XXI Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto


23 de agosto de 2020
(Ciclo A - Año par)







  • Pongo sobre sus hombros la llave del palacio de David (Is 22, 19-23)
  • Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos (Sal 137)
  • De él, por él y para él existe todo (Rom 11, 33-36)
  • Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos (Mt 16, 13-20)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

En el evangelio de este domingo, queridos hermanos, llama la atención el hecho de que Jesús pregunta a los discípulos lo que piensan acerca de su persona.  Jesús no les ha preguntado nunca lo que piensan sobre su doctrina, qué les ha parecido, por ejemplo, el sermón de la montaña con las bienaventuranzas. Les pregunta, en cambio, sobre su persona, sobre su identidad, sobre quién es él. Y esto significa que esta cuestión es especialmente importante, que el centro de toda su obra no es su doctrina sino su persona, que el cristianismo no es, en primer lugar, adherir a una enseñanza o cumplir una moral, sino adherir a una persona, a la persona de Jesucristo.

La respuesta que da Pedro a la pregunta del Señor contiene dos afirmaciones distintas. “Tú eres el Mesías” significa tú eres el último y definitivo Rey y Pastor del pueblo de Israel, tú eres aquel en quién y por quien se cumplen las promesas hechas a los Patriarcas. “El Hijo de Dios vivo” significa tú tienes una relación única con Dios, caracterizada por el conocimiento recíproco y por la igualdad con Él,  tal como ya había dicho Jesús al afirmar: “Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo” (Mt 11, 27).

La respuesta del Señor afirma, en primer lugar, que nadie puede conocer la identidad de Jesús si no se lo revela el Padre del cielo, que para reconocer en Jesús de Nazaret al Mesías de Israel y al Hijo de Dios vivo, hace falta recibir una gracia que otorga el Padre del cielo. Como dirá el propio Señor: “Nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre” (Jn 6, 65). Lo cual nos obliga a comprender que creer no es sencillo, que la fe es un misterio en el que se junta la disposición del corazón de cada uno y la gracia que baja del cielo. Por eso oramos por los que no tienen fe para que reciban la gracia de conocer quién es Jesús y creer en él. 

En segundo lugar, la confesión de la identidad de Jesús que hace Simón, el hijo de Jonás, provoca el que el Señor le revele cuál es la verdadera identidad suya. Y lo hace cambiándole el nombre, diciéndole de este  modo que su verdadera identidad no es la de ser “Simón, el hijo de Jonás”, sino la de ser “Kephas”, en arameo, es decir, “Pedro”, la de ser la piedra sobre la cual Cristo edificará su Iglesia. Y esto vale también para cada uno de nosotros: solo encontramos nuestra verdadera identidad en la Iglesia, es decir, en el lugar donde Cristo nos ha congregado haciéndonos miembros de su Cuerpo, tal como había sido  anunciado proféticamente en los salmos: “Se dirá de Sión: ‘Uno por uno todos han nacido en ella’; el Altísimo en persona la ha fundado” (Sal 86, 5). Alcanzamos nuestra verdadera identidad identificándonos con el lugar y la misión que Cristo nos da en Sión, es decir, en su Iglesia.

En tercer lugar, el Señor le da a Pedro las llaves no de la Iglesia, sino de lo que es más que la Iglesia, del Reino de los cielos. Con lo cual nos está indicando que, aunque la Iglesia y el Reino de los cielos son realidades distintas, no son, sin embargo, separables, y por eso el que es la piedra sobre la que Cristo edifica su Iglesia, tiene poder de “atar y desatar” no solo en la tierra sino también en el cielo. El reino de Dios no puede separarse ni de Cristo ni de la Iglesia. El reino, en efecto, se hizo presente en Cristo, en su persona y en su obra. Y no puede separarse de la Iglesia, que está ordenada precisamente a su realización y es su germen, su signo y su instrumento. Aunque sea distinta de Cristo está indisolublemente unida a él y al reino. 

El que Pedro reciba las llaves no significa que Pedro sea el dueño del Reino de los cielos, sino el administrador fiel que tiene que actuar en nombre de su amo, que es Dios, “atando y desatando”, es decir, declarando lo que está prohibido y lo que está permitido, lo que es compatible y lo que es incompatible para entrar en el Reino de los cielos. Es la tarea que tienen los sucesores de Pedro, que son los Papas, mediante la cual amos entendiendo, en el desarrollo cambiante de los tiempos, lo que nos abre y lo que nos cierra las puertas del Reino de los cielos. Demos gracias al Señor por este don que ilumina nuestro caminar en la tierra.

Meditación sobre el tiempo de Navidad

¿Por qué se celebra Navidad el 25 de diciembre?

¿Por qué se escogió el 25 de diciembre para celebrar el nacimiento de Cristo, dado que no se puede probar históricamente que ése fuese el día de su nacimiento? Hay tres hipótesis al respecto: 

a) La que se refiere al solsticio de invierno, fecha de la fiesta pagana del Sol invicto, instituida por el emperador Aureliano (270-275); Navidad sería la afirmación de que el verdadero sol de justicia (cf. Mal 4,2; Lc 1,78) es Cristo. Es la hipótesis de B. Botte, muy extendida.

b) La fecha del 25 de diciembre puede estar relacionada con la distancia de nueve meses entre esta fecha y el 25 de marzo, en la que, por tradición, se creía que coincidían el comienzo del mundo, la concepción de Jesús y su muerte. San Agustín se refería a esta tradición para el 25 de marzo. Hipótesis de L. Duchesne, actualizada por Th. J. Talley. [Lo interesante de esta tradición es el significado que tiene unir la historia de la creación con el nacimiento y la muerte de Cristo, que, al fin y al cabo, es lo que da sentido a la creación].

c) La que, en base al estudio de la cronología de los turnos sacerdotales en el Templo de Jerusalén, llegaría a la conclusión de que Zacarías sirvió en el Templo en el mes de octubre y seis meses después (marzo) sería la anunciación a la Virgen María. Según esta hipótesis, sostenida por A. Ammassari, la fecha del 25 de diciembre no sería simbólica sino histórica. 

El problema no tiene fácil solución en lo que se refiere a la cuestión de la fecha. 

¿Por qué instituyó la Iglesia la celebración de la Navidad?

Otra cosa es en cuanto a los motivos de fondo para la institución de la fiesta. En efecto, la fiesta de Navidad parece haber surgido como respuesta a la necesidad de afirmar la verdadera fe acerca de Cristo, el Verbo de Dios encarnado, frente a las herejías de los primeros siglos. La fiesta del Nacimiento del Señor, el 25 de diciembre en occidente y el 6 de enero en Oriente, contradice las ideas gnósticas y arrianas acerca de un Jesús que el día del bautismo fue "adoptado" como Hijo de Dios. Se trata de confesar y celebrar la verdadera fe en Jesús que confiesa que él es Hijo de Dios "consubstancial" al Padre, o sea, "de la misma naturaleza del Padre" y nacido de la Virgen María, tal como proclamó el Concilio de Nicea (325). Ésta es la preocupación básica que trasciende en los sermones y homilías de los Santos Padres sobre el misterio de la Navidad. Basta citar a san Gregorio Nacianceno en Oriente y a san León Magno en Occidente. La extraordinaria rapidez con que se extendió esta fiesta de Navidad, surgida en Roma, no parece explicarse suficientemente por el deseo de oponerse al atractivo del paganismo, sino más bien por lo que hoy llamaríamos un servicio a la fe y a la verdad del misterio de Cristo.

La celebración de la fiesta de Navidad no es un aniversario histórico sino la celebración del misterio del nacimiento del Hijo de Dios en Belén. El Hijo eterno del Padre, hecho Dios-con-nosotros por su encarnación, resucitado y glorificado está con nosotros y nos comunica la gracia propia de su nacimiento. Este misterio lo celebramos en el "hoy" de la salvación de Dios: dado que "hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana" y "hoy que nos ha nacido el Salvador para comunicarnos la vida divina…, te pedimos que nos hagas igualmente partícipes del don de su inmortalidad" (oración colecta y poscomunión de la misa del día). La celebración del misterio es hacer presente y actual, en el tiempo, la gracia que aquel acontecimiento trajo al mundo y a los hombres.

