Lunes de la IV Semana de Cuaresma

23 de marzo de 2020
(Ciclo A - Año par)







“Voy a crear” (Is 65, 17-21)

Este mundo en el que vivimos está tan marcado por las consecuencias del pecado que el llanto, la aflicción, la frustración, la muerte, forman parte de él de manera inexorable. Es tan profundo el mal, que no puede ser superado con un remedio parcial. Hace falta un nuevo inicio, un cambio total, la sustitución de este mundo por un mundo nuevo. Y ésta es la buena noticia que nos da el Señor: “voy a crear un nuevo cielo y una nueva tierra” en las que ya no habrá llanto ni gemido porque el mundo nuevo estará sellado por la alegría y el júbilo. Y en ellos la vida no tendrá fin: “habitaré en la casa del Señor por días sin término” (Sal 22, 6).

Creer la palabra de Jesús (Jn 4, 43-54)

“Todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis” (Mc 11, 24). Esta palabra del Señor se cumplió al pie de la letra en el funcionario real que suplicó a Jesús por la vida de su hijo. Porque cuando uno busca a un médico, espera que éste visite al paciente, que lo reconozca y que le ponga un tratamiento. Pero nadie cree que el mejor médico pueda curar a distancia, con sólo su palabra, diciendo: “Anda, tu hijo vive”. Eso supera la capacidad de todo médico y remite al poder de Dios, que habla y, al hablar, crea los seres, tan sólo con su palabra, como se ve en el relato de la creación (Gn 1, 1-27). Al creer en la palabra de Jesús y no insistir más en su petición, este hombre traspasó el umbral de la vida corporal y entró en el ámbito de la vida eterna. “Y creyó él con toda su familia”.

Emergencia sanitaria: La libertad y la autorrestricción

Crecidos en la falsa cultura que dice que el hombre sólo tiene derechos y que el Estado existe para satisfacerlos sin dilación, las circunstancias actuales nos han recordado el papel indispensable de la libertad de cada uno de nosotros, para superar airosamente esta situación. Y me han venido a la mente las palabras de A. Solzhenitsyn: “Tras el ideal occidental de la libertad sin límites, tras el concepto marxista de la liberad como aceptación del yugo de la necesidad, he aquí la verdadera definición cristiana de libertad. ¡La libertad es autorrestricción! ¡Restricción del yo por el bien de los otros!”. Que el Señor nos la conceda.

IV Domingo de Cuaresma

22 de marzo de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • David es ungido rey de Israel (1 Sam 16, 1b. 6-7. 10-13a)
  • El Señor es mi pastor, nada me falta (Sal 22)
  • Levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará (Ef 5, 8-14)
  • Él fue, se lavó, y volvió con vista (Jn 9, 1-41)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

La historia del ciego de nacimiento es como una parábola del bautismo y de la vida cristiana que se inicia con él. Uno de los nombres del bautismo es, precisamente, iluminación, porque mediante él reconocemos que Cristo es la “luz del mundo” y nos dejamos iluminar por Él: “Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz” (2ª lectura).

La liturgia de la palabra de este domingo subraya la gratuidad del bautismo, la gratuidad del don de Dios. De la misma manera que el joven David no había hecho ningún mérito para que fuera elegido por Dios como rey de Israel, el ciego de nacimiento ni siquiera le pide a Jesús que lo cure, su papel es meramente receptivo: está ahí, en la oscuridad de su ceguera. Pero consiente que los dedos del Señor se posen sobre sus ojos con el barro que había hecho con su propia saliva: “Escupió para que advirtieras que el interior de Cristo es luz. Y ve realmente, quien es purificado por lo que procede del interior de Cristo”, escribe San Ambrosio. 

Así pues lo primero para ser cristiano es dejarse alcanzar por Cristo (y esto es lo que hacéis los padres cristianos cuando traéis a vuestros hijos recién nacidos a la Iglesia para que sean bautizados: se los presentáis y ofrecéis a Cristo, para que Él los ilumine). Y esto es, queridos hermanos, lo que hacemos cada vez que recibimos alguno de los sacramentos: nos dejamos alcanzar por Cristo, para que Él nos toque y realice en nosotros su acción salvadora.

Sábado de la III Semana de Cuaresma

21 de marzo de 2020
(Ciclo A - Año par)








Volver al Señor (Os 6, 1-6)

Dios no es un padre que malcría a sus hijos dándoles todos los caprichos que ellos desean, sino que los corrige para que crezcan, para que puedan llegar un día a estar cara a cara con Él, en la gloria del cielo (cf. Hb 12, 5-7). Por eso, al sentir la corrección del Señor, que como toda corrección resulta dolorosa, no hay que huir de Él, sino, al contrario, volver a Él, “porque él ha desgarrado y nos curará; él nos ha golpeado, y él nos vendará”. Y la mejor manera de volver a Él no consiste en hacer grandes sacrificios y mortificaciones sino tener misericordia con los demás. Pues quien es misericordioso “conoce” a Dios, es decir, tiene experiencia de Él. “Quiero misericordia y no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos”.

Mirar a los hombres o mirar a Dios (Lc 18, 9-14)

Todo depende de la dirección de la mirada. Si mi mirada se centra en los hombres, siempre encontraré motivos para considerar que soy mejor que muchos de ellos, pues mi corazón vanidoso ya se encargará de dirigir mi mirada hacia aquellos hombres al lado de los cuales yo pareceré un hombre justo y santo. Pero no hay que mirar a los hombres sino a Dios. Y entonces, ante la santidad del tres veces santo, descubriré mi miseria, mi mezquindad, mi egoísmo, la doblez de mi intención, mi impureza. Y para que podamos mirar a Dios, el Hijo de Dios se ha hecho hombre. Mirar a Cristo, mirar al crucificado-resucitado, es la opción correcta. Para poder verme a mí mismo.

