¿Quedan héroes?

           (El protagonista de la novela, Davey Staunton, es un afamado abogado penalista de Canadá, que decide analizarse en una clínica de Zúrich llevada por discípulos de Jung. Al final de un largo periodo de análisis y antes de decidir si prosigue con él o vuelve a Canadá a reemprender sus tareas habituales, se toma unas vacaciones en St. Gallen y allí conoce, fortuitamente, a una misteriosa mujer, Liesl, que está familiarizada con los grandes maestros del análisis psicológico, y que intenta hacerle ver la mediocridad espiritual de su planteamiento vital, un planteamiento que descarta sistemáticamente la posibilidad del heroísmo. Es ella quien habla a continuación)

           El análisis con un gran analista es una magnífica aventura de exploración del propio yo, pero ¿cuántos analistas son grandes de veras? ¿Te he contado alguna vez que conocí un poco a Freud? Un gigante. Y sería apocalíptico hablar con tal gigante de uno mismo. No llegué a conocer a Adler, del cual se olvida todo el mundo, pero era sin duda otro gigante. Una vez fui a un seminario que impartió Jung en Zúrich, fue inolvidable. Pero conviene tener muy en cuenta que todos ellos eran hombres provistos de un sistema a conciencia. Freud, con su monumental obsesión por todo lo que se refería al sexo (actividad para la cual personalmente no halló mayor utilidad), era un ignorante casi absoluto en lo relativo a la naturaleza. Adler lo reducía todo prácticamente a voluntad de poder; Jung, ciertamente el más humano y el más amable, seguramente el más grande de todos, era, muy a su pesar, descendiente de párrocos y maestros, y era él mismo un superpárroco y un supermaestro. Todos ellos fueron hombres de carácter extraordinario, todos ellos idearon sistemas que han quedado marcados para siempre con el sello de su carácter… Davey, ¿te has parado a pensar alguna vez que esos tres hombres que fueron tan espléndidos en sus intentos por comprender a los demás primero tuvieron que comprenderse a sí mismos? Si hablaban, hablaban desde el conocimiento de sí mismos a que habían llegado. No acudieron con toda su confianza a la consulta de un médico para seguir el camino que éste indicara, por ser demasiado perezosos, por tener demasiado miedo a emprender por sí mismos el viaje interior. Todos ellos demostraron una osadía heroica. Y nunca convendría olvidar que hicieron el viaje interior mientras trabajaban como esclavos en las galeras de sus tareas cotidianas, considerando los problemas ajenos, manteniendo a sus familias, viviendo plenamente. Fueron héroes en un sentido en el que nunca podrá serlo, por ejemplo, un explorador del espacio, porque se internaron en lo desconocido absolutamente solos. ¿Fue su heroísmo tan solo un medio de agavillar toda una cosecha de inválidos? ¿Por qué no vuelves a tu casa y te unces tu yugo y demuestras que también sabes ser un héroe?

          - Yo no soy un héroe, Liesl.

          - ¡Qué modesto, qué atribulado suena eso? Y seguramente esperas que yo piense: es espléndido, que manera tan viril de aceptar sus propias limitaciones. Pero yo no pienso así. Toda esa modestia personal forma parte de la personalidad evasiva de nuestro tiempo. No sabes si eres un héroe o no, pero estás decidido a no averiguarlo jamás, porque te da miedo el peso que habrás de sobrellevar si lo eres y te da miedo la certeza de no serlo.

(…)

          - Parece que tengo una disposición natural que me inclina al pensamiento, no al sentimiento. Y la doctora von Haller me ha ayudado mucho en eso. Sin embargo, no tengo la ambición de desarrollar mucho el sentimiento. No creo que eso encajara con mi estilo de vida, Liesl.

          - Si no sientes, ¿cómo vas a descubrir si eres o no un héroe?

          - Yo no quiero ser un  héroe.

          - ¿Y qué? No todo el mundo está llamado a ser el héroe triunfal de su propia y muy romántica historia. Y cuando conocemos a alguien así, es altamente probable que sea un monstruo fascinante. Pero sólo por no ser un egotista y un bocazas no tienes por qué quedarte con esa idea tan de moda que es la del antihéroe y la del alma enana. Eso es lo que podríamos considerar la Sombra de la democracia: ha conseguido que sea muy loable, que sea cómodo, que sea lo correcto, terminar convertidos en alfeñiques[1] espirituales y apoyarnos en todos los demás mequetrefes y recibir el aplauso de todos ellos en una espléndida apoteosis de la mediocridad. Son alfeñiques pensantes, desde luego; ya lo creo, piensan todo lo que puede pensar un alfeñique sin meterse en serios problemas. Pero todavía quedan héroes. El héroe moderno es el hombre que vence en su pugna interior (…) Una de las grandes estupideces de nuestro tiempo es esa creencia en un Destino nivelador, en una especie de democracia de lo sobrenatural. 



Autor: Robertson DAVIES
Título: Mantícora
Editorial: Libros del Asteroide, Barcelona, 2012 (pp. 348-351)








XII Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto

 

20 de junio de 2021

(Ciclo B - Año impar)






  • Aquí se romperá la arrogancia de tus olas (Job 38, 1. 8-11)
  • ¡Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia!  (Sal 106)
  • Ha comenzado lo nuevo (2 Cor 5, 14-17)
  • ¿Quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen! (Mc 4, 35-41)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

            El episodio del evangelio de hoy sucede de noche y en el mar. En la simbólica bíblica la noche es el momento propicio para el desencadenamiento de las fuerzas del mal y el mar es el símbolo por excelencia del caos, de la amenaza, de lo abismal, de aquello que nos puede “engullir”. Así lo vemos en la primera lectura de hoy, sacada del libro de Job, donde Dios, para hacer posible la creación, impone unos límites al mar: “hasta aquí llegarás y no pasarás, aquí se romperá la arrogancia de tus olas”.    La vida del cristiano transcurre siempre como una navegación por un mar proceloso que puede destruirlo, “engullirlo”, “tragarlo”, en cualquier momento y hacer que desaparezca. Es digno de notar que el Señor pone un límite al mar, pero no lo destruye sino que lo mantiene hasta la implantación total de su reino. Sólo cuando el reino de Dios ha sido plenamente instaurado desparece el mar, tal como leemos al final del Apocalipsis: “Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva -porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya”  (Ap 21,1). Así es también la vida de cada cristiano y de la Iglesia entera: Dios no destruye a nuestros enemigos, ni nos quita los peligros, porque tenemos que crecer gracias a ellos.

            El mar que amenaza al cristiano y a la Iglesia es el poder del mundo que no quiere tolerar que la Iglesia diga una palabra distinta a la que él dice. Pero es también el mar que llevamos dentro de nuestro corazón cada uno de nosotros, es decir, los impulsos desordenados y las pasiones, que pueden destruir en nosotros la imagen de Dios y convertirnos en un guiñapo humano, como un cascarón de nuez, arrastrado por esa corriente de siete brazos que son los siete pecados capitales.

