Dios de los perdones
III Domingo de Cuaresma
7 de marzo de 2021
(Ciclo B - Año impar)
- La ley se dio por medio de Moisés (Jn 1, 17)( Éx 20, 1-17)
- Señor, tú tienes palabras de vida eterna (Sal 18)
- Predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los hombres; pero para los llamados es sabiduría de Dios (1 Cor 1, 22-25)
- Destruid este templo, y en tres días lo levantaré (Jn 2, 13-25)
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La grandeza del amor
(Asistimos al relato que Charlotte, la abuela francesa del joven Andrei, hace a su nieto, durante un paseo estival por la estepa rusa, de la violación de la que fue víctima en su juventud, cuando, en un viaje, atravesaba un desierto. Fruto de esa violación nació un hijo, Serge, tío de Andrei. El relato pone de relieve la grandeza del abuelo Fiódor, ya difunto, que acogió siempre como a hijo propio el fruto de la violación de su joven esposa)
Un día, Charlotte me habló de la violación… Su voz serena tenía ese tono que parecía decir: “Por supuesto, ya sabes de qué se trata… Ya no es un secreto para ti”. Yo confirmaba esa entonación con una serie de pequeños “sí, sí” pronunciados con alegre indolencia. Me daba miedo, al levantarme, tras escuchar aquel relato, ver a otra Charlotte, ver un rostro que ostentase la expresión indeleble de una mujer violada. Pero lo primero que se grabó en mi cerebro fue aquel resplandor luminoso.
Un hombre tocado con un turbante y vestido con una especie de abrigo, muy grueso y caluroso, sobre todo en medio de las arenas del desierto que le rodeaban. Unos ojos oblicuos como cuchillas, la cobriza piel curtida de su cara redonda y reluciente de sudor. Es joven. Con gestos febriles, intenta asir el puñal curvo que pende de su cinturón, al otro lado del fusil. Esos pocos segundos parecen interminables. Porque el desierto y el hombre de gestos apresurados son vistos por una minúscula parcela de la mirada, por ese intersticio entre las pestañas. Una mujer postrada en el suelo, con el vestido hecho jirones y el pelo revuelto medio enterrado en la arena, parece enquistarse para siempre en ese paisaje vacío. Un hilillo rojo cruza su sien izquierda. Pero está viva. La bala le ha desgarrado la piel bajo el pelo y se ha hundido en la arena. El hombre se contorsiona buscando el arma. Desea que la muerte sea más física –el cuello rebanado, el chorro de sangre empapando la arena-. El puñal que busca ha caído al otro lado, cuando, poco antes, los faldones de su larga prenda ampliamente abiertos, se debatía sobre el cuerpo aplastado… Tira de su cinturón con rabia, lanzando miradas de encono al rostro petrificado de la mujer. De repente, oye un relincho. Vuelve la cabeza. Sus compañeros galopan ya lejos; sus perfiles, en lo alto de una cresta, se recortan con nitidez en el fondo del cielo. Se siente de pronto extrañamente solo: él, el desierto a la luz del crepúsculo, aquella mujer agonizante. Escupe rabioso, golpea con su bota puntiaguda el cuerpo inerte y, con la agilidad de un caracal, salta al caballo. Cuando se desvanece el ruido de los cascos, la mujer abre lentamente los ojos. Comienza a respirar, vacilante, como si hubiera perdido la costumbre. El aire sabe a piedra y a sangre…
La voz de Charlotte se confundió con el leve silbido de los sauces. Luego calló. Pensé en la ira de aquel joven uzbeco: “¡Necesitaba a toda costa degollarla, reducirla a una carne sin vida!”. Y comprendí, con lucidez ya viril, que no era una simple crueldad. Recordé de pronto los primeros minutos que seguían al acto amoroso, cuando el cuerpo deseado un instante antes se tornaba de pronto inútil, desagradable a la vista y al tacto, casi hostil. Recordé a mi joven compañera en la balsa nocturna: era cierto, le reprochaba no desearla ya, sentirme decepcionado, notarla allí, pegada a mi hombro… Llevando mi pensamiento hasta el límite, desplegando ese egoísmo de macho que me aterraba y me tentaba a la par, pensé: “¡La verdad es que, después del amor, es mejor que la mujer desaparezca!”. Y se me apareció de nuevo aquella mano febril buscando el puñal.
