El santo y la prostituta

(En una pequeña aldea griega de Anatolia, dominada por los turcos, el pope Grigoris, párroco del lugar, elige a Manoliós, un humilde pastor, para representar a Jesús en la próxima Semana Santa. En esa misma aldea hay una viuda, Katerina, que ejerce la prostitución. Todos lo saben y todos la desprecian, aunque muchos hombres la desean y la frecuentan. Manoliós se ha alejado del pueblo y se ha unido a un grupo de cristianos perseguidos, procedentes de otro lugar, que se han refugiado en la montaña cercana a la aldea, y se deja guiar espiritualmente por el pope que los acompaña, el pope Fotis. Manoliós y Katerina se sienten misteriosamente atraídos el uno por el otro, aunque no se sabe bien la naturaleza de esa atracción, que no parece ser de orden exclusivamente sexual. Y en ese contexto, repentinamente, a Manoliós se le ha producido la lepra en pleno rostro, de tal modo que su figura se ha vuelto extremadamente repugnante.)

          Y sí, Manoliós había pasado por la ermita, había encendido la vela, y todo el día, arrodillado en la penumbra, había estado mirando a Cristo con ganas de hablarle, pero se avergonzaba, no sabía cómo expresarse…Y Cristo, desde el iconostasio, lo miraba a su vez, y también él quería hablarle, pero temía asustarlo, y guardaba silencio.

          Así pasaron el día entero, callados, el uno frente al otro, como dos enamorados cuyo corazón se desborda, pero su boca languidece y calla.

          Ya de noche, poco antes de que pasaran los tres amigos, Manoliós se levantó y besó la mano de Cristo; ya se lo habían dicho todo, ya no tenían nada que contarse, abrió la puertecita y se encaminó a la aldea.

          “He dicho lo que tenía que decir –pensaba contento-. Nos hemos puesto de acuerdo, me ha dado su bendición, voy”.

          Y bajaba alegre y aliviado el sendero.

          Se había enrollado el ancho pañuelo alrededor de la cabeza, dejando descubiertos solo los ojos. Estaba anocheciendo cuando entró en la aldea. Tomó los callejones más apartados, caminaba rápido, no encontró ni un alma. Giró en una esquina, nadie en la calle. Extendió decidido la mano y tocó a la puerta de Katerina.

          Al poco se oyeron las chinelas de la viuda en el patio.

          - ¿Quién es?-se oyó la voz fresca desde adentro.

          -Abre-respondió Manoliós, cuyo corazón había comenzado a temblar.

          -¿Quién es?-preguntó de nuevo la voz.

          -Yo, yo, Manoliós.

          De inmediato la puerta se abrió y la viuda abrió los brazos.

          -¿Eres tú, Manoliós?–dijo contenta-. ¿Qué buen viento te ha traído? Entra.

          Entró y cerró la puerta. Se asustó.

          Se detuvo, miró las dos macetas de claveles en la penumbra y los grandes guijarros blancos del patio que brillaban. Su corazón temblaba.

          -¿Por qué traes envuelta la cara?-le preguntó la viuda-. ¿Tienes miedo de que te vean? ¿Te da vergüenza? Entra. Entra, Manoliós, no tengas miedo, no te voy a comer.

          Manoliós se había quedado inmóvil, mudo, en la mitad del patio. Distinguía veladamente la cara de la viuda que irradiaba destellos, y también sus manos blancas y su pecho semidescubierto…

          Día y noche pienso en ti, Manoliós-decía la viuda-. No puedo dormir. Y si me quedo dormida, te veo en sueños…Día y noche te llamo: ¡ven!, ¡ven! ¿Y esta noche, mira, has venido! Bienvenido, Manoliós.

          -He venido para librarte de mí, Katerina-dijo tranquilo Manoliós-. Para que dejes de pensar en mí, para que ya no me llames. He venido para que sientas asco de mí, Katerina, hermana.

          -¿Qué yo sienta asco de ti, Manoliós?-gritó la viuda-. Pero si tú eres mi única esperanza en la vida. Tú, sin saberlo, sin quererlo, sin que yo lo quiera tampoco, tú eres mi salvación…No te asustes, Manoliós. No es mi cuerpo el que te está hablando, es mi alma. Porque yo también tengo alma, Manoliós.

          -Tienes encendido el candil. Vamos adentro para que me veas.

          -Vamos, dijo la viuda, y tomó a Manoliós de la mano con ternura.

          Entraron. La cama de la viuda, ancha, bellamente tendida, ocupaba toda la alcoba; encima estaba el icono de la santísima Virgen, con una lamparita pequeña de vidrio rosado enfrente. En el alto lampadario había un candil de tres picos encendido.

          -Sé fuerte, Katerina-dijo Manoliós y se colocó debajo de las tres llamas-. Acércate, mírame.

          Lo dijo, y poco a poco comenzó a desenrollar el pañuelo.

          Aparecieron los labios hinchados, agrietados, azules; luego las mejillas espumosas, partidas, de las que supuraba un  líquido espeso y amarillento que parecía pus; luego la frente abombada, muy roja, como carne viva.

          La viuda, con los ojos desorbitados, no hacía sino mirarlo…Y de pronto se llevó las manos a los ojos para no ver, se lanzó sobre Manoliós y se soltó en llanto.

          -¡Manoliós, mi Manoliós!-le decía-, ¡amor mío!

          Manoliós la retiró con delicadeza.

          -¡Mírame! ¡Mírame!-le gritó-. No llores, no me abraces. ¡Mírame!

          -¡Amor mío! ¡Amor mío!-volvió a gritar, sin querer despegarse de él.

          -¿No te doy asco?

          -¿Cómo puedes darme asco, niño mío?

          -Tengo que dártelo, Katerina, tengo que dártelo, hermana mía. Para que te salves…, para que yo también me salve.

          No quiero salvarme. Si me salvo de ti, Manoliós, estoy perdida.

          Manoliós se derrumbó sobre un banco al lado de la cama, desesperado.

          -Ayúdame, Katerina-dijo suplicante-, ayúdame a salvarme…Yo también pienso en ti, y no quiero. ¡Ayuda a mi alma para que no peque!

          La viuda se apoyó contra la pared, estaba palidísima. Miraba a Manoliós y su corazón se derretía, era como si un hijo suyo estuviera ahogándose y la llamara en medio de la noche…

          -¿Qué puedo hacer por ti, mi niño?-susurró al fin-. ¿Qué quieres que haga?

          Manoliós guardaba silencio.

          -¿Quieres que acabe con mi vida?-preguntó la viuda-. ¿Quieres que acabe con mi vida para que tú te salves?

          -¡No! ¡No!-gritó Manoliós asustado-. De ese modo tu alma se perdería, y no quiero.

          Guardaron nuevamente silencio. Y al cabo de un momento:

          -Quiero salvarte-dijo Manoliós-, solo así podré salvarme yo, hermana. De mí depende tu alma.

