Cáliz de Qaraqosh (Irak) en Murcia
Por los enfermos
Padre Santo,
cuida de todos los enfermos del mundo;
sostén a quienes han perdido la esperanza;
consuela a quienes lloran en el dolor o sufrimiento;
protege a quienes no son atendidos;
acompaña a quienes viven en soledad;
alumbra a quienes pasan
una “noche oscura” y desesperan;
ilumina a quienes ven tambalear su fe
y se sienten atacados por las dudas;
da paz a quienes se impacientan;
devuelve la esperanza y la alegría
a quienes se llenaron de angustia;
cura los padecimientos de los más débiles y ancianos;
guía a los moribundos al gozo eterno;
conduce a todos al encuentro con Dios;
bendice abundantemente
a quienes acogen a los que sufren,
los acompañan con amor en la soledad,
les infunden alegría y esperanza,
los consuelan en su angustia y los sirven con caridad.
Amén.
(Inspirada en San Pío de Pietralcina)
V Domingo del Tiempo Ordinario
7 de febrero de 2021
(Ciclo B - Año impar)
- Me harto de dar vueltas hasta el alba (Job 7, 1-4. 6-7)
- Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados (Sal 146)
- Ay de mí si no anuncio el Evangelio (1 Cor 9, 16-19. 22-23)
- Curó a muchos enfermos de diversos males (Mc 1, 29-39)
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IV Domingo del Tiempo Ordinario
31 de enero de 2021
(Ciclo B - Año impar)
- Suscitaré un profeta y pondré mis palabras en su boca (Dt 18, 15-20)
- Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón» (Sal 94)
- La soltera se preocupa de los asuntos del Señor, de ser santa (1 Cor 7, 32-35)
- Les enseñaba con autoridad (Mc 1, 21b-28)
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En el evangelio de este domingo se nos
reitera la Buena Noticia de la llegada del Reino de Dios, que ya se nos anunció
el domingo anterior. Y ello se hace, de manera muy gráfica, presentándonos a un hombre que tenía un espíritu inmundo
al que Jesús libera. “Un espíritu
inmundo” significa una fuerza que supera al hombre, que se apodera de él, que
lo arrastra, que no le deja ser él mismo, que lo convierte en un guiñapo, en un
cascarón de nuez arrastrado por la corriente, en un ser incapaz de gobernarse a
sí mismo según la verdad y la dignidad de su propio ser. Eso es un “espíritu
inmundo”. Y de esos, hay muchos: la soberbia, la avaricia, la ira, la lujuria,
la pereza, la envidia, la gula etc. El evangelio nos enseña que todas esas
fuerzas están, en realidad, dominadas por Satán, por el Maligno, que es el
enemigo del género humano desde el principio.
El
evangelio de hoy nos da la Buena Noticia de que hay uno, Jesús, el Señor, que
tiene verdadero poder sobre todas esas fuerzas oscuras que aplastan al hombre;
y que Él, con su palabra poderosa, puede arrinconarlas, mandarles que dejen en
paz al hombre para que éste puede ser de verdad lo que es: imagen y semejanza
de Dios, y no un pelele en mano de unas fuerzas oscuras. De hecho, Jesús,
cuando nos enseñe a orar, nos mandará pedir: “y líbranos del Mal”.
El endemoniado se puso a gritar: ¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido
a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios. El demonio reconoce
en Jesús aquél que ha venido a destronarlos, a expulsarlos del corazón, del
alma y del cuerpo de los hombres; pues la llegada del Reino de Dios implica el
fin del poder de los demonios.
Notemos de
paso que el demonio se vanagloria de conocer la identidad de Jesús, de saber
que Él es “el Santo de Dios” (el demonio es un “listillo” y presume de ello).
Sin embargo ese “saber” no le sirve de nada, porque lo que salva no es “saber”
sino “confiar”: la fe que salva es la confianza en Dios por la certeza que
tenemos de que Dios es Amor y perdona nuestros pecados. Ésa es la fe que salva,
y no la “fe de los demonios” que lo saben todo sobre Dios, con toda exactitud,
pero que no confían para nada en Él.
Jesús ordena callar al demonio, porque
la proclamación de la verdad que el demonio hace no sirve de nada, ya que está
vacía de amor y de confianza en Dios. Los “listillos” no salvan al mundo, no
liberan del mal. Lo que salva al mundo es el amor de Dios. “Y nosotros hemos
conocido y hemos creído en el amor que Dios nos tiene” (1Jn 4, 16). Le ordena
también: Sal de él. Explica san
Jerónimo que es como si Jesús le dijera: “No me alegro de que me alabes, sino
de que te marches. Sal de este hombre, deja libre esta morada que está
dispuesta para Mí y que tú has usurpado. Abandona esta propiedad que es mía”,
pues le hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, para ser “amigo de
Dios”, para vivir con Él y en Él, y la presencia del demonio es incompatible
con la presencia de Dios.
