1. La Iglesia, obra de Cristo, fruto de una obediencia.
La figura de Cristo quedaría completamente falseada si la priváramos de la referencia fundamental que la constituye: su relación con el Padre. Jesús es, ante todo, el enviado del Padre y todo lo que dice y hace proviene se su obediencia amorosa al Padre del cielo. Hasta tal punto de que su “alimento” no es otro que “cumplir la voluntad del Padre”, llegando a una identificación tan grande que le permite afirmar el que me ha visto a mi, ha visto al Padre (Jn 14,9), el que me ve a mí ve a aquel que me ha enviado (Jn 12,45), e incluso: Yo y el Padre somos uno (Jn 10,30). Por eso Cristo no es sólo hermano-con-nosotros sino también padre-para-nosotros, Cabeza y Pastor.
La Iglesia brota del costado de Jesús atravesado por la lanza del soldado, es decir, mana no de una iniciativa personal suya, sino de su muerte aceptada en obediencia de amor a su Padre del cielo: Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre (Jn 12,27-28). Por eso la Iglesia es fraternidad instituida, recibida, acogida, confesada y no libremente consensuada: la Iglesia no nace del libre acuerdo de un grupo de gente que se reúne espontáneamente en torno a Jesús, sino de la obediencia de Jesús al Padre y de la obediencia de los apóstoles a la llamada de Jesús.
2. El sacramento del orden.
Todos los cristianos somos sacerdotes por el bautismo. El sacerdocio bautismal -también llamado sacerdocio real- nos capacita y nos obliga a ofrecer nuestros cuerpos -es decir, nuestra vida- como una víctima viva, santa, agradable a Dios. Ese es nuestro culto espiritual (Rm 12, 1), nuestro sacerdocio santo por el que ofrecemos sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo (1Pe 2, 5). De este modo todos los cristianos están llamados a trabajar en la transfiguración cristiana del mundo, para ofrecerlo a Dios como una alabanza de gloria que cante sus maravillas.
Pero además de este sacerdocio común de los bautizados existe el sacerdocio ministerial o jerárquico por el que Cristo se hace presente, se visibiliza como cabeza en medio de su Cuerpo que es la Iglesia. El sacramento del orden ha sido instituido por Cristo para recordar esta dimensión esencial de la Iglesia: que ella no es su propio origen, que no es fruto de un acuerdo entre amigos, sino de una obediencia. El sacerdocio ministerial hace presente a Cristo como cabeza de la Iglesia y a ésta como obra del Padre en Cristo: es el sacramento (= signo sensible y eficaz) de la paternidad de Dios representada en Jesús; la memoria viviente de que la Iglesia no se pertenece a sí misma sino que pertenece a Otro, al Padre del cielo, de que no es un “pueblo” cualquiera sino el pueblo “de” Dios.
Así la vocación del sacerdote consiste en entregar toda su persona a Jesucristo para que Él pueda hacerse visible en medio de su Cuerpo -que es la Iglesia- como cabeza del mismo, que lo vivifica bautizando, entregando su cuerpo y su sangre, anunciando la palabra del Reino, perdonando los pecados, uniendo a un hombre y una mujer como esposos en el matrimonio, bendiciendo y fortaleciendo a los enfermos etc. etc. El sacerdocio ministerial es una bendición, una gracia de Dios; porque nosotros, los hombres, necesitamos ver, sentir, tocar, escuchar de manera corporal y visible a Cristo el Señor diciéndonos: “ánimo”, “no pasa nada”, “vete y en adelante no peques más”, “no temas, desde ahora serás pescador de hombres”, “tampoco yo te condeno” etc. Y esto es lo que hace el sacerdote, o mejor dicho, lo que hace Cristo a través de sus sacerdotes.
Así pues el sacerdocio ministerial asegura la presencia sacramental del Padre en Jesús. El presbítero no es padre, sino presencia sacramental del Padre, al ser presencia sacramental de Cristo como cabeza de su Iglesia. La vocación al sacerdocio es la llamada a re-presentar sacramentalmente al Padre: el sacerdote es, de por sí, hijo y hermano (como todos los cristianos), pero es llamado por Cristo para visibilizar el amor del Padre manifestado en la entrega sacerdotal (sacrificial) de Cristo Jesús, de la que nace la Iglesia.
Siendo ésta la razón de ser del sacerdocio ministerial es obvio que el presbítero no debe comportarse como propietario de la Iglesia (porque no lo es), ni la comunidad eclesial debe considerar al presbítero como propiedad suya (porque tampoco lo es). Naturalmente el Padre es tan grande que nadie puede re-presentarle él solo, en exclusiva. Por eso la paternidad del presbítero es una paternidad en la sucesión de la representación: está constitutivamente abierta a la sucesión de los presbíteros futuros que vendrán después de él, y a los cuales él entregará sus hijos como a su verdadero padre (porque todos y cada uno de los presbíteros son sólo una re-presentación sacramental del único y verdadero Padre).
