Autor: Soeur CATHERINE
Título: Récits d’une ermite de montagne
Editorial: Le Relié, Paris, 2019, (pp. 132-144)
Título: Récits d’une ermite de montagne
Editorial: Le Relié, Paris, 2019, (pp. 132-144)
23 de mayo de 2021
(Ciclo B - Año impar)
El relato de los
Hechos de los Apóstoles, que hemos escuchado en la primera lectura de hoy, ha
puesto ante nuestros ojos el designio salvífico divino, y nos lo ha descrito
como un hacer la unidad de todos los
hombres asumiendo su diversidad, conservando sus diferencias: “cada uno los
oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua”. La unidad
reside en el hecho de que todos cantan las maravillas de Dios; la diversidad en
el hecho de que cada uno lo hace en su propia lengua. Dios no quiere una
humanidad uniforme, homogénea. Dios ama la diversidad, la diferencia, como ya
se vio en la creación de la humanidad: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen
suya, a imagen de Dios los creó, macho y hembra los creó” (Gn 1,27). Dios es
uno, pero su imagen, que es el hombre, existe en la diferencia del varón y de
la mujer.
La unidad que Dios quiere crear
entre todos los hombres y entre los hombres y Él mismo, es una unidad que
recoge y asume la diferencia en la que viven los hombres y los pueblos. Es una
unidad enriquecida con las diferencias, unidad que el mundo no sabe realizar
(pues la unidad que realiza el mundo es la de la uniformidad del pensamiento
único) y que Dios va realizando en su Iglesia. Lo que en este día de
Pentecostés se manifestó públicamente por primera vez fue el ser de la Iglesia
como el lugar donde los hombres y los pueblos pueden unificarse entre sí y con
Dios sin perder su propia identidad, sin tener que renunciar a su diferencia.
La unidad que se hace en la Iglesia es la unidad de la confesión de fe y de la
caridad, tal como expresó magistralmente san Agustín al escribir: “En las cosas
necesarias, unidad; en las cosas discutibles, libertad; y siempre y en todos,
caridad”.
La diversidad de dones, naturales y
sobrenaturales, que Dios concede a los hombres tiene como objetivo “formar un
solo cuerpo”, tal como nos ha dicho san Pablo en la segunda lectura de hoy. La
diversidad se ordena, pues, a la unidad del cuerpo de Cristo, que es como la
unidad de un cuerpo vivo, en el cual no hay dos órganos iguales, todos son
necesarios y ninguno opera para sí mismo sino para el bien del cuerpo.
Los santos son quienes mejor viven
esta realidad. Ellos son los seres más singulares que existen; cada uno de
ellos es único e irrepetible, pero ninguno de ellos trabaja para sí mismo, sino
para el bien del conjunto, para el bien del cuerpo de Cristo que es la Iglesia.
Por eso ellos se someten siempre al juicio de la Iglesia, al discernimiento que
la Iglesia hace de su obra, de su carisma, del don que Dios les ha dado. Y a
menudo lo que la Iglesia les dice, la forma que la Iglesia confiere a su obra,
no les gusta, no coincide con lo que a ellos les parecía o deseaban. Pero ellos
lo aceptan siempre, porque saben que es mejor vivir en la Iglesia, ser “miembro”
del cuerpo, que funcionar a su aire y por su cuenta. Teresa de Jesús lo expresó
perfectamente al exclamar, poco antes de morir, “por fin muero hija de la
Iglesia”.
En el evangelio de hoy contemplamos
a Cristo resucitado que sopla sobre los discípulos, encerrados en casa por
miedo a los judíos, entregándoles así su “aliento”. “Aliento” significa “vida”
y significa también “fuerza”. El Señor Jesús nos da su “vida”, que es la única
vida que ha vencido a la muerte. Él es, en efecto, “el que vive”, tal como leemos
en el Apocalipsis: “No temas, soy yo, el Primero y el Último, el que
vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y
tengo las llaves de la Muerte y del Hades”. (Ap 1,17-18). Por eso les enseña
las manos y el costado, como para recordarles lo que Él ha sido capaz de
afrontar e insinuarles que ellos también, recibiendo su vida, tendrán que hacer
lo mismo.
Para que seamos capaces de hacerlo
es para lo que el Señor Jesús nos da su Espíritu, el Espíritu Santo. La
relación de Jesús con el Espíritu Santo es una relación del todo especial, que
se inicia ya en su concepción. Pues es precisamente el Espíritu Santo quien
viniendo sobre María (Lc 1,35) “plasma” por completo el ser humano de Jesús. En
la sinagoga de Nazaret Jesús se presentó a sí mismo como “ungido” por el
Espíritu del Señor (Lc 4,16-21). Como dice san Gregorio de Nisa: “La noción de
unción sugiere que no hay ninguna distancia entre el Hijo y el Espíritu. Pues
del mismo modo que entre la superficie del cuerpo y la unción del aceite, no
hay ningún intermediario, así es también inmediato el contacto del Hijo con el
Espíritu”. De modo que el Espíritu Santo bien puede ser llamado el “Espíritu de
Jesús” y, al recibirlo, somos hechos presencia de Cristo -del Ungido- en medio
de los hombres, somos hechos “cuerpo” de Cristo por ser hechos “templos” del
Espíritu Santo.
Que el Señor nos conceda un corazón dócil al Espíritu Santo, para que por su acción en nosotros seamos “cristificados”, es decir, hechos conformes a Cristo, para alabanza de gloria del Padre del cielo. Amén.
16 de mayo de 2021
(Ciclo B - Año impar)
Celebramos hoy, queridos hermanos,
la ascensión de Nuestro Señor Jesucristo al cielo. Lo que celebramos hoy es que
Cristo resucitado sube al cielo y se sienta a la derecha del Padre en su condición corporal, es decir, en
su ser de hombre que comparte con nosotros la naturaleza humana, con la
corporalidad que ésta conlleva. Un hombre llega al cielo, lo que causa el
asombro de los ángeles porque hasta ese momento no se había visto en el cielo
un cuerpo humano. Cuando el Hijo de Dios salió del cielo y vino a la tierra,
era puramente espiritual. Fue en el seno de la Virgen María donde la Palabra se hizo carne; y ahora es con
esa carne que tomó de la Virgen María, con ese cuerpo que la Virgen amamantó y
cuidó, el mismo cuerpo que permitió que los hombres lo vieran y lo tocaran (1Jn
1,1), el mismo cuerpo que pendió del árbol de la cruz y que reposó en la
frialdad del sepulcro, el cuerpo que el Padre del cielo resucitó y transfiguró
por el poder del Espíritu Santo, es el cuerpo con el que Cristo vuelve al cielo
ante el asombro de los ángeles.
