Y líbranos del mal

El mal

A medida que se avanza en la vida se va tomando conciencia de la vastedad del dominio del mal, así como de la variedad de sus formas. Cada vez se percibe con más exactitud cuánta enfermedad y dolor hay, qué incontables son los cuidados y estrecheces de la vida, qué grande puede llegar a ser la angustia en la inseguridad de la existencia.

El mundo yace en el mal. Y el mal no es solamente caos, ausencia de ser, sino que testimonia de una inteligencia perversa que, a base de un horror sistemáticamente absurdo, quiere hacernos dudar de Dios, de su bondad. En verdad, no se trata sólo de la “privación del bien” de la que hablan los Padres, no se trata sólo de ese “déficit de ser” por el cual Lacan define al hombre, sino del Maligno, del Malo; no la materia, ni el cuerpo, sino la más alta inteligencia encerrada sobre su propia luz…

Hay que decir que Dios no ha creado el mal y que ni siquiera lo ha permitido. “La faz de Dios chorrea sangre en la sombra”, decía Léon Bloy, en una expresión que citaba a menudo Berdiaev. Dios recibe el mal en pleno rostro, como Jesús recibía las bofetadas con los ojos vendados. El grito de Job sigue resonando y Raquel sigue llorando a sus hijos. Pero la respuesta a Job ha sido dada: es la Cruz. Dios crucificado sobre todo el mal del mundo, pero haciendo estallar en las tinieblas una inmensa fuerza de resurrección. Pascua es la Transfiguración en el abismo.

El conocimiento que Jesús tiene del mal

¿Qué piensa Jesús sobre el mal? Jesús ha conocido el mal porque su corazón ha sentido el sufrimiento de los hombres, su pobreza, su enfermedad, su abandono, la opresión de los poderosos, la oscuridad del pecado y del error. Lo ha conocido también por experiencia propia: apenas nacido tuvo que huir a un país extraño. Aun cuando no se pueda hablar de auténtica pobreza, los suyos, ciertamente, no estaban bien dotados. Sobre él mismo dijo aquellas duras palabras: “Los zorros tienen madrigueras y los pájaros del cielo tienen nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8, 20). Tan pronto como empieza a predicar ya están ahí sus enemigos y actúan contra él. Su palabra es mal entendida y deformada. Calumnias de toda especie deforman sus intenciones. En torno de él hay terrible soledad, pues incluso entre aquellos que le apoyan ninguno le entiende durante su vida. En definitiva todo eso se reúne en la mentira de la acusación, en la ignominia del juicio injusto, en los espantos de las últimas horas. Pero tras ello hay un sufrimiento de que no tenemos idea: que él, el santo, tuviera que vivir en el ámbito del pecado; que lo hubiera asumido sobre sí y que tuviera que responder de él; algo que rebasa nuestro pensamiento y que se indica en las palabras de Getsemaní y en el Gólgota. Por eso la cruz es el símbolo de su existencia. Y eso significa que él ha sabido, por su más propia experiencia, cómo es el mal, aunque interiormente era tan libre que no se sometía a él.

Qué hace Jesús frente al mal

Jesús no curó a los enfermos con miras a obtener el objetivo, por más lejano que fuera, de que la enfermedad quedara superada un día, sino para que en la curación del cuerpo se hiciera evidente al hombre lo que es en absoluto “curación” y “salvación”. El alma debía abrirse a lo que cura y salva de modo definitivo, y eso ya no es nada médico. Asimismo, al dar de comer a muchos en el desierto, no fue con la intención de que allí, y en otro lugar, y, en definitiva, en el mundo entero dejara de haber hambre, sino que él quería provocar el hambre auténtica, tal como había dicho ya muy pronto: “Trabajad no por el alimento corruptible, sino por el alimento que os dará el Hijo del hombre” (Jn 6, 27). Es decir, Jesús ve lo que está mal y apoya lo que puede socorrer; pero ¿y en última instancia? ¿Qué hay para el final de la larga historia humana? Lean ustedes Mt 24 y 25; allí se presentan los grandes terrores, y quien sabe algo del hombre auténtico y de la historia auténtica, presiente, a pesar de toda voluntad de adelanto y de toda energía de producción y logro: así ha de ser.

II Domingo del Tiempo Ordinario


15 de enero de 2017
(Ciclo A - Año Impar)






  • Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación (Is 49, 3. 5-6)
  • Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad (Sal 39)
  • A vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre del Señor Jesucristo (1 Cor 1, 1-3)
  • Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29-34)
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Padre, me pongo en tus manos

Padre,
me pongo en tus manos,
haz de mí lo que quieras,
sea lo que sea;
te doy las gracias,
lo acepto todo,
con tal que tu voluntad
se cumpla en mí,
y en todas tus criaturas.
No deseo nada más,
Padre,
no deseo nada más.
Yo te ofrezco mi vida
y te la doy
con todo el amor de que soy capaz.
Porque deseo darme,
ponerme en tus manos,
sin medida,
con infinita confianza,
porque tú eres mi Padre.

Amén.


Beato Carlos de Foucauld

Bautismo del Señor


8 de enero de 2017
(Ciclo A - Año Impar)






  • Mirad a mi siervo, en quien me complazco (Is 42, 1-4. 6-7)
  • El Señor bendice a su pueblo con la paz (Sal 28)
  • Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo (Hch 10, 34-38)
  • Se bautizó Jesús y vio que el Espíritu de Dios se posaba sobre él (Mt 3, 13-17)
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Epifanía del Señor


6 de enero de 2017
(Ciclo A - Año Impar)






  • La gloria del Señor amanece sobre ti (Is 60, 1-6)
  • Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra (Sal 71)
  • Ahora ha sido revelado que los gentiles son coherederos de la promesa (Ef 3, 2-3a. 5-6)
  • Venimos a adorar al Rey (Mt 2, 1-12)
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Naturaleza y persona


"El que nace lechón, muere cochino", dicen en la huerta de Murcia. Con esta frase se intenta expresar la verdad de que cada ser humano posee un modo de ser propio de él, una manera peculiar de sentir, de reaccionar, de posicionarse sobre las cosas y los acontecimientos. Es lo que podríamos llamar la naturaleza propia de cada cual; no la naturaleza en sentido general y común a todos los hombres (como cuando hablamos de la "naturaleza humana" compartida por todos los hombres), sino la manera de ser y de actuar típica de cada uno. De tal manera que, situados ante un acontecimiento nuevo, imprevisto, quienes conocemos a Fulanito podemos decir, casi sin margen de error: si Fulanito estuviera aquí seguro que haría esto. Estamos convencidos de ello, porque conocemos la naturaleza de Fulanito, su típica manera de ser y de actuar. Y la comodidad de todos en la vida social acepta con gusto que las cosas sean así, porque eso nos asegura una existencia sin demasiadas sorpresas.