La vocación al sacerdocio es semejante a la vocación de San José, porque supone renunciar a tener un proyecto propio, aceptando entrar en el proyecto y en la obra de Otro, para servir un misterio que él sabe que es superior a sí mismo. Este servicio le conducirá a hacer de padre de unos hijos que no son suyos. De esta manera el presbítero transparentará el rostro del Padre, como San José transparentó para Jesús el rostro de su único Padre: Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando (Lc 2,48) le dice la Virgen a Jesús cuando éste tiene doce años. Y Jesús se sometió a San José: bajó con ellos y vino a Nazaret y vivía sujeto a ellos; y, precisamente por esta “sujeción”, Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2, 51-52).
3. Las tres dimensiones del ministerio (= servicio) sacerdotal.
El presbítero ha recibido, en el sacramento del orden, una participación en el “poder” mismo de Cristo -se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra (Mt 20,18)- para re-presentarle como Cabeza de su Cuerpo: Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado (Lc 10,16); Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos (Jn 20,22-23). Esta re-presentación de Cristo-Cabeza se realiza a través de tres ministerios (= servicios): la predicación (enseñanza), la santificación (celebración de la liturgia), y la presidencia (gobierno).
a) La predicación o enseñanza.
De la misma manera que Cristo proclamó la verdad del Padre que Él había venido a anunciar, y la proclamó entera, sin mutilaciones, sin miedos, dando testimonio de ella ante Poncio Pilato, testimonio que le costaría la entrega de su propia vida, los sacerdotes han sido encargados por Cristo de seguir proclamando y recordando esa misma verdad a los cristianos. El sacerdote es el responsable, dentro de la comunidad parroquial a la que sirve, de la transmisión íntegra del Evangelio, de la Buena Noticia de la salvación que Dios nos ha concedido en Cristo Jesús. El sacerdote es así constituído en “el hombre de la Verdad”: no está enviado para halagar los oídos de su comunidad, sino para recordarle constantemente la verdad entera del Evangelio.
b) La celebración de la liturgia (santificación).
Cristo no vino sólo a proclamar la Verdad sino a darnos la vida divina que transfigura nuestro ser y que, de este modo, nos hace capaces de vivir en Ella. Por eso Cristo envió desde el Padre al Espíritu Santo que es el que, a través de los sacramentos, nos va comunicando esa vida divina, la caridad misma de Dios. El sacerdote está encargado por Cristo de asegurar, en la comunidad cristiana que le ha sido confiada, la celebración de los sacramentos, para que los fieles puedan crecer en la vida cristiana. En este sentido el sacerdote es el hombre de la liturgia y de la oración. Tiene que desear ardientemente la santificación de todos los cristianos que le han sido confiados, orar incesantemente por ellos y celebrar dignamente los “sagrados misterios” en los que Dios se entrega a los hombres.
c) La presidencia o gobierno.
Presidir es lo mismo que “gobernar” o que “apacentar”, según la imagen bíblica empleada por Jesús. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Un cuerpo sin cabeza sería un cuerpo desorganizado, desestructurado, “des-cerebrado”, en el que cada uno de los órganos funcionaría a su aire, sin tener en cuenta el conjunto y el bien del todo. En un cuerpo, en efecto, la cabeza es el órgano que hace la unidad de todos los miembros. Así hace Cristo con su Iglesia y así debe de hacer el sacerdote en el seno de la comunidad eclesial que le ha sido confiada.
Como representante visible de la Cristo-Cabeza el sacerdote tiene que ser el signo visible de la unidad de todo el cuerpo, es decir, de todos los cristianos. De ahí que el sacerdote sea el servidor de la unidad y su carisma sea, fundamentalmente, un carisma de juntura (Ef 4, 16). Es, pues, misión esencial del sacerdote, trabajar para que se haga visible el misterio de unidad que es la Iglesia. Para ello tiene que posponer sus propias preferencias personales -incluso sus propios carismas, si los tuviere- y dar prioridad a su carisma ministerial de juntura, para conjuntar a todos los cristianos, enriquecidos con la diversidad de carismas con que los dota el Espíritu Santo. En este sentido el sacerdote es el hombre de la unidad y su servicio consiste en recordar a cada uno de los cristianos -o de los grupos de cristianos- que ninguno de ellos puede identificarse con la Iglesia, que todos ellos son sólo miembros del único cuerpo, y que el ejercicio del propio don debe ser hecho con vistas a la edificación del conjunto.