Navidad - Misa de medianoche

15 de agosto 

 25 de diciembre de 2020

(Ciclo B - Año impar)





  • Un hijo se nos ha dado (Is 9, 1-6)
  • Hoy nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor (Sal 95)
  • Se ha manifestado la gracia de Dios para todos los hombres (Tit 2, 11-14)
  • Hoy os ha nacido un Salvador (Lc 2, 1-14)
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          Queridos hermanos: ¿Cuál es el misterio que estamos celebrando? NO celebramos ciertamente el solsticio de invierno, ni los paisajes nevados, ni un vago y genérico “espíritu de la Navidad”, ni unos sentimientos filantrópicos de simpatía y bondad para todos, SINO el nacimiento en la carne del Hijo único de Dios. Es este acontecimiento histórico, realmente acontecido, lo que celebramos hoy. Es este hecho, que es el único, por cierto, que puede fundamentar unos sentimientos de bondad y de misericordia para con todos los hombres, y sobre todo de  esperanza de salvación para todos.

          Este hecho consiste en que “un niño nos ha nacido, un hijo de nos ha dado”, como afirma el profeta Isaías en la primera lectura de hoy. Cuando nace un niño, sus padres descubren inmediatamente, con sorpresa, que ese hijo que ha venido al mundo a través de ellos, a través de su abrazo de amor, es otro, es distinto, es un sujeto humano diferente, en el que ya se vislumbran formas y criterios propios, independientes de los de sus padres. Aunque su existencia misma depende todavía por completo del cuidado de sus padres para subsistir, sin embargo ya muestra claramente su alteridad, su ser-otro.

          En el caso de Jesús, que no procede del abrazo de sus padres, sino directamente de Dios, porque Él es el Hijo único de Dios que se ha hecho hombre en el seno virginal de María, esta alteridad se marca con una fuerza inconmensurable: Él es el Otro por excelencia, y por eso mismo nos trae la salvación. La salvación, hermanos, no viene del hombre; el hombre no se puede salvar a sí mismo. Ningún producto humano salvará a los hombres: no será la ciencia, ni la tecnología, ni la cultura, la que salvará al hombre, sino tan sólo este Niño cuyo nacimiento estamos celebrando. La ciencia y la técnica podrán añadir algunos años a la vida del hombre en la tierra; la cultura podrá llenar esos años de actividades significativas; pero sólo este Niño será capaz de llenar esos años de vida eterna, de la única vida que ha vencido a la muerte, y que es la Suya, la vida de la que Él vive en comunión con el Padre y con el Espíritu Santo, la vida divina.

          Nos ha nacido un niño, no un libro, ni un programa, ni un código ético: “un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado”. La salvación no llega a nosotros a través de unas ideas, o de unas acciones, o de unas obras de filantropía. La salvación se nos ofrece en un niño, y sólo quien acoja a este Niño, cuyo nacimiento celebramos hoy, podrá alcanzarla. Acoger a un niño es algo muy exigente, que termina por cambiar nuestra vida por completo. Porque es acoger una fragilidad extrema -nada hay tan frágil como un bebé- y decir: “quiero que seas”, y poner todo el empeño y toda la vida al servicio de que ese niño sea, exista, crezca. Dios viene a nosotros como un niño. Y hace falta que cada uno de nosotros lo acoja, lo deje existir y le ayude a crecer en la propia vida. Para lo cual es imprescindible que uno aparte de su vida todo aquello que pueda dañar a ese niño, todo aquello que hace incompatible su presencia en mi vida. Y eso es el pecado. “Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa”, nos ha recordado el apóstol en la segunda lectura, haciéndose eco de lo que este Niño proclamará cuando ya sea un hombre adulto: “no podéis servir a dos señores: no podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13), ni a ningún otro ídolo.

          Por eso hemos de aprender, en medio de esta sociedad de bienestar y consumo, a vivir con sobriedad, a mostrar a todo el mundo que la felicidad, la alegría y la paz del alma, no dependen de las posibilidades adquisitivas, sino de la belleza que irradia el rostro bendito de Jesús que hemos acogido en nuestra vida y que constituye nuestro tesoro más grande: “¡Oh Jesús, mi único tesoro!” decía Santa Teresita en una de sus oraciones.

          Es importante, hermanos, que se vea que somos el pueblo y la familia de este Niño, el pueblo y la familia de Jesús. Que lo que a nosotros nos interesa es que Él sea conocido, amado, acogido por todos. Que no tenemos otro interés ni otra función en la historia humana. Que nuestra misión no es política, ni cultural, ni económica; que no somos una fundación benéfica ni una O. N. G.: somos el pueblo y la familia de Jesús, sus hermanos nacidos “no de la carne, ni de la sangre, sino de Dios”, porque “hemos creído en Él”. Somos su Cuerpo, el lugar de su presencia y su acción en el mundo, el lugar donde resplandece la luz de su rostro: “Y todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen, cada vez más gloriosos” (2Co 3,18), para que la luz del rostro de Cristo alcance a todos los hombres. Amén.

IV Domingo de Adviento

15 de agosto 

20 de diciembre de 2020

(Ciclo B - Año impar)





  • El reino de David se mantendrá siempre firme ante el Señor (2 Sam 7, 1-5. 8b-12. 14a. 16)
  • Cantaré eternamente tus misericordias, Señor (Sal 88)
  • El misterio mantenido en secreto durante siglos eternos ha sido manifestado ahora (Rom 16, 25-27)
  • Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo (Lc 1, 26-38)
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          En la proximidad de la Navidad la liturgia de este IV domingo de Adviento nos recuerda cuál es la identidad de Jesús, del Mesías esperado, porque en la identidad de Jesús, descubrimos también la identidad de Dios. El evangelio de hoy nos describe esta identidad con dos expresiones: “Hijo del Altísimo” o “Hijo de Dios” y, por otro lado, “hijo de David”, puesto que el ángel le dice a María que el Señor Dios le dará el trono de David su padre.

          San León Magno afirma, en una de sus cartas: “De nada sirve reconocer a nuestro Señor como hijo de la bienaventurada Virgen María y como hombre verdadero y perfecto, si no se le cree descendiente de aquella estirpe que en el Evangelio se le atribuye. Pues dice Mateo: Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham. El evangelio de hoy se preocupa de subrayar que José, con quien estaba desposada la virgen María, era “de la estirpe de David”.

          Jesús, de hecho, fue reconocido y aclamado, durante su vida pública como “hijo de David”. ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!, le grita el ciego Bartimeo en Jericó (Mc 10,47-48). ¡Hosanna al Hijo de David!, le aclaman los niños cuando expulsa a los vendedores del Templo de Jerusalén (Mt 21,15). ¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! le dice la mujer cananea (Mt 15,22). Y en la entrada en Jerusalén la gente que iba detrás y delante de él gritaba: ¡Hosanna al Hijo de David! (Mt 21,9), mientras algunos de los que le acompañaban gritaban: Bendito el Reino que viene de nuestro padre David (Mc 11,10).