            Lo que llama la atención es el contraste entre el miedo de los discípulos y la tranquilidad de Jesús, que duerme plácidamente ignorando la tormenta. Jesús duerme porque para Él lo más determinante no es la situación sino su relación con el Padre del cielo. Él está tan seguro del amor de su Padre del cielo, que puede dormir en medio de la tempestad. “En paz me acuesto y enseguida me duermo, porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo” (Sal 4,9). Estas palabras del salmo se cumplen perfectamente en Jesús. Y se deberían cumplir también en nosotros, porque la certeza del amor del Señor tiene que ser más fuerte en nosotros que todos los peligros, tanto exteriores como interiores, que nos amenazan. Dormir es confiar en Dios.

            Los discípulos dirigen al Señor una plegaria sencilla y muy verdadera: “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?”. Al Señor sí le importa, y mucho, que tú te hundas, que tú no seas el ser de comunión, de paz, de alegría, de amor, que Él ha visto cuando te creó. Porque el Señor no nos ha creado para que seamos un monigote arrastrado por nuestros impulsos, por nuestras pulsiones y pasiones, sino para que cada uno de nosotros sea un rostro, es decir, un ser único e irrepetible, que pronuncia una palabra de amor, de paz, de esperanza y alegría en esta vida. Y le importa tanto, que ha muerto en la cruz para que esto sea posible. Pero es necesario que nosotros le invoquemos, que le llamemos, que le digamos “¿no te importa, Señor, que perezcamos?”. A veces queremos vivir la vida cristiana sin oración, sin invocación, sin llamada angustiada al Señor. Y eso no es posible. Porque la vida cristiana es un milagro, que sólo Cristo puede hacer.

            Jesús se despierta y da una orden al mar, que inmediatamente le obedece. Y hace un reproche a sus discípulos: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Todavía no tenéis fe?”. Estas palabras expresan la pretensión de Jesús, que es, humanamente hablando, desmesurada, a saber, que su presencia, que su persona, si es acogida debidamente (es decir, con “fe”), tiene que expulsar todo temor, porque Él posee un poder con el que puede dominar cualquier situación. Que Jesús venga con nosotros es la garantía de que ninguna situación va a ser irremisiblemente negativa para nosotros. Ni tan siquiera la muerte. Pienso en los mártires del siglo XX. Pienso en aquel sacerdote jesuita anciano que era sistemáticamente torturado en Albania y cómo el Señor lo sostenía en medio de los tormentos.

            La presencia del Señor, su compañía, es la primera bendición y la garantía de toda bendición. Pues aquí subyace la cuestión de la identidad de Jesús, que los discípulos intuyen al ver lo que Jesús ha hecho y que les llena de temor: “Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: «Pues ¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen»?”. Este temor no es le miedo que tenían antes a morir, sino la conciencia de estar ante Alguien que no es de este mundo, ante Alguien que trae la presencia y el poder de Dios en su propia persona.

            Que sepamos dar gracias a Dios porque Jesús, el Señor, viene en nuestra barca. Y que no tengamos vergüenza para invocarlo todas las veces que haga falta. ¿No te importa, Señor, que yo perezca?

El gozo de la ley del Señor



Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche (Sal 1, 1-2).

El Salterio, libro de oraciones de Israel y de toda la cristiandad, comienza con la palabra dichoso, es decir, bienaventurado, con la que comienza también la proclamación de la Ley de la Nueva alianza, el Sermón de la Montaña, las Bienaventuranzas. Toda relación del hombre con Dios tiene como contenido y como meta la participación del hombre en el estado que es propio de Dios: la bienaventuranza, la felicidad. Bienaventuranza no significa cualquier tipo de bienestar, sino una plenitud que no deja nada sin llenar, vida de máxima intensidad y descanso completo, felicidad total. Dios es bienaventurado.

El salmo primero describe la vida del cristiano como un gozo: “su gozo es la ley del Señor”. Con ello nos advierte que es imposible vivir el cristianismo si lo percibimos únicamente como un “deber”, como una “obligación”, sin descubrir la dimensión de “gozo” que posee. Por supuesto que obrar el bien constituye un deber y una obligación, pero eso es sólo una cara de su esencia. La otra cara consiste en que lo bueno es algo grande que puede hacerse y que llena de gozo el corazón del hombre.

El que sólo comprende la voluntad de Dios como un yugo con el que hay que cargar, difícilmente podrá experimentar el “descanso” que el Señor prometió a quienes cargaran con él: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.» (Mt 11, 28-30).

XI Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto 

13 de junio de 2021

(Ciclo B - Año impar)






  • Yo exalto al árbol humilde (Ez 17, 22-24)
  • Es bueno darte gracias, Señor (Sal 91)
  • En destierro o en patria, nos esforzamos en agradar al Señor (2 Cor 5, 6-10)
  • Es la semilla más pequeña, y se hace más alta que las demás hortalizas (Mc 4, 26-34)
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            Las dos parábolas de este domingo nos instruyen sobre el Reino de Dios. La primera de ellas nos recuerda que la semilla del Evangelio trabaja en silencio, trabaja por sí sola y posee una gran fuerza por la que hace surgir primero la hierba, luego la espiga y finalmente el grano. Y todo ello ocurre mientras el sembrador duerme, sin que él haga nada. Una vez que se ha sembrado la semilla, el sembrador desaparece y todo el proceso de crecimiento sucede sin él, todo ocurre como si él no existiera.

            Esta parábola debe hacernos pensar mucho a los padres cristianos, a los sacerdotes, a los educadores católicos, que, a menudo, tenemos la impresión de que no hemos hecho nada, porque hemos sembrado la semilla y ahora no se ve nada, no brota nada, todo sucede etsi Deus non daretur, como si no hubiera Dios, como si Dios no existiera o por lo menos no interviniera en la historia de los hombres.

            Frente a estas impresiones la parábola nos enseña varias cosas. La primera de ellas es que lo más importante de todo, lo decisivo, lo determinante es haber sembrado la semilla, es decir, haber anunciado a Jesucristo. Tú diles a tus hijos, a tus alumnos, a tus parroquianos, que la solución es Cristo, que Él es el Camino y la Verdad y la Vida. Que ellos lo oigan de tus labios, que lo vean en tu corazón, que alguien se lo anuncie. Eso es lo más importante.

            Lo segundo es que tenemos que aprender a esperar, a dar tiempo a las cosas: la vida, tanto la natural como la sobrenatural, requiere tiempo, porque el crecimiento es siempre lento. Hay que darle tiempo a la semilla del Reino para que realice su obra, y Dios se lo da, Dios sabe esperar (“dejad que crezcan juntos” dice en la parábola del trigo y la cizaña). Los confesores lo sabemos…

            Lo tercero es que el Reino de Dios, que es la casa de Dios, es de Dios y lo construye Dios y no nosotros: “si el Señor no construye su casa, en vano se cansan los albañiles” (Sal 126, 1). Si lo construyéramos nosotros, sería una obra humana y no sería el Reino de Dios. Por eso dice de nuevo el mismo salmo: “es inútil que madruguéis, que veléis hasta muy tarde, que comáis el pan de la fatiga, Dios lo da a sus amigos mientras duermen” (v. 2).

