Frases...

“Hemos decidido seguir su consejo y seguir llamándolo Hotel Silencio. Y hemos colocado un cartel en tres idiomas. Me señala la pared que tiene detrás. El silencio salvará el mundo, reza el cartel”.



Autor: Audur Ava ÓLAFSDÓTTIR
Título: Hotel Silencio, Alfaguara
Editorial: Penguin Random House Grupo Editorial, Barcelona, 2019, (p. 171)

Oración al Espíritu Santo



Como el fuego calcina
la madera reseca,
cuando el pecado nos domina,
Espíritu de Dios,
purifícanos.

Como el río derrama
por la tierra sus aguas
y hay flor y fruto en la rama,
Espíritu de Dios,
vivifícanos.

Como tu fuerte viento
hizo en el mar camino,
cuando haya duda y desaliento,
Espíritu de Dios,
ayúdanos.

Luz, Amor, Viento, Fuego,
los caminos de éxodo
enseña al hombre pobre y ciego.
Espíritu de Dios,
condúcenos.

Amén.




XXV Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

22 de septiembre de 2024

(Ciclo B - Año par)






  • Lo condenaremos a muerte ignominiosa (Sab 2, 12. 17-20)
  • El Señor sostiene mi vida (Sal 53)
  • El fruto de la justicia se siembra en la paz para quienes trabajan por la paz (Sant 3, 16 - 4, 3)
  • El Hijo del hombre va a ser entregado. Quien quiera ser el primero, que sea el servidor de todos (Mc 9, 30-37)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

(El segundo anuncio)

El domingo pasado escuchamos el primer anuncio que hizo el Señor de su pasión a los discípulos; hoy escuchamos el segundo, y todavía les hará un tercer anuncio del mismo misterio: que su ser el Mesías se cumplirá a través del sufrimiento. La manera en que lo hace hoy tiene un matiz muy importante: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos…”. Surge inmediatamente la pregunta: ¿Quién lo entregará? Más adelante el evangelio de Marcos responderá a esta pregunta diciendo que fue Judas (14, 10), los sumos sacerdotes (15, 1) y Pilato (15, 15). Pero esta fórmula pasiva (“ser entregado”) se utiliza habitualmente, entre los judíos, para designar, sin nombrarlo, por respeto a su santo nombre, a Dios. En consecuencia, se nos está diciendo que, en la pasión del Señor, no se tratará sólo de la acción de los hombres, sino de una misteriosa acción salvadora de Dios: que es Dios mismo quien querrá y estará presente en esa historia de dolor, que es la pasión de Cristo, salvando al mundo.

(La enseñanza)

Los discípulos siguen cerrados a este misterio del Mesías sufriente; su cerrazón se muestra en el hecho de que “les daba miedo preguntarle”. Por eso Jesús va a insistir en su enseñanza en un marco ideal: están en casa, en Cafarnaúm, sin la presión de las muchedumbres, de la gente, de los enfermos.
Dice san Marcos que Jesús “se sentó”: es la posición del que enseña con autoridad (cf. 4, 1). Va, pues, a impartir una enseñanza importante. Dice también que “llamó a los Doce”. Esta expresión es poco frecuente en Marcos y por ello se nos está indicando que la enseñanza que va a impartir es especialmente importante para “los Doce”, que van a ser los responsables de la Iglesia, los que van a gobernar la Iglesia. Y en ese marco de intimidad y tranquilidad, y con estos matices de solemnidad, Jesús vuelve a la carga con su enseñanza sobre el Mesías sufriente.

Mi hermano

No tenemos que cambiar el mundo, sino a alguna persona. Ya os he hablado de mi hermano. Durante años lo he odiado, porque me robaba la atención de mis padres, que parecía que ya no estaban ahí para mí. Pero un día lo dejaron a mi cuidado por primera vez, a mí sola. Él notaba que yo me mantenía lejos de él, que estaba enfadada con él y con su forma de ser. Y entonces me abrazó y empezó a acariciarme. Después cogió las construcciones y quería hacer un avión, pero no podía. Se acercó a mí y me preguntó: “¿te ayudo?”. No sabía hablar bien aún, quería decir: “¿me ayudas?”, pero le salió lo contrario. Y ese día comprendí que él tenía razón, que aquella frase era correcta tal y como la había dicho. Era él quien me estaba ayudando a mí. He aprendido a preocuparme por mí ayudando a mi hermano. En el fondo, cualquier persona que nos necesite nos está diciendo: “¿te ayudo?”. Si solo dejáramos de protegernos de la fatiga de amar a otros, perderíamos menos el tiempo y no tendríamos miedo a renunciar un poco a nosotros mismos para ganar el doble de lo que perdamos.




Autor: Alessandro D’AVENIA
Título: ¡Presente!
Editorial: Encuentro, Madrid, 2022, (pp. 224-225)







Frases...

Dios: crueldad y ternura

“La crueldad con la que te golpea solo es comparable a la ternura con la que hace estallar en pedazos todo lo superfluo. A ti te puede parecer que te está partiendo la cara, pero solo lo hace para sacar a la luz un rostro más dulce”


(Palabras de Sofar a Job, a propósito de Dios y el sufrimiento que aflige a Job, en la obra de Fabrice HADJADJ, Job o la tortura de los amigos, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 2015, p. 41)

XXIV Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

15 de septiembre de 2024

(Ciclo B - Año par)






  • Ofrecí la espalda a los que me golpeaban (Is 50, 5-9a)
  • Caminaré en presencia del Señor en el país de los vivos (Sal 114)
  • La fe, si no tiene obras, está muerta (Sant 2, 14-18)
  • Tú eres el Mesías. El Hijo del hombre tiene que padecer mucho (Mc 8, 27-35)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

Lo primero que hace el Señor en este evangelio es indicarnos dónde está el centro del cristianismo, de la experiencia cristiana: el centro es Él, es su persona, es su identidad, es saber y creer quién es Él; el centro no son unas ideas. Por eso la pregunta que el Señor les hace es: “¿Quién dice la gente que soy yo?”.

