XXIX Domingo del Tiempo Ordinario


16 de octubre de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel (Éx 17, 8-13)
  • El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra (Sal 120)
  • El hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena (2 Tim 3, 14-4,2)
  • Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan (Lc 18, 1-8)
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Beata Isabel de la Trinidad

¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme totalmente de mí para establecerme en Ti, inmóvil y tranquila, como si mi alma estuviera ya en la eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de Ti, oh mi Inmutable, sino que cada momento me sumerja más íntimamente en la profundidad de tu misterio.

Pacifica mi alma; haz de ella tu cielo, tu morada predilecta, el lugar de tu descanso. Que nunca te deje allí solo sino que permanezca totalmente contigo, vigilante en mi fe, en completa adoración y en entrega absoluta a tu acción creadora.

¡Oh mi Cristo amado, crucificado por amor! Quisiera ser una esposa para tu corazón; quisiera cubrirte de gloria; quisiera amarte… hasta morir de amor. Pero reconozco mi impotencia. Por eso te pido ser “revestida de Ti mismo”, identificar mi alma con todos los sentimientos de tu alma, sumergirme en Ti, ser invadida por Ti, ser sustituida por Ti para que mi vida sea solamente una irradiación de tu Vida. Ven a mí como Adorador, como Reparador y como Salvador.

¡Oh Verbo eterno, Palabra de mi Dios! Quiero pasar mi vida escuchándote; quiero ser un alma atenta siempre a tus enseñanzas para aprenderlo todo de Ti. Y luego, a través de todas las noches, de todos los vacíos, de todas las impotencias, quiero mantener mi mirada fija en Ti y permanecer bajo tu luz infinita.

¡Oh mi Astro querido! Fascíname de tal modo que ya no pueda salir de tu irradiación divina.

¡Oh Fuego abrasador, Espíritu de amor! Ven a mí para que se realice en mi alma como una encarnación del Verbo. Quiero ser para Él una humanidad suplementaria donde renueve todo su misterio.

Y Tú, oh Padre, protege a tu pobre criatura, “cúbrela con tu sombra”, contempla solamente en ella al “Amado en quien has puesto todas tus complacencias”.

¡Oh mis Tres, mi Todo, mi Bienaventuranza, Soledad infinita, Inmensidad donde me pierdo! Me entrego a Vosotros como víctima. Sumergíos en mí para que yo me sumerja en Vosotros hasta que vaya a contemplar en vuestra luz el abismo de vuestras grandezas.

Beata Isabel de la Trinidad

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XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario


9 de octubre de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Volvió Naamán al profeta y alabó al Señor (2 Re 5, 14-17)
  • El Señor revela a las naciones su salvación (Sal 97)
  • Si perseveramos, reinaremos con Cristo (2 Tim 2, 8-13)
  • ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios? (Lc 17, 11-19)
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La felicidad

(El contexto de este diálogo es el siguiente: en la Francia ocupada y derrotada por el ejército alemán, durante la segunda guerra mundial, un teniente está “alojado” en una de las mejores casas del pueblo: la de la familia Angellier. En ella habitan la viuda Sra. Angellier, madre de un hijo que ha sido hecho prisionero por los alemanes, y la esposa de éste, Lucile, que se casó con él siguiendo el consejo de su padre que creía que ese hombre sería un buen marido para ella. Él, sin embargo, le es infiel con una modista de Dijon, cosa que ella no ignora. La autora se complace en hacer ver los sentimientos contradictorios que una presencia estable de los soldados alemanes suscita en la población, que ve en ellos a unos chicos jóvenes, muchos de ellos cultos y muy educados, y al mismo tiempo a aquellos que los han separado de sus maridos y de sus hijos, muertos en las batallas o hechos prisioneros y trasladados a Alemania. El diálogo transcurre un día en el que la suegra de Lucile está ausente; la casa está vacía y una terrible tormenta se abate sobre el lugar).

El teniente se sentó al piano. La estufa crepitaba suavemente, difundiendo un agradable calorcillo y un grato olor a humo y castañas asadas. Las gotas de lluvia resbalaban por los cristales como gruesas lágrimas. La casa estaba silenciosa y vacía, pues la cocinera había ido a vísperas.

Lucile reconocía algunos fragmentos.

- Es Bach, ¿verdad? ¿Mozart? –preguntó tímidamente.

- ¿Toca usted también?

- ¡No, no! Antes de casarme tocaba un poco, pero ya se me ha olvidado. No obstante, me gusta la música. ¡Tiene usted mucho talento, teniente!

Él la miró muy serio.

- Sí, creo que tengo talento –murmuró con una tristeza que la sorprendió, y arrancó al teclado una serie de rápidos y juguetones arpegios-. Ahora escuche esto –dijo, y sin dejar de tocar, siguió hablando en voz baja-: Esto es el tiempo de la paz, la risa de las chicas, los alegres sonidos de la primavera, el vuelo de las primeras golondrinas que regresan del sur… Estamos en un pueblo de Alemania, en marzo, cuando la nieve apenas ha empezado a fundirse. Éste es el ruido que hace la nieve cayendo en las viejas calles del pueblo. Y ahora la paz ha acabado… Los tambores, los camiones, el paso de los soldados… ¿Los oye? ¿Los oye? Esas pisadas lentas, sordas, inexorables… Un pueblo en marcha… El soldado está perdido entre los demás… Aquí entrará un coro, una especie de cántico religioso, que todavía no está terminado. ¡Ahora escuche! Es la batalla…

La música era grave, profunda, terrible…

- ¡Oh, qué hermoso! –murmuró Lucile, arrobada-. ¡Qué hermoso!

- El soldado muere, pero antes de morir oye de nuevo ese coro, que ya no viene de este mundo, sino de la milicia de los ángeles… Algo así, escuche… Tiene que ser suave y vibrante a la vez. ¿Oye usted las trompetas celestiales? ¿Oye el clamor de esos metales que derriban las murallas? Pero todo se aleja, se debilita, cesa, desaparece… El soldado ha muerto.

Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz



El 25 de noviembre de 2003,  pudimos acoger en nuestra parroquia las reliquias de Santa Teresita que estaban peregrinando por España. 

 

Ahora tenemos la alegría de que la escultura de Teresita, hecha por Arturo Serra, forme parte de nuestra parroquia que quiere tanto a esta santa. La imagen ha sido bendecida por el párroco D. Fernando Colomer Ferrándiz.