La importancia de la solemnidad de Navidad se refleja en el hecho de que la liturgia romana ha elaborado cuatro misas en torno a ella: la de la vigilia, la de medianoche, la de la aurora y la del día de Navidad, con un total de doce lecturas y cuatro salmos responsoriales.

Relación íntima y profunda conexión entre Navidad y Pascua

"Después de la anual evocación del misterio pascual, la Iglesia no tiene nada más santo que la celebración del nacimiento del Señor y de sus principales manifestaciones" (Normas universales sobre el año litúrgico). Esto es lo que hace en el tiempo litúrgico de Navidad. 

Palabras sobre el hombre


Autor
Fernando Colomer Ferrándiz 

Título
Palabras sobre el hombre
Apuntes para una antropología filosófica 

Edita 
Instituto Teológico “San Fulgencio” (Murcia) 

ISBN 
978-84-09-21382-5 



Pedidos a:

Librería Diocesana 

Teléfono
(+ 34) 968 21 24 89 

Correo electrónico
librerias@diocesisdecartagena.org


Índice:

  • Complejidad
  • Intersubjetividad
  • Corporalidad
  • Espiritualidad
  • Libertad
  • Afectividad
  • Historicidad
  • Mortalidad

XX Domingo del Tiempo Ordinario

15 de agosto


16 de agosto de 2020
(Ciclo A - Año par)







  • A los extranjeros los traeré a mi monte santo (Is 56, 1. 6-7)
  • Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben (Sal 66)
  • Los dones y la llamada de Dios son irrevocables (Rom 11, 13-15. 29-32)
  • Mujer, qué grande es tu fe (Mt 15, 21-28)
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El Evangelio de hoy, queridos hermanos, transcurre en la región de Tiro y Sidón, por lo tanto fuera de los límites de Israel. Es un detalle importante porque la protagonista de este episodio es una mujer cananea, es decir, no-judía, no perteneciente al pueblo de Israel. Y el tema de fondo que, sin ser nombrado, está presente en todo este episodio es el de la salvación de los que no pertenecen al pueblo de Israel, el de la salvación de los gentiles, de los paganos: ¿Tienen o no tienen acceso a la salvación? Y si lo tienen, ¿en qué condiciones?

De entrada llama la atención que el Señor responda con su silencio a los angustiosos gritos de una madre que pide compasión para su hija. Hay como una aparente indiferencia de Jesús que contrasta con el interés de los discípulos que le dicen al Señor que la atienda. Aunque, todo hay que decirlo, este interés está motivado por el hecho de que los gritos de la mujer les molestan: “Atiéndela, que viene detrás gritando”. Parece que los discípulos son muy misericordiosos, pero en realidad lo que quieren es acabar con aquella molestia: quieren sacársela de encima.

La respuesta del Señor -“sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel”- muestra, en primer lugar, que Cristo no es dueño de su misión, que no hace lo que él quiere sino lo que el Padre del cielo y el Espíritu Santo le indican. Jesús es un “trabajador por cuenta ajena”, que ha venido a realizar el designio de amor que la Santísima Trinidad ha acordado. Ese designio comporta “reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11, 52), tal como había anunciado el profeta Ezequiel (Ez 36, 24). Por eso el Señor centra su misión en el pueblo de Israel, lo cual no significa en modo alguno “reducir” la salvación de Dios a las dimensiones de un “pequeño pueblo”, porque en la perspectiva de Jesús, que es la de los profetas, tan pronto como Israel sea fiel a su verdadera vocación, se producirá la “peregrinación de las naciones hacia él”, atraídas por la belleza de de la salvación operada por Dios en él (Z 8, 23).  Por eso Jesús, que más adelante enviará a sus discípulos al mundo entero a proclamar el Evangelio (Mc 16, 15), ahora se centra con toda naturalidad en Israel, porque sabe que lo demás vendrá como consecuencia.  

La mujer insiste en su súplica y consigue alcanzar a Jesús, postrarse de rodillas ante él y pedirle: “Señor socórreme”. La respuesta de Jesús no está exenta de una cierta crudeza: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”. Con esta respuesta Jesús reitera que su misión se ciñe al pueblo de Israel. Y la grandeza espiritual de esta mujer reside en lo que ella respondió a Jesús: “Tienes razón, Señor”. Estas palabras indican que ella acepta el plan de Dios sin criticarlo y que suplica misericordia: “pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. La mujer cree que Dios es sobreabundante en su misericordia y que de su designio de salvación hay “migajas” que rebosan y suplica humildemente beneficiarse de ellas. Entonces el Señor se rindió, porque lo que abre las compuertas de la misericordia es la aceptación humilde de la verdad. Y esta mujer la tuvo.

Ahora ya tenemos la respuesta a la cuestión de la salvación de los gentiles: todo hombre puede alcanzar la salvación con tal de que tenga fe. Y fe significa adhesión al plan de Dios, aunque ese plan no me guste o me coloque en una situación desfavorable. Porque la fe sabe que Dios es Bondad y que busca siempre el bien de los hombres. Que en todas las situaciones de perplejidad, de duda, de desconcierto, que podamos encontrar a lo largo de nuestra vida, digamos siempre, como esta mujer: “Tienes razón, Señor” y que luego supliquemos confiadamente su misericordia. Así alcanzaremos la salvación de Dios.

Asunción de la Bienaventurada Virgen María

15 de agosto


15 de agosto de 2020
(Ciclo A - Año par)







  • Una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies (Ap 11, 19a; 12, 1-6a. 10ab)
  • De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir (Sal 44)
  • Primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo (1 Cor 15, 20-27a)
  • El Poderoso ha hecho obras grandes en mí; enaltece a los humildes (Lc 1, 39-56)
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Celebramos hoy, queridos hermanos, la solemnidad de la Asunción de la bienaventurada Virgen María, en cuerpo y alma, al cielo. Lo que la liturgia propone hoy a nuestra contemplación es el destino final en el que se encuentra la Madre del Señor desde que terminó el curso de su vida terrena, diciéndonos que ella ha alcanzado ya plenamente el estado glorioso que tendrán, a partir del último día, todos los justos resucitados o los que, por vivir todavía cuando vuelva el Señor, serán transformados sin pasar por la muerte, tal como anuncia san Pablo: “He aquí que os anuncio un misterio: no todos moriremos, pero todos seremos transformados” (1Co 15, 51).

Los santos que están en el cielo se encuentran en un estado todavía provisional, en cuanto que una parte de su ser, el cuerpo, ha quedado aquí en la tierra, dejando de ser un cuerpo viviente, bien porque haya conocido la corrupción del sepulcro, o bien porque, aunque esté incorrupto, no es un cuerpo viviente, ya que lo que da vida al cuerpo es el alma, y el alma ya no está allí. Su espíritu y su alma están con el Señor y son colmados por la felicidad de contemplar su gloria; pero su cuerpo espera paciente el día de la segunda venida de Cristo, de su venida gloriosa, el día de la Parusía, para resucitar por la fuerza y el poder del Espíritu Santo, y ser transformado en un cuerpo espiritual, un cuerpo glorioso, tal como afirma san Pablo: “Así también en la resurrección de los muertos: se siembra corrupción, resucita incorrupción (…) se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual” (1Co 15, 42.44), y volver a unirse con su espíritu y su alma en la felicidad total del cielo. 

Lo que celebramos hoy es el hecho de que la Virgen María ya está en ese estado glorioso en la totalidad de su ser, espíritu, alma y cuerpo, tal como declaró el Papa Pío XII, al proclamar la verdad de la Asunción. María posee anticipadamente lo que todos los justos poseerán cuando vuelva el Señor y se produzca la resurrección de la carne. La fiesta que celebramos hoy es, por lo tanto, la fiesta de nuestra esperanza, ya que María es nuestra hermana, es una de nosotros, y es bello contemplar que uno de nosotros ha llegado ya a la plenitud de la gloria que Cristo nos ofrece a todos lo que, por la fe y el bautismo, nos unimos a él para no formar más que un solo cuerpo en él. Conviene recordar que esto no significa que, aparte de Cristo, sólo ella se encuentra en esta situación de gloria definitiva y total. Una seria tradición patrística sostenía que los santos que resucitaron y se aparecieron a muchos en Jerusalén, tal como narra san Mateo (27, 52-53), también habrían llegado a la gloria definitiva. Pero la Iglesia sólo se ha pronunciado sobre la Virgen María, lo que no excluye que pueda haber otros casos que nos son desconocidos. 