Emergencia sanitaria: Desolación y consuelo

En este tiempo de desolación por no poder celebrar la Eucaristía de manera pública, entro en mi parroquia, más vacía y silenciosa que nunca, y la encuentro iluminada, con las imágenes de san José y de santa Teresita, con el mosaico de san León Magno y de la Virgen María, con la cruz griega que la preside y, ¡oh maravilla!, en el altar, elevado sobre un pequeño tabor, dentro de la custodia, Cristo Jesús, el Viviente, el Resucitado, reinando y hablando al corazón desde ese humilde pedestal. Y comprendo que Él es la columna de fuego que guiaba al pueblo de Israel por la noche en el desierto (Ex 13, 21), y la roca de la que brotó agua para saciar su sed (Ex 17, 1-7), -“y la roca era Cristo”, escribe san Pablo (1Co 10, 4). Y parece que el Señor nos dice: “No temáis, yo estoy en medio de vosotros, yo camino con vosotros y mi amor, que ha vencido a la muerte, es más poderoso que todos los virus y que todas las fuerzas del mal”.


Viernes de la III Semana de Cuaresma

20 de marzo de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • No llamaremos ya "nuestro Dios" a la obra de nuestras manos (Os 14, 2-10)
  • Yo soy el Señor, Dios tuyo; escucha mi voz (Sal 80)
  • El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y lo amarás (Mc 12, 28b-34)
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“Pagaremos con nuestra confesión” (Os 14, 2-10)

Reconocer la verdad es una condición indispensable para “pagar” por nuestros pecados. Y la verdad es que hemos confiado más en nuestras estrategias humanas (“Asiria”, “montar a caballo”) que en la acción de Dios; que de algún modo hemos adorado a lo que es obra de nuestras manos (el progreso, la ciencia, la técnica) en vez de poner nuestra esperanza en Dios. La verdad es que en el corazón de Dios hay compasión hacia el huérfano, es decir, hacia todo aquel que no tiene un valedor humano, porque de ese modo muestra Dios su gloria, su transcendencia, el hecho de que Él no es un elemento más de este mundo, sino “el más allá de todo” (S. Gregorio Nacianceno). Él es el origen, la fuente y el término de todo ser y, cuando damos fruto, ese fruto procede de Él: “de mí procede tu fruto”.

“No estás lejos del reino de Dios” (Mc 12, 28b-34)

¿Por qué dice el Señor al escriba que no está lejos del reino de Dios? Porque el escriba reconoce y afirma una diferencia cualitativa entre el amor a Dios y el amor al prójimo. Porque otorga al amor de Dios una intensidad (“con todo el corazón, con todo el entendimiento, con todo el ser”) que sólo a Dios corresponde. Sólo Dios puede y debe ser amado así. Amar así a un hombre sería idolatrarlo, porque ningún hombre es amor, aunque tenga mucho amor. A los hombres hay que amarlos “como a uno mismo”, es decir, con la conciencia de la propia inadecuación al Amor, pero con la voluntad de que esa inadecuación vaya disminuyendo.

Emergencia Sanitaria: Danos hoy nuestro pan de cada día

El Señor nos ha recomendado pedir a Dios el pan de cada día, no el pan para toda la semana, o para todo el mes, o para todo el año. “Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis (…) Mirad las aves del cielo, no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?” (Mt 6, 25-26). En medio de las compras desaforadas en los supermercados de alimentación, los cristianos podemos dar un testimonio de serenidad y de moderación, de confianza en Dios. Creemos que Dios existe, y que actúa: Él es un Padre amoroso lleno de solicitud y ternura hacia cada uno de nosotros. “Confiadle todas vuestras preocupaciones, pues él cuida de vosotros” (1P 5, 7).

San José

19 de marzo de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • El Señor Dios le dará el trono de David, su padre (2 Sam 7, 4-5a. 12-14a)
  • Su linaje será perpetuo (Sal 88)
  • Apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza (Rom 4, 13. 16-18. 22)
  • Tu padre y yo te buscábamos angustiados (Lc 2, 41-51a)
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No sería correcto interpretar que la Virgen y san José se “despistaron” en relación a su hijo Jesús a la hora de regresar desde Jerusalén a Nazaret. Y esto por dos razones. En primer lugar porque el niño Jesús acababa de cumplir 12 años, como el evangelio se preocupa de subrayar. Doce años era y es la edad en la que un niño judío empieza a ser considerado “adulto”: se le declara “hijo de la Ley”, que a partir de ahora tiene la obligación de estudiar, y adquiere también el deber de defender a su pueblo Israel. A partir de los doce años se produce una inflexión en el trato que los padres dispensan a su hijo: un control agobiante ya no sería pertinente, una cierta libertad y capacidad de iniciativa propia resultan ya necesarias. En segundo lugar, en las caravanas de la época los varones y las mujeres caminaban en grupos distintos y diferenciados, mientras que los niños podían elegir libremente entre caminar en uno u otro grupo. Con toda probabilidad María pensaría que Jesús iba con José y José que iba con María. Al reunirse al anochecer para acampar es cuando se percataron de su error.

Miércoles de la III Semana de Cuaresma

18 de marzo de 2020
(Ciclo A - Año par)







Silencio y memoria (Dt 4, 1. 5-9)

Para la mayoría de los hombres vivir es dejarse llevar por la espontaneidad de su naturaleza, siguiendo los impulsos que “el río de la vida suscita en nosotros". Para los cristianos, en cambio, la vida empieza con el silencio. El silencio necesario para escuchar una palabra que no nace de nosotros sino que viene de fuera, que viene de Otro, que viene de Dios. Acoger en silencio esa palabra y obedecerla es para nosotros la condición indispensable para recibir el don de Dios, que es vida eterna. Y no olvidar. Mantener la memoria de que cada vez que hemos obedecido esa palabra hemos florecido y dado fruto, mientras que, cuando la hemos ignorado, la esterilidad ha corroído nuestra vida.