Hermanos: los demonios, esas fuerzas
que dominan al hombre y no le dejan vivir según su dignidad, existían y
existen, y ningún avance de la ciencia ha conseguido eliminarlas. Basta pensar
en el alcohol, en las drogas, en las ludopatías, en la pornografía y en tantas
y tantas realidades que convierten al hombre del siglo XXI, con sus estudios universitarios,
con sus ‘masters’, con sus ‘erasmus’, con sus idiomas perfectamente hablados
etc. etc., en un adicto, en un ser
dependiente. Y la medicina y la psicología, con mucho esfuerzo y sin ninguna
garantía de éxito, intentan ayudar; pero no tienen ninguna receta mágica,
porque el origen y la naturaleza del Mal, de todo lo que es Mal, sigue siendo
muy misterioso. En resumidas cuentas, el hombre sigue necesitando un Salvador, porque, él solo, no sabe ni
puede salvarse a sí mismo (como mucho consigue gestionar un poco mejor sus
problemas).
Hasta los espíritus inmundos les manda y le obedecen. Ésta es la Buena Noticia. En Cristo, Dios ha desplegado su poder eficaz para salvarnos, para liberarnos de las fuerzas demoníacas que se apoderan de nosotros y destruyen nuestra humanidad: de la envidia, de la frivolidad, de la voluntad de poder, del egoísmo atroz. Jesús es aquel que “con una sola palabra” puede librarnos, tal como confesamos antes de ir a comulgar: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.
Navidad 2020
III Domingo del Tiempo Ordinario
24 de enero de 2021
(Ciclo B - Año impar)
- Los ninivitas habían abandonado el mal camino (Jon 3, 1-5. 10)
- Señor, enséñame tus caminos (Sal 24)
- La representación de este mundo se termina (1 Cor 7, 29-31)
- Convertíos y creed en el Evangelio (Mc 1, 14-20)
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El evangelio de hoy nos presenta a
Jesús que inicia su ministerio anunciando la Buena Noticia, diciendo que “se ha
cumplido el plazo” y ya “está cerca el Reino de Dios”, es decir, que Dios, por
fin, ha empezado a construir su Reino, a introducirlo en la historia. Jesús
dice que está sucediendo algo y nos pide, en consecuencia, dos cosas: que creamos de verdad que eso (la
introducción de su Reino en la historia humana) está sucediendo, y que nos convirtamos, es decir, que reajustemos
nuestra vida, que cambiemos la orientación de nuestra vida, en función de este
acontecimiento.
Lo que está sucediendo es objeto de
fe, hay que “creerlo”, porque no es algo evidente que se imponga por sí mismo a
los ojos de todos. Porque Dios está introduciendo su Reino en la historia
humana, pero al modo de un germen, de una semilla muy pequeña (“grano de
mostaza”), de una levadura. Por eso Jesús nos pide que “creamos” esta Buena
Noticia.
Nos pide también la “conversión” que
consiste, ante todo, en lo que nos ha recordado la segunda lectura de hoy: en
una relativización de las estructuras de este mundo. Puesto que, si es verdad
que Dios ha empezado a introducir su Reino en la historia humana, entonces todo
debe ser subordinado a este acontecimiento extraordinario y, por lo tanto, ya
no hay que absolutizar las realidades mundanas. En consecuencia “que los que
tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran;
los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no
poseyeran … porque la apariencia de este mundo se termina”. Es decir, “este
mundo”, este orden de cosas (las formas culturales, las leyes sociales,
políticas, económicas etc.), que nos parece tan sólido y consistente, es en
realidad provisional y sus días están contados. Por tanto sería un error
absolutizar las estructuras de este mundo que está caducando ante el Reino de
Dios.
Y es en el contexto de este anuncio y
de esta predicación de Jesús, como el Señor llama a sus primeros discípulos.
San Marcos es como un pintor que dibuja un boceto, que construye un esquema
esencial: narra las cosas según su esencia, sin adornarlas demasiado ni entrar
en excesivos detalles. Y sin embargo, en su esquematismo, san Marcos nos dice
muchas cosas.
Nos dice,
en primer lugar, que la iniciativa de la llamada viene siempre de Dios, de
Jesús, que es Él quien llama: nadie puede arrogarse por sí mismo el título de
discípulo de Jesús, de cristiano, si no es previamente llamado por Cristo.
En segundo
lugar nos recuerda que la llamada de Jesús posee una fuerza transformadora,
creadora de un hombre nuevo, si es acogida con fe, si es obedecida: “os haré
pescadores de hombres”.
En tercer
lugar nos recuerda que la llamada de Dios exige una ruptura, un abandono, de
realidades muy importantes, como son la profesión y la familia: “dejaron las
redes (…) dejaron a su padre Zebedeo con los jornaleros”. Es cierto que Dios no
pide a todos estas rupturas; pero es igualmente cierto que todos tenemos que estar dispuestos a hacerlas si el Señor nos las
pidiera. Familia y profesión son también realidades que pertenecen a este
mundo que pasa y que tienen que ser relativizadas ante Dios y su Reino.