La fiesta de hoy nos recuerda la verdad y la  belleza de la afirmación que hacemos en el Credo diciendo “creo en la resurrección de la carne”. Con ello afirmamos simultáneamente dos cosas: que el cuerpo que resucitará será el mismo cuerpo que vivió aquí en la tierra y que ese cuerpo será transfigurado en la resurrección tal como afirma san Pablo al decir que Cristo “transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo” (Flp 3, 21). 

Todo ello significa que la materia, la humilde materia, será incorporada también a la gloria de los hijos de Dios y que, por lo tanto, existe un porvenir escatológico también para el mundo, tal como afirma san Pablo: “La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel quela sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rm 8, 20-21). Pero ello no será fruto de una evolución propia del universo sino de la gracia de Dios acogida en el corazón de los creyentes.

Un corazón sencillo










Santa María, Madre de Dios,
consérvame un corazón de niño,
puro y limpio como agua de manantial.
Obtenme un corazón sencillo
que no se repliegue a saborear las propias tristezas;
un corazón magnánimo en donarse,
fácil para la compasión;
un corazón fiel y generoso que no olvide ningún bien
y no guarde rencor de ningún mal.
Fórmame un corazón dulce y humilde
que ame sin exigir ser amado,
contento de desaparecer en otros corazones,
sacrificándose ante vuestro divino Hijo;
un corazón grande e indomable,
para que ninguna ingratitud lo pueda cerrar
y ninguna indiferencia lo pueda cansar;
un corazón apasionado por la gloria de Cristo,
herido por Su amor,
con una llaga que no se cure sino en el cielo.


(P. L. de Grandmaison)

Oración en formato pdf




XIX Domingo del Tiempo Ordinario

 

9 de agosto

9 de agosto de 2020
(Ciclo A - Año par)







  • Permanece de pie en el monte ante el Señor (1 Re 19, 9a. 11-13a)
  • Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación (Sal 84)
  • Desearía ser un proscrito por el bien de mis hermanos (Rom 9, 1-5)
  • Mándame ir a ti sobre el agua (Mt 14, 22-33)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf

En el encuentro con Dios que tuvo el profeta Elías en el monte Horeb, se nos revela, queridos hermanos, que nuestro Dios no se hizo presente en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en el susurro de una suave brisa. Nuestra mentalidad humana asocia más fácilmente al Creador con las experiencias de fuerza y de poder –como son las tres primeras- que con la delicadeza de una suave brisa, descrita como un susurro. Esta suave brisa es un símbolo del Espíritu Santo que se hace presente en nuestro corazón de una manera muy silenciosa y suave, y cuya voz solo puede ser escuchada si en nosotros hay un profundo silencio. De ahí la importancia de la soledad y del silencio para encontrarse con Dios. 

Esa soledad y ese silencio es lo que buscaba el Señor el domingo pasado en el evangelio y no lo pudo tener a causa del gentío que lo esperaba. Ahora, después de haber saciado su hambre con la multiplicación de los panes y de los peces y de haberlos despedido, consigue por fin esa anhelada soledad y ese deseado silencio para poder orar. Y se queda él solo en el monte orando, hasta que se hace de noche. Ahí el Señor abriría su corazón al Padre del cielo y pondría ante Él el dolor por el asesinato de Juan el Bautista, para que el íntimo coloquio entre Él y el Padre del cielo, en la unidad del Espíritu Santo, le permitiera acoger esa realidad dolorosa con paz. 

La clave de todo, en Cristo, es la relación íntima con el Padre, en la unidad del Espíritu Santo. La clave de todo es la Santísima Trinidad, el ser mismo de Dios. Lo fue para Cristo en su vida terrena y lo es también para cada uno de nosotros. Si las iniciativas y las acciones de nuestra vida brotan de nuestra relación con la Trinidad, somos en verdad hombres y mujeres de Dios. Si no, no; seríamos más bien unos seres que elaboran sus propios proyectos y que le piden a Dios que los avale. Pero esos proyectos serían nuestros y no de Dios, y de ellos diría el Señor: “Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos, oráculo del Señor” (Is 55, 8).

La barca sacudida por las olas con viento contrario en la que viajan los discípulos es un claro símbolo de la Iglesia. La Iglesia que camina en este mundo siempre tiene el viento en contra, porque “el mundo entero yace en poder del Maligno” (1Jn 5, 19) y “todo lo que hay en el mundo (es) la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas” (1Jn 2, 16), por lo que es bastante inimaginable que el viento de la historia vaya a favor de la Iglesia. La Iglesia siempre está a punto de ser engullida por las aguas que, en la simbólica bíblica representan el caos, la posibilidad de que todo sea engullido y de que la creación, que surgió de las aguas (Gn 1, 2), desaparezca de nuevo en ellas, como estuvo a punto de ocurrir en el diluvio (Gn 7, 19-21).

Que Cristo camine sobre las aguas es un signo magnífico del poder de Dios, de la soberanía de Dios sobre el caos, sobre toda forma de mal. Y por lo tanto quien cree en Cristo, quien se apoya en Él, no será engullido por las aguas, es decir, no sucumbirá ante las fuerzas del mal: “Y la fuerza que vence al mundo es nuestra fe” (1Jn 5, 4). De esa fuerza de la fe va a hacer experiencia Pedro cuando, obedeciendo a la llamada del Señor, camine sobre las aguas. El caminar de Pedro sobre las aguas es una bella imagen de la fe: mientras Pedro mira a Cristo, camina sobre las aguas como si fueran tierra firme; pero cuando, en vez de atender a Cristo, a su mirada y a su palabra, empieza a centrarse en el análisis de la situación (la fuerza del viento), entonces empieza a hundirse. La fuerza de la Iglesia, como la fuerza de la fe de cada uno de nosotros, reside en mirar a Cristo, en tener centrada la mirada de nuestro corazón en Él: entonces caminamos sobre las aguas casi sin darnos cuenta. 

Nuestra fragilidad hace posible que fácilmente nuestra mirada se desvíe del Señor y atienda a las circunstancias, al mundo, a la sociedad en la que estamos a sus presiones y exigencias. Entonces nos hundimos. Hagamos como Pedro: seamos conscientes de que nos hundimos –es decir de que empezamos a ser como los que no tienen fe- y digamos como él: “¡Señor, sálvame!”. En seguida el Señor extenderá su mano y nos salvará. Y también nosotros, como los discípulos, diremos: “Realmente eres Hijo de Dios”

Reconciliación

(En esta novela, Archibald Joseph Cronin, crea un personaje, el P. Francisco Chisholm, un sacerdote escocés, desconcertante por su peculiar carácter y su ingenuidad, que está de misionero en China, durante un periodo particularmente turbulento a causa del hambre, de la peste y de la guerra civil. En la misión que le encargan apenas hay nada y con muchos esfuerzos consigue levantar un templo, una casa parroquial, unas escuelitas y una vivienda para tres religiosas que han ido a ayudarle. La superiora de estas tres religiosas, la madre María Verónica, es una aristócrata alemana que no congenia para nada con el estilo sencillo y humilde del P. Francisco. La escena que vamos a leer sucede cuando la misión recibe la inspección eclesiástica de un sacerdote escocés preocupado por “hacer carrera” y por poder presentar estadísticas brillantes sobre conversiones, bautismos, matrimonios etc., -cosa que al P. Francisco le trae sin cuidado- que llega a la misión al día siguiente de que un terremoto haya destruido por completo el templo y dañado todo lo demás. El visitador eclesiástico, el P. Anselm Mealey, se ha comportado de manera despectiva con el P. Chisholm, cuyo trabajo no valora, y ahora se despide de camino a Japón antes de regresar a Europa) 

