- Creación y pecado de los primeros padres (Gén 2, 7-9; 3, 1-7)
- Misericordia, Señor, hemos pecado (Sal 50)
- Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rom 5, 12-19)
- Jesús ayuna cuarenta días y es tentado (Mt 4, 1-11)
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I Domingo de Cuaresma
El corazón del monje
Yo debía tener nueve o diez años. La familia estaba reunida alrededor de la mesa y nosotros comentábamos los sucesos de la jornada. Mi padre, un veterinario rural en el sur de Noruega, nos contó un encuentro turbador que había tenido ese día. Al llegar a una granja, había encontrado a su propietario trabajando el heno. Como hacía calor, el granjero, que no era precisamente joven, trabajaba con el torso desnudo. Su espalda, dio mi padre, estaba marcada por profundas cicatrices, señales inequívocas de flagelación. El hombre había sido prisionero de los alemanes durante la guerra, y había sufrido terribles torturas. Las marcas de este encarcelamiento, que normalmente permanecían escondidas, se mostraban ahora, como un testimonio involuntario, como una especie de confesión.
Nadie comentó este suceso, y la conversación tomó otros derroteros. Pero la imagen de esas heridas quedó grabada en mi espíritu e hicieron que, en una edad tan temprana, yo empezara ya a comprender que llegar a ser un hombre, suponía asumir una pesada carga; y que esa carga tenía que ser llevada con una fuerza que venía del interior; que se me había asignado una misión particular, que yo todavía no había identificado, y que me debía preparar para ser digno de ella.
El látigo, cuya imagen marcó mi infancia, continua siendo lo que siempre fue: sigue infligiendo verdaderas heridas que piden ser contempladas y sobre las cuales hay que llorar. Pero que pueden también ser curadas si son iluminadas por el resplandor del fuego que destruye las tinieblas, venido a este mundo bajo forma de amor, y que tan solo necesita un pequeño madero para inflamarse. Una vez que yo comprendí que hacerse monje era ofrecer su vida como un pequeño trozo de madera seca para que este fuego ardiera, adquirí una certeza: que era la única cosa que yo deseaba. Porque ese modo de vida me permitiría asumir, con total libertad, la tarea que me fue dada desde mi infancia, por una extraña anticipación.
Es una tarea que me solicita en todas las direcciones. Ser monje es habitar un universo sin límites, desgarrado entre alturas y profundidades, longitudes y anchuras que rozan el infinito. Vivida con sinceridad, la vida monástica es un hábitat de transformación. Los Padres describen como el corazón del monje es machacado, abierto y curado. Y como empieza a dilatarse hasta contener el mundo entero, interpelando a Dios por la angustia de los hombres y recordando a los hombres la indulgencia de Dios. El corazón del monje, como el de Cristo, es un tabernáculo. El corazón del monje se eleva en una alegría llena de confianza, precisamente porque ha sido puesta a prueba. La alegría que me faltó a menudo en mi juventud, me ha sido dada ahora, a la vez nueva y familiar. Sigo viendo las tinieblas, ¿cómo podría impedirlo? Pero han perdido ya su maleficio, porque sé que han sido traspasadas pro la luz: “Ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día” (Sal 138, 12). Esto, por encima de todo, no debe jamás ser olvidado.
(Erik VARDEN, Quand craque la solitude. La Mémoire et la Vie, Les Éditions du Cerf, Paris, 2018, pp. 9 ; 12 ; 17-18)
VII Domingo del Tiempo Ordinario
- Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lev 19, 1-2. 17-18)
- El Señor es compasivo y misericordioso (Sal 102)
- Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios (1 Cor 3, 16-23)
- Amad a vuestros enemigos (Mt 5, 38-48)
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Esperar contra toda esperanza
El hombre está dividido hasta en sus profundidades, pues está atravesado por dos tendencias contrarias, constitutivas de su ser. Una que viene de Dios y que consiste en una afirmación del ser, en un tender hacia la plenitud del ser (y en esta tendencia se inserta la esperanza). La otra tendencia que viene de abajo, de la nada, y que tiende a engullir al hombre en el abismo de la nada del que lo ha sacado el acto creador de Dios; esta tendencia al no ser se manifiesta en el hombre por medio de una sutil y traidora nostalgia. “Dios, escribe Santo Tomás, no puede ser el origen de esta tendencia al no ser; es la propia criatura la causa de esta tendencia porque ella procede del no ser”.
La manifestación más evidente de esta tendencia al no ser es la desesperanza, que puede llegar hasta la desesperación. Se suele manifestar en forma de negación no de la omnipotencia divina en sí misma, sino de la posibilidad de ser perdonado en una determinada situación, en un determinado caso particular en el que se encuentra el sujeto. Hay una cierta tristeza insidiosa, que los antiguos llamaron acedía, que deprime el alma y que predispone de lejos a la desesperación. Hace falta, como observa Santo Tomás, un gran esfuerzo para que quien vive sumergido en la tristeza, sea sacudido y elevado hasta la consideración de las cosas “grandes y bellas. Por eso es muy importante “servir al Señor con alegría”. También la lujuria es causa remota de la desesperación; pues el hombre que vive entregado a ella pierde la libertad para desear las cosas espirituales, que se le convierten en extrañas, en fastidiosas, y acaban por desaparecer de su horizonte como ocurre tristemente hoy en día con algunos ancianos, cuya esperanza vital está definida por la lujuria).
Al pecado de desesperanza corresponde, en sentido contrario, el pecado de presunción que consiste en apelar a la misericordia divina para continuar pecando, rechazando las continuas invitaciones divinas al arrepentimiento. La presunción es un pecado contra el Espíritu Santo, puesto que es Él, de manera especial, quien desde dentro de nuestro corazón nos llama constantemente a la conversión. El “juego” de la presunción puede ir muy lejos; pero es un juego muy peligroso: “No os engañéis: de Dios nadie se burla. Pues lo que uno siembre, eso cosechará: el que siembre para su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siempre para el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna” (Ga 6,7-8).