          “Hijo de David” significa: en ti se cumple la promesa que Dios hizo a nuestro padre David, por medio del profeta Natán; significa: tú eres esa descendencia prometida a David que reinará para siempre en presencia del Señor y cuyo trono durará por siempre, tal como hemos escuchado en la primera lectura de hoy. Así lo entendió San Pedro (cf. Hch 2, 29-31), quien proclamará el día de Pentecostés, que  el Reino de nuestro padre David ha quedado consolidado, puesto que la carne de Cristo, nacido del linaje de David, no había conocido la corrupción del sepulcro, dando así cumplimiento a las palabras del salmo 15: “Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción” (Sal 15, 10). 

          Hermanos: Quienes creyeron en Jesús, no dieron su fe al iniciador de una religión nueva, sino a aquel en quien se cumplían y se hacían realidad las promesas hechas a los padres, a David, a Moisés y a Abrahán, como el propio Jesús, una vez resucitado, explicará a Cleofás y a su compañero, camino de Emaús: Y empezando por Moisés (es decir, por la Ley) y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras (Lc 24,27). Ser cristiano es insertarse, por la fe y el bautismo, en la historia que el Señor inició con Abraham, Isaac y Jacob, y que continuó con Moisés, con David, con los profetas, culminándola en Jesucristo. Por eso la Iglesia no deja de leernos el Antiguo Testamento, para recordarnos siempre la historia a la que pertenecemos, en la que nos hemos integrado, y que es la historia de la salvación, la que nos conduce al banquete del reino de los Cielos, en el que  vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob (Mt 8, 11). Nosotros, que no somos descendencia de Abraham según la carne, somos los que hemos venido “de oriente y occidente” y participamos con él en el banquete del Reino.

          Al entrar en esta historia, hemos comprendido que Dios es fiel, que cumple sus promesas, a su ritmo, que es un ritmo pausado, tranquilo, porque para el Señor un día es como mil años y, mil años, como un día (2Pe 3,8). David murió unos mil años antes de Cristo; pero, al cabo de esos mil años, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley (Ga 4,4). Él es el Hijo de David y el Hijo del Altísimo, el Hijo de Dios, tal como San Pablo, escribiendo a Timoteo, dice: Haz memoria de Jesucristo el Señor, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David. Éste ha sido mi evangelio (2Tm 2,8).  Dios es fiel, por encima incluso de nuestra infidelidad: “Si somos infieles, él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo” (2Tm, 2,13).

          La fidelidad de Dios, que cumple siempre sus promesas, es el fundamento de nuestra esperanza, tal como dice la Carta a los Hebreos: “Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la Promesa” (Hb 10, 23). Pues la esperanza es el  “ancla firme y segura de nuestra alma, que penetra hasta dentro de la cortina, adonde entró por nosotros como precursor Jesús(Hb 6, 19-20), que está sentado a la derecha del Padre y en quien nuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también nosotros apareceremos gloriosos con él (Col 3, 3-4). Por eso, en este tiempo de Adviento, oramos diciendo: “¡Marana tha, Ven, Señor Jesús!”.

La historia de José, el hijo de Jacob

Catequesis parroquial nº 160

Autor: D. Fernando Colomer Ferrándiz
Fecha: 16 de diciembre de 2020

Inviolata



¡Tú eres, oh María,
pura, casta y sin mancha!
Tú que has llegado a ser
la radiante puerta del cielo,
oh Madre muy amada de Jesucristo,
recibe nuestras piadosas alabanzas,
que brotan del corazón y de los labios:
que nuestros corazones y nuestros cuerpos
permanezcan puros.
Por tus dulces plegarias
alcánzanos la salvación
para la eternidad.
¡Oh Madre llena de bondad,
oh María nuestra Reina,
tú que eres la única sin pecado!


(Oración del siglo XIII)




III Domingo de Adviento

15 de agosto

 

13 de diciembre de 2020

(Ciclo B - Año impar)





  • Desbordo de gozo en el Señor (Is 61, 1-2a. 10-11)
  • Me alegro con mi Dios (Salmo: Lc 1, 46-50. 53-54)
  • Que vuestro espíritu, alma y cuerpo se mantenga hasta la venida del Señor (1 Tes 5, 16-24)
  • En medio de vosotros hay unoque no conocéis (Jn 1, 6-8. 19-28)
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          El evangelio de hoy nos presenta a Juan el Bautista ante todo como el testigo de la luz, según lo que el evangelista afirma de él poco antes: “Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Este vino (…) para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él” (Jn 1,6-8). El bautismo era una actividad insólita en la historia de Israel. Por eso Juan, bautizando, llamaba la atención, y suscitaba algunas preguntas del tipo: “¿Adónde quiere llegar Juan actuando así? ¿Quién piensa que es?” Por eso las autoridades judías, desde Jerusalén, envían una delegación compuesta por sacerdotes, levitas y fariseos, para preguntarle a Juan quién es él y con qué autoridad hace lo que está haciendo. Estas preguntas van a darle a Juan la ocasión de dar testimonio de la luz.

          Resulta paradójico que la luz necesite un testimonio. Sin embargo los hombres no se encuentran de manera espontánea con el resplandor de la luz, y hace falta que alguien les ayude a reconocer ese resplandor, a descubrir dónde está la luz. Es como si la luz fuera un tesoro escondido que debe ser primero descubierto, para que, a continuación, lo ilumine todo con su resplandor. Y así es Jesús. Él es “la Palabra (…) que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1,9). Pero su verdadera realidad no se encuentra simplemente en la superficie, siendo accesible con cualquier acercamiento. Porque Él no se impone, no hace violencia ni fuerza a nadie. Por eso es siempre posible evitarle y prescindir de Él. Jesús es la luz que exige la libre decisión del hombre para iluminar. Esa libre decisión se llama fe. Y para que el hombre pueda tomarla es imprescindible la ayuda del testimonio. Juan es el primer testigo de Jesús, el primero que revela su verdadera realidad y que le pone de manifiesto como luz.

          El testimonio es, en la vida del hombre, un método importantísimo para acceder a la verdad. Pues sobre muchas cuestiones, y cuestiones muy importantes para nuestra vida, nosotros no tenemos un acceso directo e inmediato a los datos de la cuestión -tal vez porque están situados en otro tiempo distinto al nuestro-, y no nos queda otro camino que recurrir a testigos dignos de crédito, a personas que han participado en esos acontecimientos y que merecen nuestra confianza. Así ocurre, por ejemplo, en los procesos judiciales donde, normalmente, los jueces nunca han asistido personalmente a los sucesos que tienen que juzgar. El testimonio que da Juan en el evangelio de hoy se articula en tres momentos: primero dice Juan quien no es él, después declara quién es él; y finalmente explica quién es el que viene después de él.