La gente piensa que Él es uno de los enviados de Dios, uno de los que hablan de parte de Dios y anuncian lo que Dios les ha mandado anunciar, tal como hicieron Juan Bautista, Elías y cada uno de los profetas. Piensa que Jesús es uno más en esa larga lista de enviados de Dios.

Pero los discípulos han comprendido mejor quién es Jesús, han percibido mejor su identidad: Él es el Mesías. El Mesías no es nunca uno más de los enviados de Dios, sino que es el último y definitivo enviado de Dios, pues por medio de Él, Dios va a realizar la salvación total de los hombres, va a instaurar su Reino. El Mesías es, pues, el último, definitivo y poderoso Pastor y Rey enviado por Dios, con el que Dios va a decir su última palabra sobre la historia humana, implantando su Reino. Ése es Jesús. La respuesta de Pedro es la correcta.

Los cerdos suicidas

Es una de las páginas aparentemente más pintorescas del Evangelio. Jesús, que está en la otra orilla del mar de Galilea, se encuentra con un hombre poseído por un espíritu impuro que le empuja a vivir entre las tumbas y a herirse él mismo a pedradas sin que nadie sea capaz de dominarle. Jesús, que no muestra ninguna sorpresa, se dirige a expulsar al espíritu impuro que atormenta al desgraciado. Hasta aquí, nada más trivial en la vida de Jesús, ocupado siempre en expulsar a los demonios que vienen a contaminar la vida de los hombres. Pero se entabla una discusión con el espíritu, que ya se sabe vencido: nos enteramos de que se llama Legión porque, en vez de un solo demonio, es toda una tropa la que ha puesto sus cuarteles en la vida del poseso. Los espíritus impuros piden después a Jesús un extraño favor. Viendo una piara de cerdos que pacen allí cerca, en la montaña, le suplican: “Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos”.

La petición puede sorprendernos, pero lo más sorprendente es que Jesús se lo permita. Y entonces salen del desgraciado al que atormentaban para tomar posesión de los pobres animales que no habían pedido nada y que, de inmediato, como presa de una locura colectiva, corren a abalanzarse al mar, desde lo alto del acantilado donde pacían apaciblemente, y así es como se ahogaron dos mil cerdos. Esto produce estupor en la ciudad vecina, y sus autoridades piden a Jesús que se aleje: está muy bien que expulse a los demonios, pero si es al precio de la masacre del ganado, haría mejor en ir a ejercer sus talentos a otra parte, en algún lugar en el que no les guste el jamón.

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

8 de septiembre de 2024

(Ciclo B - Año par)





  • Los oídos de los sordos se abrirán, y cantará la lengua del mudo (Is 35, 4-7a)
  • Alaba, alma mía, al Señor (Sal 145)
  • ¿Acaso no eligió Dios a los pobres como herederos del Reino? (Sant 2, 1-5)
  • Hace oír a los sordos y hablar a los mudos (Mc 7, 31-37)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

El evangelio de hoy, queridos hermanos, transcurre en la Decápolis, es decir, en el territorio pagano fronterizo con Israel. Este detalle es como un guiño con el que san Marcos nos está indicando que la persona y la acción salvadora de Jesús no está reservada solo a los judíos, sino que él ha venido para ofrecer la salvación de Dios a todos los hombres. El hombre que estaba sordo y que apenas podía hablar es como un símbolo de una comunión que está bloqueada, que está afectada por unas trabas que la hacen muy difícil, casi imposible. Y la acción de Jesús va a quitar esas trabas para que ese hombre pueda vivir plenamente la comunión con los demás.

La manera como el Señor realiza esta “obra de poder” es muy significativa, porque busca un contacto corporal con el sordomudo, poniendo sus dedos dentro de sus oídos y depositando propia saliva sobre su lengua trabada. Este modo de proceder es como un símbolo de lo que es la vida cristiana: un contacto personal con Cristo, el Señor, quien, tocando nuestro cuerpo con su propio cuerpo –lo que ocurre fundamentalmente en la Eucaristía y en los demás sacramentos- va curando nuestras heridas y venciendo las resistencias y las trabas que hay en cada uno de nosotros para poder vivir en comunión plena con los demás.

La Iglesia



1. Un misterio de fe.

La realidad mistérica de la Iglesia posee una peculiar complejidad puesto que la Iglesia, al igual que Jesucristo, del que es la prolongación histórica, es una realidad divina y humana a la vez. En cuanto realidad divina la Iglesia nace de la Trinidad, es santa y santificadora, es seno maternal y redil donde las ovejas son acogidas, curadas, restauradas y santificadas. En cuanto realidad humana la Iglesia nace de la agrupación de unos hombres que no son santos, sino pecadores que van siendo santificados: es una fraternidad, un pueblo, un rebaño. Atendiendo al primer aspecto la Iglesia viene sólo de Dios, es santa, pura e inmaculada, sin mancha ni arruga (Ef 5, 27), es la Trinidad misma invitando a su mesa: el lugar libre en el icono de Rublev. Atendiendo al segundo aspecto la Iglesia es la oveja perdida que el Buen Pastor carga sobre su espalda, la esposa siempre frágil que él no cesa de arrancar de su prostitución espiritual y de purificar. Es un tesoro llevado en vasos de barro (2Co 4, 7). El misterio de la Iglesia comporta, indisolublemente unidos, ambos aspectos. Y aquí también valen las palabras del Señor: que no separe el hombre lo que Dios ha unido (Mt 19, 6). Por eso los Padres de la Iglesia hablan de ella como de la “casta meretrix”: Soy negra pero hermosa (Ct 1, 5).

Al ser la Iglesia un misterio, no hay ningún concepto, ni ningún conjunto de conceptos, que pueda expresar adecuadamente su esencia. De ahí que sólo sea posible describir el misterio de la Iglesia con la ayuda de diferentes imágenes que se corrigen, se complementan y se iluminan entre sí: pueblo de Dios, plantación y heredad de Dios, grey, edificio, templo, casa de Dios, familia de Dios; Iglesia de Jesucristo, cuerpo de Cristo, esposa de Cristo, templo del Espíritu Santo etc. (cfr. Lumen Gentium 6). En el Nuevo testamento encontramos alrededor de unas ochenta imágenes de la Iglesia, de las que el concilio Vaticano II utiliza unas treinta y cinco. De todas ellas hay tres que nos remiten a lo que de más profundo encontramos en la Iglesia, al misterio trinitario. Son estas tres: “Pueblo de Dios”, “Cuerpo de Cristo” y “Templo del Espíritu”.

