La esperanza del pecador
Él que me ha dado bienes tan grandes,
y he seguido la ruta del Maligno
para mirar con éste el fondo del infierno!
Aquí estoy indigno de tus bienes,
ingrato ante tus favores,
cerrado al Amor
y atado por las amarras del pecado.
Pero Tú, Señor, Tú eres Refugio,
Tú mismo, Tú eres Redención,
Tú, Tú eres Socorro,
y eres Tú quien es Expiación,
Tú, Tú eres Beatitud.
Por Ti viene la Curación,
tuya es la Misericordia,
único Poderoso, Viviente, Inefable,
Señor Jesucristo, Dios bienhechor.
Bendito seas, Bendito y de nuevo Bendito;
con tu Espíritu Santo sé exaltado por siempre
en la gloria de tu Padre consubstancial,
¡oh Grande por los siglos de los siglos!
Amén.
XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario
15 de noviembre de 2020
- Trabaja con la destreza de sus manos (Prov 31, 10-13. 19-20. 30-31)
- Dichosos los que temen al Señor (Sal 127)
- Que el Día del Señor no os sorprenda como un ladrón (1 Tes 5, 1-6)
- Como has sido fiel en lo poco, entra en el gozo de tu señor (Mt 25, 14-30)
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La belleza de mi abuela
Quizás ese mismo día (…) reparé también en la belleza de mi abuela. La idea de esa belleza se me antojó en un principio inverosímil. En la Rusia de aquella época, toda mujer que rebasaba la cincuentena se transformaba en babuchka, un ser cuya feminidad y, máxime, belleza resultaba absurdo suponer. No digamos ya afirmar: “Mi abuela es guapa”…
Y sin embargo, Charlotte, que tendría por entonces sesenta y cuatro o sesenta y cinco años, era guapa. Acomodándose en la parte inferior de la orilla escarpada y arenosa del Sumra, leía bajo las ramas de los sauces, que cubrían su vestido con una trama de sombra y de sol. Sus cabellos plateados estaban recogidos en la nuca. En ocasiones, sus ojos me miraban sonriendo levemente. Yo intentaba discernir qué era lo que irradiaba, en aquel rostro, en aquel vestido tan sencillo, la belleza cuya existencia casi me avergonzaba reconocer.
No, Charlotte no era de esas mujeres “que no aparentan su edad”. Sus rasgos no tenían tampoco ese huraño atractivo que poseen los rostros “bien conservados” de las mujeres que viven en lucha permanente contra las arrugas. No intentaba camuflar su edad. Pero el envejecer no provocaba en ella ese encogimiento que demacra los rasgos y reseca el cuerpo. Miré con atención el reflejo plateado de sus cabellos, las líneas de su rostro, sus brazos ligeramente bronceados, los pies descalzos que casi tocaban la perezosa corriente del Sumra… Y con insólita alegría, descubrí que no mediaba una estricta frontera entre el tejido floreado del vestido y la sombra moteada del sol. Los contornos de su cuerpo se perdían imperceptiblemente en la luminosidad del aire; sus ojos, cual una acuarela, se confundían con el cálido brillo del cielo, el gesto de sus dedos volviendo las páginas se entreveraba con el ondular de las largas ramas de los sauces… ¡Así pues, en esa fusión se escondía el misterio de su belleza!
Sí, su rostro, su cuerpo, no se crispaban, asustados por la llegada de la vejez, sino que se impregnaban del viento soleado, de las amargas fragancias de la estepa, del frescor de los sauces. Y su presencia confería una extraña armonía a aquella extensión desierta. Charlotte estaba allí, y, en la monotonía de la llanura abrasada por el sol se formaba una inaprensible consonancia: el melodioso rumor de la corriente, el acre olor de la arcilla húmeda mezclada con la penetrante fragancia de las hierbas secas, el juego de luces y sombras bajo las ramas. Un instante único, irrepetible, en el nebuloso transcurrir de los días, los años, los tiempos…
Un instante que no pasaba.