            Por lo tanto, si no es el esfuerzo humano lo determinante para la implantación del Reino de Dios, ¿qué es, entonces? Lo determinante es la apertura de nuestro corazón, y de todo nuestro ser, para acoger la semilla de ese Reino. Eso es lo determinante: que estemos abiertos a esa semilla, a ese anuncio. Por eso el Señor se enfadaba tanto con los fariseos y conectaba tan bien con los publicanos y los pecadores: porque los primeros no ofrecían ninguna apertura a la gracia: su “justicia”, su cumplir efectivamente todos los mandamientos, los “blindaba” frente a la gracia, como aquel que había guardado todos los mandamientos desde su juventud y fue incapaz de abrirse a la mirada de amor del Señor (Mc 10,17-22); mientras que los otros, que estaban rotos por sus propios pecados, sí ofrecían aperturas a la gracia.

            Finalmente la parábola nos enseña que aunque no aparezca ya el sembrador y parezca que él está completamente ausente, no significa que la simiente haya sido abandonada para siempre a su suerte. Cuando el fruto esté maduro, el sembrador se presentará y hará la recolección de forma plenamente visible y perceptible. Porque Dios es realmente Rey y Señor. No permanecerá oculto par siempre; intervendrá con todo su poder y dirá la última palabra.

            La otra parábola, la del grano de mostaza, nos recuerda que Dios se complace en elegir instrumentos pequeños e insignificantes para mostrar así mejor que la obra que hace con ellos -la implantación de su Reino- es obra Suya y no nuestra. De la misma manera que existe una manifiesta desproporción entre la pequeña semilla y la más alta de las hortalizas en la que anidan los pájaros del cielo, así ocurre también con el Reino de Dios, que se inicia con instrumentos humanos muy pequeños y llega a convertirse en la Jerusalén del cielo, que es nuestra madre (Ga 4, 26), y que está poblada por una “muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas” (Ap 7, 9).

            Y esto significa, hermanos, que la pequeñez, la insignificancia, el límite, la incapacidad que hay en mí, no es obstáculo para el Reino de Dios, sino ocasión para que Dios muestre su poder, para que Él manifieste su gloria. Siempre, desde luego, con la misma condición: que yo entregue esa pequeñez al Señor para que Él haga su obra. Y si yo me desapropio de ella -en vez de retenerla celosamente como cosa mía, diciendo “yo soy así”-,  entonces el Señor actuará. Aquel muchacho sólo tenía cinco panes y dos peces, pero se los dio a Jesús, los puso a su disposición, y con eso el Señor dio de comer a cinco mil hombres y todavía sobró. No son mis cualidades las que me hacen idóneo para el Reino de Dios, sino la capacidad de darle al Señor lo que soy y lo que tengo, por poco que sea. Porque Dios no nos elige porque somos capaces, sino que es la elección de Dios la que nos hace capaces.

Hombre, belleza y Dios



Autor
Fernando Colomer Ferrándiz 

Título
Hombre, belleza y Dios 

Edita 
UCAM 

ISBN 
978-84-18579-76-9 


Pedidos a:

https://store.ucam.edu/ 
  
Y

Librería Diocesana 
Teléfono
(+ 34) 968 21 24 89 


Índice:

I. La belleza en la vida del hombre
II. En la escuela de los grandes clásicos
III. Cómo definir el arte
IV. Qué es una obra de arte
V. El arte, ¿ha de ser sólo arte?
VI. ¿Es fácil percibir la belleza de una obra de arte?
VII. Contemplar una catedral
VIII. El cristianismo y el arte
IX. Naturaleza, arte y Dios
X. El sacerdocio y la belleza 






Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

15 de agosto 

6 de junio de 2021

(Ciclo B - Año impar)






  • Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vosotros (Éx 24, 3-8)
  • Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor (Sal 115)
  • La sangre de Cristo podrá purificar nuestra conciencia (Heb 9, 11-157)
  • Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre (Mc 14, 12-16. 22-26)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

- La Eucaristía es una realidad de amor, es el ofrecimiento de la PRESENCIA de Cristo en nuestra vida, de una manera tangible, palpable, adecuada a nuestro corazón, que es un corazón de hombre, de un ser que es un espíritu pero encarnado, sustancialmente unido a un cuerpo.

            Cuando el marido o el hijo parten hacia la guerra, la esposa o la madre desearían poder acompañarle, para estar con él, para protegerle, para ayudarle. Movida por ese deseo la esposa o la madre le entrega a su esposo o a su hijo algún pequeño objeto -un pañuelo, una fotografía, una medalla, un colgante- pidiéndole que no se separe de él, que lo lleve siempre consigo. Si pudiera, la esposa o la madre se haría ese objeto para poder acompañar al ser amado, porque querer estar presente allí donde está aquel que amo es lo propio del amor, que desea siempre existir junto a aquel a quien se ama.

            Si los hombres pudiéramos, ese pañuelo, ese colgante etc., sería yo mismo en persona, y así estaría siempre contigo y el anhelo de mi corazón amante se cumpliría. Pero los hombres no podemos; Dios, en cambio, sí que puede. Y eso es lo que hizo Jesús aquella tarde-noche del jueves santo cuando instituyó la Eucaristía: “Toda y comed, esto es mi cuerpo”; “tomad y bebed, ésta es mi sangre”. “Mi cuerpo”, “mi sangre”, es decir, “yo”. Yo me hago pan y me hago vino para que me podáis comer y beber y de ese modo entre vosotros y yo exista una unión tan íntima como la que se realiza entre el alimento y quien lo toma.

 - La Eucaristía es la presencia CORPORAL de Cristo.

            Cuando una madre tiene a su hijo ausente durante mucho tiempo, la madre lo tiene siempre presente en su corazón; pero se trata de una presencia espiritual, de una presencia intencional, de pensamiento, de afecto, de corazón. Pero no puede ver, tocar, abrazar a su hijo.

            Jesús dijo en una ocasión: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”  (Mt 18,20). Se trata de la presencia espiritual que Él nos ha prometido y que Él cumple y realiza siempre que nos reunimos en su nombre. Por eso es tan bello reunirse para la oración, para la celebración de la divina liturgia; o sencillamente es tan bello encontrarse como cristianos, pasear, charlar, divertirse, comer juntos como cristianos: porque en todo eso Él está presente en medio de nosotros. Pero lo está de un modo espiritual.

            En la Eucaristía, en cambio, Él está presente de un modo corporal, lo que supone, para nosotros, una relación a un espacio-tiempo, a un lugar, a una materialidad, a algo físico. Esa materialidad, ese lugar, es el TEMPLO y, dentro del templo, el SAGRARIO.

            El templo católico no es como el templo protestante. El templo protestante es un lugar de silencio, ofrecido a la plegaria y a la congregación de la asamblea de los creyentes para escuchar la Palabra de Dios. Pero no está habitado por la presencia corporal de Cristo, no se puede decir de él, como hay que decir del templo católico: “el Maestro está ahí y te llama” (Jn 11,28).

