Cuerpo, alma y espíritu

Hablar de cuerpo, alma y espíritu, como integrantes del ser humano, es una manera de expresar la complejidad del ser del hombre. Así lo hizo Edith Stein –santa Teresa Benedicta de la Cruz- en su reflexión sobre el ser del hombre. Esta antropología tripartita tiene un innegable fundamento bíblico, patrístico y místico.

La antropología bíblica es profundamente unitaria. En ella el hombre vive y se interpreta a sí mismo como unidad, aunque esa unidad puede presentar aspectos diversos según las diferentes relaciones en las que está inserto el hombre. Así la antropología bíblica, siendo unitaria, es “tricotómica”, en cuanto que ve al hombre bajo tres aspectos diferentes: como carne, como alma y como espíritu. Basar (“carne”, en hebreo), traducido al griego como sarx y al latín como caro, expresa la totalidad del ser humano bajo el aspecto de ser débil y frágil. Nefesh significa en hebreo garganta, cuello, respiración, aliento vital o vida, y fue traducido al griego como psyché y al latín como anima. Con este término se expresa la totalidad del ser humano como ser viviente, por eso a veces el término sirve para expresar el pronombre personal (yo, tú, él): anima mea tristis est. Finalmente el término hebreo ruah, traducido al griego como pneuma y al latín como spiritus designa la totalidad del ser humano en cuanto ser capaz de abrirse a Dios, de escucharle y de dejarse vivificar por Él.

Asunción de la Bienaventurada Virgen María

15 de agosto 

 

15 de agosto de 2024

(Ciclo B - Año par)





  • Una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies (Ap 11, 19a; 12, 1-6a. 10ab)
  • De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir (Sal 44)
  • Primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo (1 Cor 15, 20-27a)
  • El Poderoso ha hecho obras grandes en mí: enaltece a los humildes (Lc 1, 39-56)
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Celebramos hoy, queridos hermanos, la solemnidad de la Asunción de la bienaventurada Virgen María, en cuerpo y alma, al cielo. Lo que la liturgia propone hoy a nuestra contemplación es el destino final en el que se encuentra la Madre del Señor desde que terminó el curso de su vida terrena, diciéndonos que ella ha alcanzado ya plenamente el estado glorioso que tendrán, a partir del último día, todos los justos resucitados o los que, por vivir todavía cuando vuelva el Señor, serán transformados sin pasar por la muerte, tal como anuncia san Pablo: “He aquí que os anuncio un misterio: no todos moriremos, pero todos seremos transformados” (1Co 15, 51).

Los santos que están en el cielo se encuentran en un estado todavía provisional, en cuanto que una parte de su ser, el cuerpo, ha quedado aquí en la tierra, dejando de ser un cuerpo viviente, bien porque haya conocido la corrupción del sepulcro, o bien porque, aunque esté incorrupto, no es un cuerpo viviente, ya que lo que da vida al cuerpo es el alma, y el alma ya no está allí. Su espíritu y su alma están con el Señor y son colmados por la felicidad de contemplar su gloria; pero su cuerpo espera paciente el día de la segunda venida de Cristo, de su venida gloriosa, el día de la Parusía, para resucitar por la fuerza y el poder del Espíritu Santo, y ser transformado en un cuerpo espiritual, un cuerpo glorioso, tal como afirma san Pablo: “Así también en la resurrección de los muertos: se siembra corrupción, resucita incorrupción (…) se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual” (1Co 15, 42.44), y volver a unirse con su espíritu y su alma en la felicidad total del cielo.

Frases...

La complejidad del hombre

“Todos sabemos que el ser humano es complejo, múltiple, contradictorio, que está lleno de sorpresas, pero hace falta una época de guerra o de grandes transformaciones para verlo. Es el espectáculo más apasionante y más terrible del mundo. El más terrible porque es el más auténtico. Nadie puede presumir de conocer el mar sin haberlo visto en la calma y en la tempestad. Sólo conoce a los hombres y las mujeres quien los ha visto en una época como ésta”.





Autor: Irène NÉMIROVSKY
Título: Suite francesa
Editorial: Salamandra. Barcelona, 2005, (pp. 410-411).


XIX Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 


11 de agosto de 2024

(Ciclo B - Año par)





  • Con la fuerza de aquella comida, caminó hasta el monte de Dios (1 Re 19, 4-8)
  • Gustad y ved qué bueno es el Señor (Sal 33)
  • Vivid en el amor como Cristo (Ef 4, 30 - 5, 2)
  • Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo (Jn 6, 41-51)
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“Levántate, come, que el camino es superior a tus fuerzas”. Con estas palabras que el ángel dice al profeta Elías se nos está anunciando una gran verdad: que el cristianismo no es humano sino divino, que no es una realidad que nosotros podamos establecer con nuestra voluntad y nuestro esfuerzo, que no es una realidad natural sino sobrenatural, una realidad que viene del cielo y que solo puede ser vivida si el mismo cielo –es decir, el mismo Dios- nos suministra un alimento que nos haga capaces de vivirla. Ese alimento es el pan y el agua que el ángel da al profeta Elías, y que le permiten caminar “durante cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios”, evidentemente no por la fuerza natural del agua y del pan, sino por el hecho sobrenatural de que ese pan y esa agua han sido otorgadas por Dios a través de su ángel.

Ese pan y esa agua son una profecía lejana de la eucaristía, que el Señor anunció en el evangelio el domingo pasado. Para vivir el cristianismo hace falta tomar ese alimento sobrenatural que es Cristo mismo, hecho pan y hecho vino por nosotros, -su cuerpo y su sangre-, que se nos entrega en cada celebración eucarística. Pues el cristianismo, como su nombre indica, es la prolongación de la presencia de Cristo mismo en medio de los hombres, y por lo tanto el único que lo puede realizar es el propio Señor, que se nos da a nosotros en alimento para “cristificarnos”, para hacernos “cristiformes”, portadores de su presencia a lo largo de la historia humana.