(…)
Y en mis labios (…) se difumina esta frase que nunca me he atrevido a decir: “Si todavía es tan guapa, pese a sus cabellos blancos y a tantos años vividos, es porque a través de sus ojos, de su rostro, de su cuerpo, se transparentan todos estos instantes de luz y de belleza…
Autor: Andrei MAKINE
Título: El testamento francés
Editorial: Tusquets Editores, Barcelona, 1997, (pp. 228-229; 244)
XXXII Domingo del Tiempo Ordinario
8 de noviembre de 2020
- Quienes buscan la sabiduría la encuentran (Sab 6, 12-16)
- Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío (Sal 62)
- Dios llevará con él, por medio de Jesús, a los que han muerto (1 Tes 4, 13-18)
- ¡Que llega el esposo, salid a su encuentro! (Mt 25, 1-13)
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De ángeles y demonios
I. Existencia y significado de los santos ángeles
II. Los ángeles en la Biblia
III. Los demonios en la Biblia
IV. El ser de los ángeles
V. El obrar de los ángeles
VI. El universo angélico
VII. Misiones de los santos ángeles
VIII. El pecado de los ángeles
IX. La mentalidad demoníaca
X. El diablo en el siglo XX: las ideologías
XI. El diablo en las sociedades democráticas
XII. Los ataques demoníacos
XIII. La posesión diabólica
XIV. El exorcismo
XV. Para vecer al demonio
Dar fruto
La vida cristiana, que es vida en el Espíritu Santo, se objetiva por sus frutos. Y por eso el Señor dice: “por sus frutos los conoceréis” (Mt 7, 16). Pero, al igual que ocurre con el árbol, el hecho de fructificar requiere tiempo, no sucede inmediatamente, requiere un proceso de maduración. Por eso el salmo dice “da fruto en su sazón”, es decir, a su tiempo. Pues, tal como afirma la Escritura, “todo tiene su momento y cada cosa su tiempo bajo el cielo” (Qo 3, 1). El Señor sabe esperar que llegue el tiempo de la sazón, de los frutos. Por eso le dijo a Pedro, que pretendía dar la vida por él: “Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde”.
Todos los santos
1 de noviembre de 2020
- Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas (Ap 7, 2-4. 9-14)
- Esta es la generación que busca tu rostro, Señor (Sal 23)
- Veremos a Dios tal cual es (1 Jn 3, 1-3)
- Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo (Mt 5, 1-12a)
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El misterio del mal
Catequesis parroquial nº 159
Fecha: 21 de octubre de 2020
Para escuchar la charla en ivoox, pulse aquí: https://go.ivoox.com/rf/58395759
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XXX Domingo del Tiempo Ordinario
25 de octubre de 2020
- Si explotáis a viudas y a huérfanos, se encenderá mi ira contra vosotros (Éx 22, 20-26)
- Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza (Sal 17)
- Os convertisteis, abandonando los ídolos, para servir a Dios y vivir aguardando la vuelta de su Hijo (1 Tes 1, 5c-10)
- Amarás al Señor tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo (Mt 22, 34-40)
- Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf
La pregunta que le hacen hoy al Señor
en el evangelio tiene pleno sentido dentro del judaísmo, donde hay 613
preceptos -entre mandatos y prohibiciones- que constituyen la Torah, La Ley de Dios, que el judío
piadoso tiene que cumplir. ¿Cuál es el más importante de todos estos preceptos,
aquel en cuya observancia está Dios más interesado, aquel que, en cierto modo,
nos da la clave de todos los demás?
La respuesta del Señor empieza con una
palabra: amarás. Con ello ya se nos
está diciendo que la clave de todos los preceptos es el amor. “Amor” es una
palabra que nosotros asociamos inmediatamente al sentimiento, a la afectividad.
Sin embargo conviene recordar que, el amor, en la Biblia, designa, ante todo,
una decisión de vincularse a alguien,
a quien se le conceden, por esa vinculación, unos derechos sobre uno mismo, y a
los actos concretos que alimentan esa
decisión: amar es hacer alianza con
aquel a quien se ama. Y “hacer alianza” significa unir mi destino al destino de
otro y saber que, a partir del momento en que he sellado una alianza, yo puedo contar siempre con esa persona, para
caminar hacia mi destino, como ella puede contar conmigo para caminar hacia el
suyo.
El Señor nos recuerda que Dios ha hecho alianza con nosotros y que la
fidelidad de Dios a esa alianza es tan grande que la única actitud correcta por
parte nuestra es la de amarle “con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo
tu ser”. Efectivamente, la fidelidad de Dios a la alianza que ha hecho con nosotros es tan grande que llegará hasta la
Cruz, hasta la entrega de su propio Hijo en la Cruz. Nadie nos ha amado tanto
como Él, y por eso Él merece el amor “total” (“con todo tu…”) que Cristo nos recuerda.
