al pecado de desesperanza corresponde, en sentido contrario, el pecado de presunción que consiste en apelar a la misericordia divina para continuar pecando, rechazando las continuas invitaciones divinas al arrepentimiento. La presunción es un pecado contra el Espíritu Santo, puesto que es Él, de manera especial, quien desde dentro de nuestro corazón nos llama constantemente a la conversión. El “juego” de la presunción puede ir muy lejos; pero es un juego muy peligroso: “No os engañéis: de Dios nadie se burla. Pues lo que uno siembre, eso cosechará: el que siembre para su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siempre para el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna” (Ga 6,7-8).
Y sin embargo, afirma Santo Tomás, que, en igualdad de condiciones, la presunción es un pecado menor que la desesperación. Porque la presunción ofende a Dios en su Justicia mientras que la desesperación lo ofende en su Bondad infinita, por la que Él se inclina esencialmente a la misericordia y al perdón. También Santa Catalina de Siena sostiene esta opinión: “Utilizan ciertamente mal mi Bondad aquellos que, apoyándose en ella, siguen pecando. Pero yo no les quito la esperanza en la misericordia, para que en el último momento tengan a qué agarrarse y ello les impida caer en la desesperación bajo el peso de los remordimientos. Pues el pecado de desesperación me ofende más y es el más mortal de todos los pecados que hayan cometido a lo largo de su existencia” (Diálogo, cap. 132).

