Y sin embargo, afirma Santo Tomás, que, en igualdad de condiciones, la presunción es un pecado menor que la desesperación. Porque la presunción ofende a Dios en su Justicia mientras que la desesperación lo ofende en su Bondad infinita, por la que Él se inclina esencialmente a la misericordia y al perdón. También Santa Catalina de Siena sostiene esta opinión: “Utilizan ciertamente mal mi Bondad aquellos que, apoyándose en ella, siguen pecando. Pero yo no les quito la esperanza en la misericordia, para que en el último momento tengan a qué agarrarse y ello les impida caer en la desesperación bajo el peso de los remordimientos. Pues el pecado de desesperación me ofende más y es el más mortal de todos los pecados que hayan cometido a lo largo de su existencia” (Diálogo, cap. 132).
VI Domingo del Tiempo Ordinario
- A nadie obligó a ser impío (Eclo 15, 15-20)
- Dichoso el que camina en la ley del Señor (Sal 118)
- Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria (1 Cor 2, 6-10)
- Así se dijo a los antiguos; pero yo os digo (Mt 5, 17-37)
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Protégeme del adversario
que conoces la pequeñez de mi naturaleza,
mantén lejos de mí la impetuosidad del adversario,
arranca de mis miembros la semilla del pecado,
extingue su ardor de mi corazón. Aproxima la mano de la curación
hasta mí y que ella cure los engaños de mi alma.
Liga mis sentidos interiores
con los lazos de la cruz.
acrecienta en mí la plenitud de tu amor,
mediante la comprensión del Crucificado.
Introduce mi pensamiento en el secreto de los misterios
de los que es portadora la cruz.
Graba en mi memoria la humildad de tu Hijo;
haz que crezca en mí el asombro
por la gracia de la salvación,
que has llevado a cabo en mi favor.
(Isaac de Nínive - Siglo VII)
V Domingo del Tiempo Ordinario
- Surgirá tu luz como la aurora (Is 58, 7-10)
- El justo brilla en las tinieblas como una luz (Sal 111)
- Os anuncié el misterio de Cristo crucificado (1 Cor 2, 1-5)
- Vosotros sois la luz del mundo (Mt 5, 13-16)
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La necesidad de consuelo
[El autor de este texto fue Stig Dagerman (1923-1954), poeta, novelista y crítico que se suicidó a los 31 años. Nihilista convencido, conocía demasiado bien la fuerza gravitacional que nos atrae hacia la tumba. En sus obras dirige una mirada tierna sobre las vidas de los seres humanos ordinarios. Pero, alejado como estaba de una visión bíblica, carecía de un impulso hacia las alturas, de una esperanza, y percibía la existencia humana como carente de sentido (Erik VARDEN, Quand craque la solitude. La Mémoire et la Vie, Les Éditions du Cerf, Paris, 2019, pp. 34-37)]
“No tengo fe y por lo tanto no puedo ser feliz, pues un hombre que teme que su vida sea un caminar absurdo hacia una muerte cierta no puede ser feliz. No he recibido en herencia ni dios, ni un punto fijo sobre la tierra en el que yo pueda llamar la atención de un dios: tampoco me han transmitido el furor disfrazado del escéptico ni el candor ardiente del ateo. En consecuencia no me atrevo a arrojar la piedra a quien cree en cosas que no me inspiran más que dudas, ni a quien cultiva su duda como si esta no estuviera, también, rodeada de tinieblas. Pues esa piedra me alcanzaría a mí mismo que estoy muy seguro de una cosa: que la necesidad de consuelo que posee el ser humano es imposible de saciar.
Por lo que a mí se refiere, persigo el consuelo como el cazador persigue a su presa. Dondequiera que me parece verlo en la selva de la vida, disparo. Muchas veces solo alcanzo el vacío pero, de cuando en cuando, una presa cae a mis pies. Y como sé que el consuelo solo dura lo que dura un soplo de viento en la cima de un árbol, me apresuro a apoderarme de mi víctima”.
“Como uno a quien su madre consuela, así yo os consolaré y en Jerusalén seréis consolados” (Isaías 66, 13).
Stig Dagerman
Presentación del Señor
- Llegará a su santuario el Señor a quien vosotros andáis buscando (Mal 3,1-4)
- El Señor, Dios del universo, él es el Rey de la gloria (Sal 23)
- Tenía que parecerse en todo a sus hermanos (Heb 2, 14-18)
- Mis ojos han visto a tu Salvador (Lc 2, 22-40)
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La caridad
Madre Teresa afirmaba que sin la presencia intensa y ardiente de Dios en nuestro corazón, sin una vida de profunda e intensa intimidad con Jesús, somos demasiado pobres para ocuparnos de los pobres. Pues es Jesús, presente en nosotros, quien nos empuja hacia los pobres. Sin él, no podemos hacer nada. Pues nosotros somos muy pocas veces capaces de hacer el don de nosotros mismos a los demás. Los cristianos no están solo llamados a comprometerse en acciones humanitarias, porque la caridad va más allá. Con frecuencia, la acción de las organizaciones no gubernamentales humanitarias que yo he podido observar en África o en otros lugares es verdaderamente útil. Pero tiene siempre tendencia a convertirse en un comercio en el que se mezclan los intereses egoístas y la generosidad.
La verdadera caridad es gratuita: no espera nada en contrapartida. La verdadera gratuidad procede de aquel que ha dado su vida gratuitamente por nosotros. La caridad es así una participación en el amor mismo del corazón de Jesús a los hombres. Sin Cristo, la caridad es una mascarada. Cuando las hermanas de Madre Teresa llegan a un país, no piden nada. No desean más que servir en las chabolas más oscuras, humildemente, con la sonrisa, después de haber contemplado durante mucho tiempo al Señor. Lo único que quieren es que un sacerdote vaya a celebrarles la misa cada día a su casa. Estas mujeres saben que es imposible tener caridad sin la ayuda del Hijo de Dios, pues la fuente del amor es Dios.