(…)
Ya en las calles de Saranza , al caer la noche, agregó a manera de emocionado epílogo:
-Tu abuelo –dijo muy quedo- jamás sacó a relucir esta historia. Jamás… Y quería a Serge, tu tío, como si fuese su propio hijo. Incluso quizá más. Es duro, para un hombre, aceptar que su primer hijo haya nacido de una violación. Sobre todo si piensas que Serge no se parecía a nadie de la familia. No, nunca quiso hablar de eso…
Noté un leve temblor en su voz. “Amaba a Fiódor”, pensé sencillamente. “Él hizo que aquel país, en el que ella tanto había sufrido, pudiera ser el suyo. Y sigue amándole. Después de tantos años sin él. Le ama en esta estepa nocturna, en esta inmensidad rusa. Le ama…”.
El amor se me apareció de nuevo en toda su dolorosa simplicidad. Inexplicable. Inexpresable.
Autor: Andrei MAKINE
Título: El testamento francés
Editorial: Tusquets Editores, Barcelona, 1997, (pp. 222-226)
II Domingo de Cuaresma
28 de febrero de 2021
(Ciclo B - Año impar)
- El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe (Gén 22, 1-2. 9a. 10-13. 15-18)
- Caminaré en presencia del Señor en el país de los vivos (Sal 115)
- Dios no se reservó a su propio Hijo (Rom 8, 31b-34)
- Este es mi Hijo, el amado (Mc 9, 2-10)
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Los milagros de Jesús y su pretensión
de perdonar los pecados y de anunciar la cercanía del Reino de Dios plantean
una cuestión: ¿Quién es este hombre que se atreve a perdonar pecados y a
anunciar la proximidad del Reino de Dios? ¿Quién es este hombre que posee
poderes sanadores tan espectaculares? ¿Quién es él? El evangelio de hoy va a
responder a esta cuestión diciendo: es el Hijo de Dios.
Tomó
consigo a Pedro, a Santiago y a Juan y subió con ellos solos a una montaña alta.
La “montaña alta” evoca el monte Sinaí, donde subió Moisés y estuvo cuarenta
días delante del Señor, en gran intimidad con Él, recibiendo los mandamientos
de Dios. Todo indica que Jesús busca la soledad y un marco adecuado para la
intimidad. Va a hacer una gran revelación, pero no quiere que sea todavía
pública, sino destinada tan solo a estos tres.
Se
transfiguró delante de ellos. La transfiguración no fue un cambio de la
naturaleza de Jesús, sino una revelación
de su verdadera naturaleza, de su identidad más profunda. La figura familiar y
el aspecto habitual de Jesús se transforman ante sus ojos y ellos caen en la
cuenta de que su aspecto habitual terreno-humano no expresa toda su realidad,
toman conciencia de que él no está encerrado en los límites de la realidad
terrena. Lo mismo indica el “blanco deslumbrador” de sus vestidos, que
simboliza el mundo divino, la esfera de la luz esplendorosa de la majestad
divina (cf. Mc 16,5; Ap 3,5)
Se
les aparecieron Elías y Moisés hablando con Jesús. No sólo son
trascendidos los límites de la realidad terrena, sino que son superados también
los confines del tiempo. Moisés y Elías simbolizan la Ley y los Profetas, es
decir, la totalidad de las Escrituras del pueblo de Israel. Al hablar
familiarmente con Jesús están testimoniando que todo lo que ellos dijeron e
hicieron converge en Él, como dirá el propio Señor en otra ocasión: “Escudriñad
las Escrituras (…) ellas dan testimonio de mí” (Jn 5,39). Su presencia indica
que Jesús no es una especie de meteorito divino bajado de manera abrupta a la
historia humana, sino que Jesús está inserto en la historia de Israel como
Aquel que la culmina y la lleva a plenitud y que lo hace en la línea de Moisés
y Elías, personajes que se preocuparon no de la realeza política de Israel sino
de su correcta relación con Dios, de que Israel fuera verdaderamente el pueblo de Dios.
Se
formó una nube que los cubrió. La nube es un símbolo de la proximidad,
cercanía y presencia de Dios hacia su pueblo, como se vio en la travesía del
desierto, donde una nube los protegía del sol y les indicaba el camino,
haciéndose columna de fuego durante la noche, para que pudiesen marchar de día
y de noche (Ex 13,21). “Entrar en la nube” significa entrar en la intimidad con
Dios, como se dice de Moisés (Ex 24,18). Y desde dentro de la nube surgió la
voz que dijo:
Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.
