V Domingo de Cuaresma

2 de abril de 2017
(Ciclo A - Año Impar)






  • Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis (Ez 37, 12-14)
  • Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa (Sal 129)
  • El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros (Rom 8, 8-11)
  • Yo soy la resurrección y la vida (Jn 11, 1-45)
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Occidente: una sociedad sin esperanza y sin Dios

Creo que nuestra sociedad de hoy, considerando a Dios como metafísicamente innecesario y proponiendo un optimismo que no se sustenta en la realidad, está agravando aún más los problemas que la aquejan. Se difunde una forma de vida escéptica y hedonista, totalmente contraria a la naturaleza del hombre, que lo daña irremediablemente. Fijémonos en la resignación, actualmente tan extendida, y en la desesperanza de tantos al no poder encontrar un sentido a la vida. Si a ello sumamos el agnosticismo como propuesta común, es decir, la invitación a no buscar la verdad última de las cosas, el panorama es desolador, pues la desesperanza va siempre unida a la ofuscación de la verdad.

Estas formas de nihilismo del hombre de hoy están en el origen de su radical pérdida de dignidad. Le han convencido de que él mismo no es sino un momento más en la evolución de la materia, el resultado del juego a ciegas del desenvolvimiento de la naturaleza. Le ha persuadido de que la realidad entera es puro materialismo y pan-naturalismo. Benedicto XVI ha expresado la novedad de esta crisis al afirmar que el hombre de hoy rechaza haber sido generado, haber recibido una naturaleza y, con ello, se niega a aceptar que en el inicio de su vida hay un don. De aquí su pretensión de poner como fundamento de su existencia una autogeneración o, lo que es lo mismo, una capacidad absoluta de “reinventarse” y redefinirse a sí mismo.

IV Domingo de Cuaresma

26 de marzo de 2017
(Ciclo A - Año Impar)






  • David es ungido rey de Israel (1 Sam 16, 1b. 6-7. 10-13a)
  • El Señor es mi pastor, nada me falta (Sal 22)
  • Levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará (Ef 5, 8-14)
  • Él fue, se lavó, y volvió con vista (Jn 9, 1-41)
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Misiones de los santos ángeles


LA UNIDAD ESPIRITUAL ENTRE ÁNGELES Y HOMBRES

Lo propio del hombre según la Biblia es ser el nexo entre la creación material (el cosmos) y esa otra dimensión de la creación divina que nos revela la Palabra de Dios: la creación invisible. Hay un vínculo misterioso y muy importante y profundo entre la creación espiritual -el mundo de los ángeles- y la creación material –nuestro universo.

En la Antigüedad y en las culturas primitivas el hombre tenía la percepción confusa, a menudo ingenua, a veces mágica, de una comunión profunda, a través de su cuerpo, entre él mismo y todo el mundo que le rodea, comunión hecha de armonías y de correlaciones. Esta convicción constituye el fondo común de todas las religiones naturales, en las que el cosmos material que el hombre habita es representado como gobernado y sostenido por un mundo espiritual que casi todas las culturas han llamado “cielo”.

Para la Escritura y para la Tradición de los Padres lo que nosotros llamamos el cosmos es como una franja de materia en los bordes del inmenso universo cualitativo que constituye la creación espiritual. El cosmos visible no es sino la parte emergente de un iceberg cuya inmensa masa permanece invisible. Nuestro universo visible está llevado por otra parte de la creación, en la que las perfecciones espirituales que aquí están impresas en la materia existen allí en una forma perfectamente espiritual.

Y lo mismo vale de las libertades. La Sagrada Escritura nos presenta siempre el pecado del ángel y la adopción del hombre como imbricadas la una en la otra. Porque para ella no existe una aventura espiritual de los ángeles que sería como un prefacio de la historia humana y después una aventura espiritual de los hombres que sería como su conclusión. Para la Escritura sólo hay una creación, un único designio creador, una única historia santa. La aventura espiritual de los ángeles y la de los hombres están inextricablemente vinculadas entre sí, para nuestra alegría y para nuestra tristeza; de hecho son la misma aventura; juntos, los ángeles y los hombres, hemos pecado. Y es en la salvación de Cristo donde los hombres nos podemos reintegrar en la familia de los primogénitos, es decir, de los ángeles que han aceptado desde el principio el designio amoroso de Dios sobre su creación.

La existencia de los ángeles nos permite percibir mejor la “insondable riqueza de Cristo” (Ef 3,8), para comprender mejor “en unión con todos los santos, cuál sea la anchura, la longitud, la altura y la profundidad” del “Misterio” o eterno designio del Padre (Ef 3,18). Y así constatamos que “Dios es mayor que nuestro corazón” y nos libera de las angosturas del racionalismo para llevarnos a la contemplación de estas “realidades invisibles” cuya existencia proclamamos en el Credo, y que nos recuerdan que la amplitud del designio divino va más allá de lo “humano”. Los Santos Padres, en los primeros siglos del cristianismo, tenían un sentido muy vivo de que la historia de la humanidad forma parte de una historia del espíritu mucho más amplia. La historia humana tiene una importancia limitada si la referimos a los espacios cósmicos. Sólo adquiere sus verdaderas dimensiones cuando comprendemos que la humanidad forma parte de un cosmos espiritual inmenso, compuesto por distintos mundos espirituales, entre los cuales nuestra Humanidad no representa más que un mundo determinado.

EL PAPEL DE LOS ÁNGELES EN LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN

Los ángeles y los hombres forman un solo y único universo, una pluralidad estructurada, ordenada, cuyos miembros, a través de su actuación, entretejen entre ellos múltiples vínculos interpersonales, que refuerzan su unidad. Todo lo que ocurre en el universo de los ángeles tiene repercusiones en el universo de los hombres, como también inversamente, aunque se trata de dos tipos asimétricos de influencia según la diferencia de dignidad ontológica entre los ángeles y los hombres. Jesucristo es la cabeza tanto de los hombres como de los ángeles, puesto que san Pablo afirma que él es “la Cabeza de todo Principado y de toda Potestad” (Col 2, 10). Tanto los ángeles como los hombres pertenecen a una sola y misma sociedad espiritual, a una sola y misma Iglesia; comulgan en una misma caridad y esperan comulgar en una misma felicidad eterna, tal como explica santo Tomás.