Pero ¿cómo podemos “amar” a Dios? ¿Qué
le podemos dar nosotros que Él no posea ya de antemano? El reconocimiento de su
presencia, de su compañía, de su acompañamiento en nuestro caminar. Lo que le
podemos dar a Dios es vivir nuestra vida sin dudar nunca de que él camina con
nosotros, de que Él está siempre cerca de nosotros y de que nos está siempre
amando. Vivir nuestra vida sabiéndonos acompañados por Él, aunque nuestra vida
sea un infierno. Amar al Señor es decirle “Tú no tienes culpa de nada”, “Tú no
me debes nada” y darle gracias por su compañía.
“Llamó a los que él quiso (…) para que estuvieran con él y para
enviarlos a predicar” (Mc 3, 13-14). El primer objetivo de la elección que hace
Cristo de los Doce es para que estuvieran
con él: Dios quiere nuestra presencia, nuestra compañía, y por eso, la
manera de amarle, de reconocer su amor, es dársela. Y eso, queridos hermanos,
es la oración: el tiempo que yo le doy a Dios para que Él, misteriosamente,
disfrute de mi compañía. Porque Él me ha elegido, en primer lugar, para que
“esté con Él”. Así se empieza a cumplir el primer mandamiento.
Y puesto que Dios te ha amado,
haciendo alianza contigo, sin que tú lo merecieras -“por pura gracia estáis
salvados” (Ef 2,5)-, haz tú también alianza con todos los hombres, aunque no lo
merezcan. Comprométete con ellos, con su caminar; que ellos puedan contar
contigo para alcanzar su destino (que, al igual que el tuyo, es Cristo).
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”: querrás su propia realización como
quieres la tuya, desearás su plenitud como deseas la tuya.
Y de nuevo aquí no hay que confundir
el amor con la afectividad, con los sentimientos. Para poder amar bien al
prójimo hay que percibirlo a la luz de la Verdad, que es Cristo. Por eso
escribe san Pedro: “Por la obediencia a la verdad habéis purificado vuestras
almas para un amor fraternal no fingido; amaos, pues, con intensidad y muy
cordialmente uso a otros” (1 Pe 1,22-23). Es la “obediencia a la verdad”, es
decir, el amor a Dios, que es la Verdad, la que purifica nuestra mirada para
ser capaces de un amor fraternal no fingido.
Que el Señor nos conceda ser hombres y mujeres de oración y ser obedientes a la verdad; para que cumplamos estos dos mandamientos “que sostienen la Ley entera y los Profetas”. Amén.
El don de temor
Introducción: el papel de los dones del Espíritu Santo en la vida cristiana
Los
Padres de la Iglesia han comparado los dones del Espíritu Santo a las velas de
un barco: sirven para recoger el viento, es decir, el “soplo” del Espíritu.
Para vivir como “hijos de Dios” los hombres necesitamos una auténtica
renovación de nuestro ser, la creación en nosotros de un nuevo “organismo” que
nos permita actuar como hijos de Dios. Esta va a ser la función de los dones
del Espíritu Santo que son, en realidad, “dona
totius Trinitatis”, pero que atribuimos por apropiación, a la Persona del
Espíritu Santo, como una obra del Amor de Dios santificando a los hombres. La
creación en nosotros de este nuevo “organismo interior” nos hará capaces de
actuar “al modo divino”, de obrar de una manera deiforme, como unos hijos que
se parecen de verdad a su Padre Dios. A través de ellos Dios nos comunica su
propia manera de pensar, de amar y de obrar, en la medida en que le es posible
a una criatura participar en el modo mismo del obrar divino. En realidad se
trata de la creación de un nuevo sujeto
en el que toda la subjetividad sea vehículo, transparencia, receptáculo, de la
subjetividad de Cristo, tal como afirma Pablo: Y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí (Gálatas 2, 20). De tal manera que, a través
de sus dones, el Espíritu Santo “dibuja” en nosotros el rostro bendito del
Ungido, de Cristo, con lo que nosotros empezamos a parecernos a Él, y por eso empiezan a realizarse en nosotros las
bienaventuranzas. Las bienaventuranzas son, ante todo, el retrato del rostro de
Jesús, de su manera de ser, de sentir, de reaccionar, de actuar. Por eso a
medida que somos “cristificados” van apareciendo en nosotros. Los doctores de
la Iglesia han establecido una correspondencia entre los dones del Espíritu
Santo y las bienaventuranzas: cada don crea en nosotros una de las
bienaventuranzas.