El silencio y la vida monástica

Un sacerdote –y también un cristiano- debe dejar un lugar importante en su vida al silencio: es vital que pueda permanecer a la escucha de Dios y de las almas que se le confían. En la formación monástica es sumamente importante para un sacerdote aprender a no hablar sin motivo. Porque la predicación implica silencio. En el ruido, el sacerdote pierde el tiempo: la cháchara es una lluvia ácida que acaba por arruinar nuestra meditación.

El silencio de Dios debería enseñarnos cuándo hablar y cuándo callar. Ese silencio que nos lleva a entrar en la verdadera liturgia es un momento para alabar a Dios, confesarlo delante de los hombres y proclamar su gloria. Recuerdo que los domingos todos los habitantes del poblado cuidaban con celo sus largos tiempos de oración personal. Estábamos en presencia de la Presencia.

El objetivo de la vida monástica consiste en alcanzar un estado más o menos habitual de oración y penitencia, de liturgia y estudio, de trabajo manual y oración. Sus días deben ir convirtiéndose poco a poco en una oración ininterrumpida: el monje se mantiene unido a Dios en todas sus ocupaciones. “El silencio y la soledad, la escucha y la meditación de la palabra sitúan constantemente el alma del monje bajo la influencia directa e íntima de la acción divina”, dice Thomas Merton.

XVIII Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 


4 de agosto de 2024

(Ciclo B - Año par)




  • Haré llover pan del cielo para vosotros (Ex 16, 2-4. 12-15)
  • El Señor les dio pan del cielo (Sal 77)
  • Revestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios (Ef 4, 17. 20-24)
  • El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed (Jn 6, 24-35)
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El evangelio de hoy, queridos hermanos, es un fragmento del largo discurso que Jesús hizo en la sinagoga de Cafarnaún después de haber multiplicado los panes y los peces.

Los milagros que hacía el Señor le reportaban disgustos y preocupaciones, porque él los hacía como “signos” de una realidad que era la verdaderamente importante y definitiva, la del Reino de Dios que él había venido a instaurar, y Jesús constataba que, para muchos hombres, no eran signo de una realidad ulterior y definitiva, sino que eran ya el cumplimiento de lo que anhelaban: anhelaban únicamente la satisfacción de sus necesidades materiales. De ahí el amargo reproche que hace el Señor: “Me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros” (Jn 6,26). Es una manera de decir: vuestras aspiraciones no rebasan el ámbito de lo material, del hambre y de la sed del cuerpo, mientras que yo he venido para saciar el hambre y la sed de vuestro corazón. El Señor les pide –nos pide- una reorientación del deseo y del esfuerzo por satisfacerlo: “Trabajad no por el alimento que perece sino por el que perdura para la vida eterna” (Jn 6,27).

Vendrá a juzgar


1. El juicio particular.

Está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio (Hb 9,27). La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo (cfr. 2Tm 1,9-10). El Nuevo Testamento habla del juicio precisamente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno, como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro (Lc 16,22) y la palabra de Cristo en la cruz al buen ladrón (Lc 23,43), hablan de un último destino del alma, alcanzado con el hecho de morir. Por eso la Iglesia enseña que cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación (purgatorio), bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo (cielo), bien para condenarse inmediatamente para siempre (infierno) (cfr. CAT 1021-1022).

2. La venida gloriosa del Señor.

El tiempo de la Iglesia y de la misión, que se inicia con la ascensión del Señor, terminará con su venida gloriosa o parusía: Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Éste que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo (Hch 1,11). Esta venida de Jesús no acontecerá en la humildad de la carne, como en su encarnación, ni tampoco bajo los velos del sacramento, de la palabra y del prójimo, como en el tiempo de la historia, sino de manera gloriosa: Verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria (Mt 24,30). En la parusía el Señor consumará la obra de salvación iniciada con su encarnación, muerte y resurrección, llevándola a su plenitud total.

XVII Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

28 de julio de 2024

(Ciclo B - Año par)






  • Comerán y sobrará (2 Re 4, 42-44)
  • Abres tú la mano, Señor, y nos sacias (Sal 144)
  • Un solo cuerpo, un Señor, una fe, un bautismo (Ef 4, 1-6)
  • Repartió a los que estaban sentados todo lo que quisieron (Jn 6, 1-15)
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El evangelio de hoy es la continuación del evangelio de la semana pasada, cuando Jesús quería descansar con los apóstoles pero no fue capaz de hacerlo porque al ver a la gente, que había ido corriendo a su encuentro, “sintió lástima de ellos, porque estaban como ovejas sin pastor” y “se puso a enseñarles con calma”. Les dio el alimento del alma, que es la Verdad; y a continuación, les dio también el alimento del cuerpo, como acabamos de escuchar.

Sin embargo la liturgia de la Iglesia, para narrarnos la multiplicación de los panes, ha dejado el evangelio de Marcos y ha tomado el de Juan, sin duda alguna porque este último añade un largo discurso, en la sinagoga de Cafarnaún, que hizo el Señor “al día siguiente”, donde Cristo explicó que la multiplicación de los panes y de los peces había sido tan sólo un signo del verdadero alimento que el Padre del cielo nos da, y que es el propio Jesús hecho por nosotros pan de vida. Durante cuatro semanas -todo el mes de agosto- la liturgia de la Iglesia nos hará escuchar fragmentos de este largo discurso, que termina con el abandono de muchos de los discípulos. La Iglesia quiere que contemplemos a Jesús, caminando desde el éxito de hoy (“querían hacerlo rey”), hasta el fracaso del día siguiente donde “muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él” (Jn 6,66).

Frases...

Piedras y panes

Cuando el primado del amor naufraga ante el primado de lo económico, es el odio quien regula el reparto de bienes; y los panes se convierten en piedras.



Autor: Charles JOURNET
Título: Entretiens sur l’Incarnation
Editorial: Parole et silence, 2002, (p. 106)

Santiago Apóstol

15 de agosto 

25 de julio de 2024

(Ciclo B - Año par)






  • El rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago (Hch 4, 33; 5, 12. 27-33; 12, 2)
  • Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben (Sal 66)
  • Llevamos siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús (2 Cor 4, 7-15)
  • Mi cáliz lo beberéis (Mt 20, 20-28)
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Celebramos hoy, queridos hermanos, la fiesta del apóstol Santiago, patrono de España. La riqueza de la liturgia de la palabra de este día nos ofrece abundantes puntos de reflexión, que constituyen llamadas a nuestra conversión como católicos y como católicos españoles.

