Péguy llega a ver precisamente en el espiritualismo de los clérigos y en la negación de la historicidad del cristianismo el ‘error místico’ capital que está en la raíz de la tragedia del secularismo moderno. Pocas páginas son tan virulentas como las que Péguy dedica en este Diálogo de la historia y el alma carnal al “clericalismo de los clérigos”: al rechazar la llamada a dejarse herir por el mundo y a implicarse con el drama del siglo los ‘clérigos clericales’ –como Péguy se expresa en Verónica- han renegado de la ‘operación mística’ de la Encarnación, la operación que se encuentra en el corazón mismo del cristianismo:
Jesús no había venido para dominar el mundo. Había venido para salvar el mundo. Es un objetivo completamente distinto, una operación completamente distinta. Y no había venido para separarse, para retirarse, del mundo. Había venido para salvar el mundo. Es un método completamente distinto. Comprenda usted (amigo mío), si él hubiera querido retirarse, estar retirado del mundo, hubiera bastado con no venir al mundo. Era así de simple. Nunca lo hubiera tenido tan fácil. […] Pero él, por el contrario, fue al mundo, fue al siglo para salvar al mundo.
Péguy ama intensamente esta tierra y, sobre todo, al hombre que en ella vive y sufre. No es que no conozca sus llagas, que no vea sus miserias materiales y morales, sino que precisamente por eso lo ama más. No se resigna a abandonarlo, ni puede concebir o aceptar a una iglesia o a un Dios que parezcan estar dispuestos a hacerlo. En efecto, el Dios del que ha llegado a ser un adorador incondicional, nada tiene que ver con semejante Dios:
El buen Dios no tenía más que quedarse tranquilo en el cielo antes de la creación; estaba tan tranquilo. No tenía necesidad de nosotros. Y Jesús no tenía más que quedarse (muy) tranquilo en el cielo antes de esa parte central, axial, cardiaca, de la creación, antes de la encarnación. … Estaba muy tranquilo en el cielo y no tenía necesidad de nosotros. ¿Pero por qué vino él, por qué vino al mundo? Es preciso creer, amigo mío, que tengo cierta importancia, yo, una mujer de nada la Historia. Es preciso creer que el escalonamiento del tiempo, tenía cierta importancia. Es preciso creer que el hombre y la creación del hombre y del destino del hombre y de la vocación y el pecado del hombre y la libertad del hombre y la salvación del hombre tenían cierta importancia, todo el misterio, todos los misterios del hombre. De otra forma, por el contrario, sería así de simple, y así de rápido de hacer. Estaría hecho de antemano. Solo se tendría que no crear el mundo, solo se tendría que no crear al hombre. Entonces ya no habría degradación, ya no habría caída, ya no habría ni caída ni redención. Ya no habría ninguna historia, no habría ninguna complicación. Todo el mundo se quedaría en su casa. Qué grande no seré, amigo mío, por haber desplazado a tanta gente, y de (tan) alta sociedad. Para haber puesto en marcha una historia tan trágica. Un Dios, amigo mío, Dios se ha tomado la molestia, Dios se ha sacrificado por mí. Eso es el cristianismo.
Péguy sigue amando a este hombre a pesar de sus traiciones y desilusiones cada vez más conscientes, porque sabe que es por este hombre que “un Dios se ha tomado la molestia” de venir al mundo.
Autor: Paolo PROSPERI
Título: Misterio de los misterios. La esperanza según Péguy
Editorial: Ediciones Encuentro, Madrid, 2014, (pp. 13-15; 17)