2. Pueblo de Dios.

La descripción de la Iglesia como Pueblo de Dios pone de relieve el hecho de que la salvación no se entrega a cada uno por separado, sino a una comunidad, a un pueblo, en el que el individuo es recibido y acogido para poder participar personalmente de la acción salvadora de Dios. Subraya también que la Iglesia existe antes que el individuo: éste es aceptado y cuidado por ella.

XXII Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto

 

1 de septiembre de 2024

(Ciclo B - Año par)





  • No añadáis nada a lo que yo os mando… observaréis los preceptos del Señor (Dt 4, 1-2. 6-8)
  • Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda? (Sal 14)
  • Poned en práctica la palabra (Sant 1, 16b-18. 21b-22. 27)
  • Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres (Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23)
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La cuestión sobre lo puro y lo impuro, surgida porque los discípulos tomaban alimentos sin lavarse las manos, es una cuestión que nos puede resultar extraña a nuestra sensibilidad actual. Sin embargo, lo que en ella verdaderamente se debate es una cuestión fundamental, que sigue teniendo plena vigencia para nosotros, a saber: ¿Qué es lo que nos hace puros o impuros en nuestra relación con Dios?

Los judíos pensaban que una serie de tradiciones heredadas de sus mayores, como la de lavarse las manos antes de comer, restregando bien, eran fundamentales para una correcta relación con Dios. Jesús, en cambio, va a considerar esas tradiciones como “preceptos humanos” y va a centrar la pureza de la relación con Dios en la observancia del “mandamiento de Dios”.

Notemos que el Señor habla en singular –“el mandamiento”- como apuntando, más que a la diversidad de los mandamientos de la ley de Dios, a una síntesis global de todos ellos, a una definición de un estilo de vida conforme a la voluntad de Dios, que el Señor resume en los dos mandamientos: «El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos.» (Mc 12,29-31). El apóstol Santiago los resume, en la segunda lectura de hoy, diciendo: “La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo” (St 1,27), es decir, el amor al prójimo (huérfanos y viudas) y la abstención de toda idolatría (no mancharse las manos con este mundo).

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La Sangre del Pobre es el dinero



Autor: Léon BLOY 
Título: La sangre del pobre
Editor:  José J. Olañeta, Editor, Palma, 2021, (p. 23)

XXI Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

 

25 de agosto de 2024

(Ciclo B - Año par)





  • Serviremos al Señor, ¡porque él es nuestro Dios! (Jos 24, 1-2a. 15-17. 18b)
  • Gustad y ved qué bueno es el Señor (Sal 33)
  • Es este un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia (Ef 5, 21-32)
  • ¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6, 60-69)
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El Evangelio que se nos acaba de proclamar es la conclusión del largo discurso que Jesús hizo en la sinagoga de Cafarnaúm después de la multiplicación de los panes y los peces y en el que desveló el misterio de la Eucaristía, tal como hemos escuchado en los tres domingos anteriores.

La Eucaristía es un misterio que desafía a la racionalidad puramente humana, a la racionalidad ejercida en su dinámica natural sin haber sido iluminada y dilatada por la palabra de Dios. Para una razón que no está iluminada por la fe, “comer a Dios” –“el que me coma vivirá por mí” (Jn 6,58)- es algo completamente absurdo. Por eso al terminar este largo discurso se produce lo inevitable: “Muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: -Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?” (Jn 6, 60). “Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él” (Jn 6, 66).

Este abandono pone de relieve el misterio de la libertad humana y de la gracia de Dios. El propio Jesús había dicho: “Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae” (Jn 6,44). Esta “atracción del Padre” es una gracia: “Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede” (Jn 6,65). Y la gracia puede siempre ser acogida o rechazada por la libertad del hombre, en ese ámbito interior del ser humano que es el corazón, ámbito que sólo Dios puede conocer, tal como la Sagrada Escritura recuerda con frecuencia (1S 16,7; Jr 17,9-10). Jesús, que es Dios hecho hombre, conoce el corazón de todo hombre y por eso el evangelista afirma que “Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar” (Jn 6, 64).

Permanece conmigo, Señor

Permanece conmigo, Señor,
pues me es necesaria tu presencia
para que yo no te olvide:
tú sabes con qué facilidad yo te abandono.

Permanece conmigo, Señor,
porque soy débil:
necesito tu fuerza para no caer,
porque sin ti no tengo ningún fervor.

Permanece conmigo, Señor,
porque tú eres mi luz:
muéstrame tu voluntad para que
yo perciba tu voz y te siga.

Permanece conmigo para que yo te sea fiel:
pues por más pobre que sea mi alma, deseo que
ella sea para ti un lugar de consuelo.

XX Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

 

18 de agosto de 2024

(Ciclo B - Año par)





  • Comed de mi pan, bebed el vino que he mezclado (Prov 9, 1-6)
  • Gustad y ved qué bueno es el Señor (Sal 33)
  • Daos cuenta de lo que el Señor quiere (Ef 5, 15-20)
  • Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida (Jn 6, 51-58)
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La primera lectura de hoy es una profecía de Cristo y de su Iglesia y de la Eucaristía como corazón y fuente de la vida cristiana. La podemos releer desde el Nuevo Testamento diciendo: la Sabiduría, que es Cristo, “sabiduría de Dios” (1Co 1,30), se ha construido una casa, que es “la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad” (1Tm 3,15), y la ha construido plantando siete columnas, que son los siete sacramentos; ha preparado un banquete, que es la Eucaristía, donde comemos la carne del Hijo del hombre y bebemos su sangre, tal como dice el Señor en el evangelio; ha mezclado el vino, como hace el sacerdote antes del ofertorio arrojando un poco de agua en el cáliz mientras ora en voz baja para que “por este misterio del agua y del vino, seamos hechos partícipes de la divinidad de quien ha querido compartir nuestra humanidad”; ha preparado la mesa, es decir, el altar para celebrar el sacrificio de la santa misa; y ha despachado sus criados para que inviten a los hombres a incorporarse a esta mesa, es decir, ha enviado a los discípulos a evangelizar diciéndoles: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (Mc 16,15-16).