          Juan declara que él no es el Mesías, ni Elías, ni tampoco el Profeta. Como quiera que Elías no había muerto sino que había sido arrebatado al cielo en un carro de fuego (2R 2,11), y que el profeta Malaquías había anunciado que Elías sería enviado por Dios “antes del día de Yahveh, grande y terrible” (Ml 3,23), los judíos esperaban la venida de Elías poco antes de la llegada del Mesías. Y como quiera que la vestimenta de Juan el Bautista recordaba a la de Elías, pues sólo de ellos dos dice la Escritura que llevaban una “correa de cuero a la cintura” (Mc 1,6), Juan se siente precisado a afirmar que él no es Elías (lo cual, por cierto, no empece para que su misión esté en la línea de Elías, tal como afirma san Mateo al escribir: “Y si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir” (Mt 11,14), porque él viene delante del Mesías, aunque no inmediatamente antes del “día del Señor, fuerte y terrible”, que será la Parusía). Finalmente dice que él no es “el Profeta”, lo que se refiere al personaje del que habla Moisés en el Deuteronomio cuando dice que “el Señor suscitará, en medio de ti, un profeta como yo, de entre tus hermanos” (Dt 18,18).

          Después Juan declara quién es él, y se presenta como el precursor, es decir, el que va por delante preparando el camino al que viene detrás de él, que es tan importante, que Dios mismo ya anunció, por el profeta Isaías, que enviaría a alguien para preparar su camino. Y finalmente anuncia dos rasgos de aquel que viene detrás de él: el ocultamiento y la dignidad. “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”, dice Juan. Y sin embargo su dignidad es tan grande que ni siquiera Juan se considera digno de desatarle la correa de su sandalia (un servicio propio de esclavos). La dignidad del que viene detrás de él la explicará Juan, en otros momentos, hablando de que él “bautizará con Espíritu Santo” (Mc 1,8), de que “en su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era: recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga” (Mt 3,12), o presentándolo como “el novio” que se le da a “la novia” que es Israel (Jn 3,29), o señalándolo como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29).

          Lo mismo que fue Juan el Bautista para los primeros apóstoles, tenemos  que ser cada uno de nosotros para los hombres de nuestro tiempo. En medio de nosotros está, oculto en su Iglesia, aquél que es la luz “de todo hombre que viene a este mundo”. Pero es imprescindible que nosotros demos testimonio de él, para que pueda ser reconocido y acogido por la fe en todos los corazones.

Lo indecible y lo esencial

(El narrador evoca las conversaciones con su abuela, que vive en la estepa rusa, en los tiempos del comunismo de Stalin, durante un verano de su adolescencia. Retrospectivamente se da cuenta de que aquel verano marcó el final de su infancia, porque sus conversaciones con su abuela perdieron el sentido poético y evocador que habían tenido los veranos anteriores y se hicieron banales e intranscendentes, incapaces de evocar lo esencial) 

          Entretanto, continuábamos colmando el silencio, cual tonel de las Danaides, con palabras inútiles y réplicas vacías: “¡Hace más calor que ayer! Gavrilych está otra vez borracho…La Kukuchka[1] no ha pasado esta noche… ¿Fíjate, está ardiendo la estepa! No, es una nube… Haré más té… Hoy, en el mercado, vendían sandías de Uzbekistán…”.

          ¡Lo indecible! Estaba misteriosamente ligado –ahora lo entendía- a lo esencial. Lo esencial era indecible. Incomunicable. Y todo lo que, en este mundo, me torturaba por su muda belleza, todo lo que prescindía de la palabra, me parecía esencial. Lo indecible era esencial.

          Esta ecuación creó en mi cabeza una especie de cortocircuito intelectual. Y gracias a su concisión, aquel verano me topé con esta terrible verdad: “La gente habla porque teme el silencio. Hablan maquinalmente, en voz alta o para sus adentros, se embriagan con esa papilla vocal que envisca a seres y objetos. Hablan de cosas sin importancia, de dinero, de amor, de nada. Y utilizan, incluso cuando hablan de sus amores sublimes, palabras dichas cien veces, frases totalmente desgastadas. Hablan por hablar. Quieren conjurar el silencio…”.

          El matraz del alquimista se había roto. Conscientes de la absurdidad de nuestras palabras, proseguíamos nuestro diálogo diario: “Parece que va a llover. Mira ese nubarrón. No, es que está ardiendo la estepa… Anda, la Kukuchka ha pasado más pronto de lo habitual… Gavrilych… El té… En el mercado…”.

          Sí, una parte de mi vida había quedado atrás. La infancia (…) El final también de un periodo de mi vida, un final marcado por este extraordinario descubrimiento: mis conocimientos no me procuraban ni la felicidad ni el contacto privilegiado con lo esencial.

 


 Autor: Andrei MAKINE

Título: El testamento francés

Editorial: Tusquets Editores, Barcelona, 1997, (pp. 149 y 153)

 



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Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María

15 de agosto 

8 de diciembre de 2020

(Ciclo B - Año impar)





  • Pongo hostilidad entre tu descendencia y la descendencia de la mujer (Gén 3, 9-15. 20)
  • Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas (Sal 97)
  • Dios nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo (Ef 1, 3-6. 11-12)
  • Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo (Lc 1, 26-38)
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          La liturgia de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María nos retrotrae al inicio de la creación, al paraíso en el que Dios situó al hombre recién creado a imagen y semejanza de Él, creado “en la santidad y en la justicia”. Es el hombre según el querer de Dios, el hombre conforme a su voluntad. El hombre así creado vivía en la inocencia, lo que significa que veía todas las cosas en Dios, que percibía la realidad en la mirada de Dios. Por eso dice la Escritura que “estaban desnudos y no sentían vergüenza”. En efecto, en la desnudez corporal veían el ser personal del otro, “se veían”, porque así es la mirada de Dios: “todo es puro para los puros”.

          Sin embargo la serpiente, que es el diablo o Satanás, como precisa el Apocalipsis, consiguió alterar esa mirada, consiguió sacar la mirada de Adán y Eva de la mirada de Dios. Las consecuencias del primer pecado no se hicieron esperar: “vieron que estaban desnudos”. La expresión es patética, porque en realidad lo que significa es “ya no se vieron, ya no fueron capaces de percibir en la desnudez corporal la realidad personal del otro”. Iniciaron así la triste historia de la humanidad sometida a la ley del pecado: introdujeron la mirada objetivadora por la que los hombres somos incapaces de percibirnos en nuestra realidad personal y nos percibimos y tratamos como cosas, como instrumentos y no ya como fines en sí mismos. El deseo ya no fue deseo de comunión con el otro sino deseo de posesión, de dominio: “tu deseo te llevará a tu marido y él te dominará”, dijo el Señor a Eva. Y apareció el miedo de Dios: “me dio miedo porque estaba desnudo y me escondí”: es triste que el hombre se esconda de Aquel que es su Creador, su Padre y Amigo. El murmullo de los pasos de Dios en el paraíso debía producir en el hombre alegría y gozo por la presencia del Señor; sin embargo ahora, bajo la ley del pecado, produce miedo. Todo se ha alterado, las cosas ya no son lo que son, las cosas se hallan “como descoloridas” y han perdido su belleza primera, dirá San Anselmo. El hombre ha perdido el paraíso.