A la mañana siguiente se despidió el canónigo Mealey. Volvía a Nankín donde pasaría una semana en el vicariato y, desde allí, marcharía a Nagasaki para inspeccionar seis Misiones en el Japón. Ya estaba hecho su equipaje, la silla de mano que debía llevarle al junco le estaba esperando, y se había despedido de las hermanas y de los niños. Vestido para el viaje, con gafas de sol, el sombrero envuelto en gasa verde, mantuvo una conversación final con Chisholm en el recibidor. 
-¡Venga Francisco! –dijo Mealey, tendiéndole la mano de mala gana para hacer las paces-, separémonos como buenos amigos. El don de lenguas no nos ha sido concedido a todos. Creo que en el fondo tus intenciones son buenas. 
Y cogiendo una gran bocanada de aire en el pecho, añadió: 
-Es raro, pero me muero de ganas de partir. Llevo el ansia viajera en la sangre. Adiós. Au revoir. Auf Wiedersehend, Dios les bendiga a todos. 
Se echó por la cara la gasa mosquitera y subió en la silla porteadora. Los porteadores, rezongando, se agacharon, alzaron el artefacto y salieron. Al cruzar las oscilantes puertas de la Misión, Anselm agitó el pañuelo por la ventanilla. 
Al ponerse el sol, mientras daba su paseo vespertino favorito, cuando reinaba una quietud que parecía impregnarlo todo, el padre Chisholm se halló meditando entre los escombros de la iglesia. Sentado sobre un montón de escombros, recordaba a su antiguo director –en cierto modo, siempre había mirado a MacNabb con ojos de niño- y evocaba la exhortación que le hiciera aconsejándole valor . Ahora apenas le quedaba valor alguno. Las dos últimas semanas, con el esfuerzo continuo de soportar el tono condescendiente de su visita, le habían dejado exhausto. Sin embargo, quizá Anselm tuviera razón. ¿No habría fracasado ante los ojos de Dios y de los hombres? Había hecho tan poco… Y ese poco, tan costoso e indigno, casi había desaparecido. ¿Cómo podría continuar? Una intensa sensación de desesperanza le invadió. 
Sentado, con la cabeza inclinada, no oyó unos pasos a sus espaldas. La madre María Verónica tuvo que hablarle para que reparase en su presencia. 
-¿Le molesto? Francisco, bastante sorprendido, alzó la mirada. 
- No, no. Como ya ve –y no pudo reprimir una singular sonrisa-, no estoy haciendo nada. 
En la penumbra advirtió que su rostro tenía cierta palidez y que estaba bastante tensa. 
-Tengo algo que decirle –manifestó con voz cansina-. Yo… 
-Dígame. 
-Sin duda será humillante para usted. Pero me creo obligada a decírselo. Yo… lo siento. 
Al principio, las palabras salían indecisas, pero luego fueron ganando fuerza y pronto se convirtieron en un torrente. 
-Estoy profundamente disgustada por mi conducta con usted. Desde que nos conocimos me he portado de una manera bochornosa y pecaminosa. El diablo del orgullo me poseía. Siempre me ha poseído, desde niña… Ya entonces le tiraba objetos a ni niñera cuando me enfadaba. Desde hace semanas deseaba hablar con usted, pero mi orgullo me lo impedía. Y también mi odiosa terquedad. Estos diez últimos días he llorado por usted, viendo las bajezas y humillaciones de ese sacerdote, indigno de desatarle los zapatos. Padre, me odio a mí misma… Perdóneme, perdóneme… 
Su voz se perdió entre sollozos. Se postró ante él, cubriéndose el rostro con las manos. 
El cielo había perdido todo color, a excepción de cierto resplandor crepuscular tras los picos. También aquella luz se desvaneció poco a poco y la noche la envolvió. Una lágrima aislada surcó su mejilla… -
¿De modo que no se va usted de la Misión? 
-¡No, no! –respondió la monja, con el corazón desgarrado-. No, si usted me permite quedarme. Jamás he conocido a nadie a quien haya deseado servir tanto como a usted. Es usted el mejor… el espíritu más delicado que he conocido… 
-Calle, hija mía. Soy una pobre e insignificante criatura, un hombre vulgar… Estaba usted en lo cierto. 
-Tenga piedad de mí, padre –repuso ella. Sus sollozos parecían brotar, ahogados, de la tierra. 
-Y usted es una gran señora. Pero, a los ojos de Dios, los dos somos como niños. Podemos trabajar juntos, ayudarnos mutuamente… 
-Yo le ayudaré con todas mis fuerzas. Al menos puedo hacer algo en su favor. Puedo escribir a mi hermano. Él reconstruirá la iglesia y rehabilitará la Misión…, Tiene muchas posesiones y lo hará gustosamente. Pero usted ayúdeme… ayúdeme a vencer mi orgullo. 
 Siguió un largo silencio. La mujer sollozaba ahora con más suavidad. El corazón de Francisco se llenó de un gran afecto. Cogió a la madre María Verónica del brazo para ayudarla a levantarse, pero ella se negó a hacerlo. Entonces se arrodilló junto a ella y meditó en aquella noche limpia y apacible en que otro hombre pobre, común y corriente también se arrodilló entre las sombras de un huerto y ahora los contemplaba a los dos. 



Autor: A. J. CRONIN
Título: Las llaves del reino
Editorial: Palabra, Madrid, 2018, (pp. 298-300)









XVIII Domingo del Tiempo Ordinario

2 de agosto de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Venid y comed (Is 55, 1-3)
  • Abres tú la mano, Señor, y nos sacias (Sal 144)
  • Ninguna criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo (Rom 8, 35. 37-39)
  • Comieron todos y se saciaron (Mt 14, 13-21)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf
El evangelio de hoy, queridos hermanos, nos permite contemplar a Jesús cuando recibe la noticia de un acontecimiento doloroso, a saber, que han matado a Juan el Bautista. El Señor ante la realidad del dolor busca “un sitio tranquilo y apartado”, busca el silencio y la soledad, sin duda para entregarse a la oración y llevar ese acontecimiento doloroso al espacio en el que Cristo respira y vive, que es la relación con el Padre del cielo. Aquí encontramos ya una primera enseñanza para nosotros: ¿Cómo hemos reaccionado ante los acontecimientos dolorosos que nos han acontecido en estos últimos meses? ¿Hemos buscado, como Cristo, el silencio y la soledad para llevar todo ese dolor a la presencia de Dios en la oración y poder integrarlo en nuestra vida de una manera constructiva, en la confianza y la esperanza en Dios? Es un primer interrogante que nos lanza la Palabra de este domingo.

Sin embargo cuando Jesús llega al lugar en el que buscaba soledad y silencio se encuentra con una multitud de gente que le espera y que le busca. Y El Señor pospone su deseo de soledad y oración para atender a esas personas. Ya conocemos los sentimientos de Jesús cuando se encuentra frente a multitudes que le buscan: “Al ver tanta gente, sintió compasión de ellos, porque estaban vejados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9, 36). La mirada de Jesús percibe el dolor y la necesidad de consuelo que tienen los hombres, como también su desamparo, la carencia de solicitud y cuidado hacia ellos: “no tienen pastor”, es como decir “nadie se preocupa de sus verdaderas necesidades”. Y entonces Jesús “curó a los enfermos” para mostrarles que Dios se preocupa de ellos, que, como escribirá más tarde san Pedro, testigo de todo esto, podemos confiarle a Dios todas nuestras preocupaciones “porque él cuida de nosotros” (1P 4, 7).

Y en esa misma línea de mostrar la solicitud paternal de Dios hacia su pueblo, el Señor realiza el gesto de la multiplicación de los panes y de los peces. Este gesto nos enseña, en primer lugar, que nuestra pobreza, nuestra falta de recursos, nuestra impotencia, no son en absoluto un impedimento para que Dios haga su obra a través de nosotros. Con una sola condición: que pongamos nuestra impotencia y nuestra incapacidad en las manos de Jesús: “Traédmelos”, dice Jesús, en relación a los cinco panes y dos peces que es lo único que tienen a mano. Hay una desproporción evidente entre esos cinco panes y dos peces y los “cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños”. Pero esa desproporción no es problema si la ponemos en las manos del Señor. Entonces el bien se multiplica.

Muchas veces en la vida experimentamos la desproporción entre el desafío que tenemos delante –cuidar a un padre o a una madre que se nos va, llenar de ternura y afecto sus últimos días en la tierra- y nuestras fuerzas, nuestros deberes, nuestras obligaciones, la necesidad de seguir trabajando para llevar adelante nuestra familia. Y nos ponemos muy nerviosos. Si llevamos a Jesús esa situación, si la ponemos de verdad en sus manos, Él hará posible lo imposible y, cuando todo haya pasado, nosotros mismos nos sorprenderemos al ver todo lo que hemos sido capaces de hacer -“dadles vosotros de comer”- gracias, desde luego, a Él.