Cuerpo, alma y espíritu

Hablar de cuerpo, alma y espíritu, como integrantes del ser humano, es una manera de expresar la complejidad del ser del hombre. Así lo hizo Edith Stein –santa Teresa Benedicta de la Cruz- en su reflexión sobre el ser del hombre. Esta antropología tripartita tiene un innegable fundamento bíblico, patrístico y místico.

La antropología bíblica es profundamente unitaria. En ella el hombre vive y se interpreta a sí mismo como unidad, aunque esa unidad puede presentar aspectos diversos según las diferentes relaciones en las que está inserto el hombre. Así la antropología bíblica, siendo unitaria, es “tricotómica”, en cuanto que ve al hombre bajo tres aspectos diferentes: como carne, como alma y como espíritu. Basar (“carne”, en hebreo), traducido al griego como sarx y al latín como caro, expresa la totalidad del ser humano bajo el aspecto de ser débil y frágil. Nefesh significa en hebreo garganta, cuello, respiración, aliento vital o vida, y fue traducido al griego como psyché y al latín como anima. Con este término se expresa la totalidad del ser humano como ser viviente, por eso a veces el término sirve para expresar el pronombre personal (yo, tú, él): anima mea tristis est. Finalmente el término hebreo ruah, traducido al griego como pneuma y al latín como spiritus designa la totalidad del ser humano en cuanto ser capaz de abrirse a Dios, de escucharle y de dejarse vivificar por Él.

Asunción de la Bienaventurada Virgen María

15 de agosto 

 

15 de agosto de 2024

(Ciclo B - Año par)





  • Una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies (Ap 11, 19a; 12, 1-6a. 10ab)
  • De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir (Sal 44)
  • Primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo (1 Cor 15, 20-27a)
  • El Poderoso ha hecho obras grandes en mí: enaltece a los humildes (Lc 1, 39-56)
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Celebramos hoy, queridos hermanos, la solemnidad de la Asunción de la bienaventurada Virgen María, en cuerpo y alma, al cielo. Lo que la liturgia propone hoy a nuestra contemplación es el destino final en el que se encuentra la Madre del Señor desde que terminó el curso de su vida terrena, diciéndonos que ella ha alcanzado ya plenamente el estado glorioso que tendrán, a partir del último día, todos los justos resucitados o los que, por vivir todavía cuando vuelva el Señor, serán transformados sin pasar por la muerte, tal como anuncia san Pablo: “He aquí que os anuncio un misterio: no todos moriremos, pero todos seremos transformados” (1Co 15, 51).

Los santos que están en el cielo se encuentran en un estado todavía provisional, en cuanto que una parte de su ser, el cuerpo, ha quedado aquí en la tierra, dejando de ser un cuerpo viviente, bien porque haya conocido la corrupción del sepulcro, o bien porque, aunque esté incorrupto, no es un cuerpo viviente, ya que lo que da vida al cuerpo es el alma, y el alma ya no está allí. Su espíritu y su alma están con el Señor y son colmados por la felicidad de contemplar su gloria; pero su cuerpo espera paciente el día de la segunda venida de Cristo, de su venida gloriosa, el día de la Parusía, para resucitar por la fuerza y el poder del Espíritu Santo, y ser transformado en un cuerpo espiritual, un cuerpo glorioso, tal como afirma san Pablo: “Así también en la resurrección de los muertos: se siembra corrupción, resucita incorrupción (…) se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual” (1Co 15, 42.44), y volver a unirse con su espíritu y su alma en la felicidad total del cielo.

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La complejidad del hombre

“Todos sabemos que el ser humano es complejo, múltiple, contradictorio, que está lleno de sorpresas, pero hace falta una época de guerra o de grandes transformaciones para verlo. Es el espectáculo más apasionante y más terrible del mundo. El más terrible porque es el más auténtico. Nadie puede presumir de conocer el mar sin haberlo visto en la calma y en la tempestad. Sólo conoce a los hombres y las mujeres quien los ha visto en una época como ésta”.





Autor: Irène NÉMIROVSKY
Título: Suite francesa
Editorial: Salamandra. Barcelona, 2005, (pp. 410-411).


XIX Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 


11 de agosto de 2024

(Ciclo B - Año par)





  • Con la fuerza de aquella comida, caminó hasta el monte de Dios (1 Re 19, 4-8)
  • Gustad y ved qué bueno es el Señor (Sal 33)
  • Vivid en el amor como Cristo (Ef 4, 30 - 5, 2)
  • Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo (Jn 6, 41-51)
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“Levántate, come, que el camino es superior a tus fuerzas”. Con estas palabras que el ángel dice al profeta Elías se nos está anunciando una gran verdad: que el cristianismo no es humano sino divino, que no es una realidad que nosotros podamos establecer con nuestra voluntad y nuestro esfuerzo, que no es una realidad natural sino sobrenatural, una realidad que viene del cielo y que solo puede ser vivida si el mismo cielo –es decir, el mismo Dios- nos suministra un alimento que nos haga capaces de vivirla. Ese alimento es el pan y el agua que el ángel da al profeta Elías, y que le permiten caminar “durante cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios”, evidentemente no por la fuerza natural del agua y del pan, sino por el hecho sobrenatural de que ese pan y esa agua han sido otorgadas por Dios a través de su ángel.