La fiesta de hoy es la fiesta de la
esperanza cristiana. Porque Cristo ha resucitado y sube al cielo como “primicia
de los que murieron” (1 Co 15,20), como “el primogénito de muchos hermanos” (Rm
8,29). La ascensión del señor al cielo nos muestra así el destino de gloria al
que Dios nos ha llamado en Cristo. Ahora se hacen realidad por primera vez las
palabras que pronunció Job lleno de dolor y de esperanza y que la Iglesia
retoma en su liturgia: “Creo que mi Redentor vive, y que he de resucitar del
polvo y, en esta carne mía, contemplaré a Dios mi Salvador; lo veré yo mismo,
no otro, mis propios ojos lo contemplarán, y en esta carne mía contemplaré a
Dios mi Salvador” (Jb 19,25-27). “En esta carne mía”: estas palabras
expresan la esperanza cristiana, y hace falta que “Dios ilumine los ojos de
nuestro corazón para que conozcamos cuál es la esperanza a la que hemos sido
llamados, cuál la riqueza de la gloria
que nos ha otorgado en herencia” (Ef 1, 18), como recuerda la segunda lectura
de hoy.
“En esta carne mía”: este cuerpo
que tenemos y somos, este cuerpo que es una realidad material, biológica, este
cuerpo que a veces se pone enfermo, que a veces duele, que siempre hay que
lavar, vestir, cuidar etc., este cuerpo resucitará, será transfigurado,
espiritualizado, y participará de la gloria de Dios, del cielo. La fiesta
de hoy nos recuerda la altísima dignidad de nuestro cuerpo, que por estar
destinado a sentarse con Cristo a la derecha del Padre, es sagrado, y debe ser
abordado con la reverencia y el amor de todo lo que pertenece a Dios. Ante el
cuerpo humano, el propio y el ajeno, hemos de sentir en nuestro corazón las
palabras que el Señor dijo a Moisés: “Descálzate, porque el lugar en que estás
es tierra sagrada” (Ex 3, 5).
Nosotros los cristianos hemos de
proclamar que el cuerpo merece el respeto debido a la persona humana, y que lo
merece desde el instante mismo de su concepción; que nunca es un amasijo
informe de células, que nunca es lícito destruirlo, ni siquiera para curar a
otro cuerpo, pues no es lícito matar para curar; que no es un instrumento para
el placer, para la seducción o la obtención de sensaciones, sino para la
comunión y el amor entre las personas; que no recibe su dignidad de la salud
que tiene, ni de la armonía estética que posee, sino de la presencia personal
que lo habita. Que todo cuerpo humano, tenga o no tenga deficiencias, tenga más
o menos salud, tenga más o menos belleza -entendida ésta en los términos
convencionales de la moda- es siempre el lugar de la presencia personal de un
ser humano, aunque ese ser humano no pueda hablar, y que está llamado a
resucitar y a ser transfigurado por el poder del Espíritu Santo, para sentarse
con a Cristo a la derecha del Padre. Y que por eso es sagrado y nunca es el
cuerpo “de un vegetal”, sino siempre el de un hijo de Dios.
La actitud cristiana frente al cuerpo humano se resume en dos palabras: caridad y castidad. La caridad nos manda tomar en serio las necesidades corporales y en consecuencia visitar y cuidar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, redimir al cautivo y enterrar a los muertos. Son las siete obras de misericordia corporales. La castidad nos exige tratar al cuerpo propio y al cuerpo de los demás como lo que son en realidad: el lugar de la presencia personal del hombre; no un lugar donde se conjugan unas energías ciegas que arrastran al hombre, sino el lugar donde se expresa un rostro, un ser personal, que pertenece por completo a Dios, que, por el bautismo, lo ha convertido en templo suyo: “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios?” (1Co 6,19). La castidad es, ante todo, la glorificación de Dios en nuestro cuerpo, la proclamación de que nuestro cuerpo, como el resto de nuestro ser, pertenece al Señor y que, en consecuencia, “el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo” (1Co 6, 13).
(El narrador evoca el delicado momento de su adolescencia en el que se enteró, por la conversación de una tía suya con su pareja, de los desmanes y las tropelías que cometía Beria, el todopoderoso jefe de la policía, en los tiempos de la Unión Soviética dirigida por Stalin. La noticia de estos hechos impactó profundamente el alma del joven Andrei. Pero lo que le impactó todavía más fue descubrir que, en algún rincón de su alma, había una complacencia y un deseo de poder cometer esos abusos. Y también, al mismo tiempo, descubre el deseo de salvar a las víctimas, de librarlas del mal. Esa dualidad opuesta dentro de la propia alma, el narrador la atribuye al carácter ruso, al alma rusa. Y por eso concluye: “Sí, eso es Rusia”. Pero, en realidad, eso es propio del alma humana en cualquier cultura, nación, continente o patria. Es propio de la condición humana)
Pasé
varias noches sin dormir. De pie ante la ventana, con la mirada perdida, la frente
perlada de sudor, pensaba en Beria y en las mujeres condenadas a no vivir más
que una noche. Mi cerebro se llenaba de quemaduras. Notaba en la boca un sabor
ácido, metálico. Imaginaba que era el padre o el novio, o el marido de aquella
joven acosada por el coche negro. Sí, durante unos segundos, mientras podía
soportarlo, me veía en la piel de ese hombre, sentía su angustia, sus lágrimas,
su cólera inútil, impotente, su resignación. ¡Porque todo el mundo sabía cómo
desaparecían esas mujeres! Un horrible espasmo de dolor me recorría el vientre.
