XIV Domingo del Tiempo Ordinario


3 de julio de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz (Is 66, 10-14c)
  • Aclamad al Señor, tierra entera (Sal 65)
  • Yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús (Gál 6, 14-18)
  • Descansará sobre ellos vuestra paz (Lc 10, 1-12. 17-20)
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La moderación

«En las cosas que se han de hacer, incluso en las piadosas, es indispensable la moderación para que los esfuerzos puedan durar, cosa que sería imposible si tales esfuerzos fueran excesivos. Y en los acontecimientos sería recomendable tener el corazón preparado para aceptar un lado u otro, o sea, el dichoso y el adverso, de buena gana, como de la mano de Dios»


(Sacado de una carta que escribió San Ignacio de Loyola a Girolamo Vignes medio año antes de morir)

San Pedro y San Pablo



En la Diócesis de Cartagena (Murcia), la solemnidad de San Pedro y San Pablo se celebra el último domingo del mes de junio.





25 de junio de 2016 - Vigilia de la solemnidad de San Pedro y San Pablo (Ciclo C - Año Par)
  • Te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo, echa a andar (Hch 3, 1-10)
  • A toda la tierra alcanza su pregón (Sal 18)
  • Dios me escogió desde el seno de mi madre (Gál 1, 11-20)
  • Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas (Jn 21, 15-19)
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26 de junio de 2016 - Solemnidad de San Pedro y San Pablo (Ciclo C - Año Par)
  • Era verdad: el Señor me ha librado de las manos de Herodes (Hch 12, 1-11)
  • El Señor me libró de todas mis ansias (Sal 33)
  • Ahora me aguarda la corona merecida (2 Tim 4, 6-8. 17-18)
  • Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos (Mt 16, 13-19)
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Padre nuestro que estás en el cielo


INTRODUCCIÓN: “Padre”, una palabra culturalmente incorrecta

La primera palabra con la que el Señor nos ha enseñado a dirigirnos a Dios es la palabra “padre”. Sin embargo el sentido de esta palabra está muy adulterado en nuestra sociedad, marcada por la revuelta de mayo del 68, que fue una revuelta contra la figura del padre y todo lo que ella representa. En los muros de París se podía leer este eslogan: “Los enemigos de mi padre son mis amigos”. Desde mayo del 68 el hombre europeo contemporáneo se piensa a sí mismo como huérfano, sin raíces fuera del espacio-tiempo, como un descendiente del mono que camina hacia la nada. Se le ha dicho que la paternidad es “represiva” y que el padre es el enemigo de su libertad y él se lo ha creído. 

“Padre”, en cambio, quiere decir que nunca somos huérfanos, que nunca estamos perdidos, entregados a las fuerzas y a los condicionamientos de este mundo, sino que tenemos un recurso, que tenemos un origen fuera del espacio-tiempo; porque todo este universo, que empezó con el “big-bang”, es un universo que se produce en la palabra, el aliento y el amor del Padre. Y todo tiene una bondad y una belleza profunda, porque en la raíz de todo hay una paternidad infinitamente misericordiosa que todo lo anima. El hecho de que las cosas existan, de que participen del ser, nos remite al Padre; el hecho de que podamos comprenderlas, de que posean una estructura prodigiosa que nuestra inteligencia puede captar, nos remite al Hijo que es la Palabra eterna del Padre, anterior a todo lo creado (Jn 1,1); y el hecho de que sean bellas, de que estén insertas en un orden dinámico y que tiendan hacia su plenitud, nos remite al Espíritu Santo vivificante. Por eso, con toda razón, el Catecismo de la Iglesia Católica afirma: “La primera palabra de la Oración del Señor es una bendición de adoración, antes de ser una imploración. Porque la Gloria de Dios es que nosotros le reconozcamos como “Padre”, Dios verdadero” (2781).

Sin embargo, dada la situación cultural (‘antipaterna’) en la que nos encontramos, el Catecismo afirma: «Antes de hacer nuestra esta primera exclamación de la Oración del Señor, conviene purificar humildemente nuestro corazón de ciertas imágenes falsas de “este mundo” (…) La purificación del corazón concierne a imágenes paternales o maternales, correspondientes a nuestra historia personal y cultural, que impregnan nuestra relación con Dios. Dios nuestro Padre trasciende las categorías del mundo creado. Transferir a él, o contra él, nuestras ideas en este campo sería fabricar ídolos para adorar o demoler. Orar al Padre es entrar en su misterio, tal como Él es, y tal como el Hijo nos lo ha revelado: “La expresión Dios Padre no había sido revelada jamás. Cuando Moisés preguntó a Dios quién era Él, oyó otro nombre” (Tertuliano) » (2779).

La NOVEDAD de llamar a Dios “Padre”

Romano Guardini insiste en que el pensamiento religioso anterior al cristianismo conocía experiencias de la “paternidad” divina, como poder benéfico y protector que, desde lo alto, envuelve la vida de los hombres. Pero que, cuando Cristo nos manda llamar “Padre” a Dios no está pensando en nada de esto, sino que este nombre es revelación de un misterio del que, hasta ese momento, no había ningún presentimiento: “nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiere revelárselo” (Mt 11,27); “Nadie viene al Padre sino por mí” (Jn 14,6). Así, pues, el Padre a quien él se refiere, está oculto por naturaleza. Podemos decir incluso que él es en sí el Dios desconocido, que sólo se manifiesta por esa revelación. “A Dios nadie le ha visto: el único Hijo, que está en el seno del Padre, es quien nos lo ha manifestado” (Jn 1,18).

La paternidad de Dios que Cristo nos revela no tiene nada que ver con la religión natural ni con ningún fenómeno de este mundo. Aquí se ve el fondo de la fe cristiana, la revelación de la vida interior de Dios: que él tiene en sí mismo el misterio de la fecundidad, en su existencia eterna y sagrada; que en él hay compañía, y que en la eterna comprensión entre Padre e Hijo tiene lugar el diálogo divino. Y a esa comprensión, al amor que allí reina, alude en su esencia los discursos de despedida cuando lo designan como “el Espíritu Santo” (Jn 14,26; 16,7.13). Esto es en la eternidad, independientemente de todo lo que se llama “mundo”. “No es una paternidad que surja del mundo, sino el Dios de quien nadie sabe; sólo su Hijo, Jesucristo, nos le ha manifestado”. 