Estoy convencido de que las organizaciones caritativas católicas no pueden ser unas ONG entre otras. Tienen que ser la expresión de una fe radiante en Jesucristo. Todos los grandes santos que han servido a los pobres han fundado su trabajo caritativo en el amor de Dios.
Cardinal Robert SARAH avec Nicolas DIAT
"Le soir approche et déjà le jour baisse"
Fayard, 2019 (pp. 46-47)
III Domingo del Tiempo Ordinario
- En Galilea de los gentiles el pueblo vio una luz grande (Is 8, 23b - 9,3)
- El Señor es mi luz y mi salvación (Sal 26)
- Decid todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros (1 Cor 1, 10-13. 17)
- Se estableció en Cafarnaún, para que se cumpliera lo dicho por Isaías (Mt 4, 12-23)
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El milagro de la esperanza
La esperanza, junto con la fe y la caridad, constituyen las tres virtudes teologales que fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano, informando y vivificando todas las virtudes morales. Las tres virtudes teologales son infundidas por Dios en el alma de los fieles por el bautismo y son la garantía de la presencia y de la acción del Espíritu Santo en el hombre (CEC 1266 y 1813).
“La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo” (CEC 1817)
“La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad” (CEC 1818).
La fe, la esperanza y la caridad, siendo distintas van siempre unidas y constituyen la articulación fundamental del organismo espiritual del cristiano. El gran poeta cristiano Charles Péguy ha sabido cantar esta unidad diferenciada de las tres virtudes teologales en este magnífico texto:
“Porque mis tres virtudes, dice Dios, mis criaturas,
mis hijas, mis niñas,
son como mis otras criaturas de la raza de los hombres:
la Fe es una esposa fiel.
la Caridad es una madre, una madre ardiente, toda corazón,
o quizá es una hermana mayor que es como una madre.
Y la Esperanza es una niñita de nada
que vino al mundo la Navidad del año pasado
y que juega todavía con enero, el buenazo,
con sus arbolitos de madera de nacimiento, cubiertos de escarcha pintada,
y con su buey y su mula de madera pintada,
y con su cuna de paja que los animales no comen porque son de madera.
Pero, sin embargo, esta niñita esperanza es la que atravesará los mundos, esta niñita de nada,
ella sola, y llevando consigo a las otras dos virtudes,
ella es la que atravesará los mundos llenos de obstáculos.
Como la estrella condujo a los tres Reyes Magos desde los confines del Oriente, hacia la cuna de mi Hijo,
así una llama temblorosa, la esperanza,
ella sola guiará a las virtudes y a los mundos,
una llama romperá las eternas tinieblas.
Por el camino empinado, arenoso y estrecho,
arrastrada y colgada de los brazos de sus dos hermanas mayores,
que la llevan de la mano,
va la pequeña esperanza
y en medio de sus dos hermanas mayores da la sensación de dejarse arrastrar
como un niño que no tuviera fuerza para caminar.
Pero, en realidad, es ella la que hace andar a las otras dos,
y la que las arrastra,
y la que hace andar al mundo entero
y la que le arrastra.
Porque en verdad no se trabaja sino por los hijos
y las dos mayores no avanzan sino gracias a la pequeña.”
La esperanza es el oxígeno del que todo hombre necesita para poder respirar y crecer. La esperanza consiste en desear alcanzar algo que está fuera de nosotros. La esperanza es un poder interior, una potencia espiritual que nos religa a una realidad transcendente, distinta de nosotros. Ella es el resorte eficaz de toda existencia, el motor de todas las grandes búsquedas de la humanidad. La esperanza es la que hace posible todo nuevo intento y todo nuevo impulso.
“¿Alguien nos ha prometido alguna vez algo? Entonces, ¿por qué esperamos?”, escribe C. Pavese. La espera es la estructura misma de nuestra naturaleza, la esencia de nuestra alma; no es un proyecto nuestro, se nos da. Por eso la promesa está en el origen mismo de nuestra hechura y la vida es este continuo “tender a”, tender hacia la promesa.
II Domingo del Tiempo Ordinario
- Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación (Is 49, 3. 5-6)
- Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad (Sal 39)
- A vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo (1 Cor 1, 1-3)
- Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29-34)
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Salve, Madre de Dios
¡Salve, Señora, santa Reina,
santa Madre de Dios, María,
virgen convertida en templo,
y elegida por el santísimo Padre del cielo,
consagrada por Él con su santísimo Hijo amado
y el Espíritu Santo Paráclito;
que tuvo y tiene toda la plenitud de la gracia
y todo bien!
¡Salve, palacio de Dios!
¡Salve, tabernáculo de Dios!
¡Salve, casa de Dios!
¡Salve, vestidura de Dios!
¡Salve, esclava de Dios!
¡Salve, Madre de Dios!

(San Francisco de Asís)
Oración en formato pdf
santa Madre de Dios, María,
virgen convertida en templo,
y elegida por el santísimo Padre del cielo,
consagrada por Él con su santísimo Hijo amado
y el Espíritu Santo Paráclito;
que tuvo y tiene toda la plenitud de la gracia
y todo bien!
¡Salve, palacio de Dios!
¡Salve, tabernáculo de Dios!
¡Salve, casa de Dios!
¡Salve, vestidura de Dios!
¡Salve, esclava de Dios!
¡Salve, Madre de Dios!