          -¿De ti depende mi alma, Manoliós?-gritó la viuda, y su corazón dio un vuelco-. Tómala, llévala adonde tú quieras. Piensa en Cristo. También de él dependía el alma de Magdalena.

          -¡En él pienso!-gritó Manoliós, y de pronto se sintió aliviado-. En él pienso, hermana, de día y de noche.

          -Sigue su camino, Manoliós. ¿Cómo salvó a Magdalena, la prostituta? ¿Tú sabes? Yo no sé. Haz conmigo lo que quieras.

          Manoliós se levantó.

          -Me voy. Has hablado, hermana, y me he sentido aliviado.

          -Y tú también, Manoliós, has hablado y me he sentido aliviada. Me has llamado hermana…

          Manoliós comenzó de nuevo a envolverse la cara con el ancho pañuelo. De nuevo solo sus ojos quedaron al descubierto.

          -¡Adiós, hermana!-dijo-. Volveré.

          La viuda lo tomó de nuevo de la mano, atravesaron el patio. Katerina alargó el brazo y, en medio de la oscuridad, cortó un puñado de claveles.

          -Tómalos-dijo-. Que Cristo esté contigo, Manoliós. Abrió la puerta, miró. Ni un alma en la calle.

          -No le abriré mi puerta a nadie-dijo la viuda-. ¡Esperaré a que vuelvas, Dios mediante!

          Manoliós cruzó el umbral y desapareció en la noche.

 


Autor: Nikos KAZANTZAKIS

Título: Cristo de nuevo crucificado

Editorial: Acantilado, Barcelona, 2018, (pp. 184-188)




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XVI Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

18 de julio de 2021

(Ciclo B - Año impar)






  • Reuniré el resto de mis ovejas, y les pondré pastores (Jer 23, 1-6)
  • El Señor es mi pastor, nada me falta (Sal 22)
  • Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno (Ef 2, 13-18)
  • Andaban como ovejas que no tienen pastor (Mc 6, 30-34)
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          Los apóstoles le contaron (a Jesús) todo lo que habían hecho y enseñado. Después de su primera misión, los apóstoles dan cuenta al Señor de todo lo que han hecho, porque ellos saben que no tienen ninguna legitimidad fuera del envío del Señor y que todo lo que ellos han dicho y hecho ha sido un encargo que el Señor les ha dado, y que, por lo tanto, ellos responden ante Él. Los apóstoles -la Iglesia, por lo tanto- dependen por completo del Señor, ante el cual tienen que “dar cuenta”. Esto también vale de cada uno de nosotros, que tendremos que dar cuenta ante Dios de todo lo que hemos dicho y hecho con los dones que Él nos ha dado, el primero de los cuales es el ser, la vida, la existencia.

          Venid vosotros solos a descansar un poco. El Señor se preocupa del descanso de los apóstoles. Para Él la vida no se nos ha dado para trabajar, trabajar y seguir trabajando, sino también para descansar, para contemplar, para recuperar el propio ser. El Señor no es hiperactivo, ni es de los que confunden la vitalidad con la agitación. Él quiere que estemos presentes en todo lo que hacemos con una presencia verdaderamente humana, personal; y para eso es imprescindible descansar, recuperarse, unificar el propio ser.

          Muchas personas no saben descansar porque tiene miedo al silencio, no saben hacer silencio para percibir la presencia del Señor y unirse a Él. Pues el descanso tiene que consistir en estar más íntimamente con Él. Por eso dice “venid” y no dice “marchaos”. Lo que de verdad descansa el corazón del hombre y le permite unificarse y recuperarse es la intimidad con Jesús. Hacer de las vacaciones un tiempo de alejamiento de Dios es la mejor manera de asegurarse un desastre. “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados y yo os daré descanso” (Mt 11,28).

          Le dio lástima de ellos, porque andaban como oveja sin pastor. El Señor cree que los hombres necesitamos pastores, necesitamos alguien que nos conduzca, que nos guíe. Porque la vida es muy compleja y para el hombre es muy fácil confundirse. Es cierto que, al orgullo humano, le cuesta reconocer que necesita pastores; pero no por ello dejamos de necesitar la ayuda de alguien que tenga más experiencia y que nos ame de verdad, que quiera nuestro bien. La función del pastor es como la del padre: alguien que ayuda a crecer, que indica cuáles son los caminos que nos hacen crecer y cuáles los que nos llevan al abismo. Una de las desgracias mayores de nuestro tiempo es la crisis de paternidad, lo difícil que es encontrar a alguien que nos haga de padre –no de ‘colega’, ni de ‘amigo’, ni de ‘compa’. El Señor siente lástima al ver a aquellas gentes así, como sin duda sigue sintiendo lástima al ver a tantos hombres, y en especial a tantos jóvenes, que verdaderamente no saben adonde ir.

          Y se puso a enseñarles con calma. El Señor está dispuesto a hacernos de padre, a ser nuestro pastor. La primera necesidad que tiene el hombre es la Verdad (y no el afecto, como muchos creen), y por eso Jesús se pone a enseñar. “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). Jesús da, antes que nada, el alimento del alma, que es la luz de la Verdad, para que el hombre pueda vivir según su dignidad. A continuación, como nos cuenta san Marcos, les dará también el alimento del cuerpo, multiplicando los panes y los peces. Pero las cosas deben de seguir la justa jerarquía. Cuando sólo hay preocupación por las necesidades materiales, se trata al hombre como un animal de engorde, ignorando su dignidad, que le viene de su apertura a la Verdad.

Correr con esperanza

Quienes corren con esperanza no se preocupan de ir mirando los tropiezos del camino, es más, ni siquiera se preocupan de indagar sobre tales tropiezos. Pero cuando salen del mar, entonces ven esos tropiezos y glorifican a Dios, porque han sido liberados de todas aquellas tempestades y de muchos escollos que ni siquiera conocían, pues no se preocupaban de prestar atención a tales cosas.

Quienes, por el contrario, atormentan sin cesar sus entendimientos y quieren ser muy sabios, quienes dedican su alma a dar vueltas en torno a tales pensamientos y temores; quienes hacen muchos preparativos, miran y reflexionan sobre las causas de tales tropiezos y de los pensamientos disolutos; esos, en su mayor parte, se encontrarán siempre a la puerta de su casa. Pues de hecho, el perezoso, cuando se le pide que vaya, dice: “Hay un león en el sendero y un asesino por los caminos” (Prov 22,13). O es como aquellos que dicen: “Allí hemos visto gentes valerosas y a sus ojos somos pequeños como langostas” (Nm 13,33); o aún más: “Sus ciudades son fuertes y sus fortificaciones se elevan hasta el cielo” (Dt 1,28). Éstos, en el momento de su muerte, seguirán estando en el comienzo de su camino. ¡Ellos son siempre los más sabios, pero nunca empiezan a caminar!