Abría la ventana, rascaba la nieve que estaba pegada en el marco, me frotaba
con ella la cara. Eso no mitigaba mis quemaduras. Veía ahora a aquel hombre
retrepado tras el cristal oscuro del coche. En los vidrios de sus lentes se
reflejaban las siluetas femeninas. Las seleccionaba, las examinaba, evaluaba
sus encantos. Acto seguido, elegía…
¡Y
yo me odiaba! Porque me resultaba imposible
no admirar a aquel acosador de mujeres. Sí, había algo en mí que –con
espanto, repulsión, vergüenza- se extasiaba ante el poder del hombre de las
lentes. ¡Todas las mujeres le pertenecían! Se paseaba por el infinito Moscú
como en medio de un harén. Y lo que más me fascinaba era su indiferencia. No
necesitaba que le amasen; tanto le daba lo que pudieran sentir por él sus
elegidas. Escogía una mujer, la deseaba y, el mismo día, la poseía. Luego la
olvidaba. Y cuantos gritos, lamentos, lágrimas, súplicas e insultos oyera no
eran para él sino alicientes que incrementaban el placer de la violación.
Perdí
el conocimiento al inicio de mi cuarta noche en vela. Justo antes de sufrir el
síncope, creí percibir el pensamiento febril de una de aquellas mujeres
violadas, la que adivinaba de repente que en ningún caso la dejarían marchar.
Este pensamiento que se abría paso a través de su delirio forzado, de su dolor,
de su asco, resonó en mi cabeza y me hizo caer al suelo.
Al
volver en mí, me sentí distinto. Más tranquilo, más fuerte también. Como un
enfermo que tras una operación se habitúa de nuevo a caminar, avanzaba
lentamente de una palabra a otra. Necesitaba ponerlo todo en orden. Murmuraba
en la oscuridad breves frases que confirmaban mi nuevo estado.
-O
sea que hay en mí otro ser capaz de contemplar tales violaciones. Puedo
ordenarle que se calle, pero sigue estando ahí. Luego, en principio, todo está
permitido. Me lo ha enseñado Beria. Y si Rusia me subyuga es porque no conoce
límites, ni para el bien ni para el mal. Me permite envidiar a ese cazador de
cuerpos femeninos. Y aborrecerme. Y acercarme a una mujer magullada, aplastada
por una masa de carne sudorosa. Y adivinar su último pensamiento lúcido: el de
la muerte que seguirá al repugnante coito. Y aspirar a morir al tiempo que
ella. Porque no se puede seguir viviendo cuando se lleva dentro a ese doble que
admira a Beria…
Sí, era ruso, y de pronto comprendía de manera confusa qué implicaba eso. Llevar dentro de sí a todos los seres desfigurados por el dolor, los pueblos calcinados, los lagos helados llenos de cadáveres desnudos. Conocer la resignación de un rebaño humano violado por un sátrapa. Y el horror de sentirse partícipe en semejante crimen. Y el deseo rabioso de revivir todas esas historias pasadas para extirpar de ellas el sufrimiento, la injusticia, la muerte. Sí, alcanzar al coche negro en las calles de Moscú y aniquilarlo de un manotazo. Luego, conteniendo la respiración, acompañar a la joven que abre la puerta de su casa, sube la escalera… Dar cobijo a toda esa gente en mi corazón para poder librarlos un día en un mundo redimido del mal. Pero, entretanto, compartir su dolor. Aborrecerse por cada desfallecimiento. Llevar ese compromiso hasta el delirio, hasta el desvanecimiento. Vivir casi cada día al borde del precipicio. Sí, eso es Rusia.
Título: El testamento francés
Editorial: Tusquets Editores, Barcelona, 1997, (pp. 177-179)
9 de mayo de 2021
(Ciclo B - Año impar)
Estamos aquí reunidos, celebrando la
Eucaristía, porque el Señor Jesús nos ha elegido, Él a nosotros, mucho antes de
que nosotros le eligiéramos a Él; y nos ha elegido para que nosotros, en medio
de los hombres, demos fruto y nuestro fruto dure. El domingo pasado
meditábamos sobre la condición esencial
para dar fruto: vivir unidos a Cristo, vivir en gracia de Dios. Hoy el Señor
nos describe este vivir unidos a Él con tres palabras muy bellas: amor, alegría
y amistad.
En primer lugar amor. Jesús nos dice que el
Padre le ama y que Él ama al Padre y permanece en su amor porque Él cumple los
mandamientos de su Padre. El amor no se nos describe aquí como una cuestión de
sentimientos sino de voluntad y de libertad. “Te amo” significa “te obedezco”.
Por esto dice Jesús: “vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando”.
Lo que el Padre le ha mandado a
Jesús ha sido una cosa muy difícil: que diera la vida en la cruz. Y Jesús lo ha
hecho mostrándonos así el amor que el Padre nos tiene y mostrándonos también su
propio amor, pues como Él mismo dice: “nadie tiene amor más grande que el que
da la vida por sus amigos”.
Jesús, a su vez, nos da un
mandamiento para que, cumpliéndolo, “permanezcamos en su amor”, es decir, en la
comunión y la unión con Él. Y ese mandamiento es “que os améis los unos a los
otros como yo os he amado”. Es fácil
amar a Dios cuando comprendemos que Dios no tiene culpa de nada de lo que
ocurre y que encima ha sido tan bueno que ha venido a estar con nosotros
sabiendo que eso le costaría una muerte horrorosa. En cambio cuesta bastante
más amar al vecino, que no siempre se comporta generosa y amablemente. Jesús
dice: ámalo como yo te he amado a ti,
ten con él la misma paciencia, la misma buena disposición y esperanza que yo
tengo contigo.
La segunda palabra es alegría. Jesús nos habla de los
mandamientos para que estemos alegres, para que la alegría que hay en Él, la
tengamos también nosotros. Jesús está lleno de alegría porque está lleno de
amor. Por eso hace lo que el Padre le ha mandado, a pesar de lo difícil y duro
que es, como si no le costara nada.
Obedecer al Señor es fuente de
alegría. Cuando el hombre obedece a Dios, cuando cumple bien los mandamientos,
el ser del hombre queda perfectamente ajustado, recupera la “arquitectura” que
Dios le dio al crearlo, y que es una arquitectura esencialmente “vertical”: el
hombre está hecho para que, por su vértice, que es el espíritu-corazón, mire a
Dios, esté en comunión con Él. Al obedecer al Señor, al mirar a Dios, en vez de mirarse a sí mismo, al aceptar recibir de
Dios la norma de actuación y seguirla, el hombre reencuentra su verdadero ser y
su corazón se llena de alegría. Como dice el salmo 18: “Los mandatos del Señor
son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los
ojos” (Sal 18, 9). “Recuérdame lo infeliz que me siento cuando me alejo de tus
mandamientos”: puede ser una buena oración.