La primera lectura nos ha recordado la contundente respuesta que Pedro y los demás apóstoles dieron ante las autoridades religiosas judías: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Es una llamada a revisar nuestra jerarquía de valores y a preguntarnos qué es, de verdad, lo primero en nuestra vida, es decir, cuál es el criterio que prevalece sobre todos los demás a la hora de tomar nuestras decisiones. Si nuestro criterio es no distinguirnos de los demás, ser como todos, no llamar la atención, ser socialmente correctos, ajustándonos al comportamiento de la mayoría, entonces Dios no es el primero en nuestra vida, sino que lo primero es una determinada imagen de nosotros mismos que no queremos que desentone de la mayoría social; lo primero serría no querer tener problemas. El cristiano tiene que tener la audacia de poner a Dios, a su voluntad y a su santa ley, como lo más importante en su vida, aunque ello le genere algún problema.

Ven a reinar en mí

Ven, Señor Jesús, ven a mí
para vivir y reinar plenamente en mí,
para realizar los designios de tu bondad
y consumar la obra de tu gracia.
Ven a mí para destruir todo lo que te disgusta
y para obrar todo lo que tú deseas.
Ven en la santidad de tu Espíritu
para unirme perfectamente a ti.
Ven en la pureza de tus caminos para cumplir en mí,
al precio que sea,
todos los designios de tu amor.


San Juan Eudes
(1601-1680)

XVI Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

21 de julio de 2024

(Ciclo B - Año par)






  • Reuniré el resto de mis ovejas, y les pondré pastores (Jer 23, 1-6)
  • El Señor es mi pastor, nada me falta (Sal 22)
  • Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno (Ef 2, 13-18)
  • Andaban como ovejas que no tienen pastor (Mc 6, 30-34)
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Los apóstoles le contaron (a Jesús) todo lo que habían hecho y enseñado. Después de su primera misión, los apóstoles dan cuenta al Señor de todo lo que han hecho, porque ellos saben que no tienen ninguna legitimidad fuera del envío del Señor y que todo lo que ellos han dicho y hecho ha sido un encargo que el Señor les ha dado, y que, por lo tanto, ellos responden ante Él. Los apóstoles -la Iglesia, por lo tanto- dependen por completo del Señor, ante el cual tienen que “dar cuenta”. Esto también vale de cada uno de nosotros, que tendremos que dar cuenta ante Dios de todo lo que hemos dicho y hecho con los dones que Él nos ha dado, el primero de los cuales es el ser, la vida, la existencia.

Venid vosotros solos a descansar un poco. El Señor se preocupa del descanso de los apóstoles. Para Él la vida no se nos ha dado para trabajar, trabajar y seguir trabajando, sino también para descansar, para contemplar, para recuperar el propio ser. El Señor no es hiperactivo, ni es de los que confunden la vitalidad con la agitación. Él quiere que estemos presentes en todo lo que hacemos con una presencia verdaderamente humana, personal; y para eso es imprescindible descansar, recuperarse, unificar el propio ser.

Perdonar

En aquellos que nos hieren (o nos han herido) hay también bloqueos, llagas y enmarañados ovillos. Su falta de amor no ha sido necesariamente deliberada, quién sabe si no tienen detrás una historia más conmovedora que la nuestra. No se trata de eximir, sino de reconocer que en aquel que no me ha hecho justicia o no me ha devuelto la cordialidad que invertí en él, existe alguien puesto a prueba pro situaciones extremas. Y que la herida ahora abierta no estaba destinada a mí: era un magma de violencia a la deriva, listo para explotar.

El acto de perdonar es una declaración unilateral de esperanza. El perdón o es una cuerdo. Si espero que el que me ha oprimido venga a mi encuentro y me arranque la tristeza, puedo esperar sentado. El perdón es un gesto unilateral que enmudece la voz de la venganza y cree que detrás del que me ha herido hay un ser humano vulnerable, capaz de cambiar. Perdonar es creer en la posibilidad de transformación, empezando por la propia.



Autor: José TOLENTINO MENDONÇA

Título: Pequeña teología de la lentitud

Editorial: Fragmenta Editorial, Barcelona, 2017, (pp. 20-21)




Texto en formato pdf

Frases...

Cuando ya no puedo nada y mis esfuerzos son inútiles, llega la hora de Dios. Entonces lo dejo hacer a Él, y espero.



Dora RIVAS, Raíces en el cielo, Cypress Cultura, Polonia, 2021, (p. 35)

XV Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

14 de julio de 2024

(Ciclo B - Año par)






  • Ve, profetiza a mi pueblo (Am 7, 12-15)
  • Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación (Sal 84)
  • Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo (Ef 1, 3-14)
  • Los fue enviando (Mc 6, 7-13)
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“Instituyó Doce, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, con poder de expulsar los demonios” (Mc 3,14-15). Con estas escuetas palabras nos narra san Marcos la elección de los doce apóstoles. En el evangelio de hoy vemos cómo Jesús, después de que los Doce lleven ya un tiempo con él, los envía, por primera vez, a predicar, y cuáles son las instrucciones que les da para ello.

De dos en dos es un símbolo de la comunidad, de la Iglesia, de que los evangelizadores no anuncian un “asunto propio” sino que son portadores de la fe y la vida de un pueblo, de una comunidad.

Dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos porque hay que mostrar que el poder de Dios, que ellos proclaman al anunciar la cercanía del Reino de Dios, es superior a las fuerzas del mal, a los poderes que afligen, oprimen, y humillan al hombre. Si Dios viene ya a instaurar su Reino, el mal tiene que empezar a ser derrotado, se tiene que empezar a ver que el Bien es superior al mal: “No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien” (Rm 12,21).

La divinización del hombre

¿A qué esperanza nos ha llamado el Señor nuestro Dios? ¿Qué llevamos nosotros ahora? ¿Qué soportamos y qué esperamos? ¡Sin duda que vosotros lo sabéis! Llevamos ahora el hecho de ser mortales y soportamos el hecho de ser débiles, pero esperamos llegar a ser divinos. En efecto, Dios no quiere sólo vivificarnos, sino también deificarnos.