Parroquia San León Magno (Murcia)
1 de octubre de 2016

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario


2 de octubre de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • El justo vivirá por su fe (Hab 1, 2-3; 2, 2-4)
  • Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: "No endurezcáis vuestro corazón" (Sal 94)
  • No te avergüences del testimonio de nuestro Señor (2 Tim 1, 6-8. 13-14)
  • ¡Si tuvierais fe...! (Lc 17, 5-10)
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Mortificación y oración

La mortificación y la oración son las dos alas de la paloma para volar hacia las santas moradas y tener reposo en Dios, lejos del comercio de los hombres.

Del mismo modo que los pájaros no podrían volar hacia lo alto con tan sólo un ala, igualmente nosotros debemos persuadirnos de que es imposible elevarnos hacia Dios con tan sólo la mortificación, sin la oración.

La mortificación sin la oración es una pena inútil: la oración sin la mortificación es una carne sin sal que se corrompe fácilmente. Es, pues, necesario dar a nuestra alma estas dos alas para que vuele hacia la corte celestial, donde pueda encontrar la saciedad del corazón en la conversación con Dios.

Santa Juana Francisca de Chantal

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario


25 de septiembre de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Los disolutos encabezarán la cuerda de cautivos (Am 6, 1a. 4-7)
  • Alaba, alma mía, al Señor (Sal 145)
  • Guarda el mandamiento hasta la manifestación del Señor (1 Tim 6, 11-16)
  • Recibiste bienes y Lázaro males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces (Lc 16, 19-31)
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El Cenáculo

El jueves día 22 de septiembre, a las 20:45 horas, en el salón parroquial de San León Magno, un hombre joven que ha salido de la droga gracias a la comunidad cristiana -"El Cenáculo"-, fundada por la Madre Elvira (monja italiana), dará testimonio de la obra de Dios en él a través de esta comunidad.
Estáis todos invitados.

XXV Domingo del Tiempo Ordinario


18 de septiembre de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Contra los que "compran por dinero al pobre" (Am 8, 4-7)
  • Alabad al Señor, que alza al pobre (Sal 112)
  • Que se hagan oraciones por todos los hombres a Dios, que quiere que todos se salven (1 Tim 2, 1-8)
  • No podéis servir a Dios y al dinero (Lc 16, 1-13)
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Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo


“HÁGASE TU VOLUNTAD”: UNA PETICIÓN PARADÓJICA

En cuanto nos acercamos a esta frase sentimos el misterio: el que la pronuncia ruega que pueda realizarse la voluntad de Dios, que, sin embargo, es todopoderosa, tal como proclama el salmo 33: “Pues él habló y así fue, él lo mandó y se hizo” (Sal 33, 9). ¿Para qué pedir, pues, que se haga? 

La voluntad de Dios no es un querer jurídico, es un flujo de vida que da la existencia y la renueva cuando se pierde. La voluntad de Dios es, en primer lugar, la creación, el universo, todo él constituido por los logoi, por las palabras subsistentes de Dios. es la voluntad todopoderosa y soberana que “dice” y “se hace”, como lo muestra el relato de la creación, donde se repite cada día “día” la expresión. “Dijo Dios” (Gn 1, 1-26).

Pero también, en segundo lugar, la voluntad de Dios es la historia de la salvación, el diálogo dramático de amor entre Dios y la humanidad a fin de que “todos los hombres se salven” (1Tm 2, 4), y aquí es donde se inserta esta petición. Para comprender, pues, el misterio de esta petición, tenemos que recordar y distinguir los dos órdenes de la voluntad de Dios: el orden de la necesidad y el de la libertad. 

a) El orden de la necesidad

En el orden de la necesidad, el contenido de la voluntad de Dios es, en primer lugar, que exista el mundo, que todo lo creado sea. El mundo es realización de la voluntad de Dios: todo ser finito existe en obediencia a la voluntad de Dios; todo ser finito es obediencia. Obediencia, cumplimiento de la voluntad de Dios son las cosas y hechos del mundo; pues Dios ha querido que fueran como son, y que se desarrollaran como ocurre. Las leyes según las cuales subsiste y actúa el universo son expresión de la voluntad de Dios.

Él ha querido también que haya vida; plantas, con la abundancia de sus formas, creciendo, floreciendo y dando frutos. Dios ha querido que haya seres que se mueven por un impulso interior y que habitan un mundo propio (ecosistema): los animales. Todos tienen en sí su imagen específica, según la cual se realizan y se comportan. Esas imágenes son expresión de la voluntad de Dios, y su realización es una obediencia que nunca puede romperse, porque con eso se rompería la vida misma.

b) El orden de la libertad

Pero al crear al hombre, Dios introdujo un orden nuevo: el orden de la libertad: “Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves del cielo, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todos los reptiles que reptan por la tierra. Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó” (Gn 1, 26-27). Así, según la voluntad de Dios, surgió un ser diferente del animal. Lleva en sí la posibilidad del animal, pero incorporada a un nuevo conjunto de sentido. El hombre no sólo se da cuenta de las cosas, sino que las comprende: su esencia y ordenaciones, causas e influjos, origen y objetivo, fin y sentido. El hombre actúa no por necesidad, como el animal, sino libremente; y la libertad, por su parte, significa que no está encerrado en la órbita de las causas y efectos, sino que él mismo puede tomar iniciativas y por sí.

Dios ha hecho algo inaudito: entregar el cumplimiento de su voluntad a la libertad del hombre. En tanto que su voluntad se expresa en las leyes naturales, debe ocurrir; éstas son las formas de la necesidad. En tanto que determina el crecimiento de las plantas y la vida de los animales, no puede permanecer inefectiva; también aquí rige la necesidad. Pero en cuanto que la voluntad de Dios se ha confiado a la libertad del hombre, ya no “debe” ocurrir necesariamente, sino que es sólo justo que ocurra; y el hombre incluso puede rechazarla. Esta petición del padrenuestro se refiere al orden de la libertad, al misterio de la gracia en su relación a la libertad humana. 

En el corazón de Jesús, del que se dijo que “sabía lo que hay en el hombre” (Jn 2,25), había preocupación de que el hombre rechazara cumplir la voluntad del Padre, como ya había ocurrido en el paraíso y tantas veces a lo largo de la historia santa. Y por eso el Señor nos mandó orar con esta petición, para que no se malogre la posibilidad -la gracia- que Dios nos concede, en y por Jesucristo, de acoger su Reino que con Él viene. Pues cuando hacemos libremente la voluntad del Padre, entonces su Reino se hace realidad en nuestra vida y, a través de nosotros, en este mundo.