Este milagro, como todos los milagros de Jesús, constituye una “señal”, como le gusta decir a san Juan (Jn 6, 14), que apunta en una determinada dirección: la Eucaristía. Porque el Hijo de Dios no ha venido a este mundo a solucionar nuestros problemas de alimentación o de salud, sino a traernos un pan bajado del cielo que da vida eterna (cf. Jn 6, 27. 32-35). Por eso el relato de Mateo pone en boca de Jesús las palabras que la liturgia recoge en la plegaria eucarística primera para la consagración del pan: “y elevando los ojos al cielo (…) dando gracias te bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos”.

En los meses pasados bajo la emergencia sanitaria no nos han faltado los alimentos del cuerpo, pero durante un tiempo considerable nos ha faltado “el pan vivo bajado del cielo” que es Cristo en la Eucaristía. Que esta situación nos sirva para tomar conciencia de que el gran bien no es la salud del cuerpo sino la vida eterna que Cristo nos da, y que sepamos valorar y agradecer el don de la Eucaristía.

El santo y la prostituta

En la vida de san Efrén el Sirio, doctor de la Iglesia llamado “arpa del Espíritu Santo” y gran cantor de la Virgen María, se cuenta que, siendo todavía eremita, practicaba un día el juego carismático del apotegma, que consistía en dirigirse a un Padre y considerar que la primera palabra que pronunciara estaría inspirada por el Espíritu Santo. Decidió, pues, ir a la ciudad más cercana y escuchar el parecer de la primera persona que encontrara, considerándola como alguien que le habla en nombre de Dios.

Al llegar a la ciudad se encontró, ¡divina sorpresa!, con una prostituta. Él la miró y ella se quedó contemplándole fijamente. El hombre de Dios exclamó: “¿Por qué me miras así?”. Y la mujer le respondió: “Yo he sido sacada de ti, pero tú deberías mirar al suelo, porque tú has sido sacado del polvo de la tierra”. 

Admirable palabra de mujer, palabra de consejo y de sabiduría que reconduce al hombre a su desnudez primera y le recuerda que no es bueno para el hombre estar solo (cf. Gn 2, 7. 18-25).


Autor: EPHRAÏM
Título: Jesús, juïf pratiquant
Editorial: Paris, Fayard/Éditions du Lion de Juda, 1987, (pp. 272-273)







XVII Domingo del Tiempo Ordinario

26 de julio de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Pediste para ti inteligencia (1 Re 3, 5. 7-12)
  • ¡Cuánto amo tu ley, Señor! (Sal 118)
  • Nos predestinó a reproducir la imagen de su Hijo (Rom 8, 28-30)
  • Vende todo lo que tiene y compra el campo (Mt 13, 44-52)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf
“¿Entendéis bien todo esto?”. Para el Señor es importante que entendamos bien la naturaleza del Reino de los cielos, su condición aquí en la tierra, así como las exigencias que comporta.

La parábola del tesoro escondido nos enseña, en primer lugar, que la belleza y el valor del Reino de los cielos no son evidentes para todo el mundo, pues se trata de un tesoro escondido y son muchos los que ignoran la existencia de ese tesoro. Descubrirlo, verlo, es ya una inmensa gracia, un don de Dios.

La actitud correcta que este descubrimiento del valor del Reino de los cielos debe provocar en nosotros es la que ilustra esta parábola y la de la perla de gran valor: venderlo todo con tal de adquirir el campo o la perla, es decir, con tal de alcanzar ese tesoro y esa perla de gran valor que es el Reino de los cielos. Esto significa una jerarquía de valores, para la cual el valor principal y primero es participar del Reino de los cielos, entrar en él. Y para ello estoy dispuesto a vender todo lo demás, pues “si tu mano o tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo y arrójalo de ti; más te vale entrar en la Vida manco o cojo que, con las dos manos o los dos pies, ser arrojado al fuego eterno” (Mt 18,8).

Pero además todo esto hay que hacerlo, no refunfuñando y protestando, sino llenos de alegría, porque es un gran negocio, el mayor negocio posible, gracias al cual vamos a poder vivir la vida eterna, vamos a colmar por completo los deseos de nuestro corazón. Así lo hicieron los primeros discípulos: así lo hizo Zaqueo quien, a pesar de que el día que conoció a Jesús se arruinó en términos económicos (Lc 19,8: “Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré cuatro veces más”) estaba feliz y radiante de alegría porque había comprendido que, a cambio de esos bienes materiales iba a “estar con Cristo, que es, con mucho, lo mejor”. Así lo hizo Pablo que nos dice que todo lo considera basura ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús “por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo” (Flp 3,8). No todos fueron capaces de hacerlo: el joven rico (Mt 19,16-22) prefirió sus riquezas a la persona de Cristo (porque el Reino de los cielos viene con la persona de Cristo, no es algo distinto o separable de Él), no fue sensible a la mirada de amor que le dirigió Jesús (Mc 10,21).

Finalmente la tercera parábola, la de la red barredera que se echa al mar y recoge toda clase de peces, vuelve a retomar la enseñanza de la parábola del trigo y la cizaña para recordarnos que el Reino de los cielos, aquí y ahora, en esta vida, en el tiempo de la historia, que durará hasta la segunda venida de Cristo, está formado por una mezcla de peces buenos y peces malos, es decir, de santos y de pecadores, de hombres que tienen un corazón recto y una intención pura y de otros que son calculadores, oportunistas e interesados. Y que sólo cuando venga el Señor se realizará la separación de unos y otros. Es importante tener fe en que esto ocurrirá: el juicio de Dios comportará una separación y nosotros debemos vivir de tal manera que, cuando eso ocurra, seamos colocados en el cesto de los peces buenos y vivamos para siempre con Dios y con todos los que le aman. Que así sea.

Santiago Apóstol

25 de julio de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • El rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago (Hch 4,33; 5,12. 27-33; 12,2)
  • Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben (Sal 66)
  • Llevamos siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús (2 Cor 4, 7-15)
  • Mi cáliz lo beberéis (Mt 20, 20-28)
  • Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf
Celebramos hoy, queridos hermanos, la fiesta del apóstol Santiago, patrono de España. La riqueza de la liturgia de la palabra de este día nos ofrece abundantes puntos de reflexión, que constituyen llamadas a nuestra conversión como católicos y como católicos españoles.

La primera lectura nos ha recordado la contundente respuesta que Pedro y los demás apóstoles dieron ante las autoridades religiosas judías: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Es una llamada a revisar nuestra jerarquía de valores y a preguntarnos qué es, de verdad, lo primero en nuestra vida, es decir, cuál es el criterio que prevalece sobre todos los demás a la hora de tomar nuestras decisiones. Si nuestro criterio es no distinguirnos de los demás, ser como todos, no llamar la atención, ser socialmente correctos, ajustándonos al comportamiento de la mayoría, entonces Dios no es el primero en nuestra vida, sino que lo primero es una determinada imagen de nosotros mismos que no queremos que desentone de la mayoría social; lo primero serría no querer tener problemas. El cristiano tiene que tener la audacia de poner a Dios, a su voluntad y a su santa ley, como lo más importante en su vida, aunque ello le genere algún problema. 

La segunda lectura nos ha recordado que la existencia cristiana está poblada de peligros, porque “nos aprietan por todos los lados (…) estamos apurados (…) acosados (…) nos derriban”, y nos invita a ver en todas esas dificultades una participación en la muerte de Jesús “para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo”. La vida de Jesús es la vida del Resucitado, la vida misma de Dios. Y Cristo resucitado lleva en su cuerpo glorioso sus cinco llagas gloriosas y benditas abiertas, como un memorial viviente de su pasión y muerte en la cruz, que nos recuerdan que esa vida suya de resucitado ha nacido de la extrema debilidad e impotencia de la cruz, y que es un don de Dios. Hay aquí una paradoja de la vida cristiana que consiste en que la fuerza de Dios se complace en manifestarse en nuestra debilidad, tal como le dijo el Señor a san Pablo. “Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza” (2Co 12, 9). Conscientes de esto, los cristianos no podemos dejar de hablar, de proclamar la verdad de Dios y la verdad del hombre que, en Cristo, se nos ha manifestado: “Creí, por eso hablé”. El anuncio de esta verdad, que es el Evangelio, se nos ha confiado a nosotros, y aunque estemos en unas condiciones adversas no podemos dejar de realizarlo, porque es esencial para la salvación del mundo.