En
la vida cristiana hay un umbral: es el punto en el que el hombre ya no intenta
practicar las virtudes de un modo humano, sino más bien dejarse llevar por el
Espíritu. Hasta ese momento el cristiano ha sido un adulto que ha decidido y ha
hecho, con la ayuda de Dios, lo que ha podido. A partir de ahora se va a
convertir en un niño, va a entrar en un abandono total. Este “umbral” se
identifica con el “caminito” de Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz,
que consiste en “dejarse llevar” por la acción del Espíritu Santo. Pues la
esencia de este camino espiritual consiste en que “es Jesús quien lo hace todo,
yo no hago nada”. Santa Teresita descubrió que la debilidad (“soy una nada muy
pequeña”) es el lugar donde actúa la fuerza de Dios, con tal que uno reconozca
con toda franqueza la propia impotencia ante Dios y le pida a Jesús que Él sea
nuestra “justicia y santidad”, renunciando a apropiarse cualquier mérito. Y
esto es vivir según la dinámica de los dones del Espíritu Santo.
En
la “escala” de los dones del Espíritu Santo la cumbre está ocupada por el don
del sabiduría; pero el primer escalón
para llegar a esa cumbre es el don de temor
de Dios. Por eso la Escritura afirma que “el principio de la sabiduría es
el temor de Dios” (Sal 110, 10).
Cabría pensar que la palabra “temor”
no tiene cabida en el cristianismo. Ante lo divino y sus manifestaciones, el
hombre siente naturalmente temor. Así lo vemos en muchísimos lugares de los
Evangelios, como cuando Jesús calma la tempestad con solo su palabra (Mc 4,41),
o como cuando expulsa a la Legión de demonios que poseían al endemoniado de
Gerasa (Mc 5,15), o en la misma Transfiguración del Señor sobre el monte (Lc
9,34). Por eso la novedad que Cristo aporta se puede describir como una
liberación del temor: “Para que, libres de temor, le sirvamos en santidad y
justicia, en su presencia, todos nuestros días” (Lc 1,74-75). De hecho, una de
las frases que se repiten con frecuencia en los Evangelios es “no temáis”, “no
temas” (Mt 10,28-31; 14,27; 28,5 y 10; Lc 1,30; 2,10; 5,8; 8,85; Hch 27,24).
San Pablo describe la novedad cristiana con estas palabras: “Y vosotros no
habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien,
habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abba,
Padre!” (Rm 8,15) Y San Juan, por su parte, sentencia: “No cabe temor en el
amor; antes bien, el amor pleno expulsa el temor, porque el temor entraña
castigo; quien teme no ha alcanzado la plenitud en el amor” (1Jn 4,18).
Sin embargo el propio Nuevo Testamento
utiliza la palabra “temor” en un sentido positivo, como una de las
características de la experiencia cristiana. Así lo vemos en San Pablo: “Sed
sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo” (Ef 5,21); “Teniendo, pues,
estas promesas, queridos míos, purifiquémonos de toda mancha de la carne y del
espíritu, consumando la santificación en el temor de Dios” (2Co 7,1). Y en San
Pedro: “Y si llamáis Padre a quien, sin acepción de personas, juzga a cada cual
según su conducta, conducíos con temor durante el tiempo de vuestro destierro”
(1Pe 1,17). Y también en San Lucas: “Las iglesias gozaban de paz en toda Judea,
Galilea y Samaria; pues se edificaban y progresaban en el temor del Señor y
estaban llenas de la consolación del Espíritu Santo” (Hch 9,31). Notemos esta
última cita donde el progreso “en el temor del Señor” va unido a “la
consolación del Espíritu Santo”.
Un
texto de San Hilario puede ayudarnos a resolver esta aparente contradicción y a
descubrir la esencia de este don. Dice así “En cambio, con respecto al temor
del Señor, hallamos escrito: Venid,
hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor. Así, pues, el temor
de Dios ha de ser aprendido, ya que es enseñado. No radica en el miedo, sino en
la instrucción racional; ni es el miedo connatural a nuestra condición, sino
que consiste en la observancia de los preceptos, en las obras de una vida
inocente, en el conocimiento de la verdad. Para nosotros el temor de Dios
radica en el amor, y en el amor halla su perfección”.