XII Domingo del Tiempo Ordinario


19 de junio de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Mirarán al que atravesaron (Zac 12, 10-11; 13,1)
  • Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío (Sal 62)
  • Los que habéis sido bautizados os habéis revestido de Cristo (Gál 3, 26-29)
  • Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del hombre tiene que padecer mucho (Lc 9, 18-24)
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Tomad Señor y Recibid


Tomad, Señor, y recibid
toda mi libertad,. 
Mi memoria,
mi entendimiento
y toda mi voluntad.
Todo mi haber 
y mi poseer.
Vos me lo disteis,
a Vos, Señor, lo torno.
Todo es vuestro;
disponed a vuestra voluntad. 
Dadme vuestro amor y gracia.
Esto me basta.

(San Ignacio de Loyola)
(1491-1556)

XI Domingo del Tiempo Ordinario


12 de junio de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás (2 Sam 12, 7-10. 13)
  • Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado (Sal 31)
  • Vivo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí (Gál 2, 16. 19-21)
  • Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor (Lc 7, 36-8, 3)
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Ofrecerse

La enfermera había bajado a cenar. Como la pequeña tuvo un horrible ataque de tos, Hans entró en la habitación, procedente del dormitorio de Paul, y abrazó a Synne, mientras empujaba cariñosamente a su hermano hacia un lado, convencido de que tenía mejores manos que el padre para calmar a la niña. Synne se quejaba de un modo tranquilo y desgarrador. 

Hans volvió a colocar a la pequeña sobre la almohada. Al resplandor de la débil luz carmesí, el rostro de la niña se veía enrojecido, atormentado e inflamado. Los ojos se le salían de las órbitas y ofrecían una expresión opaca provocada por el exceso de tos.

- Tío Hans -murmuró la niña con su voz apagada de enferma-, ¿crees que me moriré?

- ¡Qué va! Es mayor el dolor que el peligro, Synne. No debes pensar en tales cosas –añadió bruscamente.

- Sí debo, pues me he decidido a ofrecerme a Jesús. Estoy dispuesta a morir por Él. Como una ofrenda.

- Lo que tienes que hacer es no hablar tanto. ¡Una ofrenda! ¿Crees que Dios puede querer una cosa así? Lo que quiere es que te pongas buena. Está bien claro.

- Si no esperara de los niños otra cosa que verles crecer, no dejaría morir a tantos. Le complace que nosotros nos ofrezcamos por propia voluntad.

-¡Chist! ¡A callar! No hables tanto. ¿Es que no puedes decirle que se deje de todas estas historias, Paul?

- ¿No es cierto, padre? –instó la pequeña, metiendo su ardiente mano, humedecida y blanda por la enfermedad, debajo de la del padre. Aquel cambio de su manecita firme y seca estremeció súbitamente a Paul como si fuera el principio de algún acontecimiento incomprensible.

La pequeña levantó el brazo, se lo pasó por el cuello y lo atrajo hacia sí. Por debajo del cubrecama se desprendía del cuerpecito un calor cálido y húmedo. El aliento de la enferma tenía un olor singular que de pronto le recordó a Paul el horror de la tumba.

- No puedo decirte de qué se trata, padre –le susurró ella muy junto al oído-. Pero ya lo verás cuando me haya muerto. Se trata de algo que quiero obtener, ¿comprendes? En beneficio de un alma…

Paul experimentó de repente la sensación de que algo se abría en su interior: una grieta en la que caía impotente su propio yo después de un infructuoso intento de encontrar apoyo. La niña le arrastraba hacia algo desconocido, del todo sobrenatural. Un misterio que hasta entonces sólo había visto desde fuera se abrió para devorarle. Aunque se estremecía de horror, sintió, no obstante, que estaba por completo en poder del otro mundo.

-Debes hacerlo, padre. Debes ofrecerte.

Paul se arrodilló junto a la cama, y con el rostro apretado en el costado de Synne, estuvo escuchando la entorpecida respiración de su pecho.

- No puedo, Synne –murmuró rápidamente, reteniendo el aliento por el dolor que sentía.

- Tienes que poder –su voz sonaba estremecida e impetuosa-. Debes hacerlo. Yo lo he hecho ya, ¿sabes? Empecé hace varios días. Has de ayudarme. Di: “Dios mío, te la ofrezco en sacrificio…”.

Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso (Lc 6, 36)

Catequesis parroquial nº 133

Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 1 de junio de 2016

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X Domingo del Tiempo Ordinario


5 de junio de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Mira, tu hijo está vivo (1 Re 17, 17-24)
  • Te ensalzaré, Señor, porque me has librado (Sal 29)
  • Reveló a su Hijo en mí, para que yo lo anunciara a los gentiles (Gál 1, 11-19)
  • ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate! (Lc 7, 11-17)
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Domingo. El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo


29 de mayo de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Sacó pan y vino (Gén 14, 18-20)
  • Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec (Sal 109)
  • Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor (1 Cor 11, 23-26)
  • Comieron todos y se saciaron (Lc 9, 11b-17)
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La belleza de la castidad


La castidad consiste en ajustar nuestra expresividad, las palabras y los gestos de nuestro cuerpo, a la verdad y al amor. Ser casto es no-mentir con los gestos del cuerpo y hacer que esos gestos sean gestos de amor. El pecado contra la castidad no consiste en la conculcación de un tabú, sino en vivir la relación con los otros ignorando su verdad, es decir, que son otros (alteridad) y que son un rostro y haciendo que ese acto que la Biblia llama “conocimiento” (“Adán conoció a Eva, y Eva quedó encinta”, cf. Gn 4,1) se produzca de manera ciega, ignorando la condición personal del otro, haciendo que el rostro se convierta en cuerpo, en vez de que todo el cuerpo se convierta en rostro.

La castidad comporta la unificación de todos los elementos y las fuerzas de la persona en el amor, la integración de las fuerzas caóticas de la vida, es decir, del universo pulsional, del mundo ciego del deseo, de lo que podríamos llamar el eros, en una relación personal. Gracias a la castidad, con la actitud de renuncia a la posesión que comporta, los otros van siendo para nosotros unos rostros, en vez de ser únicamente unos “cuerpos”. Entonces es posible el amor.