Dios proclama a Jesús su “Hijo amado”. Moisés y Elías son los más grandes entre
sus servidores, pero Jesús es su Hijo amado (cf. Mc 12,2-6). Frente a Dios,
Jesús no se encuentra simplemente en una condición de siervo, sino en una
relación de origen y de igualdad de naturaleza, como sucede en la relación
entre padre e hijo. Además Dios declara también su amor hacia Jesús: no sólo es
Hijo, sino hijo “amado”. La relación entre Dios y Jesús es una relación de
amor, con la intimidad y la confianza propia del amor. Por eso Jesús dirá:
“Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre,
ni al Padre le conoce nadie sino el
Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,26).
Jesús no
es “un profeta más”, uno más de los “reveladores de Dios” (Krishna, Buda,
Mahoma); Jesús es único, porque es el Hijo único de Dios. Por eso hay que
“escuchar” a Jesús, porque sólo Él conoce de primera mano, de manera directa e
inmediata, sin ninguna reserva, a Dios. La orden de escucharle llega poco
después de que Jesús les haya anunciado la pasión (Mc 8,31-33) y Pedro se haya
sublevado contra ese anuncio. Dios es raro, es desconcertante. Pero Jesús lo
conoce perfectamente y cuando Dios nos habla por medio de Jesús, nos está
diciendo su palabra definitiva, nos está revelando el fondo de su ser. Por eso
la Carta a los Hebreos afirma: “Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en
el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas. En estos últimos tiempos
nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien
también hizo el universo; el cual es resplandor de su gloria e impronta de su
sustancia” (Hb 1,1-3).
San Juan de la Cruz entendió perfectamente esto, y por eso escribió que “al darnos como nos dio a su Hijo –que es una Palabra suya que no tiene otra-, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar”. Que el Señor nos conceda “no poner los ojos más que en Él”.
Hasta el gorrión
Cáliz de Qaraqosh (Irak) en la parroquia
I Domingo de Cuaresma
21 de febrero de 2021
(Ciclo B - Año impar)
- Pacto de Dios con Noé liberado del diluvio de las aguas (Gén 9, 8-15)
- Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza (Sal 24)
- El bautismo que actualmente os está salvando (1 Pe 3, 18-22)
- Era tentado por Satanás, y los ángeles lo servían (Mc 1, 12-15)
- Homilía: pulsar aquí para leer la homilía en formato pdf
En el evangelio de hoy contemplamos a
Jesús que, inmediatamente después de su bautismo, se va, movido por el Espíritu
Santo, al desierto, donde permanece durante cuarenta días. El bautismo de Jesús
evoca el paso del Mar Rojo y su estancia de cuarenta días en el desierto, evoca
igualmente los cuarenta años que Israel permaneció en el desierto antes de
entrar en la tierra prometida. En el desierto Israel fue tentado y cayó; aquí
Jesús va a ser tentado también por Satanás, pero no va a caer. Con ello se nos
está diciendo que en Jesús, en Cristo, se retoma la historia del
pueblo de Israel, pero ahora bajo el signo de la fidelidad a Dios y a su Reino. Jesucristo significa, por lo tanto, un nuevo comienzo para la historia de
Israel, como historia de fidelidad y de amor (y no, como había sido hasta
entonces, una historia de traición e infidelidad).
En el desierto Jesús se encuentra con
Satanás, con las fieras y con los ángeles. Satanás es el que pretende separar y
enfrentar a Dios y a los hombres. Lo consiguió con nuestros primeros padres,
Adán y Eva; pero no lo consigue con Jesús. Lo que sí consiguió es que Jesús
sintiera el vértigo de la tentación,
aunque sin conocer la amargura de la caída. Pues la tentación, queridos
hermanos, es una especie de vértigo que se apodera de nosotros y que nos hace
ver como bueno y bello aquello que, en realidad, es para nosotros destructor.
Dios ha querido conocer, en su Hijo Jesucristo, ese vértigo que nos aflige y
por eso nos comprende perfectamente. “Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no
pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que
nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono
de la gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda
oportuna” (Hb 4,15-16). Cuando nos sorprenda la tentación, acudamos a Cristo,
porque Él conoce, por experiencia propia, lo que es ser tentado, y puede
socorrernos.