III Domingo de Cuaresma

19 de marzo de 2017
(Ciclo A - Año Impar)






  • Danos agua que beber (Éx 17, 3-7)
  • Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: "No endurezcáis vuestro corazón" (Sal 94)
  • El amor ha sido derramado en nosotros por el Espíritu que se nos ha dado (Rom 5, 1-2. 5-8)
  • Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna (Jn 4, 5-42)
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El sacerdocio en la Nueva Alianza

Catequesis parroquial nº 138

Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 9 de marzo de 2017

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El templo en la Nueva Alianza

Catequesis parroquial nº 137 

Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 8 de marzo de 2017

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El culto de la Nueva Alianza: el culto en espíritu y en verdad

Catequesis parroquial nº 136

Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 7 de marzo de 2017

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Jesús, Hijo de Dios, ten misericordia de mi que soy un pobre pecador


Oh Jesús, en la riqueza de tu misericordia,
Tú llamaste a los publicanos y los pecadores, vuélvete ahora, de igual modo, hacia mí, 
que soy como ellos,
y acepta mi alabanza como el incienso de la tarde:

Jesús, fuerza invencible,
Jesús, ternura infinita,
Jesús, belleza radiante,
Jesús amor inefable,
Jesús, Hijo de Dios vivo,
Jesús, ten piedad de mí que soy un pecador,
Jesús, sácame de mi ignorancia,
Jesús, disipa mis tinieblas con tu luz,
Jesús, purifícame de todas mis faltas,
Jesús, como al hijo pródigo, condúceme a la casa paterna,

JESÚS, HIJO DE DIOS, TEN MISERICORDIA DE MÍ QUE SOY UN POBRE PECADOR.

El ciego escuchó tus pasos, Señor,
y se puso a gritar: “Hijo de David, ten piedad de mí”.
Tú lo llamaste y le devolviste la vista.
De igual modo, en tu ternura, Señor,
ilumina los ojos de mi corazón. También yo, suplicando, te digo:

Jesús, Creador de los ángeles,
Jesús, Redentor de los hombres,
Jesús, Vencedor del infierno,
Jesús, que has revestido de belleza a todas tus criaturas,
Jesús, reconforta mi alma,
Jesús, ilumina mi inteligencia,
Jesús, colma mi corazón de alegría,
Jesús, da la salud a mi cuerpo,
Jesús, Salvador mío, sálvame,
Jesús, Luz del mundo, ilumíname,
Jesús, de todo tormento, líbrame,

JESÚS, HIJO DE DIOS, TEN MISERICORDIA DE MÍ QUE SOY UN POBRE PECADOR.

Cuando viste a la viuda con el corazón partido,
tuviste piedad, Señor,
y resucitaste a su hijo que ya iban a enterrar.
También yo te suplico,
a Ti, amigo de los hombres,
que devuelvas el vigor a mi alma.

Jesús, Dios desde siempre y para siempre,
Jesús, Maestro muy paciente,
Jesús, Salvador lleno de compasión,
Jesús, inmensa bondad, guárdame,
Jesús, purifícame de mi pecado,
Jesús, aparta tu mirada de mi culpa,
Jesús libra mi corazón de toda mentira,
Jesús, en Ti espero, no me abandones,
Jesús, no me rechaces lejos de Ti,
Jesús, mi Creador, no me olvides,
Jesús, el único buen Pastor, cuida de mí,

JESÚS, HIJO DE DIOS, TEN MISERICORDIA DE MÍ QUE SOY UN POBRE PECADOR.

II Domingo de Cuaresma


12 de marzo de 2017
(Ciclo A - Año Impar)






  • Vocación de Abrahán, padre del pueblo de Dios (Gén 12, 1-4a)
  • Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti (Sal 32)
  • Dios nos llama y nos ilumina (2 Tim 1, 8b-10)
  • Su rostro resplandecía como el sol (Mt 17, 1-9)
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Lo enrevesado del corazón del hombre


El corazón es lo más retorcido; no tiene arreglo:
¿Quién lo conoce?
(Jeremías 17,9)


(Miriam, la protagonista de la novela, perdió a su madre al nacer y fue educada por la segunda esposa de su padre, una mujer de gran hondura llamada Tsila. Ahora escribe desde Siberia, donde está prisionera de por vida, a su única hija, con el fin de narrarle su propia vida y que ella posea lo que Miriam nunca tuvo: el relato de la vida de su propia madre, de boca de ella. Aquí le cuenta cómo fue engendrada: en la primera y única experiencia sexual que tuvo con el marido de Beile, una hermana de su madre adoptiva Tsila. Al mismo tiempo reflexiona sobre lo difícil que es narrar con verdad la propia vida)

Mientras yo entré a la cocina a prepararme el té, él desapareció en el dormitorio. Cuando reapareció un rato después, llevaba las manos a la espalda.

“Tengo algo para ti”, dijo, y a continuación me mostró un diminuto pájaro azul tallado en madera. “Lo vi en el mercado y me recordó a ti”.

“¿Has comprado esto para mí?”.

Lo sujeté en la palma de mi mano. Encajaba perfectamente. Y estaba tan delicadamente esculpido… cada pluma definida, cada protuberancia de los músculos en un ligero relieve. Las minúsculas garras, sobre las yemas de mis dedos, se sentían ásperas y afiladas.

“¿Te gusta?”, preguntó. 

“Muchísimo”, dije, y él me besó.

Si el beso hubiese sido fuerte y brusco yo habría retrocedido, lo habría apartado de mí, pero fue suave, el roce de su bigote como una pluma contra mis labios, mi rostro, mi cuello.

“No tengas miedo”, susurró, sin dejar de rozarme levemente con la boca mientras sus manos comenzaban a desnudarme.

Todo sucedió muy rápido después de eso, pero no puedo pretender que no sentí ningún placer. Él continuó susurrándome un torrente de ternuras silenciosas, tan tranquilizadoras como el sonido del fluir del agua de un arroyo. Y había calor en sus manos. A medida que se desplazaban sobre las superficies de mi cuerpo, la sangre me brotaba bajo ellas, alzándose hacia la superficie de mi piel para encontrarse con su tacto. Él no me habría penetrado si yo lo hubiera rechazado. Eso lo creo hasta el día de hoy. Pero no lo rechacé, y el golpe de dolor que sentí al principio fue acompañado de un sentimiento afilado no del todo desagradable.

Cuando todo hubo terminado, él fue tan tierno como había sido al comienzo. Recorrió suavemente con sus dedos mis facciones, el largo caballete de mi nariz, la piel sensible de mis párpados, el borde de mis labios, el ancho trazo de mis mejillas, como si codificara mi rostro en la memoria de sus manos, su tacto en la memoria de mi piel. Y asombrada, contemplé como él lavaba de mis muslos nuestros fluidos mezclados. La sangre de mi cuerpo y el líquido blanco del suyo, como Tsila había explicado un día. Tu vida, aunque todavía no te reconocí.