          “Las puertas del paraíso que Eva cerró, se han abierto ahora por la Virgen María”. El sí de María a la voluntad de Dios, su correspondencia perfecta a la gracia, devuelve al hombre la posibilidad de volver a entrar en el paraíso. Ella es la puerta por la que ha amanecido sobre el mundo la luz que es Cristo, tal como canta la liturgia de la Iglesia: Salve radix, salve porta ex qua mundo lux est orta. En María encontramos el rostro del hombre tal como Dios lo ha querido: el ejercicio de la libertad humana sin ceder para nada a la atracción del pecado. En ella contemplamos a la criatura que responde amorosamente al Creador, que no tiene miedo de la presencia del Señor, que no se esconde ante Él, sino que al contrario se presenta y se ofrece a Él en una disponibilidad absoluta: “aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

          Al corazón escindido de Eva, que por un lado reconoce el mandamiento del Señor, pero por otro lado se abre a la sugerencia del Maligno, se opone el corazón perfectamente unificado de María, mujer de un único amor, mujer que mira siempre en una única dirección, la de la voluntad del Señor. Por eso María es “llena de gracia”; por eso es mortal de necesidad para los demonios, que no pueden nada ante Ella, porque no encuentran en Ella el más mínimo resquicio por donde poder entrar. Por eso María es para los demonios, “terrible como un ejército en orden de batalla”, según la expresión del Cantar de los cantares. Por eso también las puertas del paraíso que Eva cerró son abiertas ahora por María, la nueva Eva, que responde al amor del nuevo Adán, que es Cristo, con un amor virginal, esponsal y maternal, con la respuesta que Dios se merece y que Él espera de los hombres: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu ser”.

          Que el Señor nos conceda parecernos lo más posible a María. Para que la cabeza de la serpiente sea aplastada en nuestra vida y Dios sea glorificado en nosotros. Amén.

II Domingo de Adviento

15 de agosto 

6 de diciembre de 2020

(Ciclo B - Año impar)





  • Preparadle un camino al Señor (Is 40, 1-5. 9-11)
  • Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación (Sal 84)
  • Esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva (2 Pe 3, 8-14)
  • Enderezad los senderos del Señor (Mc 1, 1-8)
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          En este tiempo de Adviento la liturgia de la Iglesia dirige nuestra atención hacia la única promesa que Dios nos ha hecho y que todavía no ha cumplido, la que profesamos en el Credo diciendo: “Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos”. Y a nosotros, como a los primeros cristianos, se nos plantea la cuestión: ¿por qué tarda tanto en venir el Señor?

          San Pedro, en la segunda lectura de hoy, responde a esta pregunta recordándonos, en primer lugar, que el tiempo de Dios no es como el tiempo de los hombres, que para Dios “mil años son como un día y un día es como mil años”. Con ello nos invita a entrar en el misterio de Dios, a comprender que los plazos de Dios no son nuestros plazos, y que los “cálculos” de Dios no se hacen con una medida humana. Nos invita, por lo tanto, a la confianza, al abandono, a saber que Él está ahí, actuando, pero con un obrar que no se ajusta a los parámetros de nuestra temporalidad.

          En segundo lugar nos da la clave secreta de todo ello: que como “Dios es Amor” (1Jn 4,8), “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tm 2,4). Y como consecuencia de ello tiene paciencia. Si Dios no tuviera paciencia con nosotros estaríamos todos condenados. Pero,  tal como el Señor le dijo a Moisés, Él es “lento a la ira” (Ex 34,6-7). Ya lo demostró con nuestro padre Adán, a quien dijo que el día que comiera del árbol prohibido moriría (Gn 2,17); y sin embargo Adán comió, y vivió 930 años, según dice la Escritura (Gn 5,5). Dios nos da tiempo para que nos arrepintamos y alcancemos así su perdón.

          Y puesto que Dios es así de bueno, “esperad y apresurad la venida del Señor”, nos sigue diciendo San Pedro en la segunda lectura de hoy. Esperad, es decir, comportaos como quien sabe que lo que el Señor ha prometido lo realizará, como quien no duda lo más mínimo de que Él volverá, y de que no lo hará como la primera vez, en la humildad de la carne, sino “sobre las nubes del cielo” (Mt 26,64), para “juzgar a los vivos y a los muertos” (Credo) y para implantar el Reino de Dios en toda su plenitud. “No hay nada más triste que el alba de un día en el que nada sucederá”, ha dicho un escritor italiano. Si nada va a suceder, la ley de la vida va a ser siempre la ley del más fuerte, y los pobres, los que lloran, los sufridos, los que tienen hambre y sed de justicia, nunca serán felices. Sin embargo Cristo los declaró felices: porque Él volverá e implantará “un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia”.

          Y apresurad la venida del Señor. ¿Cómo podemos “apresurar” la venida del Señor? Siendo santos. La santidad apresura la venida del Señor porque en la persona del santo Dios ya ha venido, ya ha hecho su obra; los santos son anticipaciones de la Jerusalén celestial, son adelantos del mundo nuevo, del cielo nuevo y de la tierra nueva en los que habita la justicia. Juan el Bautista lo sabía y sabía que él no podía conferir la santidad, sino tan sólo recoger el testimonio del arrepentimiento, el reconocimiento de los pecados: “confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán”, dice el Evangelio de hoy. Por eso añadía: “Detrás de mí viene el que puede más que yo (…) Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo”.

          El que puede más que él y bautiza con Espíritu Santo está en medio de nosotros: es Cristo, el Señor. Y Él puede y quiere, con el poder de su Espíritu, hacer de nosotros santos. Venimos a la Iglesia precisamente a encontrarle, para que Él pose su mano sobre nosotros y realice en cada uno de nosotros las maravillas de su Amor, haciendo de nosotros santos.

          La santidad, hermanos, es mucho más que las buenas obras, es mucho más que la moral. Es una participación en el ser de Dios, en la vida divina, en el “fuego devorador” (Dt 4,24; Is 33,14) que es “nuestro Dios” (Hb 12,29).

          La santidad es la mirada de Dios en nosotros. Es el milagro de que, a pesar de todas las miserias humanas, las propias y las ajenas, seamos capaces de mirarnos, a nosotros mismos y a los demás, con una ternura que no es traición a la Verdad, y con un corazón lleno de esperanza.

          La santidad es la anticipación del cielo aquí en la tierra. Un anciano que conoció, siendo joven, a san Juan Bosco, decía de él: “Nos hablaba del cielo como si hubiera estado en él”. Así es en verdad, porque en el corazón de los santos ya es el cielo.