XXIV Domingo del Tiempo Ordinario


11 de septiembre de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • El Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado (Éx 32, 7-11. 13-14)
  • Me pondré en camino adonde está mi padre (Sal 50)
  • Cristo vino para salvar a los pecadores (1 Tim 1, 12-17)
  • Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta (Lc 15, 1-32)
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Líbrame

Líbrame, Jesús mío,
del deseo de ser amada,
del deseo de ser alabada,
del deseo de ser honrada,
del deseo de ser venerada,
del deseo de ser preferida,
del deseo de ser consultada,
del deseo de ser aprobada,
del deseo de ser popular,
del temor de ser humillada,
del temor de ser despreciada,
del temor de sufrir rechazos,
del temor de ser calumniada,
del temor de ser olvidada,
del temor de ser ofendida,
del temor de ser ridiculizada,
del temor de ser acusada.

Santa Teresa de Calcuta

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario


4 de septiembre de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • ¿Quién comprende lo que Dios quiere? (Sab 9, 13-18)
  • Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación (Sal 89)
  • Recíbelo, no como esclavo, sino como hermano querido (Flm 9b-10. 12-17)
  • El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío (Lc 14, 25-33)
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El ateísmo actual

(El autor de estas reflexiones nació el 15 de junio de 1945 en Ourous, un pequeño poblado de Guinea, al norte del país, cerca de la frontera con Senegal, a unos 500 kilómetros de Conakry, la capital del país. Es una región de media montaña, habitada por la etnia coniagui, de religión animista: “Cuando pienso en el entorno animista, tan estrechamente ligado a sus costumbres, del que me sacó el Señor para hacer de mí un cristiano, un sacerdote, un obispo, un cardenal y uno de los colaboradores cercanos del Papa, me conmuevo en lo más hondo”, escribe el cardenal Robert Sarah)

Dios ha perdido su primacía entre las preocupaciones de los hombres y el hombre se antepone a Dios: en este sentido, vivimos un eclipse de Dios. En consecuencia, existen una oscuridad y una incomprensión crecientes de la verdadera naturaleza del hombre, ya que este solo se define con relación a Dios.

Ya no sabemos lo que es el hombre, porque se ha apartado de su Creador. El hombre pretende volver a crearse él mismo: rechaza las leyes de su naturaleza, que se vuelven contingentes. Esa ruptura del hombre con Dios oscurece su mirada sobre la creación. Cegado por los logros tecnológicos, su mirada desfigura el mundo: las cosas ya no poseen una verdad ontológica ni una bondad, sino que son neutras, y es el hombre quien debe darles su significado. Por eso es urgente subrayar que la salida de Dios de las sociedades contemporáneas, y en particular de las occidentales, afecta no solamente a la enseñanza de la Iglesia, sino a los fundamentos de la antropología.

Creo que una poderosa influencia económica, técnica y mediática de un Occidente sin Dios puede ser un desastre para el mundo. Si Occidente no se convierte a Cristo, quizá acabará paganizando al mundo entero: la filosofía del descreimiento busca febrilmente adeptos en nuevas zonas del globo. En este sentido, nos enfrentamos a un ateísmo cada vez más proselitista. La cultura paganizada quiere a toda costa extender el territorio de su lucha contra Dios. Para estructurar su resurgimiento, los viejos países de antigua tradición cristiana necesitan recuperar el camino de la nueva evangelización.

Nunca olvido que, si mi familia y yo recibimos el conocimiento de Cristo, fue gracias a los misioneros franceses de la Congregación del Espíritu Santo. Mis padres y yo creímos gracias a Europa. Mi abuela recibió el bautismo de un sacerdote francés antes de dejar este mundo. Puede que yo no hubiera salido jamás de mi poblado si los misioneros no hubiesen hablado de Cristo a sus humildes habitantes. A los africanos nos cuesta comprender que los europeos ya no crean en lo que nos dieron con tanta alegría en condiciones extremas. Déjeme que insista: es posible que, sin los misioneros franceses, nunca hubiese conocido a Dios. ¿Cómo olvidar esa herencia sublime que los occidentales, desgraciadamente, dan la impresión de querer sepultar bajo el polvo?

Hoy Occidente vive como si Dios no existiera. ¿Cómo es posible que países de antiguas tradiciones cristianas y espirituales se hayan desgajado tanto de sus raíces? Las consecuencias se demuestran tan dramáticas que es imprescindible comprender el origen de este fenómeno.

Bajo la influencia de los filósofos ilustrados y de las corrientes políticas derivadas de ellos, Occidente ha decidido distanciarse de la fe cristiana. Aunque aún existen comunidades cristianas vivas y misioneras, la mayor parte de la población occidental solo ve en Jesús una especie de idea, pero no un acontecimiento, y mucho menos una persona con la que se encontraron y a la que amaron y consagraron su vida los apóstoles y numerosos testigos del Evangelio.

El alejamiento de Dios no es fruto de un razonamiento, sino de la voluntad de separarse de Él. La orientación atea de una vida es casi siempre una elección de la voluntad. El hombre ya no quiere reflexionar sobre su relación con Dios porque pretende convertirse él mismo en Dios. Su modelo es Prometeo, ese personaje mitológico de la raza de los titanes que robó el fuego sagrado para entregárselo a los hombres: el individuo ha entrado en una lógica de apropiación de Dios y no de adoración. Antes del movimiento que llamamos “de las luces”, la tentación del hombre de ocupar el lugar de Dios, de ser su igual o de eliminarlo, respondió siempre a fenómenos individuales minoritarios.