(San Francisco de Asís)
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Bautismo del Señor
- Mirad a mi siervo, en quien me complazco (Is 42, 1-4. 6-7)
- El Señor bendice a su pueblo con la paz (Sal 28)
- Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo (Hch 10, 34-38)
- Se bautizó Jesús y vio que el Espíritu de Dios se posaba sobre él (Mt 3, 13-17)
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Las trencitas de Noemí
Alejandro ve el radar y enseguida levanta el pie del acelerador. Es la primera vez que hace este recorrido en medio de un panorama desolador: naves abandonadas, malezas, escombros. Después de una larga curva, la ve. Minifalda, bolso al hombro y botas a medio muslo. Cuando pasa a su lado, durante unos segundos sus miradas se cruzan. Tiene la impresión de que quiere decirle algo. En el primer cruce, hace una inversión y vuelve atrás. “¿Qué estoy haciendo? Estoy yendo a ver a una prostituta”, piensa para sí. Se acerca, baja la ventanilla. La mujer se le acerca: “Hola guapo, ¿qué quieres? El precio para 15 minutos…”. La interrumpe enseguida. “No, no. Solo quiero saber tu nombre y de dónde vienes”. “¿Mi nombre? Me llamo Noemí, soy africana, de Nigeria. ¿Y tú?”. “Alejandro. Estoy casado, tengo una hija y otra en camino para septiembre…”. Siguen hablando, él en el coche y ella apoyada en la ventanilla. Al cabo de diez minutos, Alejandro mira el reloj: “Es tarde, discúlpame, pero tengo que irme. Me esperan en casa”. Noemí se ajusta el bolso al hombro: “Yo también me voy. Hoy acabo antes de ‘trabajar’”.
Por la noche, Alejandro le cuenta a su mujer ese extraño encuentro. “Tendrías que haber visto cómo tenía el pelo. Un enjambre de trencitas perfectas ensartadas con perlitas coloreadas”. La mujer le sorprende diciendo: “Mañana tienes que volver a verla”. “¿Lo dices en serio?”. “Claro. Vas a verla durante la pausa para comer y te llevas unos bocatas. Te los preparo yo muy ricos”.
Al día siguiente, Alejandro aparca un poco lejos y se acerca a la joven. “Hola. He vuelto para invitarte a comer”. Noemí le mira extrañada. “No es una invitación a comer en un restaurante. Mi mujer me ha preparado unos bocatas riquísimos”. Mientras comen sentados en el coche, Noemí le pregunta: “¿por qué estás aquí pasando un tiempo conmigo de un modo ‘muy distinto’ a como lo hacen los demás hombres?”. “Ayer me llamó la atención tu mirada. Y tus trencitas”. La mujer se toca la cabeza y ríe. “¿Sabes? En Nigeria trabajaba de peluquera. Allí tengo tres hermanas”. Hablan de todo durante dos horas. Cuando se despiden, Noemí le dice: “¡Qué contenta estoy! Desde hoy tengo un amigo. Ya no estoy sola”.
Alejandro vuelve más veces a comer con Noemí. Luego un día llega y ella no está. Pregunta a las otras chicas que están por ahí, pero nadie sabe nada. Noemí ha desaparecido.
Al cabo de un año, le llega este WhatsApp: “Querido Alejandro, ¿qué tal estás? Espero que estéis bien tu familia y tú. Por fin estoy en mi casa, en Nigeria. Te escribo para decirte que estoy feliz. No puedo olvidar tu amistad. No puedo olvidar tus ojos tan limpios y tu mirada. Me hablabas siempre con tus ojos, haciéndome sentir lo que yo era, aun con la vergüenza por lo que hacía. Me animaron para que no me sintiera sola y excluida del mundo, me hicieron descubrir que mi persona tiene un valor. Nunca he olvidado el primer día que comimos juntos. Tú y tus ojos me habéis ayudado a empezar de nuevo. Nunca te olvidaré. Que te vaya bien. Noemí”.
Epifanía del Señor
- La gloria del Señor amanece sobre ti (Is 60, 1-6)
- Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra (Sal 71)
- Ahora ha sido revelado que los gentiles son coherederos de la promesa (Ef 3, 2-3a. 5-6)
- Venimos a adorar al Rey (Mt 2, 1-12)
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Domingo II después de Navidad
- La sabiduría de Dios habitó en el pueblo escogido (Eclo 24, 1-2. 8-12)
- El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Sal 147)
- Él nos ha destinado por medio de Jesucristo a ser sus hijos (Ef 1, 3-6. 15-18)
- El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 1-18)
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Santa María, Madre de Dios
- Invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré (Núm 6, 22-27)
- Que Dios tenga piedad y nos bendiga (Sal 66)
- Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer (Gál 4, 4-7)
- Encontraron a María y a José y al niño. Y a los ocho días, le pusieron por nombre Jesús (Lc 2, 16-21)
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Humildad y pecado
En una homilía dedicada a la humildad, san Basilio evoca la caída de Pedro, el cual amaba a Jesús más que los demás, pero había alardeado de ello: «Entonces el Señor lo abandonó a su debilidad de hombre y Pedro llegó a renegar de él. Pero su caída lo volvió sabio y lo hizo ponerse en guardia. Tras comprobar su propia debilidad, aprendió a tratar con indulgencia a los débiles, y desde ese momento supo con toda claridad y certeza que, gracias a la fuerza de Cristo, había sido preservado cuando estaba en peligro de muerte a causa de su falta de fe, en la escandalosa tempestad, lo mismo que había sido salvado por la mano de Cristo cuando estuvo a punto de hundirse en el mar» .
Lo que libera a quien ha pecado muchas veces y gravemente es la humildad. Si la tentación lleva a la caída, no es de ordinario por falta de generosidad, sino por un déficit de humildad. Y es precisamente el pecado –si el pecador sabe prestar atención a la gracia que no cesa de actuar en él, a pesar del pecado y como a sus espaldas- la ocasión para encontrar finalmente la puerta estrecha –y sobre todo baja, muy baja-, la única que da acceso al Reino. Pues pudiera ocurrir que la tentación más insidiosa no sea la que precede al pecado, sino la que viene después de él, la tentación de la desesperación. Una vez más es la humildad la única que, aprendida a ese precio, puede permitir escapar de ella.