El sol y las estrellas (Mt 5, 17-19)

Cuando sale el sol nadie se acuerda de las estrellas que, humildes, han tachonado la noche, humanizándola, haciéndola más habitable, sugiriendo que Alguien se acuerda de nosotros y nos acompaña, incluso en la oscuridad de la noche. El sol que nace de lo alto y que nos ha visitado (Lc 1, 78) es Cristo, y en su radiante presencia alguien podría minusvalorar las estrellas que le han precedido, la luz de la Torah, de la Ley de Dios dada a Israel por medio de Moisés, y la ley natural inscrita en el corazón de todos los hombres. Ambas son como estrellas en la noche que antecede a la llegada del Mesías. Y el Mesías no las desprecia: Él valora esas estrellas, y ama a aquellos que las respetan y las aman. Aunque, obviamente, Él es la plenitud de todas ellas. Muchos hombres desconocen el sol y viven todavía en la humilde luz de las estrellas. Que el conocimiento que nosotros hemos recibido de manera gratuita –por pura gracia- del sol, no nos haga despreciar la humilde luz de las estrellas.

Emergencia sanitaria: El papel en el ascensor

Al entrar en el ascensor para subir a mi casa, encuentro un papel pegado a la pared en el que se lee: “Si cualquier persona de este edificio necesita salir de compras y por su edad, condición o cualquier otra circunstancia no puede, no se atreve o prefiere evitar males mayores, puede dirigirse al piso 5º D, sin compromisos, intentaremos ayudar. Un saludo”. En un inmueble donde viven bastantes personas mayores que están solas, es muy de agradecer este gesto: saber que seré bien recibido en el 5º D, - y en otros dos pisos que ya se han añadido a este ofrecimiento- es evitar anticipadamente que alguien pueda vivir la angustia de no saber a quién recurrir. Las situaciones límites tienen esta virtualidad: sacan de nosotros lo peor o lo mejor. En este caso ha sido lo mejor. Gracias vecinos.

Oración a la Virgen María para el momento de morir


Durante mi vida, Madre mía, me habéis llevado de la mano. ¿Cómo podría ser que, en la hora de mi muerte, vuestros dedos se abran y vuestra mano me suelte? ¡Ciertamente no será así! Si vuestra mano soberana soltara mi mano en ese momento, sería sin duda, para tomar un pliegue de vuestro manto y cubrirme con él. 

Madre de mi largo caminar y Madre de mi instante supremo, envolvedme en un pliegue de vuestro manto durante ese corto momento, después del cual, seguro ya de haber atravesado la puerta, yo me lo quitaré de repente, para haceros escuchar mi risa. La risa del niño que ríe, que ríe, porque, gracias a los cuidados de su Madre, todo ha salido bien.


(Oración compuesta por el padre Jerónimo, monje del monasterio de Nuestra Señora de Sept Fons, en Francia, para ayudar a morir a un hermano monje, gravemente enfermo, que se durmió en la paz del Señor el 7 de diciembre de 1989, vigilia de la Inmaculada Concepción, y día en el que cumplía veintiocho años)

Martes de la III Semana de Cuaresma

17 de marzo de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde (Dan 3, 25. 34-43)
  • Recuerda, Señor, tu ternura (Sal 24)
  • Si cada cual no perdona a su hermano, tampoco el Padre os perdonará (Mt 18, 21-35)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

Ahora somos el más pequeño de todos los pueblos (Dan 3, 25.34-43)


“En este momento no tenemos príncipes, ni profetas, ni jefes; ni holocausto, ni sacrificios, ni ofrendas, ni incienso; ni un sitio donde ofrecerte primicias, para alcanzar misericordia”, afirma la primera lectura de hoy, que parece estar describiendo nuestra situación: no tenemos celebración pública de la Eucaristía, no tenemos procesiones, no tenemos besapiés, no tenemos catequesis, ni bodas, ni funerales…Pero podemos tener lo que más le interesa a Dios: “Acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde (…) Que este sea hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados”.

Perdonar de corazón al hermano (Mt 18, 21-35)

Dios nos lo perdona todo menos que no perdonemos. Perdonar de corazón al hermano es un requisito indispensable para entrar en el Reino de Dios. El perdón no es un sentimiento sino un acto de la libertad humana por el que uno decide libre y soberanamente perdonar, pasando por encima de unos sentimientos que le inducirían a no perdonar nunca. Pues el perdón sólo puede perdonar lo imperdonable. Todo lo que se puede comprender y entender no es objeto de perdón, sino de conocimiento. El perdón se le ha dado al hombre para afrontar justamente lo que no tiene perdón. Y de ese modo el hombre se parece a Dios que hace “salir su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos” (Mt 5, 45), que salva al hombre gratuitamente, por pura gracia (cf. Ef 2, 4-8).

Emergencia sanitaria: 
Cristo se sigue ofreciendo todos los días por la salvación del mundo

Cuando iba a ser ordenado presbítero, un amigo cisterciense me escribió una carta dándome este consejo: “nunca consideres que celebrar la Eucaristía tú solo, sin que asista ningún fiel, es algo que carece de sentido”. Las circunstancias de la vida me han permitido verificar la pertinencia de este aviso. Y ahora que, siguiendo las instrucciones de nuestro Obispo, los sacerdotes celebramos todos los días la Eucaristía, de manera privada, vuelvo a percibir la verdad de estas palabras. Pues en la soledad silenciosa del templo, Cristo se sigue ofreciendo al Padre y por Cristo, con Él y en Él sube hacia el Padre del cielo el clamor de los hombres enfermos, el sufrimiento de las separaciones forzadas, la mordedura de las restricciones necesariamente impuestas a nuestra libertad de movimientos y de relaciones, la merma de nuestra economía. Y la entrega sacrificial de Cristo hace que las compuertas del cielo se abran y descienda sobre nosotros la misericordia de Dios.