La castidad hace posible el verdadero amor que consiste en hacer alianza con el otro, es decir, en reconocer al otro en los términos que expresan su verdad en relación conmigo -como marido y mujer, o como padre e hijo, o como amigo, hermano, sacerdote, compañero, etc.- y decirle al otro que siempre podrá contar conmigo, que me encontrará siempre en los términos en los que hemos hecho alianza. Hay muchas formas de alianza, porque hay muchas formas de amor, pero en todas ellas es esencial la fidelidad, no el deseo. La castidad hace posible la alianza -el amor- porque “circuncida” el deseo, obligándolo a la verdad, es decir, a la realidad, y prohibiéndole la “posesión” del otro, porque el otro no debe ser nunca un objeto poseído sino un rostro con quien vivo en comunión, una persona con quien mantengo una alianza.

Si la castidad consiste en vivir al otro como persona, entonces implica descubrir al otro en la duración, descubrirlo como historia que se está haciendo, y no únicamente como posibilidad en el juego de la seducción y el instante erótico. Es aceptarlo con su pasado, que tal vez es doloroso, escuchar el relato de su infancia, la confesión de sus equivocaciones, la pena y la alegría de la lenta afirmación de sí mismo; y hacer todo esto sin ningún tipo de envidia ni de celos. Y no es solamente asumirlo con su pasado, sino hacerme responsable de él en su futuro, en su porvenir. Comprender al otro en su duración, asumirlo como historia, es también aprender a ser paciente, mientras que la pasión, el intercambio de dos fantasías y el contacto de dos epidermis son impacientes por naturaleza. Y en contra de lo que se suele decir, no se trata de que “los dos se hagan uno”, sino que “cada uno se haga dos”, es decir, asuma la vocación del otro que es distinta de la suya.

“Un corazón casto es un corazón amante”, escribe un cartujo. La castidad es, en efecto, una cualidad de nuestro amor, su transparencia, su verdad, su fidelidad. Es la incandescencia del amor. Por eso es bella. Su belleza reside en que ella nos implanta en la verdad, en el amor y en la luz. Como todo lo bello es difícil, y requiere un esfuerzo de nuestra parte.

Domingo. La Santísima Trinidad.


22 de mayo de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Antes de comenzar la tierra, la sabiduría fue engendrada (Prov 8, 22-31)
  • Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra! (Sal 8)
  • A Dios, por medio de Cristo, en el amor derramado con el Espíritu (Rom 5, 1-5)
  • Todo lo que tiene el Padre es mío; el Espíritu tomará de lo mío y os lo anunciará (Jn 16, 12-15)
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Conocer al otro con la mirada de Cristo

Cuando yo amo a alguien con el amor virginal con que Dios lo ama, su rostro deja de ser para mí únicamente un conjunto de rasgos y empieza a ser una abertura sobre aquello que desconozco: el misterio del ser personal del otro. 

Entonces la mirada deja de defenderse o de provocar o de intentar seducir para convertirse en el océano interior de una confianza, en la donación de una presencia. 

Conviene recordar la fórmula absolutamente admirable de san Macario el Grande (s. IV): “En el hombre que se santifica, todo el cuerpo se convierte en rostro y todo el rostro se convierte en mirada”. 

En el conocimiento cristiano, es decir, en el conocimiento que Cristo nos da de otra persona, tiene que haber, en un momento dado, lo que yo llamaría una discontinuidad: es el momento de la revelación, en el que Dios interviene para hacerme presentir al otro como un secreto que se abre sin dejar de ser secreto.

Conocer al otro con la mirada de Cristo es un acontecimiento, una gracia, que, al desarticular todo intento de dominio y posesión del otro, hace posible la comunión, capacitándonos para vivir como hermanos, caminando y trabajando juntos por el advenimiento del Reino de Dios.

Olivier Clément

Domingo de Pentecostés


15 de mayo de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar (Hch 2, 1-11)
  • Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra (Sal 103)
  • Hemos sido bautizados en un mismo espíritu, para formar un solo cuerpo (1 Cor 12, 3b-7. 12-13)
  • Ven, Espíritu Divino (Secuencia)
  • Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo (Jn 20, 19-23)
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Vigilia de Pentecostés


14 de mayo de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Huesos secos traeré sobre vosotros espíritu, y viviréis (Ez 37, 1-14)
  • Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra (Sal 103)
  • El Espíritu intercede con gemidos inefables (Rom 8, 22-27)
  • Manarán torrentes de agua viva (Jn 7, 37-39)
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Ven Espíritu Divino



Ven Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo, 
Padre amoroso del pobre, 
don en tus dones espléndido, 
luz que penetra en las almas, 
fuente del mayor consuelo. 

Ven, dulce huésped del alma, 
descanso de nuestro esfuerzo, 
tregua en el duro trabajo, 
brisa en las horas de fuego, 
gozo que enjuga las lágrimas 
y reconforta en los duelos. 

Entra hasta el fondo del alma, 
divina luz, y enriquécenos. 
Mira el vacío del hombre 
si Tú le faltas por dentro; 
mira el poder del pecado 
cuando no envías tu aliento. 

Riega la tierra en sequía, 
sana el corazón enfermo, 
lava las manchas, infunde 
calor de vida en el hielo, 
doma el espíritu indómito, 
guía al que tuerce el sendero. 

Reparte tus siete dones 
según la fe de tus siervos. 
Por tu bondad y tu gracia 
dale al esfuerzo su mérito. 
Salva al que busca salvarse 
y danos tu gozo eterno. 
Amén. Alleluia. 

VII Domingo de Pascua. La Ascensión del Señor.


8 de mayo de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Lo vieron levantarse (Hch 1, 1-11)
  • Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas (Sal 46)
  • Lo sentó a su derecha en el cielo (Ef 1, 17-23)
  • Mientras los bendecía, iba subiendo al cielo (Lc 24, 46-53)
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La soledad

Lázár decía que la civilización de la máquina también produce en serie la soledad humana. También decía que san Pafnucio en el desierto, en lo alto de la columna, con el pelo sucio de excrementos de pájaros, no estaba tan solo como los habitantes de una gran ciudad un domingo por la tarde, perdidos entre la multitud de los cafés o de los cines.