Podríamos decir que la tarea espiritual del hombre que quiera de verdad desarrollar su humanidad, consiste en desmentir lo anteriormente dicho, desarrollando su ser personal. Su ser personal significa su libertad, es decir, su capacidad de actuar como si no tuviera la naturaleza que ciertamente tiene y por la que los demás lo conocen. Su ser personal significa su capacidad de iniciar una serie nueva de fenómenos, de acontecimientos, que es precisamente "nueva" porque nada hacía pensar que eso fuera lo que iba a hacer y…, sin embargo, es lo que ha hecho. Al obrar así ha mostrado que la suma de todas sus características genéticas, biológicas, educacionales, psicológicas, sociales -que sin duda alguna tiene y que configuran lo que hemos llamado su "naturaleza" individual- no equivale sin más a su ser, a su yo; que él posee otras referencias que están más allá de todo eso y que pueden dar lugar a comportamientos inesperados. Esta capacidad es lo que llamamos persona.

Para cada uno de nosotros lo más fácil y cómodo, lo que nos supone un menor coste de energía psíquica y espiritual, es actuar según nuestra naturaleza. Entonces nuestra conducta se desarrolla casi de manera automática mediante un sistema de acción-reacción, de estímulo-respuesta, que justamente está regido por nuestra naturaleza. Para actuar de manera verdaderamente personal necesitamos invertir una energía psíquica y espiritual por la que, ante cada acontecimiento y ante cada aspecto de la realidad, nos preguntamos cómo debemos actuar; entonces "suspendemos" momentáneamente nuestra espontaneidad -que consiste en actuar según nuestra naturaleza- para determinar cómo vamos a hacerlo en este momento, en esta situación, en esta coyuntura. Y para encontrar la respuesta, tenemos que hacer referencia a unos elementos que no son visibles en la situación en la que estamos, pero que para nosotros son, en el fondo, lo más importante. Esos elementos los podemos llamar "valores" y nuestro obrar va a estar determinado por la voluntad de encarnar en la situación en la que vamos a actuar un determinado valor.

Santa María, Madre de Dios


1 de enero de 2017
(Ciclo A - Año Impar)






  • Invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré (Núm 6, 22-27)
  • Que Dios tenga piedad y nos bendiga (Sal 66)
  • Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer (Gál 4, 4-7)
  • Encontraron a María y a José y al niño. Y a los ocho días, le pusieron por nombre Jesús (Lc 2, 16-21)
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Sagrada Familia: Jesús, María y José


30 de diciembre de 2016
(Ciclo A - Año Impar)






  • Quien teme al Señor honrará a sus padres (Eclo 3, 2-6. 12-14)
  • Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos (Sal 127)
  • La vida de familia en el Señor (Col 3, 12-21)
  • Toma al niño y a su madre y huye a Egipto (Mt 2, 13-15. 19-23)
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El misterio del templo en la historia de la salvación

Catequesis parroquial nº 135

Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 21 de diciembre de 2016

Para escuchar la charla en ivoox, pulse aquí: http://www.ivoox.com/15442552

Para escuchar la charla en YouTube, pulse aquí: 

Natividad del Señor (Misa a medianoche)


25 de diciembre de 2016
(Ciclo A - Año Impar)






  • Un hijo se nos ha dado (Is 9, 1-3. 5-6)
  • Hoy nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor (Sal 95)
  • Ha aparecido la gracia de Dios a todos los hombres (Tit 2, 11-14)
  • Hoy nos ha nacido un Salvador (Lc 2, 1-14)
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No nos dejes caer en la tentación


INTRODUCCIÓN

Al hacer todas las peticiones anteriores del padrenuestro tenemos la sensación de estar pidiendo cosas luminosas, de estar entrando en un reino de luz; sin embargo, al hacer esta petición, tenemos la sensación de que algo turbador asoma por el horizonte. Ese algo turbador es, en efecto, la tentación, es decir, aquella propuesta que nos incita a obrar el mal, a entregarnos a los poderes del mal y secundarlos (Guardini).

NO ES LO MISMO “TENTACIÓN” QUE “PRUEBA”

La palabra sombría de esta petición es la palabra “tentación”. La tentación es la incitación al mal, el deseo, el gusto, la tendencia, la complacencia en hacer el mal. No es lo mismo “tentación” que “prueba”. “Tentación” significa inducción al mal, y por lo tanto Dios no tienta nunca a nadie: “Que el cielo nos preserve de creer que Dios pueda tentarnos” (Tertuliano) (cf. Si 15, 11-12). “Prueba”, en cambio, significa una situación dura, difícil de soportar y de llevar bien. La prueba es un terreno propicio a la tentación, pero no es una tentación. Por eso el Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que «el Espíritu Santo nos hace discernir entre la prueba, necesaria para el crecimiento del hombre interior (cf. Lc 8, 13-15; Hch 14, 22; 2Tm 3,12) en orden a una “virtud probada” (Rm 5, 3-5), y la tentación que conduce al pecado y a la muerte (cf. St 1, 14-15)» (CEC 2847). 