          Donde hay un santo, hermanos, todo es posible, el milagro se hace realidad: los hombres comprenden que se pueden reconciliar entre sí, que se puede vivir de otra manera, que no hay ninguna fatalidad que no pueda ser rota por el Amor de Dios que ellos viven y llevan en su corazón.

          Los santos son nuestra esperanza.

          Que seamos los santos que Dios quiere que seamos, los santos que el mundo, y muy en especial España, necesita. 


Pudor espiritual

Unos hermanos de Scitia quisieron ver al abba Antonio. Se embarcaron en una nave y encontraron en ella a un anciano que también quería ir junto a Antonio. Pero los hermanos no lo sabían. Sentados en el barco, hablaban de las Sentencias de los Padres, de las Escrituras y de sus trabajos manuales. El anciano guardaba silencio. Al llegar al puerto supieron que también él iba en busca del abba Antonio. Cuando se presentaron, el abba Antonio les dijo: "Buen compañero de viaje habéis encontrado en este anciano". Y luego dijo al anciano: "Padre, has encontrado a unos buenos hermanos". Pero el anciano le respondió: "Son buenos, pero su habitación no tiene puerta. En sus cuadras entra todo el que quiere y desata el asno". Esto lo decía porque los hermanos hablaban de todo lo que pasaba por sus cabezas.


 

Título: Apotegmas de los padres del desierto

Editorial: Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 2017, IV, 1.




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I Domingo de Adviento

15 de agosto 

 29 de noviembre de 2020

(Ciclo B - Año impar)





  • ¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses! (Is 63, 16c-17. 19c; 64, 2b-7)
  • Oh, Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve (Sal 79)
  • Aguardamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo (1 Cor 1, 3-9)
  • Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa (Mc 13, 33-37)
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Dos palabras resumen la exhortación que el Señor nos hace en este primer domingo de Adviento: “Mirad” y “vigilad”. “Mirad”, es decir, “tened los ojos abiertos” para percibir bien cuál es vuestra situación. Para ello el Señor nos narra una breve parábola de la que se desprende que nuestra situación se caracteriza por dos rasgos:

a) Por la ausencia del dueño de la casa, del Señor. En efecto, el mundo, y con él nuestra vida, transcurre como si no hubiera “dueño de la casa”, puesto que está ausente, puesto que se ha ido de viaje. Esta sensación de ausencia puede suscitar en nosotros algunas tentaciones, que San Agustín (+ 430) describe así: “Los hombres observan que los bienes y los males de la vida presente son participados indistintamente por buenos y malos (…) Y se dicen para sus adentros que Dios no se ocupa de las cosas humanas, sino que las ha abandonado al azar, en el profundo abismo de este mundo, ni se preocupa en absoluto de nosotros. Y de ahí pasan a desdeñar los mandamientos”.

b) Por el hecho ineludible de que, el Señor, ahora ausente, volverá: esta casa (que somos nosotros, que es el mundo, que es la historia humana) es suya, y Él volverá a retomar lo suyo. Por lo tanto, la percepción correcta de la situación no se expresa bien diciendo que el Señor está ausente, sino más bien diciendo que el Señor está viniendo. Vendrá, en efecto, en primer lugar, el día de nuestra muerte. Escuchemos de nuevo a San Agustín: “Vendrá para cada uno el día en que cada persona ha de salir de aquí tal como va a ser juzgado. Por eso debe vigilar todo cristiano, para que no le encuentre desprevenido la venida del Señor. Y le hallará desprevenido ese día final, si le encuentra desprevenido el último día de su vida”. Vendrá también, finalmente, para toda la humanidad, al final de la historia humana, cuando con su venida resuciten los muertos y Él juzgue a todos los hombres y los pueblos de la tierra.

“Vigilad”, “velad”, es la otra actitud que nos inculca el Señor. El encargado de vigilar, según la parábola, es el portero de la casa. El “portero” del hombre es su corazón, porque en realidad el hombre no mira con los ojos sino con el corazón, es el corazón del hombre el que determina la orientación de la mirada, tal como decía San Agustín: Ubi amor, ibi oculus, el ojo mira lo que ama el corazón, lo que constituye su “tesoro”, porque  “donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6,21). 

“Yo dormía, pero mi corazón velaba”, leemos en el Cantar de los cantares (5,2). El corazón vela, queridos hermanos, si mantiene vivo en él el deseo de Cristo. Pues el deseo más profundo del hombre es el deseo de Dios: “mi alma está sedienta de ti, mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua” (Sal 62,2). El corazón vela cuando este deseo de Dios no es censurado, ni anestesiado. El peligro de nuestra sociedad es la multiplicación de los intereses y los atractivos superficiales, que pueden acaparar toda la atención del hombre y hacerle olvidar el deseo profundo de su corazón, que es Cristo, Dios con nosotros, el Emmanuel. De ahí la necesidad del silencio y de la austeridad, para que el corazón no quede embotado: “Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros” (Lc 21,34).

Cuando el alma se llena de sensaciones, de imágenes, de atractivos e intereses que, aunque no sean pecaminosos, son superficiales, banales, alejados de lo esencial, se produce un efecto de saturación que adormece el corazón, que lo embota. Como recuerda San Gregorio de Nisa (+ 395) lo que debe dormir es el cuerpo, no el corazón; lo que debe ser adormecido es “la turbación de los sentidos”, es decir, la vorágine de imágenes y de palabras frívolas que invade nuestra alma y que embota el corazón. El corazón debe, en cambio, permanecer en vela, vigilante, atento a la venida de Aquel que ama. 

La Iglesia, en el ritual de exequias, ora con las palabras de San Gregorio Nacianceno (+ 390): “No permitas, Señor, que en la hora de nuestra muerte, desesperados y sin acordarnos de él, nos sintamos como arrancados y expulsados de este mundo (…) sino que, por el contrario, alegres y bien dispuestos, lleguemos a la vida eterna y feliz, en Cristo Jesús, Señor nuestro”. “Que mi alma se alce sin demora al eterno abrazo de tu Amor misericordioso”, pedía Santa Teresita. Pero para que esta plegaria pueda ser atendida, es necesario que mantengamos vivo en nosotros el deseo de Cristo, el deseo de Dios. Y para ello necesitamos mucho más silencio y mucha menos televisión. Que el Señor nos haga capaces de guardar nuestro corazón.

El don de fortaleza

La virtud humana de la fortaleza

La fortaleza es quizá una de las virtudes más celebradas por la humanidad de todos los tiempos. La poesía y las artes figurativas parece que se inventaron para celebrar las hazañas de los hombres fuertes. Los griegos llamaron a esta virtud andréia, que nosotros traducimos por virilidad, pues por ella uno demuestra ser un hombre: anér. Ellos entendían la fortaleza sobre todo como firmeza de ánimo frente a una honrosa muerte, en especial en el campo de batalla.