Isaac de Nínive – Siglo VII


XV Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

11 de julio de 2021

(Ciclo B - Año impar)






  • Ve, profetiza a mi pueblo (Am 7, 12-15)
  • Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación (Sal 84)
  • Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo (Ef 1, 3-14)
  • Los fue enviando (Mc 6, 7-13)
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“Instituyó Doce, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, con poder de expulsar los demonios” (Mc 3,14-15). Con estas escuetas palabras nos narra san Marcos la elección de los doce apóstoles. En el evangelio de hoy vemos cómo Jesús, después de que los Doce lleven ya un tiempo con él, los envía, por primera vez, a predicar, y cuáles son las instrucciones que les da para ello.

De dos en dos es un símbolo de la comunidad, de la Iglesia, de que los evangelizadores no anuncian un “asunto propio” sino que son portadores de la fe y la vida de un pueblo, de una comunidad.

Dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos porque hay que mostrar que el poder de Dios, que ellos proclaman al anunciar la cercanía del Reino de Dios, es superior a las fuerzas del mal, a los poderes que afligen, oprimen, y humillan al hombre. Si Dios viene ya a instaurar su Reino, el mal tiene que empezar a ser derrotado, se tiene que empezar a ver que el Bien es superior al mal: “No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien” (Rm 12,21).

Los misioneros siempre han realizado abundantes obras de caridad hacia aquellos a quienes les anuncian la cercanía del Reino de Dios: escuelas, hospitales, comedores, viviendas, técnicas de trabajo etc. etc. Y sobre todo la enseñanza del perdón y de la misericordia: que perdonar a quien te ha hecho daño libera tu corazón del odio y del resentimiento (“espíritus inmundos”) y te hace libre de verdad.

(No llevéis) ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja, ni una túnica de repuesto. Es una manera de decir, como escribirá más tarde san Pablo, “que la gente sólo vea en vosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1Co 4,1), es decir, que quede claro que vuestro asunto es Cristo, es el Evangelio, es el Señor, que no parezca que vuestro asunto es otra cosa, es una cultura o una política o una economía. Como le dijo Pedro al lisiado que pedía  al puerta del Templo de Jerusalén: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, ponte a andar” (Hch 3,6).

 Un bastón y sandalias. Aunque en aquella época se caminaba descalzo, parece ser que, para los viajes largos, se imponía el uso de sandalias y de un bastón. Con ello seguramente se nos está insinuando que habrá que ir muy lejos a anunciar el evangelio y que, quienes lo hagan, tendrán que considerarse a sí mismos como peregrinos, tal como leemos en el libro del Éxodo, cuando al dar las instrucciones para comer la Pascua se dice: “la cintura ceñida, las sandalias en los pies, el bastón en la mano” (Ex 12,11). Los cristianos, aquí en la tierra, somos siempre “extraños y forasteros” (Hb 11,13), porque nuestra verdadera patria es la Jerusalén del cielo, ella es “nuestra madre” como dice san Pablo (Ga 4,26), ella es la “ciudad asentada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hb 11,10).

Sacudíos el polvo de los pies para probar su culpa. Es curioso el contraste entre las instrucciones que se refieren a las personas de los misioneros, a los que se les dice que no se preocupen de sí mismos y que acepten la hospitalidad que les den sin buscar otra mejor, y el rigor que el Señor impone cuando se trata, no de los evangelizadores, sino del Evangelio, del Mensaje que ellos anuncian. Cuando este Mensaje sea rechazado, hay que realizar este gesto solemne con el que se hace comprender con claridad que con este rechazo  se está tomando una decisión fundamental en relación con la salvación. El Evangelio se ofrece a la libertad de los hombres que pueden acogerlo o rechazarlo, porque “la fe no es de todos” (2Ts 3,2), pero tiene que quedar bien claro que el rechazo del Evangelio establece una ruptura, una separación que es determinante. “Sacudir el polvo” de su calzado significa: estamos separados, no hay relación alguna entre nosotros, pertenecemos a campos diversos, no tenemos nada en común. Es un gesto muy fuerte el que manda el Señor a los apóstoles.

 Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban. En este gesto de ungir con aceite a los enfermos, que es un gesto muy antiguo que el Señor asumió, hay como un germen del sacramento de la unción de enfermos. La preocupación por la salud de los hombres es un signo del amor de Dios.

 Que también en cada uno de nosotros se note que nuestro “asunto”, el que de verdad nos interesa, es Cristo, su Persona, su Evangelio; que estamos aquí de paso y que nuestro corazón está puesto en el cielo y no en la tierra; que tengamos ternura y tiempo para los enfermos, sobre todo para los incurables. Para que se vea que de verdad esperamos el Reino de Dios.

Cómo explicar el alma humana a un niño


I.- EN NOSOTROS HAY COSAS INVISIBLES

Dentro de nosotros hay cosas que son muy importantes para nosotros y que no se pueden ver: ni las vemos nosotros, ni las ven los demás. 

Por ejemplo, tenemos pensamientos que los demás no ven: yo puedo estar pensando en hacer algo malo o algo bueno a otro, y él ni siquiera lo sospecha.

Tenemos también sentimientos que los demás desconocen, a no ser que nosotros se lo digamos,  o que se lo manifestemos de alguna manera. Por ejemplo, sentimientos de alegría, de tristeza, de rabia, de enfado, de esperanza, de compasión etc. etc.

Tenemos también anhelos, es decir, deseos de cosas que no hemos alcanzado y que nos gustaría alcanzar. Por ejemplo, el deseo de que una determinada persona se fije en mí, que me quiera, que se ocupe de mí, que me haga caso; o el deseo de que un familiar o un amigo enfermo se cure; o el deseo de hacer un viaje, o de estudiar una carrera determinada, o de poseer una cosa que no tengo.

Todas estas cosas –pensamientos, sentimientos, deseos- son muy reales en nosotros, y sin embargo no se ven. Existe, pues, en nosotros, un mundo interior, una vida interior, que es invisible pero que es muy real y que hace que a veces nos sintamos felices y contentos, y otras veces tristes y desgraciados.

II.- YO SOY YO AUNQUE CAMBIE MI CUERPO Y MI MUNDO INTERIOR

Yo soy siempre yo, siempre el mismo, aunque a veces esté triste y otras veces alegre, aunque unas veces haga cosas buenas y otras veces cosas malas. Pero yo soy siempre el mismo y por eso los demás pueden decir, por ejemplo, que estoy triste, o que estoy contento, o que he hecho una cosa estupenda, o que, al contrario, he hecho una trastada o que me he portado mal.

Incluso si tuviera un accidente muy grave con el coche y me tuvieran que cortar una pierna y también un brazo, y además perdiera un ojo, yo, sin embargo, seguiría siendo yo, seguiría siendo el mismo.