            La presencia corporal de Cristo es una realidad de gracia, distinta de la simple presencia de Dios en todo lo creado y distinta de la presencia espiritual que se actúa cada vez que nos reunimos en su nombre. Es una presencia fruto de una decisión de amor del Señor, inesperada, que ninguno podíamos soñar.

 - La Eucaristía solicita nuestra presencia, porque la Presencia apela a nuestra presencia, a que le dediquemos al Señor tiempo, ante Él, en el lugar en el que Él se hace corporalmente presente, es decir, en el sagrario, en el Santísimo Sacramento expuesto.

            Las visitas al sagrario, el cara a cara con Dios en la adoración del Santísimo Sacramento expuesto, son como un entrenamiento para la eternidad, que consistirá en un ininterrumpido cara a cara con Dios, que colmará el deseo de nuestro corazón: “seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1Jn 3,2). Abrir y desgranar el propio corazón ante el Señor presente en al Eucaristía, arrodillarse o sentarse ante Él, dejarse mirar por Él y mirarle a Él -tal como le dijo al santo cura de Ars aquel campesino-, todo eso es honrar el misterio de amor que la presencia eucarística de Cristo comporta.

            Que no le falte al Señor el homenaje de nuestro amor.

Tres recuerdos para no olvidar

Catequesis parroquial nº 164

Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 26 de mayo de 2021


Santísima Trinidad

15 de agosto 

30 de mayo de 2021

(Ciclo B - Año impar)






  • El Señor es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra; no hay otro (Dt 4, 32-34. 39-40)
  • Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad (Sal 32)
  • Habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abba, Padre!» (Rom 8, 14-17)
  • Bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 16-20)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

            ¿Cuándo y dónde, fuera de Israel, se ha visto un Dios que se mezcle con los hombres, que entre en la aventura humana “con signos, prodigios y guerra”? Esta pregunta, que se hace retóricamente la primera lectura de hoy, expresa el convencimiento común a toda la humanidad de que lo propio de Dios -o de los dioses- ha sido siempre llevar una existencia feliz en el cielo -en el Olimpo, decían los griegos- y contemplar a los hombres desde lo alto, dejándoles llevar su existencia azarosa y contingente, pero sin mezclarse en ella (salvo, eventualmente, para divertirse).

            En la historia de Israel, sin embargo, se revela un Dios que no teme mezclarse con los hombres, un Dios que no teme entrar en su historia, una historia llena de absurdos y crueldades. Y el Dios de Israel entra en ella seriamente, no ocasionalmente; su seriedad se llama alianza: Dios está ahí para mostrar que ha hecho alianza con Israel, que Israel es su pueblo y que, por lo tanto, puede contar siempre con Él. La culminación de esta revelación es Jesús. Con Él Dios muestra que está dispuesto a ser fiel a su alianza hasta el extremo de la Cruz. Con ella Dios nos ha mostrado que “ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 8,38-39). Si ha sido capaz de ser fiel hasta el extremo de la Cruz, verdaderamente podemos contar siempre con Él: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

            El entrar de Dios en la historia humana tiene como finalidad hacernos partícipes de su vida, compartir con nosotros su ser, introducirnos en su familia, en la familia que Él es. Porque Dios no es un ser solitario que se encuentra, en el plano divino, solo consigo mismo, teniendo frente a sí tan sólo a las criaturas. Ésta era la idea de Dios propia del Antiguo Testamento. Pero Jesús nos ha revelado que Dios, en su mismo ser divino, lleva, desde toda la eternidad, un Hijo, en la unidad del Espíritu Santo. De modo que frente a Dios Padre está el Hijo, y ambos están unidos por el Espíritu Santo en el amor divino. La inefable unidad divina encierra la alteridad de Tres Personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Dios es, pues, familia, comunión, Amor. Y su entrar en la historia humana, hasta el abismo de la Cruz, tiene como finalidad ofrecernos la posibilidad de ser miembros de la familia que Él es, de entrar para siempre en la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. De tal manera que de ser “su pueblo” pasamos a ser “sus hijos” en un sentido muy fuerte: “partícipes de la naturaleza divina”, escribe san Pedro (2Pe 1,4), “hijos de Dios”, afirma san Pablo en la segunda lectura de hoy, precisando: “y si somos hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo”.

            Esta posibilidad se nos ofrece en el bautismo y el Señor Jesús nos ha encargado ofrecerla a todos los hombres: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Por el bautismo somos injertados en el olivo, que es Cristo, de modo que la savia de ese olivo empiece a circular por nuestro ser; somos unidos como sarmientos a la vida verdadera, que es Cristo, de modo que la vida de esa vid penetre todo nuestro ser. Por el bautismo nos entregamos a Cristo por amor y Cristo nos da su Espíritu, por el que clamamos en nuestro corazón “¡Abba! ¡Padre!” y entramos en la familia de Dios. Y esa es la gran alegría de nuestra vida, el don inmenso que hemos recibido, “la esperanza de la gloria” (Col 1,27).

            Que demos gracias a Dios por el don inmenso del bautismo y que toda nuestra vida sea una glorificación, es decir, una manifestación pública de la belleza  del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, del Dios que es Amor. Que así sea.

Castidad y alegría

La castidad que el Señor nos pide a todos los cristianos consiste en un amor de adoración por el cual ponemos a Dios en el centro de nuestra vida y ocupa Él el primer lugar en ella. Pero a algunos, a los llamados a una entrega especial a Él, en la vida religiosa o en cualquier otra forma de consagración total a Dios, el Señor no les pide solo ser el primero en su vida sino serlo todo: se trata de un amor nupcial por el que se les pide que todas sus capacidades de adhesión y de afecto estén centradas en Dios.

Esta castidad total por Dios no debe ser entendida ante todo como una carencia, como una privación de cónyuge, de hijos, de placer, como un puro sacrificio. El aspecto de sacrificio existe, pero es secundario. Lo primario es la unión amorosa a Dios: un amor pleno que quiere abarcar todas las dimensiones del ser, con una intimidad y una fidelidad destinadas a expandirse hasta la eternidad. La persona así consagrada a Dios en la castidad, conoce la alegría de la que habla san Juan Bautista (Jn 3, 29), una alegría perfecta que se apodera de todo el ser del hombre y lo hace exultar en Dios, y cuyo origen es el Espíritu Santo.

Nuestra época tiende a pensar que si no hay bienestar y placer no hay felicidad. Por eso las palabras de Cristo declarando bienaventurados –felices- a los afligidos y perseguidos desconciertan a los hombres de hoy. Pero Cristo habla siempre pensando en Dios y en la vida eterna, mientras que nosotros nos limitamos a la esfera personal e inmediata. Cristo nos invita a ir más allá de lo inmediatamente sentido, nos invita a desprendernos de nosotros mismos para entrar en la perspectiva de Dios. Nuestra época tiende a pensar que la alegría es espontánea, cuando en realidad es el fruto de un encuentro libre entre Dios y cada uno de nosotros, en el que recibimos las visitas amorosas, ardientes y puras del Espíritu Santo. Es Él quien nos otorga ese estado de felicidad y de alegría que “nadie os podrá quitar” (Jn 16, 22).