En cuarto
lugar nos enseña que el primer contenido de la llamada es pedirles que se vayan
con Él, que vivan con Él. Por eso Marcos dice: “lo siguieron (…) se marcharon
con Él”. Más adelante lo expresa de una manera más contundente: “Llamó a los
que Él quiso (…) para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar” (Mc
3,13-14). Lo primero a lo que llama el Señor es a “estar con Él”; después ya
irán a predicar. Por eso la vida cristiana se describe como un “seguimiento” de
Jesús; es Él quien marca el camino, pero no nos dice de antemano cómo va a ser
ese camino; lo único que nos dice es “ven conmigo”. El seguimiento no es un
contrato laboral en el que se especifican los deberes y los derechos de cada
uno, es una historia de amor en la que lo único de verdad importante es estar
juntos, estar con Él. El cristianismo es, ante todo, amistad con Cristo,
intimidad con Cristo. Por eso es tan importante la oración silenciosa, el saber
“quemar tiempo” ante el Señor.
En quinto y último lugar la llamada del Señor nos introduce en la comunidad de todos aquellos a los que Él también ha llamado y están con Él. Y así uno, por seguir a Jesús, se encuentra con una serie de gente con la que, tal vez, de otro modo, nunca se habría encontrado. Y esa gente se convierte poco a poco para él en una gente muy especial, porque es la gente que está dispuesta a vivir y a morir por Cristo. Esa gente se llama Iglesia, y es la nueva familia, creada por Jesús, como semilla y anticipo de su Reino. Que el Señor nos conceda un corazón lleno de agradecimiento por habernos llamado, por poder estar juntos, con Él. Que así sea.
El don de ciencia
Lo específico del don de ciencia es la contemplación de las relaciones que constituyen el juego de las causas segundas, es decir, el orden de la creación. El don de ciencia percibe las conexiones causales que unen a todos los seres del universo entre sí y con Dios, y el sentido espiritual que tienen esas conexiones. Por él juzgamos rectamente, según los principios de la fe, del uso de las criaturas, de su valor, utilidad o peligros en orden a la vida eterna.
Quienes poseen este don tienen la “ciencia de los santos” (Sb 10,10), según la cual personas que no han hecho ningún estudio de teología nos sorprenden por la seguridad con que perciben si un acto, una doctrina, una devoción, un consejo, una máxima cualquiera está o no está de acuerdo con la fe. Es admirable cómo Santa Teresa, a pesar de su humildad y rendida sumisión a sus confesores, nunca pudo aceptar la errónea doctrina de que en ciertos estados elevados de oración conviene prescindir de la consideración de la humanidad adorable de Cristo.
Los dos aspectos de las criaturas
El don de ciencia ofrece al cristiano una percepción de todo el juego de las causas segundas, contemplado desde el punto de vista de Dios; de tal manera que el cristiano pueda discernir el sentido espiritual que tienen las criaturas que le salen al paso. Es un don fundamentalmente contemplativo, pero que tiene una inmediata utilidad para la elaboración de un criterio de conducta, de una moralidad. El don de ciencia le hace comprender al hombre el camino de vida por el que el Señor lo llama a llegar a ser lo que es. Le revela interiormente la misión que corresponde a su vocación propia y a sus dones particulares (…) así como a comprender de qué manera cada estado de vida liga nuestra existencia a Cristo. Por eso mediante este don el Señor “conduce al justo por caminos rectos” (Sb 10,10), haciéndole percibir la red de conexiones que unen a todos los seres del universo entre sí y con su Creador. Se obtiene de este modo una percepción religiosa, espiritual, de la creación, del universo, a la que el propio Señor nos exhorta al invitarnos a mirar las aves del cielo y los lirios del campo y a descubrir en ellos el amor providente del Padre del cielo (Mt 6,25-34).
Esta percepción religiosa de las criaturas nos obliga a ver en todas ellas una expresión de la omnipotencia del Señor, y por lo tanto una alabanza de gloria a Dios (S1 18,2-3; Dn 3,52-90), pero también una fragilidad constitutiva que las incapacita radicalmente para saciar el corazón del hombre: “¡Vanidad de vanidades! -dice Cohelet ¡vanidad de vanidades, todo vanidad!” (Qo 1,2). El don de ciencia nos instruye de este modo sobre la inconsistencia radical de todo el entramado de las realidades que pueblan nuestra experiencia histórica, mundana, poniéndonos en guardia frente al error que sería apoyar nuestra vida en ellas: “Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa” (1Co 7,29-31). No es, pues, raro, que el don de ciencia se manifieste en una especie de tristeza redentora y purificadora, en una especie de melancolía, de añoranza de un mundo que no esté ya “sometido a la vanidad” sino que esté “liberado de la servidumbre de la corrupción” y participe en “la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rm 8,20-21).
La “acedía” como rasgo determinante de la subjetividad contemporánea
Dicen los Padres del desierto que hay un pensamiento malo que ocupa la vida del monje, sobre todo en el centro de la jornada, durante las horas diurnas; ellos lo llaman acedía, término que significa dos cosas: el tedio y la ansiedad. Precisamente el tedio y la ansiedad son los males mayores de los que sufre el hombre contemporáneo.
El tedio es la señal del carácter prolijo, superfluo y fastidioso de todo lo que prácticamente nos ocupa. La ansiedad es a su vez la señal más pálida e imprecisa de la única cosa que importa, aunque ella no sabe decir por sí misma cuál ha de ser esta única cosa que importa. Tedio y ansiedad concurren conjuntamente a alimentar una tercera hermana, la tristeza: esa tristeza atmosférica y sin objeto preciso. Se trata de la “mala tristeza” o “tristeza de este mundo” de la que habla el Apóstol (2 Co 7,10).