Autor: Cardenal Robert SARAH
Título: Dios o nada
Editorial: Palabra, Madrid, 2015
Pp. 161, 173, 177, 179, 201-202







XXII Domingo del Tiempo Ordinario


28 de agosto de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Hazte pequeño y alcanzarás el favor de Dios (Eclo 3, 17-18. 20. 28-29)
  • Preparaste, oh Dios, casa para los pobres (Sal 67)
  • Os habéis acercado al monte Sion, ciudad del Dios vivo (Heb 12, 18-19. 22-24a)
  • El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido (Lc 14, 1. 7-14)
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Sobre la muerte

Nunca debemos olvidar que nosotros no hemos de cumplir nuestra propia voluntad, sino la de Dios, tal como el Señor nos mandó pedir en nuestra oración cotidiana. ¡Qué contrasentido y que desviación es no someterse inmediatamente al imperio de la voluntad del Señor, cuando él nos llama para salir de este mundo! Nos resistimos y luchamos, somos conducidos a la presencia del Señor como unos siervos rebeldes, con tristeza y aflicción, y partimos de este mundo forzados por una ley necesaria, no por la sumisión de nuestra voluntad; y pretendemos que nos honre con el premio celestial aquel a cuya presencia llegamos por la fuerza. ¿Para qué rogamos y pedimos que venga el reino de los cielos, si tanto nos deleita la cautividad terrena? ¿Por qué pedimos con tanta insistencia la pronta venida del día del reino, si nuestro deseo de servir en este mundo al diablo supera el deseo de reinar con Cristo?

Debemos pensar y meditar, hermanos muy amados, que hemos renunciado al mundo y que mientras vivimos en él somos como extranjeros y peregrinos. Deseemos con ardor aquel día en que se nos asignará nuestro propio domicilio, en que se nos restituirá al paraíso y al reino, después de habernos arrancado de las ataduras que en este mundo nos retienen. El que está lejos de su patria es natural que tenga prisa por volver a ella. Para nosotros nuestra patria es el paraíso; allí nos espera un gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos aún de la nuestra. Tanto para ellos como para nosotros significará una gran alegría el poder llegar a su presencia y abrazarlos; la felicidad plena y sin término la hallaremos en el reino celestial, donde no existirá ya el temor a la muerte, sino la vida sin fin.

San Cipriano

XXI Domingo del Tiempo Ordinario


21 de agosto de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • De todos los países traerán a todos vuestros hermanos (Is 66, 18-21)
  • Id al mundo entero y proclamad el Evangelio (Sal 116)
  • El Señor reprende a los que ama (Heb 12, 5-7. 11-13)
  • Vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa en el reino de Dios (Lc 13, 22-30)
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Venga a nosotros tu Reino


Introducción: Jesús y el reino de Dios

Toda la vida terrena de Cristo estuvo marcada por “el reino de Dios”. La realeza divina se atribuye a Jesús ya en la anunciación: “El Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin” (Lc 1,32-33). Ya al poco de nacer llegaron unos magos de Oriente preguntando por “el rey de los judíos” (Mt 2,2). Empezó su predicación diciendo: “Se ha cumplido el tiempo y se acerca el reino de Dios: ¡convertíos y creed en la buena noticia!” (Mc 1,15). Se pasó su vida pública predicando mediante las parábolas el reino de Dios. Y por ese reino fue a la muerte. Pilato, en efecto, le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. A lo que Jesús respondió afirmando: “tú lo dices, soy rey”, aunque matizando que su reino “no es de este mundo” (Jn 19,1-16). En el rótulo de la cruz leemos: “Jesús de Nazaret, rey de los judíos” (Jn 19,19). El reino jugó, pues, un papel esencial en la vida y en la muerte de Cristo: constituye el corazón de su misión en la tierra, y por lo tanto esta súplica constituye en corazón del Padrenuestro.

Jesús ve este mundo como una tierra donde existe un reinado: el reinado de Satanás, que es “el príncipe de este mundo” (Jn 12,31). Aquí impera el diablo, es decir, “el que divide”, y los hombres se hallan, en efecto, profundamente divididos a causa de lo social, lo político, lo económico, lo cultural, lo racial, lo ideológico etc. etc. Unos -los que dominan la situación- no quieren que cambie nada. Otros -los que la sufren- quieren darle la vuelta a la tortilla y vengarse de sus opresores. A todos, a unos y a otros, les va a proponer Jesús una situación totalmente nueva: el reino de Dios. 

La primera realización del reino de Dios

La primera realización del Reino de Dios tuvo lugar en el paraíso. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y le entregó lo que sólo pertenecía a Él: el mundo. Y lo hizo dándole esta orden: “Creced y multiplicaos y llenad la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra” (Gn 1,28). El dominio del hombre sobre la tierra convierte a la tierra en reino del hombre; pero como el hombre vive en pura obediencia a Dios, ese reino es también reino de Dios; Dios es el primer Señor, al cual el hombre obedece amorosamente dominando el mundo, y así el mundo se convierte en reino de Dios. Y ese estado de cosas se llama paraíso. Pero en esta primera realización del reino de Dios se mete “la Serpiente antigua, el llamado diablo y Satanás” (Ap 12,9), el ángel rebelde que logra arrastrar al hombre en su propia rebelión. La consecuencia es que el mundo se va a convertir en reino del hombre, pero de un hombre que ya no obedece a Dios, y dejará, por tanto, de ser reino de Dios.

La historia del pueblo de Israel como intento de restablecer el reino de Dios 

Pero Dios no se rinde y abre un nuevo comienzo con la historia del pueblo de Israel. Por la misteriosa alianza que Dios establece con Moisés en el monte Sinaí, Dios da a su pueblo constitución y orden de vida; pero ahí no se habla de ningún jefe supremo. Nadie está en ese puesto, donde en la vida de los demás pueblos de la Antigüedad, estaba el rey, pues Dios mismo quiere ser el rey de ese pueblo. Dios se une al pueblo de Israel y se compromete a hacer suyo propio el destino de este pueblo, uniendo su propio honor al honor del pueblo de Israel. 

En los tiempos de Abraham, Moisés, los Jueces… hasta 1030 antes de Cristo, Israel no tiene rey. Dios es su único Señor. pero en el momento en que el pueblo hebreo toma posesión de la Tierra Prometida y se instala en ella, siente la necesidad de organizarse frente a los paganos, para protegerse de ellos y también para adoptar una forma de gobierno parecida a la de sus vecinos. Es entonces cuando Israel desea tener un rey. Se propone como rey a Gedeón: “Tú serás nuestro jefe, y después tu hijo y tu nieto, porque nos has salvado de los madianitas” (Jc 8,22). Pero Gedeón se niega: “Ni yo ni mi hijo seremos vuestro jefe. Vuestro jefe será el Señor” (Jc 8,23).