Muy pocos soportan la idea de que no hay remedio para la soledad de la existencia. La mayoría alimenta esperanzas, se agarra a lo que puede, busca refugio en las relaciones humanas, pero a sus intentos de fuga de la cárcel de la soledad no les pone verdadera pasión ni entrega, y entonces se refugia en mil ocupaciones falsas, trabaja de sol a sol o viaja sin parar, o compra una casa grande, o los favores de mujeres con las que no tiene nada que ver, o empieza una colección de abanicos, piedras preciosas o insectos raros… Pero no sirve de nada. Y mientras se afanan en todas esas maniobras son plenamente conscientes de que no sirven para nada. Y sin embargo siguen esperando, aunque ni siquiera saben qué esperan… Ya tienen claro que el dinero en cantidades cada vez más copiosas, la colección de insectos cada vez más completa, la nueva amante, el encuentro interesante, la velada perfecta y el aún más aplaudido garden party no sirven de nada… Por eso, en su tortura y su angustia, intentan por todos los medios mantener el orden. Cada momento de vigilia lo dedican a organizar su vida. Siempre tienen un “encargo” que hacer, unos documentos que tramitar, una reunión, una cita amorosa… ¡Cualquier cosa con tal de no quedarse solos ni un momento! ¡Con tal de no ver ni por un instante esa soledad! ¡Rápido unas personas! ¡O unos perros! ¡O tapices! ¡O acciones, o esculturas góticas, o amantes! Rápido, antes de que se descubra…

VI Domingo de Pascua


1 de mayo de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables (Hch 15, 1-2. 22-29)
  • Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben (Sal 66)
  • Me enseñó la ciudad santa, que bajaba del cielo  (Ap 21, 10-14. 22-23)
  • El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho (Jn 14, 23-29)
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Ponerse en la presencia de Dios

Para ponernos en la presencia de Dios, nos lo representaremos llenando todo el universo, y los contemplaremos en todos los lugares, como la atmósfera que lo envuelve todo. Así veremos a Dios alrededor nuestro, rodeándonos por todas partes, y existiendo nosotros en Él, como los peces existen en el mar, y los pájaros en el aire.

O bien nos retiraremos al lugar escondido de nuestro interior, para contemplar como la esencia divina llena nuestra alma, viendo con una mirada firme y tranquila, como el Padre y el Hijo producen el Espíritu Santo.

O también podemos mirar a Jesucristo en el Santo Sacramento del altar. Y para honrarlo basta con saber lo que la fe nos enseña: que es Dios hecho hombre, y que esta misma humanidad presente en el sagrario, está sentada a la derecha del Padre Eterno.

Y también podemos humillarnos y reconocernos indignos de hablar con Dios, diciendo con Abraham, nuestro padre en la fe: Que no se enfade mi Señor si me atrevo hablar, yo que soy polvo y ceniza.
Santa Juana Francisca de Chantal

Misericordia y Verdad

Catequesis parroquial nº 132

Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 20 de abril de 2016

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V Domingo de Pascua


24 de abril de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Contaron a la Iglesia lo que Dios había hecho por medio de ellos (Hch 14, 21b-27)
  • Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi rey (Sal 144)
  • Dios enjugará las lágrimas de sus ojos (Ap 21, 1-5a)
  • Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros (Jn 13, 31-33a 34-35)
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La concepción cristiana de la sexualidad


La estructura de la moral cristiana
La moral cristiana, también la moral sexual, se fundamenta siempre en el don recibido de Dios: el indicativo (lo que ha ocurrido, sucedido, el don que habéis recibido) precede y fundamenta al imperativo (lo que hay que hacer, el modo como se debe obrar). “Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios” (Col 3,1-3). “Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros” (Col 3,13). “¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? y ¿había de tomar yo los miembros de Cristo para hacerlos miembros de prostituta? ¡De ningún modo!” (1Co 6,15). “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Ef 5,25).
Sin embargo hay que reconocer que todo lo que Dios nos ha revelado en Cristo está, de algún modo, inscrito en nuestro ser más profundo, en nuestra naturaleza humana, tal como Dios la ha creado en su sabiduría. Por ello a todas las respuestas específicamente cristianas sobre los problemas sexuales corresponden motivaciones simplemente humanas, argumentos puramente racionales, que van en la misma dirección, aunque normalmente no pueden llegar tan lejos como la respuesta que nace del conocimiento de lo que Dios ha hecho por nosotros.
Esto significa que la moral (sexual) cristiana sólo podrá ser vivida, en toda su plenitud, por quienes descubran el “indicativo”, es decir, por quienes se hayan encontrado con Cristo y hayan descubierto en Él las maravillas que Dios ha hecho en favor nuestro. Pero significa también que podrá haber hombres que, incluso sin conocer de modo explícito a Cristo, siguiendo las exigencias profundas de su propio corazón, podrán vivir su sexualidad casi como si fueran cristianos.

El cristianismo es una religión del cuerpo; por eso su moral sexual es tan exigente
El cristianismo es la religión que tiene la consideración más positiva del cuerpo que haya jamás existido. Pues afirma que Dios posee un cuerpo humano, en la persona de Jesús, Hijo de Dios encarnado. Afirma también que la salvación del hombre se ha realizado a través de ese cuerpo de Jesús que fue ofrecido en la cruz y resucitado gloriosamente por Dios y sentado a la derecha del Padre en el cielo. Cree que ese cuerpo de Cristo, crucificado y resucitado, se nos da en la Eucaristía y que con él recibimos al Espíritu Santo y experimentamos un anticipo de la gloria futura. Cree que, por el bautismo, las tres divinas personas habitan en nuestro cuerpo y que, por ello, nuestro cuerpo de carne es un templo en el que habita Dios. Y cree, finalmente, que nuestro cuerpo de carne no está destinado a la muerte sino a la resurrección y a la glorificación final, a imagen del cuerpo de Cristo resucitado.
Todo esto ya permite comprender que el cristianismo va a esperar y a pedir mucho del cuerpo humano, precisamente porque le concede a él una dignidad que nadie más le otorga. Si el cuerpo humano no tuviera ningún valor, si fuera sólo un instrumento provisional y transitorio –como piensan los que creen en la reencarnación- se podría hacer con él lo que fuera, podría ser tratado de cualquier manera sin mayores consecuencias espirituales. Pero si el cuerpo está llamado a “participar de la naturaleza divina” entonces las exigencias con respecto a él serán fuertes.
 