Las fieras, las alimañas, constituyen
en la Biblia uno de los cuatro peligros que amenazan la vida del hombre, junto
con la espada (la guerra), el hambre (las carestías) y la peste. Que Jesús
conviva pacíficamente con las fieras significa que con Él volvemos al paraíso,
donde Adán y Eva también convivían pacíficamente con los animales, y que con Él
llegan los tiempos mesiánicos en los que “serán vecinos el lobo y el cordero
(…) y un niño pequeño los conducirá (…) y nadie hará daño, nadie hará mal” (Is
11,6-9). Con este hombre, Jesús de Nazaret, que convive pacíficamente con las
fieras en el desierto, la creación vuelve a ser como fue antes de que el hombre
pecara y la obra de salvación se hace realidad.
Los ángeles pertenecen a la esfera
divina de manera exclusiva: están al servicio de Dios y sólo hacen lo que Él
les ordena (Hb 1,14). Si sirven a Jesús en el desierto es porque han sido
enviados por Dios para ello. El evangelio no especifica cual es el contenido de
este servicio. No obstante, el hecho de que los ángeles sirvan a Jesús muestra
la estrecha vinculación entre Él y Dios, muestra que Dios está con Jesús, que
con Él Dios se hace cercano al hombre.
Todos estos elementos van en la misma
dirección: que con este hombre, Jesús de Nazaret, Dios se acerca a los hombres
y les ofrece la posibilidad de empezar de
nuevo, de retomar su historia personal y la historia de toda la humanidad desde un nuevo comienzo, para cambiar el
signo de esa historia, para que ya no sea una historia de desobediencia sino de
fidelidad, una historia de desencuentros entre Dios y los hombres sino de
amistad y comunión profunda entre ambos.
Y esto es lo que Jesús empieza a
anunciar. “Se ha cumplido el plazo y está cerca el Reino de Dios”, significa
que lo que durante tanto tiempo ha sido objeto de esperanza, llega ahora a ser
realidad: Dios va a hacer cercano su dominio real sobre la Creación y sobre la
historia humana. ¿Por qué dice Jesús esto, si siguen habiendo guerras, hambres,
epidemias, terremotos y toda clase de catástrofes naturales? ¿Qué hay de nuevo
en el panorama de dolor y sufrimiento que es la historia humana?
Sólo hay una respuesta: Jesús. Lo nuevo es Él y que con Él y en Él Dios se acerca al hombre y lo introduce en el misterio de su propia vida divina. Y ese misterio es más fuerte que todo el misterio del mal. Todavía no ha desparecido el mal de la vida de los hombres, pero ya les ha sido dada a los hombres la posibilidad de vencerlo, si acogen a la persona de Cristo y se unen para siempre a Él. “Convertíos y creed la Buena Noticia” significa ante todo esto que estamos diciendo: creed que en Cristo está la fuerza de Dios venciendo el mal. Mirad hacia Él más que hacia el mal; adherid a Él, porque en Él y por Él, Dios va a instaurar su Reino. La fe es esta adhesión completa a Cristo, y el bautismo es el sacramento que la realiza hasta el punto de unirnos a Él de un modo orgánico, como el sarmiento está unido a la vid (Jn 15,5). Que el Señor nos conceda vivirlo con total intensidad.
Cáliz de Qaraqosh (Irak)
El don de inteligencia
Qué es el don de inteligencia
Es
propio de la inteligencia leer dentro, intus-legere,
es decir, penetrar hasta el interior de las cosas, descubriendo bajo sus
apariencias su realidad: bajo los efectos las causas y bajo las palabras el
sentido que poseen. El don de inteligencia es el instinto de amor infundido en
nosotros por el Espíritu Santo, por el que descubrimos las verdades
iluminadoras que encierran los signos que el Cielo nos da.
Por
la fe (fides qua creditur) adherimos,
en la noche, a todo lo que Dios nos revela del absoluto de Verdad que es él
mismo (fides quae creditur). Decimos
que la fe se produce “en la noche”, porque las verdades que Dios nos revela
exceden nuestra capacidad natural de investigación de la verdad. Lo que hace
que esta noche de la fe sea una “noche luminosa” es, precisamente, el don de
inteligencia, por el que cada una de las verdades del Credo se nos hace
luminosa e ilumina al resto de las verdades. Entonces toda la noche divina de
la fe se hace transparente: eso es lo que nos da el don de inteligencia
amorosa.