La tercera palabra es amistad. El Señor nos dice que Él
quiere ser nuestro amigo, que nos trata como amigos. Por eso se confidencia con
nosotros, es decir, nos abre su corazón y nos cuenta sus secretos. El secreto
que Él nos ha contado es que el Padre del cielo ama a todos los hombres, que
Dios quiere que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de
la verdad” (1Tm 2,4).
San Pedro, uno de los mejores amigos
de Jesús, a pesar de su debilidad, lo entendió perfectamente y por eso fue el
primero en abrir el cristianismo a los paganos, fue el primero que proclamó
(como se ve en la primera lectura de hoy) que “está claro que Dios no hace
distinciones” (entre judíos y gentiles), sino que ofrece su salvación a todos,
porque Jesucristo ha muerto y resucitado por todos los hombres.
Él espera de nosotros que le
recibamos como amigo y que también nosotros le abramos nuestro corazón, que le
contemos nuestros secretos, que no tengamos ningún secreto para Él. Esto se
hace en la oración personal, en la intimidad del sagrario. El Señor quiere que
le abramos nuestro corazón, que le mostremos todo lo que hay en él, como lo hacemos
con el amigo verdadero, del que dice la Sagrada Escritura que es un tesoro (Si
6,14). En nuestro corazón hay heridas que Él quiere besar para sanarlas, hay
deseos e ilusiones que Él quiere purificar para poder realizarlos, hay también
malas tendencias que Él quiere destruir, o por lo menos controlar, para que no
nos hagan daño, pues a menudo nuestros peores enemigos están dentro de
nosotros. Y todo esto el Señor lo quiere hacer pero no a la fuerza, pasando por
encima de nosotros y de nuestra libertad, sino tan solo si nosotros,
libremente, le abrimos nuestro corazón en el silencio de la oración personal,
“como habla un hombre con su amigo” (Ex 33,11).
Que abramos nuestro corazón al Señor en la oración personal, silenciosa, en el cara a cara con Él, que nos espera en el sagrario. Para que cumplamos sus mandamientos y nuestro corazón de llene de su alegría. Amén.
2 de mayo de 2021
(Ciclo B - Año impar)
“No se comienza a ser cristiano por
una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un
acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con
ello, una orientación decisiva”.
Estas palabras del Papa Benedicto
XVI traducen la enseñanza del Evangelio de hoy. Pues uno no es cristiano por
ser una buena persona, por colaborar con muchas ONG, por ser solidario con los
pobres dedicando tiempo y dinero a causas justas…; uno es cristiano si ha sido injertado en esa vid que es Cristo y
si, como consecuencia de ello, la misma savia que circula por la vid, empieza a
circular por él. Uno es cristiano si
está animado, habitado, movido, por la misma vida que anima, habita y mueve a
Cristo. Y si no, no lo es, aunque sea una bellísima persona.
Pues el Hijo de Dios, hermanos, no
se ha hecho hombre para que nosotros seamos “buenas personas”, es decir,
personas moralmente correctas, sino para mucho más: para que tengamos vida y
vida en abundancia (Jn 10,8); y “vida” aquí significa “vida eterna”, significa
la vida misma de Dios, la única vida que ha vencido a la muerte. Por eso los
Padres de la Iglesia nos enseñan que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, para
que los hombres seamos divinizados, seamos hechos dioses, no por naturaleza,
evidentemente, sino por participación en la vida misma de Dios. “Dios se ha
hecho hombre para que el hombre llegue a ser Dios” afirma San Atanasio. De este
modo el hombre por gracia va siendo
lo que Cristo es por naturaleza, explica San Juan Damasceno.
Esto es algo que excede por completo
las fuerzas del hombre, sus propias posibilidades: pues nadie puede darse a sí
mismo vida eterna, nadie puede pretender alcanzar la divinidad y participar de
ella: “Sin mí no podéis hacer nada”. Por eso el cristianismo no es el fruto de
la iniciativa del hombre sino de la de Dios: es Dios, en su amor gratuito,
quien nos ha regalado, en Cristo, esta posibilidad que el bautismo realiza en
nosotros. En el bautismo, en efecto, es donde somos injertados en esa vid que
es Cristo y empieza a circular, por nuestro organismo espiritual, la misma vida
que anima a Cristo
resucitado. “Por esto -escribe
San Agustín, citando a San Juan Crisóstomo- es por lo que también bautizamos a
los niños, a pesar de que no han cometido pecados: con el fin de que les sean
dadas la santidad, la justicia, la adoración, la herencia, la fraternidad de
Cristo; para que sean sus miembros”.
Cuando se ha comprendido esto se
percibe que lo más importante es permanecer
en este acontecimiento que nos ha sucedido, en esta inserción en la vid que es
Cristo; que lo más importante es no separarse de Él: “Permaneced en mí y yo en
vosotros”. Como dice San Benito: “Nada preferir al amor de Cristo”, a la unión
con Él, porque “estar con Cristo es, con mucho, lo mejor” (Flp 1,23), ya que
Cristo, y sólo Él es la compañía que corresponde por completo, de manera
exhaustiva, a los anhelos del corazón del hombre.
Pues el corazón del hombre anhela un
amor que le ame, como decía Santa Teresita,
“incluso en mi debilidad”, es decir, incluso en su fragilidad moral, en
su inconstancia, en su imperdonable falta de reciprocidad. ¿Pero quién será
capaz de amar así, de amar hasta ese extremo, de amarnos cuando se hace
evidente que no merecemos ser amados? Pues precisamente ése es el amor que nos
ha sido “manifestado en Cristo Jesús”. Y por eso no hay imperativo mayor que
permanecer en él.
La confesión sacramental es el lugar
donde demostramos que creemos de verdad en el amor de Dios, en el hecho de que
Cristo nos ama incluso en nuestra debilidad; porque en ella le entregamos a
Cristo lo que nadie querría de nosotros: nuestros pecados, es decir, nuestras
violencias, nuestras cobardías, nuestros egoísmos, nuestras injusticias. Y Él
recoge amorosamente todas nuestras culpas y las destruye con su perdón.
Permanezcamos siempre unidos a Cristo, como el sarmiento está unido a la vid. Entonces seremos todopoderosos por intercesión, porque desearemos y pediremos sólo cosas que sean conformes a Cristo, y siempre nos serán concedidas. Entonces también nuestra vida será fecunda: servirá para que otros conozcan y amen a Cristo. Que así sea.
