De todas las cosas que un padre da a su hijo, su palabra es sin duda una de las más esenciales: casi igual que el don de la vida. Un padre mudo o áfono no es capaz de asumir su papel en relación a su hijo. Pues no basta que el padre engendre y dé la vida. Es necesario que se haga cargo de ella, que la oriente y que le dé un sentido; hace falta que la llame por su nombre. De no hacerlo la vida de su propio hijo quedará siempre informe, como una masa de posibilidades infinitas, pero incapaz de realizar alguna de ellas porque ningún padre la habrá señalado, dándole un nombre y una identidad. Por su palabra, el padre engendra a su hijo una segunda vez, y lo lanza confiado a la aventura de su propia existencia.
André Louf