También consideraron como perteneciente a la virtud de fortaleza, la actitud firme del hombre de carácter frente a las adversidades de la vida (que, aunque no comportan la muerte, comprometen, sin embargo, bienes muy preciados); la llamaron kartería, que el latín medieval tradujo por perseverantia y que podemos expresar hablando de dureza.

Finalmente también consideraron como perteneciente al campo de la fortaleza la capacidad de formular grandes propósitos y de perseguirlos con enérgica decisión; llamaron a esta actitud megalopsichía, es decir, magnanimidad.

La reflexión moral ulterior define la fortaleza en sentido amplio como “firmeza”, es decir, tenacidad en el cumplimiento del bien, y en sentido estricto como aquella particular firmeza de ánimo que consiste en no dejarse zarandear por graves peligros o males anejos al cumplimiento del deber o al ejercicio, aunque sea facultativo, de la virtud, incluso tratándose del peligro de muerte. La virtud de fortaleza se manifiesta en dos direcciones opuestas y complementarias: atacar y resistir, “ardua agredi et sustinere”. No es sólo soportar cosas difíciles sino también emprender cosas arduas.

 El don de fortaleza

El don de fortaleza tiene como objeto fundamental perfeccionar la virtud infusa del mismo nombre. Generalmente se piensa que la virtud de fortaleza no se adquiere sólo con nuestro esfuerzo, por medio de repetidos actos de valor, sino que nos la infunde directamente Dios al darnos la gracia santificante, junto con las virtudes teologales y las demás virtudes cardinales. Como todas las virtudes infusas no es propiamente un hábito, sino más bien una posibilidad que Dios nos da, dándonos su gracia. El don de fortaleza viene a conducir esa virtud infusa de fortaleza, que es una “capacidad”, a su perfección. Para ello el don de fortaleza eleva nuestras fuerzas hasta el plano de lo divino y nos enseña a actuar dejándonos llevar por el Espíritu Santo, al modo de quien sigue un impulso interior, de quien actúa por una especie de “instinto sobrenatural”, si cabe hablar así. Con el don de fortaleza el creyente se deja conducir  por Dios, y entra ya de lleno en la perspectiva bíblica, en la que la fortaleza es sólo un atributo de Dios “que afirma los montes con su fuerza” (Sal 64, 7), y que se complace en “elegir lo débil para confundir a los fuertes” (1 Co 1, 27). Siendo Dios el único fuerte, Él concede la victoria a quien quiere, exactamente a quien confía en Él, pues a Él no le impresionan “los músculos del hombre” sino únicamente “los que esperan en su amor(Sal 147,10-11). De ahí la palabra que el Señor dijo a Pablo: “Te basta mi gracia, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza”; lo que hizo exclamar a Pablo: “Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo” (2 Co 12, 9-10).

Como todos los dones del Espíritu Santo, el don de fortaleza nos hace obrar al modo deiforme. Es lo que gráficamente expresó la mártir Santa Felicidad al guardián de la prisión en que ella se preparaba para el martirio. Al oírla él gemir entre los dolores de parto, le dijo: “Pues, ¿qué será de ti cuando te rodeen las fieras?”. A lo que ella replicó diciendo: “Hoy soy yo quien sufre; mañana, Otro sufrirá en mí”.

 Importancia y necesidad

A lo largo de la historia de la salvación el Espíritu Santo ha realizado, mediante el don de fortaleza, increíbles maravillas. La carta a los hebreos las evoca diciendo: “Por la fe subyugaron reinos, ejercieron la justicia, alcanzaron las promesas, obstruyeron la boca de los leones, extinguieron la violencia del fuego, escaparon al filo de la espada, convalecieron de la enfermedad, se hicieron fuertes en la guerra, desbarataron los campamentos de los extranjeros. Las mujeres recibieron a sus muertos resucitados; otros fueron sometidos a tormento, rehusando la liberación por alcanzar una resurrección mejor; otros soportaron prisiones y azotes, aún más, cadenas y cárceles; fueron apedreados, tentados, aserrados, murieron al filo de la espada, anduvieron errantes, cubiertos de pieles de oveja y de cabra, necesitados, atribulados, maltratados; aquellos de quienes no era digno el mundo, perdidos por los desiertos y por los montes, por las cavernas y por las grietas de la tierra” (Hb 11, 33-38). Esta fuerza de la fe que evoca la carta a los hebreos se realiza por el don de fortaleza. Ese mismo don es el que ha hecho y hace que tantos y tantos cristianos hayan superado dificultades grandísimas para vivir su fe. Baste recordar en nuestro siglo XX las dificilísimas circunstancias en que han tenido que vivir su fe los cristianos en los países comunistas, en algunos países sudamericanos, y actualmente en Argelia, en Sudán, en Paquistán, en Vietnam y en China, por ejemplo.

No hace falta, sin embargo, situarse en países donde las condiciones políticas signifiquen una abierta persecución de la fe cristiana, sino que en la vida cotidiana del cristiano no es raro que se presente el dilema puro y duro de tener que elegir entre el pecado mortal o el heroísmo. Estos casos son mucho más frecuentes de lo que se podría pensar a primera vista. Hay tentaciones que se presentan a nosotros con una violencia inusitada y con un carácter repentino e inesperado; entonces, en cuestión literalmente de segundos, hay que elegir entre la fidelidad a Cristo o la traición del pecado. En esas ocasiones la simple virtud de fortaleza no basta, porque ella procede, como todas las virtudes, bajo la modalidad discursiva, que, en estos casos, resulta inadecuada por lenta; son casos en los que hay que actuar rápidamente y como “por instinto”. Y aquí es donde intervienen los dones del Espíritu Santo, sobre todo el don de consejo (percepción de la situación concreta) y el don de fortaleza.

 El combate espiritual

Conviene recordar que “la vida del hombre sobre la tierra es una milicia” (Jb 7, 1). La vida del hombre sobre la tierra comporta siempre un duro combate espiritual que  la catequesis tradicional de la Iglesia ha descrito como  una lucha entre el “alma” (es decir, el hombre interior que quiere ser fiel a Dios) y sus tres enemigos: mundo, demonio y carne.

          Para comprender la importancia del don de fortaleza fijémonos en el combate contra el mundo. El “mundo” como enemigo espiritual del cristiano, no significa la creación de Dios, que es buena, sino el conjunto de los hombres que rechazan a Dios, es decir, la humanidad pecadora en cuanto opuesta a Dios y a su designio de salvación. Es el mundo “que no puede recibir al Espíritu de la verdad” (Jn 14,17), porque está sometido al “Príncipe de este mundo” (Jn 14,30), que es “mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44). El “mundo” así entendido desarrolla un amplio aparato de seducción sobre los hombres, para persuadirlos amablemente de que obren el mal, de que pequen. Fundamentalmente intenta convencernos de que lo que la Palabra de Dios designa como pecado, en realidad no lo es: “el pecado no es pecado”. Para convencernos de ellos tendrá que decirnos un montón de mentiras y de falsedades, que repetirá machaconamente fingiendo que son evidencias conocidas y compartidas por todos (salvo por un pequeño grupo de trogloditas que son los cristianos).