La felicidad es una Persona y, para acceder a ella, hace falta establecer momentos de encuentro, prepararse para ellos y saber reconocerlo y acogerlo cuando viene a nosotros. Por eso el Señor insiste: “velad” (Mt 24, 42), “estad preparados, porque en el momento que menos penséis vendrá el Hijo del hombre” (Mt 24, 44). Lo que el Señor dice para todos los cristianos vale especialmente para las personas consagradas en la castidad, que dependen más del amor de Dios y de su ternura.

La felicidad en Dios no es comparable a ningún placer de esta vida. Nunca se triunfa del placer por el deber, sino por un placer más grande, por la felicidad y la alegría. Hay que redescubrir lo que san Agustín llamaba la delectatio victrix, el gusto vencedor: solo la felicidad triunfa sobre el placer. La delectatio victirx, la alegría divina, es un placer que vale más que todos los placeres. La castidad nos hace renunciar al placer para alcanzar la alegría.

Introduciendo una sana distancia con todo lo creado, la castidad hace posible el acuerdo perfecto con el universo entero. No solamente con Dios, que es el depositario real de la felicidad completa y profunda; no solamente con el prójimo, percibido en el designio del amor de Dios sobre él; también con toda la creación. Es la comunión plena con la vida, el gesto que se hace ofrenda, el paso que se convierte en danza, lo cotidiano que deviene celebración, el más mínimo pensamiento que se transmuta en acción de gracias y en intercesión. No se trata de una euforia ciega, desconectada de lo real, sino de una percepción de lo real en la mirada de Dios, lo que permite permanecer en la rectitud y en la esperanza incluso cuando las pruebas y la adversidad, habituales en esta vida, se hacen presentes. Percibir el designio de amor de Dios sobre todos los seres nos permite tener una mirada puesta a la vez sobre lo real de nuestra existencia terrena y sobre la eternidad.



Autor: Soeur CATHERINE

Título: Récits d’une ermite de montagne

Editorial: Le Relié, Paris, 2019, (pp. 132-144)




Texto en formato pdf

Pentecostés

15 de agosto 

 23 de mayo de 2021

(Ciclo B - Año impar)






  • Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar (Hch 2, 1-11)
  • Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra (Sal 103)
  • Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo (1 Cor 12, 3b-7. 12-13)
  • Secuencia: Ven, Espíritu divino
  • Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo; recibid el Espíritu Santo (Jn 20, 19-23)
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El relato de los Hechos de los Apóstoles, que hemos escuchado en la primera lectura de hoy, ha puesto ante nuestros ojos el designio salvífico divino, y nos lo ha descrito como un hacer la unidad de todos los hombres asumiendo su diversidad, conservando sus diferencias: “cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua”. La unidad reside en el hecho de que todos cantan las maravillas de Dios; la diversidad en el hecho de que cada uno lo hace en su propia lengua. Dios no quiere una humanidad uniforme, homogénea. Dios ama la diversidad, la diferencia, como ya se vio en la creación de la humanidad: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios los creó, macho y hembra los creó” (Gn 1,27). Dios es uno, pero su imagen, que es el hombre, existe en la diferencia del varón y de la mujer.

            La unidad que Dios quiere crear entre todos los hombres y entre los hombres y Él mismo, es una unidad que recoge y asume la diferencia en la que viven los hombres y los pueblos. Es una unidad enriquecida con las diferencias, unidad que el mundo no sabe realizar (pues la unidad que realiza el mundo es la de la uniformidad del pensamiento único) y que Dios va realizando en su Iglesia. Lo que en este día de Pentecostés se manifestó públicamente por primera vez fue el ser de la Iglesia como el lugar donde los hombres y los pueblos pueden unificarse entre sí y con Dios sin perder su propia identidad, sin tener que renunciar a su diferencia. La unidad que se hace en la Iglesia es la unidad de la confesión de fe y de la caridad, tal como expresó magistralmente san Agustín al escribir: “En las cosas necesarias, unidad; en las cosas discutibles, libertad; y siempre y en todos, caridad”.

            La diversidad de dones, naturales y sobrenaturales, que Dios concede a los hombres tiene como objetivo “formar un solo cuerpo”, tal como nos ha dicho san Pablo en la segunda lectura de hoy. La diversidad se ordena, pues, a la unidad del cuerpo de Cristo, que es como la unidad de un cuerpo vivo, en el cual no hay dos órganos iguales, todos son necesarios y ninguno opera para sí mismo sino para el bien del cuerpo.

            Los santos son quienes mejor viven esta realidad. Ellos son los seres más singulares que existen; cada uno de ellos es único e irrepetible, pero ninguno de ellos trabaja para sí mismo, sino para el bien del conjunto, para el bien del cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Por eso ellos se someten siempre al juicio de la Iglesia, al discernimiento que la Iglesia hace de su obra, de su carisma, del don que Dios les ha dado. Y a menudo lo que la Iglesia les dice, la forma que la Iglesia confiere a su obra, no les gusta, no coincide con lo que a ellos les parecía o deseaban. Pero ellos lo aceptan siempre, porque saben que es mejor vivir en la Iglesia, ser “miembro” del cuerpo, que funcionar a su aire y por su cuenta. Teresa de Jesús lo expresó perfectamente al exclamar, poco antes de morir, “por fin muero hija de la Iglesia”.

            En el evangelio de hoy contemplamos a Cristo resucitado que sopla sobre los discípulos, encerrados en casa por miedo a los judíos, entregándoles así su “aliento”. “Aliento” significa “vida” y significa también “fuerza”. El Señor Jesús nos da su “vida”, que es la única vida que ha vencido a la muerte. Él es, en efecto, “el que vive”, tal como leemos en el Apocalipsis: “No temas, soy yo, el Primero y el Último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del Hades”. (Ap 1,17-18). Por eso les enseña las manos y el costado, como para recordarles lo que Él ha sido capaz de afrontar e insinuarles que ellos también, recibiendo su vida, tendrán que hacer lo mismo.

            Para que seamos capaces de hacerlo es para lo que el Señor Jesús nos da su Espíritu, el Espíritu Santo. La relación de Jesús con el Espíritu Santo es una relación del todo especial, que se inicia ya en su concepción. Pues es precisamente el Espíritu Santo quien viniendo sobre María (Lc 1,35) “plasma” por completo el ser humano de Jesús. En la sinagoga de Nazaret Jesús se presentó a sí mismo como “ungido” por el Espíritu del Señor (Lc 4,16-21). Como dice san Gregorio de Nisa: “La noción de unción sugiere que no hay ninguna distancia entre el Hijo y el Espíritu. Pues del mismo modo que entre la superficie del cuerpo y la unción del aceite, no hay ningún intermediario, así es también inmediato el contacto del Hijo con el Espíritu”. De modo que el Espíritu Santo bien puede ser llamado el “Espíritu de Jesús” y, al recibirlo, somos hechos presencia de Cristo -del Ungido- en medio de los hombres, somos hechos “cuerpo” de Cristo por ser hechos “templos” del Espíritu Santo.