25 de abril de 2021
(Ciclo B - Año impar)
La Buena Noticia que nos da la
liturgia de este domingo es que hay
salvación para el hombre. “Salvación” no significa una especie de
“jubilación aceptable”, es decir, una buena renta, una buena salud, no tener
enemigos y estar con los que quiero. “Salvación” significa mucho más, significa
un nuevo nivel de la existencia, un nuevo nivel del ser, que san Pedro expresa
hablando de que estamos llamados a ser “partícipes de la naturaleza divina” (2P
1, 4).
Son palabras mayores. Ninguno de
nosotros es Dios y entre Dios y cada uno de nosotros hay un abismo
infranqueable. Sin embargo “salvación” significa que Dios quiere “deificarnos”,
hacernos “dioses por participación” en su única y propia naturaleza divina. Así
es como podemos ser llamados “hijos de Dios, pues ¡lo somos!” dice san Juan en
la segunda lectura de hoy, aunque aún no se ha manifestado lo que llegaremos a
ser: “seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es”.
Ser “hijo de Dios” significa
parecerse a Dios, ya que los hijos se parecen siempre a los padres (aunque a
veces los padres piensen y digan que no). Dios es humilde, es generoso y
magnánimo, es casto y puro y se complace en perdonar. Él quiere “salvarnos”, es
decir, hacer de nosotros seres parecidos a Él: hombres y mujeres humildes,
generosos y magnánimos, castos, puros y llenos de misericordia.
A esta salvación nos conduce el
Señor como un “buen pastor”. El buen pastor ama a las ovejas y se preocupa de
ellas, de su crecimiento y bienestar, no porque así recibe un salario de
dinero, sino porque las ama y quiere que las ovejas sean, que crezcan, que
alcancen su propia plenitud. Uno no se hace sacerdote “para ganar un sueldo”,
sino para dar su vida por las ovejas como hace Cristo, el sumo y eterno
sacerdote, y para compartir el gozo y la alegría de Cristo, que consiste en que
sus ovejas sean, crezcan y lleguen a su plenitud, que consiste en llegar a ser
“partícipes de la naturaleza divina”.
El sacerdocio ministerial posee una
gran belleza: la de hacer presente a Cristo para que los hombres lo puedan
encontrar y abrazarse a Él, que es el único que salva, como dice san Pedro en
la primera lectura de hoy: “bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que
pueda salvarnos”. Jesús es la piedra que desecharon los arquitectos (es decir,
los constructores de la sociedad, los que “planifican” como tiene que ser este
mundo, los que hacen ingeniería social etc. etc.) y que se ha convertido en
“piedra angular” (la piedra que termina el edificio, que lo remata, que lo
ordena por completo); “ningún otro puede salvar” sigue diciendo Pedro.
¿Por qué “ningún otro puede salvar”?
La respuesta nos la da Jesús al decir: “Yo entrego mi vida para poder
recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder
para entregarla y tengo poder para recuperarla”. ¿Hay alguien que pueda decir
esto sin mentir? Estas palabras significan que Jesús es Dios: sólo Dios puede
disponer de la vida con esta soberanía y libertad. Y por eso sólo Él puede
salvar, Él que está libre de la necesidad de morir y que ha muerto libremente
por nuestra salvación.
Demos gracias a Dios por habernos dado a su propio Hijo como buen pastor para nosotros, y abracémonos fuertemente a Él. Que nada ni nadie nos separe de Él, fuera del cual no hay salvación.
Quién es sabio
El sabio, para los antiguos, era aquel
cuya mirada, habiéndose elevado de entrada sobre la causa suprema de un
conjunto cualquiera, era capaz de valorar y de ordenar todos sus elementos,
desde el vértice de todos ellos, es decir, desde la causa suprema. Así pues la
mirada propia de la sabiduría es una mirada descendente
y sintética. “Descendente” porque desde
la causa suprema, desde el vértice, contempla todo el conjunto; “sintética”
porque contempla el todo, el conjunto, sabiamente ordenado, porque lo contempla
todo desde la causa suprema, desde el vértice. Obviamente, y así lo vieron los
antiguos, esta mirada pertenece en propio a Dios, a la Causa suprema.
Si aplicamos esto a nuestra fe tenemos
que afirmar que, después del don de ciencia, que ha hecho sentir al cristiano
el vacío de las cosas y cómo el Absoluto está exilado de lo contingente, y
después del don de inteligencia, que ha iluminado los misterios cristianos, el
don de sabiduría le hace participar, en la noche profunda de la fe, de la
Sabiduría que, desde lo alto, con poder y suavidad, dispone y ordena todas las
cosas, de un extremo al otro del universo.
Bajo
la acción del don de sabiduría el cristiano lo ve todo a la luz de Dios,
contempla la creación entera envuelta en la claridad refulgente de la Trinidad:
“¡O lux, beata Trinitas!”. Y es a la luz del Ser Increado y de las Perfecciones
divinas como, gracias al don de sabiduría, el cristiano aprecia y mide las
decisiones más concretas de la vida cotidiana que empiezan así a ser vividas
“sub specie aeternitatis”. De este modo se produce un verdadero cambio de
mentalidad en el cristiano, porque el que se une al Señor se hace un solo
espíritu con él (1Co 6,17), hasta el punto de afirmar: nosotros tenemos
la mente de Cristo (1Co 2,16).
El don de inteligencia nos comunica las intuiciones primordiales de nuestra fe. El don de ciencia escruta sus repercusiones dentro del ámbito de las causas segundas. El don de sabiduría, por su parte, sitúa todas estas verdades en el conjunto del plan de la Providencia, esclareciendo los misterios unos por otros: el misterio eclesial por el marial, el de la Redención por el de la Encarnación, y todos los misterios a la luz del supremo misterio o misterio fontal, el de la Santísima Trinidad. Por eso decimos que el don de sabiduría tiene una función “arquitectónica” en la comprensión de las verdades de nuestra fe.
Las tres sabidurías
La
cultura cristiana nos presenta tres formas de sabiduría: filosófica, teológica
y mística. La sabiduría filosófica se adquiere mediante la reflexión personal,
realizada a la luz de la razón. Por ella podemos llegar a adquirir una visión
contemplativa del conjunto de los seres supeditados al poder sin límites y a la
atracción de “Aquel que es”, del Primer Principio, del Origen, del Uno, del
Increado, en una palabra, de Dios.
