A menudo tenemos el sentimiento de ser prisioneros de una especie de adhesión a la tierra que nos impide mirar las realidades celestes. Es como si estuviéramos cogidos en unas arenas movedizas. ¿Cómo despegarse del mundo? ¿Cómo arrancarse del ruido? Cómo arrancarnos de esa noche obscura que nos oprime y que obstruye nuestro caminar hacia el cielo, que nos embrutece y nos hace olvidar lo esencial.
Dios nos ha creado para estar y vivir con Él. Dios, que ha querido todo cuanto existe, no ha creado la naturaleza para sí misma. Dios no nos ha creado para una perfección solamente natural. Dios, al crearnos, tenía una finalidad infinitamente superior a la perfección natural: el orden sobrenatural, el don de puro amor que llamamos gracia y que nos hace participar de la propia naturaleza de Dios, la comunicación de su propia vida que hace de nosotros sus hijos, capaces de conocerle y amarle en toda su intimidad, como él se conoce y se ama a sí mismo. Hemos sido creados para conocer y amar a Dios en toda su realidad de Dios. El hombre es absolutamente incapaz por sí mismo de esta vida sobrenatural, de la que le separa un abismo infinito, y que es un don gratuito de Dios. Cuando Cristo explica a los hombres hacia dónde deben tender, no les dice: “Sed plenamente y perfectamente hombres, desarrollaos hasta la perfección de vuestra naturaleza humana”, sino: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”, es decir, nos propone la perfección misma de Dios.
Curiosamente, mientras que Dios nos invita a una felicidad sin orillas ni fin en Él, nosotros nos dejamos fascinar por felicidades limitadas y superficiales. La ciencia y la tecnología nos hipnotizan hasta el punto de que actuamos como si no hubiera otra cosa más que materia. Sabemos que todo lo terreno es perecedero y seguimos prefiriendo lo fugaz a lo eterno. Frente a ello tenemos que proclamar, a tiempo y a destiempo, que solo Dios está a la medida de nuestro corazón. Que es el único que puede aportarnos la plenitud a la que nosotros aspiramos.
Los cristianos debemos explicar sin cesar a los hombres cuál es la felicidad a la que estamos llamados. Tenemos la obligación de decir al mundo que los éxitos tecnológicos no son nada comparados con el amor de Dios. ¿Por qué el hombre no mira más que la tierra? Ya no levanta la cabeza, sino que está encorvado como un esclavo sobre la tierra. Y sin embargo, la tierra nos es más que una puerta hacia el cielo. Un día nosotros la abandonaremos. Nuestra patria y nuestra verdadera morada están en Dios.
Autor: Cardinal Robert SARAH avec Nicolas DIAT
Título: Le soir approche et déjà le jour baisse
Editorial: Fayard, 2019, (pp. 55-56)