            Que el Señor nos conceda un corazón dócil al Espíritu Santo, para que por su acción en nosotros seamos “cristificados”, es decir, hechos conformes a Cristo, para alabanza de gloria del Padre del cielo. Amén.

Alma Redemptoris Mater









Augusta Madre del Redentor,
puerta del cielo siempre abierta,
estrella del mar, ven a librar al pueblo
que tropieza y quiere levantarse.

Ante la admiración de cielo y tierra
engendraste a tu Creador
y permaneces siempre virgen.

Recibe el saludo del ángel Gabriel
y ten piedad de nosotros,
pecadores.
Amén.

Ascensión del Señor

15 de agosto 

16 de mayo de 2021

(Ciclo B - Año impar)






  • A la vista de ellos, fue elevado al cielo (Hch 1, 1-11)
  • Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas (Sal 46)
  • Lo sentó a su derecha en el cielo (Ef 1, 17-23)
  • Fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios (Mc 16, 15-20)
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            Celebramos hoy, queridos hermanos, la ascensión de Nuestro Señor Jesucristo al cielo. Lo que celebramos hoy es que Cristo resucitado sube al cielo y se sienta a la derecha del Padre en su condición corporal, es decir, en su ser de hombre que comparte con nosotros la naturaleza humana, con la corporalidad que ésta conlleva. Un hombre llega al cielo, lo que causa el asombro de los ángeles porque hasta ese momento no se había visto en el cielo un cuerpo humano. Cuando el Hijo de Dios salió del cielo y vino a la tierra, era puramente espiritual. Fue en el seno de la Virgen María donde la Palabra se hizo carne; y ahora es con esa carne que tomó de la Virgen María, con ese cuerpo que la Virgen amamantó y cuidó, el mismo cuerpo que permitió que los hombres lo vieran y lo tocaran (1Jn 1,1), el mismo cuerpo que pendió del árbol de la cruz y que reposó en la frialdad del sepulcro, el cuerpo que el Padre del cielo resucitó y transfiguró por el poder del Espíritu Santo, es el cuerpo con el que Cristo vuelve al cielo ante el asombro de los ángeles.

            La fiesta de hoy es la fiesta de la esperanza cristiana. Porque Cristo ha resucitado y sube al cielo como “primicia de los que murieron” (1 Co 15,20), como “el primogénito de muchos hermanos” (Rm 8,29). La ascensión del señor al cielo nos muestra así el destino de gloria al que Dios nos ha llamado en Cristo. Ahora se hacen realidad por primera vez las palabras que pronunció Job lleno de dolor y de esperanza y que la Iglesia retoma en su liturgia: “Creo que mi Redentor vive, y que he de resucitar del polvo y, en esta carne mía, contemplaré a Dios mi Salvador; lo veré yo mismo, no otro, mis propios ojos lo contemplarán, y en esta carne mía contemplaré a Dios mi Salvador” (Jb 19,25-27). “En esta carne mía”: estas palabras expresan la esperanza cristiana, y hace falta que “Dios ilumine los ojos de nuestro corazón para que conozcamos cuál es la esperanza a la que hemos sido llamados, cuál la riqueza  de la gloria que nos ha otorgado en herencia” (Ef 1, 18), como recuerda la segunda lectura de hoy.

            “En esta carne mía”: este cuerpo que tenemos y somos, este cuerpo que es una realidad material, biológica, este cuerpo que a veces se pone enfermo, que a veces duele, que siempre hay que lavar, vestir, cuidar etc., este cuerpo resucitará, será transfigurado, espiritualizado, y participará de la gloria de Dios, del cielo. La fiesta de hoy nos recuerda la altísima dignidad de nuestro cuerpo, que por estar destinado a sentarse con Cristo a la derecha del Padre, es sagrado, y debe ser abordado con la reverencia y el amor de todo lo que pertenece a Dios. Ante el cuerpo humano, el propio y el ajeno, hemos de sentir en nuestro corazón las palabras que el Señor dijo a Moisés: “Descálzate, porque el lugar en que estás es tierra sagrada” (Ex 3, 5).

            Nosotros los cristianos hemos de proclamar que el cuerpo merece el respeto debido a la persona humana, y que lo merece desde el instante mismo de su concepción; que nunca es un amasijo informe de células, que nunca es lícito destruirlo, ni siquiera para curar a otro cuerpo, pues no es lícito matar para curar; que no es un instrumento para el placer, para la seducción o la obtención de sensaciones, sino para la comunión y el amor entre las personas; que no recibe su dignidad de la salud que tiene, ni de la armonía estética que posee, sino de la presencia personal que lo habita. Que todo cuerpo humano, tenga o no tenga deficiencias, tenga más o menos salud, tenga más o menos belleza -entendida ésta en los términos convencionales de la moda- es siempre el lugar de la presencia personal de un ser humano, aunque ese ser humano no pueda hablar, y que está llamado a resucitar y a ser transfigurado por el poder del Espíritu Santo, para sentarse con a Cristo a la derecha del Padre. Y que por eso es sagrado y nunca es el cuerpo “de un vegetal”, sino siempre el de un hijo de Dios.

            La actitud cristiana frente al cuerpo humano se resume en dos palabras: caridad y castidad. La caridad nos manda tomar en serio las necesidades corporales y en consecuencia visitar y cuidar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, redimir al cautivo y enterrar a los muertos. Son las siete obras de misericordia corporales. La castidad nos exige tratar al cuerpo propio y al cuerpo de los demás como lo que son en realidad: el lugar de la presencia personal del hombre; no un lugar donde se conjugan unas energías ciegas que arrastran al hombre, sino el lugar donde se expresa un rostro, un ser personal, que pertenece por completo a Dios, que, por el bautismo, lo ha convertido en templo suyo: “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios?” (1Co 6,19). La castidad es, ante todo, la glorificación de Dios en nuestro cuerpo, la proclamación de que nuestro cuerpo, como el resto de nuestro ser, pertenece al Señor y que, en consecuencia, “el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo” (1Co 6, 13).