El don de inteligencia nos hace
penetrar en los abismos de Dios. Por el don de inteligencia el Espíritu Santo
nos ilumina Él mismo para penetrar profundamente los misterios de Dios. San
Pablo reconoce que Dios le ha comunicado la inteligencia del misterio de Cristo
y de su Iglesia (Ef 3,5) y pide para los cristianos de Éfeso la misma gracia de
iluminación espiritual: “Que el Dios
de Nuestro Señor Jesucristo y Padre de la gloria os conceda Espíritu de
sabiduría y de revelación en el conocimiento de Él, iluminando los ojos de
vuestro corazón para que entendáis cuál es la esperanza a que os ha llamado”
(Ef 1,17-18). De este modo llegarán a comprender “la anchura y la longitud, la altura y
la profundidad” (Ef 3,18) del plan de salvación que Dios, en su
caridad, ha realizado en favor de los hombres, en el Mesías Jesús.
Para realizar esta tarea el don de
inteligencia puede perfeccionar las operaciones naturales de la inteligencia,
es decir, la elaboración de conceptos y de juicios, otorgándoles una perfección
que procede del “modo divino” propio de los dones del Espíritu Santo. Entonces
la inteligencia capta rápidamente la esencia de cada realidad y “ve”, de un
modo intuitivo, el juicio valorador de Dios sobre la realidad que contempla,
porque lo hace bajo la acción directa del Espíritu Santo por el don de
inteligencia (así ocurre en los grandes Doctores de la Teología). Pero también
el Espíritu Santo se puede valer de visiones, como hizo a menudo con los
profetas o con San Pedro estando en Jope (He 11,1-17), o de imágenes-clave,
sintéticas, que pueden resumir o sintetizar toda una doctrina espiritual, como
ocurre a menudo con los místicos (el castillo interior con sus siete moradas de
Santa Teresa, o la montaña del Carmelo con sus tres sendas, o la llama de amor
viva de San Juan de la Cruz, o el ascensor de Santa Teresita del Niño Jesús).
El Espíritu Santo, teniendo en cuenta la peculiar configuración espiritual y
psicológica de cada uno, le ilumina de la manera más conveniente para que
“aprehenda las esencias”, es decir, comprenda los conceptos y valore rectamente
cada realidad.
Qué hace el don de inteligencia
a) Nos da una correcta inteligencia del misterio de Dios
La Sagrada Escritura, al hablar de
Dios, emplea con gran libertad imágenes y símbolos: “Yo te amo, Señor, mi
fortaleza, mi roca, mi alcázar, mi escudo y peña en que me amparo” (Sal 17);
“Pelea, Señor, contra los que me atacan, guerrea contra los que me hacen la
guerra, empuña el escudo y la adarga, levántate y ven en mi auxilio” (Sal 34).
La razón de ello es que, como quiera que Dios es invisible, inefable,
incomprensible (cf. Col 1,15; 1Tm 1,17; Hb 11,27), parece más adecuado –o menos
inadecuado- referirse a Él mediante imágenes y símbolos, que no mediante
conceptos que, pretendiendo ser exactos, no pueden nunca expresar adecuadamente
a Aquel que es inabarcable.
Por eso afirma San Dionisio Areopagita
que los símbolos más diversos son los mejores porque no corren el riesgo de
detener en sí mismos el ímpetu del alma. Y así lo hace la Biblia que, para
hablar de Dios, se sirve a menudo de imágenes muy terrenas: “Comparan a Dios
con fuego que arde sin quemar (Ex 3,2; Sb 18,3; Ex 13,21), agua que comunica
plenitud de vida, que metafóricamente llega a las entrañas y forma ríos
inagotable (Jn 4,14; 7,38; Prov 18,4). Usan también semejanzas de cosas
ordinarias, como ungüento suave (Ct 1,3; Is 61,1; Jr 1,5; Hch 10,36), piedra
angular (Is 28,16; Ef 2,20). Llegan hasta comparaciones de animales. Atribuyen
a Dios propiedades del león, la pantera, el leopardo y el oso devorador (Is
31,4; Os 5,14; 13,7). Añádase lo que parece más abyecto e impropio de todo, la
forma de gusano (Sal 22,6)”, sigue afirmando San Dionisio. El don de
inteligencia nos permite comprender el justo sentido de todos estos símbolos
referidos a Dios y usarlos con propiedad. Nos enseña a hablar correctamente
sobre Dios, lo cual resulta imprescindible para la evangelización.