* * *

I Domingo de Cuaresma


5 de marzo de 2017
(Ciclo A - Año Impar)






  • Creación y pecado de los primeros padres (Gén 2, 7-9; 3, 1-7)
  • Misericordia, Señor, hemos pecado (Sal 50)
  • Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rom 5, 12-19)
  • Jesús ayuna cuarenta días y es tentado (Mt 4, 1-11)
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El silencio y la vida monástica

Un sacerdote debe dejar un lugar importante en su vida al silencio: es vital que pueda permanecer a la escucha de Dios y de las almas que se le confían. En la formación monástica es sumamente importante para un sacerdote aprender a no hablar sin motivo. Porque la predicación implica silencio. En el ruido, el sacerdote pierde el tiempo: la cháchara es una lluvia ácida que acaba por arruinar nuestra meditación.

El silencio de Dios debería enseñarnos cuándo hablar y cuándo callar. Ese silencio que nos lleva a entrar en la verdadera liturgia es un momento para alabar a Dios, confesarlo delante de los hombres y proclamar su gloria. Recuerdo que los domingos todos los habitantes del poblado cuidaban con celo sus largos tiempos de oración personal. Estábamos en presencia de la Presencia.

El objetivo de la vida monástica consiste en alcanzar un estado más o menos habitual de oración y penitencia, de liturgia y estudio, de trabajo manual y oración. Sus días deben ir convirtiéndose poco a poco en una oración ininterrumpida: el monje se mantiene unido a Dios en todas sus ocupaciones. “El silencio y la soledad, la escucha y la meditación de la palabra sitúan constantemente el alma del monje bajo la influencia directa e íntima de la acción divina”, dice Thomas Merton.

VIII Domingo del Tiempo Ordinario


26 de febrero de 2017
(Ciclo A - Año Impar)






  • Yo no te olvidaré (Is 49, 14-15)
  • Descansa solo en Dios, alma mía (Sal 61)
  • El Señor pondrá al descubierto los designios del corazón (1 Cor 4, 1-5)
  • No os agobiéis por el mañana (Mt 6, 24-34)
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Los ángeles, existencia y naturaleza


LA EXISTENCIA DEL MUNDO ANGÉLICO ES UNA VERDAD DE FE

La existencia de los ángeles es un dato de fe. Esse angelos novimus ex fide. Nosotros creemos que los ángeles existen porque Dios nos lo ha revelado en las Escrituras tal como la Iglesia católica, asistida por el Espíritu de Cristo, las recibe y las comprende. A pesar de todas las objeciones que se pueden oponer a esta afirmación, y que el Magisterio no ignora, la iglesia sigue enseñando que la existencia de los ángeles y de los demonios forma parte integrante de la Palabra de Dios y debe ser creída con fe divina.

“Al principio creó Dios el cielo y la tierra” (Gn 1, 1). La Iglesia ha entendido siempre “el cielo” no como el firmamento astronómico (que será creado en el día segundo) sino como el mundo espiritual en el que existen los ángeles. Así en el Símbolo de Nicea confesamos que Dios es el “creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible”. “El cielo y la tierra” es una expresión para decir “todo”, “la totalidad”. De esta totalidad se afirma que tiene dos caras o dimensiones, una visible y otra invisible. Con ello se afirma que la creación es más grande que lo que nosotros con nuestros ojos corporales, incluso ayudados por potentísimos instrumentos (microscopios, telescopios), podemos contemplar. Y la dimensión invisible de la creación incluye, entre otras realidades, la existencia de otros seres espirituales, distintos del hombre y dotados también como él de inteligencia y de libertad: son los ángeles, que fueron creados antes que el hombre y que son criaturas personales, puramente espirituales, y no simples fuerzas anónimas e impersonales.

El IV Concilio de Letrán (1215) precisa de algún modo la afirmación de Nicea afirmando que Dios “creador de todas las cosas visibles e invisibles, espirituales y corporales, ha creado de la nada, por su fuerza todopoderosa, tanto a la criatura espiritual como a la corporal, es decir, a los ángeles y al mundo”. Y el Catecismo de la Iglesia Católica enseña sin equívoco alguno que la existencia real del mundo angélico no está propuesta a los fieles cristianos como una opción aceptable sino que constituye una verdad de fe. 

A lo que hay que añadir que, en la enseñanza de Cristo, la realidad del universo angélico es requerida para fundar la realidad de la dignidad del cristiano. Puesto que Jesús enseña que hay que respetar a los pequeños porque sus ángeles ven el rostro de Dios (Mt 18, 10): el Señor no construye una imagen sino que afirma una realidad.

El mundo angélico constituye el “ejército celestial” (Lc 2,13), son como los soldados o los combatientes de Dios (Mt 26,53; Ap 19,14; cf. Ap 12,7), que tiene tantos ángeles a su disposición (cf. Lc 2,13), que podría enviar a su Hijo en el acto “más de doce legiones de ángeles” para librarlo de la pasión (Mt 26,53). El autor de la carta a los hebreos habla de “miríadas de ángeles” (12,22) y el Apocalipsis de “miríadas de miríadas y millares de millares” (5,11), con lo que se expresa el número nada fácil de determinar de esos seres que constituyen el mundo celestial (Lc 15,10). El mundo angélico es un aspecto del mundo divino y por eso, en algunas ocasiones, se llega a hablar de los ángeles en lugar de Dios (Lc 12,8s frente a Mt 10,32s), aunque generalmente se mencionan junto a Dios y a Cristo como miembros de la esfera divina, celestial (cf. 1Tm 5,21; 1Pe 3,22; Ap 14,10).


QUÉ SON LOS ÁNGELES


a) Los ángeles son espíritus

Los ángeles son, por su naturaleza, espíritus y por su función mensajeros. Son espíritus en un doble sentido: porque no son materiales y porque –y esto es más profundo- han sido creados a imagen del Espíritu Santo, que es quien expresa mejor en la vida trinitaria la propiedad puramente espiritual de la naturaleza de Dios. Pues el ángel viene de la gloria de Dios, existe delante de esta gloria y la manifiesta. Y el Espíritu Santo es Él mismo la manifestación de la gloria de Dios en su persona trinitaria. De hecho encontramos numerosos textos en los que el simbolismo del número siete designa tanto el universo angélico como la plenitud de la manifestación de la gloria divina que es el Espíritu Santo (y que la comunica a los hombres por los siete espíritus angélicos) (cf. Tb 12,15; Za 4, 2 y 10; Ap 1, 12-13; 2,7; 5, 6; 19,10; 22, 6-9). También es curioso que en Hb 9,14 Jesús se ofrece al Padre “en el Espíritu eterno” y en Lc 22,43 un ángel viene a reconfortarlo en Getsemaní, que es donde Cristo se ofreció al Padre (nótese que “reconfortar” está cerca de la paraklèsis del Espíritu Santo). También en los Hechos de los Apóstoles primero es el “ángel del Señor” quien ordena partir a Felipe (He 8,26) y poco después es el “Espíritu del Señor” (He 8,39) quien lo rapta. Los ángeles son, por lo tanto, espíritus no solamente porque son inmateriales sino porque están al servicio de la misión del Espíritu Santo.