Lunes de la III Semana de Cuaresma

16 de marzo de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Muchos leprosos había en Israel, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el Sirio (2 Re 5, 1-15a)
  • Mi alma tiene sed del Dios vivo; ¿cuándo veré el rostro de Dios? (Sal 41)
  • Jesús, al igual que Elías y Eliseo, no fue enviado solo a los judíos (Lc 4, 24-30)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

No salva la penitencia sino la obediencia (2 Re 5, 1-15a)

Lo que aleja al demonio de nosotros no son los grandes sacrificios, ni los grandes esfuerzos, sino la humildad, como nos recuerdan constantemente los Padres del desierto y san Francisco de Sales siguiendo su estela. La presencia del mal está misteriosamente vinculada con el orgullo y la vanidad, y por eso es la humildad la que la vence. La primera reacción de Naamán, el general sirio, está determinada por ese orgullo y por esa vanidad, mientras que la actitud de sus servidores está hecha de humildad, de apertura a la realidad. Al hacer caso a sus servidores y obedecer así la palabra de Eliseo, Naamán obtiene la curación de la lepra, y lo que es más valioso todavía, el conocimiento del verdadero Dios: “Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel”.

Aceptar la libertad de Dios (Lc 4, 24-30)

Los hombres somos muy celosos, con toda razón, de nuestra propia libertad. Pero nos cuesta mucho aceptar la libertad de los demás y, sobre todo, la libertad de Dios. Santa Teresita del Niño Jesús inicia el relato de la historia de su vida narrando su descubrimiento de la libertad de Dios para elegir a quien Él quiera y narrando su humilde y gozosa aceptación de este misterio, que la consagraba a ella como pequeña, lejos de las grandezas de otros. Los paisanos de Jesús, que se había criado en Nazaret, no aceptan la libertad de Dios que les recuerda el Señor, y se rebelan tanto contra ella que intentan despeñarlo. Su actitud es la de quienes se consideran propietarios de Dios, de modo que el Señor no puede preferir a otros antes que a ellos. La consecuencia de esta actitud es que Cristo se aleje de ellos: “Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino”.

Emergencia sanitaria: descubrir el precio de la felicidad

El hecho de no poder participar en la celebración eucarística durante este tiempo es un ayuno con el que no contábamos. La privación de la asistencia a la celebración de la realidad más bella, que es la entrega sacrificial de Cristo para la salvación del mundo, tiene que aumentar en nosotros el deseo de ella y hacernos conscientes de la inmensa gracia que supone poder participar en ella siempre que queramos y con tanta facilidad como tenemos en las grandes ciudades de España. La desazón de no poder ver a Cristo entregándose por nosotros “y por muchos” me ha recordado la frase del capítulo XXI de El Principito, en la que el zorro, al pensar que su amigo no va a venir, se agita y se inquieta y exclama: “¡descubriré el precio de la felicidad!”.

INFORMACIÓN

La Parroquia estará abierta según el horario de misas habitual y el Santísimo Sacramento estará expuesto en silencio para la oración personal.


Murcia, 15 de marzo de 2020

INFORMACIÓN

El obispo de Cartagena suspende las celebraciones litúrgicas públicas

III sábado de Cuaresma
A tenor de las medidas adoptadas esta mañana por el gobierno regional, confinando la Región de Murcia para evitar la propagación del Covid-19 y “buscando el bien común de todos”, el obispo de Cartagena, Mons. José Manuel Lorca Planes, ha decretado que se suspendan las celebraciones litúrgicas públicas (celebración de la Eucaristía, así como bodas, bautizos y comuniones) en toda la diócesis de Cartagena, “manteniendo, mientras sea posible, los templos abiertos”.
El obispo decreta además que los sacerdotes celebren la Eucaristía en privado (ellos solos) y que oren a Dios “por toda la población, en especial por los enfermos, ancianos y personal más vulnerable”.
Mons. Lorca recuerda, además, que sigue vigente el decreto publicado ayer por el que dispensa del precepto a todos los fieles de la diócesis de Cartagena durante el tiempo que dure la actual situación pandémica, invitándoles a seguir las celebraciones de la Eucaristía a través de las retransmisiones de los medios de comunicación.
El prelado afirma que tiene presente en sus oraciones a sacerdotes, religiosos y fieles laicos a quienes pide “que intensifiquen en este tiempo su cercanía a Dios y su vida de piedad” y ruega que sigan las instrucciones de las autoridades “para seguir procediendo con unanimidad por el bien común”.

III Domingo de Cuaresma

15 de marzo de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Danos agua que beber (Éx 17, 2)
  • Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: "No endurezcáis vuestro corazón" (Sal 94)
  • El amor ha sido derramado en nosotros por el Espíritu que se nos ha dado (Rom 5, 1-2. 5-8)
  • Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna (Jn 4, 5-42)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf
Invoquemos, hermanos, con corazón unánime a Dios Padre todopoderoso, fuente y origen de todo bien.
  • Por la paz y unidad de la santa Iglesia y por la conversión de los pueblos paganos a la fe verdadera, roguemos al Señor.
  • Por los gobernantes de España y de todas las naciones, para que acierten en su gestión de la crisis sanitaria que nos aflige, roguemos al Señor.
  • Por los enfermos y por todos los que sufren, para que el Señor llene su corazón de esperanza y les conceda la salud del cuerpo y del alma, roguemos al Señor.
  • Por los médicos y por todo el personal sanitario, para que el Señor los sostenga en su admirable labor en favor de los enfermos y les conceda sabiduría y fortaleza, roguemos al Señor.
  • Por todos nosotros, por nuestros familiares, amigos y enemigos, y por los cristianos que son perseguidos, roguemos al Señor.
Escucha, Padre de bondad, nuestras plegarias, líbranos de todo mal y pon en el corazón de los niños y de los ancianos, de los jóvenes y de los adultos, y de las personas que están solas, el agua viva de tu Espíritu, que salta hasta la vida eterna. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Salmo 83

Catequesis parroquial nº 157
(Ejercicios Espirituales, Cuaresma 2020)

Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 5 de marzo de 2020

Para escuchar la charla en ivoox, pulse aquí: https://www.ivoox.com/48645835

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La enseñanza de los Padres del desierto (II): La acedía

Catequesis parroquial nº 156
(Ejercicios Espirituales, Cuaresma 2020)

Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 4 de marzo de 2020

Para escuchar la charla en ivoox, pulse aquí: https://www.ivoox.com/48645684

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La vejez como tarea espiritual