La vida humana de todo hombre en la tierra es una prueba, como afirma el libro de Job: “¿No es prueba la vida del hombre sobre la tierra?” (Jb 7, 1). Y aunque la prueba no sea de por sí una tentación, es ciertamente un terreno propicio para las tentaciones, pues, a causa del pecado original, hay en nosotros una inclinación muy fuerte al pecado, la concupiscencia, que domina, según dice san Juan, “todo lo que hay en el mundo: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas” (1Jn 2, 16). Estas tres concupiscencias están en el corazón de cada hombre y por eso san Agustín afirma: “Por el bautismo, quedaréis libres de todos vuestros pecados, pero quedarán con vosotros todas las concupiscencias, contra las cuales debéis combatir. Queda el conflicto dentro de vosotros mismos”. Y ese conflicto hace que, mientras andamos por la tierra revestidos de la carne que “milita contra el espíritu” (Ga 5, 12), cuyo “apetito es enemistad con Dios y no se sujeta ni puede sujetarse a la ley de Dios” (Rm 8, 7), no podamos escapar de la condición de ser tentados y de los sufrimientos que ello comporta. Por eso dice san Pablo: “Por muchas tribulaciones nos es preciso entrar en el reino de Dios” (Hch 14, 22).

IV Domingo de Adviento


18 de diciembre de 2016
(Ciclo A - Año Impar)






  • Mirad: la virgen está encinta (Is 7, 10-14)
  • Va a entrar el Señor, él es el Rey de la gloria (Sal 23)
  • Jesucristo, de la estirpe de David, Hijo de Dios (Rom 1, 1-7)
  • Jesús nacerá de María, desposada con José, hijo de David (Mt 1, 18-24)
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Alabanza a María

Salve maría,
llena de gracia
más santa que los santos,
más elevada que los cielos,
más gloriosa que los querubines,
más digna de honor que los serafines,
más venerable que toda criatura.

Salve Paloma
que nos traes
el ramo de olivo
que nos anuncia 
a Aquel que nos libra
del diluvio espiritual
y nos conduce al puerto de salvación.


San Germán de Constantinopla

III Domingo de Adviento


11 de diciembre de 2016
(Ciclo A - Año Impar)






  • Dios viene en persona y os salvará (Is 35, 1-6a. 10)
  • Ven, Señor, a salvarnos (Sal 145)
  • Manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca (Sant 5, 7-10)
  • ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? (Mt 11, 2-11)
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La Inmaculada Concepción


8 de diciembre de 2016
(Ciclo A - Año Impar)






  • Establezco hostilidades entre tu estirpe y la de la mujer (Gén 3, 9-15. 20)
  • Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas (Sal 97)
  • Nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo (Ef 1, 3-6. 11-12)
  • Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo (Lc 1, 26-38)
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La santidad en el infierno


(La autora de estas reflexiones es una mujer judía, de familia acomodada y no practicante, que creció en el ateísmo. En 1944 se encontraba estudiando derecho en Grenoble, donde se había refugiado para intentar escapar de la Gestapo. El 26 de febrero de 1944 tuvo una inesperada revelación de Dios. A los quince días fue detenida por la Gestapo y deportada al campo de exterminio de Auschwitz. Consiguió sobrevivir y cuando regresó a Francia en septiembre de 1945 entabló relación con el sacerdote suizo Charles Journet que la bautizó el 2 de febrero de 1946. Su relato nos permite escuchar una voz creyente que habla desde el infierno de un campo de exterminio.)

Las condiciones de vida devastaban física y psíquicamente a las personas, las hacían seres insensibles, sumarios, brutales; pero la devastación de los corazones provenía de la reacción ante la muerte. Los seres se perdían en la medida en que el pánico de la muerte los precipitaba hacia la oportunidad de vivir, como hacia la salida de una sala que arde (…) Cuanto más se abalanzaban así sobre la vida, a cualquier precio, más se perdían, más se vaciaban de lo humano, más se alteraban, más se convertían en el habitáculo de una bestia inmunda y voraz, y más se hacía en nosotros una noche, incluso sobre los sentimientos que creíamos más inalterables. No quedaba más que esta noche opaca en la que los seres sólo escuchaban el vientre repugnante de esa bestia que no quiere morir.

La selección era una invención satánica, obra de un espíritu demoníaco. Consistía en hacer desfilar a los Judíos desnudos delante del médico de las SS que, sin ningún dossier médico ni ningún criterio, designaba a los que al cabo de una semana iban a ser conducidos a la cámara de gas. La selección es un hecho único en la historia. Menguele y los otros médicos seleccionadores se erguían, ebrios de sí mismos, queriendo quitar a Dios su libertad, embriagados por ejercer esa libertad contra toda lógica. Elegían sin criterio por la alegría de elegir. El universo de su placer consistía en aterrorizarnos y en hacer que nos odiáramos mutuamente: “Tú estás delgada y llena de granos, tú deberías morir y no yo”. Quizá aquel día habían designado a las más gruesas para morir. No seguían ningún criterio para dejarnos en el pánico y el odio. Debíamos pertenecer al médico seleccionador: cuerpos para quemar y almas para estropear. Nos hacían oscilar en el sinsentido, el vacío y la desesperación. Gozaban de vernos como condenados que nos vigilábamos unos a otros para ver quién escapaba de la selección. Estábamos como suspendidos en un mundo carente de toda necesidad, el mundo de la contingencia. Esos ojos del demonio, esas miradas gélidas, yo no podría volver a verlas una segunda vez.

Pero también estaban las que tenían un alma sana y sabían aceptar lo inevitable con desprendimiento y serenidad. Cuanto más se desprendían de la vida presente y consentían a la muerte, más preservados estaban interiormente y más eran semejantes a sí mismos, más eran. En Birkenau el individuo empezaba a nacer en el momento en que aceptaba la muerte. Una mujer, que destacaba por su belleza, me dijo: “¿Pero tú crees que ellos pueden verdaderamente algo?” ¡Su risa era tan ligera que siempre la escucharé! Acababa de decir la única palabra sabia que yo escuché en el campo. ¡En efecto, ellos no podían nada! Toda esa sanguinaria y grotesca maquinaria de gran guiñol no podía nada. Todo su poder procedía de la vileza de nuestros corazones.