Jamás la debilidad humana habría esperado esto, de no ser porque la verdad divina lo ha prometido. Ahora bien, todo lo que promete Dios es verdadero, porque el autor de la promesa es demasiado fiel para engañarnos y demasiado poderoso para no cumplir lo que ha prometido.

Hubiera sido demasiado poco para nuestro Dios prometernos ser dioses en Él, si Él no hubiera asumido nuestra debilidad; es como si Él dijera: “¿Quieres tú saber cuánto te amo, para estar seguro de que te haré partícipe de mi ser divino? He tomado tu ser mortal”.

Hermanos, no es el hecho de que unos dioses se hagan hombres lo que debe parecernos increíble, sino más bien el hecho de que quienes eran hombres se conviertan en dioses (…) Pero el Hijo de Dios se ha hecho hombre para hacer de los hijos del hombre hijos de Dios (…) El Creador del hombre se ha hecho hombre, para que el hombre se haga capaz de acoger a Dios.

San Agustín

Misericordia y verdad



 Autor

Fernando Colomer Ferrándiz 

Título
Misericordia y Verdad 

Edita 
BAC

ISBN 
978-84-220-2337-1




«Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y de entre ellos yo soy el primero. Y si Dios me concedió misericordia, fue para que Cristo Jesús manifestase primeramente en mí toda su paciencia y sirviese de ejemplo a quienes habían de creer en él para conseguir vida eterna» (1 Tim 1,15-16). «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18,37). Estas dos afirmaciones describen la situación de todo hombre que se encuentra con Cristo y se adhiere a él por la fe: inmediatamente se reconoce como un pecador alcanzado por la misericordia infinita de aquel que es la Verdad (Jn 14,6). Este libro se enmarca entre estas dos afirmaciones, sin sostener ninguna tesis particular, por lo que puede ser leído en el orden que cada uno quiera; su única pretensión es contemplar y saborear la belleza de este abrazo entre la misericordia y la verdad que es Cristo.

Fernando Colomer Ferrándiz (Alcoy, 1947), es sacerdote de la diócesis de Cartagena, licenciado en Teología por la Universidad de Friburgo y doctor en Filosofía por la Universidad de Murcia, de la que ha sido profesor, al igual que en el Instituto Teológico de Murcia OFM y en el Instituto Teológico San Fulgencio de Murcia. Ha publicado varios libros, entre los que destacan
- La mujer vestida del sol. Reflexiones sobre el cristianismo y el arte (1992), 
- Decir la fe. Comentario al Credo (1996),
- El cristianismo y las religiones (2018), 
- Palabras sobre el hombre. Apuntes para una antropología filosófica (2020), 
- De ángeles y demonios (2020) y
- Hombre, belleza y Dios (2021);
también es autor de un blog (parroquiadesanleonmagnodemurcia.blogspot.com) y difunde sus catequesis en el canal de YouTube de la misma parroquia.


XIV Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

7 de julio de 2024

(Ciclo B - Año par)






  • Son un pueblo rebelde y reconocerán que hubo un profeta en medio de ellos (Ez 2, 2-5)
  • Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia (Sal 122)
  • Me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo (2 Cor 12, 7b-10)
  • No desprecian a un profeta más que en su tierra (Mc 6, 1-6)
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La cuestión central en el evangelio de Marcos, como en los demás evangelios, es la de la identidad de Jesús, la de saber quién es en verdad este hombre al que llamamos Jesús de Nazaret. La salvación la alcanzan precisamente aquellos que descubre su verdadera identidad y la confiesan abiertamente, como aquel centurión que, al ver la manera como Jesús había expirado, dijo: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39).

Para conocer la identidad de una persona puede ayudarnos conocer su familia, su lugar de nacimiento y sobre todo de crecimiento, su cultura, su profesión, su círculo de relaciones. Pero todo esto no basta. Al final cada uno manifiesta su verdadero ser, su identidad propia, en aquello que, libremente, hace, en su manera personal de comportarse, de hablar, de actuar, manera que puede coincidir o no coincidir con los modos y maneras de su familia, de su pueblo, de los de su profesión etc.

Los habitantes de Nazaret conocían mejor que nadie el entramado de relaciones familiares, vecinales y profesionales de Jesús. Sin embargo, por lo menos en esta ocasión, no fueron capaces de reconocer su verdadera identidad. El evangelio nos dice que ellos se hallaban confrontados a unos hechos que no respondían a ese entramado familiar, vecinal y profesional de Jesús. Estos hechos son su sabiduría y sus milagros. Sus paisanos veían estos hechos, los reconocían, pero los censuraban, puesto que pensaban en su corazón: “no puede ser”, “él es uno de los nuestros y como ninguno de nosotros posee esa sabiduría y hace esos milagros, él tampoco los puede hacer”. “Y desconfiaban de él”, dice el evangelio. En el fondo se decían a sí mismos: “aquí hay trampa, esto no puede ser”.

La Eucaristía



1. El memorial: “Haced esto en memoria mía”.

El cristianismo es una vida, una vida nueva, distinta de la vida biológica, una vida que nace del encuentro con una persona, la de Jesucristo, y que tiene manifestaciones distintas de las de la vida simplemente humana: una vida que no consiste en afirmarse a sí mismo frente a los demás, sino en afirmar a Otro distinto de sí mismo (a Cristo), es una vida que no crece por el simple alimento material y a la que no se nace por el simple alumbramiento biológico; es una vida verdaderamente nueva.

Para que esta vida sea posible es necesario un alimento nuevo, distinto del habitual. Por eso el Señor nos advirtió: Obrad no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre (Jn 6, 27). Ese alimento es un pan de Dios que baja del cielo y da la vida al mundo (Jn 6, 33) y no es otro que la propia persona de Cristo: Les dijo Jesús: “Yo soy el pan de vida. El que venga a mí no tendrá hambre, y el que crea en mí no tendrá nunca sed” (Jn 6, 34). Este anuncio provocó el escándalo y el abandono de muchos discípulos (Jn 6, 60 y 66), quizás porque entendieron materialmente estas palabras, a pesar de que Jesús advirtió que las palabras que os he dicho son espíritu y son vida (Jn 6, 63).