Pues el sentimiento que, en último término, prevalece en el hombre humilde es la confianza inquebrantable en la misericordia, de la que ha percibido un destello gracias precisamente a sus propias caídas. ¿Cómo va a dudar en delante de ella? Escuchemos a Isaac de Nínive: «¿Quién podrá seguir sintiéndose turbado por el recuerdo de sus pecados que arroja en la mente la duda: “¿Me perdonará Dios todo eso que me angustia y cuyo recuerdo me atormenta? ¿Cosas que, aunque me horrorizan, permito que me seduzcan una y otra vez? ¿Y que, una vez cometidas, me producen un sufrimiento más terrible que el de la picadura de un escorpión? Las abomino y, sin embargo, me meto una y otra vez ellas. Y aunque me haya arrepentido sinceramente, vuelvo a caer de nuevo, desgraciado de mí, que no soy más que eso, un desgraciado?” Así piensan muchas personas temerosas de Dios que aspiran a la virtud y están arrepentidas de su pecado, cuando su fragilidad las obliga a enfrentarse con las caídas que ella les ocasiona: viven todo el tiempo bloqueadas entre el pecado y el arrepentimiento. Pero tú no dudes de tu salvación… Su misericordia es mucho más grande de cuanto puedas concebir, su bondad mayor que cuanto te atrevas a pedir… Dios espera sin cesar el más mínimo gesto de arrepentimiento de aquel que se ha dejado sustraer una parte de justicia en su lucha con las pasiones y con el pecado» .
Título: Iniciación a la vida espiritual
Editorial: Sígueme, Salamanca, 2018, (pp. 55-57)
Sagrada Familia: Jesús, María y José
- Quien teme al Señor honrará a sus padres (Eclo 3, 2-6. 12-14)
- Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos (Sal 127)
- La vida de familia en el Señor (Col 3, 12-21)
- Toma al niño y a su madre y huye a Egipto (Mt 2, 13-15. 19-23)
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Natividad del Señor. Misa del día.
- Verán los confines de la tierra la salvación de nuestro Dios (Is 52, 7-10)
- Los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios (Sal 97)
- Dios nos ha hablado por el Hijo (Heb 1, 1-6)
- El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 1-18)
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Natividad del Señor. Misa de Medianoche.
- Un hijo se nos ha dado (Is 9, 1-6)
- Hoy nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor (Sal 95)
- Se ha manifestado la gracia de Dios para todos los hombres (Tit 2, 11-14)
- Hoy os ha nacido un Salvador (Lc 2, 1-14)
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La justicia y la paz se besan (Salmo 84)
Catequesis parroquial nº 154
(Retiro de Adviento)
Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 18 de diciembre de 2019
Fecha: 18 de diciembre de 2019
Para escuchar la charla en ivoox, pulse aquí: https://www.ivoox.com/45740607
Para escuchar la charla en YouTube, pulse aquí:
IV Domingo de Adviento
- Mirad: la virgen está encinta (Is 7, 10-14)
- Va a entrar el Señor; él es el Rey de la gloria (Sal 23)
- Jesucristo, de la estirpe de David, Hijo de Dios (Rom 1, 1-7)
- Jesús nacerá de María, desposada con José, hijo de David (Mt 1, 18-24)
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AVE MARIS STELLA
“AVE, ESTRELLA DEL MAR”. El Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española, afirma que la palabra “ave” es como una interjección que denota “asombro o extrañeza”. En efecto, el misterio de María es tan grande que provoca en nosotros un estupor, un asombro y una extrañeza, casi como si dijéramos: “¿cómo es posible esto, cómo es posible tanta belleza en la fragilidad de una carne humana?”.
De todo este misterio, lo primero que contemplamos es que la Virgen María es la “estrella del mar”. Esta imagen evoca en nosotros la experiencia de la vida humana comparada con una navegación por el ancho mar. En el mar hay situaciones de calma, y hay también vientos muy fuertes y tempestades; hay remolinos y corrientes poderosas que pueden arrastrar nuestra frágil barca; hay arrecifes contra los que nos podemos estrellar. Y es siempre relativamente fácil desorientarse, perder el rumbo y encontrarse perdido en medio de la inmensidad del océano. Y en esa posible situación de desconcierto y pérdida aparece una estrella, gracias a la cual, en la oscuridad de la noche, nos orientamos, encontramos la ruta, recuperamos el rumbo perdido.
La Virgen María es “estrella del mar”, es decir, punto luminoso que sirve de referencia y de orientación, porque ella indica la dirección correcta en la que hay que navegar para que nuestra travesía llegue al buen puerto del cielo. Y esa dirección está perfectamente expresada en las palabras que ella pronunció en respuesta al saludo del ángel: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.
DEI MATER ALMA, ATQUE SEMPER VIRGO
“SANTA MADRE DE DIOS, Y SIEMPRE VIRGEN”. Con estas palabras enunciamos el misterio de María: ella es la madre de Dios y ella es siempre virgen. Casi podríamos decir que es madre de Dios porque es siempre virgen. La virginidad de María significa su pertenencia total y exclusiva al Señor: ella es del Señor con la radicalidad que expresa la palabra “esclava”, palabra que designaba, en aquel tiempo, a un ser que pertenece por completo a otro y que el otro considera como propiedad suya sobre la que puede ejercer cualquier acción con pleno derecho. Así se situaba María ante Dios.
Nunca Dios había podido contemplar en la humanidad creada por Él una disponibilidad a su voluntad, a sus planes y sus designios, tan grande y tan exhaustiva como la de María: en eso consiste su virginidad. Y por eso fue elegida para ser madre de Dios ya que, en ella, no había la más mínima intención de programar su propio destino y el destino de su Hijo desde sí misma, desde un proyecto propio, porque ella no tiene ningún proyecto distinto del que Dios tenga para ella y para todo lo suyo: “hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).
III Domingo de Adviento
- Dios viene en persona y os salvará (Is 35, 1-6a. 10)
- Ven, Señor, a salvarnos (Sal 145)
- Fortaleced vuestros corazones, porque la venida del Señor está cerca (Sant 5, 7-10)
- ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? (Mt 11, 2-11)
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A la Santa Madre de Dios
tú que has sido fortalecida y protegida por el Padre del Cielo,
preparada y consagrada por el Espíritu que ha descendido sobre ti,
embellecida por el Hijo que habitó en ti,
acoge mi oración y preséntala a Dios.