Ese pan y esa agua son una profecía lejana de la eucaristía, que el Señor anunció en el evangelio el domingo pasado. Para vivir el cristianismo hace falta tomar ese alimento sobrenatural que es Cristo mismo, hecho pan y hecho vino por nosotros, -su cuerpo y su sangre-, que se nos entrega en cada celebración eucarística. Pues el cristianismo, como su nombre indica, es la prolongación de la presencia de Cristo mismo en medio de los hombres, y por lo tanto el único que lo puede realizar es el propio Señor, que se nos da a nosotros en alimento para “cristificarnos”, para hacernos “cristiformes”, portadores de su presencia a lo largo de la historia humana.

El silencio y la vida monástica

Un sacerdote –y también un cristiano- debe dejar un lugar importante en su vida al silencio: es vital que pueda permanecer a la escucha de Dios y de las almas que se le confían. En la formación monástica es sumamente importante para un sacerdote aprender a no hablar sin motivo. Porque la predicación implica silencio. En el ruido, el sacerdote pierde el tiempo: la cháchara es una lluvia ácida que acaba por arruinar nuestra meditación.

El silencio de Dios debería enseñarnos cuándo hablar y cuándo callar. Ese silencio que nos lleva a entrar en la verdadera liturgia es un momento para alabar a Dios, confesarlo delante de los hombres y proclamar su gloria. Recuerdo que los domingos todos los habitantes del poblado cuidaban con celo sus largos tiempos de oración personal. Estábamos en presencia de la Presencia.

El objetivo de la vida monástica consiste en alcanzar un estado más o menos habitual de oración y penitencia, de liturgia y estudio, de trabajo manual y oración. Sus días deben ir convirtiéndose poco a poco en una oración ininterrumpida: el monje se mantiene unido a Dios en todas sus ocupaciones. “El silencio y la soledad, la escucha y la meditación de la palabra sitúan constantemente el alma del monje bajo la influencia directa e íntima de la acción divina”, dice Thomas Merton.

XVIII Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 


4 de agosto de 2024

(Ciclo B - Año par)




  • Haré llover pan del cielo para vosotros (Ex 16, 2-4. 12-15)
  • El Señor les dio pan del cielo (Sal 77)
  • Revestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios (Ef 4, 17. 20-24)
  • El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed (Jn 6, 24-35)
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El evangelio de hoy, queridos hermanos, es un fragmento del largo discurso que Jesús hizo en la sinagoga de Cafarnaún después de haber multiplicado los panes y los peces.

Los milagros que hacía el Señor le reportaban disgustos y preocupaciones, porque él los hacía como “signos” de una realidad que era la verdaderamente importante y definitiva, la del Reino de Dios que él había venido a instaurar, y Jesús constataba que, para muchos hombres, no eran signo de una realidad ulterior y definitiva, sino que eran ya el cumplimiento de lo que anhelaban: anhelaban únicamente la satisfacción de sus necesidades materiales. De ahí el amargo reproche que hace el Señor: “Me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros” (Jn 6,26). Es una manera de decir: vuestras aspiraciones no rebasan el ámbito de lo material, del hambre y de la sed del cuerpo, mientras que yo he venido para saciar el hambre y la sed de vuestro corazón. El Señor les pide –nos pide- una reorientación del deseo y del esfuerzo por satisfacerlo: “Trabajad no por el alimento que perece sino por el que perdura para la vida eterna” (Jn 6,27).

Vendrá a juzgar


1. El juicio particular.

Está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio (Hb 9,27). La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo (cfr. 2Tm 1,9-10). El Nuevo Testamento habla del juicio precisamente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno, como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro (Lc 16,22) y la palabra de Cristo en la cruz al buen ladrón (Lc 23,43), hablan de un último destino del alma, alcanzado con el hecho de morir. Por eso la Iglesia enseña que cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación (purgatorio), bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo (cielo), bien para condenarse inmediatamente para siempre (infierno) (cfr. CAT 1021-1022).

2. La venida gloriosa del Señor.

El tiempo de la Iglesia y de la misión, que se inicia con la ascensión del Señor, terminará con su venida gloriosa o parusía: Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Éste que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo (Hch 1,11). Esta venida de Jesús no acontecerá en la humildad de la carne, como en su encarnación, ni tampoco bajo los velos del sacramento, de la palabra y del prójimo, como en el tiempo de la historia, sino de manera gloriosa: Verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria (Mt 24,30). En la parusía el Señor consumará la obra de salvación iniciada con su encarnación, muerte y resurrección, llevándola a su plenitud total.

XVII Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

28 de julio de 2024

(Ciclo B - Año par)






  • Comerán y sobrará (2 Re 4, 42-44)
  • Abres tú la mano, Señor, y nos sacias (Sal 144)
  • Un solo cuerpo, un Señor, una fe, un bautismo (Ef 4, 1-6)
  • Repartió a los que estaban sentados todo lo que quisieron (Jn 6, 1-15)
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El evangelio de hoy es la continuación del evangelio de la semana pasada, cuando Jesús quería descansar con los apóstoles pero no fue capaz de hacerlo porque al ver a la gente, que había ido corriendo a su encuentro, “sintió lástima de ellos, porque estaban como ovejas sin pastor” y “se puso a enseñarles con calma”. Les dio el alimento del alma, que es la Verdad; y a continuación, les dio también el alimento del cuerpo, como acabamos de escuchar.

Sin embargo la liturgia de la Iglesia, para narrarnos la multiplicación de los panes, ha dejado el evangelio de Marcos y ha tomado el de Juan, sin duda alguna porque este último añade un largo discurso, en la sinagoga de Cafarnaún, que hizo el Señor “al día siguiente”, donde Cristo explicó que la multiplicación de los panes y de los peces había sido tan sólo un signo del verdadero alimento que el Padre del cielo nos da, y que es el propio Jesús hecho por nosotros pan de vida. Durante cuatro semanas -todo el mes de agosto- la liturgia de la Iglesia nos hará escuchar fragmentos de este largo discurso, que termina con el abandono de muchos de los discípulos. La Iglesia quiere que contemplemos a Jesús, caminando desde el éxito de hoy (“querían hacerlo rey”), hasta el fracaso del día siguiente donde “muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él” (Jn 6,66).

Frases...

Piedras y panes

Cuando el primado del amor naufraga ante el primado de lo económico, es el odio quien regula el reparto de bienes; y los panes se convierten en piedras.