VII Domingo del Tiempo Ordinario


19 de febrero de 2017
(Ciclo A - Año Impar)






  • Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lev 19, 1-2. 17-18)
  • El Señor es compasivo y misericordioso (Sal 102)
  • Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios (1 Cor 3, 16-23)
  • Amad a vuestros enemigos (Mt 5, 38-48)
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Alma de Cristo










Alma de Cristo, santifícame
Cuerpo de Cristo, sálvame
Sangre de Cristo, embriágame
Agua del costado de Cristo, lávame
Pasión de Cristo, fortaléceme
¡Oh buen Jesús, óyeme!
Dentro de tus llagas, escóndeme
No permitas que me aparte (sea separado) de ti
Del maligno enemigo, defiéndeme
En la hora de mi muerte llámame y mándame ir a ti,
para que con tus santos te alabe
por los siglos de los siglos. Amén.

Oración en formato pdf


VI Domingo del Tiempo Ordinario


12 de febrero de 2017
(Ciclo A - Año Impar)






  • A nadie obligó a ser impío (Eclo 15, 15-20)
  • Dichoso el que camina en la ley del Señor (Sal 118)
  • Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria (1 Cor 2, 6-10)
  • Así se dijo a los antiguos; pero yo os digo (Mt 5, 17-37)
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Sois como yo

(El protagonista de la novela, que es quien habla en este texto, es hijo de padre alemán y de madre francesa, emigrado a Francia desde la infancia y perfectamente bilingüe, doctor en derecho por una universidad alemana y nazi convencido desde el primer momento. Es un hombre culto, educado y elegante, que no posee ningún odio visceral hacia los judíos, pero que percibe la cuestión alemana y la cuestión judía como lo hace Hitler, y que se alistó voluntariamente en las SS. Como oficial de las SS ha participado en matanzas multitudinarias de judíos, lo que para él no constituye ninguna “catarsis” sino un deber antipático y desagradable que, sin embargo, hay que cumplir. Ha conseguido sobrevivir a la segunda guerra mundial y hacerse pasar por un francés que fue hecho prisionero en Alemania. Ahora vive en Francia, casado con una francesa, dirigiendo una fábrica de encajes y de manera secreta escribe un largo relato de su trayectoria vital sosteniendo la tesis de que somos todos iguales y que todo lo que él hizo lo podríamos haber hecho igualmente cualquiera de nosotros)

Hermanos hombres, dejadme que os cuente cómo ocurrió. No somos hermanos tuyos, me replicaréis, y nos importa un bledo. Y es muy cierto que se trata de una tenebrosa historia, aunque también edificante, un auténtico cuento moral, os lo aseguro. Existe el riesgo de que resulte un tanto largo, porque, bien pensado, sucedieron muchas cosas, pero a lo mejor no tenéis mucha prisa; con un poco de suerte, no andáis mal de tiempo. Y además no es algo ajeno a vosotros; ya veréis como no es algo ajeno a vosotros. No estoy arrepentido de nada; hice le trabajo que tenía que hacer, y ya está. Pese a mis fallos, que han sido muchos, no he dejado de ser de esos que piensan que las únicas cosas indispensables para la existencia humana son respirar, comer, beber, defecar y buscar la verdad. El resto es facultativo.

Lo que hice, lo hice con pleno conocimiento de causa, convencido de que era mi deber y de que era necesario hacerlo, por desagradable y triste que fuera. También consiste en eso la guerra total: lo civil ya no existe, y entre el niño judío que muere en la cámara de gas o fusilado y el niño alemán a quien matan las bombas incendiarias no hay sino una diferencia de medios: esas dos muertes eran inútiles por igual, ninguna de las dos abrevió la guerra ni un segundo, pero en ambos casos el hombre o los hombres que los mataron creían que era justo y necesario; si se equivocaron ¿a quién hay que condenar?

V Domingo del Tiempo Ordinario


5 de febrero de 2017
(Ciclo A - Año Impar)






  • Surgirá tu luz como la aurora (Is 58, 7-10)
  • El justo brilla en las tinieblas como una luz (Sal 111)
  • Os anuncié el misterio de Cristo crucificado (1 Cor 2, 1-5)
  • Vosotros sois la luz del mundo (Mt 5, 13-16)
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La sabiduría del corazón

La sabiduría del corazón surge de la confrontación de nuestra vida humana con la vida de Dios. De ahí viene el don de discernimiento, el don de ponderación, la comprensión de lo que tiene sentido y de lo que no lo tiene. Pues la sabiduría consiste en saber discernir entre lo valioso y lo barato, entre lo perdurable y lo caduco, entre lo auténtico y la apariencia.

Si preguntamos a la sabiduría lo que hemos de hacer, ella nos responde diciendo: tienes que introducir en tu vida cosas de la índole de Dios, es decir, cosas que no solo se acumulen, no solo exciten, sino que sean válidas, nutricias, constructivas, perdurables, cosas, por ejemplo, como el bien, la paciencia y el respeto por la libertad del otro.

Cuando he cumplido una obligación a pesar de que me resultaba desagradable, la situación pasa, la acción termina, pero algo permanece: el bien realizado. Esto es de la índole de Dios. O si voy con amor al encuentro de un ser humano que, tal vez, no me cae bien, si intento comprenderlo, si le ayudo, en este cumplimiento del mandamiento divino hay algo que permanece. Muchas cosas se deshacen a su alrededor: el encuentro pasa, la excitación se aquieta, el ser humano –tanto yo como el otro- morirá alguna vez. Pero el hecho de que, en ese momento, se obró el bien, eso permanece, pues es de la índole de Dios.