¡Qué misterio más grande es este del yo! Pues bien, este yo que es siempre el mismo, aunque unas veces esté triste y otras contento, este yo que sigue siendo el mismo aunque cambie mucho mi cuerpo, este yo que no se ve por fuera pero que está siempre dentro de mí, es lo que llamamos el alma. Y cuando nos morimos nos dejamos aquí en la tierra nuestro cuerpo, pero nuestro yo, con todo nuestro mundo interior, es decir, nuestra alma, se va y se encuentra con Dios.

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XIV Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

4 de julio de 2021

(Ciclo B - Año impar)






  • Son un pueblo rebelde y reconocerán que hubo un profeta en medio de ellos (Ez 2, 2-5)
  • Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia (Sal 122)
  • Me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo (2 Cor 12, 7b-10)
  • No desprecian a un profeta más que en su tierra (Mc 6, 1-6)
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          La cuestión central en el evangelio de Marcos, como en los demás evangelios, es la de la identidad de Jesús, la de saber quién es en verdad este hombre al que llamamos Jesús de Nazaret. La salvación la alcanzan precisamente aquellos que descubre su verdadera identidad y la confiesan abiertamente, como aquel centurión que, al ver la manera como Jesús había expirado, dijo: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39).

          Para conocer la identidad de una persona puede ayudarnos conocer su familia, su lugar de nacimiento y sobre todo de crecimiento, su cultura, su profesión, su círculo de relaciones. Pero todo esto no basta. Al final cada uno manifiesta su verdadero ser, su identidad propia, en aquello que, libremente, hace, en su manera personal de comportarse, de hablar, de actuar, manera que puede coincidir o no coincidir con los modos y maneras de su familia, de su pueblo, de los de su profesión etc.

          Los habitantes de Nazaret  conocían mejor que nadie el entramado de relaciones familiares, vecinales y profesionales de Jesús. Sin embargo, por lo menos en esta ocasión, no fueron capaces de reconocer su verdadera identidad. El evangelio nos dice que ellos se hallaban confrontados a unos hechos que no respondían a ese entramado familiar, vecinal y profesional de Jesús. Estos hechos son su sabiduría y sus milagros. Sus paisanos veían estos hechos, los reconocían, pero los censuraban, puesto que pensaban en su corazón: “no puede ser”, “él es uno de los nuestros y como ninguno de nosotros posee esa sabiduría y hace esos milagros, él tampoco los puede hacer”. “Y desconfiaban de él”, dice el evangelio. En el fondo se decían a sí mismos: “aquí hay trampa, esto no puede ser”.

          La fe, queridos hermanos, se fundamenta sobre los hechos; la increencia, en cambio, sobre los prejuicios, en base a los cuales se censura la realidad. Los hechos provocan preguntas que conducen (o pueden conducir) a la verdad; los prejuicios expresan sentimientos propios, y no precisamente muy nobles, que alejan de la verdad. La fe se basa en una atención a la realidad; la increencia en una censura de la realidad.

          Los hechos que ofrecía (y que sigue ofreciendo) Jesús, pueden ser de naturaleza moral o de naturaleza física. De naturaleza moral son los que manifiestan su sabiduría. Cuando estuvo entre los samaritanos estos le dijeron a la mujer de Samaria: “Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos le hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo” (Jn 4,42). Cuando fueron a detenerle los guardias del Templo, por orden de los sumos sacerdotes y de los fariseos, “los guardias volvieron a los sumos sacerdotes y los fariseos. Éstos les dijeron: «¿Por qué no le habéis traído?» Respondieron los guardias: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre.»” (Jn 7,45-46). De naturaleza física son, en cambio, los milagros: el agua que se convierte en vino, para que unos novios no sufran la humillación de que falte vino en su banquete de bodas, la tempestad que se calma con solo su palabra, el leproso que es curado con un solo toque de Jesús, la multitud que come hasta la saciedad con cinco panes y dos peces etc. etc.

          Los milagros requieren la fe, suponen la fe. Porque los milagros no son “excepciones a las leyes naturales”, como se suele decir de manera bastante desafortunada, sino una ordenación nueva de la realidad que es posible cuando los hombres reconocen que Jesús es el Señor de todo, que en Él está presente y actuante el poder de Dios. Y por otro lado, fundamentan la fe. Por eso el Señor los realiza a veces, aunque no haya apenas fe en Él. Como en Nazaret, donde “no pudo hacer allí ningún milagro”, pero, sin embargo, “curó algunos enfermos, imponiéndoles las manos”, según dice el evangelio de hoy.

          La censura de la realidad se expresa diciendo “no puede ser”: no puede ser que el hombre viva castamente y que encuentre felicidad en ello; no puede ser que el hombre sea generoso, que comparta sus bienes y que experimente que “hay más felicidad en dar que en recibir” (Hch 20,35), según dijo el Señor; no puede ser que alguien no busque el poder, el dominio sobre los demás, el destacar y sobresalir, no es posible que alguien sea de verdad humilde. “No es posible”: éste es el lenguaje de la increencia, que no cree que existe Jesucristo, que es Dios, que nos da el Espíritu Santo y que, por la acción del Espíritu Santo en mí, yo puedo ser de verdad un hombre nuevo. Nosotros existimos para decir, con la palabra y sobre todo con nuestra vida, que “es posible”.

          Que el Señor nos conceda perseverar en la fe. Pero que nos siga concediendo también esa apertura a la realidad, esa pasión por los hechos, que es la actitud humana que conduce a la fe. Que nos conceda amar apasionadamente la realidad, sin censurarla, puesto que ella nos conduce a Dios. Que así sea.

Líbrame de la esterilidad espiritual

Dios de los espíritus y de toda carne, no permitas

que yo tenga los dolores de parto y no dé a luz nada;
que yo me lamente y que no derrame lágrimas;
que yo medite y que ningún suspiro brote de mí;

que yo acumule nubes pero sin ninguna lluvia;
que yo corra pero no alcance la meta;
que yo grite y que Tú no me escuches;
que yo suplique y me quede sin una mirada tuya;

que yo implore y no obtenga misericordia;
que yo Te invoque y no reciba ningún socorro;
que yo inmole y que mi sacrificio no te sea agradable;
que yo Te vea y salga con las manos vacías.

Dame tus bienes,
escúchame antes de que Te invoque,
oh Tú el único Poderoso.
Sálvame Tú que eres Compasivo.
Escúchame Tú que eres Misericordioso.