Finalmente el evangelio pone ante nuestros ojos el contraste entre la mentalidad de los hombres –aquí representada por la madre de los Zebedeos- que piensa en la relevancia social, incluso en el Reino de Dios, y la mentalidad de Cristo que cede toda disposición de su Reino a la voluntad del Padre del cielo, mostrando así la desapropiación de su propia obra, que él entrega, sin condiciones, al Padre para que Él disponga de ella según su voluntad. El que nos enseña a orar diciendo: “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, practica él mismo esa petición.

Al mismo tiempo, el Señor aprovecha la ambición de la madre de los Zebedeos para señalar la condición ineludible para estar con él en su Reino: beber el mismo cáliz que él va a beber. El cáliz simboliza el destino que uno tiene que asumir y que, en el caso de Cristo, consiste en su entrega sacrificial por la salvación del mundo en la cruz. La pregunta que Cristo hace a Santiago y Juan es, por lo tanto, si están dispuestos a compartir su destino. Ellos responden sin dudar que sí, y aunque tal vez en esa respuesta haya una cierta presunción, es sin embargo la respuesta adecuada. También nosotros debemos de estar interiormente dispuestos a compartir el destino de Cristo, sabiendo que esta disposición sólo podrá hacerse realidad por su gracia que actúa en nosotros, en el seno mismo de nuestra debilidad. Así lo han experimentado los santos mártires que a menudo eran hombres o mujeres cobardes y débiles, pero que fueron sostenidos por la gracia de Dios para dar su vida por Cristo. Los demás apóstoles se indignan contra Santiago y Juan, y ello muestra, como recuerda san Juan Crisóstomo, lo imperfectos que aún eran. Es que todavía no habían recibido el Espíritu Santo. Que Él venga sobre nosotros para que seamos hoy en día testigos de Cristo en España.

Meditación de Adviento


El papel del año litúrgico en la vida cristiana

Durante el curso de un año, la Iglesia nos hace entrar en contacto con cada uno de los misterios de la vida de Cristo para actualizar en nosotros la obra de la salvación. El año litúrgico recorre los distintos momentos de la existencia terrena del Hijo de Dios desde la encarnación hasta la subida a los cielos y la expectación de la última venida (cf. SC 102), según las propias palabras del Señor: “Salí del Padre y vine al mundo, de nuevo dejo el mundo y me voy al Padre” (Jn 16, 28).

Este círculo o ciclo recorrido por Cristo en aquel tiempo (Ga 4,4; Ef 1, 10) para llevar a cabo la redención del hombre es objeto de sagrado recuerdo y celebración por la comunidad cristiana en los distintos tiempos litúrgicos del año del Señor.

No todos los tiempos de la liturgia tienen igual peso e importancia, teniendo la primacía el sagrado triduo de Cristo muerto, sepultado y resucitado; y además que todos los tiempos litúrgicos convergen en la Pascua y de ella reciben la luz y significado.

De este modo los cristianos vamos aprendiendo a colocar como base de nuestra vida cristiana la espiritualidad litúrgica, que es la espiritualidad común a toda la Iglesia, que se alimenta totalmente de la contemplación y participación de los misterios de la vida de Cristo tal como la Iglesia, en su oración oficial, que es la Liturgia, nos los propone. De este modo la espiritualidad litúrgica constituye el humus común a todas las demás espiritualidades, las llamadas espiritualidades “de escuela” o con “apellidos”.

El tiempo litúrgico de Adviento

a) Las dos venidas de Cristo

Dicen las Normas universales sobre el año litúrgico y el calendario (=NUALC): «El tiempo del Adviento tiene una doble índole: es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del hijo de Dios a los hombres, y es, a la vez, el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por estas dos razones, el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre» (NUALC 39).

Adviento, Navidad y Epifanía están unidos en torno al misterio de la manifestación del Señor en nuestra condición humana. Incluso la expectación de la última venida de Cristo se apoya en la esperanza que brota de la certeza de la primera; de ahí que el recuerdo de la preparación que precedió a la llegada del Mesías en el Antiguo Testamento sea imagen de nuestro Adviento cristiano. 

La misa y el Oficio divino de todos estos días están impregnados del espíritu que se desprende de los dos grandes motivos que se celebran. Sin embargo, se advierte una acentuación mayor del aspecto de la espera escatológica en las dos primeras semanas y una más fuerte atención a la próxima Navidad en las dos restantes, especialmente a partir del día 17 de diciembre.

XVI Domingo del Tiempo Ordinario

19 de julio de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Concedes el arrepentimiento a los pecadores (Sab 12, 13. 16-19)
  • Tú, Señor, eres bueno y clemente (Sal 85)
  • El Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables (Rom 8, 26-27)
  • Dejadlos crecer juntos hasta la siega (Mt 13, 24-43)
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La liturgia de la Palabra de este domingo aborda el tema del silencio de Dios durante la historia humana, a pesar de la presencia del mal. A los hombres nos gustaría que, al menor síntoma de mal, Dios interviniera, arrancándolo de cuajo. Pero como Dios no lo hace, a nosotros nos viene la tentación de hacerlo, de “limpiar el campo”, de extirpar el mal. Y la palabra de Dios, en el evangelio de hoy, nos sorprende diciéndonos: “dejadlos crecer juntos hasta la siega”. 

Con su parábola el Señor quiere inculcarnos la paciencia como una actitud fundamental. Quiere decirnos que hemos de soportar, durante nuestra vida aquí en la tierra, esta situación de mezcolanza del bien y del mal, del trigo y de la cizaña. Quiere decirnos que hemos de aprender a vivir juntos los buenos y los malos, los piadosos y los impíos. Que hemos de contar con la presencia del mal. El Señor nos dice: es mejor soportar la presencia del mal que arrancar el bien, queriendo extirpar el mal. Porque nosotros no tenemos un método infalible de discernimiento. A lo largo de la historia humana, hemos de aceptar que el Reino de Dios crezca en el seno de una comunidad en la que se mezclan el bien y el mal. Y hemos de vivir esta situación con una paciente confianza. Al final el Señor vendrá y Él realizará el juicio definitivo, el juicio “final”. Pero sólo Él puede hacerlo, porque sólo Él discierne los corazones.

La segunda cosa que nos dice el Señor con su parábola es que esta situación no va a durar siempre, que durará hasta que Él vuelva y realice “la siega”, es decir que durará hasta la segunda venida de Cristo, hasta la Parusía y el Juicio final. Entonces se verá con toda claridad que no ha dado lo mismo, en absoluto, el vivir de una manera o de otra, el haber sido trigo o cizaña, el haber sido bueno o malo. Quien haya sido “trigo”, “brillará como el sol en el Reino de su Padre”, dice el Señor cuando explica la parábola, es decir, vivirá en comunión con Dios, que es “Luz sin tiniebla alguna” (1Jn 1,5), que es Amor (1Jn 4,8). Quien haya sido “cizaña” será “arrojado al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes”, es decir, será excluido de la comunión con Dios, porque Dios es absolutamente incompatible con el mal, con el pecado.

Por lo tanto esa idea de que “vivas como vivas, al final todos al cielo”, es una idea falsa, contraria a la enseñanza de Cristo, que nos dice que no da lo mismo vivir de una manera que de otra. Sólo que eso se verá en el último día. Mientras tanto parece que da lo mismo, porque si sale el sol, como si cae la lluvia, se benefician lo mismo el trigo que la cizaña.

Lo que no dice el evangelio de hoy, pero se insinúa en la primera lectura, es que Dios no interviene porque tiene la esperanza de que aquellos que son cizaña se conviertan en trigo. La paciencia de Dios, su “silencio” ante el mal, es oportunidad de conversión para el hombre, como dice san Pedro: “No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que lleguen todos a la conversión (2Pe 3,9). Si Dios interviniera después de cada acción del hombre, premiándola cuando fuera buena o castigándola cuando fuera mala, creer sería un negocio inteligente y se eliminaría prácticamente la posibilidad de la fe, de dar confianza a Dios, de esperar en Él.