XIII Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

30 de junio de 2024

(Ciclo B - Año par)






  • Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo (Sab 1, 13-15; 2, 23-24)
  • Te ensalzaré, Señor, porque me has librado (Sal 29)
  • Vuestra abundancia remedia la carencia de los hermanos pobres (2 Cor 8, 7. 9. 13-15)
  • Contigo hablo, niña, levántate (Mc 5, 21-43)
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Queridos hermanos:

El evangelio de este domingo pone ante nuestros ojos una realidad que tal vez nos resulta difícil de aceptar, en el comportamiento de nuestro Señor Jesucristo, a saber, el hecho de que Él, que ama a todos los hombres, no los trata de igual modo a todos, sino que tiene sus “preferencias”, que le llevan, en el evangelio de hoy, a distinguir a tres de sus discípulos, Pedro, Santiago y Juan, como testigos de la acción de poder que va a realizar, devolviendo la vida a la hija Jairo. No es la única ocasión en que el Señor distingue a estos tres discípulos: lo hará también en el episodio de la Transfiguración (Mc 9,2-9) y en la agonía en el Huerto de los Olivos (Mc 14,32-42). En estos tres acontecimientos, Jesús querrá estar acompañado por Pedro, Santiago y Juan, excluyendo al resto de los discípulos. También distinguirá a estos tres discípulos, dándoles un nombre nuevo: a Simón lo llamará Pedro y a Santiago y Juan los llamará ‘Boanerges’, es decir, hijos del trueno.

Todo esto nos muestra la soberana libertad de Jesús, que es la soberana libertad de Dios, y nos plantea el desafío –de enorme importancia espiritual- de aceptar siempre libertad de Dios, que reparte sus dones y da sus gracias como a él le place, y con ello no ofende a nadie, puesto que Él siempre y en todo ama a todos. También cada uno de nosotros, en su vida terrena, tiene que aceptar, sin criticar, la libertad de Dios que mantiene con cada uno una relación personal única y singular, y es tarea espiritual de primer orden, no envidiar la relación que Cristo tiene con mi prójimo, sino centrarme en vivir a pleno pulmón la que tiene conmigo.

Frases ...

No hay mayor desastre en la vida espiritual que estar sumidos en la irrealidad, porque nuestra vida se mantiene y se alimenta merced a nuestra relación vital con las realidades que están fuera y más allá de nosotros.

Thomas MERTON
Pensamientos en soledad
Sal Terrae, Bilbao, 2022, (p. 27)

XII Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

23 de junio de 2024

(Ciclo B - Año par)






  • Aquí se romperá la arrogancia de tus olas (Job 38, 1. 8-11)
  • ¡Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia! (Sal 106)
  • Ha comenzado lo nuevo (2 Cor 5, 14-17)
  • ¿Quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen! (Mc 4, 35-41)
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El episodio del evangelio de hoy sucede de noche y en el mar. En la simbólica bíblica la noche es el momento propicio para el desencadenamiento de las fuerzas del mal y el mar es el símbolo por excelencia del caos, de la amenaza, de lo abismal, de aquello que nos puede “engullir”. Así lo vemos en la primera lectura de hoy, sacada del libro de Job, donde Dios, para hacer posible la creación, impone unos límites al mar: “hasta aquí llegarás y no pasarás, aquí se romperá la arrogancia de tus olas”. La vida del cristiano transcurre siempre como una navegación por un mar proceloso que puede destruirlo, “engullirlo”, “tragarlo”, en cualquier momento y hacer que desaparezca. Es digno de notar que el Señor pone un límite al mar, pero no lo destruye sino que lo mantiene hasta la implantación total de su reino. Sólo cuando el reino de Dios ha sido plenamente instaurado desparece el mar, tal como leemos al final del Apocalipsis: “Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva -porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya” (Ap 21,1). Así es también la vida de cada cristiano y de la Iglesia entera: Dios no destruye a nuestros enemigos, ni nos quita los peligros, porque tenemos que crecer gracias a ellos.

La esperanza en la misericordia

Señor,
aquí estoy para que mostréis vuestra admirable misericordia,
para que la manifestéis en presencia del Cielo y de la tierra.

Otros os glorifican haciendo ver la fuerza de vuestra gracia
por su fidelidad y su constancia,
mostrando lo dulce y generoso que sois
con quienes os son fieles.

En cambio yo os glorificaré
mostrando lo bueno que sois con los pecadores,
haciendo ver que vuestra misericordia
está por encima de toda maldad
y que no hay nada que sea capaz de agotarla;
que ninguna recaída,
por vergonzosa y criminal que sea,
debe llevar al pecador a desesperar del perdón.

Os he ofendido gravemente,
oh mi amable Redentor;
pero os ofendería muchísimo más
si os hiciera el horrible ultraje
de pensar que no sois lo suficientemente bueno
para perdonarme.

En vano vuestro enemigo y el mío
me tiende cada día nuevas trampas.
Me hará perder todo
menos la esperanza que tengo en vuestra misericordia.

Aunque haya recaído cien veces
y aunque mis crímenes sean cien veces más horribles de lo que son,
esperaré siempre en Vos.

Que así sea.


San Claudio de la Colombière

XI Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

16 de junio de 2024

(Ciclo B - Año par)






  • Yo exalto al árbol humilde (Ez 17, 22-24)
  • Es bueno darte gracias, Señor (Sal 91)
  • En destierro o en patria, nos esforzamos en agradar al Señor (2 Cor 5, 6-10)
  • Es la semilla más pequeña, y se hace más alta que las demás hortalizas (Mc 4, 26-34)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

Las dos parábolas de este domingo nos instruyen sobre el Reino de Dios. La primera de ellas nos recuerda que la semilla del Evangelio trabaja en silencio, trabaja por sí sola y posee una gran fuerza por la que hace surgir primero la hierba, luego la espiga y finalmente el grano. Y todo ello ocurre mientras el sembrador duerme, sin que él haga nada. Una vez que se ha sembrado la semilla, el sembrador desaparece y todo el proceso de crecimiento sucede sin él, todo ocurre como si él no existiera.