La maleabilidad del alma humana

          (El narrador evoca el delicado momento de su adolescencia en el que se enteró, por la conversación de una tía suya con su pareja, de los desmanes y las tropelías que cometía Beria, el todopoderoso jefe de la policía, en los tiempos de la Unión Soviética dirigida por Stalin. La noticia de estos hechos impactó profundamente el alma del joven Andrei. Pero lo que le impactó todavía más fue descubrir que, en algún rincón de su alma, había una complacencia y un deseo de poder cometer esos abusos. Y también, al mismo tiempo, descubre el deseo de salvar a las víctimas, de librarlas del mal. Esa dualidad opuesta dentro de la propia alma, el narrador la atribuye al carácter ruso, al alma rusa. Y por eso concluye: “Sí, eso es Rusia”. Pero, en realidad, eso es propio del alma humana en cualquier cultura, nación, continente o patria. Es propio de la condición humana)

          Pasé varias noches sin dormir. De pie ante la ventana, con la mirada perdida, la frente perlada de sudor, pensaba en Beria y en las mujeres condenadas a no vivir más que una noche. Mi cerebro se llenaba de quemaduras. Notaba en la boca un sabor ácido, metálico. Imaginaba que era el padre o el novio, o el marido de aquella joven acosada por el coche negro. Sí, durante unos segundos, mientras podía soportarlo, me veía en la piel de ese hombre, sentía su angustia, sus lágrimas, su cólera inútil, impotente, su resignación. ¡Porque todo el mundo sabía cómo desaparecían esas mujeres! Un horrible espasmo de dolor me recorría el vientre. Abría la ventana, rascaba la nieve que estaba pegada en el marco, me frotaba con ella la cara. Eso no mitigaba mis quemaduras. Veía ahora a aquel hombre retrepado tras el cristal oscuro del coche. En los vidrios de sus lentes se reflejaban las siluetas femeninas. Las seleccionaba, las examinaba, evaluaba sus encantos. Acto seguido, elegía…

          ¡Y yo me odiaba! Porque me resultaba imposible  no admirar a aquel acosador de mujeres. Sí, había algo en mí que –con espanto, repulsión, vergüenza- se extasiaba ante el poder del hombre de las lentes. ¡Todas las mujeres le pertenecían! Se paseaba por el infinito Moscú como en medio de un harén. Y lo que más me fascinaba era su indiferencia. No necesitaba que le amasen; tanto le daba lo que pudieran sentir por él sus elegidas. Escogía una mujer, la deseaba y, el mismo día, la poseía. Luego la olvidaba. Y cuantos gritos, lamentos, lágrimas, súplicas e insultos oyera no eran para él sino alicientes que incrementaban el placer de la violación.

          Perdí el conocimiento al inicio de mi cuarta noche en vela. Justo antes de sufrir el síncope, creí percibir el pensamiento febril de una de aquellas mujeres violadas, la que adivinaba de repente que en ningún caso la dejarían marchar. Este pensamiento que se abría paso a través de su delirio forzado, de su dolor, de su asco, resonó en mi cabeza y me hizo caer al suelo.

          Al volver en mí, me sentí distinto. Más tranquilo, más fuerte también. Como un enfermo que tras una operación se habitúa de nuevo a caminar, avanzaba lentamente de una palabra a otra. Necesitaba ponerlo todo en orden. Murmuraba en la oscuridad breves frases que confirmaban mi nuevo estado.

          -O sea que hay en mí otro ser capaz de contemplar tales violaciones. Puedo ordenarle que se calle, pero sigue estando ahí. Luego, en principio, todo está permitido. Me lo ha enseñado Beria. Y si Rusia me subyuga es porque no conoce límites, ni para el bien ni para el mal. Me permite envidiar a ese cazador de cuerpos femeninos. Y aborrecerme. Y acercarme a una mujer magullada, aplastada por una masa de carne sudorosa. Y adivinar su último pensamiento lúcido: el de la muerte que seguirá al repugnante coito. Y aspirar a morir al tiempo que ella. Porque no se puede seguir viviendo cuando se lleva dentro a ese doble que admira a Beria…

          Sí, era ruso, y de pronto comprendía de manera confusa qué implicaba eso. Llevar dentro de sí a todos los seres desfigurados por el dolor, los pueblos calcinados, los lagos helados llenos de cadáveres desnudos. Conocer la resignación de un rebaño humano violado por un sátrapa. Y el horror de sentirse partícipe en semejante crimen. Y el deseo rabioso de revivir todas esas historias pasadas para extirpar de ellas el sufrimiento, la injusticia, la muerte. Sí, alcanzar al coche negro en las calles de Moscú y aniquilarlo de un manotazo. Luego, conteniendo la respiración, acompañar a la joven que abre la puerta de su casa, sube la escalera… Dar cobijo a toda esa gente en mi corazón para poder librarlos un día en un mundo redimido del mal. Pero, entretanto, compartir su dolor. Aborrecerse por cada desfallecimiento. Llevar ese compromiso hasta el delirio, hasta el desvanecimiento. Vivir casi cada día al borde del precipicio. Sí, eso es Rusia.



Autor: Andrei MAKINE

Título: El testamento francés

Editorial: Tusquets Editores, Barcelona, 1997, (pp. 177-179)




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VI Domingo de Pascua

15 de agosto 

9 de mayo de 2021

(Ciclo B - Año impar)






  • El don del Espíritu Santo ha sido derramado también sobre los gentiles (Hch 10, 25-26. 34-35. 44-48)
  • El Señor revela a las naciones su salvación (Sal 97)
  • Dios es amor (1 Jn 4, 7-10)
  • Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos (Jn 15, 9-17)
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            Estamos aquí reunidos, celebrando la Eucaristía, porque el Señor Jesús nos ha elegido, Él a nosotros, mucho antes de que nosotros le eligiéramos a Él; y nos ha elegido para que nosotros, en medio de los hombres, demos fruto y nuestro fruto dure. El domingo pasado meditábamos  sobre la condición esencial para dar fruto: vivir unidos a Cristo, vivir en gracia de Dios. Hoy el Señor nos describe este vivir unidos a Él con tres palabras muy bellas: amor, alegría y amistad.

            En primer lugar amor.  Jesús nos dice que el Padre le ama y que Él ama al Padre y permanece en su amor porque Él cumple los mandamientos de su Padre. El amor no se nos describe aquí como una cuestión de sentimientos sino de voluntad y de libertad. “Te amo” significa “te obedezco”. Por esto dice Jesús: “vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando”.

            Lo que el Padre le ha mandado a Jesús ha sido una cosa muy difícil: que diera la vida en la cruz. Y Jesús lo ha hecho mostrándonos así el amor que el Padre nos tiene y mostrándonos también su propio amor, pues como Él mismo dice: “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

            Jesús, a su vez, nos da un mandamiento para que, cumpliéndolo, “permanezcamos en su amor”, es decir, en la comunión y la unión con Él. Y ese mandamiento es “que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Es fácil amar a Dios cuando comprendemos que Dios no tiene culpa de nada de lo que ocurre y que encima ha sido tan bueno que ha venido a estar con nosotros sabiendo que eso le costaría una muerte horrorosa. En cambio cuesta bastante más amar al vecino, que no siempre se comporta generosa y amablemente. Jesús dice: ámalo como yo te he amado a ti, ten con él la misma paciencia, la misma buena disposición y esperanza que yo tengo contigo.

            La segunda palabra es alegría. Jesús nos habla de los mandamientos para que estemos alegres, para que la alegría que hay en Él, la tengamos también nosotros. Jesús está lleno de alegría porque está lleno de amor. Por eso hace lo que el Padre le ha mandado, a pesar de lo difícil y duro que es, como si no le costara nada.