II Domingo de Adviento


4 de diciembre de 2016
(Ciclo A - Año Impar)






  • Juzgará a los pobres con justicia (Is 11, 1-10)
  • Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente (Sal 71)
  • Cristo salva a todos los hombres (Rom 15, 4-9)
  • Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos (Mt 3, 1-12)
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Rogar a Dios por vivos y difuntos


“Guardar amorosamente memoria de los difuntos es la obra del amor más desinteresado, libre y fiel de todos” (Sören Kierkegaard)

“Lo único que podemos hacer es rezar”. Esta frase la decimos o la pensamos con mucha más frecuencia de lo que parece: expresa nuestra constatación de la impotencia en la que nos encontramos para resolver de manera satisfactoria una situación humana. Lo cual ocurre cuando, por ejemplo, nos encontramos “bloqueados” para hablar con una persona, cuando dialogar con ella nos resulta psicológicamente casi imposible. Cosa que sucede en multitud de situaciones familiares, laborales, vecinales, políticas etc., como los sacerdotes sabemos muy bien. Entonces los sacerdotes decimos: reza por esa persona, pídele al Señor que la bendiga. Porque orar por alguien es ya empezar a amarlo: “Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo” (responsorio de las segundas vísperas del oficio del común de pastores). 

I Domingo de Adviento


27 de noviembre de 2016
(Ciclo A - Año Impar)






  • El Señor reúne a todas las naciones en la paz eterna del reino de Dios (Is 2, 1-5)
  • Vamos alegres a la casa del Señor (Sal 121)
  • Nuestra salvación está cerca (Rom 13, 11-14)
  • Estad en vela para estar preparados (Mt 24, 34-44)
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Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden


Sentido general de esta petición

Mt 6, 12: “y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores”

Lc 11, 4: “Y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe”. Lucas interpreta con exactitud las “deudas” de Mt, conservando con todo en el verso siguiente el aspecto jurídico de Mt (“a todo el que nos debe”).

“Ofensas” o “deudas”, es lo mismo bajo nombres distintos, tal como explican los Padres de la Iglesia: “Es claro que el Señor llama deudas a los pecados. En consecuencia, no da aquí una orden obligando a perdonar a los deudores las deudas pecuniarias, sino todas aquellas cosas en que alguno nos hubiere ofendido. De lo cual también se deduce que esta quinta petición, en la que decimos “perdónanos nuestras deudas”, no se refiere al dinero precisamente, sino a que perdonemos todas aquellas cosas en que alguno peca contra nosotros, incluso en materia pecuniaria. Por consiguiente, es necesario confesar que debemos perdonar todos los pecados, que contra nosotros se cometen, si queremos que sean perdonados por el Padre celestial los que nosotros contra él hemos cometido”, enseña san Agustín. 

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: «Pero, aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. Ahora, en esta nueva petición, nos volvemos a Él, como el hijo pródigo (cf. Lc 15, 11-32), y nos reconocemos pecadores ante Él como el publicano (cf. Lc 18, 13). Nuestra petición comienza con una “confesión” en la que afirmamos, al mismo tiempo, nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es firme porque, en su Hijo, “tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados” (Col 1, 14; Ef, 1, 7)» (CEC 2839).

Necesitamos ser perdonados

“Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros. Mas, si reconociéramos nuestros pecados, el Señor es leal y justo para perdonarnos los pecados” (1Jn 1, 8-9).

“Ciertamente no puede suceder que, estando en esta vida día y noche, no se tenga deuda alguna” afirma Orígenes. Pues aunque no tenga conciencia de haber cometido “pecado”, el discípulo, no obstante, debe tomar conciencia de su “estado de pecado” y de su deuda. Debe darse cuenta día tras día de que no ha realizado plenamente su vocación personal. Todos los días debe confrontar su estado con las exigencias de esta vocación, que no le deja un momento de reposo.

XXXIV Domingo del Tiempo Ordinario. Jesucristo, Rey del Universo.


20 de noviembre de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Ungieron a David como rey de Israel (2 Sam 5, 1-3)
  • Vamos alegres a la casa del Señor (Sal 121)
  • Nos ha trasladado al reino de su Hijo querido (Col 1, 12-20)
  • Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino (Lc 23, 35-43)
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Para pedir la misericordia

Oh Señor, deseo transformarme toda en tu misericordia y ser un vivo reflejo de Ti. Que este supremo atributo de Dios, es decir, su insondable misericordia, pase a través de mi corazón al prójimo.

Ayúdame, oh Señor, a que mis ojos sean misericordiosos, para que yo jamás recele o juzgue según las apariencias, sino que busque lo bello en el alma de mi prójimo, y acuda a ayudarle.

Ayúdame, oh Señor, a que mis oídos sean misericordiosos para que tome en cuenta las necesidades de mi prójimo y no sea indiferente a sus penas y gemidos.

Ayúdame, oh Señor, a que mi lengua sea misericordiosa para que jamás hable negativamente de mi prójimo, sino que tenga una palabra de perdón y consuelo para todos.

Ayúdame, oh Señor, a que mis manos sean misericordiosas y llenas de buenas obras para que sepa hacer solo el bien a mi prójimo y cargue sobre mí las tareas más difíciles y más penosas.

Ayúdame, oh Señor, a que mis pies sean misericordiosos para que siempre me apresure a socorrer a mi prójimo, dominando mi propia fatiga y mi cansancio. Mi reposo verdadero está en el servicio a mi prójimo.

Ayúdame, oh Señor, a que mi corazón sea misericordioso, para que yo sienta todos los sufrimientos de mi prójimo. A nadie le rehusaré mi corazón. Seré sincera incluso con aquellos de los cuales sé que abusarán de mi bondad. Y yo misma me encerraré en el misericordiosísimo Corazón de Jesús. Soportaré mis propios sufrimientos en silencio. Que tu misericordia, oh Señor, repose dentro de mí (…).