b)
Nos enseña el verdadero sentido de la Sagrada Escritura
Los Padres de la Iglesia han insistido
en un principio fundamental: comprender la Sagrada Escritura es un don de Dios,
tal como afirma San Gregorio Magno: “Las palabras de Dios no pueden penetrarse
sin su sabiduría, y el que no ha recibido el Espíritu no puede, en modo alguno,
entender sus palabras”. Toda lectura de la Palabra de Dios presupone la venida
del Espíritu Santo, porque la Palabra no cobra vida sino por el Espíritu, que
en ella vive y aletea. Simeón el Nuevo Teólogo afirma: “Otros escritos, en
efecto, pueden comprenderse y ser bien conocidos por los que los leen, pero los
que son divinos y tratan de la salvación, no se pueden comprender ni guardar
sin la iluminación del Espíritu Santo”.
Sólo
el Espíritu Santo –que es el que “habló por los profetas”, como decimos en el
Credo niceno- puede desvelarnos el verdadero sentido de la Sagrada Escritura.
Sin él la comprensión de las Escrituras sería un problema intelectual; gracias
a Él, por el don de inteligencia, se convierte en una lectio divina, es decir, en un entrar en la mirada y en la
comprensión de Dios mismo. El don de inteligencia nos revela el sentido
profundo de las palabras y de los gestos de Jesús (que también son palabras). Pues el sentido de las
Escrituras no se adquiere por un intelectualismo cerebral, sino por la escucha
amorosa y filial de la Palabra, bajo la acción del don de inteligencia.
El propio Señor Resucitado “abrió la
inteligencia” de sus discípulos para que “entendiesen las Escrituras” (Lc
24,45), pues sin ese “entendimiento” es imposible conocer de verdad a Jesús,
descubrir su verdadera identidad, comprender que Él es el Mesías anunciado y esperado: “Él les dijo:
“¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los
profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su
gloria?” Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les
explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras” (Lc
24,25-27). Por el don de inteligencia penetramos el sentido de la Escritura,
comprendemos cómo el Antiguo Testamento se ordena al Nuevo, cómo en el Antiguo
“está latente” el Nuevo, y en el Nuevo “está patente” el Antiguo
(San Agustín).
Todos los místicos y muchos cristianos han experimentado este fenómeno: sin estudios, sin discursos,
sin ayuda de ningún elemento
humano, de repente el Espíritu Santo les revela, con una intensidad vivísima, el sentido de
alguna sentencia de la
Escritura, sumergiéndoles en un abismo
de luz. Allí suelen encontrar el
“lema” que da sentido y orientación a toda su vida: el “cantaré eternamente las
misericordias del Señor” (Sal 88,1) de Santa Teresa,
o el “si alguno es pequeño venga a mí” (Prov 9,4) de Santa
Teresita, o la “alabanza de gloria”
(Ef 1,6) de la beata Isabel de la Trinidad.
c)
Nos ayuda a vivir correctamente la liturgia
Uno de los medios más evocadores de
los misterios divinos, como ya hemos dicho, es el símbolo. El símbolo penetra
todo el dominio de la vida humana y encuentra en la Liturgia su expresión más
privilegiada, pues en ella los símbolos llegan a conferir la gracia de Dios (sacramentos).
Por el don de inteligencia se nos concede una correcta percepción de los
símbolos mediante los cuales se expresa el sentido de lo sagrado y se nos libra
de la tentación de querer reducir la liturgia a enseñanza, a mera catequesis, a
palabras. La liturgia es un lenguaje hecho por igual de palabras y de gestos,
de silencio y de símbolos, que, de este modo, es mucho más integral que las
meras palabras, y nos “coge” en la totalidad de nuestro ser espiritual y
corporal a la vez.
El
don de inteligencia nos concede penetrar el sentido de los símbolos que emplea
la liturgia, sobre todo en los sacramentos que son “las fuerzas que salen del
Cuerpo de Cristo, siempre vivo y vivificante” (CEC 1116). Pues los sacramentos
son acciones de Cristo en persona; no sólo están administrados en su nombre,
sino que es Cristo mismo quien los administra, pues el sacerdote actúa in persona Christi: es siempre Cristo
quien bautiza, quien confirma, quien sana, quien perdona, quien consagra etc.