IV Domingo de Pascua


17 de abril de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Sabed que nos dedicamos a los gentiles (Hch 13, 14. 43-52)
  • Somos su pueblo y ovejas de su rebaño (Sal 99)
  • El Cordero será su pastor, y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas (Ap 7, 9. 14b-17)
  • Yo doy la vida eterna a mis ovejas (Jn 10, 27-30)
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Para pedir la conversión

Dios y Señor de todas las cosas,
que tienes poder sobre toda vida y sobre toda alma,
tú solo puedes curarme:
escucha la plegaria de este pobre pecador.

Haz morir y desaparecer,
por la presencia de tu santo Espíritu,
la serpiente que anida en mi corazón.

Concede la humildad a mi corazón
y pensamientos convenientes a este pecador
que ha decidido convertirse.

No abandones para siempre a un alma
que quiere someterse a ti,
que ha confesado su fe en ti,
que te ha elegido y honrado
prefiriéndote al mundo entero.

Sálvame, Señor,
a pesar de mis malas costumbres
que dificultan mi deseo de ser tuyo;
porque para ti, Señor, todo es posible,
incluso lo que es imposible para los hombres.

San Simeón el Nuevo Teólogo
(949-1022)


III Domingo de Pascua


10 de abril de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo (Hch 5, 27b-32. 40b-41)
  • Te ensalzaré, Señor, porque me has librado (Sal 29)
  • Digno es el Cordero degollado de recibir el poder y la riqueza (Ap 5, 11-14)
  • Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado (Jn 21, 1-19)
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El sermón sobre la caída de Roma

Durante tres días, los visigodos de Alarico han saqueado la ciudad y arrastrado sus largas capas azules sobre la sangre de las vírgenes. Al enterarse de ello san Agustín, apenas se emociona. Desde hace años lucha contra el furor de los donatistas, y ahora que ya han sido vencidos consagra todos sus esfuerzos a devolverlos al seno de la Iglesia católica. Predica las virtudes del perdón a fieles a los que aún anima el espíritu de venganza. No se interesa por las piedras que se desmoronan (…) que el mundo caiga en las tinieblas, si el corazón de los hombres se abre a la luz de Dios. Cada día, sin embargo, los refugiados llevan a África el veneno de su desesperanza. Los paganos acusan a Dios de no haber protegido una ciudad que se había vuelto cristiana. Desde su monasterio de Belén, Jerónimo hace retumbar el impudor de sus lamentos por toda la cristiandad, gime sin reservas por la suerte de Roma entregada a las llamas y a los asaltos de los bárbaros y olvida, en su pena blasfema, que los cristianos no pertenecen al mundo sino a la eternidad de las cosas eternas. En las iglesias de Hipona, los fieles comparten sus tribulaciones y sus dudas y se vuelven hacia su obispo para descubrir de su boca a qué negro pecado deben tan terrible castigo. El pastor no debe reprochar a sus corderos sus estériles temores. Sólo debe clamarlos. Y para calmarlos, en diciembre de 410, san Agustín avanzó hacia ellos por la nave de la catedral y se situó en el ambón. Una multitud inmensa ha acudido a escucharlo y aguarda, apretujada contra las cancelas a la suave luz del invierno, que se eleve la voz que la arrancará de su pena.

Escuchad, amados míos,
nosotros, los cristianos, creemos en la eternidad de las cosas eternas a las que pertenecemos. Dios solo nos ha prometido la muerte y la resurrección. Los cimientos de nuestras ciudades no se hunden en la tierra sino en el corazón del Apóstol que el Señor eligió para edificar su Iglesia, pues Dios no nos erige ciudadelas de piedra, de carne y de mármol, Él erige fuera del mundo la ciudadela del Espíritu Santo, una ciudadela de amor que jamás caerá y se alzará aún en su gloria cuando el siglo haya quedado reducido a cenizas. Roma ha sido tomada y vuestros corazones se sienten escandalizados. A vosotros, amados míos, os pregunto, sin embargo, ¿no constituye acaso el verdadero escándalo desesperar de Dios, que os ha prometido la salvación de Su gracia? ¿Lloras porque Roma ha sido pasto de las llamas? ¿Ha prometido Dios que el mundo sería inmortal? Han caído las murallas de Cartago, el fuego de Baal se ha extinguido y los guerreros de Massinissa que hicieron caer los baluartes de Cirta han desaparecido a su vez, como se escurre la arena. Lo sabías, pero creías que Roma no caería. ¿No fue Roma construida por hombres como tú? ¿Desde cuándo crees que los hombres tienen el poder de edificar cosas eternas? El hombre construye sobre la arena. Si quieres abrazar lo que ha construido, no abrazas más que el viento. Tus manos están vacías y tu corazón afligido. Y si amas el mundo, perecerás con él.

II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia


3 de abril de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Crecía al número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor (Hch 5, 12-16)
  • Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia (Sal 117)
  • Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos (Ap 1, 9-11a. 12-13. 17-19)
  • A los ocho días, llegó Jesús (Jn 20, 19-31)
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La paternidad responsable

En este retiro queremos, con la gracia de Dios, comprender lo que el Señor nos pide cuando en el libro del Génesis leemos: “Creced y multiplicaos y llenad la tierra” (Gn 1,28). Pero para poder comprenderlo hemos de reflexionar antes sobre la originalidad y dignidad del ser humano, el único ser que Dios ha querido por sí mismo. 