Tedio, ansiedad y tristeza –en una palabra, acedía- definen sintéticamente la calidad del clima espiritual contemporáneo, que impide la generosidad del obrar, y que impone como inevitable la gravosa tarea de ocuparse de sí mismo, o de los propios “pensamientos”. Los “pensamientos”, en el lenguaje de los Padres del desierto, más que ideas son estados de ánimo, que generan después imaginaciones de la mente, pero que producen ante todo el efecto de replegar la mente sobre sí misma. Con motivo de este repliegue la mente se siente encerrada en un lugar angosto, del que parece que no puede salir mediante la acción, sino sólo divagando y fantaseando.
Pensemos en ese sutil sentimiento de angustia, o sólo de tedio, que alimenta en nosotros el deseo fácil de otra cosa, de otro lugar y de otra forma, que nos distraiga finalmente del presente. Este deseo alimenta a su vez la propensión al vagabundeo de la mente. La evagatio mentis es una de las tentaciones fundamentales de la vida; es un verdadero y propio “error”; para ninguna otra forma equivocada del vivir humano el término “error” parece mejor escogido. “Para el desgraciado todos los días son malos, el corazón contento tiene festín perpetuo”, dice un proverbio bíblico (Pr 15,15). Frente al sentimiento de angustia que demasiado a menudo te oprime, no debes pues manifestar la calidad de los días –como sugiere el sabio- sino considerar la calidad de tu corazón; es preciso que corrijas cuanto hay en él de triste, para que también la calidad de los días pueda parecerte diferente. La imagen que usa Evagrio de la celda que se ha hecho inesperadamente demasiado estrecha y fastidiosa, es como la imagen del monje (o del hombre contemporáneo) que está demasiado trabado dentro de sí mismo.
El don de ciencia nos ayuda a vencer la acedía purificándonos de nosotros mismos, desvelando nuestras insuficiencias y los límites que nos hacen incapaces de alcanzar las aspiraciones de nuestro corazón. El Espíritu Santo nos conduce hacia la verdad sobre nosotros mismos. Para que el hombre, con sus límites y sus aspiraciones, pueda encontrar a Dios, no tiene que hacerse ilusiones sobre sí mismo. Debe empezar por conocer y nombrar sus pensamientos y sus sentimientos. Solamente cuando haya descubierto, en su diálogo interior, lo que él es verdaderamente y a lo que aspira, es cuando podrá brotar el conocimiento de la voluntad de Dios sobre él.
De este modo el don de ciencia nos sostiene y nos protege en nuestra fidelidad a Dios a lo largo de las crisis de la existencia, de los “desfiladeros estrechos” por los que tenemos que caminar: el Espíritu Santo nos ayuda a revisar todo a la baja –“Yo no soy mejor que mis padres” (1 R 19,4)- y al alza: “Porque para Dios nada hay imposible” (Lc 1,37), es decir, nos conduce a una percepción realista (y por lo tanto humilde) de nosotros mismos y a una confianza en Dios.
El don de ciencia y la bienaventuranza de las lágrimas
La tristeza o añoranza de la que hablábamos antes se manifiesta en un llanto lleno de dolor, como el de Jesús frente a Jerusalén (Lc 19,42), al percibir la malicia del comportamiento humano, la mala orientación espiritual de los hombres y de la sociedad (Lc 23,27-28). Por eso San Agustín y Santo Tomás de Aquino hacen corresponder el don de ciencia con la bienaventuranza de las lágrimas.
Mateo escribe: Bienaventurados los afligidos, porque ellos serán consolados (5,3). Lucas afirma: Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis (6,21). El llanto y la risa, así como la aflicción, a la que se refieren los evangelios, no consisten en la materialidad psicológica de esos estados anímicos, sino que poseen un significado teológico. La risa designa la expresión orgullosa de la autonomía humana frente a Dios, mientras que el llanto expresa la conciencia de la dependencia de Dios en la adversidad, la certeza de que algún día Dios actuará y cambiará ese llanto en alegría, según las palabras del salmo: “Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares. Al ir iban llorando, llevando la semilla; al volver, vuelven cantando, trayendo sus gavillas (Sal 125, 5-6). El llanto del hombre, como expresión de la conciencia de su dependencia frente a Dios, conmueve al propio Dios, que es capaz de cambiar sus designios en atención a ese llanto, como ocurrió con el rey Ezequías (2Re 20,1-6).
No se trata, por lo tanto, de un simple llorar o de un simple reír, sino de las actitudes espirituales que están detrás de ello. Y eso es lo que expresa Mateo al hablar de los afligidos. Con esta expresión Mateo no indica una situación meramente pasiva, sino más bien una actitud activa, la de quienes están afligidos porque todavía Dios no reina por completo en la historia humana, porque ésta sigue estando llena de pecados cometidos contra Dios y de injusticias y faltas de amor hacia el prójimo, porque aparentemente es el mal quien triunfa en la historia. Mateo describe así la actitud propia de quien tiene “hambre y sed de justicia” (Mt 5,6) como dirá en la siguiente bienaventuranza. Se trata, pues, de la aflicción que nace al contemplar el olvido de Dios en el mundo, la indiferencia hacia Jesucristo, la resistencia al evangelio: “En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará; vosotros os entristeceréis, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo” (Jn 16,20). Se trata de la tristeza y la aflicción de quien constata que “el Amor no es amado”, según gritaba Francisco en las calles de Asís.