          En el libro del Apocalipsis encontramos una impresionante descripción de esta realidad. Se nos habla primero del Dragón, “que es la serpiente antigua, el Diablo o Satanás” y que persigue a muerte a la Mujer vestida del sol, es decir, a la Iglesia (Ap 12), y que cuando ve que Dios la protege y la esconde en el desierto, “entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús” (Ap 12,17). Después se nos habla de una Bestia que surge del mar  a la que el Dragón -es decir, el Diablo- le da su poder y su trono y gran poderío (Ap 13, 1-2). Y finalmente se nos habla de otra Bestia que surge de la tierra y que “ejerce todo el poder de la primera Bestia en servicio de ésta, haciendo que la tierra y sus habitantes adoren a la primera Bestia” (Ap 13,12): “Vi  luego otra Bestia que surgía de la tierra y tenía dos cuernos como de cordero, pero hablaba como una serpiente (…) Realiza grandes señales (…) y seduce a los habitantes de la tierra con las señales que le ha sido concedido obrar al servicio de la Bestia” (Ap 13, 11.13a.14a). El poder que posee esta segunda Bestia es muy grande: “Hace que todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se hagan una marca en la mano derecha o en la frente y que nadie pueda comprar ni vender, sino el que lleve la marca con el nombre de la Bestia o con la cifra de su nombre” (Ap 13, 16-17). “No poder comprar ni vender” es como no poder vivir, como no poder subsistir: tal es la condición de los cristianos acosados por el mundo. Hace falta  mucha fortaleza para mantenerse fiel al Señor, sometidos como estamos a tanta presión.

          Pues el combate espiritual “no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están en el aire” (Ef 6,12). Esta última expresión (“que están en al aire”) nos indica que la presión contra los cristianos se ejerce de manera “atmosférica”. Lo “atmosférico” para el hombre es la cultura, en cuyas mallas el hombre nace, crece y se desarrolla. Pues la cultura es el conjunto de formas de actuar, de ver y de prever las cosas, de pensarlas y evaluarlas, de tomar decisiones, así como de entender las grandes cuestiones de la vida humana: origen, destino, muerte, etc. Es decir, “cultura” es sinónimo de “mentalidad”, de “sensibilidad”, de “visión de la realidad”. Y en este sentido los medios de comunicación social son los encargados de difundir la cultura ambiente, que ellos mismos generan en gran medida. La mentira más absurda, narrada repetidas veces por las cadenas de televisión como la cosa más normal del mundo, acaba pareciendo “normal” a casi todo el mundo.        Habría que hacer un análisis minucioso de todas las mentiras que la cultura actual proclama constantemente a propósito, sobre todo, del hombre, para, a través de ellas, someter a los hombres al imperio del pecado (pues toda mentira hace el juego al “padre de la mentira”). En el cine, en la literatura, en la televisión, en la prensa, se miente constantemente a propósito, por ejemplo, de la sexualidad (“se trata ante todo de obtener sensaciones placenteras”), del matrimonio (“lo más importante es la libertad”), de la educación de los hijos (“yo soy amigo de mis hijos”), de la importancia y del papel de los bienes materiales y culturales, es decir, de la esfera del “tener” (“tanto tienes, tanto vales”), del inicio de la vida humana (“un montón de células, un material biológico”) y de su final (“está como un vegetal”) etc. etc.

 El don de fortaleza y la cuarta bienaventuranza

          Santo Tomás, siguiendo a San Agustín, hace corresponder el don de fortaleza con la cuarta bienaventuranza (“hambre y sed de justicia”) porque la fortaleza recae sobre las cosas arduas y difíciles, y la “justicia” de la que habla esta bienaventuranza, es la cosa más ardua y difícil, porque no es la simple justicia distributiva (“dar a cada uno lo que le corresponde”), sino la “justicia del Reino”, la justicia de la que dijo el Señor que tiene que ser “mayor que la de los escribas y fariseos” (Mt 5,20), y que Él describió en ese largo discurso contraponiendo lo que “se dijo a los antepasados” con lo que Él nos dice (“pero yo os digo”) (Mt 5, 21-47). Esta justicia es, por lo tanto, la santidad misma de Dios, y por eso su descripción termina diciendo: “Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5,48).

La cuarta bienaventuranza se inscribe en la encrucijada antropológica de las necesidades y del deseo. El hombre como ser de necesidades puede llegar a ser un ser saciado. Los hombres saciados constituyen el dominio de la antibienaventuranza. Jesús se los tropezó a menudo: eran los integrantes del establishement del templo, que saciaban la necesidad religiosa en su vertiente cúltica, y aquellos fariseos que estaban satisfechos de su propia justicia. Eran también los que rechazaban frontalmente la salvación -y Jesús habló entonces de pecado contra el Espíritu-, y los que se negaban a seguir avanzando en la perfección, como el joven rico.

Frente a todas estas formas de saciedad, Jesus proclamó bienaventurados a los que tienen “hambre y sed de justicia”. Éstos son los hombres de deseo, es decir, los hombres que no se conforman con "satisfacer sus necesidades", sino que aspiran a desarrollar en sí mismos lo que está más allá de toda necesidad: la semejanza con Dios. Dios nos creó “a su imagen y semejanza”. El hombre de deseo es el que no censura esta vocación fundamental y primera, el que no renuncia a realizar la palabra de Jesús: “Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5,48). El hombre de deseo es el que sabe la falsedad radical del discurso del poder, que pretende darnos la felicidad por la satisfacción de todas las necesidades, y se yergue frente a él con la irreductibilidad de quien sabe que ningún mundo, ninguna "ecología", puede saciar el anhelo del corazón del hombre, porque ese anhelo apunta al mismo Dios: “Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón estará inquieto, hasta que descanse en ti” (San Agustín).

Aquel que en nuestros corazones suscita el hambre y sed de la justicia es el Espíritu del único Justo –porque sólo Tú eres santo- que es Jesús, el Espíritu Santo. La ley nueva es la ley del Espíritu santo, cuya misión en nosotros consiste en mantenernos unidos a la Fuente: así es como somos justos. Él que es "Señor y dador de vida", hace que de nuestro interior broten ríos “de agua viva” (Jn 7,38). Es Él quien no cesa de darnos hambre y sed de justicia y, por ello mismo, su misión en el mundo se refiere a la justicia. Por eso se habla de Él como Paráclito, como Abogado. Él es quien se dedica a convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Jn 16,8). Es Él quien deshace el proceso que los hombres de todos los tiempos han hecho contra Dios y contra Jesús. Deshace igualmente el proceso que los malvados hacen contra los justos y los testigos: “porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros” (Mt 10,20). Es el Espíritu Santo quien, creando en nosotros esta cuarta bienaventuranza, nos convence de que lo primero no es cambiar las estructuras de la sociedad, sino cambiar el propio corazón, haciéndoles anhelar la justicia-santidad de Dios, para participar en la cual el hombre ha sido creado.