San Gregorio de Narek
(944-1010)

XIII Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

27 de junio de 2021

(Ciclo B - Año impar)






  • Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo (Sab 1, 13-15; 2, 23-24)
  • Te ensalzaré, Señor, porque me has librado (Sal 29)
  • Vuestra abundancia remedia la carencia de los hermanos pobres (2 Cor 8, 7. 9. 13-15)
  • Contigo hablo, niña, levántate (Mc 5, 21-43)
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              Queridos hermanos:

            El evangelio de este domingo pone ante nuestros ojos una realidad que tal vez nos resulta difícil de aceptar, en el comportamiento de nuestro Señor Jesucristo, a saber, el hecho de que Él, que ama a todos los hombres, no los trata de igual modo a todos, sino que tiene sus “preferencias”, que le llevan, en el evangelio de hoy, a distinguir a tres de sus discípulos, Pedro, Santiago y Juan, como testigos de la acción de poder que va a realizar, devolviendo la vida a la hija Jairo. No es la única ocasión en que el Señor distingue a estos tres discípulos: lo hará también en el episodio de la Transfiguración (Mc 9,2-9) y en la agonía en el Huerto de los Olivos (Mc 14,32-42). En estos tres acontecimientos, Jesús querrá estar acompañado por Pedro, Santiago y Juan, excluyendo al resto de los discípulos. También distinguirá a estos tres discípulos, dándoles un nombre nuevo: a Simón lo llamará Pedro y a Santiago y Juan los llamará ‘Boanerges’, es decir, hijos del trueno.

            Todo esto nos muestra la soberana libertad de Jesús, que es la soberana libertad de Dios, y nos plantea el desafío –de enorme importancia espiritual- de aceptar siempre libertad de Dios, que reparte sus dones y da sus gracias como a él le place, y con ello no ofende a nadie, puesto que Él siempre y en todo ama a todos. También cada uno de nosotros, en su vida terrena, tiene que aceptar, sin criticar, la libertad de Dios que mantiene con cada uno una relación personal única y singular, y es tarea espiritual de primer orden, no envidiar la relación que Cristo tiene con mi prójimo, sino centrarme en vivir a pleno pulmón la que tiene conmigo.

            El episodio de la hemorroísa, que sucede mientras Jesús camina hacia la casa de Jairo, tiene un alto valor simbólico. Pues todos tenemos en nuestra vida aspectos que nos hacen “perder sangre”, es decir, que disminuyen nuestra capacidad de afrontar la vida con energía y equilibrio y que nos implantan en una especie de “inmadurez crónica” por la cual no somos capaces de realizar nuestra vida con la plenitud que deberíamos. Y también nosotros gastamos cuanto tenemos en médicos, psicólogos, psicoterapeutas, entrenadores personales, terapias alternativas, etc. etc., sin que, la mayoría de las veces, consigamos superar el mal que nos aflige. El evangelio de hoy nos entrega una palabra preciosa: “¿Quién me ha tocado el manto?”. Palabra que los discípulos interpretan en su materialidad física, pero que Jesús aclara diciéndole a la mujer: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud”. No se trata de “tocar” físicamente, sino de “tocar” con fe. El manto de Jesús es la Iglesia, y lo que el hombre de hoy necesita para detener la hemorragia espiritual en la que se está descomponiendo es acercarse a ella y tocarla con fe, acogiendo con fe lo que la Iglesia nos da, que son los sacramentos, por los que  se nos comunica la fuerza de Cristo resucitado, capaz de recomponer nuestro ser otorgándole la armonía y la energía que ha perdido por el pecado.

            ¿Hasta qué punto puede Cristo recomponer nuestro ser? La vuelta a la vida de la hija de Jairo responde a esta cuestión de  manera contundente afirmando que ni siquiera la muerte impide a Jesús reconstruir el ser de una persona que acuda a Él, personalmente o por medio de otro (en este caso por medio del padre de la niña). Ante la realidad acaecida de la muerte, ningún médico puede hacer nada; ante ella, todo hombre se siente y se sabe impotente. Humanamente hablando, tienen razón los que le dicen a Jairo: “¿Para qué molestar más al Maestro?”. Jesús, en cambio, le dice: no te dejes dominar por el miedo y la desesperación, “no temas; basta que tengas fe”. El Señor se va a revelar como el Señor de lo imposible, como el dueño de la vida y también de la muerte, tal como afirma Cristo en el Apocalipsis: “No temas, soy yo, el Primero y el Último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del Hades” (Ap 1,17-18).

            “Basta que tengas fe”. La fe es la actitud por la cual el hombre se apoya en Cristo, llamándolo en la situación en que se encuentra, invocándolo como todopoderoso vencedor del pecado y de la muerte y confiando en el amor que Él nos tiene. Y al poner, por la fe, nuestra situación en las manos de Cristo, Él realiza lo que para nosotros es imposible: que el agua se convierta en vino en Caná de Galilea (Jn 2,1-12), que cinco panes y dos peces basten para dar de comer a cinco mil hombres (Mc 6,34-4), que la niña hija de Jairo vuelva a la vida. La existencia del hombre en la tierra plantea situaciones que son como un callejón sin salida (la principal y la más radical de todas ellas es la muerte); pero si recurrimos con fe a Cristo él abre caminos allí donde parecía imposible. El verdadero desafío es tener fe en Él.

¿Quedan héroes?

           (El protagonista de la novela, Davey Staunton, es un afamado abogado penalista de Canadá, que decide analizarse en una clínica de Zúrich llevada por discípulos de Jung. Al final de un largo periodo de análisis y antes de decidir si prosigue con él o vuelve a Canadá a reemprender sus tareas habituales, se toma unas vacaciones en St. Gallen y allí conoce, fortuitamente, a una misteriosa mujer, Liesl, que está familiarizada con los grandes maestros del análisis psicológico, y que intenta hacerle ver la mediocridad espiritual de su planteamiento vital, un planteamiento que descarta sistemáticamente la posibilidad del heroísmo. Es ella quien habla a continuación)

           El análisis con un gran analista es una magnífica aventura de exploración del propio yo, pero ¿cuántos analistas son grandes de veras? ¿Te he contado alguna vez que conocí un poco a Freud? Un gigante. Y sería apocalíptico hablar con tal gigante de uno mismo. No llegué a conocer a Adler, del cual se olvida todo el mundo, pero era sin duda otro gigante. Una vez fui a un seminario que impartió Jung en Zúrich, fue inolvidable. Pero conviene tener muy en cuenta que todos ellos eran hombres provistos de un sistema a conciencia. Freud, con su monumental obsesión por todo lo que se refería al sexo (actividad para la cual personalmente no halló mayor utilidad), era un ignorante casi absoluto en lo relativo a la naturaleza. Adler lo reducía todo prácticamente a voluntad de poder; Jung, ciertamente el más humano y el más amable, seguramente el más grande de todos, era, muy a su pesar, descendiente de párrocos y maestros, y era él mismo un superpárroco y un supermaestro. Todos ellos fueron hombres de carácter extraordinario, todos ellos idearon sistemas que han quedado marcados para siempre con el sello de su carácter… Davey, ¿te has parado a pensar alguna vez que esos tres hombres que fueron tan espléndidos en sus intentos por comprender a los demás primero tuvieron que comprenderse a sí mismos? Si hablaban, hablaban desde el conocimiento de sí mismos a que habían llegado. No acudieron con toda su confianza a la consulta de un médico para seguir el camino que éste indicara, por ser demasiado perezosos, por tener demasiado miedo a emprender por sí mismos el viaje interior. Todos ellos demostraron una osadía heroica. Y nunca convendría olvidar que hicieron el viaje interior mientras trabajaban como esclavos en las galeras de sus tareas cotidianas, considerando los problemas ajenos, manteniendo a sus familias, viviendo plenamente. Fueron héroes en un sentido en el que nunca podrá serlo, por ejemplo, un explorador del espacio, porque se internaron en lo desconocido absolutamente solos. ¿Fue su heroísmo tan solo un medio de agavillar toda una cosecha de inválidos? ¿Por qué no vuelves a tu casa y te unces tu yugo y demuestras que también sabes ser un héroe?