IV Domingo del Tiempo Ordinario


29 de enero de 2017
(Ciclo A - Año Impar)






  • Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre (Sof 2, 3; 3, 12-13)
  • Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Sal 145)
  • Dios ha escogido lo débil del mundo (1 Cor 1, 26-31)
  • Bienaventurados los pobres en el espíritu (Mt 5, 1-12a)
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Dentro de tu corazón

Que todo en tu existencia concurra al descubrimiento del tesoro que hay en ti (Mt 13,44).

Porque, en realidad de verdad, el reino de Dios está dentro de ti (Lc 10,11).

Busca en primer lugar, busca solamente, el reino de Dios que está en el fondo de tu corazón y todo lo demás te será dado por añadidura (Mt 6,33). 

El cristiano, el discípulo, es alguien a quien Dios basta, porque ha comprendido todo esto.

Dentro de tu corazón encontrarás el camino más corto hacia los demás (Doroteo de Gaza).

Dentro de tu corazón te sentirás muy cercano del Dios Altísimo.

Dentro de tu corazón descubrirás lo que es a la vez lo más personal y lo más común.

Si desciendes al fondo de tu corazón, alcanzarás lo universal. Allí es donde tu vida está ya desde ahora establecida con Cristo en el seno del Padre.

Allí es donde descubrirás que todos los hombres son tus hermanos en la unidad perfecta del mismo Dios.

Hermano Pierre-Marie, Fraternidad Monástica de Jerusalén

III Domingo del Tiempo Ordinario


22 de enero de 2017
(Ciclo A - Año Impar)






  • En Galilea de los gentiles el pueblo vio una luz grande (Is 8, 23b - 9, 3)
  • El Señor es mi luz y mi salvación (Sal 26)
  • Decid todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros (1 Cor 1, 10-13. 17)
  • Se estableció en Cafarnaún, para que se cumpliera lo dicho por Isaías (Mt 4, 12-23)
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Y líbranos del mal

El mal

A medida que se avanza en la vida se va tomando conciencia de la vastedad del dominio del mal, así como de la variedad de sus formas. Cada vez se percibe con más exactitud cuánta enfermedad y dolor hay, qué incontables son los cuidados y estrecheces de la vida, qué grande puede llegar a ser la angustia en la inseguridad de la existencia.

El mundo yace en el mal. Y el mal no es solamente caos, ausencia de ser, sino que testimonia de una inteligencia perversa que, a base de un horror sistemáticamente absurdo, quiere hacernos dudar de Dios, de su bondad. En verdad, no se trata sólo de la “privación del bien” de la que hablan los Padres, no se trata sólo de ese “déficit de ser” por el cual Lacan define al hombre, sino del Maligno, del Malo; no la materia, ni el cuerpo, sino la más alta inteligencia encerrada sobre su propia luz…

Hay que decir que Dios no ha creado el mal y que ni siquiera lo ha permitido. “La faz de Dios chorrea sangre en la sombra”, decía Léon Bloy, en una expresión que citaba a menudo Berdiaev. Dios recibe el mal en pleno rostro, como Jesús recibía las bofetadas con los ojos vendados. El grito de Job sigue resonando y Raquel sigue llorando a sus hijos. Pero la respuesta a Job ha sido dada: es la Cruz. Dios crucificado sobre todo el mal del mundo, pero haciendo estallar en las tinieblas una inmensa fuerza de resurrección. Pascua es la Transfiguración en el abismo.

El conocimiento que Jesús tiene del mal

¿Qué piensa Jesús sobre el mal? Jesús ha conocido el mal porque su corazón ha sentido el sufrimiento de los hombres, su pobreza, su enfermedad, su abandono, la opresión de los poderosos, la oscuridad del pecado y del error. Lo ha conocido también por experiencia propia: apenas nacido tuvo que huir a un país extraño. Aun cuando no se pueda hablar de auténtica pobreza, los suyos, ciertamente, no estaban bien dotados. Sobre él mismo dijo aquellas duras palabras: “Los zorros tienen madrigueras y los pájaros del cielo tienen nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8, 20). Tan pronto como empieza a predicar ya están ahí sus enemigos y actúan contra él. Su palabra es mal entendida y deformada. Calumnias de toda especie deforman sus intenciones. En torno de él hay terrible soledad, pues incluso entre aquellos que le apoyan ninguno le entiende durante su vida. En definitiva todo eso se reúne en la mentira de la acusación, en la ignominia del juicio injusto, en los espantos de las últimas horas. Pero tras ello hay un sufrimiento de que no tenemos idea: que él, el santo, tuviera que vivir en el ámbito del pecado; que lo hubiera asumido sobre sí y que tuviera que responder de él; algo que rebasa nuestro pensamiento y que se indica en las palabras de Getsemaní y en el Gólgota. Por eso la cruz es el símbolo de su existencia. Y eso significa que él ha sabido, por su más propia experiencia, cómo es el mal, aunque interiormente era tan libre que no se sometía a él.

Qué hace Jesús frente al mal

Jesús no curó a los enfermos con miras a obtener el objetivo, por más lejano que fuera, de que la enfermedad quedara superada un día, sino para que en la curación del cuerpo se hiciera evidente al hombre lo que es en absoluto “curación” y “salvación”. El alma debía abrirse a lo que cura y salva de modo definitivo, y eso ya no es nada médico. Asimismo, al dar de comer a muchos en el desierto, no fue con la intención de que allí, y en otro lugar, y, en definitiva, en el mundo entero dejara de haber hambre, sino que él quería provocar el hambre auténtica, tal como había dicho ya muy pronto: “Trabajad no por el alimento corruptible, sino por el alimento que os dará el Hijo del hombre” (Jn 6, 27). Es decir, Jesús ve lo que está mal y apoya lo que puede socorrer; pero ¿y en última instancia? ¿Qué hay para el final de la larga historia humana? Lean ustedes Mt 24 y 25; allí se presentan los grandes terrores, y quien sabe algo del hombre auténtico y de la historia auténtica, presiente, a pesar de toda voluntad de adelanto y de toda energía de producción y logro: así ha de ser.

II Domingo del Tiempo Ordinario


15 de enero de 2017
(Ciclo A - Año Impar)






  • Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación (Is 49, 3. 5-6)
  • Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad (Sal 39)
  • A vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre del Señor Jesucristo (1 Cor 1, 1-3)
  • Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29-34)
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Padre, me pongo en tus manos

Padre,
me pongo en tus manos,
haz de mí lo que quieras,
sea lo que sea;
te doy las gracias,
lo acepto todo,
con tal que tu voluntad
se cumpla en mí,
y en todas tus criaturas.
No deseo nada más,
Padre,
no deseo nada más.
Yo te ofrezco mi vida
y te la doy
con todo el amor de que soy capaz.
Porque deseo darme,
ponerme en tus manos,
sin medida,
con infinita confianza,
porque tú eres mi Padre.