La
sabiduría teológica es la reflexión racional sobre los datos de la fe, para
integrarlos todos ellos en una visión coherente y orgánica, en la que se
percibe el encadenamiento y la conexión de las diferentes verdades. La teología
es una ciencia humana, falible como todo lo humano. Se elabora empleando
categorías humanas con las que se acogen los datos revelados. El análisis, la
justificación y la crítica de estas categorías corresponde a la filosofía.
Según las diferentes categorías que se emplean surgen diferentes teologías. La
teología aplica una forma filosófica a unos elementos extraños y diferentes a
la filosofía: los datos de la Revelación.
La sabiduría mística, en cambio, no procede por conceptualización y dialéctica discursiva, como la sabiduría teológica, sino por experiencia de las cosas divinas, por vía de amor. Es una sabiduría experimental, “sabrosa” (de “sapere”, saborear). Esta sabiduría es por completo divina, tiene su origen y su causa en Dios, que la comunica a sus amigos (los santos) teniendo en cuenta el temperamento, las aptitudes, la educación, las tendencias somáticas y psíquicas de cada sujeto humano. Está hecha de “claridades nocturnas”, de “noches” a la vez “obscuras y luminosas”. En ella todo está regulado por las libres intervenciones personales del Espíritu Santo.
Un patrimonio de todo cristiano que viva en gracia de Dios
La pregunta obvia es la siguiente: La
sabiduría, que es un don tan preciado, ¿reside en todos aquellos que viven en
estado de gracia? Santo Tomás responde afirmativamente pero precisa que lo hace
en grados diferentes. Podemos distinguir un modo
menor y un modo mayor de presencia
de la sabiduría en el alma del cristiano que vive en gracia de Dios.
El modo
menor actúa confiriendo la rectitud de juicio necesaria para ordenar la
propia vida a la salvación eterna. Santo Tomás cita la afirmación de la primera
carta de san Juan donde habla de la “unción” que el cristiano ha recibido y en
base a la cual “nadie os puede engañar” (1Jn 2,27). En este modo menor el don de sabiduría puede
intervenir episódicamente de una manera poderosa, en ciertas circunstancias
decisivas, para hacer capaz al cristiano de aceptar una gran cruz (la muerte de
un hijo, por ejemplo) o para ayudarle a vencer una gran tentación.
El modo mayor del don de sabiduría se produce cuando un alma vive abrasada por el amor de Dios: entonces adquiere una certeza nueva, incomparable, de orden experimental, por la que se le hace evidente que “en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rm 8,28). La consecuencia es una paz divina que invade toda el alma. Al séptimo don del Espíritu Santo corresponde la séptima bienaventuranza, la de los pacíficos. Pues por el don de sabiduría, en su modo mayor, el alma se sumerge en el Océano de la paz divina (“Océano de paz” llama santa Catalina de Siena a Dios), y se sitúa ya por encima de todas las tempestades. Ningún escándalo turba la paz del alma y una gran magnanimidad caracteriza el obrar de quienes están en esta situación.
Un conocimiento por connaturalidad
El
conocimiento “instintivo”, por connaturalidad, bajo la influencia dominante de
un elemento afectivo, que inspira y modifica intrínsecamente la manera misma de
conocer, es un hecho universal de todos los seres que, por el “peso de su
naturaleza” (“pondus naturae”) tienden a su propio bien. Pero sólo en el hombre
este hecho universal se hace consciente, como atracción hacia todas las formas
de que se reviste el bien en el reino mineral, vegetal, animal, espiritual y
aun en el orden divino reservado a las Tres Personas de la Trinidad. Se trata
de un discernimiento que denominamos “instintivo” porque no procede de un
razonamiento explícito, sino de la inclinación profunda y connatural de todo el
ser afectivo del hombre. Así, por ejemplo, una madre adivina los sentimientos
de su hijo o de su hija mucho mejor que el psicoanalista más agudo,
precisamente en base a la connaturalidad amorosa existente entre ella y sus
hijos.
Pues lo mismo acontece, con mayor fuerza todavía y mayor perfección, en el orden sobrenatural, en el que el cristiano es introducido en la vida íntima de Dios, por una renovación interior, por una transformación radical que le va divinizando y que va creando en él inclinaciones e instintos nuevos. Pues se trata de una verdadera participación en la naturaleza y en la vida divina. La gracia da al bautizado el ser de Dios, el pensar como Dios, el amar y obrar a la manera de Dios, haciendo de él “otro Cristo”, que vive según el mismo Espíritu. El hombre divinizado está connaturalizado con Dios en todos los planos del ser, del conocimiento, del amor, de la acción y del gozo. La gracia imprime en él, hasta en sus menores reacciones, el “estilo” divino, de tal manera que “espontáneamente” va actuando al modo de Dios: Porque los que son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios (Rm 8,14). Todas sus inclinaciones se van, así, divinizando. Aunque en su constitución antropológica sigue siendo mineral, vegetal, animal y racional, va siendo “deificado”, es decir, va siendo hecho, por la acción de la gracia de adopción, disponible para recibir los impulsos del Espíritu Santo que le inclinan hacia Dios. La gracia nos va divinizando, nos va configurando con la Trinidad, nos va asemejando, en los hondones de nuestro ser y en nuestras facultades, a la Naturaleza, al Ser y al Obrar de Dios, depositando en nosotros nuevas tendencias afectivas que nos inclinan hacia las Tres Personas divinas como hacia el Bien connatural a nuestro ser divinizado.
El objeto de este conocimiento: la unión amorosa con Dios
Cuando el hombre, divinizado por la gracia y sobreelevado por la
adopción filial, es introducido en el nivel mismo de Dios, se incorpora al
movimiento amoroso que suscita en él el Espíritu Santo en persona. Dejándose
llevar por este dinamismo, “en las alas del Espíritu”, el hombre es introducido
en el movimiento mismo de la Trinidad y saborea Su dulzura. La Trinidad
creadora aparece entonces como meta final de todo el movimiento de los cuerpos y
de los espíritus, hasta que la creación entera sea consumada en la Unidad
divina y Dios sea todo en todo (1Co
15,28).