La dignidad de ser hombre y de engendrar un hombre

Cuando Dios creó el universo, lo hizo dando órdenes: “que haya luz”, “que haya un firmamento por en medio de las aguas, que las aparte unas de otras”, “que se acumulen las aguas de por debajo del firmamento en un solo conjunto, y se deje ver lo seco”, “que la tierra produzca vegetación” etc. etc. (cf. Gn 1ss). Sin embargo para crear la hombre no dio una orden, sino que se dio un consejo a Sí mismo: “hagamos al hombre a nuestra imagen, a semejanza nuestra” (Gn 1,26). La Tradición enseña que en este misterioso plural (“hagamos”) Dios se dirige a Sí mismo (Trinidad), o que habla a los ya creados ángeles, o que habla al mismo hombre que va a ser creado, como diciéndole: lo que yo quiere hacer, un ser “a imagen y semejanza” de mi propio ser, no lo puedo hacer si tú, oh hombre que vas a ser creado, no colaboras conmigo; necesito tu libre colaboración para que tú seas de verdad “imagen y semejanza” mía. Lo cual se comprende perfectamente cuando pensamos que Dios es Persona, que es Libertad, que es “Aquel que es” como reveló a Moisés en la zarza ardiente (“Yo soy el que soy”: Ex 3,14). 
Esta singular dignidad del hombre la expresa también el segundo relato de la creación del ser humano (Gn 2,4-7) en el que Dios “formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente” (Gn 2,7). Lo que hace que el hombre sea hombre es, pues, una participación en el “aliento” divino, una participación en el “Espíritu de Dios”; podríamos decir “un beso” con el que Dios comunicó a aquel ser algo de su aliento, algo de su Espíritu. Dios insufló algo de su aliento sobre aquel ser que provenía de la tierra, y surgió un ser nuevo, fruto del encuentro de la tierra y del cielo, del polvo de la tierra y del soplo divino. La Sagrada Escritura no niega el hecho material: el hombre proviene de la tierra. Pero en el dinamismo evolutivo de los seres vivientes ve surgir una novedad: por el soplo divino el hombre es constituido persona, es hecho semejante con Dios. 
El surgimiento de un nuevo hombre, su aparición en el mundo, es siempre un milagro porque el ser que aparece no es un producto del esfuerzo del hombre sino que es mucho más: el esfuerzo y la inteligencia del hombre pueden producir seres de este mundo, de esta tierra; pero el hombre es más que eso, es otro que eso, puesto que posee algo del “aliento divino”. Y el aliento divino sólo lo puede dar Dios. Así lo comprendió nuestra común madre Eva cuando, al nacer su primer hijo Caín, exclamó: “He adquirido un varón con el favor del Señor” (Gn 4,1). En ese grito se expresa tanto la conciencia agradecida por un don recibido “de lo alto”, como el orgullo de haber contribuido, junto con Adán, al surgir de aquella nueva vida.
Sólo Dios es creador en sentido estricto y fuerte. Pero, al ser que Él ha creado “a imagen y semejanza Suya”, le ha concedido el don de ser procreador, es decir, de estar asociado a la obra divina de crear un nuevo ser humano. Cada vez que en la intimidad del vientre materno surge la vida, es Dios quien dice de nuevo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1,26). Lo que significa, como afirmó Juan Pablo II, que “en la paternidad y maternidad humanas Dios mismo está presente de modo distinto respecto de la manera en que esto sucede en cada generación sobre la tierra”. El amor conyugal es el templo en el que Dios celebra el misterio de su amor creador. En el momento en que los cónyuges se donan recíprocamente el uno al otro en el signo del cuerpo (…) precisamente entonces pueden ellos convertirse en colaboradores de Dios para llamar a la vida a una nueva persona, que nace como don nuevo del don esponsal recíproco de los cónyuges.

El hijo no es un producto sino un misterio

“Hacer un hijo” es una expresión horrorosa y completamente falsa. Se hacen cosas, pero no se hacen personas. Un hijo no es una cosa sino una persona, un ser que viene a la existencia a través de sus padres pero de más allá que sus padres, como comprenden éstos cuando contemplan a su recién nacido. El grito de Eva sigue recorriendo la historia humana de manera silenciosa: “he adquirido un hombre con el favor del Señor”.

Vigilia Pascual


26 de marzo de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Vio Dios todo lo que había hecho; y era muy bueno (Gén 1, 1-2, 2)
    • Envía tu espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra (Sal 103)
  • El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe (Gén 22, 1-18)
    • Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti (Sal 15)
  • Los Israelitas entraron en medio del mar, a pie enjuto (Éx 14, 15-15, 1)
    • Cantaré al Señor, sublime es su victoria (Salmo: Éx 15, 1-18)
  • Con misericordia eterna te quiere el Señor, tu redentor (Is 54, 5-14)
    • Te ensalzaré, Señor, porque me has librado (Sal 29)
  • Venid a mí, y viviréis; sellaré con vosotros alianza perpetua (Is 55, 1-11)
    • Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación (Salmo: Is 12, 2-6)
  • Caminad a la claridad del resplandor del Señor (Bar 3, 9-15. 32-4, 4)
    • Señor, tú tienes palabras de vida eterna (Sal 18)
  • Derramaré sobre vosotros un agua pura, y os daré un corazón nuevo (Ez 36, 16-28)
    • Oh Dios, crea en mí un corazón puro (Sal 50)
  • Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más (Rom 6, 3-11)
  • Aleluya, aleluya, aleluya (Sal 117)
  • ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? (Lc 24, 1-12)
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Viernes Santo


25 de marzo de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Él fue traspasado por nuestras rebeliones (Is 52, 13-53, 12)
  • Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu (Sal 30)
  • Aprendió a obedecer y se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación (Heb 4, 14-16; 5, 7-9)
  • Pasión de nuestro Señor Jesucristo (Jn 18, 1-19, 42)
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Jueves Santo


24 de marzo de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • El Señor me ha ungido y me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren y derramar sobre ellos perfume de fiesta (Is 61, 1-3a. 6a. 8b-9)
  • Cantaré eternamente tus misericordias, Señor (Sal 88)
  • Nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios Padre (Ap 1, 5-8)
  • El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido (Lc 4, 16-21)
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La alegría de tu misericordia

«Por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo» (Salmo 89, 14)


Que lo que colme los anhelos de mi alma y de este modo la sacie sea tu misericordia, no tu justicia, humanamente entendida como justicia retributiva con la que das a cada uno “lo suyo”, lo que cada cual merece. 
Que sea, en cambio, “tu misericordia”, es decir, esa peculiar manera tuya, Señor, de “hacer justicia” que consiste en cargar Tú con la culpa del pecador y expiarla muriendo por él en la cruz. 
Que sea este misterio tan terrible y tan dulce de tu misericordia el que invada mi alma cada mañana y la sacie, a fin de que saciada con tu misericordia, ya no tenga hambre de los bienes relativos y efímeros de este mundo. 
Y entonces toda mi vida será “alegría y júbilo”. Pues el júbilo y la alegría proceden de la adhesión a tu misericordia, Señor: eso es lo que me llena el corazón de esperanza para todo hombre, incluso para mí mismo, y me permite vivir en la alegría y el júbilo.
Que así sea.