Catequesis parroquial nº 155
(Ejercicios Espirituales, Cuaresma 2020)

Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 3 de marzo de 2020

Para escuchar la charla en ivoox, pulse aquí: https://www.ivoox.com/48645535

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II Domingo de Cuaresma

8 de marzo de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Vocación de Abrahán, padre del pueblo de Dios (Gén 12, 1-4a)
  • Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti (Sal 32)
  • Dios nos llama y nos ilumina (2 Tim 1, 8b-10)
  • Su rostro resplandecía como el sol (Mt 17, 1-9)
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La sonrisa


En el supermercado, en el pasillo de las bebidas, una señora ha chocado conmigo y yo le he sonreído. Ella ha sonreído a su vez y se ha llevado mi sonrisa, la suya, al estante de los lácteos. Allí, delante de los yogures, un muchacho que la miraba ha sonreído y ha caminado hasta el cajero. El anciano que había delante, en la cola, sonrió al verlo sonreír. Y así sucesivamente. Me he preguntado dónde acabará la sonrisa que he comenzado. La sonrisa es contagiosa, pandémica, por muy gris que sea el día. Se propaga de rostro en rostro como un fuego blanco. Creo en el ser humano. Aunque el mundo parezca injusto. Una sonrisa basta para devolverme la confianza. Mi sonrisa en otras bocas, cada vez más lejos de mí, ya ha salido del supermercado y está en otro barrio. Estas pequeñas cosas me redimen. Una sola palabra amable borra las frases que ha escrito el diablo en la pizarra del tiempo.




Autor: Jesús MONTIEL
Título: Sucederá la flor
Editorial: Pre-textos, Valencia, 2018, (p. 42)










I Domingo de Cuaresma

1 de marzo de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Creación y pecado de los primeros padres (Gén 2, 7-9; 3, 1-7)
  • Misericordia, Señor, hemos pecado (Sal 50)
  • Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rom 5, 12-19)
  • Jesús ayuna cuarenta días y es tentado (Mt 4, 1-11)
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El corazón del monje


Yo debía tener nueve o diez años. La familia estaba reunida alrededor de la mesa y nosotros comentábamos los sucesos de la jornada. Mi padre, un veterinario rural en el sur de Noruega, nos contó un encuentro turbador que había tenido ese día. Al llegar a una granja, había encontrado a su propietario trabajando el heno. Como hacía calor, el granjero, que no era precisamente joven, trabajaba con el torso desnudo. Su espalda, dio mi padre, estaba marcada por profundas cicatrices, señales inequívocas de flagelación. El hombre había sido prisionero de los alemanes durante la guerra, y había sufrido terribles torturas. Las marcas de este encarcelamiento, que normalmente permanecían escondidas, se mostraban ahora, como un testimonio involuntario, como una especie de confesión.

Nadie comentó este suceso, y la conversación tomó otros derroteros. Pero la imagen de esas heridas quedó grabada en mi espíritu e hicieron que, en una edad tan temprana, yo empezara ya a comprender que llegar a ser un hombre, suponía asumir una pesada carga; y que esa carga tenía que ser llevada con una fuerza que venía del interior; que se me había asignado una misión particular, que yo todavía no había identificado, y que me debía preparar para ser digno de ella.

El látigo, cuya imagen marcó mi infancia, continua siendo lo que siempre fue: sigue infligiendo verdaderas heridas que piden ser contempladas y sobre las cuales hay que llorar. Pero que pueden también ser curadas si son iluminadas por el resplandor del fuego que destruye las tinieblas, venido a este mundo bajo forma de amor, y que tan solo necesita un pequeño madero para inflamarse. Una vez que yo comprendí que hacerse monje era ofrecer su vida como un pequeño trozo de madera seca para que este fuego ardiera, adquirí una certeza: que era la única cosa que yo deseaba. Porque ese modo de vida me permitiría asumir, con total libertad, la tarea que me fue dada desde mi infancia, por una extraña anticipación.

Es una tarea que me solicita en todas las direcciones. Ser monje es habitar un universo sin límites, desgarrado entre alturas y profundidades, longitudes y anchuras que rozan el infinito. Vivida con sinceridad, la vida monástica es un hábitat de transformación. Los Padres describen como el corazón del monje es machacado, abierto y curado. Y como empieza a dilatarse hasta contener el mundo entero, interpelando a Dios por la angustia de los hombres y recordando a los hombres la indulgencia de Dios. El corazón del monje, como el de Cristo, es un tabernáculo. El corazón del monje se eleva en una alegría llena de confianza, precisamente porque ha sido puesta a prueba. La alegría que me faltó a menudo en mi juventud, me ha sido dada ahora, a la vez nueva y familiar. Sigo viendo las tinieblas, ¿cómo podría impedirlo? Pero han perdido ya su maleficio, porque sé que han sido traspasadas pro la luz: “Ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día” (Sal 138, 12). Esto, por encima de todo, no debe jamás ser olvidado.

(Erik VARDEN, Quand craque la solitude. La Mémoire et la Vie, Les Éditions du Cerf, Paris, 2018, pp. 9 ; 12 ; 17-18)

VII Domingo del Tiempo Ordinario

23 de febrero de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lev 19, 1-2. 17-18)
  • El Señor es compasivo y misericordioso (Sal 102)
  • Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios (1 Cor 3, 16-23)
  • Amad a vuestros enemigos (Mt 5, 38-48)
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Esperar contra toda esperanza


“ESPERAR CONTRA TODA ESPERANZA” (Rm 4,18): LOS PECADOS Y LAS PRUEBAS DE LA ESPERANZA

El hombre está dividido hasta en sus profundidades, pues está atravesado por dos tendencias contrarias, constitutivas de su ser. Una que viene de Dios y que consiste en una afirmación del ser, en un tender hacia la plenitud del ser (y en esta tendencia se inserta la esperanza). La otra tendencia que viene de abajo, de la nada, y que tiende a engullir al hombre en el abismo de la nada del que lo ha sacado el acto creador de Dios; esta tendencia al no ser se manifiesta en el hombre por medio de una sutil y traidora nostalgia. “Dios, escribe Santo Tomás, no puede ser el origen de esta tendencia al no ser; es la propia criatura la causa de esta tendencia porque ella procede del no ser”.