 Efectos del don de fortaleza

El don de fortaleza es el principio y la fuente de todas las grandes cosas emprendidas o sufridas por Dios. Para ello este don:

1)              Destruye por completo la tibieza en el servicio de Dios. La tibieza es como una “tuberculosis del alma”, como una anemia espiritual y obedece casi siempre a una falta de energía y fortaleza en la práctica de la virtud, es decir, en la fidelidad a Dios. La tibieza se manifiesta a menudo como coqueteo con el mal, como complacencia en jugar con la tentación, quizás sin querer caer en ella, pero sin alejarse de ella. En la tentación el que es cobarde y huye es el valiente. Pero para esta huida hace falta ser fuertes.

2)              Nos hace valientes e intrépidos ante toda clase de peligros con tal de que se trate de ser fieles a la misión que Dios nos ha encomendado. Así ocurrió, después de Pentecostés, con los apóstoles, que desobedecieron la orden que les dieron de no hablar de Jesús, replicando que “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29), y que, cuando fueron azotados por ello, salieron “contentos y alegres de haber sufrido aquel ultraje por el nombre de Jesús” (Hch 5, 41). El don de fortaleza hace de nosotros unos buenos “luchadores”, unos auténticos “atletas de Dios”.

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Jesucristo, Rey del Universo

15 de agosto 

22 de noviembre de 2020

(Ciclo A - Año par)





  • A vosotros, mi rebaño, yo voy a juzgar entre oveja y oveja (Ez 34, 11-12. 15-17)
  • El Señor es mi pastor, nada me falta (Sal 22)
  • Entregará el reino a Dios Padre, y así Dios será todo en todos (1 Cor 15, 20-26. 28)
  • Se sentará en el trono de su gloria y separará a unos de otros (Mt 25, 31-46)
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La segunda lectura de hoy (1 Co 15) nos presenta a Jesucristo como el nuevo y definitivo Adán, primicia de una humanidad nueva, completamente sometida a Dios, en la que Dios “lo será todo para todos” y en la que todos los “principados, poderes y fuerzas” hostiles a Dios y enemigos del hombre serán destruidos. El último de todos ellos en ser aniquilado será la muerte, de manera que por Cristo todos los hombres volverán a la vida y Dios “enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte, ni llanto, ni gritos, ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21, 4). Entonces se hará realidad el objeto de nuestra esperanza: “los cielos nuevos y la nueva tierra, en los que habita la justicia” (2 Pe 3, 13).

Pero la primera lectura de hoy (Ez 34) y el Evangelio (Mt 25) nos recuerdan que los hombres seremos aceptados o excluidos de esa realidad preciosa, que es el mundo nuevo, según la elección vital que hayamos realizado a lo largo de nuestra vida en la tierra. Pues al establecer su Reino Dios dirá un no rotundo y definitivo a determinadas realidades humanas: a todas aquellas que son contrarias a la caridad, al amor con el que Dios nos ama. No todo lo que el hombre ha generado, a lo largo de la historia humana, podrá ser integrado en la Jerusalén celestial: quien se haya identificado con el mundo “que yace en poder del Maligno” (1 Jn 5,19) y con todo lo que hay en él -“la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas” (1 Jn 2,16)-, no podrá ser ciudadano de la Jerusalén celestial. Así pues, cada hombre tiene que hacer una opción vital que determina su destino eterno: o elige el mundo o elige el Reino de Dios. 

Elegir el mundo es elegir la voluntad de poder, de triunfo, de éxito, de eficacia por encima de todo. Cuando la elección es ésta, los pobres son una carga, un peso, una rémora, porque ellos requieren de nosotros una actitud hecha de gratuidad, de desinterés, de donación pura, que no busca la reciprocidad y la recompensa, porque ellos no pueden recompensarnos. “Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos” (Lc 14,13-14). 

Cuando se elige el mundo no se quiere cargar con un fardo tan pesado, que ralentiza la construcción de una sociedad “perfecta”, es decir, sin problemas, con la que siempre sueña el hombre, y que el Evangelio desmiente, porque Cristo afirma: “a los pobres los tendréis siempre entre vosotros” (Jn 12,8). Cuando se prefiere la propia utopía a la realidad, cuando el propio deseo y los propios sueños son constituidos en la “ley” del obrar humano, entonces el hombre “se blinda” frente a los pobres mediante la indiferencia, la no-compasión: los lisiados, los minusválidos, los incurables, los deficientes, son declarados “no deseados” y se autoriza su exterminio. Ésta es la lógica del aborto y de la eutanasia, la misma lógica de Auschwitz. 

Elegir el Reino de Dios es comprender que, en el designio divino, “hasta el gorrión ha encontrado una casa y la golondrina un nido” (Sal 83), es decir, que para Dios no hay nadie que sea tan pequeño que no merezca su atención, su cuidado, su solicitud; que para Dios nadie está de más, no sobra nadie, porque Él no prescinde de ninguno de los que Él mismo ha creado, independientemente de la “eficacia” y de la “capacidad de éxito” que puedan tener. Elegir el Reino de Dios es dedicar a los pobres -por cierto, nadie hay más pobre que el concebido aún no nacido-, toda la atención gratuita que ellos requieren, sabiendo que al hacerlo recibimos de ellos mucho más de lo que les damos, puesto que, al amarlos gratuitamente, es cuando nosotros alcanzamos nuestra verdadera humanidad, cuando, por fin, llegamos a ser humanos de verdad. Pues lo que humaniza al hombre no es triunfar, sino amar.

¿Es posible amar así, con tanta gratuidad? Si permanecemos unidos a Cristo, si acogemos el don del Espíritu Santo que Él nos ha obtenido por su muerte y resurrección, entonces sí que es posible, porque “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5,5), y con ese amor sí podemos amar así, gratuitamente, sin necesitar de ninguna razón para amar. San Hipólito de Roma (+ 236) nos describe esta opción vital a favor del Reino de Dios poniendo en boca de Cristo las siguientes palabras: “Venid vosotros, benditos de mi Padre (…) los que habéis amado a los pobres y a los extranjeros, los que habéis sido fieles a mi amor, porque yo soy el amor (…) los que no habéis honrado la riqueza, sino que habéis hecho limosna a los pobres, los que habéis guardado intacto el sello de la fe y habéis sido diligentes en reuniros en las iglesias (…) los que habéis observado mi ley día y noche y compartido mis sufrimientos como valerosos soldados”. Que el Señor nos conceda la inmensa gracia de ser contados entre éstos.

Meditación sobre la muerte

 


Charla sobre la muerte realizada por ZOOM y subida al canal de formación católica de YouTube llamado AHONDA (17 de noviembre de 2020).