Oh, Jesús, transfórmame en Ti, pues Tú lo puedes todo.

Amén.



XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario


13 de noviembre de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Os iluminará un sol de justicia (Mal 3, 19-20a)
  • El Señor llega para regir los pueblos con rectitud (Sal 97)
  • El que no trabaja, que no coma (2 Tes 3, 7-12)
  • Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas (Lc 21, 5-19)
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Hombre y mujer

(El texto presenta las reflexiones de Iván Grigórievich, quien desde su juventud fue internado en distintos campos de trabajo, y ahora, con la muerte de Stalin, acaba de recobrar la libertad. No tiene apenas familia y está trabajando en una ciudad, habitando como huésped en casa de Anna Serguéyevna, una mujer viuda, madre de un hijo, antigua militante comunista, ahora arrepentida de todas las tropelías cometidas contra los campesinos en nombre de la revolución)

Escuchaba a Anna Serguéyevna y la miraba. De ella emanaba una dulce luz de bondad, de feminidad. Había estado décadas sin ver a ninguna mujer, pero durante muchos años había escuchado las infinitas historias que se explicaban en los barracones: historias sangrientas, tristes, sucias. La mujer, en esos relatos era a veces un ser bajo, inferior a los animales, y otras un ser puro, sublime, superior a las santas. Pero para los detenidos la idea constante de la mujer era tan imprescindible como las raciones de pan; estaba siempre presente en sus conversaciones, en sus visiones, en sus sueños puros o turbios. 

Lo cierto es que era extraño -porque, después de su liberación, había visto a mujeres bellas y elegantes en las calles de Moscú y de Leningrado, y se había sentado a la mesa con María Pávlovna, una hermosa mujer de cabello cano-, pero ni el dolor que le había invadido cuando se había enterado de que el amor de su juventud le había traicionado, ni el encanto de la belleza y la elegancia femenina, ni la atmósfera íntima y acogedora de la casa de María Pávlovna, habían suscitado en él ese sentimiento que experimentaba escuchando a Anna Serguéyevna, mirando sus ojos tristes, su dulce cara marchita y a la vez juvenil. Y al mismo tiempo no había nada extraño en ello. No podía ser extraño aquello que sucede siempre, desde hace miles de años, entre hombre y mujer. 

Hay una fuerza satánica en prohibir, en reprimir. La prohibición que en el campo separa a los hombres de las mujeres deforma sus cuerpos y sus almas. Todo en la mujer -su ternura, su entrega, su pasión, su instinto maternal- es el pan y el agua de la vida. Y todo esto nace en ella porque en el mundo hay maridos, hijos, padres, hermanos. Y lo que colma la vida de los hombres es la existencia de mujeres, madres, hijas, hermanas.

Pero he aquí que se introduce en la vida la fuerza de la prohibición. Y todo lo que hay sencillo y bueno -el pan y el agua de la vida- revela de repente su vil maldad y su tenebrosidad. Como por obra de un hechizo, la violencia y la prohibición transforman ineludiblemente todo lo bueno en malo en el interior del hombre. 

Pero al mismo tiempo, los hombres de los campos conservaban su amor por sus mujeres y sus madres; mientras, las novias “por correspondencia” -que nunca habían visto ni verían a sus novios escogidos por carta de otros campos- estaban dispuestas a soportar cualquier tortura para seguir siendo fieles a su elegido desafortunado, para creer en aquella ficción imaginaria. 

XXXII Domingo del Tiempo Ordinario


6 de noviembre de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • El rey del universo nos resucitará para una vida eterna (2 Mac 7, 1-2. 9-14)
  • Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor (Sal 16)
  • El Señor os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas (2 Tes 2, 16-3,5)
  • No es Dios de muertos, sino de vivos (Lc 20, 27-38)
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Dedicación del Templo

Catequesis parroquial nº 134

Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 26 de octubre de 2016

Para escuchar la charla en ivoox, pulse aquí: http://www.ivoox.com/13540056

Para escuchar la charla en YouTube, pulse aquí: 

Todos los Santos


1 de noviembre de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua (Ap 7, 2-4. 9-14)
  • Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor (Sal 23)
  • Veremos a Dios tal cual es (1 Jn 3, 1-3)
  • Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo (Mt 5, 1-12a)
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XXXI Domingo del Tiempo Ordinario


30 de octubre de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Te compadeces, Señor, de todos, porque amas a todos los seres (Sab 11, 22-12, 2)
  • Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey (Sal 144)
  • Que Cristo sea glorificado en vosotros, y vosotros en él (2 Tes 1, 11-2, 2)
  • El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido (Lc 19, 1-10)
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Enterrar a los muertos


La dignidad del cuerpo de todo hombre radica en el hecho de que el cuerpo es el campo expresivo de la persona que cada hombre es, el instrumento de la presencia personal del hombre. El cuerpo del hombre nunca ha sido un “pedazo de carne”, sino que siempre ha sido “la carne de una persona”, la “visibilidad del alma, pues la realidad del cuerpo es el alma” (Schneider, citado por Ratzinger), el lugar en el mundo donde hemos podido encontrar, visualizar, escuchar, tocar, ese misterio insondable que es cada hombre. Por eso la materia que queda después de la muerte –el cadáver- no debe ser tratada como un trozo de materia más, sino que se la distingue con la sepultura, que es el último reconocimiento, en el tiempo y en el mundo, de la unicidad y singularidad de cada persona, del misterio personal que cada persona es.

“Enterrar a los muertos” es una obra de misericordia porque nace de la conmoción (rajamim) por el misterio de cada persona, a la que le otorga un último reconocimiento por el que se proclama su unicidad irrepetible, el hecho de que lo que ahí depositamos nunca fue solamente un fragmento del mundo (aunque estuviera sometido a las leyes de la naturaleza, que finalmente lo han conducido a la muerte), sino que perteneció a un ser personal, es decir, a alguien que, estando en el mundo, “no es del mundo”, porque con su apertura a la Verdad, al Bien y a la Belleza, transcendió siempre el mundo en el que estaba. Ese último reconocimiento consiste en enterrarle y en escribir su nombre sobre la tumba.