En la Biblia, en efecto, “temer a Dios” es la expresión típica de la
fidelidad a la Alianza. El temor de Dios implica el amor con el que Israel responde
al amor con que Dios lo ama, así como una obediencia absoluta a todo lo que
manda. Por eso cuando los
grandes profetas anuncian la plenitud de la salvación, incluyen siempre, como
uno de sus componentes esenciales, el temor del Señor. Isaías, por ejemplo, al
hablar del Mesías, afirma que uno de los rasgos determinantes de su ser es el
temor de Yahveh: “Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus
raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu de Yahveh: espíritu de sabiduría
y de inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y de
temor de Yahveh. Y le inspirará el temor de Yahveh” (Is 11,1-3). Y Jeremías por
su parte, cuando describe la plenitud de la salvación futura, afirma: “He aquí
que yo los reúno de todos los países a donde los empujé en mi ira y mi furor y
enojo grande, y les haré volver a este lugar, y les haré vivir en seguridad,
serán mi pueblo y yo seré su Dios; y les daré otro corazón y otro camino, de
suerte que me temerán todos los días para bien de ellos y de sus hijos después
de ellos” (Jr 32,37-39).
El
“temor de Dios” instaura, ante todo, una jerarquía de valores en la cual “lo
más querido”, lo más amado, es Dios. Uno “teme” perder lo que más ama, uno
“teme” traicionar, no estar a la altura, del ser más querido. En esta línea se
sitúa el temor de Dios y así se comprenden perfectamente las palabras de la
Escritura antes citadas. El temor de Dios es el inicio de la sabiduría porque, al establecer la correcta jerarquía
de valores, se convierte en un principio ordenador que orienta la mirada del
hombre y engendra en él la verdadera comprensión de la realidad: “Plenitud de
la sabiduría es temer al Señor” (Eco 1,16).
El
temor de Dios, como nos indica San Hilario, no es “el miedo connatural a
nuestra condición” de seres finitos, que existen en un mundo limitado,
sometidos a una serie de necesidades cuya satisfacción es incierta. Esta
condición del hombre como ser-en-el-mundo hace de él un ser frágil, fácilmente
presa del “temor” de no poder satisfacer sus necesidades, y a menudo víctima
del “miedo” a las diferentes y numerosas desgracias que pueden afligir la vida
del hombre sobre la tierra. Precisamente el “temor de Dios” libera al hombre de
todos sus miedos: en la medida, en efecto, en que Dios va siendo para mí “el
primero”, “lo más querido”, me libero de todos mis miedos, puesto que el
“tesoro de mi corazón” –según la expresión evangélica: “donde está tu tesoro
allí está tu corazón”- está libre de
todas las contingencias de la vida terrena y nada, ni la misma muerte, me puede
separar de él: “Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles
ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura
ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús” (Rm 8, 38-39). Por eso no tiene nada de
sorprendente que la respuesta más audaz frente a los enfermos de sida haya
venido de los cristianos: el temor de Dios los hace capaces de vencer todos los
miedos.
Juan
Pablo II comenta que la expresión auténtica y plena del temor de Dios es Cristo
mismo. Cristo quiere que tengamos miedo de todo lo que es ofensa a Dios. Lo
quiere porque ha venido al mundo para liberar la libertad del hombre, que está
cautiva por el poder del pecado, según la palabra del Señor: “el que comete
pecado es un esclavo” (Jn 8, 34). De
modo que el temor de Dios nos libera de todos los miedos haciéndonos temer
únicamente a “Aquel que pueda arrojar alma y cuerpo en el abismo” y liberándonos por lo tanto del temor
de quien “sólo puede matar el cuerpo” (Lc
12, 5).
El
efecto fundamental de este don es una docilidad especial al Espíritu Santo para
apartarse del pecado y someterse totalmente a la voluntad divina. Todos los
dones del Espíritu Santo expresan, comunicándolo al hombre, aspectos del ser
divino (la inteligencia, la sabiduría, la fortaleza, etc.). El don del temor
expresa la santidad divina, el alejamiento radical y absoluto de Dios en
relación con el mal, la inocencia del Cordero, que es sin mancha desde antes de la fundación del mundo (1Pe 1, 19). Dios
es absolutamente incompatible con el mal, hasta el punto incluso de que sus
ojos son demasiado puros para ver el mal (Ha
1, 12-13), y de que, como explica Santo Tomás de Aquino, Dios no tiene idea del
mal.