          - Yo no soy un héroe, Liesl.

          - ¡Qué modesto, qué atribulado suena eso? Y seguramente esperas que yo piense: es espléndido, que manera tan viril de aceptar sus propias limitaciones. Pero yo no pienso así. Toda esa modestia personal forma parte de la personalidad evasiva de nuestro tiempo. No sabes si eres un héroe o no, pero estás decidido a no averiguarlo jamás, porque te da miedo el peso que habrás de sobrellevar si lo eres y te da miedo la certeza de no serlo.

(…)

          - Parece que tengo una disposición natural que me inclina al pensamiento, no al sentimiento. Y la doctora von Haller me ha ayudado mucho en eso. Sin embargo, no tengo la ambición de desarrollar mucho el sentimiento. No creo que eso encajara con mi estilo de vida, Liesl.

          - Si no sientes, ¿cómo vas a descubrir si eres o no un héroe?

          - Yo no quiero ser un  héroe.

          - ¿Y qué? No todo el mundo está llamado a ser el héroe triunfal de su propia y muy romántica historia. Y cuando conocemos a alguien así, es altamente probable que sea un monstruo fascinante. Pero sólo por no ser un egotista y un bocazas no tienes por qué quedarte con esa idea tan de moda que es la del antihéroe y la del alma enana. Eso es lo que podríamos considerar la Sombra de la democracia: ha conseguido que sea muy loable, que sea cómodo, que sea lo correcto, terminar convertidos en alfeñiques[1] espirituales y apoyarnos en todos los demás mequetrefes y recibir el aplauso de todos ellos en una espléndida apoteosis de la mediocridad. Son alfeñiques pensantes, desde luego; ya lo creo, piensan todo lo que puede pensar un alfeñique sin meterse en serios problemas. Pero todavía quedan héroes. El héroe moderno es el hombre que vence en su pugna interior (…) Una de las grandes estupideces de nuestro tiempo es esa creencia en un Destino nivelador, en una especie de democracia de lo sobrenatural. 



Autor: Robertson DAVIES
Título: Mantícora
Editorial: Libros del Asteroide, Barcelona, 2012 (pp. 348-351)








XII Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto

 

20 de junio de 2021

(Ciclo B - Año impar)






  • Aquí se romperá la arrogancia de tus olas (Job 38, 1. 8-11)
  • ¡Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia!  (Sal 106)
  • Ha comenzado lo nuevo (2 Cor 5, 14-17)
  • ¿Quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen! (Mc 4, 35-41)
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            El episodio del evangelio de hoy sucede de noche y en el mar. En la simbólica bíblica la noche es el momento propicio para el desencadenamiento de las fuerzas del mal y el mar es el símbolo por excelencia del caos, de la amenaza, de lo abismal, de aquello que nos puede “engullir”. Así lo vemos en la primera lectura de hoy, sacada del libro de Job, donde Dios, para hacer posible la creación, impone unos límites al mar: “hasta aquí llegarás y no pasarás, aquí se romperá la arrogancia de tus olas”.    La vida del cristiano transcurre siempre como una navegación por un mar proceloso que puede destruirlo, “engullirlo”, “tragarlo”, en cualquier momento y hacer que desaparezca. Es digno de notar que el Señor pone un límite al mar, pero no lo destruye sino que lo mantiene hasta la implantación total de su reino. Sólo cuando el reino de Dios ha sido plenamente instaurado desparece el mar, tal como leemos al final del Apocalipsis: “Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva -porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya”  (Ap 21,1). Así es también la vida de cada cristiano y de la Iglesia entera: Dios no destruye a nuestros enemigos, ni nos quita los peligros, porque tenemos que crecer gracias a ellos.

            El mar que amenaza al cristiano y a la Iglesia es el poder del mundo que no quiere tolerar que la Iglesia diga una palabra distinta a la que él dice. Pero es también el mar que llevamos dentro de nuestro corazón cada uno de nosotros, es decir, los impulsos desordenados y las pasiones, que pueden destruir en nosotros la imagen de Dios y convertirnos en un guiñapo humano, como un cascarón de nuez, arrastrado por esa corriente de siete brazos que son los siete pecados capitales.

            Lo que llama la atención es el contraste entre el miedo de los discípulos y la tranquilidad de Jesús, que duerme plácidamente ignorando la tormenta. Jesús duerme porque para Él lo más determinante no es la situación sino su relación con el Padre del cielo. Él está tan seguro del amor de su Padre del cielo, que puede dormir en medio de la tempestad. “En paz me acuesto y enseguida me duermo, porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo” (Sal 4,9). Estas palabras del salmo se cumplen perfectamente en Jesús. Y se deberían cumplir también en nosotros, porque la certeza del amor del Señor tiene que ser más fuerte en nosotros que todos los peligros, tanto exteriores como interiores, que nos amenazan. Dormir es confiar en Dios.

            Los discípulos dirigen al Señor una plegaria sencilla y muy verdadera: “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?”. Al Señor sí le importa, y mucho, que tú te hundas, que tú no seas el ser de comunión, de paz, de alegría, de amor, que Él ha visto cuando te creó. Porque el Señor no nos ha creado para que seamos un monigote arrastrado por nuestros impulsos, por nuestras pulsiones y pasiones, sino para que cada uno de nosotros sea un rostro, es decir, un ser único e irrepetible, que pronuncia una palabra de amor, de paz, de esperanza y alegría en esta vida. Y le importa tanto, que ha muerto en la cruz para que esto sea posible. Pero es necesario que nosotros le invoquemos, que le llamemos, que le digamos “¿no te importa, Señor, que perezcamos?”. A veces queremos vivir la vida cristiana sin oración, sin invocación, sin llamada angustiada al Señor. Y eso no es posible. Porque la vida cristiana es un milagro, que sólo Cristo puede hacer.