XXX Domingo del Tiempo Ordinario


23 de octubre de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Los gritos del pobre atraviesan las nubes (Eclo 35, 12-14. 16-18)
  • Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha (Sal 33)
  • Ahora me aguarda la corona merecida (2 Tim 4, 6-8. 16-18)
  • El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no (Lc 18, 9-14)
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Danos hoy nuestro pan de cada día


LA DIFICULTAD ACTUAL DE HACER ESTA PETICIÓN

Quizá sea ésta la petición del padrenuestro más difícil de hacer para nosotros. Porque esta petición nos enseña que nuestra vida ha de estar construida en la súplica, en la concesión y en la acción de gracias; y eso no es fácil de entender para nosotros, los hombres actuales, que somos hijos de la modernidad. 

La imagen del mundo de la Sagrada Escritura, desde la que habla Jesús, ve el mundo, sencillamente, en la mano de Dios. No sabe nada de leyes naturales, sino que lo que ocurre procede directamente de la iniciativa divina. Cuando llueve, es él quien bendice los campos. Cuando los animales reciben su alimento, es él quien se lo da. Si a un hombre le ocurre algo dificultoso, es una prueba del Señor del mundo. Si le va bien, es que él lo ha dispuesto así.

Pero luego el mundo se distanció de ese modo inmediato de comprenderse a sí mismo. Se formó el concepto de ley natural, el mundo se volvió un conjunto de cadenas de causalidad que se desarrollaban por sí. Ahora se había vuelto mucho más difícil decir que Dios daba lo que, según la continua experiencia, provenía de las relaciones del mundo. El mundo fue declarado “autárquico”, suficiente para sí, y el hombre, “autónomo”, señor de sí mismo y del mundo.

Con eso la petición perdió su obviedad. En lugar de la petición humana y de la concesión divina, apareció el concepto moderno de trabajo, cuyo esfuerzo produce su resultado en una proporción calculable en cada caso. Ahora ya no parecía quedar lugar para la súplica. Y con esto desapareció algo más: la gratitud. Entonces la vida se tornó dura, íntimamente dura, como no puede menos de ser cuando se trata de derecho y de cálculo. Y penetró en ella una profunda falsedad, porque al subrayar el aspecto de esfuerzo, de planificación y éxito, se olvidó que la condición inicial de la vida incipiente -como se ve en la vida del niño- es la de un cuidado y una donación que se recibe gratuitamente y que realizan sus padres. Antes de que trabajemos hemos recibido el poder absoluto de trabajar y de lograr algo, que se nos ha dado por gracia. El intento de los totalitarismos de fundar la moralidad humana en el trabajo como fuente de nuestra existencia (Arbeit macht frei) es falso, tan falso como el concepto de éxito como única medida del valor humano. En realidad lo que sostiene la existencia es, en lo más hondo, donación y agradecimiento.


EL SENTIDO DE ESTA PETICIÓN

El que le pidamos a Dios nuestro pan, no significa que renunciemos al trabajo y que pretendamos que Dios nos envía directamente desde el cielo el alimento. «”Ora et labora” (cf. San Benito, reg. 20; 48). “Orad como si todo dependiese de Dios y trabajad como si todo dependiese de vosotros”» (CEC 2834).

El que el Señor nos haya mandado pedir “el pan”, nos recuerda nuestra condición creatural, esta “pasividad radical” por la que “hemos recibido” el ser (no nos lo hemos dado). Eso significa que nuestro ser es un don, es una gracia, y que tenemos una fragilidad que nos constituye: del mismo modo que no nos hemos dado el ser a nosotros mismos, tampoco podemos asegurarnos nosotros solos “el pan” que necesitamos para mantenerlo, para seguir siendo. 


XXIX Domingo del Tiempo Ordinario


16 de octubre de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel (Éx 17, 8-13)
  • El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra (Sal 120)
  • El hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena (2 Tim 3, 14-4,2)
  • Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan (Lc 18, 1-8)
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Beata Isabel de la Trinidad

¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme totalmente de mí para establecerme en Ti, inmóvil y tranquila, como si mi alma estuviera ya en la eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de Ti, oh mi Inmutable, sino que cada momento me sumerja más íntimamente en la profundidad de tu misterio.

Pacifica mi alma; haz de ella tu cielo, tu morada predilecta, el lugar de tu descanso. Que nunca te deje allí solo sino que permanezca totalmente contigo, vigilante en mi fe, en completa adoración y en entrega absoluta a tu acción creadora.

¡Oh mi Cristo amado, crucificado por amor! Quisiera ser una esposa para tu corazón; quisiera cubrirte de gloria; quisiera amarte… hasta morir de amor. Pero reconozco mi impotencia. Por eso te pido ser “revestida de Ti mismo”, identificar mi alma con todos los sentimientos de tu alma, sumergirme en Ti, ser invadida por Ti, ser sustituida por Ti para que mi vida sea solamente una irradiación de tu Vida. Ven a mí como Adorador, como Reparador y como Salvador.

¡Oh Verbo eterno, Palabra de mi Dios! Quiero pasar mi vida escuchándote; quiero ser un alma atenta siempre a tus enseñanzas para aprenderlo todo de Ti. Y luego, a través de todas las noches, de todos los vacíos, de todas las impotencias, quiero mantener mi mirada fija en Ti y permanecer bajo tu luz infinita.

¡Oh mi Astro querido! Fascíname de tal modo que ya no pueda salir de tu irradiación divina.

¡Oh Fuego abrasador, Espíritu de amor! Ven a mí para que se realice en mi alma como una encarnación del Verbo. Quiero ser para Él una humanidad suplementaria donde renueve todo su misterio.

Y Tú, oh Padre, protege a tu pobre criatura, “cúbrela con tu sombra”, contempla solamente en ella al “Amado en quien has puesto todas tus complacencias”.