Finalmente la primera lectura de hoy nos enseña que “el justo debe ser humano”. Nuestro primer problema es que nos cuesta mucho ser “justos”, es decir, ser personas gratas a Dios, que viven de un modo acorde a Su voluntad. Pero el segundo problema es que, muy fácilmente, cuando somos “justos”, tendemos a endurecernos en relación a los demás, tendemos a pensar que si los demás no lo son, es porque son unos gandules o unos cobardes o unos viles. Y sin embargo Dios espera de nosotros que seamos comprensivos con quienes obran el mal, que tengamos paciencia con ellos y que no dejemos de tener esperanza para cada uno de ellos, como la tiene Él. Pues nuestra verdadera victoria sobre el mal no consiste en que ardan en el infierno, por toda la eternidad, quienes lo han cometido, sino en que se arrepientan y salven su vida, que es, por cierto, lo que Dios quiere (cf. 1Tm 2,4). 

Oración para el momento de morir

¡Oh Jesús!,
al adorar vuestro último suspiro,
yo os ruego que recibáis el mío.
Ignorando actualmente si tendré el libre uso de mi inteligencia
cuando abandone este mundo,
yo os ofrezco, desde ahora, mi agonía y todos los dolores de mi muerte.
Desde hoy, acepto con sumo gusto y libremente,
el género de muerte que queráis darme,
con todos sus dolores, sus penas y sus angustias.
Vos sois mi Padre y mi Salvador.
Yo pongo mi alma en vuestras manos
deseando que mi último momento esté unido al de vuestra muerte,
y que el último latido de mi corazón
sea una acto de puro amor hacia Vos.
Amén.

(San Pío X)



XV Domingo del Tiempo Ordinario

12 de julio de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • La lluvia hace germinar la tierra (Is 55, 10-11)
  • La semilla cayó en tierra buena, y dio fruto (Sal 64)
  • La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios (Rom 8, 18-23)
  • Salió el sembrador a sembrar (Mt 13, 1-23)
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Casi con toda probabilidad podemos afirmar que esta parábola fue pronunciada por el Señor a causa de un cierto desánimo que había en sus discípulos. Éstos, en efecto, veían que eran muchas las personas que escuchaban la predicación del Señor, pero que, sin embargo, no todos se convertían en discípulos suyos. Es una cuestión siempre actual, que no vale sólo de la predicación de Jesús sino también de la predicación de la Iglesia (que es sustancialmente la misma predicación de Jesús) a lo largo de la historia. La parábola sale al paso de esta cuestión y afirma una cosa muy sencilla: que el fruto de la predicación no depende sólo de la semilla que se siembra sino también del terreno que la acoge.

A este respecto la parábola se recrea en la contemplación de los diferentes tipos de “terreno” que la Palabra de Dios puede encontrar. Todos comprendemos que el “terreno” es el corazón del hombre. La parábola viene a decirnos: no todos los corazones son iguales y por eso la misma predicación no da el mismo fruto en todos.

Hay terrenos completamente opacos a la predicación (“al borde del camino”), terrenos donde la tierra está endurecida y por eso la semilla no puede ni siquiera entrar. Todos sabemos que, para poder sembrar, antes hay que arar la tierra y dejarla mullida, para que la semilla pueda ser recibida en ella. ¿Cómo “arar” esa tierra, como “abrirla” para que pueda recibir la semilla del Reino? Parece que la única solución posible sea el sufrimiento, que rompe la costra de falsas seguridades que los hombres nos construimos. Ciertamente el Señor no ama vernos sufrir y nunca el sufrimiento es para Él un objetivo por sí mismo; pero tal vez los hombres no le dejamos otra posibilidad para que pueda abrir nuestro corazón endurecido a su gracia. Como dice un salmo: “me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandatos”.

Otros corazones están abiertos, pero no están dispuestos a sufrir lo más mínimo a causa de la palabra de Dios, a causa del Reino de los cielos. Son los terrenos pedregosos. Es el caso de quienes quieren ser cristianos pero siendo social, cultural y políticamente correctos, no son capaces de soportar la tensión entre Dios y el mundo, entre la sociedad y la Iglesia, y como ven que la fidelidad a Dios les trae problemas, se echan hacia atrás. 

Están también los que sinceramente quieren ser cristianos, pero haciendo del cristianismo “una cosa más” de su vida, en vez de hacer de él el eje y el centro de su vida. Quieren que sus hijos vayan a la catequesis pero sin dejar de ir a judo, kárate, informática, ballet, inglés etc. etc. y, al final, para lo que no hay tiempo es para la catequesis, para la fe, para Dios, porque son incapaces de subordinar todo lo demás a la fe. Pero Dios no viene a nosotros para ser “una cosa más” en nuestra vida sino para ser el primero en ella. Es el terreno lleno de zarzas: uno se “enreda” en ellas.

Finalmente están también los corazones abiertos a la Palabra de Dios y dispuestos a que ella sea lo primero en su vida. Éstos son los que dan fruto y son gratos a Dios. “Así dice el Señor: los cielos son mi trono y la tierra el estrado de mis pies (...) Y ¿en quién voy a fijarme? En el humilde y contrito que
tiembla a mi palabra” (Is 66,1-2).
¿Qué conclusiones debemos sacar de esta parábola? Por lo menos tres. La primera consiste en  recordar que, si eres sembrador de la Palabra del Reino -y todos lo somos, por el hecho de ser cristianos- lo más importante es que la semilla que sembremos sea, de verdad, la semilla del Reino de Dios. No existimos para sembrar la semilla de los derechos humanos, o de la difusión cultural o artística, o para gestionar el tiempo libre; existimos -los cristianos- para sembrar la semilla del Reino de Dios. Por lo tanto, cada vez que hablamos de Dios, o de su Iglesia, o de su Reino, preocupémonos de hablar de eso, de presentar el cristianismo como lo que es: no un ambulatorio de la seguridad social o un puesto de la Cruz Roja, sino el anuncio de la novedad que, por Cristo, se le ofrece al hombre, el anuncio del don del Espíritu Santo.

La segunda conclusión es la que expresa la parábola diciendo: “el que tenga oídos que oiga”; lo que es como decir: que cada cual se aplique el cuento. Y lo que el cuento dice es: ¿qué clase de tierra soy yo, qué clase de terreno es mi corazón? Porque si no soy “tierra buena” no podré nunca verificar
la verdad del cristianismo.

Y la tercera conclusión es la que se expresa en las palabras: “unos ciento, otros sesenta, otros treinta”: Dios no te pide que seas el que más fruto da, sino que des fruto. Hay que evitar la tentación del “o todo o nada”, la tentación de decir “o soy un excelente cristiano o no soy cristiano”. Porque ese planteamiento viene del orgullo. Lo importante es que te dejes fecundar por la semilla del Reino, que la dejes obrar en ti y que no desprecies su fruto, aunque sea poco, porque Dios no lo desprecia.

Libertad y determinismo

Este cuerpo que soy yo y que dice yo, es el resultado de una progresiva conjunción de herencia, circunstancia, azar, destino y libertad. Ni me hago desde cero, ni estoy tan determinado que carezca de libertad. Pero es una libertad limitada, corpórea, finita, relacionada con otros, no divina sino humana, condicionada y en situación. Condicionado desde fuera y desde dentro, trato de trascender el condicionamiento, sin lograrlo por completo.

Consideremos vivencias como, por ejemplo, “quiero y no puedo”, “quiero y no quiero”, “puedo y no quiero”, “puedo y quiero, pero no me dejan hacerlo”. Estas paradojas de la libertad reflejan la riqueza y la contradicción humanas. Parezco libre y parezco no serlo; tengo que ser libre, pero es difícil; necesito ser libre, aunque a veces no quisiera serlo. Contra la objeción del determinismo, valdría la distinción de Zubiri: “La libertad no está en la indeterminación, sino en la manera en que yo me determino. Es determinación, aunque determinación libre”. Siempre es posible encontrar un antecedente determinante de una acción. Pero si lo he puesto yo libremente, podré decir que la determina de un modo no determinístico. Sin suprimir los determinismos, los utilizamos aprovechando sus posibilidades. Asumimos los determinismos de la espaciotemporalidad y reorientamos los dinamismos que nos condicionan. Nos subimos a un caballo desbocado y lo sujetamos por las crines hasta domarlo, aunque no siempre lo conseguimos. El perro hambriento ante el pedazo de carne es un circuito cerrado. El ser humano en la misma situación es un circuito abierto: puede distanciarse y preguntarse si lo come o no lo come, si lo come ahora o lo deja para después etc.