La manifestación más evidente de esta tendencia al no ser es la desesperanza, que puede llegar hasta la desesperación. Se suele manifestar en forma de negación no de la omnipotencia divina en sí misma, sino de la posibilidad de ser perdonado en una determinada situación, en un determinado caso particular en el que se encuentra el sujeto. Hay una cierta tristeza insidiosa, que los antiguos llamaron acedía, que deprime el alma y que predispone de lejos a la desesperación. Hace falta, como observa Santo Tomás, un gran esfuerzo para que quien vive sumergido en la tristeza, sea sacudido y elevado hasta la consideración de las cosas “grandes y bellas. Por eso es muy importante “servir al Señor con alegría”. También la lujuria es causa remota de la desesperación; pues el hombre que vive entregado a ella pierde la libertad para desear las cosas espirituales, que se le convierten en extrañas, en fastidiosas, y acaban por desaparecer de su horizonte como ocurre tristemente hoy en día con algunos ancianos, cuya esperanza vital está definida por la lujuria).

Al pecado de desesperanza corresponde, en sentido contrario, el pecado de presunción que consiste en apelar a la misericordia divina para continuar pecando, rechazando las continuas invitaciones divinas al arrepentimiento. La presunción es un pecado contra el Espíritu Santo, puesto que es Él, de manera especial, quien desde dentro de nuestro corazón nos llama constantemente a la conversión. El “juego” de la presunción puede ir muy lejos; pero es un juego muy peligroso: “No os engañéis: de Dios nadie se burla. Pues lo que uno siembre, eso cosechará: el que siembre para su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siempre para el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna” (Ga 6,7-8).

Y sin embargo, afirma Santo Tomás, que, en igualdad de condiciones, la presunción es un pecado menor que la desesperación. Porque la presunción ofende a Dios en su Justicia mientras que la desesperación lo ofende en su Bondad infinita, por la que Él se inclina esencialmente a la misericordia y al perdón. También Santa Catalina de Siena sostiene esta opinión: “Utilizan ciertamente mal mi Bondad aquellos que, apoyándose en ella, siguen pecando. Pero yo no les quito la esperanza en la misericordia, para que en el último momento tengan a qué agarrarse y ello les impida caer en la desesperación bajo el peso de los remordimientos. Pues el pecado de desesperación me ofende más y es el más mortal de todos los pecados que hayan cometido a lo largo de su existencia” (Diálogo, cap. 132).


VI Domingo del Tiempo Ordinario

16 de febrero de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • A nadie obligó a ser impío (Eclo 15, 15-20)
  • Dichoso el que camina en la ley del Señor (Sal 118)
  • Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria (1 Cor 2, 6-10)
  • Así se dijo a los antiguos; pero yo os digo (Mt 5, 17-37)
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Protégeme del adversario

Oh Creador mío y Padre de bondad,
que conoces la pequeñez de mi naturaleza,
mantén lejos de mí la impetuosidad del adversario,
arranca de mis miembros la semilla del pecado,
extingue su ardor de mi corazón. Aproxima la mano de la curación
hasta mí y que ella cure los engaños de mi alma.

Liga mis sentidos interiores
con los lazos de la cruz.
acrecienta en mí la plenitud de tu amor,
mediante la comprensión del Crucificado.
Introduce mi pensamiento en el secreto de los misterios
de los que es portadora la cruz.
Graba en mi memoria la humildad de tu Hijo;
haz que crezca en mí el asombro
por la gracia de la salvación,
que has llevado a cabo en mi favor.

(Isaac de Nínive - Siglo VII)

V Domingo del Tiempo Ordinario

9 de febrero de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Surgirá tu luz como la aurora (Is 58, 7-10)
  • El justo brilla en las tinieblas como una luz (Sal 111)
  • Os anuncié el misterio de Cristo crucificado (1 Cor 2, 1-5)
  • Vosotros sois la luz del mundo (Mt 5, 13-16)
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La necesidad de consuelo

[El autor de este texto fue Stig Dagerman (1923-1954), poeta, novelista y crítico que se suicidó a los 31 años. Nihilista convencido, conocía demasiado bien la fuerza gravitacional que nos atrae hacia la tumba. En sus obras dirige una mirada tierna sobre las vidas de los seres humanos ordinarios. Pero, alejado como estaba de una visión bíblica, carecía de un impulso hacia las alturas, de una esperanza, y percibía la existencia humana como carente de sentido (Erik VARDEN, Quand craque la solitude. La Mémoire et la Vie, Les Éditions du Cerf, Paris, 2019, pp. 34-37)]

“No tengo fe y por lo tanto no puedo ser feliz, pues un hombre que teme que su vida sea un caminar absurdo hacia una muerte cierta no puede ser feliz. No he recibido en herencia ni dios, ni un punto fijo sobre la tierra en el que yo pueda llamar la atención de un dios: tampoco me han transmitido el furor disfrazado del escéptico ni el candor ardiente del ateo. En consecuencia no me atrevo a arrojar la piedra a quien cree en cosas que no me inspiran más que dudas, ni a quien cultiva su duda como si esta no estuviera, también, rodeada de tinieblas. Pues esa piedra me alcanzaría a mí mismo que estoy muy seguro de una cosa: que la necesidad de consuelo que posee el ser humano es imposible de saciar.

Por lo que a mí se refiere, persigo el consuelo como el cazador persigue a su presa. Dondequiera que me parece verlo en la selva de la vida, disparo. Muchas veces solo alcanzo el vacío pero, de cuando en cuando, una presa cae a mis pies. Y como sé que el consuelo solo dura lo que dura un soplo de viento en la cima de un árbol, me apresuro a apoderarme de mi víctima”. 