El don de ciencia está así a la base del don de lágrimas, por el que, en una gracia sensible, el Espíritu Santo hace subir a los ojos y a los labios -llanto y gemidos- el fondo de nuestra miseria: “Mi vida se consume en aflicción y mis años en suspiros” (Sal 30,11). Pero la tristeza cristiana es sin angustia porque nunca desespera. Es la compunción del corazón, una herida abierta por la gracia y dulcificada por ella: “Dichoso el hombre a quien corrige Dios: no rechaces el escarmiento del Todopoderoso, porque él hiere y venda la herida, golpea y cura con su mano” (Jb 5,17-18). Se trata de la “santa tristeza” que no deprime el corazón en el que toma posesión (a diferencia de la tristeza natural que nace de no poder saciar nuestras pasiones). Diádoco de Foticé (siglo V) se refiere a ella llamándola “tristeza amada por Dios”. En ella, según el testimonio de todos los que la han experimentado, existe un fondo de dulzura. Es la tristeza a la que se refiere León Bloy al terminar su novela “La mujer pobre” escribiendo: “Sólo hay una tristeza, la de no ser santos”.
Lo espiritual y lo intelectual
Quien no posee el don de ciencia, aunque sea muy inteligente, no consigue rebasar el nivel intelectual, el análisis de las causas y los efectos, pero en una clave siempre inmanente, sin rebasar el horizonte de este mundo, del ámbito que el Eclesiastés designa con la expresión bajo el sol y del que afirma: “He observado cuanto sucede bajo el sol y he visto que todo es vanidad y atrapar vientos” (Qo 1,14). Todo análisis intelectual, cualquiera que sea la clave interpretativa que emplee, -psicológica, económica, política, social, cultural, etc.-, es radicalmente insuficiente, precisamente porque se hace “bajo el sol”, es decir, porque no toma en consideración el elemento que, al final, resultará ser el más determinante: la relación viviente con Dios, la percepción de las implicaciones espirituales propias de los acontecimientos.
Esto último es lo propio del don de ciencia, gracias al cual el Espíritu Santo “ilumina los ojos del corazón” (Ef 1,18) y el hombre percibe, de manera intuitiva, el sentido espiritual propio de los acontecimientos concretos a los que está confrontado. Así se explica el profundo discernimiento que mostraba, por ejemplo, Santa Bernardita, la cual se negó rotundamente a aceptar cualquier regalo, como se negó a cambiar su propio rosario por un rosario de oro que le ofrecía un obispo, y exclamó ante el intento de cortarle un trocito de su delantal para tenerlo como reliquia: “¡Qué imbéciles! ¡Esa gente está loca!”.
El análisis espiritual es el único análisis que nos permite de verdad discernir los “signos de los tiempos”, es decir, la calificación espiritual propia de cada tiempo. El propio Señor urgió esta tarea al decir: “Cuando veis una nube que se levanta en el occidente, al momento decís: 'Va a llover', y así sucede. Y cuando sopla el sur decís: 'Viene bochorno', y así sucede. ¡Hipócritas! Sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo?” (Lc 12,54-56). Porque cada tiempo tiene, en efecto, una “calificación espiritual” que le viene de su relación con Dios y con el plan divino de salvación: “Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: Su tiempo el nacer y su tiempo el morir; su tiempo el plantar y su tiempo el arrancar lo plantado. Su tiempo el matar y su tiempo el sanar; su tiempo el destruir y su tiempo el edificar. Su tiempo el llorar y su tiempo el reír; su tiempo el lamentarse y su tiempo el danzar. Su tiempo el lanzar piedras, y su tiempo el recogerlas; su tiempo el abrazarse y su tiempo el separarse. Su tiempo el buscar, y su tiempo el perder; su tiempo el guardar y su tiempo el tirar. Su tiempo el rasgar y su tiempo el coser; su tiempo el callar y su tiempo el hablar. Su tiempo el amar y su tiempo el odiar; su tiempo la guerra y su tiempo la paz” (Qo 3,1-8). La sabiduría cristiana consiste en adecuar la propia acción a la calificación espiritual del tiempo. Y la percepción de esa calificación es lo que nos da el don de ciencia.
II Domingo del Tiempo Ordinario
17 de enero de 2021
(Ciclo B - Año impar)
- Habla, Señor, que tu siervo escucha (1 Sam 3, 3b-10. 19)
- Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad (Sal 39)
- ¡Vuestros cuerpos son miembros de Cristo! (1 Cor 6, 13c-15a. 17-20)
- Vieron dónde vivía y se quedaron con él (Jn 1, 35-42)
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Oración por la familia
(Santa Teresa de Calcuta)
Bautismo del Señor
10 de enero de 2021
(Ciclo B - Año impar)
- Mirad a mi siervo, en quien me complazco (Is 42, 1-4. 6-7)
- El Señor bendice a su pueblo con la paz (Sal 28)
- Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo (Hch 10, 34-38)
- Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco (Mc 1, 7-11)
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“Apenas
salió del agua, vio rasgarse el cielo”. El cielo estaba cerrado desde que Adán,
por el pecado original, había roto la comunión con Dios, porque el hombre, por
el pecado, se había hecho un extraño en relación a Dios: ya no había
comunicación entre el cielo y la tierra. “Vio rasgarse el cielo” significa,
pues, que se ha vuelto a reestablecer la comunión entre el cielo y la tierra,
entre Dios y los hombres.