¡Oh mis Tres, mi Todo, mi Bienaventuranza, Soledad infinita, Inmensidad donde me pierdo! Me entrego a Vosotros como víctima. Sumergíos en mí para que yo me sumerja en Vosotros hasta que vaya a contemplar en vuestra luz el abismo de vuestras grandezas.

Beata Isabel de la Trinidad

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XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario


9 de octubre de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Volvió Naamán al profeta y alabó al Señor (2 Re 5, 14-17)
  • El Señor revela a las naciones su salvación (Sal 97)
  • Si perseveramos, reinaremos con Cristo (2 Tim 2, 8-13)
  • ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios? (Lc 17, 11-19)
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La felicidad

(El contexto de este diálogo es el siguiente: en la Francia ocupada y derrotada por el ejército alemán, durante la segunda guerra mundial, un teniente está “alojado” en una de las mejores casas del pueblo: la de la familia Angellier. En ella habitan la viuda Sra. Angellier, madre de un hijo que ha sido hecho prisionero por los alemanes, y la esposa de éste, Lucile, que se casó con él siguiendo el consejo de su padre que creía que ese hombre sería un buen marido para ella. Él, sin embargo, le es infiel con una modista de Dijon, cosa que ella no ignora. La autora se complace en hacer ver los sentimientos contradictorios que una presencia estable de los soldados alemanes suscita en la población, que ve en ellos a unos chicos jóvenes, muchos de ellos cultos y muy educados, y al mismo tiempo a aquellos que los han separado de sus maridos y de sus hijos, muertos en las batallas o hechos prisioneros y trasladados a Alemania. El diálogo transcurre un día en el que la suegra de Lucile está ausente; la casa está vacía y una terrible tormenta se abate sobre el lugar).

El teniente se sentó al piano. La estufa crepitaba suavemente, difundiendo un agradable calorcillo y un grato olor a humo y castañas asadas. Las gotas de lluvia resbalaban por los cristales como gruesas lágrimas. La casa estaba silenciosa y vacía, pues la cocinera había ido a vísperas.

Lucile reconocía algunos fragmentos.

- Es Bach, ¿verdad? ¿Mozart? –preguntó tímidamente.

- ¿Toca usted también?

- ¡No, no! Antes de casarme tocaba un poco, pero ya se me ha olvidado. No obstante, me gusta la música. ¡Tiene usted mucho talento, teniente!

Él la miró muy serio.

- Sí, creo que tengo talento –murmuró con una tristeza que la sorprendió, y arrancó al teclado una serie de rápidos y juguetones arpegios-. Ahora escuche esto –dijo, y sin dejar de tocar, siguió hablando en voz baja-: Esto es el tiempo de la paz, la risa de las chicas, los alegres sonidos de la primavera, el vuelo de las primeras golondrinas que regresan del sur… Estamos en un pueblo de Alemania, en marzo, cuando la nieve apenas ha empezado a fundirse. Éste es el ruido que hace la nieve cayendo en las viejas calles del pueblo. Y ahora la paz ha acabado… Los tambores, los camiones, el paso de los soldados… ¿Los oye? ¿Los oye? Esas pisadas lentas, sordas, inexorables… Un pueblo en marcha… El soldado está perdido entre los demás… Aquí entrará un coro, una especie de cántico religioso, que todavía no está terminado. ¡Ahora escuche! Es la batalla…

La música era grave, profunda, terrible…

- ¡Oh, qué hermoso! –murmuró Lucile, arrobada-. ¡Qué hermoso!

- El soldado muere, pero antes de morir oye de nuevo ese coro, que ya no viene de este mundo, sino de la milicia de los ángeles… Algo así, escuche… Tiene que ser suave y vibrante a la vez. ¿Oye usted las trompetas celestiales? ¿Oye el clamor de esos metales que derriban las murallas? Pero todo se aleja, se debilita, cesa, desaparece… El soldado ha muerto.

Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz



El 25 de noviembre de 2003,  pudimos acoger en nuestra parroquia las reliquias de Santa Teresita que estaban peregrinando por España. 

 

Ahora tenemos la alegría de que la escultura de Teresita, hecha por Arturo Serra, forme parte de nuestra parroquia que quiere tanto a esta santa. La imagen ha sido bendecida por el párroco D. Fernando Colomer Ferrándiz.

Parroquia San León Magno (Murcia)
1 de octubre de 2016

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario


2 de octubre de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • El justo vivirá por su fe (Hab 1, 2-3; 2, 2-4)
  • Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: "No endurezcáis vuestro corazón" (Sal 94)
  • No te avergüences del testimonio de nuestro Señor (2 Tim 1, 6-8. 13-14)
  • ¡Si tuvierais fe...! (Lc 17, 5-10)
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Mortificación y oración

La mortificación y la oración son las dos alas de la paloma para volar hacia las santas moradas y tener reposo en Dios, lejos del comercio de los hombres.

Del mismo modo que los pájaros no podrían volar hacia lo alto con tan sólo un ala, igualmente nosotros debemos persuadirnos de que es imposible elevarnos hacia Dios con tan sólo la mortificación, sin la oración.

La mortificación sin la oración es una pena inútil: la oración sin la mortificación es una carne sin sal que se corrompe fácilmente. Es, pues, necesario dar a nuestra alma estas dos alas para que vuele hacia la corte celestial, donde pueda encontrar la saciedad del corazón en la conversación con Dios.

Santa Juana Francisca de Chantal

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario


25 de septiembre de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Los disolutos encabezarán la cuerda de cautivos (Am 6, 1a. 4-7)
  • Alaba, alma mía, al Señor (Sal 145)
  • Guarda el mandamiento hasta la manifestación del Señor (1 Tim 6, 11-16)
  • Recibiste bienes y Lázaro males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces (Lc 16, 19-31)
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El Cenáculo

El jueves día 22 de septiembre, a las 20:45 horas, en el salón parroquial de San León Magno, un hombre joven que ha salido de la droga gracias a la comunidad cristiana -"El Cenáculo"-, fundada por la Madre Elvira (monja italiana), dará testimonio de la obra de Dios en él a través de esta comunidad.
Estáis todos invitados.