El don de inteligencia nos permite comprender todo esto, a pesar de la esencial
humildad propia de los sacramentos,
que esconden la acción divina bajo signos humanos (agua, pan y vino, aceite
etc.).
d) Nos concede el
descubrimiento del mundo invisible
En el mundo actual el hombre está
prisionero de la imagen sensible y ha perdido el sentido de lo invisible. Es un
“hombre animal” que no percibe ya lo espiritual y divino: “El hombre naturalmente no capta las cosas
del Espíritu de Dios; son necedad para él” (1Co 2,14). Por el don
de inteligencia se nos abre este “sentido de lo invisible”, por el cual
empezamos a percibir la dimensión invisible de la creación. En el Credo, en
efecto, decimos “Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo
invisible”. El creyente es, como Moisés, alguien que camina “como si viera al Invisible” (Hb
11,27), alguien cuya mirada está centrada precisamente en lo invisible: “No ponemos nuestros ojos en las cosas
visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas” (2Co
4,18).
Esto
vale particularmente del misterio de la Iglesia, cuya esencia última es
invisible, porque es la obra de divinización de la humanidad que Dios va
realizando progresivamente. El don de
inteligencia también nos permite comprender el misterio de Iglesia, que está
oculto bajo los humildes signos de su
humanidad: “Es característico de la Iglesia ser, a la vez, humana y divina,
visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la
contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina, y todo esto de
suerte que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo
visible a lo invisible, la acción a la contemplación y lo presente a la ciudad
futura que buscamos” (SC 2). Percibir la realidad de la Iglesia es una gracia,
es un acto de fe, que el Espíritu Santo actúa en nosotros mediante el don de
inteligencia.
El don de inteligencia y la bienaventuranza de los limpios de corazón
Cada don del Espíritu Santo lleva
consigo como un inicio de bienaventuranza. En el don de inteligencia se trata,
obviamente, de la bienaventuranza de los limpios de corazón: “Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8). La pureza de corazón
consiste en la carencia de duplicidad, de doblez, es decir, en la simplicidad
del corazón, en la actitud de un corazón que no está dividido entre Dios y los
ídolos (Sal 23,4), sino que está perfectamente unificado en torno a Dios. Por
eso el salmista ora: “Señor, unifica
mi corazón” (Sal 86,11), a fin de que, estando todo él centrado
en Dios, no se disperse en una "legión" (Mc 5,9), sino que se
unifique “en el temor del Señor”, alcanzando
así la “sencillez de corazón” (Col
3,22), es decir, la actitud espiritual propia del hombre que sólo teme a
Dios. Es la actitud que el Señor alabó en Natanael (Jn 1,47) y cuya carencia
reprochó a los fariseos (Mt 23,25-28 Lc 11,39-40). La pureza de corazón hace
del corazón del hombre un prisma totalmente transparente a la luz de Dios. Por
eso esta bienaventuranza remite a la visión.
Por el don de
inteligencia, miramos con la mirada de Dios y entonces todo se hace luminoso y
lleno de belleza porque los ojos de Dios son “demasiado puros para
ver el mal” (Ha 1,13) y Él que es “luz sin tiniebla alguna” (1Jn 1,5) posee una
visión luminosa de toda la realidad. De esa visión participan los limpios de
corazón: “Para los limpios todo es
limpio; mas para los contaminados e incrédulos nada hay limpio, pues su mente y
conciencia están contaminadas” (Tt 1,15). Por eso el limpio de corazón
sigue a Dios por dondequiera que vaya (Ap 14,4), es el amigo del Esposo que se
alegra de escuchar su voz (Jn 3,29), conoce las costumbres de Dios y
sabe discernir su presencia y su acción en medio de los asuntos del mundo.
El corazón puro es un vidente que
percibe a Dios por todas partes. Para el limpio de corazón es evidente que Dios
es la única realidad absoluta sobre la que es posible construir la totalidad de
la vida humana. Poco antes de su muerte le preguntaron al cardenal Wyszynski en
una entrevista cuál era la idea arquitectónica de toda la pastoral de la
Iglesia de Polonia. El cardenal respondió con una sola palabra: ¡Dios! ¡Dios
por todas partes! Pues desde el comienzo de la alianza Dios ha sostenido un
solo combate: el combate de su existencia en el corazón de los hombres en
contra de los falsos dioses y de los ídolos.