Sin embargo, una vez establecido en la tierra de Canaán, en tiempos de Samuel, el pueblo de Israel quiere tener un rey, al igual que lo tienen los otros pueblos, y así se lo piden a Samuel. Samuel queda espantado, porque comprende que lo que Israel no quiere es seguir viviendo bajo la dirección inmediata de Dios, seguir en el misterio del servicio directo a su reino. Este modo de pertenecer a Dios se les hace pesado y quieren vivir “como todos los pueblos”. Samuel consulta al Señor y el Señor le dice: “Haz su voluntad en todo lo que te pidan. Pues no es a ti a quien han rechazado sino a mí, para que no sea ya Rey sobre ellos” (1Sm 8,5-7). Ésta es la primera conmoción, diríamos radical, que experimenta el reino de Dios en la historia del Antiguo Testamento. Pero Dios acepta la decisión de los hombres y guarda fidelidad a los infieles. Así, en lo sucesivo, el rey será su representante. (N.B. los reyes de Israel no tendrán legitimidad más que en la medida en que obren según les indica Dios)

XX Domingo del tiempo ordinario


14 de agosto de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Me engendraste hombre de pleitos para todo el país (Jer 38, 4-6. 8-10)
  • Señor, date prisa en socorrerme (Sal 39)
  • Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos (Heb 12, 1-4)
  • No he venido a traer paz, sino división (Lc 12, 49-53)
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El temor de Dios


“El inicio de la sabiduría es el temor del Señor” (Pr 1, 7). Unifica, pues, mi corazón en el temor de tu santo Nombre, en el amor a Ti.

Pues si no lo haces, Señor, mi corazón se dispersará buscando una multitud de bienes, que sólo lo son por referencia a Ti, pero que, vividos sin que todo mi ser esté centrado en Ti, se convierten en ídolos que tiranizan mi corazón y esclavizan mi libertad.

Dame, pues, tu santo temor (Is 11, 3), que no comporta miedo alguno, sino la lucidez de una jerarquía de valores en la cual Tú, Señor, ocupas el primer puesto y eres amado como la Luz por la que vemos la luz (Sal 35, 10) y el Bien por el que es bueno todo lo que merece ser amado.

Y así mi libertad será liberada de la fascinación del mal (Sb 4, 12), que oscurece la mente y ofusca el bien, y mi corazón será dilatado para correr por el camino de tus mandatos (Sal 118, 32).

Unifica, pues, mi corazón en el temor de tu santo Nombre, en el amor a Ti.

XIX Domingo del Tiempo Ordinario


7 de agosto de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti (Sab 18, 6-9)
  • Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad (Sal 32)
  • Esperaba la ciudad cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios (Heb 11, 1-2. 8-19)
  • Estad preparados (Lc 12, 32-48)
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El ser personal, el yo, el rostro

(Se trata de fragmentos de una larga carta que un pastor metodista, casado en segundas nupcias en su ancianidad, escribe al hijo que ha tenido en este matrimonio -del matrimonio anterior tuvo una hijita que murió muy pronto, así como su madre, Luisa- ante la conciencia que tiene de que su muerte no está lejos. Vive en un pequeño pueblo -Gilead- y es muy amigo de otro pastor, Boughton, que es algo más mayor que él).

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Cuando la gente viene a hablarme, de lo que sea, me impresiona una especie de incandescencia que hay en ella, ese “yo” cuyo verbo puede ser “quiero” o “temo” y cuyo predicado puede ser “alguien” o “nada” y en realidad no importa, pues el encanto está precisamente en esa presencia, moldeada alrededor del “yo” como la llama en torno a la mecha, que surge en forma de pesadumbre y culpa y gozo y lo que sea, pero rápida, ávida e ingeniosa. Ver este aspecto de la vida es un privilegio del ministerio que rara vez se menciona.

* * *

Un centelleo de la mirada. Qué expresión más maravillosa. De vez en cuando, he pensado que era lo mejor de la vida, esa pequeña incandescencia que ves en los ojos de la gente cuando descubre el encanto de algo, o su humor. “La luz de los ojos alegra el corazón”. Es indiscutible. 

* * *

Luego, cuando llegó tu madre, cuando aún apenas la conocía, ella me lanzó esa mirada suya -nada de centelleos en aquellos ojos- y dijo, muy suavemente y muy en serio: “Deberías casarte conmigo”. Fue la primera vez en la vida que supe qué era amar a un ser humano. No se trataba de que no hubiera amado antes a otros, pero no me había dado cuenta de lo que significa amarlos. Ni siquiera a mis padres. Ni siquiera a Luisa. Fue tal mi sorpresa cuando me lo dijo que, durante un minuto, no encontré palabras para responder. Así pues, ella se alejó y tuve que seguirla por la calle. Todavía no tenía valor para tocarle la manga, pero dije: “Tienes razón, lo haré”. Y ella dijo: “Entonces, nos veremos mañana”, y continuó caminando. Fue lo más emocionante que me ha sucedido en la vida. Te desearía que tuvieras en la tuya un momento como ése, aunque, cuando pienso en todo lo que tanto tu querida madre como yo pasamos antes, no estoy seguro de que deba. 
* * *

XVIII Domingo del Tiempo Ordinario


31 de julio de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • ¿Qué saca el hombre de todos los trabajos? (Ecl 1, 2; 2, 21-23)
  • Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación (Sal 89)
  • Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo (Col 3, 1-5. 9-11)
  • Lo que has acumulado, ¿de quién será? (Lc 12, 13-21)
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El método de la oración

El gran método de la oración consiste en saber que no hay ningún método: cuando el Espíritu Santo se adueña de la persona que ora, hace en ella lo que le place, sin que puedan haber reglas o métodos. 

Es necesario que el alma esté entre las manos de Dios, como la arcilla entre las manos del alfarero, para que éste pueda hacer con ella cualquier tipo de vaso; o como una cera blanda dispuesta a recibir la impresión de un sello; o como una tabla blanca sobre la cual el Espíritu Santo pueda escribir sus divinas voluntades.

Todo el esfuerzo para orar bien consiste en hacerse pura capacidad para recibir el Espíritu de Dios: eso basta como método. Porque la oración se debe hacer por gracia, y no por esfuerzo o artificio.