XXV Domingo del Tiempo Ordinario


18 de septiembre de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Contra los que "compran por dinero al pobre" (Am 8, 4-7)
  • Alabad al Señor, que alza al pobre (Sal 112)
  • Que se hagan oraciones por todos los hombres a Dios, que quiere que todos se salven (1 Tim 2, 1-8)
  • No podéis servir a Dios y al dinero (Lc 16, 1-13)
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Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo


“HÁGASE TU VOLUNTAD”: UNA PETICIÓN PARADÓJICA

En cuanto nos acercamos a esta frase sentimos el misterio: el que la pronuncia ruega que pueda realizarse la voluntad de Dios, que, sin embargo, es todopoderosa, tal como proclama el salmo 33: “Pues él habló y así fue, él lo mandó y se hizo” (Sal 33, 9). ¿Para qué pedir, pues, que se haga? 

La voluntad de Dios no es un querer jurídico, es un flujo de vida que da la existencia y la renueva cuando se pierde. La voluntad de Dios es, en primer lugar, la creación, el universo, todo él constituido por los logoi, por las palabras subsistentes de Dios. es la voluntad todopoderosa y soberana que “dice” y “se hace”, como lo muestra el relato de la creación, donde se repite cada día “día” la expresión. “Dijo Dios” (Gn 1, 1-26).

Pero también, en segundo lugar, la voluntad de Dios es la historia de la salvación, el diálogo dramático de amor entre Dios y la humanidad a fin de que “todos los hombres se salven” (1Tm 2, 4), y aquí es donde se inserta esta petición. Para comprender, pues, el misterio de esta petición, tenemos que recordar y distinguir los dos órdenes de la voluntad de Dios: el orden de la necesidad y el de la libertad. 

a) El orden de la necesidad

En el orden de la necesidad, el contenido de la voluntad de Dios es, en primer lugar, que exista el mundo, que todo lo creado sea. El mundo es realización de la voluntad de Dios: todo ser finito existe en obediencia a la voluntad de Dios; todo ser finito es obediencia. Obediencia, cumplimiento de la voluntad de Dios son las cosas y hechos del mundo; pues Dios ha querido que fueran como son, y que se desarrollaran como ocurre. Las leyes según las cuales subsiste y actúa el universo son expresión de la voluntad de Dios.

Él ha querido también que haya vida; plantas, con la abundancia de sus formas, creciendo, floreciendo y dando frutos. Dios ha querido que haya seres que se mueven por un impulso interior y que habitan un mundo propio (ecosistema): los animales. Todos tienen en sí su imagen específica, según la cual se realizan y se comportan. Esas imágenes son expresión de la voluntad de Dios, y su realización es una obediencia que nunca puede romperse, porque con eso se rompería la vida misma.

b) El orden de la libertad

Pero al crear al hombre, Dios introdujo un orden nuevo: el orden de la libertad: “Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves del cielo, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todos los reptiles que reptan por la tierra. Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó” (Gn 1, 26-27). Así, según la voluntad de Dios, surgió un ser diferente del animal. Lleva en sí la posibilidad del animal, pero incorporada a un nuevo conjunto de sentido. El hombre no sólo se da cuenta de las cosas, sino que las comprende: su esencia y ordenaciones, causas e influjos, origen y objetivo, fin y sentido. El hombre actúa no por necesidad, como el animal, sino libremente; y la libertad, por su parte, significa que no está encerrado en la órbita de las causas y efectos, sino que él mismo puede tomar iniciativas y por sí.

Dios ha hecho algo inaudito: entregar el cumplimiento de su voluntad a la libertad del hombre. En tanto que su voluntad se expresa en las leyes naturales, debe ocurrir; éstas son las formas de la necesidad. En tanto que determina el crecimiento de las plantas y la vida de los animales, no puede permanecer inefectiva; también aquí rige la necesidad. Pero en cuanto que la voluntad de Dios se ha confiado a la libertad del hombre, ya no “debe” ocurrir necesariamente, sino que es sólo justo que ocurra; y el hombre incluso puede rechazarla. Esta petición del padrenuestro se refiere al orden de la libertad, al misterio de la gracia en su relación a la libertad humana. 

En el corazón de Jesús, del que se dijo que “sabía lo que hay en el hombre” (Jn 2,25), había preocupación de que el hombre rechazara cumplir la voluntad del Padre, como ya había ocurrido en el paraíso y tantas veces a lo largo de la historia santa. Y por eso el Señor nos mandó orar con esta petición, para que no se malogre la posibilidad -la gracia- que Dios nos concede, en y por Jesucristo, de acoger su Reino que con Él viene. Pues cuando hacemos libremente la voluntad del Padre, entonces su Reino se hace realidad en nuestra vida y, a través de nosotros, en este mundo.

XXIV Domingo del Tiempo Ordinario


11 de septiembre de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • El Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado (Éx 32, 7-11. 13-14)
  • Me pondré en camino adonde está mi padre (Sal 50)
  • Cristo vino para salvar a los pecadores (1 Tim 1, 12-17)
  • Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta (Lc 15, 1-32)
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Líbrame

Líbrame, Jesús mío,
del deseo de ser amada,
del deseo de ser alabada,
del deseo de ser honrada,
del deseo de ser venerada,
del deseo de ser preferida,
del deseo de ser consultada,
del deseo de ser aprobada,
del deseo de ser popular,
del temor de ser humillada,
del temor de ser despreciada,
del temor de sufrir rechazos,
del temor de ser calumniada,
del temor de ser olvidada,
del temor de ser ofendida,
del temor de ser ridiculizada,
del temor de ser acusada.

Santa Teresa de Calcuta

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario


4 de septiembre de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • ¿Quién comprende lo que Dios quiere? (Sab 9, 13-18)
  • Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación (Sal 89)
  • Recíbelo, no como esclavo, sino como hermano querido (Flm 9b-10. 12-17)
  • El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío (Lc 14, 25-33)
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