De este modo yo seré siempre socorrido por ti
y colmado de tus beneficios,
habiendo encontrado refugio y luz junto a ti,
viviré para Cristo, tu Hijo y Señor.
Sé mi abogada, mi petición y mi súplica;
puesto que creo en tu indecible pureza,
creo también que tu palabra será bien acogida por Dios.
Que así sea, oh Madre del Señor.
Acógeme en mi búsqueda incierta,
tú que siempre estás disponible;
tranquilízame en mi agitación,
tú que eres descanso;
cambia en paz el torbellino de mis pasiones,
tú que eres pacificadora;
endulza mis amarguras,
tú que eres dulzura;
limpia mis impurezas,
tú que has superado toda corrupción;
detén al instante mis sollozos,
tú que eres alegría.
Te lo suplico, Madre del Altísimo Señor Jesús,
que tú engendraste Hombre y Dios a la vez,
y que hoy es glorificado con el Padre y el Espíritu Santo,
Él que lo es todo y está presente en todas las cosas.
A Él sea la gloria por los siglos de los siglos.
Amén.
(San Gregorio de Narek, 944-1010)
Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María
- Pongo hostilidad entre tu descendencia y la descendencia de la mujer (Gén 3, 9-15. 20)
- Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas (Sal 97)
- Cristo salva a todos los hombres (Rom 15, 4-9)
- Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo (Lc 1, 26-38)
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Crimen, castigo y gracia
(Dmitri es un hombre soltero de 44 años de edad que trabaja como portero en un museo al lado del cual hay una academia de baile dirigida por el Sr. Arroyo, un viudo con dos hijos, que se ha casado en segundas nupcias con una mujer de extraordinaria belleza llamada Ana Magdalena, que es la bailarina que imparte las clases de baile a los niños que van a la academia. Dmitri está profundamente enamorado de Ana Magdalena y ésta le corresponde. Pero un día, en uno de sus encuentros furtivos, Dmitri la estrangula hasta la muerte. El texto se enmarca dentro del juicio que se le está haciendo al asesino)
- Está usted acusado de violar y matar a una tal Ana Magdalena Arroyo, dice el presidente del tribunal que le juzga. Y se ha confesado usted culpable de ambos cargos.
- Tres veces. Tres veces he confesado. Soy culpable, señoría. Senténcieme.
- Paciencia. Antes de que lo sentenciemos, tendrá usted derecho de dirigirse al tribunal, un derecho del que espero que haga uso. Primero tendrá oportunidad de exculparse, después tendrá oportunidad de alegar atenuantes. ¿Entiende usted lo que quieren decir estos términos: exculpación y atenuantes?
- Entiendo los términos perfectamente, señoría, pero carecen de relevancia en mi caso. No me estoy exculpando. Soy culpable. Júzgueme. Senténcieme. Haga caer cobre mí todo el peso de la ley. No me quejaré en absoluto, lo prometo.
(…)
- Y finalmente tengo un informe del médico de la policía que dice que se produjo el acto sexual completo, es decir, finalizando con la eyaculación de la semilla masculina, y que dicho acto tuvo lugar mientras la difunta todavía vivía. Posteriormente la difunta fue estrangulada manualmente. ¿Disputa usted algo de esto?
Dmitri guarda silencio.
- Tal vez se pregunte usted por qué desvelo estos detalles desagradables. Lo hago para dejar claro que el tribunal es plenamente consciente del terrible crimen que cometió usted. Violó a una mujer que confiaba en usted y luego la mató de la forma más despiadada. Me estremezco, nos estremecemos todos, de pensar lo que debió vivir ella en sus últimos minutos. Lo que nos falta es entender por qué cometió usted ese acto insensato y gratuito. ¿Es usted un ser humano descarriado, Dmitri, o bien pertenece a alguna otra especie desprovista de alma y de conciencia? Se lo ruego nuevamente: explíquenoslo.
- Pertenezco a una especie foránea. No tengo sitio en este planeta. Acaben conmigo. Mátenme. Aplástenme.
- ¿Eso es todo lo que tiene que decir?
Dmitri guarda silencio.
I Domingo de Adviento
- El Señor congrega a todas las naciones en la paz eterna del Reino de Dios (Is 2, 1-5)
- Vamos alegres a la casa del Señor (Sal 121)
- La salvación está más cerca de nosotros (Rom 13, 11-14a)
- Estad en vela para estar preparados (Mt 24, 37-44)
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Las claridades de la noche
“Loado seas mi Señor, por la hermana luna y las estrellas; en el cielo las has formado claras y preciosas y bellas” (San Francisco de Asís).
Valorizada religiosamente, soñada en profundidad, la noche se transforma en el símbolo de las profundidades inconscientes y nutricias del ser, en el símbolo femenino y maternal. Escribe Péguy: “Como el mar es la reserva de agua, la noche lo es del ser (…) ¡Oh Noche, madre de ojos negros, madre universal (…) Noche, hija mía la Noche, hija mía silenciosa, en el pozo de Rebeca, en el pozo de la Samaritana, eres tú quien sacas el agua más profunda del pozo más profundo”.
Es fácil ver, en efecto, que bajo el símbolo maternal y nutricio de la noche, el alma se confronta con sus propias profundidades nocturnas, las de su inconsciente y las de su misterio total. Las realidades de la noche son aquí el lenguaje de ciertas fuerzas ocultas del alma; y su esplendor “precioso” simboliza algún gran esplendor interior.
Nótese que, en el Cántico de las criaturas de san Francisco de Asís, “el hermano Sol” se valoriza en el sentido de la acción y del dinamismo –hace el día, irradia con gran esplendor-, mientras que “la hermana Luna y las Estrellas” son objeto de una valorización referida únicamente a su ser, a su sustancia. Ninguna función precisa, ninguna utilidad particular se les reconoce. Se celebran simplemente como “claras y preciosas y bellas” que son. Estas calificaciones sobrepasan el plano de la rentabilidad y traducen una apertura a una nueva dimensión, a un mundo interior de valores que no pertenecen al dominio del “hacer”, sino más bien al del “ser”.
Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo
- Ellos ungieron a David como rey de Israel (2 Sam 5, 1-3)
- Vamos alegres a la casa del Señor (Sal 121)
- Nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor (Col 1, 12-20)
- Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino (Lc 23, 35-43)
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Lo demoníaco y la filiación
A diferencia de los espíritus puros, el hombre, antes de ser maduro, conoce el “verde paraíso de los amores infantiles”. Los ángeles nacen adultos, libres y perfectos en el acto. Nosotros pasamos por esa edad de vulnerabilidad y de dependencia extremas y, por esa misma razón, de despreocupación también y de gozoso abandono. El Altísimo no podía haber encontrado nada mejor que ese paso por la infancia, que marca para siempre el fondo de nuestro ser, para preservarnos en lo posible del mal definitivo. Bernanos es de los que mejor se dieron cuenta de ello y por eso toda su obra gravita entre esas dos posibilidades contrarias de la infancia y de lo demoníaco.
Desarraigar de uno mismo al niño pequeño que uno fue es intentar hacerse el ángel y, por ende, llegar a ser un demonio. Uno se contempla a sí mismo como especie de pleno derecho, sin vínculo alguno de dependencia con las demás criaturas, sin un origen que reconocer, salvo el que fabriquen las opciones tomadas como demiurgo de la propia vida. La frase de Bernanos sobre Hitler es significativa: “El señor Hitler no ha hecho más que realizar los sueños de su edad madura”. Los sueños de la edad madura son los de la dominación. Los recuerdos de la infancia son los de la admiración. Mientras que aquellos lo esperan todo de un acrecentamiento del propio poder, éstos aguardan un don que nos fascina y que nos lleva más allá. La memoria de esta edad primera se mantiene desde entonces como principio de las conversiones más elevadas: la infancia es en nosotros como una reserva, el recuerdo de lo posible, de cierta inocencia y, por tanto, para el hombre viejo que se zambulle en ella, la vuelta de cierta frescura y la posibilidad de volver a empezar otra vez. Puesto que no tiene infancia, puesto que nace adulto, el ángel no puede volverse atrás: sus opciones son irrevocables, se entrega a ellas sin moderación, sin potencialidad ninguna, sin el anclaje en esos comienzos que nos da la soltura para recomenzar una y otra vez hasta el umbral de la muerte, de reabrir en uno mismo la disponibilidad al misterio.
Así pues, la infancia es en nosotros la fuente de la renovación -esa provisión de aceite que permite a las vírgenes prudentes estar abiertas a la venida incalculable. Si bien el espíritu de infancia no es sólo docilidad a una providencia paterna, disposición a la gracia -cosas que el ángel bueno también detenta- sino punto de apoyo para el arrepentimiento, posibilidad de retorno aun cuando se haya caído. Porque las caídas, en el niño pequeño, no duelen. Y sabe también desarmar la cólera de su padre echándose en sus brazos.
La filiación implica también esa piedad que funda la comunidad fraternal. La gran tentación moderna, demo(nio)crática, es intentar construir una fraternidad sin padre, es decir, una comunidad de individuos puros, sin carga histórica, sin ese vínculo de carne que escapa a la elección. Porque uno no elige su familia, su lengua materna, ni siquiera su propio cuerpo, y la utopía libertaria sería verse como espíritu puro, sin el deber de asumir y purificar una herencia, verse incluso como demonio, queriendo reconocer en la autoridad del padre sólo el poder y no la ternura, sólo al que se impone y no al que instruye. Al diablo no le importa reconocer en Dios al Creador, pero reconocer en él al Padre, ¡eso no! Sobre todo cuando, después de que el Hijo eterno se hiciera carne, Dios se haya convertido en el Padre de esos sucios animales poco racionales, y Padre suyo tanto en el sentido espiritual como en el carnal: ¿cómo admitir esa fraternidad no buscada, esa comunión, no con una elite, sino con toda esa canalla de barro y sangre?
La fe teologal se enraíza en esa realidad carnal de la filiación. Ser creyente es ser hijo. Y ser hijo es asumir libremente una historia que pasa por el cuerpo y que Dios transita físicamente con su gracia, a pesar nuestro y a pesar de nuestros crímenes, como revela en Mateo la genealogía de Cristo. Se dice en el último libro de la Torah: Por el amor que os tiene y por guardar el juramento hecho a vuestros padres, por eso os ha sacado YHVH con mano fuerte (Dt 7, 8). No sólo por amor a nosotros, como pretenden el espiritualismo gnóstico y la amnesia fundamentalista, despreciando la carne y la tierra, la cultura y la historia, sino también por la fidelidad a la promesa hecha a nuestros padres, por medio de ese vínculo de las entrañas que nos obliga, contra toda tentación revolucionaria o demiúrgico, a alcanzar la novedad de los frutos a través de la veneración de las raíces (no sin la poda de las ramas). Sin ese arraigo filial, nuestra fe no puede hacer otra cosa que deslizarse hacia lo demoníaco.
Esa fidelidad del Eterno al juramento hecho a nuestros padres nos recuerda que la fe, orientándonos hacia el Cielo, nos inscribe mejor en la historia. No es una sabiduría que se deduzca por sí misma, hace referencia, ante todo, a un acontecimiento (el del Mesías crucificado bajo Poncio Pilato y resucitado al tercer día según las Escrituras) y supone por tanto, el reconocimiento de un pasado común y de esa deuda infinita con la inmensa cadena de los testigos que se han ido sucediendo hasta llegar a mí.
Título: La fe de los demonios (o el ateísmo superado)
Editorial: Nuevo Inicio, Granada, 2009
XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario
- A vosotros os iluminará un sol de justicia (Mal 3, 19-20a)
- El Señor llega para regir los pueblos con rectitud (Sal 97)
- Si alguno no quiere trabajar, que no coma (2 Tes 3, 7-12)
- Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas (Lc 21, 5-19)
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Himno a la misericordia divina
Tú que cubres las faltas de tus criaturas,
Tú que dices a los que se convierten:
“Ya no me acuerdo de vuestras ofensas”!