Santa Juana Francisca de Chantal

XVII Domingo del Tiempo Ordinario


24 de julio de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • No se enfade mi Señor, si sigo hablando (Gén 18, 20-32)
  • Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste (Sal 137)
  • Os dio vida en Cristo, perdonándoos todos los pecados (Col 2, 12-14)
  • Pedid y se os dará (Lc 11, 1-13)
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Santificado sea tu Nombre



Lo primero que debe ser pedido

“Padre nuestro que estás en el cielo, que tu nombre sea santificado”. Subraya el cardenal Journet, que el orden de las peticiones del Padrenuestro es significativo, que con ese orden el Señor nos está diciendo algo y que lo que nos dice es que lo primero que hay que pedir es que su nombre sea santificado, es decir, que Él sea conocido por nosotros como es en verdad. Pues si su Nombre de Padre es santificado en los corazones, eso quiere decir que llega su reino; si su reino llega, es que se cumple su voluntad; si su voluntad se cumple, es que tenemos en nuestros corazones lo necesario para no morir de hambre; si tenemos el pan, ese que más necesitamos, es que nos perdona nuestras faltas; y que, habiéndonos perdonado, ya no nos deja recaer. Ésta es la lógica profunda del Padrenuestro. Que tu Nombre sea santificado, que venga tu reino. Estas cosas deben ser formuladas en primer lugar, y todo el resto debe ser pedido por ello.

El carácter inefable del nombre de Dios

En la Sagrada Escritura el “nombre” designa la realidad del ser que lo lleva, su esencia más profunda, de tal modo que “conocer el nombre” de alguien es como conocer su secreto, casi como “poseerlo”, como ser dueño de él, puesto que su misterio está desvelado a mis ojos. Cuando Jacob, de regreso a Canaán, cruza el vado de Yabboq con sus mujeres, sus once hijos y todos sus rebaños y se queda solo, se pasa la noche luchando con Dios y, al rayar el alba “Jacob le preguntó: ‘Dime, por favor, tu nombre’ – “¿Para qué me preguntas por mi nombre? Y lo bendijo allí mismo” (Gn 32,30). El hombre puede ser bendecido por Dios pero no puede conocer su nombre.

Cuando Moisés se encontró con Dios en la zarza ardiente, en el monte Horeb, y recibió la misión de sacar a los israelitas de Egipto, le preguntó a Dios cuál era su nombre. Y el Señor le respondió: “Yo soy el que soy” (Ex 3,14). Esta respuesta es paradójica pues el Nombre así revelado, no es propiamente hablando un "nombre", puesto que no ofrece ninguna descripción de la esencia de Dios, sino que tan solo viene a decirnos que Dios es libre, que es Alguien y que la única manera de conocerlo es dejar que Él se manifieste. "Yo soy el que soy" o "Yo seré el que seré" (pues también se puede traducir así) expresan el rechazo divino a encerrarse en una idea que el hombre pueda manejar cómodamente: es la afirmación de la libertad divina, del carácter personal de Dios. Y del mismo modo que a las personas humanas sólo se las puede conocer a través del trato personal, así ocurrirá con Dios. La revelación del Nombre abre, así, un horizonte y una expectativa, remite a un futuro, a una historia, que culminará en Jesucristo, que nos dará a conocer el Nombre de Dios, tal como él mismo afirmó, la noche del jueves santo, orando al Padre: “Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer” (Jn 17,26). El nombre que Jesús nos dado a conocer es “Padre”, y por eso nuestra oración empieza con esta palabra (“Padre nuestro”). 

Sería una ingenuidad por parte nuestra creer que con el nombre de “Padre” ya conocemos el secreto de Dios. El propio Señor lo da a entender cuando dice “y se lo seguiré dando a conocer”. Pues el nombre de Dios es inefable, tal como recuerda Santo Tomás de Aquino: “Si pudiéramos conocer la esencia divina, tal cual es en sí, y darle el nombre que le conviene como propio, lo expresaríamos con un único nombre. Tal es la promesa hecha por el profeta (Za 14,9) a los que verán a Dios en su esencia: aquel día Yahveh será único y único será su nombre”. 

Y Jacques Maritain comenta: “No creas, sin embargo, pobre alma mía, que con este nombre de Padre, o el de Amor, o el de Bondad, la distancia entre Él y tú sea menos grande que con el nombre que está prohibido pronunciar. Porque escapa a toda inteligencia y su transcendencia le hace tanto más desconocido cuanto más le conoces. Es infinitamente mejor que todo otro ser, pero también y por eso mismo es totalmente diferente. Es Padre, infinitamente mejor padre de lo que pueda ser todo otro padre, pero también y por eso mismo es totalmente distinto. Te ama infinitamente mejor que pueda amar toda otra criatura, pero también y por eso mismo te ama de un modo totalmente distinto y como no puedes imaginar en absoluto”. 

El nombre de Dios y el nombre del hombre

“El hombre dio nombres a todos los cuadrúpedos, a todos los pájaros del aire y a todos los animales del campo; paro para Adán no se encontró ayuda de su especie” (Gn 2,20). El hombre acepta y reconoce la índole peculiar de los seres vivos, y la expresa en el nombre. Al comprender lo que es el animal, comprende que él mismo no es un animal, que es diferente de todo.

XVI Domingo del Tiempo Ordinario


17 de julio de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Señor, no pases de largo junto a tu siervo (Gén 18, 1-10a)
  • Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda? (Sal 14)
  • El misterio escondido desde siglos, revelado ahora a los santos (Col 1, 24-28)
  • Marta lo recibió en su casa. María ha escogido la parte mejor (Lc 10, 38-42)
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Oración de San Efrén


Señor y Dueño de mi vida, 
no me abandones al espíritu 
de pereza, de desaliento, 
de dominación y de inútil palabrería. 

Hazme más bien la gracia, 
a mí tu servidor, 
del espíritu de castidad, de humildad, 
de paciencia y de caridad. 

¡Sí, mi Señor y mi Rey! 
Concédeme ver mis pecados 
y no condenar a mi hermano. 
Oh Tú que eres bendito 
por los siglos de los siglos. Amén. 

San Efrén el Sirio 

XV Domingo del Tiempo Ordinario


10 de julio de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • El mandamiento está muy cerca de ti; cúmplelo (Dt 30, 10-14)
  • Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón (Sal 68)
  • Todo fue creado por él y para él (Col 1, 15-20)
  • ¿Quién es mi prójimo? (Lc 10, 25-37)
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Los hijos

Mis tres virtudes, dice Dios, Señor de las tres virtudes,
no son sino como hombres y mujeres que habitan una casa terrena.

Y no son precisamente los niños los que trabajan
pero en realidad nadie trabaja sino por los hijos.