Horarios en Semana Santa

Oficios
Jueves Santo: 19 horas
Viernes Santo: 19 horas
Vigilia Pascual
Sábado Santo: 22 horas

Domingo de Ramos


20 de marzo de 2016
(Ciclo C - Año Par)







Procesión
:

  • Bendito el que viene en nombre del Señor (Lc 19, 28-40)

Misa:
  • No me tapé el rostro ante los ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado (Is 50, 4-7)
  • Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
  • Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo (Flp 2, 6-11)
  • Pasión de nuestro Señor Jesucristo (Lc 22, 14-23, 56)
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San José


19 de marzo de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • El Señor Dios le dará el trono de David, su padre (2 Sam 7, 4-5a. 12-14a. 16)
  • Su linaje será perpetuo (Sal 88)
  • Apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza (Rom 4, 13. 16-18. 22)
  • Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados (Lc 2, 41-51a)
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Salmo 89 "Baje a nosotros la bondad del Señor"

Catequesis Parroquial nº 131.3
Retiro de Cuaresma 2016 (3/3)

Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 18/02/2016

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Dios es sólo amor y misericordia

Catequesis Parroquial nº 131.2
Retiro de Cuaresma 2016 (2/3) 

Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 17/02/2016

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V Domingo de Cuaresma


13 de marzo de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Mirad que realizo algo nuevo y apagaré la sed de mi pueblo (Is 43, 16-21)
  • El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres (Sal 125)
  • Por Cristo lo perdí todo, muriendo su misma muerte (Flp 3, 8-14)
  • El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra (Jn 8, 1-11)
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A propósito de la sexualidad

(La novela se basa en la ficción de que hay una tierra donde los hombres que llegan a ella inician una vida nueva olvidando los recuerdos de su antigua vida, de su vida pasada. En esta tierra de la vida nueva, prevalece lo universal abstracto sobre lo particular individual, que es visto como un recuerdo del pasado que hay que olvidar. Un mundo así ¿es más o menos humano que el mundo anterior del que se procede? ¿Qué es más conforme con las exigencias del corazón del hombre? Ésta es la cuestión)

A propósito de la sexualidad


(Diálogo entre Simón, un hombre adulto que ha llegado a la nueva tierra, junto con un niño que ha perdido a sus padres, y Ana, una asistente social que les atiende y por la que Simón se siente atraído)


- Rechazar los deseos no tiene nada que ver con que se sea o no monja. Sencillamente, no lo hago. No lo permito. No me gusta. Y no siento ese apetito. No lo tengo y no quiero ver lo que causa en las personas. Ni lo que le hace a un hombre.
-¿A qué se refiere con lo de "lo que le hace a un hombre"?
Ella mira fijamente al niño.
- ¿Está seguro de que quiere que siga?
- Continúe, nunca es demasiado pronto para aprender cosas sobre la vida.
- Muy bien. Usted me encuentra atractiva. Lo noto. Tal vez incluso le parezca guapa. Y como le parezco guapa, su apetito, su impulso, es abrazarme. ¿He interpretado bien las señales, los indicios que me ha dado? Sin embargo, si no me encontrase usted guapa, no sentiría ese impulso. -Él guarda silencio-. Cuánto más guapa le parezco, más acuciante se vuelve su apetito. Así funcionan esos apetitos por los que usted se guía y que sigue ciegamente. Ahora reflexione. Dígame: ¿qué tiene que ver la belleza con ese abrazo al que quiere que me preste? ¿Qué relación hay entre una cosa y la otra? Explíquemelo. -Él guarda silencio, más aún: se ha quedado mudo-. Adelante. Ha dicho usted que no le importaba que su ahijado aprendiera cosas sobre la vida.
- Entre un hombre y una mujer -dice por fin- a veces surge una atracción natural, imprevista e impremeditada. Los dos se encuentran atractivos o incluso, por utilizar la otra palabra, guapos. Por lo general, la mujer más que el hombre. Por qué una cosa sigue a la otra, la belleza y la atracción y el deseo de abrazarse, es un misterio que no puedo explicarle salvo para decir que sentirme atraído por una mujer es el único tributo que yo, en cuanto a mi ser físico, puedo pagar a la belleza de una mujer. Lo llamo tributo porque me parece una ofrenda, no un insulto.
Hace una pausa.
- Continúe, dice ella.
- Es todo lo que quería decir.
- Es todo. Y como tributo a mí, como ofrenda y no como insulto, quiere abrazarme y empujar parte de su cuerpo dentro de mí. Como tributo, dice usted. Estoy atónita. Todo me parece absurdo… me parece absurdo que quiera usted hacerlo, y que yo pudiera permitírselo.
- Sólo parece absurdo planteado así. En sí mismo no lo es. No puede serlo, puesto que se trata de un deseo natural del cuerpo. Es la naturaleza que habla en nosotros. Así son las cosas. El modo de ser de las cosas no puede ser absurdo.
- ¿De verdad? Pero ¿y si le dijera que a mí no sólo me parece absurdo, sino repugnante?
- Él mueve la cabeza con incredulidad.
- No creo que lo diga en serio. Tal vez yo le parezca viejo y poco atractivo… Yo y mis deseos. Pero no creo que opine que la naturaleza es repugnante.
- Sí. La naturaleza puede ser bella, pero también fea. Esas partes del cuerpo que usted modestamente no quiere mencionar en presencia de su ahijado: ¿le parecen hermosas?
- ¿En sí mismas? No, en sí mismas no lo son. Lo que es hermoso es el conjunto, no las partes.
- Y esas partes que no son hermosas… ¡usted pretende empujarlas dentro de mí! ¿Qué debería pensar?
- No lo sé. Dígame qué es lo que piensa.
- Que toda su palabrería sobre pagar un tributo a la belleza es una tontería. Si me considerase usted una encarnación del bien, no querría hacerme eso. ¿Por qué va a querer hacerlo si soy una encarnación de la belleza? ¿Es que la belleza es inferior al bien? Explíquese.