Siendo
Dios radicalmente incompatible con el mal y siendo yo un hombre pecador, se
comprende mi “temor” a no estar nunca suficientemente purificado, para poder
acogerle en mi corazón: aléjate de mí,
Señor, que soy un hombre pecador (Lc 5, 10) tal como dijo Pedro a Jesús.
“Todos nosotros estamos agradecidos a
Pedro por lo que dijo aquel día”, comenta Juan Pablo II. El don de temor
nos sitúa en esta perspectiva tan verdadera y tan fundamental y nos induce a
apartarnos radicalmente del pecado, avivando en nosotros la conciencia de la
absoluta santidad de Dios y, por lo tanto, de la correlativa pureza que es
imprescindible para vivir junto a Él. El don de temor nos libra así de la falsa
familiaridad con Dios, de toda chabacanería y vulgaridad en la relación con Él,
obligándonos a considerar siempre el abismo que nos separa de Él. De este modo
aviva en nosotros nuestra conciencia creatural y nos permite adquirir la
sabiduría propia de un “corazón sensato”: enséñanos
a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato (Sal
89,12).
Pues
entre Dios y el hombre existe siempre un abismo infinito que el hombre no puede
franquear por sí sólo; tan sólo mediante el Espíritu Santo que todo lo sondea, hasta las profundidades de
Dios (1Co 2, 10), se puede franquear este abismo de vértigo. La Inmaculada
sintió este vértigo: Ella se conturbó (Lc
1, 29). Quien no percibe este desnivel infinito entre el hombre y Dios, quien
no experimenta ninguna conmoción interior antes de orar, o de comulgar, o de
confesarse, o de recibir el sacramento del orden o del matrimonio; quien no
siente nunca “temor y temblor” ante la proximidad de Dios, no suele ser un
auténtico “espiritual”, sino más bien un superficial o un atolondrado. Sólo
mediante la recepción del Espíritu Santo se puede superar este “vértigo”: Pues no recibisteis un espíritu de esclavos
para recaer en el temor (Rm 8, 15). Los verdaderos santos son los últimos,
entre todos los habitantes de la tierra, a quienes se les ocurriría presumir de
su propia salvación.
El
don de temor produce en nosotros, al mismo tiempo, el sentimiento vivo de la
grandeza y de la santidad de Dios, y la conciencia de nuestra pequeñez (“Yo soy
todo y tú eres nada”: la diferencia entre “El que es” y el que ha sido creado
de la nada, que tan presente estaba en Santa Catalina de Siena), y de nuestra
impureza, de nuestro pecado. Como consecuencia de ello -y siempre sobre la base
de que Dios es el amor de nuestro corazón- nos inspira un gran horror al pecado
(el “antes morir que pecar” de Santo Domingo Savio), una determinación firme de
apartarnos del mal y, caso de cometer pecado, un vivísimo arrepentimiento. En
este contexto se comprenden las “exageraciones” de los santos, que han hecho de
todo con tal de no cometer pecado. En una sociedad como la nuestra, que ha
hecho de la “tolerancia” el valor supremo, es importante recordar que no es
legítimo ser tolerante con el mal en la propia vida, y que quien no tenga la
audacia de decir no, de hacer rupturas, acabará siendo cómplice del mal: El don
de temor desarrolla en nosotros una extrema vigilancia
para evitar el mal y todo lo que conduce a él.
Santo
Tomás hace corresponder el don de temor con la primera bienaventuranza, la de
los pobres de espíritu, porque este don nos hace sentir “pequeños” ante Dios,
lo cual es propio del pobre de espíritu. Pobres de espíritu son los que se
someten humildemente a Dios, los que aceptan gozosamente su pertenencia a Él,
los que viven “colgados del cuello de Dios” como sugiere el salmo 130 (“como un
niño en brazos de su madre”), esperándolo todo de Él. Son los que han
renunciado a ser los dueños de su propia vida porque han consentido en que sea
Dios quien dirija su propia vida, haciéndolo con un gran gozo y un profundo
agradecimiento. Así se han hecho como los
niños, condición indispensable parta entrar en el Reino de Dios (Mt 18, 3).
Pues el niño es el símbolo de una existencia desposeída de todo y que transcurre,
sin embargo, en una gran seguridad. Porque el niño confía sin límites en sus
padres y lo espera todo de ellos. Así lo han entendido los santos. Santa
Teresita del Niño Jesús escribe: “La santidad no está en tal o cual práctica de
piedad sino que consiste en una disposición del corazón que nos hace humildes y
pequeños en los brazos de Dios, conscientes de nuestra debilidad y confiados
hasta la audacia en su bondad de Padre”.