Amén.


Beato Carlos de Foucauld

Bautismo del Señor


8 de enero de 2017
(Ciclo A - Año Impar)






  • Mirad a mi siervo, en quien me complazco (Is 42, 1-4. 6-7)
  • El Señor bendice a su pueblo con la paz (Sal 28)
  • Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo (Hch 10, 34-38)
  • Se bautizó Jesús y vio que el Espíritu de Dios se posaba sobre él (Mt 3, 13-17)
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Epifanía del Señor


6 de enero de 2017
(Ciclo A - Año Impar)






  • La gloria del Señor amanece sobre ti (Is 60, 1-6)
  • Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra (Sal 71)
  • Ahora ha sido revelado que los gentiles son coherederos de la promesa (Ef 3, 2-3a. 5-6)
  • Venimos a adorar al Rey (Mt 2, 1-12)
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Naturaleza y persona


"El que nace lechón, muere cochino", dicen en la huerta de Murcia. Con esta frase se intenta expresar la verdad de que cada ser humano posee un modo de ser propio de él, una manera peculiar de sentir, de reaccionar, de posicionarse sobre las cosas y los acontecimientos. Es lo que podríamos llamar la naturaleza propia de cada cual; no la naturaleza en sentido general y común a todos los hombres (como cuando hablamos de la "naturaleza humana" compartida por todos los hombres), sino la manera de ser y de actuar típica de cada uno. De tal manera que, situados ante un acontecimiento nuevo, imprevisto, quienes conocemos a Fulanito podemos decir, casi sin margen de error: si Fulanito estuviera aquí seguro que haría esto. Estamos convencidos de ello, porque conocemos la naturaleza de Fulanito, su típica manera de ser y de actuar. Y la comodidad de todos en la vida social acepta con gusto que las cosas sean así, porque eso nos asegura una existencia sin demasiadas sorpresas.

Podríamos decir que la tarea espiritual del hombre que quiera de verdad desarrollar su humanidad, consiste en desmentir lo anteriormente dicho, desarrollando su ser personal. Su ser personal significa su libertad, es decir, su capacidad de actuar como si no tuviera la naturaleza que ciertamente tiene y por la que los demás lo conocen. Su ser personal significa su capacidad de iniciar una serie nueva de fenómenos, de acontecimientos, que es precisamente "nueva" porque nada hacía pensar que eso fuera lo que iba a hacer y…, sin embargo, es lo que ha hecho. Al obrar así ha mostrado que la suma de todas sus características genéticas, biológicas, educacionales, psicológicas, sociales -que sin duda alguna tiene y que configuran lo que hemos llamado su "naturaleza" individual- no equivale sin más a su ser, a su yo; que él posee otras referencias que están más allá de todo eso y que pueden dar lugar a comportamientos inesperados. Esta capacidad es lo que llamamos persona.

Para cada uno de nosotros lo más fácil y cómodo, lo que nos supone un menor coste de energía psíquica y espiritual, es actuar según nuestra naturaleza. Entonces nuestra conducta se desarrolla casi de manera automática mediante un sistema de acción-reacción, de estímulo-respuesta, que justamente está regido por nuestra naturaleza. Para actuar de manera verdaderamente personal necesitamos invertir una energía psíquica y espiritual por la que, ante cada acontecimiento y ante cada aspecto de la realidad, nos preguntamos cómo debemos actuar; entonces "suspendemos" momentáneamente nuestra espontaneidad -que consiste en actuar según nuestra naturaleza- para determinar cómo vamos a hacerlo en este momento, en esta situación, en esta coyuntura. Y para encontrar la respuesta, tenemos que hacer referencia a unos elementos que no son visibles en la situación en la que estamos, pero que para nosotros son, en el fondo, lo más importante. Esos elementos los podemos llamar "valores" y nuestro obrar va a estar determinado por la voluntad de encarnar en la situación en la que vamos a actuar un determinado valor.

Santa María, Madre de Dios


1 de enero de 2017
(Ciclo A - Año Impar)






  • Invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré (Núm 6, 22-27)
  • Que Dios tenga piedad y nos bendiga (Sal 66)
  • Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer (Gál 4, 4-7)
  • Encontraron a María y a José y al niño. Y a los ocho días, le pusieron por nombre Jesús (Lc 2, 16-21)
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Sagrada Familia: Jesús, María y José


30 de diciembre de 2016
(Ciclo A - Año Impar)






  • Quien teme al Señor honrará a sus padres (Eclo 3, 2-6. 12-14)
  • Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos (Sal 127)
  • La vida de familia en el Señor (Col 3, 12-21)
  • Toma al niño y a su madre y huye a Egipto (Mt 2, 13-15. 19-23)
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El misterio del templo en la historia de la salvación

Catequesis parroquial nº 135

Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 21 de diciembre de 2016

Para escuchar la charla en ivoox, pulse aquí: http://www.ivoox.com/15442552

Para escuchar la charla en YouTube, pulse aquí: 

Natividad del Señor (Misa a medianoche)


25 de diciembre de 2016
(Ciclo A - Año Impar)






  • Un hijo se nos ha dado (Is 9, 1-3. 5-6)
  • Hoy nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor (Sal 95)
  • Ha aparecido la gracia de Dios a todos los hombres (Tit 2, 11-14)
  • Hoy nos ha nacido un Salvador (Lc 2, 1-14)
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No nos dejes caer en la tentación


INTRODUCCIÓN

Al hacer todas las peticiones anteriores del padrenuestro tenemos la sensación de estar pidiendo cosas luminosas, de estar entrando en un reino de luz; sin embargo, al hacer esta petición, tenemos la sensación de que algo turbador asoma por el horizonte. Ese algo turbador es, en efecto, la tentación, es decir, aquella propuesta que nos incita a obrar el mal, a entregarnos a los poderes del mal y secundarlos (Guardini).