            Jesús se despierta y da una orden al mar, que inmediatamente le obedece. Y hace un reproche a sus discípulos: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Todavía no tenéis fe?”. Estas palabras expresan la pretensión de Jesús, que es, humanamente hablando, desmesurada, a saber, que su presencia, que su persona, si es acogida debidamente (es decir, con “fe”), tiene que expulsar todo temor, porque Él posee un poder con el que puede dominar cualquier situación. Que Jesús venga con nosotros es la garantía de que ninguna situación va a ser irremisiblemente negativa para nosotros. Ni tan siquiera la muerte. Pienso en los mártires del siglo XX. Pienso en aquel sacerdote jesuita anciano que era sistemáticamente torturado en Albania y cómo el Señor lo sostenía en medio de los tormentos.

            La presencia del Señor, su compañía, es la primera bendición y la garantía de toda bendición. Pues aquí subyace la cuestión de la identidad de Jesús, que los discípulos intuyen al ver lo que Jesús ha hecho y que les llena de temor: “Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: «Pues ¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen»?”. Este temor no es le miedo que tenían antes a morir, sino la conciencia de estar ante Alguien que no es de este mundo, ante Alguien que trae la presencia y el poder de Dios en su propia persona.

            Que sepamos dar gracias a Dios porque Jesús, el Señor, viene en nuestra barca. Y que no tengamos vergüenza para invocarlo todas las veces que haga falta. ¿No te importa, Señor, que yo perezca?

El gozo de la ley del Señor



Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche (Sal 1, 1-2).

El Salterio, libro de oraciones de Israel y de toda la cristiandad, comienza con la palabra dichoso, es decir, bienaventurado, con la que comienza también la proclamación de la Ley de la Nueva alianza, el Sermón de la Montaña, las Bienaventuranzas. Toda relación del hombre con Dios tiene como contenido y como meta la participación del hombre en el estado que es propio de Dios: la bienaventuranza, la felicidad. Bienaventuranza no significa cualquier tipo de bienestar, sino una plenitud que no deja nada sin llenar, vida de máxima intensidad y descanso completo, felicidad total. Dios es bienaventurado.

El salmo primero describe la vida del cristiano como un gozo: “su gozo es la ley del Señor”. Con ello nos advierte que es imposible vivir el cristianismo si lo percibimos únicamente como un “deber”, como una “obligación”, sin descubrir la dimensión de “gozo” que posee. Por supuesto que obrar el bien constituye un deber y una obligación, pero eso es sólo una cara de su esencia. La otra cara consiste en que lo bueno es algo grande que puede hacerse y que llena de gozo el corazón del hombre.

El que sólo comprende la voluntad de Dios como un yugo con el que hay que cargar, difícilmente podrá experimentar el “descanso” que el Señor prometió a quienes cargaran con él: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.» (Mt 11, 28-30).

XI Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

13 de junio de 2021

(Ciclo B - Año impar)






  • Yo exalto al árbol humilde (Ez 17, 22-24)
  • Es bueno darte gracias, Señor (Sal 91)
  • En destierro o en patria, nos esforzamos en agradar al Señor (2 Cor 5, 6-10)
  • Es la semilla más pequeña, y se hace más alta que las demás hortalizas (Mc 4, 26-34)
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            Las dos parábolas de este domingo nos instruyen sobre el Reino de Dios. La primera de ellas nos recuerda que la semilla del Evangelio trabaja en silencio, trabaja por sí sola y posee una gran fuerza por la que hace surgir primero la hierba, luego la espiga y finalmente el grano. Y todo ello ocurre mientras el sembrador duerme, sin que él haga nada. Una vez que se ha sembrado la semilla, el sembrador desaparece y todo el proceso de crecimiento sucede sin él, todo ocurre como si él no existiera.

            Esta parábola debe hacernos pensar mucho a los padres cristianos, a los sacerdotes, a los educadores católicos, que, a menudo, tenemos la impresión de que no hemos hecho nada, porque hemos sembrado la semilla y ahora no se ve nada, no brota nada, todo sucede etsi Deus non daretur, como si no hubiera Dios, como si Dios no existiera o por lo menos no interviniera en la historia de los hombres.

            Frente a estas impresiones la parábola nos enseña varias cosas. La primera de ellas es que lo más importante de todo, lo decisivo, lo determinante es haber sembrado la semilla, es decir, haber anunciado a Jesucristo. Tú diles a tus hijos, a tus alumnos, a tus parroquianos, que la solución es Cristo, que Él es el Camino y la Verdad y la Vida. Que ellos lo oigan de tus labios, que lo vean en tu corazón, que alguien se lo anuncie. Eso es lo más importante.

            Lo segundo es que tenemos que aprender a esperar, a dar tiempo a las cosas: la vida, tanto la natural como la sobrenatural, requiere tiempo, porque el crecimiento es siempre lento. Hay que darle tiempo a la semilla del Reino para que realice su obra, y Dios se lo da, Dios sabe esperar (“dejad que crezcan juntos” dice en la parábola del trigo y la cizaña). Los confesores lo sabemos…

            Lo tercero es que el Reino de Dios, que es la casa de Dios, es de Dios y lo construye Dios y no nosotros: “si el Señor no construye su casa, en vano se cansan los albañiles” (Sal 126, 1). Si lo construyéramos nosotros, sería una obra humana y no sería el Reino de Dios. Por eso dice de nuevo el mismo salmo: “es inútil que madruguéis, que veléis hasta muy tarde, que comáis el pan de la fatiga, Dios lo da a sus amigos mientras duermen” (v. 2).

            Por lo tanto, si no es el esfuerzo humano lo determinante para la implantación del Reino de Dios, ¿qué es, entonces? Lo determinante es la apertura de nuestro corazón, y de todo nuestro ser, para acoger la semilla de ese Reino. Eso es lo determinante: que estemos abiertos a esa semilla, a ese anuncio. Por eso el Señor se enfadaba tanto con los fariseos y conectaba tan bien con los publicanos y los pecadores: porque los primeros no ofrecían ninguna apertura a la gracia: su “justicia”, su cumplir efectivamente todos los mandamientos, los “blindaba” frente a la gracia, como aquel que había guardado todos los mandamientos desde su juventud y fue incapaz de abrirse a la mirada de amor del Señor (Mc 10,17-22); mientras que los otros, que estaban rotos por sus propios pecados, sí ofrecían aperturas a la gracia.

            Finalmente la parábola nos enseña que aunque no aparezca ya el sembrador y parezca que él está completamente ausente, no significa que la simiente haya sido abandonada para siempre a su suerte. Cuando el fruto esté maduro, el sembrador se presentará y hará la recolección de forma plenamente visible y perceptible. Porque Dios es realmente Rey y Señor. No permanecerá oculto par siempre; intervendrá con todo su poder y dirá la última palabra.