Lo que expresan estos ejemplos tan simples es la característica del ser humano como “esencia abierta” (Zubiri). No estamos totalmente programados, sino inacabados; tenemos que hacernos decidiendo cómo queremos ser (Ortega). Para el ser humano “hoy es siempre todavía” (Machado).

No es fácil analizar cómo se movilizan las energías del agente en la dirección de una acción determinada. No es fácil dilucidar si, en un momento dado, uno mismo ha movilizado sus energías de una manera escogida por él mismo para decidir el paso a la acción. Pues nuestras acciones son descargas de energía que no siempre tienen que ver con lo cognoscitivo. ¿Cómo se desencadenan mis energías y cómo se orientan en una determinada dirección? ¿Es posible que, al menos a veces, sea yo mismo quien desencadene esas energías según una orientación escogida por mí? Libertad es lo que capacita al ser humano para este modo de conducta. Obrar libremente es un modo de conducirse el sujeto cuando asume su situación con señorío y hace algo propio con lo que la vida va haciendo de él.

En vez de hablar de que el hombre es libre, es preferible comenzar diciendo que este ser, capaz de esclavizarse y esclavizar a los demás, experimenta también una exigencia de liberarse. Al plantear la cuestión de la libertad desde los condicionamientos, hay que ser consciente de que se plantea desde muestra corporeidad vivida y desde nuestra limitación social y cultural. Como indica el origen social del término, ser libre significa no estar encarcelado. Desde ahí podemos pasar a distinguir entre ser “libres de” y ser “libres para”. En el primer sentido, ser libres sería no estar totalmente sujetos al determinismo causal de influjos de fuera y pulsiones de dentro. En el segundo sentido, ser libre sería disponer de un margen para autodeterminarse, eligiendo o asumiendo.

Desde esta perspectiva, la tarea de hacerse libre pesa más que la pregunta abstracta sobre si hay libertad. Obrar libremente sería conducirse no determinística, aunque determinadamente, con dominio o señorío para asumir la propia situación; no para modificarla incondicionadamente a capricho. Libertad no es una capacidad para hacer cualquier cosa al margen de las leyes físicas o psíquicas, sino hacer algo con lo que la vida ha hecho de mí. Ni me hago yo solo, ni me hacen. Me hago y hago algo de mí, con lo que las circunstancias han hecho de mí. Paul Ricoeur afirma, con toda razón, que la libertad se hace acogiendo lo que no hace. Querer no es crear: mi libertad es humana y no divina; no es pura racionalidad, sino limitación corporal; no está encarnada en un cuerpo dócil, sino resistente; no es la libertad de un sujeto aislado, sino en una circunstancia y con un carácter. Así de vulnerable es nuestra libertad.

La libertad me sitúa en una perplejidad: tengo que hacer mi vida, lo cual depende en gran parte de mí, que digo “yo” y pretendo ser libre; y, por otra parte, me la dan ya bastante hecha, porque ese yo que ha de hacer su vida, es un yo en sus circunstancias. No consistirá mi libertad, por tanto, en prescindir de las circunstancias, sino en hacer algo con lo que ellas han hecho de mí. A veces tenemos la impresión de que predomina nuestra pasividad frente a lo que nos estimula desde fuera. Son muchos los datos que nos inclinan a percibir nuestra vida como si estuviera dirigida desde fuera, como si nos dejáramos arrastrar, pasiva e involuntariamente, por la corriente de lo que nos estimula. También son muchos los datos que refuerzan nuestra impresión de pasividad e involuntariedad con relación a los impulsos que nos empujan desde dentro: nos sentimos arrastrados por la corriente de lo pulsional y lo imaginativo-emotivo, apoderándose de la experiencia de nuestro vivir. Ante estas impresiones nos preguntamos: si me arrastran desde fuera y me empujan desde dentro, ¿es que yo no soy yo? O, si soy yo y puedo decir yo con todo derecho, ¿es que se trata de un yo meramente pasivo, como si fuera una marioneta, o de un yo como espectador de lo que ocurre dentro de él, o de lo que tira de él desde fuera? San Agustín habría respondido que no: “lo que hacía contra mi voluntad, veía que era más padecer que obrar”, afirma en las Confesiones (VII, 3).




Extraído de: Juan MASIÁ CLAVEL, Animal vulnerable. Curso de antropología filosófica, Trotta, Madrid, 2015, pp.115; 140; 145-147.







XIV Domingo del Tiempo Ordinario

5 de julio de 2020
(Ciclo A - Año par)






  • Mira a tu rey que viene a ti pobre (Zac 9, 9-10)
  • Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey (Sal 144)
  • Si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis (Rom 8, 9. 11-13)
  • Soy manso y humilde de corazón (Mt 11, 25-30)
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En el evangelio de hoy el Señor da gracias al Padre, que es el Señor del cielo y de la tierra, por haber escondido su plan de salvación a los ojos de los sabios y entendidos y haberlo revelado, en cambio, a la gente sencilla. Los “sabios y entendidos” son los que razonan según la lógica humana que nos dice que para “destruir a los carros de Efraím y a los caballos de Jerusalén” lo que hace falta son unos carros más potentes y unos caballos más veloces. Y sin embargo Dios anuncia, por medio del profeta Zacarías, que Dios alcanzará esa victoria mediante un rey modesto que “cabalga en un asno, en un pollino de borrica”. 

Los sencillos de corazón son los que, antes que nada, piensan en Dios y dicen: si Dios lo quiere podrá ocurrir. Son como niños que están seguros del poder y de la fuerza de su padre y que lo creen todo posible si su papá está allí e interviene. Con estas palabras el Señor nos invita a buscar la sencillez de corazón, que consiste en prestar mucha más atención, en todos los asuntos, a la existencia de Dios, a Su voluntad y a Su poder, que al entramado de causas segundas que intervienen en ellos. Quien así procede está convencido de que “para Dios nada hay imposible” (Lc 1,37), tal como le dijo el ángel Gabriel a la Virgen María. La Virgen era sencilla de corazón, y por eso respondió: “aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).

Lo nuclear cristiano


Si tuviéramos que buscar una palabra que pudiera indicar el núcleo del cristianismo, aquello sin lo cual no hay cristianismo, podríamos recurrir sin temor a equivocarnos a la palabra amistad: “Ya no os llamo siervos, sino amigos, porque todo lo que el Padre me ha dicho os lo he dado a conocer” (Jn 15, 14).

La palabra siervos indica la concepción habitual que los hombres tenemos de la relación con Dios, una relación comparable a la que tiene un siervo con su amo: si el siervo cumple correctamente lo que su amo ha mandado, puede esperar, con toda razón, que recibirá la recompensa prometida.

A pesar de la corrección de este planteamiento, Jesús lo descarta y elige la palabra amigos para describir lo que Él nos ha venido a ofrecer. Con esta palabra Jesús, de entrada, nos dice dos cosas: (1) Dios te ama, eres amado por Dios, Yo te amo y (2) entre Dios y tú hay un ámbito de confidencialidad, de apertura del corazón, de comunicación de lo secreto e íntimo de cada uno, el ámbito propio de la amistad.

Vivir el cristianismo es vivir esta amistad, es existir en este encuentro continuo con Cristo y a través de él con el Padre y el Espíritu Santo, en el que se me hace patente que Dios me ama –me ama ya ahora, con todos los defectos, los límites, los miedos, los complejos y los pecados que me acompañan-, y en esa relación de amor Él me abre su corazón, me cuenta sus secretos, sus deseos más íntimos –“que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tm 2, 4)-, me comunica su visión de la realidad, del ser, del universo, de las cosas, de la vida –“en el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn 1, 1)- y, sobre todo, del hombre, que para Él nunca es “un ser más” porque es el ser que lleva Su “imagen y semejanza” (Gn 1, 26), y me ilumina sobre lo que me hace crecer y lo que bloquea mi crecimiento personal, porque Él quiere que yo crezca hasta la altura de Dios y que así pueda existir con Él y en Él, por toda la eternidad.