            Obedecer al Señor es fuente de alegría. Cuando el hombre obedece a Dios, cuando cumple bien los mandamientos, el ser del hombre queda perfectamente ajustado, recupera la “arquitectura” que Dios le dio al crearlo, y que es una arquitectura esencialmente “vertical”: el hombre está hecho para que, por su vértice, que es el espíritu-corazón, mire a Dios, esté en comunión con Él. Al obedecer al Señor, al mirar a Dios, en vez de mirarse a sí mismo, al aceptar recibir de Dios la norma de actuación y seguirla, el hombre reencuentra su verdadero ser y su corazón se llena de alegría. Como dice el salmo 18: “Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos” (Sal 18, 9). “Recuérdame lo infeliz que me siento cuando me alejo de tus mandamientos”: puede ser una buena oración.

            La tercera palabra es amistad. El Señor nos dice que Él quiere ser nuestro amigo, que nos trata como amigos. Por eso se confidencia con nosotros, es decir, nos abre su corazón y nos cuenta sus secretos. El secreto que Él nos ha contado es que el Padre del cielo ama a todos los hombres, que Dios quiere que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1Tm 2,4).

            San Pedro, uno de los mejores amigos de Jesús, a pesar de su debilidad, lo entendió perfectamente y por eso fue el primero en abrir el cristianismo a los paganos, fue el primero que proclamó (como se ve en la primera lectura de hoy) que “está claro que Dios no hace distinciones” (entre judíos y gentiles), sino que ofrece su salvación a todos, porque Jesucristo ha muerto y resucitado por todos los hombres.

            Él espera de nosotros que le recibamos como amigo y que también nosotros le abramos nuestro corazón, que le contemos nuestros secretos, que no tengamos ningún secreto para Él. Esto se hace en la oración personal, en la intimidad del sagrario. El Señor quiere que le abramos nuestro corazón, que le mostremos todo lo que hay en él, como lo hacemos con el amigo verdadero, del que dice la Sagrada Escritura que es un tesoro (Si 6,14). En nuestro corazón hay heridas que Él quiere besar para sanarlas, hay deseos e ilusiones que Él quiere purificar para poder realizarlos, hay también malas tendencias que Él quiere destruir, o por lo menos controlar, para que no nos hagan daño, pues a menudo nuestros peores enemigos están dentro de nosotros. Y todo esto el Señor lo quiere hacer pero no a la fuerza, pasando por encima de nosotros y de nuestra libertad, sino tan solo si nosotros, libremente, le abrimos nuestro corazón en el silencio de la oración personal, “como habla un hombre con su amigo” (Ex 33,11).

            Que abramos nuestro corazón al Señor en la oración personal, silenciosa, en el cara a cara con Él, que nos espera en el sagrario. Para que cumplamos sus mandamientos y nuestro corazón de llene de su alegría. Amén.

Escuela de la fe #04: Caminar y morar


Caminar y morar


D. Fernando Colomer Ferrándiz
30 de abril de 2021

V Domingo de Pascua

15 de agosto 

2 de mayo de 2021

(Ciclo B - Año impar)






  • Él les contó cómo había visto al Señor en el camino (Hch 9, 26-31)
  • El Señor es mi alabanza en la gran asamblea (Sal 21)
  • Este es su mandamiento: que creamos y que nos amemos (1 Jn 3, 18-24)
  • El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante (Jn 15, 1-8)
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            “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.

            Estas palabras del Papa Benedicto XVI traducen la enseñanza del Evangelio de hoy. Pues uno no es cristiano por ser una buena persona, por colaborar con muchas ONG, por ser solidario con los pobres dedicando tiempo y dinero a causas justas…; uno es cristiano si ha sido injertado en esa vid que es Cristo y si, como consecuencia de ello, la misma savia que circula por la vid, empieza a circular por él. Uno es cristiano si está animado, habitado, movido, por la misma vida que anima, habita y mueve a Cristo. Y si no, no lo es, aunque sea una bellísima persona.

            Pues el Hijo de Dios, hermanos, no se ha hecho hombre para que nosotros seamos “buenas personas”, es decir, personas moralmente correctas, sino para mucho más: para que tengamos vida y vida en abundancia (Jn 10,8); y “vida” aquí significa “vida eterna”, significa la vida misma de Dios, la única vida que ha vencido a la muerte. Por eso los Padres de la Iglesia nos enseñan que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, para que los hombres seamos divinizados, seamos hechos dioses, no por naturaleza, evidentemente, sino por participación en la vida misma de Dios. “Dios se ha hecho hombre para que el hombre llegue a ser Dios” afirma San Atanasio. De este modo el hombre por gracia va siendo lo que Cristo es por naturaleza, explica San Juan Damasceno.

            Esto es algo que excede por completo las fuerzas del hombre, sus propias posibilidades: pues nadie puede darse a sí mismo vida eterna, nadie puede pretender alcanzar la divinidad y participar de ella: “Sin mí no podéis hacer nada”. Por eso el cristianismo no es el fruto de la iniciativa del hombre sino de la de Dios: es Dios, en su amor gratuito, quien nos ha regalado, en Cristo, esta posibilidad que el bautismo realiza en nosotros. En el bautismo, en efecto, es donde somos injertados en esa vid que es Cristo y empieza a circular, por nuestro organismo espiritual, la misma vida que anima  a  Cristo  resucitado.  “Por esto -escribe San Agustín, citando a San Juan Crisóstomo- es por lo que también bautizamos a los niños, a pesar de que no han cometido pecados: con el fin de que les sean dadas la santidad, la justicia, la adoración, la herencia, la fraternidad de Cristo; para que sean sus miembros”.

            Cuando se ha comprendido esto se percibe que lo más importante es permanecer en este acontecimiento que nos ha sucedido, en esta inserción en la vid que es Cristo; que lo más importante es no separarse de Él: “Permaneced en mí y yo en vosotros”. Como dice San Benito: “Nada preferir al amor de Cristo”, a la unión con Él, porque “estar con Cristo es, con mucho, lo mejor” (Flp 1,23), ya que Cristo, y sólo Él es la compañía que corresponde por completo, de manera exhaustiva, a los anhelos del corazón del hombre.

            Pues el corazón del hombre anhela un amor que le ame, como decía Santa Teresita,  “incluso en mi debilidad”, es decir, incluso en su fragilidad moral, en su inconstancia, en su imperdonable falta de reciprocidad. ¿Pero quién será capaz de amar así, de amar hasta ese extremo, de amarnos cuando se hace evidente que no merecemos ser amados? Pues precisamente ése es el amor que nos ha sido “manifestado en Cristo Jesús”. Y por eso no hay imperativo mayor que permanecer en él.

            La confesión sacramental es el lugar donde demostramos que creemos de verdad en el amor de Dios, en el hecho de que Cristo nos ama incluso en nuestra debilidad; porque en ella le entregamos a Cristo lo que nadie querría de nosotros: nuestros pecados, es decir, nuestras violencias, nuestras cobardías, nuestros egoísmos, nuestras injusticias. Y Él recoge amorosamente todas nuestras culpas y las destruye con su perdón.

            Permanezcamos siempre unidos a Cristo, como el sarmiento está unido a la vid. Entonces seremos todopoderosos por intercesión, porque desearemos y pediremos sólo cosas que sean conformes a Cristo, y siempre nos serán concedidas. Entonces también nuestra vida será fecunda: servirá para que otros conozcan y amen a Cristo. Que así sea.