            La otra parábola, la del grano de mostaza, nos recuerda que Dios se complace en elegir instrumentos pequeños e insignificantes para mostrar así mejor que la obra que hace con ellos -la implantación de su Reino- es obra Suya y no nuestra. De la misma manera que existe una manifiesta desproporción entre la pequeña semilla y la más alta de las hortalizas en la que anidan los pájaros del cielo, así ocurre también con el Reino de Dios, que se inicia con instrumentos humanos muy pequeños y llega a convertirse en la Jerusalén del cielo, que es nuestra madre (Ga 4, 26), y que está poblada por una “muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas” (Ap 7, 9).

            Y esto significa, hermanos, que la pequeñez, la insignificancia, el límite, la incapacidad que hay en mí, no es obstáculo para el Reino de Dios, sino ocasión para que Dios muestre su poder, para que Él manifieste su gloria. Siempre, desde luego, con la misma condición: que yo entregue esa pequeñez al Señor para que Él haga su obra. Y si yo me desapropio de ella -en vez de retenerla celosamente como cosa mía, diciendo “yo soy así”-,  entonces el Señor actuará. Aquel muchacho sólo tenía cinco panes y dos peces, pero se los dio a Jesús, los puso a su disposición, y con eso el Señor dio de comer a cinco mil hombres y todavía sobró. No son mis cualidades las que me hacen idóneo para el Reino de Dios, sino la capacidad de darle al Señor lo que soy y lo que tengo, por poco que sea. Porque Dios no nos elige porque somos capaces, sino que es la elección de Dios la que nos hace capaces.

Hombre, belleza y Dios



Autor
Fernando Colomer Ferrándiz 

Título
Hombre, belleza y Dios 

Edita 
UCAM 

ISBN 
978-84-18579-76-9 


Pedidos a:

https://store.ucam.edu/ 
  
Y

Librería Diocesana 
Teléfono
(+ 34) 968 21 24 89 


Índice:

I. La belleza en la vida del hombre
II. En la escuela de los grandes clásicos
III. Cómo definir el arte
IV. Qué es una obra de arte
V. El arte, ¿ha de ser sólo arte?
VI. ¿Es fácil percibir la belleza de una obra de arte?
VII. Contemplar una catedral
VIII. El cristianismo y el arte
IX. Naturaleza, arte y Dios
X. El sacerdocio y la belleza 






Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

15 de agosto 

6 de junio de 2021

(Ciclo B - Año impar)






  • Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vosotros (Éx 24, 3-8)
  • Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor (Sal 115)
  • La sangre de Cristo podrá purificar nuestra conciencia (Heb 9, 11-157)
  • Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre (Mc 14, 12-16. 22-26)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

- La Eucaristía es una realidad de amor, es el ofrecimiento de la PRESENCIA de Cristo en nuestra vida, de una manera tangible, palpable, adecuada a nuestro corazón, que es un corazón de hombre, de un ser que es un espíritu pero encarnado, sustancialmente unido a un cuerpo.

            Cuando el marido o el hijo parten hacia la guerra, la esposa o la madre desearían poder acompañarle, para estar con él, para protegerle, para ayudarle. Movida por ese deseo la esposa o la madre le entrega a su esposo o a su hijo algún pequeño objeto -un pañuelo, una fotografía, una medalla, un colgante- pidiéndole que no se separe de él, que lo lleve siempre consigo. Si pudiera, la esposa o la madre se haría ese objeto para poder acompañar al ser amado, porque querer estar presente allí donde está aquel que amo es lo propio del amor, que desea siempre existir junto a aquel a quien se ama.

            Si los hombres pudiéramos, ese pañuelo, ese colgante etc., sería yo mismo en persona, y así estaría siempre contigo y el anhelo de mi corazón amante se cumpliría. Pero los hombres no podemos; Dios, en cambio, sí que puede. Y eso es lo que hizo Jesús aquella tarde-noche del jueves santo cuando instituyó la Eucaristía: “Toda y comed, esto es mi cuerpo”; “tomad y bebed, ésta es mi sangre”. “Mi cuerpo”, “mi sangre”, es decir, “yo”. Yo me hago pan y me hago vino para que me podáis comer y beber y de ese modo entre vosotros y yo exista una unión tan íntima como la que se realiza entre el alimento y quien lo toma.

 - La Eucaristía es la presencia CORPORAL de Cristo.

            Cuando una madre tiene a su hijo ausente durante mucho tiempo, la madre lo tiene siempre presente en su corazón; pero se trata de una presencia espiritual, de una presencia intencional, de pensamiento, de afecto, de corazón. Pero no puede ver, tocar, abrazar a su hijo.

            Jesús dijo en una ocasión: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”  (Mt 18,20). Se trata de la presencia espiritual que Él nos ha prometido y que Él cumple y realiza siempre que nos reunimos en su nombre. Por eso es tan bello reunirse para la oración, para la celebración de la divina liturgia; o sencillamente es tan bello encontrarse como cristianos, pasear, charlar, divertirse, comer juntos como cristianos: porque en todo eso Él está presente en medio de nosotros. Pero lo está de un modo espiritual.

            En la Eucaristía, en cambio, Él está presente de un modo corporal, lo que supone, para nosotros, una relación a un espacio-tiempo, a un lugar, a una materialidad, a algo físico. Esa materialidad, ese lugar, es el TEMPLO y, dentro del templo, el SAGRARIO.

            El templo católico no es como el templo protestante. El templo protestante es un lugar de silencio, ofrecido a la plegaria y a la congregación de la asamblea de los creyentes para escuchar la Palabra de Dios. Pero no está habitado por la presencia corporal de Cristo, no se puede decir de él, como hay que decir del templo católico: “el Maestro está ahí y te llama” (Jn 11,28).

            La presencia corporal de Cristo es una realidad de gracia, distinta de la simple presencia de Dios en todo lo creado y distinta de la presencia espiritual que se actúa cada vez que nos reunimos en su nombre. Es una presencia fruto de una decisión de amor del Señor, inesperada, que ninguno podíamos soñar.

 - La Eucaristía solicita nuestra presencia, porque la Presencia apela a nuestra presencia, a que le dediquemos al Señor tiempo, ante Él, en el lugar en el que Él se hace corporalmente presente, es decir, en el sagrario, en el Santísimo Sacramento expuesto.

            Las visitas al sagrario, el cara a cara con Dios en la adoración del Santísimo Sacramento expuesto, son como un entrenamiento para la eternidad, que consistirá en un ininterrumpido cara a cara con Dios, que colmará el deseo de nuestro corazón: “seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1Jn 3,2). Abrir y desgranar el propio corazón ante el Señor presente en al Eucaristía, arrodillarse o sentarse ante Él, dejarse mirar por Él y mirarle a Él -tal como le dijo al santo cura de Ars aquel campesino-, todo eso es honrar el misterio de amor que la presencia eucarística de Cristo comporta.

            Que no le falte al Señor el homenaje de nuestro amor.