Esta parábola debe hacernos pensar mucho a los padres cristianos, a los sacerdotes, a los educadores católicos, que, a menudo, tenemos la impresión de que no hemos hecho nada, porque hemos sembrado la semilla y ahora no se ve nada, no brota nada, todo sucede etsi Deus non daretur, como si no hubiera Dios, como si Dios no existiera o por lo menos no interviniera en la historia de los hombres.

La muerte del padre

Estrellita. Así es como me llamaba él, todavía me parece oírlo por la noche, cuando me estoy quedando dormida. No le echo de menos solo a él, echo de menos todo lo que habría podido ser si él hubiera estado. Quizá sería menos tímida y más alta, y no tendría lágrimas en los ojos todo el día. Tenía diez años cuando murió: un tumor en el páncreas se lo llevó en un suspiro, y él, que era un guerrero, ni siquiera tuvo tiempo de empuñar sus armas. Yo no estaba preparada. No creo que nunca se esté preparada para la muerte de un padre. La última vez que lo vi intentó abrazarme, pero no tenía fuerza en los brazos y más que apresarme se abandonaron sobre mí buscando un apoyo. Siempre que pienso en ese abrazo frustrado, me pongo a llorar, sin ningún motivo, en medio de un trayecto en metro o mientras estoy escuchando una canción. A veces me parece que lo veo entre la gente y, después de seguirlo durante un rato, vuelvo en mí con un dolor agudo entre las costillas y lágrimas en los ojos. Cada día lucho por recordar algo que, de otro modo, se perdería. Es como repasar continuamente una asignatura y no llegar nunca a aprenderla. Lo primero que perdí fue su voz, no consigo recordarla. Claro que tenemos vídeos, pero yo sola no consigo evocar esa voz.



Autor: Alessandro D’AVENIA
Título: ¡Presente!
Editorial: Encuentro, Madrid, 2022, (p. 48)












X Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

 9 de junio de 2024

(Ciclo B - Año par)






  • Pongo hostilidad entre tu descendencia y la descendencia de la mujer (Gen 3, 9-15)
  • Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa (Sal 129)
  • Creemos y por eso hablamos (2 Cor 4, 13 - 5, 1)
  • Satanás está perdido (Mc 3, 20-35)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

La primera lectura de hoy nos muestra con claridad la situación creada por el pecado: el hombre que se alegraba cada tarde al oír los pasos de Dios que bajaba “a la hora de la brisa” (Gn 3,8) a estar con Adán y Eva, ahora siente miedo por la cercanía de Dios y se esconde de Él. No hay miseria más grande que la de confundir al amigo con el enemigo, que la de tener miedo de quien me da el ser y quiere mi crecimiento. Y a esa miseria ha conducido el pecado a Adán y Eva, que, ahora, son conscientes de su desnudez: al haber actuado al margen y en contra de Dios, dando crédito a la propuesta de la serpiente -“que es el diablo y Satanás” (Ap 20,2) y que es “mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44)-, el hombre se descubre desnudo, porque estaba vestido con la luz del Dios del que ahora se esconde, y lejos de Dios, sin referencia a Él, el hombre queda despojado de su dignidad de ser “imagen y semejanza” de Dios (Gn 1,26), pierde su belleza.

La “lógica del pecado” que el hombre acaba de introducir se muestra también en el afán por eludir su propia responsabilidad, descargándola sobre otros: Adán sobre Eva y Eva sobre la serpiente. Si Adán, en vez de culpar a su mujer, hubiera asumido su responsabilidad y pedido perdón, seguramente Dios le habría perdonado. Pero el hombre bajo la ley del pecado huye de su responsabilidad y busca siempre culpables en otros: la sociedad, la educación, la situación económica, la política, cualquier cosa menos reconocer que uno ha pecado, que ha desobedecido, que ha preferido seguir el criterio de alguien que no es Dios antes que permanecer fiel a Dios. Cristo, el nuevo y definitivo Adán, siendo inocente y en todo ajeno al pecado, asumirá sin embargo el pecado de todos y se ofrecerá a Dios como víctima de propiciación por nuestros pecados (1Jn 2,2).

Frases...

La palabra vana hace mucho ruido y se oye mucho hablar de ella. 
La palabra verdadera no.


Anne Lécu

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

15 de agosto 

2 de junio de 2024

(Ciclo B - Año par)






  • Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vosotros (Ex 24, 3-8)
  • Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor (Sal 115)
  • La sangre de Cristo podrá purificar nuestra conciencia (Heb 9, 11-15)
  • Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre (Mc 14, 12-16. 22-26)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

- La Eucaristía es una realidad de amor, es el ofrecimiento de la PRESENCIA de Cristo en nuestra vida, de una manera tangible, palpable, adecuada a nuestro corazón, que es un corazón de hombre, de un ser que es un espíritu pero encarnado, sustancialmente unido a un cuerpo.

Cuando el marido o el hijo parten hacia la guerra, la esposa o la madre desearían poder acompañarle, para estar con él, para protegerle, para ayudarle. Movida por ese deseo la esposa o la madre le entrega a su esposo o a su hijo algún pequeño objeto -un pañuelo, una fotografía, una medalla, un colgante- pidiéndole que no se separe de él, que lo lleve siempre consigo. Si pudiera, la esposa o la madre se haría ese objeto para poder acompañar al ser amado, porque querer estar presente allí donde está aquel que amo es lo propio del amor, que desea siempre existir junto a aquel a quien se ama.

Qué ocurre cuando oramos

La oración es un acontecimiento

Los caminos de la oración son múltiples y a menudo cada uno tiene el suyo particular. Lo que importa es que, cualquiera que sea ese camino, un día desemboque en ese acontecimiento que ocurre cuando la oración brota de sus profundidades. Porque lo esencial, en este asunto de la oración, no es lo que yo haga, sino lo que a mí me suceda, más exactamente, que me suceda ese acontecimiento que llamamos oración.

El acontecimiento de la oración se parece en primer lugar a algo que nos sorprende de improviso, de modo que se produce en nosotros como algo inesperado. Pero lo que nos sorprende no es extraño a nosotros, no es algo que viene del exterior, sino más bien del interior. Para ser más precisos, no nos sorprende algo sino más bien alguien. Alguien que estaba desde hacía mucho tiempo con nosotros y que, repentinamente, se revela, se muestra y, por decirlo de algún modo, pone su mano sobre nosotros. Y eso que me sucede de improviso es nuestra parte de eternidad que se anuncia.