Autor: Charles JOURNET
Título: Entretiens sur l’Incarnation
Editorial: Parole et silence, 2002, (p. 106)

Santiago Apóstol

15 de agosto 

25 de julio de 2024

(Ciclo B - Año par)






  • El rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago (Hch 4, 33; 5, 12. 27-33; 12, 2)
  • Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben (Sal 66)
  • Llevamos siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús (2 Cor 4, 7-15)
  • Mi cáliz lo beberéis (Mt 20, 20-28)
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Celebramos hoy, queridos hermanos, la fiesta del apóstol Santiago, patrono de España. La riqueza de la liturgia de la palabra de este día nos ofrece abundantes puntos de reflexión, que constituyen llamadas a nuestra conversión como católicos y como católicos españoles.

La primera lectura nos ha recordado la contundente respuesta que Pedro y los demás apóstoles dieron ante las autoridades religiosas judías: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Es una llamada a revisar nuestra jerarquía de valores y a preguntarnos qué es, de verdad, lo primero en nuestra vida, es decir, cuál es el criterio que prevalece sobre todos los demás a la hora de tomar nuestras decisiones. Si nuestro criterio es no distinguirnos de los demás, ser como todos, no llamar la atención, ser socialmente correctos, ajustándonos al comportamiento de la mayoría, entonces Dios no es el primero en nuestra vida, sino que lo primero es una determinada imagen de nosotros mismos que no queremos que desentone de la mayoría social; lo primero serría no querer tener problemas. El cristiano tiene que tener la audacia de poner a Dios, a su voluntad y a su santa ley, como lo más importante en su vida, aunque ello le genere algún problema.

Ven a reinar en mí

Ven, Señor Jesús, ven a mí
para vivir y reinar plenamente en mí,
para realizar los designios de tu bondad
y consumar la obra de tu gracia.
Ven a mí para destruir todo lo que te disgusta
y para obrar todo lo que tú deseas.
Ven en la santidad de tu Espíritu
para unirme perfectamente a ti.
Ven en la pureza de tus caminos para cumplir en mí,
al precio que sea,
todos los designios de tu amor.


San Juan Eudes
(1601-1680)

XVI Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

21 de julio de 2024

(Ciclo B - Año par)






  • Reuniré el resto de mis ovejas, y les pondré pastores (Jer 23, 1-6)
  • El Señor es mi pastor, nada me falta (Sal 22)
  • Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno (Ef 2, 13-18)
  • Andaban como ovejas que no tienen pastor (Mc 6, 30-34)
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Los apóstoles le contaron (a Jesús) todo lo que habían hecho y enseñado. Después de su primera misión, los apóstoles dan cuenta al Señor de todo lo que han hecho, porque ellos saben que no tienen ninguna legitimidad fuera del envío del Señor y que todo lo que ellos han dicho y hecho ha sido un encargo que el Señor les ha dado, y que, por lo tanto, ellos responden ante Él. Los apóstoles -la Iglesia, por lo tanto- dependen por completo del Señor, ante el cual tienen que “dar cuenta”. Esto también vale de cada uno de nosotros, que tendremos que dar cuenta ante Dios de todo lo que hemos dicho y hecho con los dones que Él nos ha dado, el primero de los cuales es el ser, la vida, la existencia.

Venid vosotros solos a descansar un poco. El Señor se preocupa del descanso de los apóstoles. Para Él la vida no se nos ha dado para trabajar, trabajar y seguir trabajando, sino también para descansar, para contemplar, para recuperar el propio ser. El Señor no es hiperactivo, ni es de los que confunden la vitalidad con la agitación. Él quiere que estemos presentes en todo lo que hacemos con una presencia verdaderamente humana, personal; y para eso es imprescindible descansar, recuperarse, unificar el propio ser.

Perdonar

En aquellos que nos hieren (o nos han herido) hay también bloqueos, llagas y enmarañados ovillos. Su falta de amor no ha sido necesariamente deliberada, quién sabe si no tienen detrás una historia más conmovedora que la nuestra. No se trata de eximir, sino de reconocer que en aquel que no me ha hecho justicia o no me ha devuelto la cordialidad que invertí en él, existe alguien puesto a prueba pro situaciones extremas. Y que la herida ahora abierta no estaba destinada a mí: era un magma de violencia a la deriva, listo para explotar.

El acto de perdonar es una declaración unilateral de esperanza. El perdón o es una cuerdo. Si espero que el que me ha oprimido venga a mi encuentro y me arranque la tristeza, puedo esperar sentado. El perdón es un gesto unilateral que enmudece la voz de la venganza y cree que detrás del que me ha herido hay un ser humano vulnerable, capaz de cambiar. Perdonar es creer en la posibilidad de transformación, empezando por la propia.



Autor: José TOLENTINO MENDONÇA

Título: Pequeña teología de la lentitud

Editorial: Fragmenta Editorial, Barcelona, 2017, (pp. 20-21)




Texto en formato pdf

Frases...

Cuando ya no puedo nada y mis esfuerzos son inútiles, llega la hora de Dios. Entonces lo dejo hacer a Él, y espero.



Dora RIVAS, Raíces en el cielo, Cypress Cultura, Polonia, 2021, (p. 35)

XV Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

14 de julio de 2024

(Ciclo B - Año par)






  • Ve, profetiza a mi pueblo (Am 7, 12-15)
  • Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación (Sal 84)
  • Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo (Ef 1, 3-14)
  • Los fue enviando (Mc 6, 7-13)
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“Instituyó Doce, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, con poder de expulsar los demonios” (Mc 3,14-15). Con estas escuetas palabras nos narra san Marcos la elección de los doce apóstoles. En el evangelio de hoy vemos cómo Jesús, después de que los Doce lleven ya un tiempo con él, los envía, por primera vez, a predicar, y cuáles son las instrucciones que les da para ello.

De dos en dos es un símbolo de la comunidad, de la Iglesia, de que los evangelizadores no anuncian un “asunto propio” sino que son portadores de la fe y la vida de un pueblo, de una comunidad.

Dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos porque hay que mostrar que el poder de Dios, que ellos proclaman al anunciar la cercanía del Reino de Dios, es superior a las fuerzas del mal, a los poderes que afligen, oprimen, y humillan al hombre. Si Dios viene ya a instaurar su Reino, el mal tiene que empezar a ser derrotado, se tiene que empezar a ver que el Bien es superior al mal: “No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien” (Rm 12,21).

La divinización del hombre

¿A qué esperanza nos ha llamado el Señor nuestro Dios? ¿Qué llevamos nosotros ahora? ¿Qué soportamos y qué esperamos? ¡Sin duda que vosotros lo sabéis! Llevamos ahora el hecho de ser mortales y soportamos el hecho de ser débiles, pero esperamos llegar a ser divinos. En efecto, Dios no quiere sólo vivificarnos, sino también deificarnos.

Jamás la debilidad humana habría esperado esto, de no ser porque la verdad divina lo ha prometido. Ahora bien, todo lo que promete Dios es verdadero, porque el autor de la promesa es demasiado fiel para engañarnos y demasiado poderoso para no cumplir lo que ha prometido.

Hubiera sido demasiado poco para nuestro Dios prometernos ser dioses en Él, si Él no hubiera asumido nuestra debilidad; es como si Él dijera: “¿Quieres tú saber cuánto te amo, para estar seguro de que te haré partícipe de mi ser divino? He tomado tu ser mortal”.

Hermanos, no es el hecho de que unos dioses se hagan hombres lo que debe parecernos increíble, sino más bien el hecho de que quienes eran hombres se conviertan en dioses (…) Pero el Hijo de Dios se ha hecho hombre para hacer de los hijos del hombre hijos de Dios (…) El Creador del hombre se ha hecho hombre, para que el hombre se haga capaz de acoger a Dios.

San Agustín

Misericordia y verdad



 Autor

Fernando Colomer Ferrándiz 

Título
Misericordia y Verdad 

Edita 
BAC

ISBN 
978-84-220-2337-1




«Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y de entre ellos yo soy el primero. Y si Dios me concedió misericordia, fue para que Cristo Jesús manifestase primeramente en mí toda su paciencia y sirviese de ejemplo a quienes habían de creer en él para conseguir vida eterna» (1 Tim 1,15-16). «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18,37). Estas dos afirmaciones describen la situación de todo hombre que se encuentra con Cristo y se adhiere a él por la fe: inmediatamente se reconoce como un pecador alcanzado por la misericordia infinita de aquel que es la Verdad (Jn 14,6). Este libro se enmarca entre estas dos afirmaciones, sin sostener ninguna tesis particular, por lo que puede ser leído en el orden que cada uno quiera; su única pretensión es contemplar y saborear la belleza de este abrazo entre la misericordia y la verdad que es Cristo.

Fernando Colomer Ferrándiz (Alcoy, 1947), es sacerdote de la diócesis de Cartagena, licenciado en Teología por la Universidad de Friburgo y doctor en Filosofía por la Universidad de Murcia, de la que ha sido profesor, al igual que en el Instituto Teológico de Murcia OFM y en el Instituto Teológico San Fulgencio de Murcia. Ha publicado varios libros, entre los que destacan
- La mujer vestida del sol. Reflexiones sobre el cristianismo y el arte (1992), 
- Decir la fe. Comentario al Credo (1996),
- El cristianismo y las religiones (2018), 
- Palabras sobre el hombre. Apuntes para una antropología filosófica (2020), 
- De ángeles y demonios (2020) y
- Hombre, belleza y Dios (2021);
también es autor de un blog (parroquiadesanleonmagnodemurcia.blogspot.com) y difunde sus catequesis en el canal de YouTube de la misma parroquia.


XIV Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

7 de julio de 2024

(Ciclo B - Año par)






  • Son un pueblo rebelde y reconocerán que hubo un profeta en medio de ellos (Ez 2, 2-5)
  • Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia (Sal 122)
  • Me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo (2 Cor 12, 7b-10)
  • No desprecian a un profeta más que en su tierra (Mc 6, 1-6)
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La cuestión central en el evangelio de Marcos, como en los demás evangelios, es la de la identidad de Jesús, la de saber quién es en verdad este hombre al que llamamos Jesús de Nazaret. La salvación la alcanzan precisamente aquellos que descubre su verdadera identidad y la confiesan abiertamente, como aquel centurión que, al ver la manera como Jesús había expirado, dijo: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39).

Para conocer la identidad de una persona puede ayudarnos conocer su familia, su lugar de nacimiento y sobre todo de crecimiento, su cultura, su profesión, su círculo de relaciones. Pero todo esto no basta. Al final cada uno manifiesta su verdadero ser, su identidad propia, en aquello que, libremente, hace, en su manera personal de comportarse, de hablar, de actuar, manera que puede coincidir o no coincidir con los modos y maneras de su familia, de su pueblo, de los de su profesión etc.

Los habitantes de Nazaret conocían mejor que nadie el entramado de relaciones familiares, vecinales y profesionales de Jesús. Sin embargo, por lo menos en esta ocasión, no fueron capaces de reconocer su verdadera identidad. El evangelio nos dice que ellos se hallaban confrontados a unos hechos que no respondían a ese entramado familiar, vecinal y profesional de Jesús. Estos hechos son su sabiduría y sus milagros. Sus paisanos veían estos hechos, los reconocían, pero los censuraban, puesto que pensaban en su corazón: “no puede ser”, “él es uno de los nuestros y como ninguno de nosotros posee esa sabiduría y hace esos milagros, él tampoco los puede hacer”. “Y desconfiaban de él”, dice el evangelio. En el fondo se decían a sí mismos: “aquí hay trampa, esto no puede ser”.

La Eucaristía



1. El memorial: “Haced esto en memoria mía”.

El cristianismo es una vida, una vida nueva, distinta de la vida biológica, una vida que nace del encuentro con una persona, la de Jesucristo, y que tiene manifestaciones distintas de las de la vida simplemente humana: una vida que no consiste en afirmarse a sí mismo frente a los demás, sino en afirmar a Otro distinto de sí mismo (a Cristo), es una vida que no crece por el simple alimento material y a la que no se nace por el simple alumbramiento biológico; es una vida verdaderamente nueva.