Oh Misericordia inefable,
que dices a propósito de quienes te persiguen:
“Quiero que recéis por ellos para que yo les haga misericordia”.
¡Oh Misericordia que se derrama de Tu Divinidad, oh Padre eterno,
y que gobierna, junto con tu Potencia, el mundo entero!
En tu Misericordia hemos sido creados,
y en ella hemos sido re-creados por la sangre de Tu Hijo.
Es tu Misericordia quien nos guarda;
es ella la que, en la Cruz, ha puesto a tu Hijo en manos de la muerte.
En la Cruz la Vida ha vencido a la muerte de nuestro pecado,
y la muerte de nuestro pecado ha arrancado la vida del cuerpo del Cordero inmaculado.
¿Quién ha sido vencido? La muerte.
¿Quién ha sido la causa? Tu Misericordia.
Tu Misericordia da la Vida;
da la Luz que permite conocer Tu bondad en cada criatura,
tanto en los justos como en los pecadores.
Tu Misericordia resplandece
en lo más alto de los cielos y en la vida de tus santos.
¡Amor loco de Cristo,
por tu Misericordia has querido vivir con Tus criaturas!
¡Encarnarte no te ha bastado y has querido morir!
¡Como si la muerte no te bastara todavía,
has querido descender a los infiernos,
para liberar a los santos
cumpliendo en ellos la promesa de Tu Misericordia!
Santa Catalina de Siena (1347-1380)
XXXII Domingo del Tiempo Ordinario
- El Rey del universo nos resucitará para una vida eterna (2 Mac 7, 1-2. 9-14)
- Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor (Sal 16)
- Que el Señor os dé fuerza para toda clase de palabras y obras buenas (2 Tes 2, 16 - 3, 5)
- No es Dios de muertos, sino de vivos (Lc 20, 27-38)
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Yo soy tú
10-XII-1918
(Giuseppe Capograssi (1889-1956) nació en una familia noble venida a menos. Fue educado en el catolicismo, pero durante la adolescencia sufrió una crisis de fe que sólo superará al encontrar, en 1918, a Giulia Ravaglia, su prometida, con quien se casará en 1924. Después de haber ejercido como abogado y de haber ocupado el cargo de secretario de una importante corporación romana de derecho público, inició, en 1925, la carrera de docente universitario llegando a ser, en 1933, catedrático de Filosofía del Derecho. En 1940 fue uno de los pocos juristas italianos que levantó la voz para oponerse al ordenamiento jurídico que el fascismo estaba haciendo en Italia, lo que le valió más tarde un enorme prestigio intelectual y moral, que hizo que fuera nombrado juez de la Corte Constitucional en 1956. Durante los casi seis años de su noviazgo escribió todos los días una carta a su prometida Julia, hasta un total de 1951 cartas, que han sido publicadas bajo el título de “Pensamientos para Julia”)
Tienes razón, Julia, soy un hombre afortunado. A menudo el mundo considera afortunado al hombre que tiene muchos golpes de fortuna. Como de costumbre, el mundo se equivoca. Afortunado es quien consigue ver reflejado su ser en el ser de otro espíritu; éste es quien vive realmente una vida plena.
La vida es la riqueza y la fortuna de los hombres. No hay ninguna otra riqueza ni ninguna otra fortuna. ¿Y qué es la vida sino mirarnos a los ojos y llegar a ver en el interior de las profundidades más hondas de nuestra alma? La vida es la adhesión estrecha e indisoluble de un espíritu a otro, de tal manera que el uno y el otro lleguen a ser una sola cosa.
Por eso sólo vivimos cuando amamos. Tú y yo vivimos desde que amamos a Dios, en el orden sobrenatural, y nos amamos el uno al otro en el orden real. Y vivida de esta manera, la vida es dulce y preciosa, encantadora y libre de angustias.
XXXI Domingo del Tiempo Ordinario
- Te compadeces de todos, porque amas a todos los seres (Sab 11, 22 - 12, 2)
- Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey (Sal 144)
- El nombre de Cristo será glorificado en vosotros y vosotros en él (2 Tes 1, 11 - 2, 2)
- El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido (Lc 19, 1-10)
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El velo
Un anciano dijo: «Si el molinero no tapa los ojos del animal que da vueltas a la muela, este se desmandará y comerá el fruto de su trabajo. Así, por disposición divina, hemos recibido un velo que nos impide ver el bien que hacemos, para que no nos sintamos satisfechos de nosotros mismos y perdamos nuestra recompensa. Por eso también, de vez en cuando, nos vemos abandonados a muchos pensamientos sucios, para que cuando los veamos nos condenemos a nosotros mismos. Y estos pensamientos son para nosotros un velo que oculta el poco bien que hacemos. Porque cuando el hombre se acusa a sí mismo, no pierde su recompensa».
XXX Domingo del Tiempo Ordinario
- La oración del humilde atraviesa las nubes (Eclo 35, 12-14. 16-19a)
- El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó (Sal 33)
- Me está reservada la corona de la justicia (2 Tim 4, 6-8. 16-18)
- El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no (Lc 18, 9-14)
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Abraham, nuestro padre en la fe
Catequesis parroquial nº 153
Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 16 de octubre de 2019
Fecha: 16 de octubre de 2019
Para escuchar la charla en ivoox, pulse aquí: https://www.ivoox.com/43415099
Para escuchar la charla en YouTube, pulse aquí:
XXIX Domingo del Tiempo Ordinario
- Mientras Moisés tenía en alto las manos, vencía Israel (Éx 17, 8-13)
- Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra (Sal 120)
- El hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena (2 Tim 3, 14 - 4, 2)
- Dios hará justicia a sus elegidos que claman ante él (Lc 18, 1-8)
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