“Como uno a quien su madre consuela, así yo os consolaré y en Jerusalén seréis consolados” (Isaías 66, 13).
Stig Dagerman


Presentación del Señor

2 de febrero de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Llegará a su santuario el Señor a quien vosotros andáis buscando (Mal 3,1-4)
  • El Señor, Dios del universo, él es el Rey de la gloria (Sal 23)
  • Tenía que parecerse en todo a sus hermanos (Heb 2, 14-18)
  • Mis ojos han visto a tu Salvador (Lc 2, 22-40)
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La caridad

Madre Teresa afirmaba que sin la presencia intensa y ardiente de Dios en nuestro corazón, sin una vida de profunda e intensa intimidad con Jesús, somos demasiado pobres para ocuparnos de los pobres. Pues es Jesús, presente en nosotros, quien nos empuja hacia los pobres. Sin él, no podemos hacer nada. Pues nosotros somos muy pocas veces capaces de hacer el don de nosotros mismos a los demás. Los cristianos no están solo llamados a comprometerse en acciones humanitarias, porque la caridad va más allá. Con frecuencia, la acción de las organizaciones no gubernamentales humanitarias que yo he podido observar en África o en otros lugares es verdaderamente útil. Pero tiene siempre tendencia a convertirse en un comercio en el que se mezclan los intereses egoístas y la generosidad.

La verdadera caridad es gratuita: no espera nada en contrapartida. La verdadera gratuidad procede de aquel que ha dado su vida gratuitamente por nosotros. La caridad es así una participación en el amor mismo del corazón de Jesús a los hombres. Sin Cristo, la caridad es una mascarada. Cuando las hermanas de Madre Teresa llegan a un país, no piden nada. No desean más que servir en las chabolas más oscuras, humildemente, con la sonrisa, después de haber contemplado durante mucho tiempo al Señor. Lo único que quieren es que un sacerdote vaya a celebrarles la misa cada día a su casa. Estas mujeres saben que es imposible tener caridad sin la ayuda del Hijo de Dios, pues la fuente del amor es Dios. 

Estoy convencido de que las organizaciones caritativas católicas no pueden ser unas ONG entre otras. Tienen que ser la expresión de una fe radiante en Jesucristo. Todos los grandes santos que han servido a los pobres han fundado su trabajo caritativo en el amor de Dios.



Cardinal Robert SARAH avec Nicolas DIAT
"Le soir approche et déjà le jour baisse"
 Fayard, 2019 (pp. 46-47) 






III Domingo del Tiempo Ordinario

26 de enero de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • En Galilea de los gentiles el pueblo vio una luz grande (Is 8, 23b - 9,3)
  • El Señor es mi luz y mi salvación (Sal 26)
  • Decid todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros (1 Cor 1, 10-13. 17)
  • Se estableció en Cafarnaún, para que se cumpliera lo dicho por Isaías (Mt 4, 12-23)
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El milagro de la esperanza


EL DESEO DEL HOMBRE, ENCLAVE DE LA ESPERANZA

La esperanza, junto con la fe y la caridad, constituyen las tres virtudes teologales que fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano, informando y vivificando todas las virtudes morales. Las tres virtudes teologales son infundidas por Dios en el alma de los fieles por el bautismo y son la garantía de la presencia y de la acción del Espíritu Santo en el hombre (CEC 1266 y 1813).

“La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo” (CEC 1817)

“La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad” (CEC 1818).

La fe, la esperanza y la caridad, siendo distintas van siempre unidas y constituyen la articulación fundamental del organismo espiritual del cristiano. El gran poeta cristiano Charles Péguy ha sabido cantar esta unidad diferenciada de las tres virtudes teologales en este magnífico texto:

“Porque mis tres virtudes, dice Dios, mis criaturas,
mis hijas, mis niñas,
son como mis otras criaturas de la raza de los hombres:
la Fe es una esposa fiel.
la Caridad es una madre, una madre ardiente, toda corazón,
o quizá es una hermana mayor que es como una madre.
Y la Esperanza es una niñita de nada
que vino al mundo la Navidad del año pasado
y que juega todavía con enero, el buenazo,
con sus arbolitos de madera de nacimiento, cubiertos de escarcha pintada,
y con su buey y su mula de madera pintada,
y con su cuna de paja que los animales no comen porque son de madera.
Pero, sin embargo, esta niñita esperanza es la que atravesará los mundos, esta niñita de nada,
ella sola, y llevando consigo a las otras dos virtudes,
ella es la que atravesará los mundos llenos de obstáculos.
Como la estrella condujo a los tres Reyes Magos desde los confines del Oriente, hacia la cuna de mi Hijo,
así una llama temblorosa, la esperanza,
ella sola guiará a las virtudes y a los mundos,
una llama romperá las eternas tinieblas.

Por el camino empinado, arenoso y estrecho,
arrastrada y colgada de los brazos de sus dos hermanas mayores,
que la llevan de la mano,
va la pequeña esperanza
y en medio de sus dos hermanas mayores da la sensación de dejarse arrastrar
como un niño que no tuviera fuerza para caminar.
Pero, en realidad, es ella la que hace andar a las otras dos,
y la que las arrastra,
y la que hace andar al mundo entero
y la que le arrastra.
Porque en verdad no se trabaja sino por los hijos
y las dos mayores no avanzan sino gracias a la pequeña.”

La esperanza es el oxígeno del que todo hombre necesita para poder respirar y crecer. La esperanza consiste en desear alcanzar algo que está fuera de nosotros. La esperanza es un poder interior, una potencia espiritual que nos religa a una realidad transcendente, distinta de nosotros. Ella es el resorte eficaz de toda existencia, el motor de todas las grandes búsquedas de la humanidad. La esperanza es la que hace posible todo nuevo intento y todo nuevo impulso.

“¿Alguien nos ha prometido alguna vez algo? Entonces, ¿por qué esperamos?”, escribe C. Pavese. La espera es la estructura misma de nuestra naturaleza, la esencia de nuestra alma; no es un proyecto nuestro, se nos da. Por eso la promesa está en el origen mismo de nuestra hechura y la vida es este continuo “tender a”, tender hacia la promesa. 