(…)

(Simón traba amistad con Elena, la madre -sin marido- de un niño que se ha convertido en el mejor amigo de Jesús, el niño que va con él y con quien se comporta como un tutor, mientras buscan a su madre. Una noche se quedan a dormir en casa de Elena y de su hijo)


Cuando él mismo sale del baño ella ya está en la cama y los dos niños duermen uno al lado del otro. Se envuelve en la manta que sobra y apaga la luz.
Durante un rato reina el silencio. Luego, en medio de la oscuridad, ella dice:
- Si estás incómodo, y seguro que lo estás, puedo hacerte sitio.
Se mete con ella en la cama. Silenciosa y discretamente cumplen con el trámite del sexo sin olvidar que los niños duermen al lado.
No es como él había esperado. Enseguida nota que está distraída; y en cuanto a él, las reservas de deseo acumuladas con las que había contado resultan ser una ilusión.
- ¿Ves lo que te decía? -susurra ella cuando terminan. Le acaricia los labios con un dedo-. No hemos a avanzado mucho, ¿verdad?
¿Tiene razón? ¿Debería aprender de esa experiencia y despedirse del sexo como parece haber hecho Elena? Tal vez. Pero el mero hecho de tener a una mujer entre sus brazos, aunque no sea una belleza arrebatadora, mantiene a flote sus ánimos.
- No estoy de acuerdo -responde con un murmullo-. De hecho, creo que te equivocas por completo. -Hace una pausa-. ¿Nunca te has preguntado si el precio que pagamos por esta nueva vida, el precio del olvido, no será demasiado alto?
Ella no responde, se limita a arreglarse la ropa interior y a apartarse de su lado.
Aunque no vivan juntos, le gusta pensar que Elena y él, después de esa primera noche, son una pareja, o futura pareja, y que por tanto los dos niños son hermanos o hermanastros.
A menudo ella se refiere al acto simplemente como "hacerlo", pero a veces, cuando quiere hacerle rabiar, utiliza la palabra descongelar: "Si quieres, puedes intentar descongelarme". "Descongelar" es la palabra que se le escapó a él en un momento de descuido: "¡Deja que te descongele!". A ella la idea de descongelarse para volver a la vida le pareció y aún le parece divertidísima.
Entre los dos se está desarrollando una creciente, si no intimidad, al menos amistad que él percibe sólida y fiable. No sabría decir si dicho vínculo habría surgido de todos modos, basado en la amistad de los niños y en las muchas horas que pasan juntos, o si "hacerlo" ha contribuido en algo.


(Elena percibe que en Simón surge el interés por otra mujer, por la que ha recibido a Jesús como madre, y entonces le dice a Simón:)


"Así que voy a poner en palabras algo que tenía la esperanza de que comprendieras por ti mismo. Quieres ver a otra mujer porque no te doy lo que necesitas, en concreto una pasión tormentosa. La amistad en sí misma no te basta. Sin ir acompañada de una pasión tormentosa te parece un poco deficiente. A mi entender es una manera de pensar anticuada. La gente antes siempre pensaba que le faltaba algo. El nombre que has escogido darle a eso que te falta es 'pasión'. Sin embargo, apostaría a que si mañana te ofreciese toda la pasión que necesitas, pasión a carretadas, no tardarías en echar en falta alguna otra cosa. Esta insatisfacción constante, ese anhelo de algo que echas en falta, es una forma de pensar de la que, en mi opinión, nos hemos librado. No nos falta nada. Lo que tú crees echar en falta es una ilusión. Vives por una ilusión".
(…)
(En esta tierra de la vida nueva, los burdeles son considerados como asociaciones y centros de salud para el alivio sexual. Simón quiere hacerse miembro de uno de ellos, para lo que tiene que rellenar dos formularios)
El segundo formulario es más problemático que el primero. "Solicitud de terapeuta personal -dice el encabezamiento-. Utilice el espacio de abajo para describirse a sí mismo y sus necesidades."
"Soy un hombre normal con necesidades normales -escribe-. Es decir, mis necesidades no son extravagantes. Hasta hace poco he sido tutor de un niño a tiempo completo. Desde que entregué al niño (lo que puso fin a mi tutoría) he estado un poco solo. No he sabido qué hacer con mi vida."
"Necesito a alguien que me escuche, para desahogarme. Tengo una amiga íntima, pero últimamente está un poco abstraída. Mis relaciones con ella no son verdaderamente íntimas. A mi entender, uno sólo puede desahogarse en condiciones de verdadera intimidad."
"Echo de menos la belleza -escribe-. La belleza femenina. La echo de menos. Me gusta la belleza, que según mi experiencia me inspira temor y gratitud por ser tan afortunado de tener entre los brazos a una mujer hermosa."
"Lo que no significa que no sea un hombre, con las necesidades propias de un hombre", concluye enérgicamente.
Entrega los dos formularios. La recepcionista los lee con atención de principio a fin. Los dos están solos en la sala de espera. A esa hora del día hay poco ajetreo. La belleza le inspira temor: ¿detecta una levísima sonrisa al llegar a esa afirmación? ¿Es la recepcionista pura y sencilla, o tiene su propio trasfondo de gratitud y temor?


Autor: J. M. COETZEE
Título: La infancia de Jesús
Editorial: Mondadori
Barcelona, 2013 
pp. 40-41;  67-70; 138-139)






IV Domingo de Cuaresma


6 de marzo de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • El pueblo de Dios celebra la Pascua, después de entrar en la tierra prometida (Jos 5, 9a. 10-12)
  • Gustad y ved qué bueno es el Señor (Sal 33)
  • Dios, por medio de Cristo, nos reconcilió consigo (2 Cor 5, 17-21)
  • Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido (Lc 15, 1-3. 11-32)
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