NO ES LO MISMO “TENTACIÓN” QUE “PRUEBA”

La palabra sombría de esta petición es la palabra “tentación”. La tentación es la incitación al mal, el deseo, el gusto, la tendencia, la complacencia en hacer el mal. No es lo mismo “tentación” que “prueba”. “Tentación” significa inducción al mal, y por lo tanto Dios no tienta nunca a nadie: “Que el cielo nos preserve de creer que Dios pueda tentarnos” (Tertuliano) (cf. Si 15, 11-12). “Prueba”, en cambio, significa una situación dura, difícil de soportar y de llevar bien. La prueba es un terreno propicio a la tentación, pero no es una tentación. Por eso el Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que «el Espíritu Santo nos hace discernir entre la prueba, necesaria para el crecimiento del hombre interior (cf. Lc 8, 13-15; Hch 14, 22; 2Tm 3,12) en orden a una “virtud probada” (Rm 5, 3-5), y la tentación que conduce al pecado y a la muerte (cf. St 1, 14-15)» (CEC 2847). 

La vida humana de todo hombre en la tierra es una prueba, como afirma el libro de Job: “¿No es prueba la vida del hombre sobre la tierra?” (Jb 7, 1). Y aunque la prueba no sea de por sí una tentación, es ciertamente un terreno propicio para las tentaciones, pues, a causa del pecado original, hay en nosotros una inclinación muy fuerte al pecado, la concupiscencia, que domina, según dice san Juan, “todo lo que hay en el mundo: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas” (1Jn 2, 16). Estas tres concupiscencias están en el corazón de cada hombre y por eso san Agustín afirma: “Por el bautismo, quedaréis libres de todos vuestros pecados, pero quedarán con vosotros todas las concupiscencias, contra las cuales debéis combatir. Queda el conflicto dentro de vosotros mismos”. Y ese conflicto hace que, mientras andamos por la tierra revestidos de la carne que “milita contra el espíritu” (Ga 5, 12), cuyo “apetito es enemistad con Dios y no se sujeta ni puede sujetarse a la ley de Dios” (Rm 8, 7), no podamos escapar de la condición de ser tentados y de los sufrimientos que ello comporta. Por eso dice san Pablo: “Por muchas tribulaciones nos es preciso entrar en el reino de Dios” (Hch 14, 22).

IV Domingo de Adviento


18 de diciembre de 2016
(Ciclo A - Año Impar)






  • Mirad: la virgen está encinta (Is 7, 10-14)
  • Va a entrar el Señor, él es el Rey de la gloria (Sal 23)
  • Jesucristo, de la estirpe de David, Hijo de Dios (Rom 1, 1-7)
  • Jesús nacerá de María, desposada con José, hijo de David (Mt 1, 18-24)
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Alabanza a María

Salve maría,
llena de gracia
más santa que los santos,
más elevada que los cielos,
más gloriosa que los querubines,
más digna de honor que los serafines,
más venerable que toda criatura.

Salve Paloma
que nos traes
el ramo de olivo
que nos anuncia 
a Aquel que nos libra
del diluvio espiritual
y nos conduce al puerto de salvación.


San Germán de Constantinopla

III Domingo de Adviento


11 de diciembre de 2016
(Ciclo A - Año Impar)






  • Dios viene en persona y os salvará (Is 35, 1-6a. 10)
  • Ven, Señor, a salvarnos (Sal 145)
  • Manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca (Sant 5, 7-10)
  • ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? (Mt 11, 2-11)
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La Inmaculada Concepción


8 de diciembre de 2016
(Ciclo A - Año Impar)






  • Establezco hostilidades entre tu estirpe y la de la mujer (Gén 3, 9-15. 20)
  • Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas (Sal 97)
  • Nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo (Ef 1, 3-6. 11-12)
  • Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo (Lc 1, 26-38)
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La santidad en el infierno


(La autora de estas reflexiones es una mujer judía, de familia acomodada y no practicante, que creció en el ateísmo. En 1944 se encontraba estudiando derecho en Grenoble, donde se había refugiado para intentar escapar de la Gestapo. El 26 de febrero de 1944 tuvo una inesperada revelación de Dios. A los quince días fue detenida por la Gestapo y deportada al campo de exterminio de Auschwitz. Consiguió sobrevivir y cuando regresó a Francia en septiembre de 1945 entabló relación con el sacerdote suizo Charles Journet que la bautizó el 2 de febrero de 1946. Su relato nos permite escuchar una voz creyente que habla desde el infierno de un campo de exterminio.)

Las condiciones de vida devastaban física y psíquicamente a las personas, las hacían seres insensibles, sumarios, brutales; pero la devastación de los corazones provenía de la reacción ante la muerte. Los seres se perdían en la medida en que el pánico de la muerte los precipitaba hacia la oportunidad de vivir, como hacia la salida de una sala que arde (…) Cuanto más se abalanzaban así sobre la vida, a cualquier precio, más se perdían, más se vaciaban de lo humano, más se alteraban, más se convertían en el habitáculo de una bestia inmunda y voraz, y más se hacía en nosotros una noche, incluso sobre los sentimientos que creíamos más inalterables. No quedaba más que esta noche opaca en la que los seres sólo escuchaban el vientre repugnante de esa bestia que no quiere morir.

La selección era una invención satánica, obra de un espíritu demoníaco. Consistía en hacer desfilar a los Judíos desnudos delante del médico de las SS que, sin ningún dossier médico ni ningún criterio, designaba a los que al cabo de una semana iban a ser conducidos a la cámara de gas. La selección es un hecho único en la historia. Menguele y los otros médicos seleccionadores se erguían, ebrios de sí mismos, queriendo quitar a Dios su libertad, embriagados por ejercer esa libertad contra toda lógica. Elegían sin criterio por la alegría de elegir. El universo de su placer consistía en aterrorizarnos y en hacer que nos odiáramos mutuamente: “Tú estás delgada y llena de granos, tú deberías morir y no yo”. Quizá aquel día habían designado a las más gruesas para morir. No seguían ningún criterio para dejarnos en el pánico y el odio. Debíamos pertenecer al médico seleccionador: cuerpos para quemar y almas para estropear. Nos hacían oscilar en el sinsentido, el vacío y la desesperación. Gozaban de vernos como condenados que nos vigilábamos unos a otros para ver quién escapaba de la selección. Estábamos como suspendidos en un mundo carente de toda necesidad, el mundo de la contingencia. Esos ojos del demonio, esas miradas gélidas, yo no podría volver a verlas una segunda vez.

Pero también estaban las que tenían un alma sana y sabían aceptar lo inevitable con desprendimiento y serenidad. Cuanto más se desprendían de la vida presente y consentían a la muerte, más preservados estaban interiormente y más eran semejantes a sí mismos, más eran. En Birkenau el individuo empezaba a nacer en el momento en que aceptaba la muerte. Una mujer, que destacaba por su belleza, me dijo: “¿Pero tú crees que ellos pueden verdaderamente algo?” ¡Su risa era tan ligera que siempre la escucharé! Acababa de decir la única palabra sabia que yo escuché en el campo. ¡En efecto, ellos no podían nada! Toda esa sanguinaria y grotesca maquinaria de gran guiñol no podía nada. Todo su poder procedía de la vileza de nuestros corazones.