Sólo los corazones puros son capaces
de vencer todos los totalitarismos. Se da, en efecto, una relación muy estrecha
entre la bienaventuranza de los corazones puros y la limpieza de las relaciones
entre la Iglesia y los poderes temporales. Tomás Moro, canciller del rey
Enrique VIII, era un corazón puro; esta pureza repercutía en las relaciones que
mantenía con el monarca. Tomás Becket actuaba del mismo modo con Enrique II. Pío
VI y Pío VII obraron igualmente con Napoleón. Aquellos cristianos que ocupan
cargos elevados en la sociedad civil y en la Iglesia tienen una necesidad
inmensa de esta bienaventuranza que, basada en la limpidez de la alianza,
asegura la pureza -la castidad- de las relaciones con los poderes mundanos.
Lo
opuesto al don de inteligencia es la ceguera espiritual y el embotamiento del
sentido espiritual. La primera está conectada con la lujuria y el segundo con
la gula, pues los pecados de la carne se oponen a los vuelos del entendimiento
espiritual. Por eso la castidad y la sobriedad son fuentes de lucidez
espiritual. Sólo el hombre “de manos
inocentes y puro corazón” puede “subir al monte del Señor y estar en el recinto sacro”, es decir,
entrar en comunión con Dios (Sal 23,3-4). Pero en el fondo del corazón del
hombre habitan unos impulsos egoístas, capaces de brotar con violencia en
cualquier momento, que se oponen a la acción de Dios en nosotros. Pablo hizo la
dolorosa experiencia de esta condición (Rm 7,21-23). A causa de ello el corazón
humano "escapa", en cierto modo, al control del propio hombre, al que
constituye y define. De ahí que la "limpieza" del propio corazón sea
una tarea que supera las posibilidades del hombre y que tenga que ser el
propio Dios quien la asuma. El conferirá al hombre un corazón nuevo (Ez 36,26) que
Le conozca y con el que el hombre se entregue a El “con todo su corazón” (Jer 24,7).
Para que el don de inteligencia se ejerza, es imprescindible una gran pureza de corazón: la mirada del alma debe de estar purificada del peso de las imágenes, de los errores, de la seducción y de la perversión de las herejías. Y eso supone que la pureza de corazón haya llegado a la parte superior del alma, a la mens, es decir, al espíritu, al centro del alma. Y esta obra de purificación la hace el don de inteligencia: Et hanc munditiam facit donum intellectus (Santo Tomás II-II, q.8, a.7). Que el Señor nos lo conceda.
Escuela de la fe #03: Palabra y Silencio
Palabra y Silencio
D. Fernando Colomer Ferrándiz
29 de enero de 2021
VI Domingo del Tiempo Ordinario
14 de febrero de 2021
(Ciclo B - Año impar)
- El leproso vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento (Lev 13, 1-2. 44-46)
- Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación (Sal 31)
- Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo (1 Cor 10, 31 — 11, 1)
- La lepra se le quitó, y quedó limpio (Mc 1, 40-45)
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Cáliz de Qaraqosh (Irak) en Murcia
Por los enfermos
Padre Santo,
cuida de todos los enfermos del mundo;
sostén a quienes han perdido la esperanza;
consuela a quienes lloran en el dolor o sufrimiento;
protege a quienes no son atendidos;
acompaña a quienes viven en soledad;
alumbra a quienes pasan
una “noche oscura” y desesperan;
ilumina a quienes ven tambalear su fe
y se sienten atacados por las dudas;
da paz a quienes se impacientan;
devuelve la esperanza y la alegría
a quienes se llenaron de angustia;
cura los padecimientos de los más débiles y ancianos;
guía a los moribundos al gozo eterno;
conduce a todos al encuentro con Dios;
bendice abundantemente
a quienes acogen a los que sufren,
los acompañan con amor en la soledad,
les infunden alegría y esperanza,
los consuelan en su angustia y los sirven con caridad.
Amén.
(Inspirada en San Pío de Pietralcina)
V Domingo del Tiempo Ordinario
7 de febrero de 2021
(Ciclo B - Año impar)
- Me harto de dar vueltas hasta el alba (Job 7, 1-4. 6-7)
- Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados (Sal 146)
- Ay de mí si no anuncio el Evangelio (1 Cor 9, 16-19. 22-23)
- Curó a muchos enfermos de diversos males (Mc 1, 29-39)
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