La bienaventuranza de la pobreza de espíritu es la
traducción temporal de la manera eterna de existir que tiene Jesús como Hijo de
Dios. Pues el Hijo existe a partir de su Padre, en una dependencia total que es
fuente de una comunión igualmente total. Así vivió Jesús su vida terrena, en
una desapropiación absoluta, refiriéndola en cada instante, en un movimiento
incondicional de amor, a su Padre del cielo. Hasta el punto de poder afirmar
que “mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado” (Jn 4, 34).
Jesús
no definía nunca su porvenir sino que lo recibía de alguien mayor que él y, de
este modo, crecía su libertad e irradiaba una seguridad absoluta, y sus
palabras y sus gestos creaban constantemente espacios espirituales en los que
invitaba a entrar a los demás. Y todo esto provenía de su pobreza: “Yo estoy en
el Padre y el Padre en mí. Las palabras que os digo, no las digo de mí mismo,
sino el Padre que vive en mí es quien hace sus obras” (Jn 14, 10-11). En esta inmensa pobreza espiritual
encontraba el medio de enriquecer a sus discípulos. Porque para él las cosas no
eran nunca ídolos sino iconos de la presencia y del amor del Padre. Las
maravillas del Padre, el mundo, la historia, todas las cosas eran suyas. Al no
haberlas idolatrado nunca, las vivía sin apego alguno y las comunicaba tal como
las recibía. Y lo hacía sin envidia, sin celos, sin mezquindad. Le gustaba
multiplicar los panes, hacer surgir la vida. Le resultaba imposible despedir a
los hombres con las manos vacías.
Donde
Jesús vivió paradigmáticamente el temor de Dios fue en el huerto de los olivos,
donde el yo humano de Cristo se resiste ante el designio salvador del Padre y
lo que éste comporta. Y ahí fue donde Jesús mostró que para él lo primero era
el Padre del cielo y su voluntad, que ésta era la jerarquía de valores (y la
consiguiente “sabiduría”) vigente en él: “Padre mío, si es posible, que pase de
mí este cáliz, pero que no sea como yo quiero, sino como quieras tú” (Mt
26,39). Al rezar el primer misterio doloroso, supliquemos el don de temor de
Dios para cada uno de nosotros.
Próxima catequesis parroquial
PARROQUIA SAN LEÓN MAGNO
MIÉRCOLES, 21 de octubre de 2020
18:30 h Catequesis parroquial
D. Fernando Colomer Ferrándiz
"EL MISTERIO DEL MAL"
19:30 h Adoración
20:00 h Eucaristía
XXIX Domingo del Tiempo Ordinario
18 de octubre de 2020
- Yo he tomado de la mano a Ciro, para doblegar ante él las naciones (Is 45, 1. 4-6)
- Aclamad la gloria y el poder del Señor (Sal 95)
- Recordamos vuestra fe, vuestro amor y vuestra esperanza (1 Tes 1, 1-5b)
- Dad al César lo que es del César y a Dios (Mt 22, 15-21)
- Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf
A Ti el único Dios celeste
el único Dios celeste,
Altísimo, Bienhechor,
a Ti pertenece el poder,
a Ti el perdón,
a Ti la curación,
a Ti la liberalidad.
A Ti pertenecen los favores,
a Ti solo los dones gratuitos,
a Ti la expiación.
a Ti la protección,
a Ti las soluciones incomprensibles,
a Ti los inventos insospechados,
a Ti las medidas inconmensurables:
Tú eres el inicio y Tú eres el fin.
Pues jamás las tinieblas de la cólera
obscurecen la luz de tu misericordia:
ninguna miseria te somete.
¡Tú superas todas las palabras!
XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario
11 de octubre de 2020
- Preparará el Señor un festín, y enjugará las lágrimas de todos los rostros (Is 25, 6-10a)
- Habitaré en la casa del Señor por años sin término (Sal 22)
- Todo lo puedo en aquel que me conforta (Flp 4, 12-14. 19-20)
- A todos los que encontréis, llamadlos a la boda (Mt 22, 1-14)
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La consonancia
(Asistimos a la conversación entre dos adolescentes que viven en Kajdai, una aldea de Siberia, rodeados por la taiga, en un clima extremadamente frío. Han ido a una isba en la que hay una sauna y se han dado un baño, azotándose después la espalda con hojas de abedul y saliendo desnudos a la nieve a cuarenta y ocho grados bajo cero. Después, en el calor de la isba, charlan entre sí, mientras uno de ellos, al que apodan Samurai, enciende un puro. Samurai es huérfano pero vive con una mujer, Olga, que se ha hecho cargo de él y que le hace de madre. Es una mujer que ha vivido en Occidente, en París, y que intenta transmitirle una sabiduría que viene de los libros, de los años y de la experiencia)
- Olga dice que todos esos mujiks que fuman cigarrillos apestosos no saben vivir.
-¿Cómo que no saben vivir? –pregunté alzando la cabeza desde el banco.
-Que se resignan a la mediocridad.
-¿Qué…?
-Pues eso, que quieren ser como todo el mundo. Eso es lo que dice Olga. Se copian los unos a los otros. Un trabajo mediocre, una mujer mediocre con quien harán mediocremente el amor. Unos mediocres, vamos…
-¿Y tú?
-Yo fumo puros.
-¿Es porque son más caros, entonces?
-No es sólo eso. Fumarse un puro es…Bueno…es un acto estético.
-¿Cómo?
-¿Cómo te lo explicaría? Olga lo dice tan bien…
-Estéti… ¿Qué es eso?
-De hecho, es la manera de hacer las cosas. Todo depende de la manera como hacemos las cosas, y no de lo que hacemos…
-Bueno, es normal. Si no, nos azotaríamos con ortigas…
-Claro…Pero mira, Juan, Olga dice que la belleza empieza cuando la forma de hacer las cosas cobra importancia. Precisamente cuando sólo importa la forma. No hemos estado azotándonos la espalda por lavarnos, ¿me entiendes?
-No del todo…
Samurai calló. El aroma de su cigarro onduló por encima del barreño. Comprendí que estaba buscando palabras que expresasen lo que le había explicado Olga.
-Mira –murmuró finalmente, aspirando el humo con los ojos semicerrados-. Por ejemplo, Olga dice que para estar con una mujer no hace falta tener un sexo así de grande –Samurai agarró de nuevo el hacha y enarboló el mango, largo, ligeramente curvado-. Que no es eso lo que importa.
-¿Eso te ha dicho?
Sí…Aunque no con las mismas palabras.
Me senté en el banco para observar mejor a Samurai. Pensé que estaba a punto de revelarme un gran misterio.
-Entonces, ¿qué es lo que importa cuando uno “lo hace” con una mujer? –pregunté con una entonación falsamente neutra para no ahuyentar su confesión.
Samurai continuó callado hasta que, como si le desengañara de antemano mi incapacidad para comprender, respondió con cierta sequedad:
-La consonancia…
-Pero… ¿qué consonancia?
-La consonancia entre todas las cosas: las luces, los olores, los colores…
Samurai se volvió hacia mí dentro del barreño y empezó a hablar con vehemencia:
-Olga dice que el cuerpo de una mujer es capaz de detener el tiempo gracias a su belleza. Todo el mundo corre y se afana…Pero tú, tú vives en el interior de esa belleza…
Siguió hablando, primero de forma entrecortada y luego con una entonación cada vez más segura. Probablemente no había comprendido las palabras de Olga hasta que había empezado a explicármelas.
Yo le escuchaba distraído. Me pareció captar lo esencial. Lo que veía en ese momento era el rostro de aquella rubia desconocida, a la orilla del río. Sí, eso era una consonancia: las aguas del Olei , su frescor, la fragancia de la hoguera, el silencio expectante de la taiga. Y la presencia femenina, que se concentraba intensamente en la delicada curva del cuello de la rubia desconocida, a quien yo escudriñaba por encima de la danza de las llamas.
-¿Sabes, Juan? Si no fuera por eso, el amor se reduciría a lo que hacen los animales.
Autor: Andrei MAKINE
Título: A orillas del amor
Editorial: Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2001, (pp. 46-48)
XXVII Domingo del Tiempo Ordinario
4 de octubre de 2020
- La viña del Señor del universo es la casa de Israel (Is 5, 1-7)
- La viña del Señor es la casa de Israel (Sal 79)
- Ponedlo por obra, y el Dios de la paz estará con vosotros (Flp 4, 6-9)
- Arrendará la viña a otros labradores (Mt 21, 33-43)
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