II Domingo de Adviento


4 de diciembre de 2016
(Ciclo A - Año Impar)






  • Juzgará a los pobres con justicia (Is 11, 1-10)
  • Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente (Sal 71)
  • Cristo salva a todos los hombres (Rom 15, 4-9)
  • Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos (Mt 3, 1-12)
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Rogar a Dios por vivos y difuntos


“Guardar amorosamente memoria de los difuntos es la obra del amor más desinteresado, libre y fiel de todos” (Sören Kierkegaard)

“Lo único que podemos hacer es rezar”. Esta frase la decimos o la pensamos con mucha más frecuencia de lo que parece: expresa nuestra constatación de la impotencia en la que nos encontramos para resolver de manera satisfactoria una situación humana. Lo cual ocurre cuando, por ejemplo, nos encontramos “bloqueados” para hablar con una persona, cuando dialogar con ella nos resulta psicológicamente casi imposible. Cosa que sucede en multitud de situaciones familiares, laborales, vecinales, políticas etc., como los sacerdotes sabemos muy bien. Entonces los sacerdotes decimos: reza por esa persona, pídele al Señor que la bendiga. Porque orar por alguien es ya empezar a amarlo: “Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo” (responsorio de las segundas vísperas del oficio del común de pastores). 

I Domingo de Adviento


27 de noviembre de 2016
(Ciclo A - Año Impar)






  • El Señor reúne a todas las naciones en la paz eterna del reino de Dios (Is 2, 1-5)
  • Vamos alegres a la casa del Señor (Sal 121)
  • Nuestra salvación está cerca (Rom 13, 11-14)
  • Estad en vela para estar preparados (Mt 24, 34-44)
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Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden


Sentido general de esta petición

Mt 6, 12: “y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores”

Lc 11, 4: “Y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe”. Lucas interpreta con exactitud las “deudas” de Mt, conservando con todo en el verso siguiente el aspecto jurídico de Mt (“a todo el que nos debe”).

“Ofensas” o “deudas”, es lo mismo bajo nombres distintos, tal como explican los Padres de la Iglesia: “Es claro que el Señor llama deudas a los pecados. En consecuencia, no da aquí una orden obligando a perdonar a los deudores las deudas pecuniarias, sino todas aquellas cosas en que alguno nos hubiere ofendido. De lo cual también se deduce que esta quinta petición, en la que decimos “perdónanos nuestras deudas”, no se refiere al dinero precisamente, sino a que perdonemos todas aquellas cosas en que alguno peca contra nosotros, incluso en materia pecuniaria. Por consiguiente, es necesario confesar que debemos perdonar todos los pecados, que contra nosotros se cometen, si queremos que sean perdonados por el Padre celestial los que nosotros contra él hemos cometido”, enseña san Agustín. 

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: «Pero, aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. Ahora, en esta nueva petición, nos volvemos a Él, como el hijo pródigo (cf. Lc 15, 11-32), y nos reconocemos pecadores ante Él como el publicano (cf. Lc 18, 13). Nuestra petición comienza con una “confesión” en la que afirmamos, al mismo tiempo, nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es firme porque, en su Hijo, “tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados” (Col 1, 14; Ef, 1, 7)» (CEC 2839).

Necesitamos ser perdonados

“Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros. Mas, si reconociéramos nuestros pecados, el Señor es leal y justo para perdonarnos los pecados” (1Jn 1, 8-9).

“Ciertamente no puede suceder que, estando en esta vida día y noche, no se tenga deuda alguna” afirma Orígenes. Pues aunque no tenga conciencia de haber cometido “pecado”, el discípulo, no obstante, debe tomar conciencia de su “estado de pecado” y de su deuda. Debe darse cuenta día tras día de que no ha realizado plenamente su vocación personal. Todos los días debe confrontar su estado con las exigencias de esta vocación, que no le deja un momento de reposo.

XXXIV Domingo del Tiempo Ordinario. Jesucristo, Rey del Universo.


20 de noviembre de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Ungieron a David como rey de Israel (2 Sam 5, 1-3)
  • Vamos alegres a la casa del Señor (Sal 121)
  • Nos ha trasladado al reino de su Hijo querido (Col 1, 12-20)
  • Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino (Lc 23, 35-43)
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Para pedir la misericordia

Oh Señor, deseo transformarme toda en tu misericordia y ser un vivo reflejo de Ti. Que este supremo atributo de Dios, es decir, su insondable misericordia, pase a través de mi corazón al prójimo.

Ayúdame, oh Señor, a que mis ojos sean misericordiosos, para que yo jamás recele o juzgue según las apariencias, sino que busque lo bello en el alma de mi prójimo, y acuda a ayudarle.

Ayúdame, oh Señor, a que mis oídos sean misericordiosos para que tome en cuenta las necesidades de mi prójimo y no sea indiferente a sus penas y gemidos.

Ayúdame, oh Señor, a que mi lengua sea misericordiosa para que jamás hable negativamente de mi prójimo, sino que tenga una palabra de perdón y consuelo para todos.

Ayúdame, oh Señor, a que mis manos sean misericordiosas y llenas de buenas obras para que sepa hacer solo el bien a mi prójimo y cargue sobre mí las tareas más difíciles y más penosas.

Ayúdame, oh Señor, a que mis pies sean misericordiosos para que siempre me apresure a socorrer a mi prójimo, dominando mi propia fatiga y mi cansancio. Mi reposo verdadero está en el servicio a mi prójimo.

Ayúdame, oh Señor, a que mi corazón sea misericordioso, para que yo sienta todos los sufrimientos de mi prójimo. A nadie le rehusaré mi corazón. Seré sincera incluso con aquellos de los cuales sé que abusarán de mi bondad. Y yo misma me encerraré en el misericordiosísimo Corazón de Jesús. Soportaré mis propios sufrimientos en silencio. Que tu misericordia, oh Señor, repose dentro de mí (…).

Oh, Jesús, transfórmame en Ti, pues Tú lo puedes todo.

Amén.



XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario


13 de noviembre de 2016
(Ciclo C - Año Par)






  • Os iluminará un sol de justicia (Mal 3, 19-20a)
  • El Señor llega para regir los pueblos con rectitud (Sal 97)
  • El que no trabaja, que no coma (2 Tes 3, 7-12)
  • Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas (Lc 21, 5-19)
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