Mediante el don de sabiduría “saboreamos” la verdad de la inhabitación
divina en nosotros, misterio inalcanzable para la razón, pero claramente
revelado por el Señor: Si alguno me ama guardará mi palabra y mi Padre lo
amará y vendremos a él y haremos morada en él (Jn 14,23): Si me amáis,
guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito,
para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el
mundo no puede recibir porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis,
porque mora con vosotros (Jn 14,15-17). Dios es “inviscerado” en lo más
hondo del ser del hombre, en una experiencia de amor, que hace que el hombre se
embriague amorosamente de Él, de sus riquezas íntimas, de su inagotable Bondad,
de su Belleza infinita, que provoca en el alma unos efectos de dulzura y de
suave deleite, -gustad y ved cuán suave es el Señor (Sal
33,9)-transformando todo el ser del hombre en una ardiente inclinación hacia
Él.
Esta unión amorosa con Dios es diferente de la presencia de Dios en todas las criaturas por el simple hecho de ser su Creador, es decir, por la causalidad creadora. Se trata, en efecto, de una presencia de amistad, de Dios como Padre y Amigo, que supone el amor -si alguno me ama-, es decir, la gracia y la caridad, por las que descubrimos a Dios no ya como el Agente creador (cosa que puede descubrir la filosofía), sino como Persona viva y amiga, como Padre amoroso (abba). En esta unión amorosa el “místico” experimenta, no con ideas claras ni con términos formulables, sino por presencia de amor, que en Dios hay “más” bien del que puede darnos a conocer nuestra limitada y fragmentaria inteligencia. Y es precisamente este “más allá” de todo conocimiento (intelectual, objetivante) lo que pasa ahora a ser determinante: el alma se abisma en las profundidades de Dios, no por un conocimiento conceptual, sino por atracción de amor: Por eso doblo mis rodillas ante el Padre (...) para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento (Ef 3,14-19).
La bienaventuranza de la paz
Santo
Tomás, siguiendo a San Agustín, hace corresponder el don de sabiduría con la
bienaventuranza de los pacíficos que serán llamados hijos de Dios (Mt
5,9), porque la paz no es otra cosa que “la tranquilidad del orden” y
establecer el orden (para con Dios, con el prójimo y consigo mismo) es lo
propio de la sabiduría.
Lo opuesto a la sabiduría es la
estulticia o necedad espiritual, que consiste en cierto embotamiento del juicio
y del sentido espiritual, que nos impide discernir o juzgar las cosas de Dios
según el mismo Dios (por contacto, gusto o connaturalidad).
Peor aún es la fatuidad que comporta
la incapacidad total para juzgar de las cosas divinas. El hombre
naturalmente no comprende las cosas del Espíritu de Dios; son necedad para él.
Y no las puede conocer pues sólo espiritualmente pueden ser juzgadas (1Co 2,14).
La
lujuria y la ira, que manifiestan el comportamiento “natural” del hombre, son
los vicios que más se oponen al don de sabiduría, favoreciendo en nosotros la
estulticia y la fatuidad.
La
paz es como un cesto majestuoso en el que el Espíritu Santo ha depositado todos
sus dones. Por eso esta séptima bienaventuranza corresponde de manera muy
particular al misterio de Pentecostés y es, por ello mismo, la bienaventuranza
de la misión. Jesús, que entrega su Espíritu a su Iglesia, envía a su pueblo
por el mundo a realizar la obra mesiánica por excelencia, la paz. Los
discípulos enviados no deben llevar ni sandalias, ni bastón (Mt 10,10),
con lo que no podrán ni defenderse, ni huir velozmente, y están obligados a la
no violencia, a una actitud absolutamente pacífica. Paz a esta casa (Lc
10,5) debe de ser su saludo, esa paz con la que el Resucitado saludaba a los
suyos.
La razón
profunda de la paz que invade el alma del cristiano la expresó san Pablo en la
Carta a los romanos al afirmar: “Sabemos que para los que aman a Dios, todo
concurre al bien, para aquellos que han sido llamados según su designio” (Rm
8,28). Esta afirmación se sustenta sobre un principio metafísico típicamente
cristiano: puesto que Dios es Amor, el mal es vencido siempre por el bien. San
Agustín lo expresó diciendo: “Puesto que Dios todopoderoso, a quien compete el
soberano dominio de todas las cosas, es soberanamente bueno, no permitiría jamás que sobreviniese algún
mal a sus obras, si no fuera porque su omnipotencia y su bondad fueran a sacar
el bien de ese mismo mal” (Enchiridion).
Este principio metafísico vale tanto en el orden de la naturaleza como en el
orden de los valores espirituales, aunque en el orden espiritual es mucho más
misterioso. La mirada del hombre sabio se sustenta en esta gran verdad. Que el
Señor nos la conceda.
18 de abril de 2021
(Ciclo B - Año impar)
En el Evangelio que acabamos de
escuchar vemos cómo los discípulos no acaban de creer que Cristo ha resucitado,
a pesar de que lo tienen delante de ellos y pueden verlo y tocarlo. Sin embargo
ellos piensan más bien que es un fantasma, un producto mental pero sin
consistencia carnal, corporal. Por eso Jesús les muestra las manos y los pies,
les invita a que le toquen (“palpadme”); pero no basta. Entonces el Señor les
pide algo de comer y come un trozo de pez asado delante de ellos; pero tampoco
basta. Los discípulos permanecen en silencio, no acaban de creerlo, no le
confiesan como al Señor resucitado.
Entonces Jesús les explica que su
crucifixión y resurrección es el cumplimiento “de todo lo escrito en la ley de
Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí”. San Lucas nos entrega a
continuación la clave de la situación: “les abrió el entendimiento para
comprender las Escrituras”. Cristo resucitado ha abierto el entendimiento de su
Iglesia, para que ella comprenda las Escrituras y, de ese modo, comprenda quién
es Él, porque para conocer quién es Jesús es
imprescindible reconocer en él la realización del designio salvador de Dios.
Dicho de otra manera, es imprescindible el conocimiento y la comprensión
profunda del Antiguo Testamento. De lo contrario no se puede saber quién es
Jesús. Porque Jesús no es una especie de meteorito caído del cielo, sino Aquél
que da cumplimiento a todo lo anunciado en el Antiguo Testamento. Esta gracia
de iluminación del entendimiento para
comprender la Sagrada Escritura la ha recibido la Iglesia y no el individuo
aislado. Por eso hay que leer la Sagrada Escritura siempre con los ojos de la Iglesia, que es la Esposa
del Señor, iluminada y esclarecida por Él: sólo quien lee las Escrituras con
los ojos de la Esposa la lee correctamente. Y entonces entiende quién es Jesús.