II Domingo del Tiempo Ordinario

19 de enero de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación (Is 49, 3. 5-6)
  • Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad (Sal 39)
  • A vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo (1 Cor 1, 1-3)
  • Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29-34)
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Salve, Madre de Dios

¡Salve, Señora, santa Reina,
santa Madre de Dios, María,
virgen convertida en templo,
y elegida por el santísimo Padre del cielo,
consagrada por Él con su santísimo Hijo amado
y el Espíritu Santo Paráclito;
que tuvo y tiene toda la plenitud de la gracia
y todo bien!
¡Salve, palacio de Dios!
¡Salve, tabernáculo de Dios!
¡Salve, casa de Dios!
¡Salve, vestidura de Dios!
¡Salve, esclava de Dios!
¡Salve, Madre de Dios!


(San Francisco de Asís)

Oración en formato pdf

Bautismo del Señor

12 de enero de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Mirad a mi siervo, en quien me complazco (Is 42, 1-4. 6-7)
  • El Señor bendice a su pueblo con la paz (Sal 28)
  • Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo (Hch 10, 34-38)
  • Se bautizó Jesús y vio que el Espíritu de Dios se posaba sobre él (Mt 3, 13-17)
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Las trencitas de Noemí

Alejandro ve el radar y enseguida levanta el pie del acelerador. Es la primera vez que hace este recorrido en medio de un panorama desolador: naves abandonadas, malezas, escombros. Después de una larga curva, la ve. Minifalda, bolso al hombro y botas a medio muslo. Cuando pasa a su lado, durante unos segundos sus miradas se cruzan. Tiene la impresión de que quiere decirle algo. En el primer cruce, hace una inversión y vuelve atrás. “¿Qué estoy haciendo? Estoy yendo a ver a una prostituta”, piensa para sí. Se acerca, baja la ventanilla. La mujer se le acerca: “Hola guapo, ¿qué quieres? El precio para 15 minutos…”. La interrumpe enseguida. “No, no. Solo quiero saber tu nombre y de dónde vienes”. “¿Mi nombre? Me llamo Noemí, soy africana, de Nigeria. ¿Y tú?”. “Alejandro. Estoy casado, tengo una hija y otra en camino para septiembre…”. Siguen hablando, él en el coche y ella apoyada en la ventanilla. Al cabo de diez minutos, Alejandro mira el reloj: “Es tarde, discúlpame, pero tengo que irme. Me esperan en casa”. Noemí se ajusta el bolso al hombro: “Yo también me voy. Hoy acabo antes de ‘trabajar’”.

Por la noche, Alejandro le cuenta a su mujer ese extraño encuentro. “Tendrías que haber visto cómo tenía el pelo. Un enjambre de trencitas perfectas ensartadas con perlitas coloreadas”. La mujer le sorprende diciendo: “Mañana tienes que volver a verla”. “¿Lo dices en serio?”. “Claro. Vas a verla durante la pausa para comer y te llevas unos bocatas. Te los preparo yo muy ricos”.

Al día siguiente, Alejandro aparca un poco lejos y se acerca a la joven. “Hola. He vuelto para invitarte a comer”. Noemí le mira extrañada. “No es una invitación a comer en un restaurante. Mi mujer me ha preparado unos bocatas riquísimos”. Mientras comen sentados en el coche, Noemí le pregunta: “¿por qué estás aquí pasando un tiempo conmigo de un modo ‘muy distinto’ a como lo hacen los demás hombres?”. “Ayer me llamó la atención tu mirada. Y tus trencitas”. La mujer se toca la cabeza y ríe. “¿Sabes? En Nigeria trabajaba de peluquera. Allí tengo tres hermanas”. Hablan de todo durante dos horas. Cuando se despiden, Noemí le dice: “¡Qué contenta estoy! Desde hoy tengo un amigo. Ya no estoy sola”.

Alejandro vuelve más veces a comer con Noemí. Luego un día llega y ella no está. Pregunta a las otras chicas que están por ahí, pero nadie sabe nada. Noemí ha desaparecido.

Al cabo de un año, le llega este WhatsApp: “Querido Alejandro, ¿qué tal estás? Espero que estéis bien tu familia y tú. Por fin estoy en mi casa, en Nigeria. Te escribo para decirte que estoy feliz. No puedo olvidar tu amistad. No puedo olvidar tus ojos tan limpios y tu mirada. Me hablabas siempre con tus ojos, haciéndome sentir lo que yo era, aun con la vergüenza por lo que hacía. Me animaron para que no me sintiera sola y excluida del mundo, me hicieron descubrir que mi persona tiene un valor. Nunca he olvidado el primer día que comimos juntos. Tú y tus ojos me habéis ayudado a empezar de nuevo. Nunca te olvidaré. Que te vaya bien. Noemí”.


Extraído de Huellas. Litterae communionis. Revista internacional de Comunión y Liberación en lengua española, Junio 2019, p. 56.








Epifanía del Señor

6 de enero de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • La gloria del Señor amanece sobre ti (Is 60, 1-6)
  • Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra (Sal 71)
  • Ahora ha sido revelado que los gentiles son coherederos de la promesa (Ef 3, 2-3a. 5-6)
  • Venimos a adorar al Rey (Mt 2, 1-12)
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Domingo II después de Navidad

5 de enero de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • La sabiduría de Dios habitó en el pueblo escogido (Eclo 24, 1-2. 8-12)
  • El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Sal 147)
  • Él nos ha destinado por medio de Jesucristo a ser sus hijos (Ef 1, 3-6. 15-18)
  • El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 1-18)
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Santa María, Madre de Dios

1 de enero de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré (Núm 6, 22-27)
  • Que Dios tenga piedad y nos bendiga (Sal 66)
  • Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer (Gál 4, 4-7)
  • Encontraron a María y a José y al niño. Y a los ocho días, le pusieron por nombre Jesús (Lc 2, 16-21)
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