El
Evangelio nos dice hoy que esto ocurre con Jesús, cuando Jesús se bautiza. Los
Padres de la Iglesia nos enseñan que Jesús no se bautizó porque necesitara ser
purificado de algún pecado, ya que él era el “Cordero de Dios que quita el
pecado del mundo”, sino que lo hizo para conferir a las aguas del Jordán y, a
través de ellas, a las aguas del mundo entero, el poder de engendrar, por la
fuerza y la acción del Espíritu Santo, hijos de Dios. Así San Proclo de
Constantinopla afirma que, cuando Jesús se sumergió en las aguas del Jordán,
fue como si el sol se sumergiera en el agua: el “sol de justicia que ha venido
de lo alto”, se sumergía, en efecto, en el Jordán. Y San Máximo de Turín, por
su parte, nos recuerda que “Cristo es bautizado no para ser él santificado por
las aguas, sino para que las aguas sean santificadas por él, y para
purificarlas con el contacto de su cuerpo. Más que de una consagración de
Cristo, se trata de una consagración de la materia del bautismo”. Jesús se
bautizó, pues, para instaurar nuestro propio bautismo, el bautismo que,
recibido mediante el agua, es, sin embargo, bautismo “con Espíritu Santo y
fuego”, que otorga la vida eterna, por el que se nos comunica la vida divina,
que es la vida de la que vive Cristo, junto con el Padre, en la unidad del
Espíritu Santo.
El
episodio de hoy nos recuerda que fuera de Cristo, al margen de Jesús, el cielo
sigue cerrado, el hombre no recibe la vida divina, porque “no se nos ha dado a
los hombres otro nombre, distinto del nombre de Jesús, en el que podamos
obtener la salvación” (Hch 4,12), como proclamó San Pedro en Jerusalén. Sólo en
Jesús el cielo se abre para nosotros y nosotros, por el bautismo, empezamos a
ser hijos de Dios. Pues Dios sólo tiene un Hijo, que es Cristo; y sólo quien es
in-corporado a ese único Hijo, llega a ser hijo de Dios. Ser hijo de Dios no es
un “derecho humano”, sino un don divino, una gracia. Los hombres, por el mero
hecho de existir, no somos hijos de Dios, sino criaturas suyas, a las que Dios
ama con un amor de Padre y quiere que
lleguen a ser hijos suyos por el bautismo, que nos hace miembros del Cuerpo
del que Cristo es la Cabeza. El bautismo nos une orgánicamente a Cristo, nos
hace miembros suyos, de manera que, cuando el Padre del cielo mira a su único
Hijo, “el amado, el predilecto”, nos ve también a nosotros en Él.
La Iglesia nos ofrece hoy un nuevo instrumento para conocer “la inagotable belleza, unicidad y actualidad del Don por excelencia que Dios ha hecho a la Humanidad: su único Hijo, Jesucristo, que es el Camino, la Verdad, y la Vida” (Jn 14,6). Ese instrumento, nos dice el Santo Padre Benedicto XVI, es el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, que hoy, por expresa voluntad de nuestro obispo, D. Juan Antonio Reig Pla, os presentamos. Este libro contiene “todos –y tan sólo- los elementos esenciales y fundamentales de la fe y de la moral católicas, formulados de manera sencilla, accesible a todos, clara y sintética”, nos dijo Benedicto XVI en el discurso de presentación del Compendio (nº 2).
El
Compendio sigue la estructura del Catecismo y presenta la fe de la Iglesia
en Cristo Jesús en cuatro grandes partes:
- la lex credendi, es decir, la fe que la Iglesia Católica profesa, tomada del Símbolo Apostólico, ulteriormente explicitado y detallado por el Símbolo Niceno-Constantinopolitano,
- la lex celebrandi, es decir, la vida sacramental de la Iglesia, en la que se nos comunica la eficacia salvífica del Misterio pascual,
-
la lex vivendi, es decir, la moral,
los comportamientos y las decisiones éticas que el cristiano tiene que vivir
para ser fiel a Cristo, y finalmente
-
la lex orandi, la vida de oración,
por la que el cristiano, imitando a Jesús, entra en el diálogo de intimidad con
el Padre, en el Espíritu Santo.
Os
animo de corazón a que adquiráis este precioso instrumento, que sirve para
recordarnos lo esencial de la fe que profesamos y para darla a conocer a otros.
Que
el Señor nos conceda vivir nuestra fe con agradecimiento y comunicarla a los
demás con alegría.