Para que esta vida sea posible es necesario un alimento nuevo, distinto del habitual. Por eso el Señor nos advirtió: Obrad no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre (Jn 6, 27). Ese alimento es un pan de Dios que baja del cielo y da la vida al mundo (Jn 6, 33) y no es otro que la propia persona de Cristo: Les dijo Jesús: “Yo soy el pan de vida. El que venga a mí no tendrá hambre, y el que crea en mí no tendrá nunca sed” (Jn 6, 34). Este anuncio provocó el escándalo y el abandono de muchos discípulos (Jn 6, 60 y 66), quizás porque entendieron materialmente estas palabras, a pesar de que Jesús advirtió que las palabras que os he dicho son espíritu y son vida (Jn 6, 63).

XIII Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

30 de junio de 2024

(Ciclo B - Año par)






  • Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo (Sab 1, 13-15; 2, 23-24)
  • Te ensalzaré, Señor, porque me has librado (Sal 29)
  • Vuestra abundancia remedia la carencia de los hermanos pobres (2 Cor 8, 7. 9. 13-15)
  • Contigo hablo, niña, levántate (Mc 5, 21-43)
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Queridos hermanos:

El evangelio de este domingo pone ante nuestros ojos una realidad que tal vez nos resulta difícil de aceptar, en el comportamiento de nuestro Señor Jesucristo, a saber, el hecho de que Él, que ama a todos los hombres, no los trata de igual modo a todos, sino que tiene sus “preferencias”, que le llevan, en el evangelio de hoy, a distinguir a tres de sus discípulos, Pedro, Santiago y Juan, como testigos de la acción de poder que va a realizar, devolviendo la vida a la hija Jairo. No es la única ocasión en que el Señor distingue a estos tres discípulos: lo hará también en el episodio de la Transfiguración (Mc 9,2-9) y en la agonía en el Huerto de los Olivos (Mc 14,32-42). En estos tres acontecimientos, Jesús querrá estar acompañado por Pedro, Santiago y Juan, excluyendo al resto de los discípulos. También distinguirá a estos tres discípulos, dándoles un nombre nuevo: a Simón lo llamará Pedro y a Santiago y Juan los llamará ‘Boanerges’, es decir, hijos del trueno.

Todo esto nos muestra la soberana libertad de Jesús, que es la soberana libertad de Dios, y nos plantea el desafío –de enorme importancia espiritual- de aceptar siempre libertad de Dios, que reparte sus dones y da sus gracias como a él le place, y con ello no ofende a nadie, puesto que Él siempre y en todo ama a todos. También cada uno de nosotros, en su vida terrena, tiene que aceptar, sin criticar, la libertad de Dios que mantiene con cada uno una relación personal única y singular, y es tarea espiritual de primer orden, no envidiar la relación que Cristo tiene con mi prójimo, sino centrarme en vivir a pleno pulmón la que tiene conmigo.

Frases ...

No hay mayor desastre en la vida espiritual que estar sumidos en la irrealidad, porque nuestra vida se mantiene y se alimenta merced a nuestra relación vital con las realidades que están fuera y más allá de nosotros.

Thomas MERTON
Pensamientos en soledad
Sal Terrae, Bilbao, 2022, (p. 27)

XII Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

23 de junio de 2024

(Ciclo B - Año par)






  • Aquí se romperá la arrogancia de tus olas (Job 38, 1. 8-11)
  • ¡Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia! (Sal 106)
  • Ha comenzado lo nuevo (2 Cor 5, 14-17)
  • ¿Quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen! (Mc 4, 35-41)
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El episodio del evangelio de hoy sucede de noche y en el mar. En la simbólica bíblica la noche es el momento propicio para el desencadenamiento de las fuerzas del mal y el mar es el símbolo por excelencia del caos, de la amenaza, de lo abismal, de aquello que nos puede “engullir”. Así lo vemos en la primera lectura de hoy, sacada del libro de Job, donde Dios, para hacer posible la creación, impone unos límites al mar: “hasta aquí llegarás y no pasarás, aquí se romperá la arrogancia de tus olas”. La vida del cristiano transcurre siempre como una navegación por un mar proceloso que puede destruirlo, “engullirlo”, “tragarlo”, en cualquier momento y hacer que desaparezca. Es digno de notar que el Señor pone un límite al mar, pero no lo destruye sino que lo mantiene hasta la implantación total de su reino. Sólo cuando el reino de Dios ha sido plenamente instaurado desparece el mar, tal como leemos al final del Apocalipsis: “Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva -porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya” (Ap 21,1). Así es también la vida de cada cristiano y de la Iglesia entera: Dios no destruye a nuestros enemigos, ni nos quita los peligros, porque tenemos que crecer gracias a ellos.

La esperanza en la misericordia

Señor,
aquí estoy para que mostréis vuestra admirable misericordia,
para que la manifestéis en presencia del Cielo y de la tierra.

Otros os glorifican haciendo ver la fuerza de vuestra gracia
por su fidelidad y su constancia,
mostrando lo dulce y generoso que sois
con quienes os son fieles.

En cambio yo os glorificaré
mostrando lo bueno que sois con los pecadores,
haciendo ver que vuestra misericordia
está por encima de toda maldad
y que no hay nada que sea capaz de agotarla;
que ninguna recaída,
por vergonzosa y criminal que sea,
debe llevar al pecador a desesperar del perdón.

Os he ofendido gravemente,
oh mi amable Redentor;
pero os ofendería muchísimo más
si os hiciera el horrible ultraje
de pensar que no sois lo suficientemente bueno
para perdonarme.

En vano vuestro enemigo y el mío
me tiende cada día nuevas trampas.
Me hará perder todo
menos la esperanza que tengo en vuestra misericordia.

Aunque haya recaído cien veces
y aunque mis crímenes sean cien veces más horribles de lo que son,
esperaré siempre en Vos.

Que así sea.


San Claudio de la Colombière