Santísima Trinidad

15 de agosto 

26 de mayo de 2024

(Ciclo B - Año par)






  • El Señor es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra; no hay otro (Dt 4, 32-34. 39-40)
  • Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad (Sal 32)
  • Habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abba, Padre!» (Rom 8, 14-17)
  • Secuencia: Ven, Espíritu divino.
  • Bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 16-20)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

¿Cuándo y dónde, fuera de Israel, se ha visto un Dios que se mezcle con los hombres, que entre en la aventura humana “con signos, prodigios y guerra”? Esta pregunta, que se hace retóricamente la primera lectura de hoy, expresa el convencimiento común a toda la humanidad de que lo propio de Dios -o de los dioses- ha sido siempre llevar una existencia feliz en el cielo -en el Olimpo, decían los griegos- y contemplar a los hombres desde lo alto, dejándoles llevar su existencia azarosa y contingente, pero sin mezclarse en ella (salvo, eventualmente, para divertirse).

En la historia de Israel, sin embargo, se revela un Dios que no teme mezclarse con los hombres, un Dios que no teme entrar en su historia, una historia llena de absurdos y crueldades. Y el Dios de Israel entra en ella seriamente, no ocasionalmente; su seriedad se llama alianza: Dios está ahí para mostrar que ha hecho alianza con Israel, que Israel es su pueblo y que, por lo tanto, puede contar siempre con Él. La culminación de esta revelación es Jesús. Con Él Dios muestra que está dispuesto a ser fiel a su alianza hasta el extremo de la Cruz. Con ella Dios nos ha mostrado que “ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 8,38-39). Si ha sido capaz de ser fiel hasta el extremo de la Cruz, verdaderamente podemos contar siempre con Él: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Frases...

Nadie posee a nadie. Ni siquiera nosotros nos poseemos a nosotros mismos.



Autor: Graham GREENE
Título: El final del affaire
Editorial: Libros del Asteroide, Barcelona, 2019, (p. 227)

El trabajo



1. La vocación humana al trabajo.

Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo (Jn 5,17). Estas palabras de Jesús, unidas a su ejemplo como trabajador humilde, durante treinta años, en Nazaret, ponen de relieve el alto concepto que Dios tiene del trabajo. En efecto, ya en el libro del Génesis vemos como Dios no duda en presentar su obra como un “trabajo” (Gn 1,31;2,3). Por eso no tiene nada de sorprendente el que Dios, que crea al hombre a su imagen y semejanza le dé, como un elemento de su vocación fundamental y primera, la orden de trabajar: Y bendíjolos Dios y díjoles Dios: “Sed fecundos, multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra” (Gn 1,28). Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y le dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase v cuidase (Gn 2,15).

Hay que notar que este mandato de trabajar es anterior al pecado de Adán y que, por ello, responde plenamente a la voluntad originaria de Dios sobre el hombre. El hombre no trabaja únicamente para ganar su pan y asegurar su subsistencia, sino para expresar su dignidad de ser creado a imagen y semejanza de Dios: Siendo Dios el único “Señor” absoluto, el hombre, creado a su imagen y semejanza, debe manifestarse también como “señor”, ejerciendo un “señorío” relativo y subordinado a Dios, sobre todo lo creado. Por eso Dios le ordena “mandar”, “someter”, a la creación, “labrarla” y “cuidarla”, es decir, desarrollar las virtualidades ocultas en ella. De este modo mediante el trabajo humano, Dios asocia al hombre a la obra de la creación, ordenándole el dominio, el cuidado y el desarrollo de la misma. Así lo afirma el concilio Vaticano II: Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo así la tierra y cuanto en ella se contiene y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero (GS 34).

Domingo de Pentecostés

15 de agosto 

19 de mayo de 2024

(Ciclo B - Año par)






  • Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar (Hch 2, 1-11)
  • Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra (Sal 103)
  • Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo (1 Cor 12, 3b-7. 12-13)
  • Secuencia: Ven, Espíritu divino.
  • Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo; recibid el Espíritu Santo (Jn 20, 19-23)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

El relato de los Hechos de los Apóstoles, que hemos escuchado en la primera lectura de hoy, ha puesto ante nuestros ojos el designio salvífico divino, y nos lo ha descrito como un hacer la unidad de todos los hombres asumiendo su diversidad, conservando sus diferencias: “cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua”. La unidad reside en el hecho de que todos cantan las maravillas de Dios; la diversidad en el hecho de que cada uno lo hace en su propia lengua. Dios no quiere una humanidad uniforme, homogénea. Dios ama la diversidad, la diferencia, como ya se vio en la creación de la humanidad: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios los creó, macho y hembra los creó” (Gn 1,27). Dios es uno, pero su imagen, que es el hombre, existe en la diferencia del varón y de la mujer.

La unidad que Dios quiere crear entre todos los hombres y entre los hombres y Él mismo, es una unidad que recoge y asume la diferencia en la que viven los hombres y los pueblos. Es una unidad enriquecida con las diferencias, unidad que el mundo no sabe realizar (pues la unidad que realiza el mundo es la de la uniformidad del pensamiento único) y que Dios va realizando en su Iglesia. Lo que en este día de Pentecostés se manifestó públicamente por primera vez fue el ser de la Iglesia como el lugar donde los hombres y los pueblos pueden unificarse entre sí y con Dios sin perder su propia identidad, sin tener que renunciar a su diferencia. La unidad que se hace en la Iglesia es la unidad de la confesión de fe y de la caridad, tal como expresó magistralmente san Agustín al escribir: “En las cosas necesarias, unidad; en las cosas discutibles, libertad; y siempre y en todos, caridad”.

Ofrenda

Oh muy divina voluntad,
que me has rodeado de tus misericordias;
te doy infinitas gracias por ellas
y te adoro desde lo profundo de mi alma;
me abandono y pongo todo mi ser en tus manos,
para el tiempo y para la eternidad,
suplicándote que realices en mí
tus designios eternos,
sin permitir
que yo te lo impida.