Un jardín lleno de vida (Clara Rosales)
Epifanía del Señor
6 de enero de 2021
(Ciclo B - Año impar)
- La gloria del Señor amanece sobre ti (Is 60, 1-6)
- Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra (Sal 71)
- Ahora ha sido revelado que los gentiles son coherederos de la promesa (Ef 3, 2-3a. 5-6)
- Venimos a adorar al Rey (Mt 2, 1-12)
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Cuando
el Señor eligió a Abraham lo hizo para que, a través de su descendencia, fueran
bendecidos “todos los linajes de la tierra” (Gn 12,3), “todos los pueblos de la
tierra” (Gn 18,18). De Abraham sacaría Dios más tarde un pueblo, Israel, que
tendría como misión en el mundo ser el portador de la salvación de Dios para todos los hombres. Pues “Dios quiere
que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad”
(1 Tm 2,3-4). Por eso ya desde antiguo el profeta Isaías exhortó a Israel a
“ensanchar” su corazón, para acoger en su seno a la multitud de los gentiles:
“Tus hijos llegan de lejos…Te inundará una multitud de camellos, los
dromedarios de Madián y de Efá” (Is 60,1-6). Este misterio, escondido durante
siglos eternos en Dios, es el que ahora, con la venida de Cristo, ha sido
revelado: que “también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo
y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio” (Ef 3,6). Pues
Jesucristo es la descendencia de Abraham en la que son bendecidas todas las
naciones de la tierra. Por eso los
magos preguntan “dónde está el rey de los judíos”. Es la misma inscripción que
se pondrá sobre la cruz: Jesús Nazareno, Rey de los judíos. La salvación de
Dios viene, en efecto, de los judíos. Pero es una salvación ofrecida a todos
los hombres. Los magos que llegan de Oriente reconocen en Jesús al “rey de los
judíos” por el que se les ofrece la salvación también a ellos, que no son
judíos.
Los
magos, queridos hermanos, son un ejemplo de fe. Por eso los recordamos hoy y
los celebramos en la liturgia. Ellos, sin saberlo, repitieron el gesto de
Abraham, salieron de su tierra y de la casa de sus padres, para encaminarse
hacia la tierra en la que buscaban al Señor. Ellos asumieron el riesgo de un
viaje impreciso con tal de buscar el rostro del Señor. Fueron fieles al anhelo
profundo de su corazón. En ellos se cumplieron las palabras del salmo 26: “Dice
de ti mi corazón: ‘Busca mi rostro’. Tu rostro buscaré, Señor, no me ocultes tu
rostro” (Sal 26,8). El anhelo profundo del corazón del hombre es el deseo de
Dios, la búsqueda de su rostro. Y una de las desgracias más profundas de
nuestro tiempo es el olvido de este anhelo
Cuando
por fin encuentran al niño se postran ante Él. En Oriente postrarse ante
alguien es reconocerle como señor lleno de poder, ante el que uno se sabe
dependiente, como ante un rey o un dios. Cuando Cristo camine sobre las aguas
en medio de la tormenta, “los que estaban en la barca se postraron ante él
diciendo: ‘Verdaderamente eres Hijo de Dios’” (Mt 14,33). Cuando María
Magdalena y la otra María, en el domingo de resurrección, encuentren al Señor
se echarán a sus pies y lo adorarán (Mt 28,9). Al postrarse ante Él y adorarlo,
los magos le reconocen también como su Señor, como el Rey y el Pastor de los
pueblos gentiles, es decir, de los paganos.
Los
magos confesaron la verdad de Cristo, y por esta confesión alcanzaron la
salvación. Pues “si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu
corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo” (Rm 10,9).
Aunque en el Evangelio los magos no pronuncian ninguna palabra con sus labios,
sí la pronuncian con sus dones. Pues el oro significa que Jesús es rey, el
incienso que es Dios y la mirra que es un hombre mortal, sometido al
sufrimiento y a la muerte. Y de este modo ellos confiesan la verdad del Verbo
que se ha hecho carne y, proféticamente, de su misterio pascual.
Finalmente
los magos nos recuerdan que el movimiento de la fe se tiene que expresar en una
donación, que creer es dar y dar sin pedir nada a cambio, como hicieron ellos
con el niño Jesús, al que ofrecieron dones sin pedirle nada a cambio. Con ello
demostraron poseer una fe de gran pureza, pues la pureza de la fe consiste en
su desinterés, en su gratuidad. Los magos vieron sólo a un niño con su madre
-sin ningún esplendor especial-, y sin embargo le reconocieron como Dios y
Señor y le ofrecieron sus dones a cambio de nada, sin pedir nada a cambio. La
verdadera fe en primer lugar reconoce
y ofrece, da (de ahí lo adecuado de hacer regalos en esta fiesta de la
Epifanía).
Que el Señor nos conceda una fe como la de los magos, que nos haga capaces de ponernos en movimiento ante la menor indicación del Señor, de confesar la verdad de Cristo ante los hombres, de arrodillarnos ante Él y de ofrecerle dones. Que así sea.