Mientras no se recibe esta gracia
“no se comprende” y se actúa por
ignorancia, que fue como actuó el pueblo de Israel al entregar a Jesús a
Pilato, cuando éste ya había decidido soltarlo, tal como afirma Pedro en la
primera lectura de hoy. La “ignorancia” impide ver que Jesús es el Mesías,
Aquel por quien el Padre del cielo va a operar la salvación del mundo. Entonces
se piensa que es un “exaltado” más de los muchos que hay en la historia y que
puede ser tranquilamente canjeado por cualquier cosa, por Barrabás, por
ejemplo. Es una monstruosidad, pero fue realizada “por ignorancia”. San Pedro
nos dice que Dios se sirvió de esta ignorancia para realizar su designio de
salvación, según el cual “el Mesías tenía que padecer”. Así se realiza el plan
de Dios y se ofrece a todo el mundo el
perdón de los pecados, tal como afirma San Juan en la segunda lectura.
Para acogerse a ese perdón, a esa “absolución general” que Dios ha dado al mundo entero en la muerte y resurrección de Jesucristo, es necesaria la conversión, es decir, la voluntad y la determinación de vivir “según sus mandamientos”. Hace falta renunciar a la mentira que sería decir “yo le conozco”, es decir, yo confieso que Jesús es el Salvador del mundo pero yo vivo como si no lo conociera, como si sus palabras no indicaran un camino diferente al que indica el mundo. No. Hay que intentar vivir como Él nos ha dicho que hemos de vivir -en su amor: “amaos como yo os he amado”- y no resignarse a la mentira de proclamarle Mesías y Salvador y vivir como viven quienes no le conocen.
11 de abril de 2021
(Ciclo B - Año impar)
“Mira, también Isabel, tu pariente,
ha concebido un hijo en su vejez” (Lc 1,36), le dijo el ángel a la Virgen en la
anunciación. Con estas palabras le daba un signo
que la ayudara a creer, a dar crédito a lo que se le estaba diciendo de parte
de Dios. A Dios le gusta siempre darnos signos que nos sirvan de apoyo para
nuestra fe.
El Evangelio de hoy nos presenta la
figura de Tomás que exige un signo concreto, determinado, para creer;
exactamente exige “ver y tocar” las llagas del Resucitado para dar fe al
testimonio que le están dando los demás discípulos. Y el Señor, en su infinita
misericordia, le concedió el signo que pedía. Entonces Tomás hizo un acto de fe
sorprendente, el acto de fe más rotundo y explícito que encontramos en todo el
Nuevo Testamento: “Señor mío y Dios mío”. Como observa San Agustín: “Veía y
tocaba al hombre y confesaba a Dios, a quien no veía ni tocaba”.
El acto de fe, queridos hermanos,
supone siempre un “salto” cualitativo entre lo que vemos y tocamos –los signos
que Dios nos da- y aquello que confesamos, que es la divinidad de Jesucristo.
Es cierto que hay “argumentos” para creer; pero de ninguno de estos argumentos
se puede deducir con una necesidad lógica irrefutable el acto de fe. El acto de
fe es un misterio en el que entran en juego la libertad de Dios, su gracia, su
amor, la acción del Espíritu Santo, y la libertad del hombre. Porque lo que el
acto en fe pone en juego es el corazón del hombre, su centro más íntimo, el
hontanar del que brota la libertad, la inteligencia y el afecto del ser humano.
Y el corazón del hombre es un misterio en el que sólo Dios puede penetrar. Por
eso el Señor nos mandó que no juzgáramos (“no juzguéis y no seréis juzgados”):
porque el corazón del hombre es algo que escapa a nuestra mirada y queda
reservado a la mirada del Señor, tal como Dios le dijo a Samuel: “El hombre ve
las apariencias, pero el Señor ve el corazón” (1S 16,7).
Observemos que la Virgen María no le
pidió a Dios ningún signo, sino tan sólo le hizo una pregunta que era obligada
en su situación: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” (Lc 1,34). Fue
Dios en su generosidad quien le ofreció el signo del embarazo de su pariente
Isabel. En cambio Tomás no sólo se atrevió a pedir un signo, sino que determinó
él mismo el signo que tenía que ser: ver y tocar las heridas del Señor. Y a
pesar de este atrevimiento, que debemos considerar excesivo, Dios se lo
concedió.
En una ocasión el Señor se quejó de
que le pidieran signos para creer: “Si no veis signos y prodigios, no creéis”
(Jn 4,50), le dijo a un funcionario real que le pedía por la salud de su hijo,
aunque inmediatamente le concedió lo que pedía. También Santa Teresita le pidió
un signo al Señor que le confirmara el arrepentimiento del criminal Pranzini
que iba a ser ejecutado y por cuya salvación ella había ofrecido muchos
sacrificios y rogado mucho al Señor. Y cuando supo que poco antes de ser
ejecutado besó el Crucifijo que se le mostraba, Teresita entendió que éste era
el signo que el Señor le daba de que sus plegarias habían sido escuchadas.
¿Qué debemos hacer? ¿Debemos
exigirle o suplicarle signos a Dios que nos ayuden a creer? Exigirle nunca, porque ¿quién soy yo
para exigir algo a Dios, yo que soy “polvo y ceniza”, como decía Abraham,
nuestro padre en la fe (Gn 18,27)? Sí podemos, en cambio, suplicarle que nos los dé, para ayudar la debilidad de nuestra fe,
como hizo Santa Teresita. Lo mejor, sin embargo, es hacer como la Santísima
Virgen María que ni se los exigió ni tan siquiera los suplicó, sino que tuvo un corazón atento a la acción de Dios,
un corazón en el que ella “guardaba y meditaba” (Lc 2,51) todo cuanto le
ocurría. Entonces ella veía muchos signos:
- el embarazo de su prima Isabel,
- la acogida de San José en su casa,
- la llegada de los pastores y de
los magos,
- las palabras de Simeón y de Ana
- y hasta el odio feroz de Herodes,
todo eran signos que Dios le regalaba para que ella creyera cada vez más. Y María “vio y creyó”. Porque, como dice el libro de la Sabiduría, Dios “se deja encontrar de los que no le exigen pruebas y se manifiesta a los que no desconfían de él” (Sb 1,2). Que el Señor nos conceda un corazón semejante al de María, para que, sin exigir signos, “veamos” los que Él nos da y “creamos” cada vez con más fuerza en Él.