No es el niño el que va al campo,
el que siembra o recoge la cosecha,
ni el que sierra la madera para el invierno,
pero ¿iba a tener el padre el coraje par trabajar
si no tuviera hijos, si no fuera por sus hijos?

Ahora en el invierno,
cuando está trabajando de firme en el bosque,
cuando precisamente está en lo más duro de la tarea,
en pleno bosque helado,
en pleno invierno,
cuando sopla un cierzo áspero
que le traspasa los huesos y todos los miembros,
y está transido de frío y je castañetean los dientes,
y la escarcha le forma caramelos de hielo en la barba,
piensa de pronto en su mujer que se ha quedado en casa
y que es una buena mujer de su casa
y piensa en sus hijos que están tan tranquilitos en casa,
que juegan y se divierten en este instante al amor de la lumbre
y que quizá hasta estén pegándose los unos con los otros
para divertirse.

Está viendo a sus tres hijos: dos niños y una niña
de los cuales él es padre ante Dios.

Ve a su hijo mayor,
a su mocito que ha cumplido doce años en el mes de septiembre,
y al más pequeño que ha hecho siete años en el mes de junio.
De este modo la niña queda en medio de los dos muchachos,
como debe ser,
para que esté defendida en la vida por sus dos hermanos.

Está viendo desde el bosque a sus tres hijos,
que le sucederán y le sobrevivirán sobre la tierra,
que poseerán sus casas y sus tierras,
o por lo menos sus herramientas de trabajo,
si no hay tierras.
Porque si no hay casa ni tierras,
no las heredarán sus hijos,
eso es todo.
Él se pasó muy bien sin ellas para vivir.
y ellos harán como él: trabajarán.

XIV Domingo del Tiempo Ordinario


3 de julio de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz (Is 66, 10-14c)
  • Aclamad al Señor, tierra entera (Sal 65)
  • Yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús (Gál 6, 14-18)
  • Descansará sobre ellos vuestra paz (Lc 10, 1-12. 17-20)
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La moderación

«En las cosas que se han de hacer, incluso en las piadosas, es indispensable la moderación para que los esfuerzos puedan durar, cosa que sería imposible si tales esfuerzos fueran excesivos. Y en los acontecimientos sería recomendable tener el corazón preparado para aceptar un lado u otro, o sea, el dichoso y el adverso, de buena gana, como de la mano de Dios»


(Sacado de una carta que escribió San Ignacio de Loyola a Girolamo Vignes medio año antes de morir)

San Pedro y San Pablo



En la Diócesis de Cartagena (Murcia), la solemnidad de San Pedro y San Pablo se celebra el último domingo del mes de junio.





25 de junio de 2016 - Vigilia de la solemnidad de San Pedro y San Pablo (Ciclo C - Año Par)
  • Te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo, echa a andar (Hch 3, 1-10)
  • A toda la tierra alcanza su pregón (Sal 18)
  • Dios me escogió desde el seno de mi madre (Gál 1, 11-20)
  • Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas (Jn 21, 15-19)
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26 de junio de 2016 - Solemnidad de San Pedro y San Pablo (Ciclo C - Año Par)
  • Era verdad: el Señor me ha librado de las manos de Herodes (Hch 12, 1-11)
  • El Señor me libró de todas mis ansias (Sal 33)
  • Ahora me aguarda la corona merecida (2 Tim 4, 6-8. 17-18)
  • Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos (Mt 16, 13-19)
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Padre nuestro que estás en el cielo


INTRODUCCIÓN: “Padre”, una palabra culturalmente incorrecta

La primera palabra con la que el Señor nos ha enseñado a dirigirnos a Dios es la palabra “padre”. Sin embargo el sentido de esta palabra está muy adulterado en nuestra sociedad, marcada por la revuelta de mayo del 68, que fue una revuelta contra la figura del padre y todo lo que ella representa. En los muros de París se podía leer este eslogan: “Los enemigos de mi padre son mis amigos”. Desde mayo del 68 el hombre europeo contemporáneo se piensa a sí mismo como huérfano, sin raíces fuera del espacio-tiempo, como un descendiente del mono que camina hacia la nada. Se le ha dicho que la paternidad es “represiva” y que el padre es el enemigo de su libertad y él se lo ha creído. 

“Padre”, en cambio, quiere decir que nunca somos huérfanos, que nunca estamos perdidos, entregados a las fuerzas y a los condicionamientos de este mundo, sino que tenemos un recurso, que tenemos un origen fuera del espacio-tiempo; porque todo este universo, que empezó con el “big-bang”, es un universo que se produce en la palabra, el aliento y el amor del Padre. Y todo tiene una bondad y una belleza profunda, porque en la raíz de todo hay una paternidad infinitamente misericordiosa que todo lo anima. El hecho de que las cosas existan, de que participen del ser, nos remite al Padre; el hecho de que podamos comprenderlas, de que posean una estructura prodigiosa que nuestra inteligencia puede captar, nos remite al Hijo que es la Palabra eterna del Padre, anterior a todo lo creado (Jn 1,1); y el hecho de que sean bellas, de que estén insertas en un orden dinámico y que tiendan hacia su plenitud, nos remite al Espíritu Santo vivificante. Por eso, con toda razón, el Catecismo de la Iglesia Católica afirma: “La primera palabra de la Oración del Señor es una bendición de adoración, antes de ser una imploración. Porque la Gloria de Dios es que nosotros le reconozcamos como “Padre”, Dios verdadero” (2781).

Sin embargo, dada la situación cultural (‘antipaterna’) en la que nos encontramos, el Catecismo afirma: «Antes de hacer nuestra esta primera exclamación de la Oración del Señor, conviene purificar humildemente nuestro corazón de ciertas imágenes falsas de “este mundo” (…) La purificación del corazón concierne a imágenes paternales o maternales, correspondientes a nuestra historia personal y cultural, que impregnan nuestra relación con Dios. Dios nuestro Padre trasciende las categorías del mundo creado. Transferir a él, o contra él, nuestras ideas en este campo sería fabricar ídolos para adorar o demoler. Orar al Padre es entrar en su misterio, tal como Él es, y tal como el Hijo nos lo ha revelado: “La expresión Dios Padre no había sido revelada jamás. Cuando Moisés preguntó a Dios quién era Él, oyó otro nombre” (Tertuliano) » (2779).