Sólo hay una tristeza
Autor: Léon BLOY
Título: La mujer pobre
Editorial: ZYX, Madrid, 1968, (pp. 237-239)
Domingo segundo después de Navidad
3 de enero de 2021
(Ciclo B - Año impar)
- La sabiduría de Dios habitó en el pueblo escogido (Eclo 24, 1-2. 8-12)
- El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Sal 147)
- Él nos ha destinado por medio de Jesucristo a ser sus hijos (Ef 1, 3-6. 15-18)
- El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 1-18)
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Al contemplar el misterio del niño que nos ha nacido en
Navidad, surge inevitablemente la pregunta: ¿quién es este niño, cuál es su
verdadera identidad? De él se nos dicen cosas extraordinarias, que es el
Mesías, el Señor, el Salvador, que es “maravilla de consejero”, “príncipe de la
paz”. ¿Por qué es todas estas cosas? ¿Quién es él?
A esta pregunta responde san Juan en el evangelio de hoy,
que es el prólogo de su evangelio con la mayor profundidad posible. Y su
respuesta dice: él es la palabra de Dios.
No dice que es “una” palabra de Dios, sino “la” palabra de Dios. En la historia
del pueblo de Israel Dios se ha manifestado desde el primer momento como aquel que habla; no como un Dios
silencioso y cerrado, recluido en sí mismo, inalcanzable en su silencio, sino
como el Dios que habla y comunica los designios de su corazón y hace promesas y
nos indica cuál es la actitud que espera de nosotros. Dios habló a Abraham,
nuestro padre en la fe; habló a Moisés y por su medio entregó al pueblo de
Israel las “diez palabras”, es decir, los diez mandamientos que nos indican la
manera correcta de vivir para estar en comunión con Él; habló también a través
de los profetas en muchísimas y muy distintas circunstancias de la historia de
Israel y con sus palabras advirtió, amenazó, consoló, exhortó etc. a su pueblo.
Pero ahora no nos ha dicho “una” palabra más, sino que nos ha entregado su Palabra, en singular y con mayúscula.
El
autor de la Carta a los Hebreos lo dice de la siguiente manera: “Muchas veces y
de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los
Profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien
instituyó heredero de todo, por quien también hizo el universo” (Hb 1,1-2).
Juan lo dice afirmando que Jesús es la Palabra de Dios y haciendo tres
afirmaciones sobre ella: que es eterna e increada como Dios, que vive en
permanente unidad con Dios y que es Dios del mismo modo que Dios es Dios. Por
lo tanto el niño que nos ha nacido es Dios
es persona que ha venido a nosotros, que se ha hecho uno de nosotros. Un
acontecimiento verdaderamente inaudito.
“La
palabra se hizo carne”: así es como Juan enuncia este acontecimiento. El
término “carne” en la Sagrada Escritura no indica una parte del hombre, no
indica su cuerpo, sino el hombre en su totalidad. Pone de relieve que el hombre
es débil, caduco, un ser sometido al dolor y a la muerte. “Hacerse carne”
quiere decir que la palabra de Dios se ha hecho un verdadero ser humano, caduco
y mortal y que es así, en su fragilidad, como Él es luz y vida para los hombres
(puesto que Juan nos ha dicho que la “Palabra era la vida y que la vida era la
luz de los hombres”). Esto significa que Dios nos va a dar vida y a iluminar en la fragilidad y en la debilidad, lo
cual preanuncia el misterio de la Cruz: quien quiera ser iluminado por este
niño, por Cristo, tendrá que aceptar el misterio de la cruz, tendrá que “cargar
con su cruz” y “seguirlo” (Mt 16,24-25).
Este
hombre, Jesús, que es “la Palabra hecha carne” está “lleno de gracia y de verdad”.
En Jesús, en efecto, se nos revela la gracia
de Dios, es decir, su favor, su benevolencia, su misericordia, algo a lo que no
teníamos derecho pero que Dios, en su bondad, nos ha entregado en Cristo: “en
él tenemos por su sangre la redención, el perdón de los pecados” (Ef 1,7). Y al
mismo tiempo está “lleno de verdad” porque él mismo es la Verdad: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,4). Por
Jesús y sólo por Él, los hombres podemos conocer que Dios es “misericordia y
verdad” al mismo tiempo, que la misericordia no está reñida con la verdad ni
ésta con aquella. Por Jesús podremos también nosotros ser misericordiosos y
verdaderos, bondadosos con los hombres, pero sin ignorar la verdad de las
cosas, sin dejar de llamar a las cosas por su nombre.
A partir de ahora lo importante es encontrarse con este niño, encontrarse con Cristo, unirse a Él, vivir en comunión con Él. Ésa es la gran suerte que se puede tener en esta vida. Juan reconoce que él la ha tenido y se refiere al grupo de aquellos que comparten esa dicha con él: nosotros “hemos contemplado su gloria”, es decir, su belleza, el esplendor luminoso que procede de Él y que es el mismo esplendor que se experimenta ante la presencia de Dios. También nosotros, los que estamos aquí reunidos celebrando la eucaristía pertenecemos a ese afortunado grupo de los discípulos, de quienes contemplamos su gloria, de quienes experimentamos que, unidos a Él, crece nuestra humanidad, somos más humanos, aflora en nosotros lo que sólo Él nos puede dar: el ser misericordiosos y verdaderos al mismo tiempo. Hablar de él, darle a conocer a los demás es el mayor favor que podemos hacer a cualquier hombre. Que el Señor nos conceda sabiduría y valentía para hacerlo. Amén.