Que tus ojos divinos,
que penetran los íntimos repliegues de mi corazón,
vean que mi único deseo
es el cumplimiento de tu voluntad;
pero que vean también mi debilidad y mi impotencia.

Por eso yo te suplico, Salvador mío,
que me concedas la gracia de hacer y soportar
todo lo que te complazca
y como te complazca, para que,
consumida en el fuego de tu amorosa voluntad,
yo sea una víctima de holocausto agradable a ti,
que te alabe y te bendiga con todos los santos.


Santa Juana Francisca de Chantal
(1572-1641)

Ascensión del Señor

15 de agosto 

12 de mayo de 2024

(Ciclo B - Año par)






  • A la vista de ellos, fue elevado al cielo (Hch 1, 1-11)
  • Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas (Sal 46)
  • Lo sentó a su derecha en el cielo (Ef 1, 17-23)
  • Fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios (Mc 16, 15-20)
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Celebramos hoy, queridos hermanos, la ascensión de Nuestro Señor Jesucristo al cielo. Lo que celebramos hoy es que Cristo resucitado sube al cielo y se sienta a la derecha del Padre en su condición corporal, es decir, en su ser de hombre que comparte con nosotros la naturaleza humana, con la corporalidad que ésta conlleva. Un hombre llega al cielo, lo que causa el asombro de los ángeles porque hasta ese momento no se había visto en el cielo un cuerpo humano. Cuando el Hijo de Dios salió del cielo y vino a la tierra, era puramente espiritual. Fue en el seno de la Virgen María donde la Palabra se hizo carne; y ahora es con esa carne que tomó de la Virgen María, con ese cuerpo que la Virgen amamantó y cuidó, el mismo cuerpo que permitió que los hombres lo vieran y lo tocaran (1Jn 1,1), el mismo cuerpo que pendió del árbol de la cruz y que reposó en la frialdad del sepulcro, el cuerpo que el Padre del cielo resucitó y transfiguró por el poder del Espíritu Santo, es el cuerpo con el que Cristo vuelve al cielo ante el asombro de los ángeles.

La fiesta de hoy es la fiesta de la esperanza cristiana. Porque Cristo ha resucitado y sube al cielo como “primicia de los que murieron” (1 Co 15,20), como “el primogénito de muchos hermanos” (Rm 8,29). La ascensión del señor al cielo nos muestra así el destino de gloria al que Dios nos ha llamado en Cristo. Ahora se hacen realidad por primera vez las palabras que pronunció Job lleno de dolor y de esperanza y que la Iglesia retoma en su liturgia: “Creo que mi Redentor vive, y que he de resucitar del polvo y, en esta carne mía, contemplaré a Dios mi Salvador; lo veré yo mismo, no otro, mis propios ojos lo contemplarán, y en esta carne mía contemplaré a Dios mi Salvador” (Jb 19,25-27). “En esta carne mía”: estas palabras expresan la esperanza cristiana, y hace falta que “Dios ilumine los ojos de nuestro corazón para que conozcamos cuál es la esperanza a la que hemos sido llamados, cuál la riqueza de la gloria que nos ha otorgado en herencia” (Ef 1, 18), como recuerda la segunda lectura de hoy.

¿Tiene futuro la poesía?

En 1976, el escritor bosnio Izet Sarajlic escribió un poema titulado “Carta al año 2176”:

“¿Qué?

¿Todavía escucháis a Mendelssohn?

¿Todavía recogéis margaritas?

¿Todavía celebráis los cumpleaños de los niños?

¿Todavía ponéis nombres de poetas a las calles?

Y a mí, en los años setenta de dos siglos atrás, me aseguraban que los tiempos de la poesía habían pasado –al igual que el juego de las prendas, o leer las estrellas, o los bailes en casa de los Rostov-.

¡Y yo, tonto, casi lo creí!”



Autor: Irene VALLEJO
Título: El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo
Editorial: Siruela, Madrid, 2021, (p. 319)









VI Domingo de Pascua

15 de agosto 

5 de mayo de 2024

(Ciclo B - Año par)






  • El don del Espíritu Santo ha sido derramado también sobre los gentiles (Hch 10, 25-26. 34-35. 44-48)
  • El Señor revela a las naciones su salvación (Sal 97)
  • Dios es amor (1 Jn 4, 7-10)
  • Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos (Jn 15, 9-17)
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Estamos aquí reunidos, celebrando la Eucaristía, porque el Señor Jesús nos ha elegido, Él a nosotros, mucho antes de que nosotros le eligiéramos a Él; y nos ha elegido para que nosotros, en medio de los hombres, demos fruto y nuestro fruto dure. El domingo pasado meditábamos sobre la condición esencial para dar fruto: vivir unidos a Cristo, vivir en gracia de Dios. Hoy el Señor nos describe este vivir unidos a Él con tres palabras muy bellas: amor, alegría y amistad.

En primer lugar amor. Jesús nos dice que el Padre le ama y que Él ama al Padre y permanece en su amor porque Él cumple los mandamientos de su Padre. El amor no se nos describe aquí como una cuestión de sentimientos sino de voluntad y de libertad. “Te amo” significa “te obedezco”. Por esto dice Jesús: “vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando”.

Lo que el Padre le ha mandado a Jesús ha sido una cosa muy difícil: que diera la vida en la cruz. Y Jesús lo ha hecho mostrándonos así el amor que el Padre nos tiene y mostrándonos también su propio amor, pues como Él mismo dice: “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.
Jesús, a su vez, nos da un mandamiento para que, cumpliéndolo, “permanezcamos en su amor”, es decir, en la comunión y la unión con Él. Y ese mandamiento es “que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Es fácil amar a Dios cuando comprendemos que Dios no tiene culpa de nada de lo que ocurre y que encima ha sido tan bueno que ha venido a estar con nosotros sabiendo que eso le costaría una muerte horrorosa. En cambio cuesta bastante más amar al vecino, que no siempre se comporta generosa y amablemente. Jesús dice: ámalo como yo te he amado a ti, ten con él la misma paciencia, la misma buena disposición y esperanza que yo tengo contigo.