La NOVEDAD de llamar a Dios “Padre”

Romano Guardini insiste en que el pensamiento religioso anterior al cristianismo conocía experiencias de la “paternidad” divina, como poder benéfico y protector que, desde lo alto, envuelve la vida de los hombres. Pero que, cuando Cristo nos manda llamar “Padre” a Dios no está pensando en nada de esto, sino que este nombre es revelación de un misterio del que, hasta ese momento, no había ningún presentimiento: “nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiere revelárselo” (Mt 11,27); “Nadie viene al Padre sino por mí” (Jn 14,6). Así, pues, el Padre a quien él se refiere, está oculto por naturaleza. Podemos decir incluso que él es en sí el Dios desconocido, que sólo se manifiesta por esa revelación. “A Dios nadie le ha visto: el único Hijo, que está en el seno del Padre, es quien nos lo ha manifestado” (Jn 1,18).

La paternidad de Dios que Cristo nos revela no tiene nada que ver con la religión natural ni con ningún fenómeno de este mundo. Aquí se ve el fondo de la fe cristiana, la revelación de la vida interior de Dios: que él tiene en sí mismo el misterio de la fecundidad, en su existencia eterna y sagrada; que en él hay compañía, y que en la eterna comprensión entre Padre e Hijo tiene lugar el diálogo divino. Y a esa comprensión, al amor que allí reina, alude en su esencia los discursos de despedida cuando lo designan como “el Espíritu Santo” (Jn 14,26; 16,7.13). Esto es en la eternidad, independientemente de todo lo que se llama “mundo”. “No es una paternidad que surja del mundo, sino el Dios de quien nadie sabe; sólo su Hijo, Jesucristo, nos le ha manifestado”. 

XII Domingo del Tiempo Ordinario


19 de junio de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Mirarán al que atravesaron (Zac 12, 10-11; 13,1)
  • Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío (Sal 62)
  • Los que habéis sido bautizados os habéis revestido de Cristo (Gál 3, 26-29)
  • Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del hombre tiene que padecer mucho (Lc 9, 18-24)
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Tomad Señor y Recibid


Tomad, Señor, y recibid
toda mi libertad,. 
Mi memoria,
mi entendimiento
y toda mi voluntad.
Todo mi haber 
y mi poseer.
Vos me lo disteis,
a Vos, Señor, lo torno.
Todo es vuestro;
disponed a vuestra voluntad. 
Dadme vuestro amor y gracia.
Esto me basta.

(San Ignacio de Loyola)
(1491-1556)

XI Domingo del Tiempo Ordinario


12 de junio de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás (2 Sam 12, 7-10. 13)
  • Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado (Sal 31)
  • Vivo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí (Gál 2, 16. 19-21)
  • Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor (Lc 7, 36-8, 3)
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Ofrecerse

La enfermera había bajado a cenar. Como la pequeña tuvo un horrible ataque de tos, Hans entró en la habitación, procedente del dormitorio de Paul, y abrazó a Synne, mientras empujaba cariñosamente a su hermano hacia un lado, convencido de que tenía mejores manos que el padre para calmar a la niña. Synne se quejaba de un modo tranquilo y desgarrador. 

Hans volvió a colocar a la pequeña sobre la almohada. Al resplandor de la débil luz carmesí, el rostro de la niña se veía enrojecido, atormentado e inflamado. Los ojos se le salían de las órbitas y ofrecían una expresión opaca provocada por el exceso de tos.

- Tío Hans -murmuró la niña con su voz apagada de enferma-, ¿crees que me moriré?

- ¡Qué va! Es mayor el dolor que el peligro, Synne. No debes pensar en tales cosas –añadió bruscamente.

- Sí debo, pues me he decidido a ofrecerme a Jesús. Estoy dispuesta a morir por Él. Como una ofrenda.

- Lo que tienes que hacer es no hablar tanto. ¡Una ofrenda! ¿Crees que Dios puede querer una cosa así? Lo que quiere es que te pongas buena. Está bien claro.

- Si no esperara de los niños otra cosa que verles crecer, no dejaría morir a tantos. Le complace que nosotros nos ofrezcamos por propia voluntad.

-¡Chist! ¡A callar! No hables tanto. ¿Es que no puedes decirle que se deje de todas estas historias, Paul?

- ¿No es cierto, padre? –instó la pequeña, metiendo su ardiente mano, humedecida y blanda por la enfermedad, debajo de la del padre. Aquel cambio de su manecita firme y seca estremeció súbitamente a Paul como si fuera el principio de algún acontecimiento incomprensible.

La pequeña levantó el brazo, se lo pasó por el cuello y lo atrajo hacia sí. Por debajo del cubrecama se desprendía del cuerpecito un calor cálido y húmedo. El aliento de la enferma tenía un olor singular que de pronto le recordó a Paul el horror de la tumba.

- No puedo decirte de qué se trata, padre –le susurró ella muy junto al oído-. Pero ya lo verás cuando me haya muerto. Se trata de algo que quiero obtener, ¿comprendes? En beneficio de un alma…

Paul experimentó de repente la sensación de que algo se abría en su interior: una grieta en la que caía impotente su propio yo después de un infructuoso intento de encontrar apoyo. La niña le arrastraba hacia algo desconocido, del todo sobrenatural. Un misterio que hasta entonces sólo había visto desde fuera se abrió para devorarle. Aunque se estremecía de horror, sintió, no obstante, que estaba por completo en poder del otro mundo.

-Debes hacerlo, padre. Debes ofrecerte.

Paul se arrodilló junto a la cama, y con el rostro apretado en el costado de Synne, estuvo escuchando la entorpecida respiración de su pecho.

- No puedo, Synne –murmuró rápidamente, reteniendo el aliento por el dolor que sentía.

- Tienes que poder –su voz sonaba estremecida e impetuosa-. Debes hacerlo. Yo lo he hecho ya, ¿sabes? Empecé hace varios días. Has de ayudarme. Di: “Dios mío, te la ofrezco en sacrificio…”.

Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso (Lc 6, 36)

Catequesis parroquial nº 133

Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 1 de junio de 2016

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X Domingo del Tiempo Ordinario


5 de junio de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Mira, tu hijo está vivo (1 Re 17, 17-24)
  • Te ensalzaré, Señor, porque me has librado (Sal 29)
  • Reveló a su Hijo en mí, para que yo lo anunciara a los gentiles (Gál 1, 11-19)
  • ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate! (Lc 7, 11-17)
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